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domingo, 16 de junio de 2019

Citas: El señor Nakano y las mujeres - Hiromi Kawakami


"«Pues eso» era el tic lingüístico del señor Nakano.
—Pues eso, pásame la salsa de soja
—acababa de decirme. Yo no salía de mi asombro".

"—¿No te da rabia? —le pregunté.
—Lo que siento no es exactamente rabia —me respondió él, con una sonrisa torcida.
—¿Qué es, entonces? —inquirí de nuevo, pero él soltó una risita desganada.
—No lo entiendes, Hitomi —me dijo—. A ti te gustan los libros y tienes una mente compleja. Yo tengo una mente simple —prosiguió".

"—¿Cómo conoció a su actual esposa, señor Nakano? —inquirí.
—Es un secreto —repuso él.
—Con esa respuesta sólo conseguirá que tenga más ganas de saberlo — insistí, y él me miró fijamente—¿Por qué me mira así?
—No tienes por qué fingir que te interesa, Hitomi —repuso él".

"—¿Qué opinas de él? —le pregunté.
Reflexionó unos instantes, con la cabeza ladeada.
—A mí no me huele mal —repuso al fin.
—¿A qué te refieres? —inquirí, pero él agachó la cabeza sin decir nada más.
Mientras Takeo vertía un cubo de agua delante de la tienda para limpiar la calle, pensé en el significado de «oler mal». Intuí más o menos a qué se refería, pero también supuse que no había querido decir lo que yo pensaba.
Cuando terminó de limpiar la calle, se dirigió a la trastienda con el cubo vacío y oí que murmuraba:
—Los tipos que huelen mal son los que sólo piensan en sí mismos.
Tampoco acabé de entender a qué se refería".

"—Verás, me gustaría vender una cosa —dijo, atajando bruscamente la conversación.
Cuando un cliente acudía a la tienda para vendernos algún objeto pequeño de uso diario, yo misma me encargaba de fijar un precio y de comprárselo. Sin embargo, cuando se trataba de una vajilla, un aparato eléctrico o una pieza de coleccionista, como las figuritas de los caramelos Glico, el señor Nakano era el único que podía hacer una oferta de compra.
—Es esto —dijo Tadokoro, entregándome un gran sobre marrón.
—¿Qué contiene? —le pregunté.
—Primero quiero que le eches un vistazo —se limitó a responder, dejando el sobre junto a la caja.
Por su forma de hablar, supuse que no desistiría hasta que examinara el contenido del sobre.
—Esto debería verlo el dueño —sugerí, pero él se arrimó al mostrador y me miró fijamente.
—Nunca has visto algo así. Te aconsejo que lo abras. Vamos.
No tuve otra opción que abrir el sobre, que contenía un trozo de cartón del mismo tamaño. Apenas había espacio para introducir los dedos, de modo que me costó un poco sacarlo.
Además, Tadokoro me observaba atentamente. Cuanto más nerviosa estaba, más torpe me sentía.
Cuando al fin conseguí sacar el contenido del sobre, comprobé que se trataba de dos trozos de cartón unidos entre sí con tiras de celo. Había algo entre los dos cartones.
—Ábrelo —me animó Tadokoro, con su serenidad habitual.
—Tendría que romper el celo.
—No importa —me aseguró, mientras abría con un clic el cúter que había sacado sin que yo me diera cuenta y cortaba el celo con un hábil gesto. El cúter parecía un apéndice de su mano, que se movía con gracia y elegancia.
Por un instante, el estómago me dio un vuelco. Mientras cortaba el celo, Tadokoro me dijo unas palabras misteriosas:
—Míralo, anda. Te servirá para aprender.
Esperé a que acabara de arrancar el celo, pero como no volvió a tocar el envoltorio, acerqué los dedos despacio, separé los dos cartones y vi unas fotografías en blanco y negro.
Las imágenes mostraban los cuerpos desnudos y entrelazados de un hombre y una mujer.
—¿Qué diablos es esto? —fue lo primero que dijo el señor Nakano.
—Parecen fotografías antiguas —opinó Takeo.
Mientras yo sujetaba los cartones entre los dedos, desconcertada, Tadokoro se había despedido aprovechando mi confusión: «Volveré otro día para que me hagáis una oferta.
Hasta luego», dijo, y se fue de inmediato".

"—Pues eso. Cuando una familia se muda a un lugar mejor, quiere cambiar lo que tiene en casa por cosas mejores —le respondió el señor Nakano a Takeo—. Por eso salen bastantes cosas buenas
y baratas.
—Buenas y baratas —repitió Takeo, y el señor Nakano asintió sin inmutarse.
—¿Y qué pasa cuando una familia se muda a un sitio peor? —insistió Takeo.
—¿Quién se muda a un sitio peor?—rio el señor Nakano".

"Michi permaneció unos instantes en el recibidor, hasta que empezó a oír algo que parecían gritos.
—¿Gritos?
—Pues eso, como si Masayo y ese hombre estuvieran…, ya sabes —dijo exasperado el señor Nakano, agitando frenéticamente el plumero.
—¡No me diga que estaban haciendo el amor!
—Una jovencita como tú no debería ser tan explícita, Hitomi.
El señor Nakano volvió a suspirar con cara de inocente, como si no fuera él quien me había dado pie a que hiciera preguntas explícitas".

"A pesar del alcohol, Takeo estaba tan taciturno como de costumbre. Yo le iba haciendo preguntas inconexas: ¿Te gusta ir al cine? ¿Cuál es tu videojuego favorito? Es divertido trabajar en la tienda del señor Nakano, ¿no te parece? ¿A que está rico el hígado crudo que tienen aquí? Takeo se limitaba a darme respuestas breves y concisas:
No mucho. Lo normal. Bastante. Sin embargo, de vez en cuando levantaba la vista y me miraba a los ojos. Entonces me daba cuenta de que se encontraba a gusto conmigo".

"Takeo parecía concentrado en un punto muy lejano. Con el dedo amputado de la mano derecha se acarició el meñique de la izquierda.
—¿Puedo tocarlo? —le pedí cuando ya llevaba un rato observando sus movimientos, y él me dejó tocar el muñón. Mientras tanto, cogió el vaso con la otra mano y lo vació inclinando la cabeza hacia atrás y mostrándome todo el cuello.
—Es como un pisapapeles —dije, mientras apartaba la mano de su dedo.
—¿Un pisapapeles?
«Maruyama es como un pisapapeles —me había dicho Masayo—. ¿No te parece, Hitomi? Cuando un hombre está encima de ti, ¿no te sientes como un papel atrapado bajo el peso de un pisapapeles?». «¿Un pisapapeles es eso que hay en los estuches de caligrafía?», le pregunté. Ella frunció el ceño. «Los jóvenes me sacáis de quicio… Nunca has usado un pisapapeles, ¿verdad? No sólo sirve para sujetar el papel de caligrafía, sino cualquier tipo de hoja»".

"—Un pisapapeles —susurré, y Takeo me dirigió un breve vistazo.
—Sí, un pisapapeles —añadió en voz baja.
—¿Qué os pasa con el pisapapeles? ¿Es una especie de contraseña? —intervino el señor Nakano, interrumpiéndonos.
—Qué va —desmintió Takeo.
—En absoluto —corroboré yo".

"—El suegro de Tamotsu Konishi ha muerto —prosiguió.
—Ah —dijo Takeo, con su indiferencia habitual.
—Ah —repuse yo al mismo tiempo.
Era la primera vez que oía aquel nombre".

