miércoles, 8 de febrero de 2023

Citas: Nacido en un día azul - Daniel Tammet


 "Nací el 31 de enero de 1979, un miércoles. Sé que era miércoles porque para mí esa fecha es azul, y los miércoles siempre son azules, como el número nueve o el sonido de voces discutiendo".

"Siento ansiedad si no puedo beber mis tazas de té todos los días a la misma hora. Cuando me estreso demasiado y no puedo respirar bien, cierro los ojos y cuento. Pensar en números me ayuda a calmarme.
Los números son mis amigos y siempre han estado cerca de mí. Cada uno de ellos es único y cuenta con su propia «personalidad». El 11 es simpático y el 5 es chillón, mientras que el 4 es tímido y tranquilo. Es mi número favorito, me recuerda a mí mismo".

"Era una fría mañana de enero en el este de Londres. Mi madre, entonces embarazada de mí, se hallaba sentada y mirando silenciosamente por la única ventana grande del piso, hacia la estrecha y helada calle de abajo. Mi padre, madrugador habitual, se sorprendió de encontrarla despierta al volver a casa después de comprar el periódico en el quiosco. Preocupado por si algo no iba bien, se acercó suavemente a ella y la tomó de la mano. Mi madre parecía cansada, igual que durante las últimas semanas, y no se movió, continuando con la mirada fija y en silencio. Luego, poco a poco, se volvió hacia él. Su rostro reflejaba emoción, mientras sus manos se posaban suavemente sobre el estómago. Dijo: «Pase lo que pase, le querremos, simplemente le querremos»".

"El impacto acumulativo de los diversos efectos secundarios sobre mi primer año en el colegio fue bastante considerable. Me resultaba muy difícil concentrarme en clase o trabajar a un ritmo regular. Fui el último niño de mi clase que se aprendió el abecedario. Mi profesor, el señor Lemon, trataba de ayudarme mediante adhesivos de colores si cometía pocos errores al ir escribiendo el alfabeto. Nunca me sentí avergonzado ni cohibido por ir retrasado respecto a otros niños, porque no los consideraba parte de mi mundo".

"A los padres de niños que les hayan diagnosticado epilepsia les diría que se informasen todo lo posible acerca de esta dolencia. Y lo más importante de todo, que ofrezcan a su hijo la autoconfianza necesaria para que pueda persistir en sus sueños, porque los sueños dan forma al futuro de cada persona".

"Lo cierto es que no eran pocas las ocasiones en que sentí que quería evaporarme. No parecía encajar en ninguna parte, como si hubiese nacido en el mundo equivocado. La sensación de no acabar de sentirte nunca bien o seguro, de estar siempre de alguna manera fuera de juego y separado, me pesaba mucho".

"Quienes tienen el síndrome de Asperger quieren hacer amigos, pero les resulta muy difícil. La aguda sensación de aislamiento era algo que yo sentía muy profundamente y que me hacía daño".




 Daniel Tammet

martes, 7 de febrero de 2023

Citas: La novia de Sandro - Camila Sosa Villada

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 "El mundo me queda grande, el tiempo me queda grande, las sedas me quedan grandes, el respeto me queda enorme".


"Soy un hueco sin fondo donde desaparece la esperanza y la poesía, soy un paso al borde del precipicio y el espíritu me pende de un hilo".

"No es que esta distancia sea irreconciliable, pero conozco a los hombres.
Yo misma solía ser uno".

"Me procuré esta casa, con cortinas y vestidos estampados,
medias de encaje negro y zapatos altos.
Aquí, y en ninguna otra parte, estoy a salvo.
Este es mi cubil, decorado y atendido por su propia dueña,
con las fotografías, los libros, los olores de travesti
que intenta serenarse de sus pasadas guerras.
Alguna vez pareció imposible que una pueda hacer la felicidad
como se hace una obra de arte".

"Al llegar a casa, un dolor en la nuca
me recordó que tenía un cuerpo y,
en orden de mérito,
vos te lo merecías por completo".

"Para borrar el amor que se arrastraba
como un herido de guerra
que tenía mucho por hacer y por decir todavía".

"El sol va y viene, y las nubes están ahí para los que gustan de tumbarse en
las plazas y entrecerrar los ojos mirando el cielo.
Sigo buscándote. Nos busco a los dos, mirándonos a los ojos mientras
tomábamos una sopa que nos quemó el corazón".

