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viernes, 12 de diciembre de 2025

Citas: Flecos del abismo - Victoria Guarinos

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 "Entendía lo que desde fuera nunca se ve. Que para quebrar el silencio, para gritar, el único camino es el naufragio. Que combatirlo significa el fracaso absoluto".


"De esas humillaciones Adán empezaría a conocer la soledad, esa sombra que lo dejaba alicaído y plantaba las primeras semillas de la desconfianza.
Nadie salió a defenderlo, jamás".

"Llevaba muchos más sin derramar ninguna lágrima, ya ni recordaba cuándo. Se sentía muerto por dentro y pensó «yo tampoco quiero volver a casa». Lo quiso decir en voz alta, pero sus labios estaban sellados al igual que sus lacrimales secos. Vacío, sin más.
Insensibilizado, pues había tanto dolor mezclado que se había convertido en un pozo sin fondo.
El sol apareció a la mañana siguiente sin que él hubiera podido cerrar los ojos.
Se había dado cuenta de lo mucho que deseaba poder llorar, poder chillar, pedir ayuda, confesarse. Pero estaba dividido, roto. Su razón quería, su corazón no. Todas esas emociones ocultas lo paralizaban otra vez y lo dejaban hueco por dentro".

"Al llegar al instituto todo cambiaría. Para muchos esa sería de las mejores etapas de su vida, mientras que Adán, que todavía se lamía las heridas de lo sucedido —¿qué suceso, exactamente? Eran ya demasiados como para identificar de dónde provenía cada lesión—, se adentraría en un pozo sin fondo, oscuro y lleno de pesimismo".

"Trece veranos contaba ya el muchacho, trece inviernos, trece infiernos".

"Dicen que los ojos son el reflejo del alma. Que cada uno tiene una aura marcada por sus experiencias y que somos acnés, sin darnos cuenta, a aquellos que sintonizan con nuestra misma energía. Se podría explicar de mil formas: que se reconoce el dolor, que se empatiza mejor cuando la angustia es parecida, que el patrón que formamos en nuestra conducta no verbal se reconoce con los que experimentan nuestras mismas circunstancias, etc.
El caso es que aquellos tres jóvenes llevaban juntos desde que tenían memoria y nunca se habían percatado del lazo que los unía, de que su profunda amistad se debía no solo a los años compartidos, sino a las vivencias que cada uno callaba, pero que compartían con tal solo mirarse".

"—Sé lo de tu amigo —soltó de repente—. Lo sabe toda la familia y ni una palabra han dicho. Lo borran porque las cosas feas no las quieren".



Victoria Guarinos

Citas: Senderos de ira - Andry Milan Ferreiro

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 "—Aren respetaba a Khalil —había explicado Karina a los demás—, no a mí. Me parece bien que queráis entrar en un nuevo clan y no seré yo quien os lo impida, pero no esperéis que me reciban con los brazos abiertos.
Pese a las palabras de Karina, los demás insistieron en intentarlo.
—Si no entras tú, nosotros tampoco lo haremos —le había dicho Doel—. Estaremos contigo hasta el final".


"Khalil levantó las cejas con pereza.
—Se debe a que soy un niño olvidado que ha sido elegido por el Hermita más poderoso —dijo Khalil, que sabía perfectamente la respuesta—. Estoy bastante cansado de todo eso.
Los tres se quedaron en silencio un momento, hasta que Khalil habló de nuevo.
—Entiendo que sea algo curioso y yo tampoco me imagino por qué me escogió, pero Távoc tendrá sus razones. Si os digo la verdad, no creo que sea tan importante. En vez de estar mirándome a mí, deberían estar fijándose en ti. Tú eres el auténtico genio.
—Para ti no es tan importante porque lo has normalizado, pero, para tu desgracia, todo lo que está relacionado contigo es un misterio —le explicó Bartelus, aunque Khalil ya lo sabía—. La mayoría siente curiosidad por ver qué serás capaz de hacer. Cualquier escogido por Távoc llama la atención ¿pero tú? No tienes ascendientes guerreros ni perteneces a una familia noble o rica. No eres nadie. Tu existencia empieza en ti mismo. Tiene todo el sentido del mundo que todos te estén mirando".

"—No sé. —Lionel movió la cabeza, pensativo, valorando todas las opciones—. Quizás me he vuelto demasiado cuidadoso —se acarició la barba y se dirigió a Nánkert—. No quiero que te pase nada, muchacho.
Sus palabras hicieron sonreír a Nánkert. No quería que le pasara nada, pero estaba dispuesto a hacerlo luchar a sabiendas de que podría morir en cualquier combate".

"Eran niños olvidados. No conseguían nada. No vivían muchos años.
Solo luchaban por sobrevivir hasta que la muerte los reclamaba, y ese momento solía llegar más pronto que tarde".

"—La vida de una persona vale demasiado como para perderla por puro divertimento —afirmó Nánkert, e intentó ver mejor quién se ocultaba bajo la capucha".

"—Imagino que te sorprende que te lo diga —le dijo Rójem al ver que Nánkert no comentaba nada—, pero si tú me has avisado de las nudilleras, creo que lo correcto es que yo te advierta también.
Ambos se pararon en el centro de la arena y se miraron.
—Una pelea justa es siempre una buena forma de morir —le dijo Rójem mientras levantaba la espada".

"—Pero incluso si el hecho de suicidarse fuese un acto de cobardía más que de valentía, sigue siendo mi hermano y no me arrepiento de nada de lo que hice. Pero, por otro lado, vosotros me habéis enseñado lo que significa ser realmente valiente, sobre todo tú… y el problema al que yo me tengo que enfrentar no es nada en comparación con lo que debéis enfrentar vosotros a diario. Por eso volveré a casa y tendrás ese dinero.
Karina lo miró sin poder creerse lo que oía.
—Solo dame dos días más —le pidió Peter casi en forma de súplica—. Déjame disfrutar dos días más de mi miserable libertad".