"—¿De quién es ese cuadro que hay en la pared? —pregunté.
—De Seiji Togo.
—Qué nostalgia transmiten sus cuadros, ¿verdad?
—No los conozco.
—¡Pero si acabas de decirme el nombre del pintor!
—Ha sido pura chiripa, lo siento.
—No hace falta que te disculpes, que no estamos en el trabajo.
—Es la costumbre, lo siento.
—¡Lo has hecho otra vez!
—Perdón".

"Por eso el amor es tan complicado. Pero lo más complicado es saber si quieres enamorarte o no".

"—Que pase lo que tenga que pasar —murmuré, mientras levantaba la mano para saludar a Takeo.
—Hola —dijo él, en un tono a medio camino entre la familiaridad y la formalidad—. ¿Qué es lo que tiene que pasar? —me preguntó a continuación.
—Ti… tienes un oído muy fino — balbucí, turbada. Takeo ya no era Takeo, era simplemente un chico llamado Takeo".

"Desesperada, me pregunté qué hacían el resto de parejas jóvenes del mundo durante los veinte minutos que el repartidor de pizzas tardaba en llegar".

"Cuando hay sexo de por medio, todo lo demás pierde importancia".

"—Tengo que irme —dijo, y se levantó. En el recibidor, me acercó los labios al oído. Creí que quería darme un beso, pero en vez de besarme, susurró:
—Soy muy malo en la cama, lo siento".

"—Lo siento, Hitomi. Soy un desastre.
—¿En qué sentido?
—En todos.
—No es verdad. Yo sí que soy un desastre.
—¿En serio? A ti… —vaciló, mirándome fijamente a los ojos, cosa que no solía hacer—. ¿A ti también se te dan mal las cosas de la vida?".

"En cuanto salí del edificio, delante de mí apareció el señor Nakano en compañía de «el banco».
El señor Nakano y «el banco» estaban doblando la esquina. Cerca de allí había un hotel por horas. Los seguí casi sin pensar, convencida de que al señor Nakano no se le ocurriría entrar en un hotel que se encontraba tan cerca de su propio negocio. «El banco» tenía unas piernas muy bonitas".

"—Lo han apuñalado con un abrecartas —me explicó.
—¿Con un abrecartas? —repetí.
—Exacto. Cuesta creerlo, ¿verdad?
—¿Los abrecartas están afilados?
—En absoluto.
—Pero ha perdido sangre, ¿no?
—Este sangra por cualquier cosa".

"—A partir de ahora, te prometo que gemiré —dijo.
—¿Cómo? —exclamó él, gritando un poco más de lo necesario.
—Gemiré con la condición de que no te acerques a otras mujeres aparte de la tuya —dijo Sakiko, en voz baja pero clara.
—Sí —repuso el señor Nakano, en un tono que parecía el de un luchador de sumo derrotado que ha caído de bruces sobre la arena—. Sí, claro. Por supuesto —añadió, con voz temblorosa.
Takeo y yo también nos fuimos al cabo de un rato, y nos dirigimos a paso rápido hacia el ascensor.
—Menudo genio —susurró Takeo.
—Masayo dice que al señor Nakano le gustan las mujeres con carácter.
—Pero es muy atractiva.
—¿Es tu ideal de mujer? —le pregunté, intentando aparentar indiferencia sin conseguirlo.
—No tengo ningún ideal de mujer —repuso él—. Por cierto, Hitomi, ¿a qué se refería con eso de gemir?
—Le ha prometido que gemiría cuando llegara al orgasmo.
—¿Qué? —exclamó Takeo".

"De repente, al cabo de un rato, Takeo se interrumpió en mitad del dibujo y soltó una exclamación.
—¿Qué pasa? —le pregunté. Él se levantó y se abalanzó sobre mí.
Se quitó los vaqueros de un manotazo, y cuando yo también me disponía a desnudarme, él me detuvo.
Mis tejanos eran muy ajustados y tenía dificultades para quitármelos, pero Takeo me los arrancó como si pelara una pieza de fruta".

"Takeo tenía la mirada perdida.
—Takeo —lo llamé.
—Hitomi —me llamó él en voz baja, absorto".

"—¿Sabes? Me gusta…
—¿Qué es lo que te gusta?
—… tu cuerpo desnudo —terminó él, con una voz casi inaudible.
—No lo he oído, ¿puedes repetirlo? —le pedí.
—No puedo —me respondió él".

"—Oye, Hitomi —me dijo Masayo.
—¿Sí?
—¿Cómo terminó tu historia? —me preguntó sin volverse, mirando fijamente al vacío.
—¿A qué historia se refiere? —inquirí.
—A la de aquel chico.
—Ah…
—¿Cómo que «ah»?
—¿Cómo que «ah»?
—Uf…
—¿Cómo que «uf»?
—Bueno…
—¿Cómo que «bueno»?".

"«Estoy enamorada como una idiota —pensé—. El amor es un sentimiento idiota»".

"—Lo siento —le dije, y él puso cara de extrañeza.
—¿Por qué te disculpas?
—Porque no puedo dejar de quererte".

"—De la noche a la mañana —repetí estúpidamente—. ¿Tuvieron alguna discusión? —pregunté con timidez.
—No.
—¿Murió algún familiar suyo?
—Me lo habría dicho.
—¿Y si lo hubieran secuestrado?
—¿Quién querría secuestrar a un hombre más pobre que una rata?".

"«Por primera vez me he enamorado de Takeo de verdad», pensé en un rincón de mi cerebro".




Hiromi Kawakami

jueves, 13 de junio de 2019

Citas: Vidas frágiles, noches oscuras - Hiromi Kawakami


"Lili Nakamura caminaba.
Era noche cerrada. Debían de ser las dos y media de la madrugada".

"Aunque era muy tarde, el parque estaba lleno.
Había gente cruzando el puente que salvaba el gran estanque. Una persona sola.
Una pareja. Un grupo de cinco que hablaba en voz baja.
También había gente sentada en los bancos. Un anciano con un bastón en la mano, completamente inmóvil. Un hombre y una mujer sentados uno junto al otro.
Una mujer tumbada con una pequeña bolsa doblada bajo la cabeza.
Otras personas caminaban. Una, en línea recta. Otra, haciendo eses. Alguien avanzaba lentamente, practicando claves de kenpo.
Una bicicleta de montaña adelantó a Lili con una ráfaga de aire. Ella levantó la cabeza y fijó la vista en la espalda ancha del chico de la bicicleta. Sintió un escalofrío.
El aire nocturno olía a tierra. El calor del día había remitido, y una fresca brisa invadía todos los rincones del parque.
—No quiero volver —susurró Lili.
«¿Por qué soy la única persona, entre toda esta gente, que tiene que irse? — añadió entonces para sus adentros—. No quiero irme. Incluso me quedaría a vivir aquí»".

"Antes le parecía que su cuerpo y el de Yukio estaban hechos del mismo material, y que sus corazones latían a la misma temperatura".

"Lili se quedó mirando al muchacho.
—¡Vaya! —exclamó a continuación.
Lili y el chico se miraron fijamente durante unos instantes. La joven que hacía cola entre los dos hizo un pequeño movimiento y Lili apartó la mirada del chico. Él hizo lo mismo, pero más despacio".