"No sos débil me decía no sos débil magnolia amarga, sos fuerte Novia de Sandro, porque no hay forma de resistir
a un amante como el mío si no se tiene fuerza".

"El camino ha sido largo,
un par de enemigos tendieron emboscadas,
vuelvo apenas con lo puesto,
todo lo que me llevé de casa lo perdí, pero sé
que cuando el alcohol le ablanda las compuertas,
mi viejo me mira desde su nostalgia
y sabe que aprendí a sobrevivir
gracias a la fuerza con que resistió la pobreza.
Todavía tengo un padre y una madre".

(Los suegros de Sandro)

"Nos desencontramos y desmembramos la red que nos mantenía unidos.
Me dijeron adiós desde la puerta de casa y me fui a seguir la vida.
Hice un gesto torpe y tumbé el vaso de vino sobre el mantel que traje de
un viaje. Corrí a escribir este pensamiento: para mi muerte pedí ser quemada
y que arrojen mis cenizas al mar".








Camila Sosa Villada

lunes, 6 de febrero de 2023

Citas: Lo ha dicho Harriet - Beryl Bainbridge

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 "—Ahora no llores —dijo.
—No tengo ganas de llorar.
—Espera a que lleguemos a casa.
La palabra «casa» hizo que se me encogiese el corazón. ¡Era un lugar tan desolado!".


"Permanecimos un momento mirándonos, y me pregunté si iría a besarme. Nunca lo había hecho en todos los años que yo llevaba queriéndola".

"Nosotras le saludábamos brevemente, como saludábamos al pastor, a quien aborrecíamos, al señor Redman y a la querida Dodie. Pero sólo nos habló en dos ocasiones: una vez para admirar los renacuajos que habíamos capturado, los cuales, dijo, eran como embriones prehistóricos; y otra, más memorable, cuando, mirando hacia el mar, había dicho:
—Hace años estuve en Grecia… Su belleza es incomparable.
Harriet, mirándole a la cara y siguiéndole la corriente, exclamó:
—¿Cómo son las estatuas, todas esas estatuas maravillosas?
Y el Zar me había mirado a mí, sin duda alguna, aunque dirigiéndose a ella:
—Son bellezas melladas, Harriet. Estropeadas a más no poder. Figuras de noble nariz y robustos miembros, pero hermosas.
Cuando se hubo marchado, Harriet giró sobre un solo pie y me apuntó con el dedo:— Cree que tu nariz es noble —canturreó—, noble y robusta, pero hermosa, querida, muy hermosa.
Le respondí que no me hacía ninguna gracia que me comparasen con las ruinas griegas, pero eché a correr entre los árboles, íntimamente complacida".

"Me pregunté si sería realmente viejo. Siempre me había parecido igual, desde que éramos pequeñas.
¿Era realmente viejo? Me tumbé en el suelo y me cubrí la cara con las manos por si se volvía a saludarme. Cerré los ojos con fuerza y traté de ver su cara en la oscuridad, pero no podía componerla claramente. Veía su cabeza y su sombrero de fieltro, pero su cara era lisa y transparente como el cristal".

"—Recuerdo… —empecé a decir, y me interrumpí para golpear unas flores purpúreas que saltaron por el aire derramando pétalos a nuestros pies.
El Zar se detuvo, agitó una mano elocuente para abarcar el jardín y el cielo, y terminó su movimiento colocándola de nuevo sobre su corazón.
—No recuerdes nunca —me aconsejó—. Es muy enojoso. Piensa en el futuro y en los lugares que visitarás".

"Yo dije que el cuerpo histórico que yacía a nuestros pies era digno de veneración. A fin de cuentas, había deambulado entre las ruinas de Grecia. Pero él sólo dijo:
—Tonterías. Sólo es un montón de huesos.
—Es romántico.
Miró tristemente el paisaje verde y mojado, y dijo:
—¿De veras? ¿De veras lo crees así?".