"—¿No crees en el destino, Nánkert? —Valeria se sentó en la cama, manteniendo la distancia.
Nánkert negó con la cabeza.
—Pues es el destino el que nos ha vuelto a unir —le aseguró ella—, por eso estás aquí. Has venido a mí. Yo nunca estoy en el Foso y justo en tu primera pelea tuve que sustituir a mi madre. ¿No te das cuenta? ¿Cómo llamar sino destino a eso?
—Casualidad.
—No. Nuestros caminos se cruzaron para estar siempre unidos el día que nos encontramos en Écer.
—No estoy de acuerdo".



Andry Milan Ferreiro

Citas: Todavía - Narya A. Vicens

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 "—¿Para qué? 
—No estoy hablando contigo, ¿sabes? — Eithrie se giró por encima del hombro hacia un Raneb sonriente y le sacó la lengua—. Estoy hablando con Sha. 
—Estás hablando contigo, y sabes tan bien como yo porqué tú y yo nos quedamos y el resto se marchan, Eith. —Ante el tono amable del anciano, la niña solo pudo resoplar de nuevo mientras Maisha decidía que esa mano no le iba a dar la leche que quería y se ponía a buscar por otro lado—. Tú todavía eres demasiado joven y yo ya soy demasiado viejo. Estorbaríamos.
—Estoy cansada de esa palabra. 
—¿Cuál? 
—“Todavía”. Es como si me cerrara todos los caminos. 
—Lo bueno del “todavía”, mi niña —rio él—, es que acabará desapareciendo. Es el “ya” el que de verdad preocupa".

"—Sabes que tienen razón. —La voz de Raneb sonaba triste, resignada—. Deberíais… 
—No. —La respuesta de su madre fue seca, y la niña apretó fuerte los ojos para que no la pillaran. Ni tienen razón ni es una opción. 
—Te lo agradezco, pero… 
—Escúchame bien. —Podía oír a su madre moviéndose a su espalda, posiblemente caminando de un lado a otro mientras hablaba, pero no se atrevió a girarse para comprobarlo —. No me importa nada lo que hagan el resto, ni por qué motivos lo hagan: las niñas y yo nos quedaremos contigo hasta que… 
—¿Hasta que qué, Nadje? —Raneb la interrumpió, y sus palabras se clavaron en el pecho de la niña—. ¿Hasta que os arrastre al hambre por querer alimentarme? ¿Hasta que me muera, y vosotros conmigo? 
—Hasta que te mueras, sí, pero no para morirnos contigo. —Se hizo el silencio unos instantes, lo suficientemente largos como para que Eithrie se preguntara si se había acabado la conversación—. Nos quedaremos para vivir contigo, para compartir el tiempo que te queda. Para que Maisha tenga otros brazos que la acunen, para que Eithrie tenga tantos días contigo para recordar como sea posible, para que yo tenga a alguien que me recuerde que todavía queda gente buena en el mundo".

"—Raneb tiene miedo, ¿pero sabes lo que el miedo no le dice? 
—¿Qué? 
—Que nosotras le queremos tanto que si él no está, no habrá camino que andar. —Nadzieja levantó la mirada hacia el hombre—. Si él no viene, nadie va a marchar. 
—Porque somos gente buena, y la gente buena no deja a nadie atrás".

"—He tenido mucho miedo —dijo Eithrie, las palabras atragantándosele de repente. 
—Todos lo hemos tenido. Lo importante, mi niña —le respondió Raneb con dulzura —, es lo que has hecho con ese miedo. 
—¿Qué he hecho? 
—Luchar. —Levantó una mano para enredarle el pelo cariñosamente".

"—No puedes morirte, Raneb —le decía cada noche, y el anciano intentaba sonreír. 
—Todavía no es mi hora —le respondía, y ella se acurrucaba a su lado para dormir, la oreja pegada a su pecho para oír el latido de su corazón".

"—No puedes morirte, Raneb.
—No me moriré nunca mientras tú todavía me quieras, mi niña".


Narya A. Vicens

martes, 21 de octubre de 2025

Citas: El legado del Ciervo Negro - Andry Milan Ferreiro

 

 "Escapar nunca había sido un problema. Estaba acostumbrado a huir de todo el mundo".


"Khalil se mordió el labio y se le aguaron los ojos. Su captura probablemente significaría la condena para decenas de niños. Una solitaria lágrima de impotencia se deslizó por su rostro. Quizás no hubiese otro amanecer para él ni para los suyos".

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"—¿Qué hacemos, entonces? —preguntó Ozen mientras caminaba con inquietud por la habitación—. ¿Nos quedamos esperando a ver qué ocurre? No podemos movernos de nuestra zona, marcharnos no es una opción.
—Una Columna no gana a un clan entero —dijo Doel tranquilizando a Ozen, aunque entendía su actitud. 
—No —replicó Ozen—, pero sin una Columna se rompe el equilibrio".

"—Me gustabas más con tu nariz original.
—¿Es muy grave? —le preguntó Peter. 
Namri se acercó para examinarlo con detenimiento. 
—Bueno —le tocó la nariz con suavidad, aunque esto no evitó que Peter sintiera una punzada de dolor—, no está rota, pero sí muy hinchada, y puede ser un problema. En fin, míralo por el lado bueno.
—¿El lado bueno? 
—Es la primera vez que no te veo lloriqueando en una pelea".

"—Eres muy listo para tu edad —continuó Peter mientras un latigazo de dolor le recorría la espalda al intentar cruzar los brazos—, pero no lo suficiente como para pillar una ironía. 
—En la calle la edad es solo un impedimento. Ser más joven no te hace menos listo, solo más débil".

"Doel se levantó y se estiró, sacando a Peter de sus pensamientos. 
—Deberíamos volver ya. 
Peter asintió, había perdido la noción del tiempo. Doel lo ayudó a ponerse en pie y sonrió. 
—Con tu paso aún tendremos para un rato. 
—Te lo compensaré —dijo Peter, girando la cara para impedir que Doel viera las pequeñas lágrimas que asomaban en sus ojos. 
—No hace falta —contestó Doel—. Para eso están los amigos".