"—Nos hemos visto alguna vez, ¿verdad? —le preguntó tímidamente.
—Sí —le respondió él.
A Lili le pareció que tenía una voz muy bonita. Un tono intermedio y suave, ni muy agudo, ni muy grave, con una nota de dulzura.
—Se te da muy bien montar en bicicleta.
—¿Tú crees? —replicó el chico, con una media sonrisa.
—Es que yo no sé.
—¿En serio? —exclamó él".

"El chico daba varias vueltas al parque. Mientras caminaba, Lili percibía la presencia de la bicicleta detrás de ella, luego notaba el aire que levantaba y al final, en un abrir y cerrar de ojos, la espalda del muchacho se confundía con la oscuridad.
Era extraño que él la hubiera reconocido.
—Siempre te acercas por detrás y desapareces rápidamente —le dijo Lili.
Salieron juntos del supermercado. El chico era un poco más alto que ella, le sacaba una cabeza y media. Lili se llevó la mano al pelo, que se había cortado unos días antes, y se lo ahuecó con los dedos. Siempre lo hacía cuando estaba nerviosa.
—Por eso te he reconocido al verte de espaldas —le explicó él, mirándola desde arriba y dándole a entender que la había identificado precisamente al estar detrás de ella en la cola del supermercado.
—Y eso que me corté el pelo hace poco.
—No te he reconocido por tu pelo ni por tu ropa, sino por tu presencia".

"—Me gustaría cogerte de la mano —le dijo el chico, y tomó la mano de Lili".

"—Me gustas —repitió él, hundiendo la cara entre sus pechos—. Me gustas.
Ella no le respondió. «No tengo por qué ser sincera en un momento como éste», se dijo".

"«¿Por qué no me lo pensé mejor antes de casarme con Yukio?», se preguntó entonces. Haruna también debería pensárselo con calma. «Pensar las cosas con calma no te asegura la felicidad», habría replicado Haruna".

"Al cabo de unos instantes, Akira regresó.
—Si te quedas aquí plantada como una idiota, alguien te secuestrará —le espetó.
—A veces hablas como una persona mayor —le respondió ella en voz baja.
Akira la cogió del brazo y bajó las escaleras del metro. Lili se limitaba a dejarse llevar.
—¿En qué piensas? —le preguntó Akira, una vez en el vagón.
—En que casi nunca ocurren cosas inesperadas".

"—Eres un buen chico —le dijo Lili.
Akira no le respondió. Se le había caído el alma a los pies al oír aquellas palabras, porque él no quería ser buen chico".

"Aquel día, Lili había descubierto que su marido la engañaba con una tal Haruna, pero su relación con Akira no se había visto alterada.
Lili había pasado la noche en el piso de Akira. Al día siguiente, mientras ella dormía bajo la luz de la mañana, a Akira le había parecido ver una sombra de tristeza en su rostro limpio, sin maquillar".

"La luz de la mañana iluminaba débilmente los recintos de los animales. El parque estaba casi vacío. Delante de la jaula del pavo real blanco, Akira besó a Lili. Ella cerró fuertemente los ojos, como una niña pequeña.
—Lo estoy pasando muy bien —dijo entonces, con la voz más temblorosa que antes.
—Yo también —contestó Akira.
Los cuervos sobrevolaban el recinto del zoológico. Una bandada formada por unos diez pájaros volaba en círculos alrededor de las ramas desnudas de un olmo.
—Me gustaría estar siempre así —dijo ella.
Akira no respondió. Estuvo a punto de pedirle que se quedara con él para siempre, pero se contuvo a tiempo. Si se lo hubiera dicho, Lili habría replicado que no podía. Akira estaba completamente seguro de ello".

"—Akira.
—Dime, Lili.
—¿Crees que soy feliz?
—No lo sé —contestó Akira, repitiendo lo que le había dicho antes y lamentando que Lili sólo le hiciera preguntas para las que no tenía respuesta".

"—¿Hasta dónde vamos a llegar? —preguntó Lili de nuevo.
—No lo sé —admitió él por tercera vez.
—Pero tú me gustas, Akira —confesó ella.
—Tú también me gustas —dijo él, suspirando aliviado al ver que, por fin, Lili había dicho algo a lo que sí podía responder".

"—Akira —volvió a llamarlo Lili.
Él la abrazó.
La abrazó sin más, como si fuera una muñeca gigante. Ella se dejó abrazar lánguidamente, apoyando todo su peso sobre el cuerpo de Akira, con la cabeza vuelta hacia la ventana y los ojos abiertos de par en par.
Akira, completamente inmóvil, se limitaba a contemplar desde arriba los ojos de Lili, que parecían observar fijamente la ventana empañada".

"«Haruna —pensó de repente—. Haruna es la única a la que quiero contarle todo esto. Hablarle del buen tiempo. Decirle que he dejado los cristales relucientes. Y que una nueva vida se está formando dentro de mi cuerpo»".

"Yukio rozó ligeramente la mano con la que Lili sujetaba el monedero. Ella no la apartó. Le acarició la piel con suavidad, desde la muñeca hasta la punta de los dedos, y luego la miró a los ojos.
Lili le aguantó la mirada con su firmeza habitual.
—Lili… —empezó a decir Yukio.
—Dime.
—No has cambiado, ¿verdad? —le preguntó entonces, tragándose la pregunta que iba a formularle al principio: «¿Cuándo dejaste de quererme?»".

"—¿Aún te quedan días de vacaciones?
—Algunos —repuso Satoru, inclinando la tetera desde arriba para servir el agua hirviendo. El aroma se hizo más intenso—. ¿Tú trabajas hoy?
—Después de comer.
—Esta noche llegaré tarde.
—¿Te espero para cenar?
—No, empieza sin mí.
«Empieza sin mí». Por un instante, la voz de Lili se sobrepuso a la de Satoru en la mente de Akira".

"Mientras su corazón seguía latiendo desbocado, se puso a repasar la lista de contactos del teléfono. No tardó mucho en alcanzar el último nombre.
—Pues sí que tengo pocos amigos —se dijo esbozando una sonrisa forzada.
Volvió a subir hasta encontrar el nombre de Lili Nakamura y vaciló por un instante.
«Puede que ahora sea un buen momento para llamarla. No. Si no la llamo ahora, a lo mejor ya no podré volver a hacerlo»".

"—Hola —oyó mientras estaba salteando una cebolla.
Sabía que era una llamada de Lili porque su nombre aparecía en la pantalla.
—¿Hola? —repitió Lili.
—Hola —respondió él.
—¿Akira?
—Sí.
Akira tuvo una sensación curiosa, como si se hubieran visto el día anterior y acabaran de retomar una conversación que habían dejado pendiente. El olor de la cebolla mezclado con el de la mantequilla inundaba todo el piso.
—Esta tarde. Me has llamado.
Lili hablaba como la mujer del mediodía, encadenando una palabra tras otra, pero con otra voz. La voz de Lili. La voz de la auténtica Lili.
—Quería oír tu voz —dijo la boca de Akira, a pesar de que él no tenía la intención de pronunciar aquellas palabras. De hecho, era lo único que quería decirle, pero precisamente por eso, no pensaba que fuera capaz de hacerlo.
Era como si Akira y su boca actuaran como seres independientes.
—Yo también —le respondió Lili.
Akira se sorprendió.
—¿Por qué?".

"—Quiero verte —dijo de repente la boca de Akira.
«No he sido yo. Ha sido mi boca».
—¿Quieres verme? —preguntó Lili.
—No, no quiero verte —dijo Akira.
—¿En qué quedamos?
—Sí, sí que quiero —repitió la boca de Akira".