"—Aquí me casé. Celebré el almuerzo de boda donde tú estás sentada.
Mala cosa, pensé, escuchar en el atrio los recuerdos de un viejo.
(...)
El Zar dijo:
—Era bonita, ¿sabes?
Esperé. Su voz era ahora más tenue, como si hablase consigo mismo.
—No, no precisamente bonita. Era robusta, llena… Su cuello era… Su cabello olía… Sus besos eran adorables…
Tosí; me sentía violenta escuchándole. Se volvió y dijo:
—Cuando éramos novios nos encontrábamos aquí. Debajo del farol, al pie del árbol.
¿Ah, sí?
Balanceé remilgadamente las piernas sobre la tumba y encogí los hombros.
—Muchas noches bajo la lluvia… El forcejeo bajo la fronda del haya… Las charlas que tuvimos… Las promesas que nos hicimos… Sí, uno promete, y lo cree de veras… El olor de la hierba… Yo creía…
Tenía que inclinarme para oírle. No quería escucharle, pero tenía que hacerlo.
—Yo creía que sus piernas eran de aljófar caído de los árboles… Cuando oíamos susurros en la hierba, yo sabía que era un pájaro o un animalito, no un hombre espiando, y me reclinaba suavemente y le decía: «Keine Mensch, amor mío, keine Mensch». Pero nuestros días alegres quedaron atrás.
Carraspeó, me miró reflexivamente y volvió la cara. Deseé con todas mis fuerzas que no hubiese existido jamás. Tuve la impresión de que mis ojos miraban desorbitados la lluvia; sentí que ya no volvería a ser feliz".

"—Vamos, Zar —exclamé—. Vamos a buscar a Harriet.
Pero él sólo se balanceó un poco más y me miró con ojos alegres.
—Quiero decirte algo.
—¿Qué? Yo quiero encontrar a Harriet.
El Zar se levantó y se acercó a mí; yo me volví en la dirección que había tomado Harriet y vi que el sol estaba al nivel de las copas de los árboles y las nimbaba de llamas.
Dios mío (sentí la mano del Zar sobre mi hombro), Dios mío, envíame a Harriet en seguida. Después, me volví para enfrentarme con el tigre. Parecía descolorido, pálida la piel, y sus finos cabellos cuidadosamente peinados hacia atrás. A pesar de toda su elegancia, de su gracioso andar, de su delicada manera de mover la cabeza, había en él una indefinible falta de juventud. Más tarde recordaría el silencio del bosque, la tarde plasmada en un chorro de luz entre troncos de árboles, y el Zar apoyando su mano en mi hombro. Yo no sabía entonces que le amaba, porque, como escribió más tarde Harriet en el Diario, todavía nos quedaba mucho camino que andar antes de alcanzar el amor verdadero".

"—¿Sabes a quién vi anoche?
—A Charlie Chester.
—En serio —dijo Harriet—. Al salir de la feria con aquel soldado, poco después de marcharte tú, me encontré con la señora Biggs, plantada en el pavimento.
Terriblemente mojada, sin sombrero, con los cabellos grises cayendo sobre sus hombros, y esperando al Zar.
—¿Qué te dijo?
Recordé que Harriet no sabía aún que él me había besado.
—Me dijo «hola», como si hubiese estado en las carreras, tratando de fingir que estar plantada en la calle en una noche de lluvia era para ella cosa acostumbrada. Me dio lástima y le dije que había visto al Zar en la feria, hacía sólo un momento. «Lo sé —me respondió—; olvidó algo». Estuve a punto de decirle: «A usted», pero no lo hice, y me alejé con mi soldado".

"—Bueno —dijo Harriet—, ¿qué pasó anoche?
—Me besó.
Mi voz era espesa y sofocada. Sonó grave e imponente, pero las palabras parecieron triviales.
—¿Y bien?
—No es por esto. Me he sentido triste de pronto. Ella, plantada bajo la lluvia, tú con un soldado, yo en la cama, y el Zar perdido y lejos de todos.
—¡Oh!
Harriet parecía enojada, arrancando hierbas con dedos nerviosos, golpeando el duro suelo con la mano.
—No veo que haya motivos para llorar —añadió—. A menos que te sientas sentimental".

"La palabra «divertirse» me causó un intenso dolor. Las lágrimas volvieron a asomar a mis ojos, esta vez al compadecerme de mí misma, y todo el parque pareció flotar en una enorme burbuja de humedad. Lloré en silencio.
—No seas absurda —dijo vivamente Harriet—. Esto nunca ha sido fácil, deberías saberlo".

"—Bueno, ¿qué ibas a decir?
—Amo al señor Biggs —dije.
E inmediatamente me pregunté por qué le habría llamado así. Sonaba muy raro:
«Amo al señor Biggs».
Harriet se sentó en la cama.
—Entonces tendremos que darnos prisa. Se están acabando las vacaciones.
Me dolió aquel «darnos». No éramos nosotras quienes amábamos al Zar: era yo sola.—Pero no estoy segura de querer que sea una experiencia —dije, tristemente—.
No creo que desee que sea algo digno de figurar en el Diario.
Harriet me habló en el mismo tono razonable que empleaba con su madre.
—A los trece años, puedes esperar muy poco del amor, salvo experiencia".

