miércoles, 15 de julio de 2020

Citas: La soledad de los números primos - Paolo Giordano

"—Bueno, ¿qué? ¿Te bebes la leche o no? -volvió a apremiarla su padre.
x
Alice tragó tres dedos de leche hirviendo que le quemó sucesivamente la lengua, el esófago y el estómago.
—Bien. Y hoy demuestra quién eres, ¿vale? 
¿Y quién soy?, pensó ella".

"Acto seguido salieron a la calle, la niña enfundada en su traje de esquí verde lleno de banderitas y fosforescentes letreros de patrocinadores. A aquella hora había diez grados bajo cero y el sol era un disco algo más gris que la niebla que todo lo envolvía. Alice sentía la leche revolvérsele en el estómago y se hundía en la nieve con los esquíes a hombros, porque has de cargarlos tú mismo hasta que logres ser tan bueno que otro los cargue por ti.
—Con las puntas por delante, y no mates a nadie —le recordó su padre".

"Alice se quitó los esquíes y anduvo otro poco, hundiéndose en la nieve hasta mitad de la pantorrilla. Por fin se sentó, respiró hondo y relajó los músculos. Un agradable estremecimiento le recorrió el cuerpo y acabó alojándosele en la punta de los pies.
Seguro que fue por la leche; seguro que fue porque el trasero se le medio congeló de estar sentada en la nieve a más de dos mil metros de altura. Nunca le había pasado, al menos que ella recordara, nunca, pero el hecho es que se lo hizo encima. Se lo hizo encima. Y no sólo pipí; también se cagó, a las nueve en punto de aquella mañana de enero".

"Y mientras, a su lado, Mattia aprendía a leer y escribir y a hacer las cuatro operaciones aritméticas fue el primero de la clase en aprender a dividir con resto; su mente funcionaba como un engranaje perfecto, del mismo modo misterioso como la de su hermana funcionaba de manera tan defectuosa".

"Ella besó su reflejo sacando los labios y tocando con la lengua la fría superficie. Cerró los ojos y, como se hace en los besos de verdad, empezó a girar la cabeza a un lado y otro, aunque demasiado mecánicamente para que resultara creíble. El beso que ella deseaba aún no lo había encontrado en la boca de nadie".

"Sexo había practicado de verdad, como también había probado alguna de las drogas cuyos nombres tanto le gustaba pronunciar, aunque solamente con un chico y una sola vez. Ocurrió veraneando en el mar y él era un amigo de su hermana, que aquella noche bebió y fumó mucho y olvidó que una chiquilla de trece años es demasiado joven para ciertas cosas. Se la folló deprisa y corriendo, detrás de un contenedor. Cuando los dos volvían cabizbajos con los otros, Viola le tomó la mano, pero él se soltó con desdén. A ella le hormigueaba la cara y el calor que sentía entre las piernas la hizo sentirse muy sola".

"Su secreto tenía un nombre terrible, que se ceñía como nailon a sus pensamientos y los asfixiaba. Gravitaba en su conciencia como una condena ineluctable, con la que antes o después tendría que enfrentarse".

"—Aquél no me parece mal.
—¿Cuál? ¿El de la venda o el otro?
—El de la venda.
Viola se quedó mirándola con unos ojos abiertos que parecían océanos.
—No seas loca, ¿tú sabes lo que ha hecho ése?
Alice negó con la cabeza.
—Se clavó un cuchillo en la mano, adrede, aquí en el colegio.
Alice se encogió de hombros.
—Pues a mí me parece interesante.
—¿Interesante? Es un psicópata. Ése es capaz de descuartizarte y meterte en el congelador.
Alice sonrió, pero sin dejar de mirar al chico del corte en la mano: tenía la cabeza gacha en una actitud que le daban ganas de acercarse, levantarle la cara y decirle: «Mírame, que estoy aquí»".

"Mattia miraba hacia fuera por los cristales opacos de la ventana. Era un día luminoso, un anticipo de primavera a principios de marzo. El fuerte viento, que por la noche había limpiado la atmósfera, parecía llevarse también el tiempo, haciendo que pasara más rápido. Contando los tejados que desde allí lograba ver, Mattia trataba de calcular a qué distancia se hallaba el horizonte.
A su lado, Denis lo observaba de soslayo intentando adivinar sus pensamientos. No habían comentado lo ocurrido en el laboratorio de biología.
Hablaban poco, pero pasaban mucho tiempo juntos, sumido cada cual en su propio abismo, aunque sintiéndose sostenidos y salvados por el otro, sin necesidad de muchas palabras".

"Por un gesto torpe, por una falta de sincronía, al llegar a casa de los Della Rocca, en vez de despedirse como amigos, con dos castos besos en las mejillas, se rozaron los labios. Ernesto se excusó, pero acto seguido se inclinó de nuevo y la besó en la boca; Soledad sintió que el polvo que en todos aquellos años se le había depositado en el corazón se levantaba en torbellino y se le metía en los ojos".