"«Qué fácil es morir, vivir, amar y dejar de amar —reflexionó Satoru—. Pero seguro que me parece fácil porque soy joven»".





Hiromi Kawakami

lunes, 27 de mayo de 2019

Citas: Algo que brilla como el mar - Hiromi Kawakami


"—¿Cómo te ha ido el día? —me pregunta mi madre todos los días.
—Bien, normal —le respondo yo. 
«Bien» y «normal», siempre las dos mismas palabras. Las ocasiones en las que le doy una respuesta diferente se pueden contar con los dedos de una mano. Cuando tengo que responderle otra cosa, como «fatal» o «muy bien», intento no tenerla delante".

"Cada vez que le respondo «Bien, normal», me lanza una mirada escéptica. «Ya —dice—. Bueno, pues me parece estupendo». Pero yo sé que es mentira. A mi madre no le gusta esa respuesta. Le encantaría decirme que la vida es mucho más que «normal»".

"—Aunque el mismísimo Godzilla apareciera en la colina que hay detrás de tu colegio, a ti te parecería lo más normal del mundo —me reprocha ella, con un suspiro.
—Detrás de mi colegio no hay ninguna colina.
—No tienes sentimientos.
—No es una cuestión de sentimientos.
—Los chicos de tu edad no sois capaces de comprender la belleza y la tristeza que encierra la figura de Godzilla.
—No es verdad. A mí Godzilla me gusta bastante.
—Tiene una cola digna de admiración.
—Sí, esa cola de reptil le da un aire especial".

"Las piernas de Mizue resplandecían exuberantes bajo la luz del sol. 
«Quiero hacer el amor con Mizue —pensé intensamente—. Quiero hacerlo, quiero hacerlo, quiero hacerlo con desesperación», pensé. Aquella idea había surgido con la misma fuerza con que el agua brota de una fuente".

"Mi abuela es una persona capaz de decir cosas como:
—A veces desearía chuparte la sangre, Midori.
—¿La sangre?
—Si lo hiciera, creo que me aliviaría un poco el dolor de riñones y el dolor de espalda.
—¿Qué? —me sorprendía yo".

"Cuando era pequeño, llamaba «mamá» a mi abuela. Lo hacía imitando a mi madre, que también la llamaba «mamá». Cuando entré en la escuela primaria, mi abuela me dijo:
—A partir de ahora, quiero que me llames Masako. Ma-sa-ko. Y punto.
«Y punto» era la frase favorita de mi abuela.
—¿No puedo llamarte «mamá»?
—No.
—¿Por qué?
—Porque yo no soy tu madre.
—Entonces, ¿me he quedado sin madre?
—Tu madre es Aiko.
—¿Aiko?
Aquello me dejó perplejo. Yo creía que Aiko era la hija de mamá, es decir, de mi abuela. Además, para mí Aiko siempre había sido simplemente «Aiko».
—Aiko fue quien te parió.
—¡Vaya!
—Te lo he dicho mil veces.
—Pues no lo sabía.
—Porque siempre estás en las nubes".

"Parece mentira la cantidad de energía que podemos liberar las personas cuando nos concentramos en una sola cosa y nos olvidamos de todo lo demás".

"—Masako, tú discutes porque te apetece limpiar, ¿verdad? —le pregunté un día a mi abuela.
—Es posible —admitió ella riendo—. Es posible. Puede que empecemos a discutir para limpiar, ordenar y arreglar todas las pequeñas cosas molestas que tiene la vida.
—No me gusta.
—¿En serio?
Mi abuela me observó fijamente, y yo desvié la mirada.
—Si hay que limpiar, se limpia. Y si hay que recoger material, te sientas y recortas periódicos con calma y tranquilidad. ¿Por qué siempre esperáis a discutir para hacer limpieza y recortar revistas?
—Eso lo piensas porque todavía no estás cansado.
—¿Cansado? —me extrañé.
—Has vivido muy poco. Uno se va desgastando y acaba cansándose".

"Hacemos el amor. Vagamos por la vida sin rumbo fijo. Y luego ¿qué?, suelo pensar. Entonces, doy un chasquido con la lengua que significa: «¡Qué fastidio!».
Quizá sea cierto que soy demasiado infantil. A pesar de todo, no puedo evitar pensarlo. Vagamos por la vida sin rumbo fijo, y luego ¿qué?".

"Era mi abuela la que salía a recibir a Otori. Cruzaba el pasillo a paso ligero, se detenía frente a la entrada y le hacía una reverencia. Otori le devolvía el saludo con aire distraído, inclinando ligeramente la cabeza. Mi madre nunca salía a recibirlo, y yo tampoco le daba la bienvenida.
Hasta que empecé a estudiar cuarto de primaria, cada vez que Otori nos visitaba me levantaba de un salto y corría por el pasillo tarareando: «¡Otori ha venido!». Él me cogía en brazos y me sentaba encima de sus hombros.
Dejé de ir corriendo a recibir a Otori el día en que mi abuela me explicó:
—Otori es el hombre que plantó tu semilla.
—¿Mi semilla? —repetí.
Por un momento creí que Otori se dedicaba al cultivo de dondiegos. Se me ocurrió porque las semillas que había plantado el año anterior como deberes de verano habían dado lugar a una decena de dondiegos de color azul vivo.
—Me refiero al esperma, Midori —me aclaró mi abuela".

"—¿Por qué vivimos en una casa tan vieja? —preguntaba yo cuando era pequeño.
—Porque no tenemos dinero para reformarla —me respondía mi abuela brevemente.
—¿Y por qué no nos mudamos a otra casa?
—Porque tendríamos que pagar un alquiler.
—Pues lo pagamos.
—¿Y quién lo pagaría?
—Aiko.
—Aiko no tiene recursos.
«Tener recursos» es otra de las expresiones favoritas de mi abuela.
—¿Qué significa «tener recursos»? —le pregunté a mi abuela aquel día, cuando era pequeño.
—Es una mezcla de esnobismo y fortaleza mental —me respondió con una sonrisa.
—¿El esnobismo es bueno o malo?
—Las cosas no siempre son blancas o negras, Midori".

"En aquel momento debería haber habido un cambio de escena, pero no fue así. En cuanto salimos, Otori se acercó a Mizue y le susurró algo al oído.
—¿Qué? —dijo ella, y enrojeció levemente.
—¿Qué? —dije yo también.
¿Qué le dijo Otori que la hiciera sonrojarse durante un instante?
—Pero… oye, ¿qué se supone que…? —balbució Mizue.
(...)
—¿Qué te ha dicho? —le pregunté.
—Nada —replicó Mizue, con la misma expresión tierna y ligeramente dulce de cuando tenía un caramelo en la boca.
—¿Cómo que nada?
—Nada importante, da igual.
—No da igual.
—¿Por qué no?
(...)
—¡Eres demasiado escrupuloso, Midori! —Las palabras se me quedaron atascadas en la garganta—. ¿Quieres saber qué me ha dicho antes Otori? —me preguntó Mizue, sacudiendo el brazo.
—No hace falta que me lo digas —repuse, malhumorado.
—Verás…
—¿Qué?
—Otori es un tipo curioso.
—Ya.
—Me ha dicho que tú estabas ardiendo de deseo por mí.
—¿Qué?
—Es lo que me ha dicho. Y la verdad es que me ha gustado —añadió, riendo de nuevo".