"Cuando él me miró y dijo, en tono seco y divertido: «Eres una pequeña musa trágica», creí estar sentada descalza en la arena, mientras el italiano me llamaba «angelito impuro».
¿Qué era una musa? ¿Una persona sabia, o una diosa griega que entonaba cantos de sirena en las rocas erguidas sobre el mar? Era una frase hermosa, muy hermosa.
«Eres una pequeña musa trágica», dije cariñosamente a Harriet, para mis adentros".









Beryl Bainbridge

domingo, 5 de febrero de 2023

Citas: Escribir - Marguerite Duras

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 Escribir


"Se está solo en una casa. Y no fuera, sino dentro. En el jardín hay pájaros, gatos. Pero, también, en una ocasión, una ardilla, un hurón. En un jardín no se está solo. Pero, en una casa, se está tan solo que a veces se está perdido".

"Y que sólo estoy sola en esa casa. Para escribir. Para escribir no como lo había hecho hasta entonces. Sino para escribir libros que yo aún desconocía y que nadie había planeado nunca".

"Alrededor de la persona que escribe libros siempre debe haber una separación de los demás. Es una soledad. Es la soledad del autor, la del escribir".

"Mi habitación no es una cama, ni aquí, ni en París, ni en Trouville. Es una ventana determinada, una mesa determinada, ritos de tinta negra, huellas de tinta negra inencontrables, es una silla determinada".

"La soledad no se encuentra, se hace. La soledad se hace sola".

"Hallarse en un agujero, en el fondo de un agujero, en una soledad casi total y descubrir que sólo la escritura te salvará".

"No tener ningún argumento para el libro, ninguna idea de libro es encontrarse, volver a encontrarse, delante de un libro. Una inmensidad vacía".

"Cuando me acostaba, me tapaba la cara. Tenía miedo de mí. No sé cómo no sé por qué. Y por eso bebía alcohol antes de dormir. Para olvidarme, a mí".

"La soledad alcohólica es angustiosa. El corazón, sí. De repente late muy deprisa".

"Un escritor es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido.
Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido. Un escritor es algo que descansa, con frecuencia, escucha mucho. No habla mucho porque es imposible hablar a alguien de un libro que se ha escrito y sobre todo de un libro que se está escribiendo".

"La muerte de una mosca: es la muerte. Es la muerte en marcha hacia un determinado fin del mundo, que alarga el instante del sueño postrero. Vemos morir a un perro, vemos morir a un caballo, y decimos algo, por ejemplo, pobre animal… Pero por el hecho de que muera una mosca, no decimos nada, no damos constancia, nada".

"La muerte de cualquiera es la muerte entera".

Roma

"El hombre le habla tímidamente:
—¿La molesto?
La mujer sonríe levemente, no contesta.
—Soy cliente del hotel. Cada día la veo cruzar el vestíbulo y sentarse ahí.
(Pausa.) A veces usted se duerme. Y yo la miro. Y usted lo sabe.
Silencio. Ella lo mira. Se miran. Ella calla".









Marguerite Duras

sábado, 4 de febrero de 2023

Citas: El acontecimiento - Annie Ernaux

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 "Me venía una y otra vez a la cabeza la misma escena borrosa de aquel sábado y de aquel domingo de julio: los movimientos del amor, la eyaculación. Debido a esa escena, olvidada durante meses, me encontraba ahora ahí. El abrazo y los movimientos de los cuerpos desnudos me parecían una danza mortal".


"Nada más bajarme de la camilla, con mi gran jersey cubriéndome los muslos, el ginecólogo me dijo que seguramente estaba embarazada. Lo que yo creía que era una enfermedad de estómago eran náuseas. Me prescribió unas inyecciones para que me bajara la regla, pero me pareció que ni él mismo estaba seguro de que fueran a hacer efecto. Ya en el umbral de la puerta, me dijo sonriendo jovialmente: «Los hijos del amor son siempre los más guapos». Me pareció una frase espantosa".

"Volví andando a la residencia. En la agenda aparece escrito: «Estoy embarazada. Es horrible»".