"—¿Qué sabe un niño olvidado sobre lo que hace un guardia en su día a día? —le preguntó Távoc—. ¿Qué sabe sobre cómo se gestionan las ilegalidades que cometen los ricos? ¿Cómo puede afirmar si hay o no diferencia cuando lo único que ha hecho toda su vida es robar y vivir como una rata? Alguien que solo tiene un punto de vista aporta poco con su opinión. 
—Yo no tengo culpa de ser el pobre de la historia. 
Távoc asintió antes de hablar. 
—Eso también es cierto. El mundo no es justo y tú no tienes la culpa de tus orígenes, como un rico no tiene la culpa de los suyos".

"—El mundo no es justo —repitió Távoc—. Pero, a veces, dentro de tanta injusticia, hay momentos que merecen la pena. Momentos que incluso se pueden considerar puro milagro. Un golpe de suerte. El momento en el que te vi huyendo de los guardias fue uno de ellos. Un chico sin estudios, sin ningún mentor que lo guíe, dominando el Conocimiento y usándolo en su propio cuerpo… es algo increíble. 
Khalil prefirió omitir que todas las Columnas de Écer podían hacer aquello. Precisamente, por eso los nombraban Columnas.
—Por eso te ofrezco la posibilidad de salir de las calles y ser uno de mis subordinados. Puedes volver a empezar y hacer algo con tu vida que no sea solo luchar por sobrevivir".

"—Mi alojamiento está cerca de aquí —le dijo Sara mientras veían desaparecer a los Hermitas—. Acompáñame para asegurarnos de que conozcas el sitio exacto. 
Khalil seguía inmóvil, dudando todavía sobre lo que debía hacer.
Sara comenzó a andar. Al darse cuenta de que el chico no la seguía, se giró. Távoc ya había desaparecido.
Sara se acercó a Khalil, que aún permanecía inmóvil con la mirada perdida.
 —Has tomado una decisión. Sé consecuente con ella y no lo pienses más. Podrás ayudar a mucha más gente y de mejor forma si sales de las calles. No hay nada que pensar".

"—Una cosa…
 Khalil entornó los ojos cuando Sara lo sacó de sus pensamientos.
 —Es algo importante—insistió ella—. Además, creo que te vendrá bien escucharlo.
 —Dime. 
—Debes saber que Távoc nunca da explicaciones de sus decisiones. No justifica nada de lo que hace y nadie, salvo el rey Érlik, le pregunta el porqué. No insiste ni discute, solo ordena. Y si algo no funciona a la primera, funcionará igual. 
—¿Qué quieres decir? 
—He visto cómo reclutaba a otros aspirantes a Inmortales, y nunca había insistido si rechazaban su oferta. 
—¿Llamas insistir a lo que ha hecho conmigo? 
—Si Távoc te ha insistido es porque hay algo especial en ti —continuó ella haciendo caso omiso de su pregunta—, algo que vale la pena.
 Sara lo miró con curiosidad.
—Aunque los demás no veamos nada, puede que estemos delante de un futuro gran guerrero —le dijo sonriendo y levantando las cejas con cierta incredulidad—. Créeme y aprovecha esta oportunidad que la vida te brinda, porque parece que hay algo realmente único en ti".

"—¿Todo bien? —preguntó Ozen sentándose a su lado.
 —Como siempre —contestó Nánkert con ironía—. Amanece, que no es poco. 
—Hay gente para la que no. 
—Por eso mismo debemos ser agradecidos —Nánkert sonrió con tristeza—, aunque todo sea una mierda".

"Los niños olvidados no tenían nada en lo que distraerse cuando se sentían mal. El cariño y el amor era lo único que les permitía seguir siendo humanos en medio de una constante vorágine de supervivencia".

"Una risa juguetona escapó de los labios de Namri al verlo. 
—Podemos hacer una cosa —le dijo el niño, y se paró delante de Peter—. A partir de ahora seremos hermanos. 
La sorpresa apareció en la cara de Peter. 
—Seremos hermanos, y así nunca volveremos a estar solos —Namri se cruzó de brazos mientras terminaba la frase y una sonrisa se apoderaba de su rostro".

"—Ya me lo dijiste el otro día —le comentó Ozen—. Además de llorar un poquito por quiénes somos y bla, bla, bla... 
Nánkert esbozó una sonrisa. 
—¿Y no estás de acuerdo con eso? —le preguntó. 
—Claro que sí, pero quejarse no nos dará nada. Además, aquí el raro eres tú —contestó Ozen—. Parece que te estás dando cuenta de quién eres ahora. 
Nánkert asintió con suavidad, con la mirada clavada en las calles. 
—¿Se puede saber qué te pasa últimamente? —se quejó Ozen.
 Nánkert se levantó, se estiró un momento y miró a su amigo. 
—Si queremos un cambio en nuestras vidas, debemos dejar de hacer lo mismo de siempre".

"—Tú no tienes la culpa de la pobreza de los otros —continuó Ozen—. Si te mueres aquí mismo, los demás seguirán igual. No solucionarás nada ni con irte ni con quedarte. Pero sí puedes cambiar lo que te ocurra a ti".

"—Llevo pensándolo desde antes de que consiguieras ese dinero… desde hace años. Y ahora por fin podré luchar por hacer mi sueño realidad.
 Ambos amigos se quedaron en silencio unos minutos, perdidos en sus fantasías de un futuro prometedor.
 —Parece mentira todo esto —pensó en voz alta Nánkert. 
—Nuestra vida empieza ahora —le aseguró Ozen—. Nuestra vida como personas de verdad".

"—Acepto tu oferta, por ahora.
 Lionel abrió los brazos al escuchar aquello. 
—Claro que sí, muchacho. Aquí no tendrás problemas. Seremos como una gran familia. Yo seré tu tío y tú mi querido sobrino.
 —Mi tío me está obligando a quedarme con él, poniéndome contra la espada y la pared".

"—Entiendo —contestó Nánkert, observando a un padre comprar unas manzanas y darle una a su hijo—. Sentiría algo más de lástima si no fuera porque he vivido peor. 
—Totalmente comprensible —aceptó Lionel. 
Nánkert asintió para sí mismo, sintiendo una leve sensación de culpabilidad recorrer su mente. El ambiente de aquel sitio le recordaba a Karina y a los demás miembros de su clan. 
—De todas formas —continuó hablando Lionel— nunca está de más intentar empatizar con la realidad de otras personas.
—Suena a broma viniendo de ti. 
—Bueno —Lionel sonrió—. Esto es Pérmyga y en Pérmyga todo son negocios, pero eso no significa que vaya a tratarte como a un perro o a un delincuente solo por tu origen. Ahora estás en una posición distinta. Aprovéchala tanto como te sea posible y no olvides de dónde vienes, porque siempre puedes volver a allí".