"Luego, eché una ojeada al móvil y vi que había recibido un mensaje de Mizue Hirayama.
Hola, Midori. ¿Cómo estás? ¡Yo muy bien! Mi horóscopo para mañana dice que «la Luna está bajo el signo del amor». Tu horóscopo dice: «Recibirás la visita de la inspiración. 
¿Iluminación de genio?». Te quiero mucho.
Mizue
Acerqué la mejilla a la pantalla del móvil. Echaba de menos a Mizue, a pesar de que nos habíamos visto aquella misma tarde. «La Luna está bajo el signo del amor».
Aunque no acababa de entender lo que significaban aquellas palabras, me parecieron bonitas".

"Supongo que la gente a quien no le sobra ni le falta nada es más fácil de olvidar que los demás".

"—Dime, ¿cómo es?
—Es adulto.
Mi abuela profirió una exclamación de admiración.
—¿Adulto?
—Sí, adulto.
—En ese caso, no le durará mucho.
—Tienes razón. Los adultos deben tratar con adultos, y los niños, con niños.
—Los asuntos del corazón no siempre son tan sencillos —rio mi abuela, pero me dio la razón".

"—Quiero presentaros a mi novio —dijo mi madre. Pronunció «novio» con el tono indiferente que solía usar para las palabras modernas como software.
—¿No te da vergüenza pronunciar «novio» con esa entonación? —le pregunté yo.
Ella abrió los ojos como platos.
—¿Por qué debería darme vergüenza?
—¿Quieres hacerte la moderna?
—Ya sabes lo que dicen, renovarse o morir.
—Si quieres hacerte la moderna es porque ya estás anticuada.
—Lo sé".

"—¿El señor Sato toma alcohol? —preguntó mi abuela.
—Casi nunca.
—¿No bebe?
—¿Te parece mal?
—¿Cómo puede estar saliendo contigo un hombre que no toma alcohol? —exclamó mi abuela, sofocando una risita".

"—Qué lugar más tranquilo —comentó.
—Sí —respondí yo.
El señor Sato y yo volvimos a observar las rosas, o a fingir que lo hacíamos.
—¿Cuál es tu equipo de béisbol favorito, Midori?
—¿Cómo? —exclamé.
No es que no hubiera oído la pregunta, pero me había sorprendido que el señor Sato me hubiera llamado por mi nombre. Yo no conseguía recordar su nombre de pila.
—No soy muy aficionado al béisbol.
—¿De veras? Yo soy fan de los Hawks.
—Ajá —asentí, aunque apenas había oído hablar de los Hawks.
—¿Prefieres el fútbol, quizá? —aventuró el señor Sato, con mucho tacto.
—El fútbol tampoco me interesa.
—Ya veo —repuso él, y volvió a desviar la mirada hacia las rosas del jardín.
Mientras tanto, mi abuela y mi madre susurraban en la cocina. Me sentía soñoliento. El señor Sato seguía contemplando el jardín y me mostraba su proporcionado perfil. «Pobre hombre —pensé—. ¿Por qué tiene que ir un domingo a una casa desconocida y aguantar una situación de lo más incómoda con un adolescente también desconocido?»".

"—Yo creo que ese estado de fusión con la sociedad en el que me encuentro no es bueno —prosiguió Hanada mientras cogía su tazón con ambas manos y acababa de sorber el caldo de cerdo.
—Ajá —dije yo.
—Lo que quiero decir es que, si siempre estás rodeado de lugares familiares y llevas ropa que te sienta bien, empiezas a fundirte progresivamente en la sociedad.
—Ajá —repetí.
—Aquí es donde entra la ropa de mujer.
—¿Por?
—Si llevo ropa que no me sienta bien, conseguiré mantener el equilibrio.
—¿Cómo?
—Acabo de explicarte por qué quiero vestirme con ropa de mujer. Fin del asunto.
—De eso, nada".

"—Dentro de dos sábados, los padres irán al colegio —le anuncié a mi abuela.
—En nuestra familia no tenemos padre —me respondió ella rápidamente.
—Ya —repuse. Eso ya lo sabía—. Pero la jornada de puertas abiertas es justo antes del día del padre, por eso necesito un padre.
—Da igual que sea el día del padre o el día del abuelo. No puedes pedirle peras al olmo —insistió mi abuela, aún más tajante que antes.
—¿Y quién me hará de padre? —le pregunté, sin poder aguantar más. De pequeño era un niño muy responsable.
—Nadie —atajó mi abuela.
—¿No podemos alquilar un padre?
—¿Alquilarlo? —rio Masako".

"—Las personas podemos alquilar cosas, pero no podemos alquilar a otras personas —me explicó mi abuela, mirándome a los ojos.
—¿No podemos?
—No podemos. Ni podemos alquilar a una persona, ni debemos apropiarnos de su forma de pensar ni de su alma, ni siquiera de un pedacito de ella. La gente no se alquila. Y si se pudiera alquilar a alguien, saldría muy, pero que muy caro".

"—La cerveza de esta casa sabe a gloria —observó Otori, con un deje de admiración en la voz.
—La cerveza sabe igual en cualquier lugar —replicó mi abuela".

"—Buenas —saludó Otori, cabizbajo como de costumbre.
—Buenas noches —le respondí en voz baja.
—¡Hola! —dijo otra voz que venía de detrás de Otori.
—¿Eh? —me sorprendí.
Miré hacia donde procedía la voz, pero Otori estaba justo delante y me tapaba la visión. Eché un vistazo por encima del hombro izquierdo de Otori, pero él torció la columna, adoptando una postura muy poco natural, y no me dejó ver a su acompañante. Lo intenté de nuevo alargando el cuello por encima de su hombro derecho, pero Otori se inclinó hacia el lado opuesto.
—¿Eres Hirayama? —pregunté.
El acompañante de Otori no dijo nada. Cuando intenté ver quién era por enésima vez, Otori empezó a balancear su cuerpo sin ton ni son, como si se divirtiera, impidiéndome ver a la persona que tenía detrás.
—Hoy hace mucho bochorno —observó Otori.
—Hace calor —añadió su acompañante.
—Entra —lo invité bruscamente.
Otori se sacó las chanclas de goma y empezó a caminar por el pasillo. 
Sus pies descalzos hacían tap, tap a cada paso. Por fin pude ver a la persona que se escondía tras él.
Tal y como sospechaba, era Mizue Hirayama. Se quedó de pie en el recibidor, con la cabeza gacha. Tenía gotitas de sudor en la frente, donde le nacía el pelo corto.
—¿Qué ha pasado? —le pregunté con el mismo tono brusco con que había
invitado a Otori a entrar.
—He venido —dijo ella. Llevaba una gran bolsa de tela en la mano.
—¿Por qué? —le pregunté, haciendo un esfuerzo por recuperar mi tono de voz habitual.
—¿No te gusta? —me preguntó ella, con una voz muy grave.
—Creo que ha venido a verte, Midori —me dijo Otori desde el pasillo.
—¿Qué?
—No, no es eso —desmintió rápidamente Mizue, sacudiendo la cabeza.
—¿Estás segura? —repitió Otori, riendo.
—No, no es eso, pero tampoco es que no lo sea, aunque no es exactamente eso —balbució Mizue, mientras nos miraba alternativamente a mí y a Otori.
—Eso ha sido feo —dijo Otori, riendo.
—¡No es lo que quería decir!".

"—¿Por qué te has sentado tan lejos de mí? —preguntó ella, sin responderme.
—No estoy tan lejos —le aseguré.
—Ven a mi lado.
—Es que toda mi familia está abajo".