"Escribí a P. para decirle que estaba embarazada y que no quería tener el niño.
Nos habíamos separado sin saber si continuaríamos o no nuestra relación, y la idea de que la noticia fuera a turbar su despreocupación me complacía mucho, aunque no me hacía ninguna ilusión por el profundo alivio que le produciría mi decisión de abortar.

Una semana después, Kennedy moría asesinado en Dallas. Pero ese tipo de cosas ya no podía interesarme".

"Una noche soñé que tenía en las manos un libro que había escrito sobre mi aborto, pero era un libro que no se podía encontrar en ninguna librería y que no aparecía mencionado en ningún catálogo. En la parte inferior de la tapa estaba escrita con grandes letras la palabra AGOTADO. No sabía si el sueño significaba que debía escribir el libro o que era inútil hacerlo".

"Asistía a clases de literatura y de sociología, iba al comedor universitario y tomaba cafés al mediodía y por la noche en la Faluche, el bar reservado para los estudiantes, pero ya no vivía en el mismo mundo. A un lado estaban las otras chicas, con sus vientres vacíos, y al otro me encontraba yo".

"El año anterior, una joven divorciada me había contado que un médico de Estrasburgo la había ayudado a abortar. No me dio ningún detalle, solo me dijo que le había dolido tanto que había tenido que agarrarse al lavabo. Yo también estaba dispuesta a agarrarme al lavabo. No se me ocurría que pudiera llegar a morir".

"Deseaba permanecer en primera fila y no perderse la continuación de la historia. O sea, que quería verlo todo sin tener que pagar nada: me había advertido que, como miembro de una asociación que defendía la maternidad deseada, «moralmente» no podía prestarme dinero para abortar de forma clandestina. (Aparece escrito en mi agenda: «Comida con T en el muelle. Los problemas se acumulan»)".

"Una tarde salí de la residencia decidida a encontrar un médico que aceptara ayudarme a abortar. Ese ser tenía que existir en algún lugar. Ruan se había convertido en un bosque de piedras grises. Escrutaba las placas doradas y me preguntaba quién se encontraría detrás".

"Caminaba con el estribillo de una canción que estaba muy de moda entonces y que no se me iba de la cabeza: «Dominique nique nique». La cantaba una monja dominica, sor Sonrisa, acompañándose de la guitarra. La letra era edificante e ingenua —sor Sonrisa no conocía el significado de niquer (joder)—, pero la música era alegre y saltarina. Me animaba mientras buscaba. Llegué a la Place Saint-Marc: los puestos del mercado estaban recogidos. Vi el almacén de muebles Froger, al que, de niña, había ido con mi madre para comprar un armario. Había dejado de mirar las placas de las puertas, ahora vagabundeaba sin rumbo.
(Hace unos diez años leí en Le Monde que sor Sonrisa se había suicidado. El periódico contaba que, después del enorme éxito de Dominique, había conocido toda suerte de sinsabores dentro de su orden religiosa. Colgó los hábitos y se fue a vivir con una mujer. Poco a poco había dejado de cantar y había ido cayendo en el olvido. Acabó dándose a la bebida. Ese resumen de su vida me turbó. Me pareció que aquella mujer que había roto con la sociedad, que había colgado los hábitos, aquella mujer más o menos lesbiana y alcohólica, que no sabía qué sería de ella, fue la que me acompañó por Martainville cuando yo me encontraba sola y perdida. Habíamos estado unidas por el mismo desamparo, aunque desfasado en el tiempo. Y aquella tarde yo había sacado fuerzas para vivir de la canción de una mujer que más tarde no podría ni con su propia vida".

"Esos nombres y rostros me dan la clave de mi desasosiego: en relación con ellos, me había convertido interiormente en una delincuente.
Me prohíbo escribir aquí sus nombres, porque no son personajes ficticios, sino seres reales. Sin embargo, no consigo imaginármelos existiendo en algún lugar. En cierta medida, probablemente tengo razón: ahora su forma de vivir —sus cuerpos, sus ideas, sus cuentas bancarias— es completamente diferente a como vivíamos en los años sesenta, la que tengo ante mis ojos mientras escribo".

"Tenía la impresión de que en mi vida no había cambiado nada.
En mi diario aparece: «para mí, el hecho de estar embarazada es algo abstracto», «Sin embargo, me toco el vientre y está aquí. No es algo imaginario".