"—En lo referente a la pareja de antes —dijo Lionel volviendo al tema mientras se colocaban al final de la fila—, desde lejos es complicado saberlo al cien por cien, pero me apostaría una mano a que hasta la piel de la muchacha es falsa.
—¿Su piel? —preguntó sorprendido—. ¿Te refieres a toda su piel?
—Bueno, su piel, y estoy seguro de que casi el cien por cien de su cuerpo; por lo menos lo que les suele interesar a los hombres —especificó Lionel—. Las mejoras estéticas son asquerosamente caras. En Pérmyga, lo que se haya podido hacer esa chica valdrá más que contratar a un sicario para matar a varias personas. Lo raro de esa pareja es que, pese a ser ella el centro de atención, era él quien hablaba con todo el mundo. Imagínate cuánto dinero debe tener ese joven para que una mujer así esté con él. 
Nánkert meditó un instante y sonrió al darse cuenta de que olvidaban un factor importante.
 —El amor lo descartamos, ¿no? —preguntó con cierta ironía. 
Lionel se limitó a soltar una carcajada tan fuerte que algunas personas se voltearon para mirarlos. 
—Recuerda, muchacho: el dinero abunda en Pérmyga y vale más que una vida".

"—Lionel me habló de tus orígenes. Es una pena que no tuvieras una vida adecuada con la que poder exprimir todo tu potencial desde un principio. —Supongo que la vida no es tan fácil como nos gustaría —le contestó Nánkert mientras un destello de recuerdos pasaba por su mente. Recuerdos que intentaba olvidar. La gente de su clan, Ozen y, sobre todo, Karina".

"—Los niños olvidados no somos más que violencia y dolor —continuó Ozen—. Siempre lo supe. Somos basura; y ahora que ya no pertenezco a este mundo, lo veo aún más claro. Solo somos ratas".






Andry Milan Ferreiro

viernes, 17 de octubre de 2025

Citas: 10 e 10 - Deborah Cappagli

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 "Tengo ganas de cambiar, de raíz.

Todo me queda estrecho—hasta el tiempo,
últimamente demasiado veloz e implacable.
O quizás soy yo quien ya no encaja en el traje que me
he cosido a medida".

"Un trueno repentino me recuerda que estoy
despierta.
Que debo, una vez más, inventarme algo que
empezar (y nunca terminar),
para no desperdiciar ni un solo instante.
Siempre comienzo muchas cosas, y termino muy
pocas.
Ahora entiendo por qué: necesito más tiempo.
Las guardo con la excusa de no poder marcharme,
porque tendré mil cosas por acabar".

"No estoy hecha para vivir la vida de todos.
Quiero una vida mía, solo mía.
Para compartir con pocos y transformar con casi
nada: algo que me haga sentir encendida,
lista para iluminar ese rincón oscuro que se forma
con la rutina".

"La primera habitación es amplia, vacía. Las paredes
son de un blanco que parece desvaído por el tiempo.
El suelo de terrazo veneciano brilla en puntos
irregulares, como si quisiera mostrarme fragmentos
de una historia olvidada.

Atravesamos un pasillo estrecho. En la segunda
habitación hay un sofá, viejo y desgastado. Parece
ser el único objeto presente, como si alguien lo
hubiera dejado allí sin intención de volver".

"Mi hijo y sus amigos están sentados. Fuman,
escuchan música. Las ventanas están cerradas. El
humo me molesta. Me entra en los ojos, me raspa los
pensamientos. Me siento intrusa en su calma
ruidosa".

"Hoy tengo que ir a ver a mi madre.
La idea de hablar con ella me pesaba como un
equipaje nunca abierto.
Aún no le he dicho nada sobre la mudanza a
Londres con Luca.
No lo sabe, y quizás no lo entendería.

Lo nuestro es un vínculo hecho más de deberes que
de impulsos, una conciencia amable que se sostiene
en el respeto por la distancia".

"El teléfono vibra.
“Luca.” El nombre en la pantalla me hace dudar.
Una fracción de segundo antes de contestar, el
corazón se encoge.

— “Hola…” digo, intentando sonar normal.
Su voz al otro lado es más lenta de lo habitual, como
si hubiera pensado demasiado antes de llamar.

— “¿Podemos hablar un momento?”

Me siento en el sofá, activo el altavoz.
— “Dime…”
— “He pensado mucho en Londres. En nosotros. Y…
no es que no quiera que vengas. Es que no estoy
seguro de quererlo por las razones correctas.”

Un silencio se cuela entre nosotros.
No está vacío—está lleno de todo lo que nunca nos
dijimos.

— “¿Qué quieres decir?” mi voz es firme, pero por
dentro tiemblo.
— “Tú estás lista. Tú tienes una visión, tienes coraje.

Yo… solo he seguido la corriente. Y me he dado cuenta de que no lo estoy 

haciendo por amor, sino
por miedo a perderte".

"No lloro. No aún.
Pero una parte de mí se desprende lentamente, como
la rama que sabe que llegará el invierno".

"Delante de mí, la hierba se ondula con movimientos
lentos, como si siguiera el latido de un corazón
invisible.
La luz es irreal, difusa y lechosa.

Es como si el sol estuviera escondido detrás de una
cortina de vidrio esmerilado.
No logro entender si es mañana, tarde, o un tiempo
fuera del tiempo".

"Me giro, buscando desesperadamente un escondite,
una vía de escape.
Pero allí, frente a mí… me detengo.

Cien personas.
Todas vestidas con traje negro y camisa blanca.
Dispuestas como piezas en un tablero de ajedrez
perfecto.
Inmóviles.
Silenciosas.
Sin rostro.

Y sin embargo, me miran".

"Me senté. El cuerpo buscaba descanso, pero la mente
no
lo concedía. Respiré hondo. Intenté vaciarme.
Cerré los ojos.