"—No se necesita ningún motivo para llorar —prosiguió ella, mientras saltaba de nuevo.
—¿Tú crees? —le pregunté, escéptico.
—Llorar me tranquiliza —dijo, encogiéndose de hombros".

"—¿De verdad te gusto, Midori? —me preguntó, lanzándome una penetrante mirada. De mi garganta salió un gruñido que se podía interpretar como un «sí» y al mismo tiempo como un «no»—. Tú a mí me gustas mucho.
—Ya…, ya.
—Me gustas aunque yo a ti no te guste tanto.
—Ya…, ya.
—¿Te gusta otra chica, Midori?
«¿Por qué me pregunta tantas cosas a la vez?», pensé, exasperado".

"—Hay una forma de poder confiar en lo que te dicen las mujeres, naturalmente — añadió Otori con una sonrisa—. Pero es un camino muy duro —me advirtió, dándome una palmadita en el hombro—. Puede que no haya ni un solo hombre en todo el mundo que haya llegado al final de ese camino.
—¡Qué exagerado!".

"—¿Cómo te sentiste la primera vez que te hicieron una tarjeta de visita personalizada? —preguntó Mizue.
El señor Sato reflexionó un instante y luego le respondió educadamente.
—Me sorprendí.
—¿Te sorprendiste? —le preguntó mi madre.
—Sí. Me sorprendí. Me di cuenta de que aquello no era un sueño fugaz de los que se esfuman al amanecer, sino que había pasado a formar parte de la sociedad — explicó el señor Sato, mirando alternativamente a Mizue y a mi madre".

"—¿Por qué os separasteis?
Mi madre no respondió. Guardó el recibo en el monedero junto con las monedas del cambio. Durante unos treinta segundos, se limitó a abrir y cerrar la boca. A diferencia del señor Sato, aquel gesto le daba un aire de persona mayor. Con la boca entreabierta, mi madre parecía una mujer de sesenta años.
—Yo no quería, pero Yasuro decidió romper —me explicó con un hilo de voz.
—¿Cómo pudo tomar una decisión así cuando ni siquiera sabía utilizar un preservativo? —le pregunté con una voz que contenía un ligero tono de enfado. Ella abrió los ojos como platos".

"—Debe de ser duro salir con una chica joven —observó el señor Sato tras una breve pausa.
—¿Duro? —repetí, desconcertado.
—Huyen sin rumbo fijo —musitó él.
—¿Sin rumbo fijo? —repetí.
—«Las doncellas son escurridizas como peces. Cuando están a punto de morder el anzuelo, mueven las aletas y huyen» —dijo el señor Sato lentamente.
—¿Qué es eso?
—Una canción de la época Meiji.
—Ya —asentí, confundido. Cuando el señor Sato y yo estábamos solos, nos comunicábamos mediante golpes de cabeza.
—Significa que, cuando intentas conquistar a una mujer, siempre se acaba escabullendo como un pez".

"—¿Desde cuándo eres una chica, Hanada? —le preguntó sin tapujos el profesor de matemáticas a primera hora.
—No soy ninguna chica —respondió él con seriedad.
—Entonces, ¿por qué llevas esa ropa?
—Porque creo que este mundo no es blanco o negro —repuso Hanada, con una expresión aún más seria".

"—¿En la clase de hoy tocaba estudiar haikus? —me preguntó en voz baja Tanaka, que se sentaba a mi lado.
—No, creo que hoy tocaban los artículos de periódico —le confirmé.
—Es cierto —corroboró Tanaka, ladeando la cabeza.
En la fotocopia que nos había repartido Kitagawa había impresos unos diez haikus.
Kitagawa, que había guardado silencio hasta entonces, empezó a recitar con voz potente:
—«Una nube en el cielo. | Cielo de invierno, nube de invierno. | De súbito, media nube». Hay un haiku que dice así —dijo Kitagawa súbitamente, tras haber leído el primer poema de la fotocopia.
Contrariamente a lo que habían hecho los profesores de la segunda y tercera hora, Kitagawa observaba fijamente a Hanada. Los demás se habían comportado como si no lo vieran. Él, en cambio, lo miraba como si Hanada fuera el único alumno en toda el aula.
—He escogido este haiku pensando en Hanada —continuó el profesor, agachando un poco la cabeza".

"—Las cosas que se repiten constantemente te transportan a lugares desconocidos —aclaró Mizue, sin afectación".

"—Creo que deberíamos dejarlo durante un tiempo —me espetó.
—¿Cómo? —exclamé—. ¿Qué? Pero… ¿A qué te refieres? —le pregunté.
—Ya lo sabes.
—¿Cómo que ya lo sé? Si no me lo explicas, no puedo saberlo.
—Vale —dijo Mizue, y se levantó. La bolsa de comida vacía que tenía en el regazo resbaló y cayó al suelo—. Ya sé que te lo he preguntado muchas veces, pero… ¿te gusto, Midori? —me preguntó mientras se agachaba para recoger la bolsa del suelo.
—Me gustas —farfullé.
—Eso ya lo sé, pero ¿te gusto de verdad?
Estaba perplejo. No tenía la menor idea de qué debía decir. Me había preguntado lo mismo en muchas ocasiones y, cuantas más veces me lo preguntaba, menos respuestas se me ocurrían.
—Yo siempre te digo que me gustas —continuó ella, enfatizando la palabra «siempre».
—S… sí.
—Pero yo a ti no te gusto demasiado, ¿verdad?
«No te gusto demasiado». Aquellas palabras resonaron en mi cabeza. «No te gusto demasiado».
—¿Por qué dices eso? —reaccioné al fin, tratando de ganar tiempo para recuperar la compostura.
—Porque es la verdad —dijo ella lentamente.
—¡Venga ya!
—Insisto.
«Esto debe de ser una broma pesada o una especie de trampa», pensé.
—Veamos… ¿he olvidado algo importante? —le pregunté al recordar que una vez había olvidado su cumpleaños.
Mizue es de las personas que se mantienen frías como un témpano cuando se enfadan. En aquel momento, su temperatura debía de ser de doscientos grados bajo cero. El frío que desprendía habría congelado hasta el mercurio.
—No —respondió ella, secamente.
—¿Tienes la regla?
—Tampoco.
—¿Tienes el síndrome premenstrual? —inquirí, intentando romper el hielo.
—Midori, si crees que estoy de mal humor y que por eso la pago contigo, te equivocas —me advirtió ella, con una mirada cargada de tristeza a pesar de que era yo quien debería estar triste, y no ella".

"—Siempre fue así. Tú me gustabas mucho más de lo que yo te gustaba a ti.
¿Mucho más? ¿Acaso el amor se puede medir en cantidades? Además, ¿por qué hablaba en pasado?".

"—Pero no podía hacer nada. Uno no puede elegir ser la persona más importante para el otro".

"—Por muy simpáticas, imaginativas y psicológicamente independientes que parezcan las mujeres, nunca descubres cómo son hasta el final —me dijo Otori por la noche, para consolarme".

"La casa estaría llena de rosas
y avispas.
Oiríamos, al atardecer,
sonar las vísperas;
y las uvas de color piedra
transparente
dormirían al sol
bajo la sombra lenta.
¡Cómo te amaría si allí estuvieras!".

"«Kitagawa —susurré—. Estoy a punto de llorar, Kitagawa». 
Pero no lloré. Tenía muchos problemas a los que enfrentarme, y muchos asuntos que debía solucionar. No eran problemas graves, más bien un sinfín de pequeñas tonterías parecidas a desgracias que me habían pasado a lo largo de mi día de mala suerte".