"Me preguntó cuándo había tenido por última vez la regla. Le respondí que hacía tres meses. Me dijo que era un buen momento para hacerlo. Me pidió que me desabrochara el abrigo. Me palpó el vientre con las dos manos por debajo de la falda y exclamó con una especie de satisfacción: «¡Tiene usted una buena tripa!». Cuando le hablé de mis esfuerzos en la nieve para perder al niño, me contestó encogiéndose de hombros: «¡Así lo único que ha conseguido es que se haga más fuerte todavía!». Hablaba del feto como si este fuera una bestia maligna".

"Pero no hace falta pensar en las cosas para que las tengamos a nuestro alrededor; quizá fuera el hecho de saber que el curso de la vida continuaba como antes para la mayoría de la gente lo que me hacía repetirme para mis adentros: «¿Qué estoy haciendo aquí?».
He llegado a la escena de la habitación. Excede a cualquier tipo de análisis. Lo único que puedo hacer es sumergirme en ella. Tengo la sensación de que la mujer que se afana entre mis piernas, que me introduce el espéculo, está haciéndome renacer".

"No me sentía diferente a las mujeres de la sala de al lado. Me parecía incluso que sabía más que ellas. En los servicios de la residencia universitaria había traído al mundo una vida y una muerte al mismo tiempo. Por primera vez me sentí atrapada en una cadena de mujeres por la que pasaban las generaciones. Fueron unos días grises e invernales. Yo flotaba rodeada de luz en medio del mundo".

"Me he quitado de encima la única culpabilidad que he sentido en mi vida a propósito de este acontecimiento: el haberlo vivido y no haber hecho nada con él. Como si hubiera recibido un don y lo hubiera dilapidado. Porque por encima de todas las razones sociales y psicológicas que pueda encontrar a lo que viví, hay una de la cual estoy totalmente segura: esas cosas me ocurrieron para que diera cuenta de ellas. Y quizás el verdadero objetivo de mi vida sea este: que mi cuerpo, mis sensaciones y mis pensamientos se conviertan en escritura, es decir, en algo inteligible y general, y que mi existencia pase a disolverse completamente en la cabeza y en la vida de los otros".







Annie Ernaux

viernes, 3 de febrero de 2023

Citas: Cartas a un amigo alemán - Albert Camus

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 "Y me gustaría poder amar a mi país sin dejar de amar la justicia. No deseo para él cualquier tipo de grandeza, y menos todavía la de la sangre y la mentira. Quiero que la justicia viva con él y le dé vida». «Pues no ama usted a su país», me contestó usted".

"Hace de eso cinco años, estamos separados desde entonces y puedo decir que no ha pasado un solo día en estos largos años (¡tan breves y fulgurantes para usted!) en que no me haya venido esa frase a la mente. «¡No ama usted a su país!». Cuando pienso hoy en esas palabras, se me hace un nudo en la garganta. No, no lo amaba, si no amar es denunciar lo que no es justo en lo que amamos, si no amar es exigir que el ser amado y la más hermosa imagen que de él nos forjamos coincidan".

"Nos veremos pronto si es posible. Pero para entonces, se habrá roto nuestra amistad".

"Soy su enemigo, cierto, pero sigo siendo un poco su amigo puesto que le hago partícipe de lo que pienso".

"Lo que su victoria no haya podido mermar, lo consumará su derrota".

"Porque venceremos, eso a usted le consta. Pero venceremos gracias a esa misma derrota, a ese largo tránsito que nos ha permitido dar con nuestras razones, a ese sufrimiento cuya injusticia hemos padecido y cuya lección hemos extraído. De él hemos aprendido el secreto de toda victoria y, si no lo perdemos algún día, conoceremos la victoria definitiva".

"Hemos aprendido que, en contra de lo que a veces pensábamos, el espíritu nada puede contra la espada, pero que el espíritu unido a la espada vencerá eternamente a ésta utilizada por sí sola".

"Jamás he creído en el poder de la verdad por sí misma. Pero ya es mucho que, a igual energía, la verdad triunfe sobre la mentira".

"Desde hace tres años, han sumido ustedes en la noche nuestras ciudades y nuestros corazones. Desde hace tres años, perseguimos entre tinieblas el pensamiento que, hoy, se alza en armas contra ustedes".