Y lo volví a ver.
El hombre. Su rostro formándose lentamente. Los
cien relojes, todos iguales. Todos detenidos. Todos
parlantes.
Y luego esa voz. Aún nítida. Aún
inexplicablemente verdadera:
“Solo queríamos ayudarte.”
La frase vibraba en mí, como si fuera mía desde
siempre.
Un eco amable, pero también inquietante. ¿Qué era
esa ayuda? ¿Y quién la ofrecía realmente?
Pasé horas en el sofá. El mundo afuera podía
desaparecer tranquilamente. Pensaba en Luca. En su
voz, en
su rostro, en sus promesas. Cuántas veces había
dicho que me amaba. Cuántas veces sus palabras
habían
encendido esperanzas que ahora parecían solo
faroles apagados".

"El amor, a veces, es
ciego
porque quiere ser ciego. Elige no ver,
porque ver dolería".

"Me preguntaba quién era. Quién
había
sido realmente. A quién había amado.
Mis sentimientos se habían alejado de él. En
silencio, sin escenas. Como un barco que se separa
del puerto sin hacer ruido".

"Tomo un volumen. Lo abro.
Las páginas están en blanco.
Solo la última
tiene una frase:
“Lo encuentras solo cuando dejas de buscarlo.”
Cierro el libro".

"El cuerpo parecía descansado, pero el alma… en
espera.
Había dormido demasiado. O quizás muy poco para
entender".

"— “La noche te está contando quién eres.” me
responde.
— “¿Quién eres tú?” pregunto intentando contener la
emoción.
— “Yo soy el latido entre dos elecciones (...)".

"Sus manos temblaban ligeramente.
Pero no era duda.
Era emoción buscando el punto exacto donde
encarnarse.

Sus labios se posaron sobre los míos.

El beso fue como tocar la primera nota jamás
tocada".

"En la pared frente a mi escritorio, donde ayer solo
había blanco, noto una inscripción:
"Tiempo no lineal."
Es diminuta, casi grabada con lápiz".

"Mi escritorio.
El PC encendido, esperando.
Y justo allí al lado… hay una nota blanca.

Lisa. Inmaculada.
No sé cómo llegó allí.
La tomo entre los dedos.

Por un momento permanece vacía.
Luego, lentamente, las letras emergen — no escritas,
sino reveladas.

Como si vinieran desde dentro de mí.
O de alguien que conoce mi corazón.

"Te amo desde siempre."

La frase es simple. Sin firma.
Pero yo sé.
Sé quién es.

Siento que todo lo que ha ocurrido — sueños,
objetos, silencios — ha sido una preparación.
Porque lo que acaba de emerger no es solo una frase.

Es una verdad.
Antigua.
Mía.
Suya".

"Sentada en la cama, sostengo un diario entre las
manos.
Las lágrimas me recorren el rostro.
Una ruptura, quizás el primer amor terminado… no
lo recuerdo.
En el borde de la foto, algo está grabado: un pequeño
símbolo, un reloj de arena apenas visible.

“No todo lo que termina está perdido.”

Kairos no era una voz. Era un pensamiento que me
rozó aquel día, haciéndome escribir una frase que no
sabía de dónde venía".

"Tercera página

Corro entre los árboles.
Río.

Pero detrás de mí — oculto entre las ramas — hay un
resplandor azulado.
No se nota de inmediato, pero está en cada toma: un
punto constante, como si la cámara registrara no solo
la materia… sino también el tiempo que me amaba".

"Yo (en voz baja):
«¿Por qué no me dijiste antes quién eras?
¿Por qué me dejaste vivir sin saberlo?»

Kairos:
«Porque el amor, para existir, necesita ser elegido.
Y tú… ahora me estás eligiendo.
No con el pensamiento. Sino con el corazón que ha
recordado.»".

"Las horas pasan.
Cada tic del péndulo parece burlón.
Cada rayo de luna que se filtra me dice que no es él.

El cielo empieza a desteñirse.
El día llega despacio, como un intruso.
No lo quiero.
Pero no puedo detenerlo".

"Todo a nuestro alrededor…
se fragmenta en relojes suspendidos.
Algunos explotan en silencio.
Otros se abren como puertas.

Yo elijo uno.
El agrietado, con las agujas invertidas.
No porque lo entienda.
Sino porque se parece a mí".

"En el reverso,
una frase escrita a mano:

“Algunos amores son tan precisos
que no pertenecen al tiempo.”




Deborah Cappagli

domingo, 20 de julio de 2025

Citas: Lo que no tiene nombre - Piedad Bonnett

Autorretrato de Daniel Segura Bonnett


"Pamela nos abre la puerta y nos saluda con abrazos apretados y esa bella sonrisa suya que ni siquiera puede ser opacada por la tristeza. Después de un breve intercambio de palabras, cruzamos la cocina y la salita y entramos lentamente a la habitación. Lo primero que registran mis ojos es la enorme ventana abierta, y detrás la escalera de incendios que da a la calle.
Examino todo, brevemente, de un vistazo: la cama, tendida con pulcritud, el escritorio abarrotado de libros, los cuadernos apoderados de la mesa de noche, la chaqueta de cuadros colgada con cuidado en la silla. Durante algunos segundos no decimos nada, no hacemos nada, a pesar de que un turbión de emociones nos agita por dentro. Entonces Camila abre el clóset y vemos los zapatos alineados, los suéteres y las camisetas puestos en orden. Es la habitación de alguien pulcro, riguroso, aseado. Confusos, intercambiando frases cortas que quieren ser eficientes, nos dividimos los espacios a fin de poder hacer la tarea que nos ha traído hasta aquí. Nadie llora: si uno de nosotros se rindiera al llanto arrastraría con su dolor a los demás".

"Siento, por un instante, que profanamos con nuestra presencia un espacio íntimo, ajeno; pero también, atrozmente, que estamos en un escenario".