"—Lo siento, no creo que Otori le devuelva el dinero que le prestó —me disculpé.
Kitagawa sonrió.
—Te preocupas demasiado por todo, Edo —me tranquilizó él, con una sonrisa aún más amplia.
—No es cierto —protesté en voz baja.
—Las personas que se preocupan por todo acumulan cada vez más sufrimiento.
No deberías acostumbrarte a sufrir demasiado —musitó el profesor, sacudiendo la cabeza.
—Vale —respondí vagamente, dándome por vencido".

"—¡Una serpiente! —gritó Hanada.
Contuve el aliento. Una serpiente reptaba susurrando bajo nuestros pies. Hanada hizo un gesto para indicarme que no dijera nada. La serpiente me rozó el tobillo durante un instante y desapareció rápidamente entre la maleza.
—¡Bájate el calcetín, Edo! —exclamó Hanada.
—¿Qué? —dije yo.
Los intensos rayos del sol me habían aturdido. En vez de repetirme la orden,
Hanada me quitó rápidamente el zapato y el calcetín de la pierna derecha, la que me había rozado la serpiente, como si estuviera pelando una pieza de fruta, y me examinó el tobillo.
—¿Te duele? —me preguntó, sujetándome la pierna.
—No —le respondí.
—Lo tienes rojo e hinchado.
En el lugar que me indicaba Hanada había dos bultitos rojos.
—¿Crees que me ha mordido? —le pregunté.
—Eso deberías decírmelo tú —me reprochó Hanada, en un tono grave.
—Me estás asustando.
—Yo en tu lugar no estaría tan tranquilo —insistió él, esta vez con voz chillona.
—Es que no me ha dolido.
—Voy a chupar —dijo Hanada, y levantó mi tobillo hasta la altura de su cara.
Acto seguido, se llevó mi pierna a la boca y empezó a sorber enérgicamente.
—No sale sangre —gruñó.
—A lo mejor no me ha mordido.
—Es posible —concedió él, pero chupó mi tobillo de nuevo. Noté un pinchazo en la piel.
—¡Ay! —grité, y Hanada apartó la cara. Tenía los contornos de los labios manchados de sangre—. Si me muerdes, me haces daño —me quejé.
—Pues te aguantas —me espetó mirándome fijamente, y escupió la sangre en el suelo".

"—¿Soy lo más importante del mundo? —insistí.
—Sí, claro —admitió ella.
—¿De qué mundo?
—Sólo hay un mundo.
—¿Cuántos mundos tienes tú?
—Tres y medio —me respondió, tras una breve vacilación.
—¿Y en cuántos de esos mundos soy lo más importante para ti?
—Supongo que en casi tres de tres y medio.
—Vale —repuse".

"—¿Tanto me quieres?
—¿Cómo?
—¿Tú me quieres, Otori?
Continué incomodándolo con preguntas de ese tipo, al más puro estilo de Mizue Hirayama.
Otori salió al pasillo a fumar.
—Tú y yo no podemos comunicarnos por telepatía —me dijo, cuando volvió a entrar al cabo de unos cinco minutos.
—Claro que no —le respondí.
—Lo digo porque todo me lo preguntas verbalmente —explicó Otori, rascándose la cabeza.
—No puedo hacerte preguntas sin palabras.
—No me refería a ese tipo de palabras.
—No te entiendo —reí.
Pero, en el fondo, lo entendía un poco. A ambos nos resultaba muy difícil hablar en serio. Ni Otori ni yo estábamos acostumbrados a comunicarnos con palabras trascendentales.
—¿Sabes, Midori?
—¿Qué?
—Verás, resulta que…
—¿Sí?
—Tú y yo…
—Dime.
—Creo que…
—¿Sí?
—Somos buenos amigos —dijo al fin, y guardó silencio".

"—Así que has venido —le dije.
Aún me sentía incapaz de mirarla a los ojos.
—He venido —respondió ella, brevemente.
—Me alegro de que estés aquí.
—A pesar del calor.
—Sí.
—Y del dinero.
—S… sí.
—Pero, sobre todo, a pesar de que no sé lo que sientes por mí.
—Te quiero —le dije sin pensar.
Ella abrió los ojos como platos.
—No me fío mucho de esa respuesta tan precipitada.
—Tienes razón —admití".



Hiromi Kawakami

domingo, 19 de mayo de 2019

Citas: El cielo es azul, la tierra blanca - Hiromi Kawakami


"Entonces fue cuando lo recordé en el instituto, de pie en la tarima del aula. Siempre llevaba el borrador en una mano y la tiza en la otra. Escribía en la pizarra citas clásicas como: «Nace la primavera, el rocío del alba», y las borraba cuando apenas habían pasado cinco minutos. Ni siquiera soltaba el borrador al volverse para dar alguna explicación a los alumnos. Era como un apéndice de la palma de su mano izquierda".

"—En aquella época llevabas trenza.
—Ya.
—Me acordé al verte entrar y salir de la taberna.
—Ya.
—Debes de tener treinta y ocho años.
—Todavía no los he cumplido.
—Perdona la indiscreción.
—Qué va.
—Estuve hojeando álbumes y consultando listas de nombres para asegurarme.
—Ya.
—Tienes la misma cara.
—Usted tampoco ha cambiado nada, maestro. —Me dirigía a él como «maestro» para disimular que no recordaba su nombre. Desde ese momento, siempre ha sido «el maestro»".

"—Hay gente que se dedica a coleccionar esta clase de objetos.
—Usted es uno de ellos, maestro.
—¡Qué va! Yo no soy ningún chiflado.
El maestro sonrió complacido y me explicó que él se limitaba a recopilar cosas que siempre habían existido".

"—«A través de los sauces | reluce el resplandor ceniciento, | el humo se levanta más allá de la pradera» —recitó el maestro con voz potente.
—¿Qué es eso? Parece un mantra budista —comenté.
—Tsukiko, veo que no prestabas atención en clase —me reprendió el maestro".

"Un día, un compañero de trabajo me dijo que mi forma de servir la bebida no tenía ningún encanto. La palabra «encanto» me pareció poco adecuada, y el comentario también, porque presuponía que las mujeres teníamos la obligación de servir las bebidas con gracia. Sorprendida, le dirigí una mirada fulminante. Al parecer interpretó mal mi expresión, porque cuando salimos de la taberna intentó besarme aprovechando la oscuridad. Dispuesta a impedírselo, cogí con ambas manos aquella cara que se abalanzaba sobre mí y traté de apartarla con todas mis fuerzas.
—No tengas miedo —susurraba él, sujetándome las manos y acercando su cara a la mía.
Era un anticuado en todos los aspectos. Tuve que reprimir el impulso de propinarle un guantazo.
—Hoy no es un buen día —le espeté, con el rostro serio y la voz grave.
—¿Por qué no?
—Porque es el día de la mala suerte. Y mañana también es un día desfavorable para todo.
—¿Eh?".

"—Se nota que está acostumbrado a encargar comida para llevar —observé.
El maestro asintió.
—Es porque vivo solo. ¿Tú sueles cocinar, Tsukiko?
—Sólo cuando tengo novio —respondí.
Él asintió de nuevo con gravedad.
—Es lógico. Yo también debería echarme una o dos novias.
—Debe de ser duro tener dos novias a la vez.
—Sí. Creo que no soportaría tener más de dos".