"«¿Qué es la verdad?», decía usted. Sin duda, pero al menos sabemos lo que es la mentira: es precisamente lo que nos han enseñado ustedes. ¿Qué es el espíritu? Conocemos lo contrario, que es el asesinato. ¿Qué es el hombre? Pero ahí, alto, porque lo sabemos. El hombre es esa fuerza que acaba siempre expulsando a los tiranos y a los dioses. Es la fuerza de la evidencia. La evidencia humana es lo que debemos preservar y nuestra certeza reside ahora en que su destino y el de nuestro país van unidos".

"Esa desesperante esperanza es la que nos sostiene en los momentos difíciles: nuestros compañeros serán más pacientes que los verdugos y más numerosos que las balas".

"Las palabras adquieren siempre el color de los actos o de los sacrificios que suscitan. Y la palabra patria adquiere entre ustedes reflejos sangrientos y ciegos, que me la harán siempre ajena, en tanto que nosotros hemos puesto en la misma palabra la llama de una inteligencia en la que el valor es más difícil, pero en la que el hombre sale ganando. Como habrá comprendido ya, mi lenguaje, en realidad, no ha cambiado".

"Las armas de que dispone el espíritu europeo contra ustedes son las mismas que ostenta esta tierra en su eterno renacer de cosechas y corolas. La lucha que mantenemos posee la certeza de la victoria porque tiene la obstinación de las primaveras".

"Se lo digo una vez más, porque debo decírselo, se lo digo porque es la verdad y porque ésta le enseñará el camino que mi país y yo hemos recorrido desde los tiempos de nuestra amistad: poseemos desde ahora una superioridad que les matará.

Abril de 1944".

"Queremos destruir el poder de ustedes sin mutilar su alma".




Albert Camus

jueves, 2 de febrero de 2023

Citas: La ley del menor - Ian McEwan

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 "—¿No es cierto que si accediera a recibir una transfusión sería excomulgado, como dicen ustedes? ¿Expulsado de la comunidad, en otras palabras?

—Desasociado. Pero eso no va a ocurrir. No va a cambiar de opinión.
—Técnicamente, señor Henry, es todavía un niño a su cargo. Por eso quiero que usted cambie de idea. Su hijo tiene miedo de que le rehúyan, ¿no es la palabra que emplean? De que le rechacen por no hacer lo que usted y los ancianos quieren. El único mundo que conoce le daría la espalda por preferir la vida a una muerte terrible.
¿Es eso una elección libre para un chico joven?
Kevin Henry hizo una pausa para reflexionar. Miró por primera vez a su mujer.
—Si usted pasara cinco minutos con él se daría cuenta de que sabe lo que se hace y es capaz de tomar una decisión conforme con su fe.
—Yo prefiero pensar que encontraría a un chico aterrado y gravemente enfermo que quiere con toda su alma la aprobación de sus padres. Señor Henry, ¿le ha dicho a Adam que es libre de recibir una transfusión si lo desea? ¿Y que seguiría queriéndole?
—Le he dicho que le quiero.
—¿Sólo eso?
—Es suficiente".

"—¿Qué hay de la transfusión?
El buen humor se desvaneció. La enfermera caribeña dijo:
—Rezo por él todos los días. Le digo a Adam: «Dios no necesita que hagas esto, cariño. Te quiere de todos modos. Dios quiere que vivas».
Su amiga dijo tristemente:
—Lo tiene decidido. No hay más remedio que admirarle. Porque vive de acuerdo con sus principios.
—¡Porque muere, querrás decir! No sabe nada. Es un cachorrito confuso.
—¿Qué responde cuando le dice que Dios quiere que viva? —preguntó Fiona.
—Nada. Como si pensara: ¿por qué voy a hacerte caso a ti?".

"El chico tenía una cara larga y flaca, macabramente pálida, pero hermosa, con medias lunas de moretones violáceos, que delicadamente se desvanecían hacia el blanco por debajo de los ojos, y unos labios llenos que a la luz intensa también se veían algo morados. Los ojos, enormes, parecían de una tonalidad violeta. Tenía una peca en lo alto de una mejilla, de un aspecto tan artificial como un lunar pintado. Era de constitución frágil, los brazos le sobresalían como palos de la bata hospitalaria.
Hablaba jadeando, con seriedad, y en aquellos primeros segundos Fiona no entendió nada de lo que decía. Luego, cuando la puerta giró hasta cerrarse tras ella con un suspiro neumático, captó que le estaba diciendo que era muy extraño, que había sabido en todo momento que ella le visitaría, que creía tener ese don, esa intuición del futuro, que había leído en los estudios religiosos de la escuela un poema que decía que el futuro, el presente y el pasado eran todo uno, y esto también lo decía la Biblia.
Su profesor de química decía que la relatividad demostraba que el tiempo era una ilusión. Y si Dios, la poesía y la ciencia decían lo mismo, tenía que ser verdad, ¿no le parecía a ella?".