"En ese momento aparece en el descanso de la escalera una pareja con un niño; se detienen, con timidez.
¿Somos nosotros parientes del estudiante que se mató ayer? También ellos lo sienten mucho. La mujer, una rubia joven, de semblante amable, nos dice que ella estaba allí a la hora de la tragedia y que lo oyó correr. Mi hija Camila se asombra, se adelanta: ¿lo oíste correr?, ¿dónde estabas? En su piso, el
último. Desde ahí oyó un tropel de pasos en el techo. Entonces todo termina de aclararse: la ventana abierta, la escalera de incendios que trepa hasta el techo del edificio".

"En estos casos, trágicos y sorpresivos, el lenguaje nos remite a una realidad que la mente no puede comprender. Antes de preguntar a mi hija los detalles, de rendirme a la indagación, mis palabras niegan una y otra vez, en una pequeña rabieta sin sentido. Pero la fuerza de los hechos es incontestable: «Daniel se mató» sólo quiere decir eso, sólo señala un suceso irreversible en el tiempo y el espacio, que nadie puede cambiar con una metáfora o con un relato diferente.
Daniel se mató, repito una y otra vez en mi cabeza, y aunque sé que mi lengua jamás podrá dar testimonio de lo que está más allá del lenguaje, hoy vuelvo tercamente a lidiar con las palabras para tratar de bucear en el fondo de su muerte, de sacudir el agua empozada, buscando, no la verdad, que no existe, sino que los rostros que tuvo en vida aparezcan en los reflejos vacilantes de la oscura superficie".

"Alguna vez escribí que en el aire «el tiempo se hincha como un paréntesis», y hoy lo constato en estas seis largas horas de vuelo atravesadas de visiones. La sensación, abrumadora, es de extrañeza, de incredulidad: ¿puedo ser yo esa persona que viaja a enterrar a su hijo?
Sí, Piedad. Es un hecho. Sucedió. Y nunca palabras tan precisas me han sonado tan irreales".

"Trato de pensar en la lucha que debió librar entre el deseo de acabar y su miedo, y me pregunto si fue un suicidio por impulso, un acto irreflexivo, o por el contrario una acción premeditada, lo que los expertos llaman un «suicidio por balance». ¿Había subido antes hasta el techo a preparar el terreno? ¿En qué pensaba cuando saltó? ¿Qué se siente al caer? ¿Se pierde la conciencia? ¿En las últimas horas pasamos los que lo queríamos por su cabeza? Las preguntas se alzan y mueren al instante, vencidas, derrotadas.
«La verdad es maraña», escribe Javier Marías".

"Ahí arriba, en medio de la oscuridad de la noche, me asaltan implacables las imágenes. Imágenes de vida, imágenes de muerte. Y revivo el nacimiento de Daniel entre el agua, la luz tenue de la sala de partos, la música, el pequeño cuerpo todavía atado al cordón umbilical colocado cuidadosamente sobre mi pecho para que pudiera acariciarlo y besar su cabeza aún embadurnada: toda una escenografía con aire de nueva era, un poco sentimental, un poco cursi, planeada para que su ingreso a este mundo fuera un tránsito dulce; y pienso en tanta ternura y tanto cuidado derrotados por las sombras desquiciadas del miedo y de la muerte".

"Alguna vez, a su regreso de uno de esos cursos, nos contó, entre burlón y ufano, que muchos de sus compañeros, todos mayores que él, lo rodeaban a menudo mientras pintaba, admirados de su destreza. Aunque él mismo no acababa de creer en su talento, cuando ingresó a la Facultad de Artes lucía muy entusiasmado. El primer día de clases, sin embargo, llegó con una sonrisa irónica en los labios: uno de sus maestros, tal vez el de Historia del Arte, les había dicho, en forma teatral, la frase devastadora que iba a oír incesantemente durante sus cuatro años de carrera universitaria: «Muchachos, olvídense de la pintura. La pintura ha muerto»".

"«La vida es física». Siempre me gustó ese verso de Watanabe. Y también este de Blanca Varela: «[…] es la gana del alma que es el cuerpo». A pocas horas de su muerte lo que me empieza a hacer falta hasta la desesperación son las manos de Daniel, las mejillas por las que pasaba el dorso de mi mano cuando lo veía triste, la frente que besé tantas veces cuando era niño, la espalda morena de tanto sol. Su singularidad. Su modo de reír, de caminar, de vestirse. Su olor. Una idea absurda me persigue: jamás el universo producirá otro Daniel".

"Siempre vendrá quien me diga que nos queda la memoria, que nuestro hijo vive de una manera distinta dentro de nosotros, que nos consolemos con los recuerdos felices, que dejó una obra… Pero la verdadera vida es física, y lo que la muerte se lleva es un cuerpo y un rostro irrepetibles: el alma que es el cuerpo".

"Somos, mientras caminamos en medio de los árboles que destilan todavía gotas de lluvia, seis seres desolados y temblorosos. A pesar de la intimidad del acto nos hemos vestido de negro".

"Nos recibe un hombre impecable, discreto, que actúa con delicadeza pero sin alambicamientos. El edificio de mediados del siglo XIX tiene un vestíbulo amplio y pequeñas salitas amobladas, en una de las cuales esperamos en silencio. Yo tiemblo, traspasada por la emoción, porque siento ya la cercanía del cadáver de Daniel, su presencia. ¡Como si en el cuerpo que imagino hubiera todavía un latir de vida!".

"Mientras abandonamos la sala, mi marido pregunta, con voz ahogada, dónde está Dani. Mi hija Renata señala el pequeño altar blanco, el mantel que lo cobija. Comprendo que hemos estado sentados frente a sus restos, que reposan en una caja que no es de madera, sino de un material dispuesto para el fuego. (¡Daniel en una caja de cartón!, se dolerá Camila en medio del llanto, meses después, al recordar). En contravía de lo que he sentido hace unos minutos, me digo, estremecida, que eso no es ya mi hijo".

"Hace ya muchos años, cuando Daniel era todavía un niño, escribí un poema titulado «La noticia». En él hablo de cómo por la ventana abierta, en un día o una noche cualquiera, la ola entra alocada, dando tumbos,
[…]
la ola con su paréntesis vacío para siempre
que viene a recordarnos que vivir era esto,
que hacia ese lugar desde siempre veníamos.
A ese lugar acabo de llegar, a mis sesenta años recién cumplidos. Y
Daniel es mi paréntesis vacío".