"El maestro y yo no nos hablábamos.
Eso no significa que no nos viéramos. Nos encontrábamos de vez en cuando en la taberna de siempre, pero no nos dirigíamos la palabra. Entrábamos, nos buscábamos con el rabillo del ojo y simulábamos no habernos visto. Yo fingía no conocerlo, y él hacía lo mismo conmigo".

"No dependía de su compañía, pero cuando estaba con él me sentía más completa. Era una sensación curiosa, como si me hubiera comprado un reloj nuevo y no quisiera quitar el plástico adherente que protegía el cristal. Si el maestro llegara a enterarse de que lo estoy comparando con un pedazo de plástico, probablemente se enfadaría.
Cuando coincidíamos en la taberna y nos tratábamos como perfectos desconocidos, me sentía como el reloj que ha perdido el plástico adherente. Por otro lado, las reconciliaciones fáciles nunca me habían gustado, y estaba segura de que al maestro también le resultaban ofensivas. Por eso seguíamos fingiendo que no nos conocíamos".

"—Ten cuidado, por favor —le pedí tímidamente, pero él no me oyó y alargó el cuello hacia mí para preguntarme:
—¿Cómo dices?
El coche seguía avanzando, pero él no hizo ademán de girar la cabeza.
—¡Mira hacia delante!
—¡Date la vuelta de una vez!
El maestro y yo gritamos al unísono al ver que nos acercábamos peligrosamente a un poste telefónico".

"—¿Crees que podremos volver a casa, Tsukiko? —me preguntó el maestro súbitamente.
—¿Cómo?
—Es que me da la impresión de que no saldremos de aquí nunca más.
—¡Qué tontería! —le respondí.
Él se limitó a sonreír, mirando por el retrovisor sin despegar los labios.
—¿Está cansado? —inquirí.
El maestro sacudió la cabeza.
—En absoluto.
—Si quiere podemos volver a casa, maestro.
—¿Por qué deberíamos volver?
—Pues…
—Prefiero que sigamos juntos. Me da igual adónde vayamos.
—Ajá".

"Cuando al fin los síntomas empezaron a remitir, le reproché su actitud y le pedí que reflexionara sobre las molestias que había ocasionado a los demás a lo largo del día. Los sermones eran mi especialidad. La regañé como si fuera una de mis alumnas.
Ella me escuchaba cabizbaja y acataba todo lo que le decía con un movimiento de cabeza. Me pidió disculpas varias veces.
»—Todo el mundo provoca molestias a los otros —repuso al fin".

"—¿Sigue enamorado de su esposa, maestro? —le pregunté en voz baja, y él rió con más ganas.
—Mi mujer sigue siendo un misterio para mí —me respondió, un poco más serio".

"—¿Has pasado las fiestas con tu novio, Tsukiko? —me preguntó.
—No.
—¿No tienes novio?
—Claro que sí. He estado cada día con un novio diferente.
—Ya veo".

"—Me duele el trasero, Tsukiko —me espetó a bocajarro nada más verme.
Lo miré perpleja, pero su rostro no traslucía dolor. Parecía tan tranquilo como siempre.
—¿Qué le ha pasado en el trasero? —le pregunté.
Él frunció el ceño.
—Una jovencita como tú no debería usar ese vocabulario".

"—Lo guardaré en el armario y lo sacaré de vez en cuando para recordar lo mucho que he disfrutado robándolo —respondió al fin.
—¿En el mismo armario donde guarda las teteras de barro? —le pregunté.
Él asintió con expresión solemne.
—Sí, lo guardaré en mi propio baúl de los recuerdos.
—¿Por qué quiere recordar una noche como la de hoy?
—Porque llevaba mucho tiempo sin robar nada.
—¿Cuándo aprendió a robar, maestro?
—En mi vida anterior —me respondió, sofocando una risita".

"—Hace frío. ¿Por qué no vamos a un lugar más cálido? —susurró él.
—No sé qué decir —murmuré con un esfuerzo.
—¿Cómo? —preguntó Takashi.
—¿Tan lejos hemos llegado?
Takashi se incorporó de un salto sin responderme. Yo me quedé sentada. Me sujetó la barbilla con la mano, me levantó la cara y me besó de improviso.
Fue un beso tan repentino, que no me dio tiempo a reaccionar. «¡Maldita sea!», maldije para mis adentros. Había bajado la guardia. Me había cogido desprevenida.
No me sentía violenta, pero tampoco feliz. Me invadió una oleada de inseguridad.
—¿Y eso? —le pregunté.
—Pues eso —me respondió Takashi, que parecía muy seguro de sí mismo. Pero yo tenía la sensación de que todo estaba ocurriendo en contra de mi voluntad.
Takashi, que seguía de pie, volvió a acercar su cara a la mía.
—No sigas —le advertí, tan claramente como pude.
—No pienso parar —me desafió él, con idéntica claridad.
—Ni siquiera estás enamorado de mí.
Takashi Kojima sacudió la cabeza.
—Siempre he estado enamorado de ti, Omachi. Por eso te invité a salir conmigo, aunque no funcionó.
Su rostro se ensombreció.
—¿Has estado enamorado de mí durante todo este tiempo? —le pregunté.
Él esbozó una tímida sonrisa.
—Bueno, eso es imposible. La vida da muchas vueltas".

"—¿Adónde iríamos tú y yo solos, Tsukiko?
—Con usted iría al fin del mundo, maestro —grité.
El viento soplaba con más intensidad, y las nubes cruzaban el cielo rápidamente.
El ambiente estaba cargado de humedad.
—Tranquilízate, Tsukiko —me advirtió el maestro.
—Estoy muy tranquila.
—Deberías volver a casa y descansar.
—No quiero volver a casa.
—No seas cabezota.
—No soy cabezota, lo que pasa es que estoy enamorada de usted".

"—No te arrimes así, Tsukiko. Me da vergüenza.
—Pero si usted me ha abrazado primero.
—No te imaginas lo que me ha costado".

"—¿Adónde te gustaría ir la próxima vez?
—¿Por qué no vamos a Disneyland?
—¿Desniland?
—Disneyland, maestro.
—Ah, Disneyland. Es que no me gustan mucho las aglomeraciones de gente.
—Pero yo quiero ir.
—Pues entonces iremos a Desniland.
—Es Disneyland, maestro.
—No seas tan quisquillosa, Tsukiko".

"Las tinieblas nos envolvían por completo y nosotros seguíamos hablando sin decir nada. Las palomas y los cuervos ya se habían refugiado en sus nidos. El maestro me rodeaba con su cálido brazo, y yo no sabía si reír o llorar. Al final, no hice ni una cosa ni la otra. Me tranquilicé y me acurruqué en sus brazos, en silencio. Oía los latidos de su corazón a través de la chaqueta. Nos quedamos sentados en la oscuridad".

"—Es que las luces nocturnas son muy tristes —se justificó, mientras se sonaba la
nariz con un enorme pañuelo blanco.
—No sabía que usted también lloraba.
—Las glándulas lacrimales de los viejos son más sensibles".

"Suelo llamarlo en voz baja: «¡Maestro!». De vez en cuando, oigo su voz que me responde desde algún lugar del cielo: «¡Tsukiko!». Preparo el tofu hervido como él, con bacalao y crisantemo. «Algún día volveremos a vernos», le digo, y el maestro me responde desde el cielo: «No tengo la menor duda».
En noches como ésta, abro el maletín del maestro. En su interior no hay nada, sólo un vacío que se extiende. Un enorme espacio vacío que crece sin parar".




Hiromi Kawakami