"—¿Piensas que tienes que sufrir para ser un buen poeta?
—Creo que todos los grandes poetas tienen que sufrir.
—Ya veo".

"Se sabía de memoria las palabras de añoranza del poeta… Pero yo era joven e insensato… Escuchar a Adam le produjo tanta emoción como desconcierto. Aprender a tocar el violín, o cualquier otro instrumento, era un acto de esperanza, implicaba un futuro".

"Mis noticias: grandes peleas con mis padres, fantástico haber vuelto al colegio, me siento mejor, estoy contento y después triste y luego otra vez contento. A veces la idea de tener dentro sangre de un desconocido me produce náuseas, como beber la saliva de alguien. O algo peor. No puedo evitar pensar que las transfusiones son malas, pero ya me da igual".

"Cuando les dejó solos ella dijo:
—¿No te parece que debería preocuparme por el hecho de que me hayas seguido hasta mi casa y luego hasta aquí?
—¡Oh, no! Por favor, no piense eso. No debe preocuparse. —Hizo un movimiento de impaciencia alrededor, como si en algún lugar de la biblioteca hubiera una explicación escrita—. Oiga, usted me salvó la vida. Y no sólo eso. Mi padre intentó escondérmela, pero leí la sentencia. Decía que quería protegerme de mi religión. Pues lo ha hecho. ¡Estoy salvado!
Se rió de su propia broma y ella dijo:
—No te salvé para que me persiguieras por todo el país".

"—Adam, te lo pregunto otra vez. ¿Por qué has venido?
—Para darle las gracias.
—Hay maneras más sencillas.
Él suspiró de impaciencia mientras se guardaba en el bolsillo la tira de tela. Por un momento ella creyó que se disponía a marcharse.
—Su visita fue una de las mejores cosas que me han sucedido en la vida —dijo, y después, rápidamente—: La religión de mis padres era un veneno y usted fue el antídoto".

"—¿Y qué es eso que se supone que tengo?
Lo dijo con gravedad, sin permitirse ni un asomo de ironía.
La pregunta no incomodó a Adam.
—Cuando vi a mis padres llorando de aquel modo, llorando a lágrima viva, llorando y gritando de alegría, todo se vino abajo. Pero ahí está el quid. La caída reveló la verdad. ¡Claro que no querían que muriera! Me quieren. ¿Por qué no me decían eso, en vez de hablar de los gozos del cielo? Entonces lo vi como un ser humano normal. Normal y bueno. No se trataba de Dios en absoluto. Aquello era una estupidez. Fue como si un adulto hubiera entrado en una habitación llena de niños que se están amargando la vida y hubiera dicho: Eh, basta de tonterías, ¡es la hora del té! Usted fue la adulta. Lo sabía todo pero no lo dijo. Se limitó a hacer preguntas y a escuchar. Toda la vida y el amor que tiene por delante: lo escribió usted. Eso es lo que usted tiene. Y mi revelación. Desde «Salley Gardens» en adelante".

"El chico empezó a decir:
—Pero si ni siquiera hemos…
Fiona levantó una mano para instarle al silencio.
—Tienes que irte.
Suavemente, aferró entre los dedos la solapa de la fina chaqueta de Adam y lo atrajo hacia ella. Su intención era besarle en la mejilla, pero cuando ella se aupó y él se agachó un poco y se acercaron sus caras, él giró la cabeza y sus labios se juntaron.
Ella podría haber retrocedido, podría haberse apartado inmediatamente. Pero se entretuvo, indefensa ante la situación. La sensación de una piel sobre la otra no daba ninguna posibilidad de elegir. Si era posible besar castamente de lleno en los labios, fue lo que ella hizo. Un contacto fugaz, pero fue algo más que la idea de un beso, más de lo que una madre podría dar a su hijo adulto. Durante dos segundos, quizá tres. Tiempo suficiente para percibir en la suavidad de sus labios todos los años, toda la vida que la separaba de él. Al despegarse, una ligera adhesión de la piel podría haberlos fundido de nuevo. Pero unos pasos se aproximaban por la grava y los escalones de piedra. Fiona le soltó la solapa y repitió:
—Tienes que irte".








Ian McEwan