"Hay bromas, silencios, lágrimas. De alguna prenda me llega de pronto su olor, la mezcla de algún perfume con el de la transpiración animal de un hombre muy joven. Quisiera hundir mi cara en esas ropas, llorar a gritos, pero me quedo quieta, en silencio, sintiendo palpitaciones en la boca del estómago".

"Nunca hace frío en los confortables apartamentos neoyorkinos, pero afuera llueve, llueve, llueve. Y también adentro".

"¿Si reverencio los cementerios, si los encuentro bellos, por qué entonces preferir para Daniel esa nada al viento, las cenizas? ¿Por qué no la memoria aferrada a la piedra en forma de un nombre y unas fechas?
Tal vez porque frente al dolor de la muerte de un hijo todas las mistificaciones literarias carecen de sentido, se desvanecen; y porque la sola idea de la putrefacción del cuerpo me resulta irresistible. Las cenizas, en cambio, me hacen pensar en la purificación por el fuego.
Pero también porque hago mía la reflexión de Julian Barnes: «¿Hay algo más triste que una tumba que no recibe visitas?»".

"Imágenes. Es todo o casi todo lo que nos queda de aquel muerto que tanto quisimos, que aún queremos".

"La fotografía, qué paradoja, recupera y mata. Muy pronto esas veinte o treinta fotografías se tragarán al ser vivo. Y habrá un día en que ya nadie sobre la Tierra recordará a Daniel a través de una imagen móvil, cambiante.
Entonces será apenas alguien señalado por un índice, con una pregunta: ¿y este, quién es? Y la respuesta, necesariamente, será plana, simple, esquemática. Un mero dato o anécdota".

"La noticia de que se trató de un suicidio hace que muchos bajen la voz, como si estuvieran oyendo hablar de un delito o de un pecado. Un pariente me llama para decirme que siente mucho lo del accidente. Yo, un tanto envalentonada por el dolor, no paso por alto el término que soslaya la verdad: no fue un accidente, digo. Entonces la voz del otro lado reacciona, y pregunta si acaso no lo atropelló un carro. Ahora comprendo con exactitud de qué se trata. No, no lo atropelló un carro. Daniel se suicidó, digo. Un silencio.
Alguien, evidentemente, ha mentido a mi pariente, un hombre mayor, religioso, intolerante. Qué cosa más rara, dice con torpeza. Da unas condolencias confusas, cuelga".

"Se veía tan normal.
Dicen que nunca nadie notó nada. Ni sus primos, ni sus compañeros, ni sus colegas.
Yo conozco un caso similar.
Y yo otro.
Pero además la enfermedad mental es una condena que aísla, que convierte al que la padece en alguien ajeno a los demás, al que queremos mantener un poco distante, ¿cierto?
Quizá fuera mejor así.
Genuinamente conmovidos, todos tienen, sin embargo, un pequeño temblor allá adentro: el estremecimiento agradecido de los sobrevivientes".

"El dolor abre otra vez su chorro y las imágenes se multiplican y mi hijo vuelve a estar vivo, y lo veo subir la pequeña cuesta que conduce a la casa, con el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante, serio, adusto, como enojado consigo mismo y con el mundo, como si le pesaran inmensamente el cuerpo y el futuro".

"No voy a pronunciar el nombre de esa enfermedad, piensa el médico, porque no quiero rotularlo, no quiero condenarlo, ni voy a hacerle perder las esperanzas y sumergirlo en la desesperación. Porque no hay enfermedades sino pacientes.
No voy a pronunciar ese nombre, dice el enfermo, porque van a huir de mí, porque me abandonarán, porque me recluirán, porque no me amarán ni se casarán conmigo. Porque me mirarán con miedo.
No voy a pronunciar ese nombre, dice el padre, dice la madre, porque no puede ser, no puede ser, no puede ser".

"No puede ser que a los veinte años, cuando empieza a dejar atrás el adolescente de rasgos desproporcionados, cuando se afina su quijada y los hombros empiezan a ensancharse, cuando los ojos se le notaban brillantes porque había hecho el tránsito a un mundo que creía más espacioso y libre, ahora que se ha enamorado, que tiene la pasión de la pintura, que sueña con dejarnos, no puede ser, no puede ser, no puede ser".

"Años más tarde, cuando parece definitivamente confirmado que lo suyo es un trastorno esquizo-afectivo, me atrevo a ser clara con Daniel sobre lo que ningún médico quiere llamar por su nombre frente a él. Me pregunta, con los ojos muy abiertos, si eso es para siempre. Y yo, tragándome las lágrimas, le contesto:
—Sí, Dani, para siempre".

"Sólo es bueno lo que nos hace felices, le decía yo en los últimos tiempos. Libérate. Y me duele pensar que en este punto me hizo caso.
Radicalmente".

"El mundo se ha reído siempre de los locos. De Don Quijote, aunque con un fondo de ternura. De Hamlet, no sin cierta admiración. ¿Cómo podría yo, ahora, reírme de la locura?".

"Una hora después trasladamos a Daniel en una ambulancia que ha llegado por nosotros. Yo me siento a su lado, lo tomo de la mano, le hablo al oído. Pero él no responde: está sumergido en un sueño

profundo, el único que 
garantiza que también duermen sus espantosas fantasías".

"—Daniel…
La puerta de su cuarto ha vuelto a cerrarse, como todos los días desde su adolescencia, pero esta vez con llave.
Nadie contesta. Insisto, tocando con suavidad, como siempre que necesito entrar. Me pregunto, ya con el corazón ligeramente acelerado, si estará dormido.
—Dani, Daniel…
Mi marido se ha acercado con sigilo, y me mira con ojos asustados.
Habrá que buscar las llaves. Dios. ¿Dónde pueden estar las llaves?
Toda suerte de fantasías me persiguen, apoyadas en las palabras del psiquiatra. Qué tal. Entonces Daniel abre con brusquedad la puerta, y nos mira, extrañado. Pareciera preguntarse qué hacen este par de locos en piyama espiando fuera de su cuarto. Lleva la chaqueta puesta y las llaves del carro en la mano.
—¿Te vas?
—Sí, ¿por qué?
Un silencio.
—¿Adónde?
—Donde unos amigos.
Lo veo bajar las escaleras, con una rigidez en el cuerpo que me conmueve.
—Dani, ¿no sería mejor…?
Pero él se niega, minimiza nuestra preocupación. De nada valdrá intentar una consulta telefónica con el psiquiatra. Como ortodoxo que es, sólo acepta hablar con el paciente. Así nos lo ha dicho. Sin excepciones.
¿Quién puede detener a un hombre de veintitrés años, así sea dos días después de que ha salido de una clínica de reposo?
¿Quién puede detener a un hombre, de cualquier edad —reflexiono ahora— cuando ha decidido terminar con su vida?".

"¿Qué pasa mientras tanto en su mente?
No sé qué visiones perseguían a Daniel. Sé por alguna novia que a medianoche despertaba muchas veces aterrorizado, daba un salto, y salía de la habitación para regresar al rato. Que más de una vez oyó voces, algunas de hombres que venían a atacarlo. Que en sus crisis, según le confesó a su psiquiatra, una de esas voces le decía al oído: «mátese, mátese». Que por temporadas sentía que era vigilado, censurado, perseguido. Que veía señales en las cosas minúsculas.
¿Y el miedo a la locura? ¿Y el miedo al fracaso en su arte? ¿Y el miedo a la soledad, a la falta de amor, al abandono?
Eres distinto, peligrosamente distinto, debía decirle su adolorida conciencia".

"Distinto era también el insecto en que se convirtió Gregorio Samsa, y por eso, agobiado por la culpa de avergonzar a su familia, se recluyó en su cuarto, lejos de la mirada de su hermana, que era su gran amor, para no asustarla".

"(...) La descripción de su viaje, demasiado locuaz, emotiva e hiperbólica para un muchacho callado como era él, me puso alerta. El 18, día de mi cumpleaños, mientras celebraba con mi marido en un restaurante, una llamada de mi hija confirmó mis sospechas: Daniel estaba fantaseando con que lo iban a echar del colegio donde trabajaba por haber expuesto sin autorización de sus jefes una pintura en una galería de arte. Hasta ahí llegó la cena. Volvimos a casa con la garganta oprimida por la angustia, y encontramos a un Daniel ansioso, que a veces aceptaba su delirio y a veces se empecinaba en él. Cuando le pregunté —pues ya sabía de estudios que muestran que un porcentaje altísimo de enfermos abandona en cierto momento la medicación— si se había dejado de tomar la droga, él, que jamás mentía, aceptó que había prescindido de ella desde hacía tres meses. También me la dejé de tomar mientras estaba en París, me confesó, y jamás fui tan feliz".

"El futuro parecía encerrar entonces una promesa. Cuando nos despedimos de él, con un abrazo y un beso, no sabemos que no volveremos a vernos".

"Todo suicidio encierra un mensaje para los que se dejan atrás. Los que lo quisimos no sabremos jamás hasta dónde cupimos en sus últimos pensamientos, ni qué palabra alcanzó a musitar para nosotros".

"Llámenme para el concierto de la tarde. Esas palabras de Daniel me hacen saber que la vida fue una opción para él hasta el último momento: mayo y sus lluvias y el adiós al invierno y sus jardines florecidos. Y enseguida el verano, con su agitación en la calle, los conciertos, los viajes a la playa. (Sin embargo leo que, según las estadísticas, los suicidios más numerosos ocurren en mayo y junio, esos meses que parecieran ser los más vitales y alegres).
Pero en la pelea que dio la luz con las sombras, estas ganaron. Cuando mis hijas quisieron hacer el cruce que llevaba a su casa, hasta donde corrieron para salvarlo, se encontraron con la calle acordonada. Como siempre, todo en la vida es una cuestión de tiempos".

"Vivir un duelo: una experiencia hasta ahora para mí desconocida. Se ha escrito y se ha estudiado tanto al respecto que pareciera que todo sentimiento o reacción está ya catalogado. Hay etapas, dicen los que saben, ciclos que el cerebro experimenta.
Tomo notas, me observo. Ahora sé que el dolor del alma se siente primero en el cuerpo. Que puede nacer de improviso, en forma de un repentino desaliento, de un aleteo en el estómago, de náusea, de temblor en las rodillas, de una sensación de ahogo en la garganta. O simplemente de lágrimas calientes que acuden sin llamarlas.
(Es sentimiento puro albergado en la amígdala —me dice mi terapeuta— que surge sin necesidad de pensamiento asociado)".

"Pasan los días, las semanas, y nos sigue persiguiendo una sensación de incredulidad, de estupefacción. Renata tiene un pensamiento persistente: Daniel va a llegar hasta su puerta y le va a mostrar su desconcierto, entre enojado y triste, porque lo han despojado de su casa, de su ropa, de sus libros.
¿Quién se ha atrevido a hacer eso durante su ausencia?".

"Mientras hago un inventario de su obra para el libro que regalaremos a nuestros amigos el día de su aniversario, hay momentos en los que no sé si se trata de carboncillo, o grafito, o lápiz. Entonces se me ocurre que tengo que llamar a Daniel porque sólo él puede resolverme esa duda.
En mí persiste la sensación de que esta es una situación provisoria, circunstancial. Siento que algo está por suceder, que algo tiene que pasar. Y de pronto comprendo: lloro y nada pasa. Leo y nada pasa. Escribo y nada pasa.
No, eso que espero no va a pasar".

"Siempre supe que Daniel moriría en forma temprana, aunque nunca supuse que tanto. Pienso, tal vez buscando consuelo, en aquellos que han muerto jóvenes: Keats a los veinticinco, Sylvia Plath a los treinta, Schubert a los treinta y uno, Alejandro Magno a los treinta y dos, Alejandra Pizarnik a los treinta y seis… Pienso también en Márai, que se suicidó a los ochenta y ocho años. Muertes que nos duelen o nos escandalizan. Pero cientos de fallecimientos ocurren cada día. Y, no me miento, la de mi hijo es tan sólo una de esas infinitas muertes".






Piedad Bonnett