"—¿Y yo? ¿Te gusto? —se aventuró a preguntar Alice; la voz le salió un tanto chillona y se sonrojó.
—No lo sé —contestó Mattia mirando al suelo.
—¿No lo sabes?
—No, no lo he pensado.
—Esas cosas no se piensan".

"—Este juego no me gusta —replicó Denis sin convicción.
—¡Qué pelmas sois tú y tu amigo! Yo elijo. Verdad. Veamos... —Se llevó el dedo a la barbilla y, aparentando reflexionar, paseó en círculo la mirada por el techo-. ¡Ya lo tengo! Has de decirnos cuál te gusta más de las cuatro.
Intimidado, Denis se encogió de hombros y contestó:
—Pues...
—¿Pues qué? Alguna te gustará, ¿o no?
Denis pensó que no, que no le gustaba ninguna; que lo que quería era que se fueran y lo dejaran volver con Mattia; que sólo le quedaba una hora para estar con él, para ver cómo existía también de noche, a unas horas en que por lo general no podía hacer otra cosa que imaginárselo durmiendo en su cuarto, entre sábanas cuyo color no conocía. Pero pensó también que si escogía una, la que fuera, lo dejarían en paz".

"Fueron los otros quienes primero supieron lo que Alice y Mattia no comprenderían hasta muchos años más tarde. Entraron en el salón cogidos de la mano, sin sonreír, sin mirarse ni mirar al mismo sitio, pero era como si sus cuerpos fluyeran uno en el otro a través del contacto de las manos".

"El lunes por la mañana, Alice se encerró con llave en el cuarto de baño y se quitó definitivamente la gasa del tatuaje, la hizo una pelota y la tiró al váter junto con las galletas desmigajadas que no se había comido en el desayuno. 
Se miró la violeta en el espejo y pensó, con un agradable estremecimiento de emoción y pesar a un tiempo, que por segunda vez había cambiado su cuerpo para siempre; que su cuerpo era sólo suyo y podía destruirlo si quería, o cubrirlo de marcas indelebles, o dejar que se ajara como una flor que una niña arrancase por capricho y arrojara luego al suelo".

"Ahora me besa, se dijo. Y pensó: Pues bésala tú también, es fácil, todo el mundo lo hace".

"Los números primos sólo son exactamente divisibles por 1 y por sí mismos.
Ocupan su sitio en la infinita serie de los números naturales y están, como todos los demás, emparedados entre otros dos números, aunque ellos más separados entre sí.
Son números solitarios, sospechosos, y por eso encantaban a Mattia, que unas veces pensaba que en esa serie figuraban por error, como perlas ensartadas en un collar, y otras veces que también ellos querrían ser como los demás, números normales y corrientes, y que por alguna razón no podían. Esto último lo pensaba sobre todo por la noche, en ese estado previo al sueño en que la mente produce mil imágenes caóticas y es demasiado débil para engañarse a sí misma".

"En primer curso de la universidad había estudiado ciertos números primos más especiales que el resto, y a los que los matemáticos llaman primos gemelos: son parejas de primos sucesivos, o mejor, casi sucesivos, ya que entre ellos siempre hay un número par que les impide ir realmente unidos, como el 11 y el 13, el 17 y el 19, el 41 y el 43. Si se tiene paciencia y se sigue contando, se descubre que dichas parejas aparecen cada vez con menos frecuencia. Lo que encontramos son números primos aislados, como perdidos en ese espacio silencioso y rítmico hecho de cifras, y uno tiene la angustiosa sensación de que las parejas halladas anteriormente no son sino hechos fortuitos, y que el verdadero destino de los números primos es quedarse solos. Pero cuando, ya cansados de contar, nos disponemos a dejarlo, topamos de pronto con otros dos gemelos estrechamente unidos. Es convencimiento general entre los matemáticos que, por muy atrás que quede la última pareja, siempre acabará apareciendo otra, aunque hasta ese momento nadie pueda predecir dónde.
Mattia pensaba que él y Alice eran eso, dos primos gemelos solos y perdidos, próximos pero nunca juntos. A ella no se lo había dicho. Cuando se imaginaba confiándole cosas así, la fina capa de sudor que cubría sus manos se evaporaba y durante los siguientes diez minutos era incapaz de tocar nada".

"Alice no sabía cómo despedirse; se sentía en deuda con él, no sólo porque le había pagado el agua, sino también por haberle abierto la botella. De hecho, tampoco sabía si quería despedirse tan pronto.
Fabio así lo intuyó y le preguntó, sin cortarse:
—¿Puedo acompañarte a donde vayas?
Alice se sonrojó.
—Voy al coche.
—Pues al coche.
Ella no dijo ni sí ni no, sino que miró a otra parte y sonrió. Fabio hizo un ademán cortés como diciendo después de ti".

"El médico extendió la mano y dijo, refiriéndose a la cámara:
—¿Puedo?
—Claro.
Se la desenrolló de la muñeca y se la pasó. Él la observó un momento, le quitó la tapa y dirigió el objetivo al frente y después al cielo.
—¡Uau! Parece profesional.
Ella se ruborizó. Fabio fue a devolvérsela.
—Si quieres puedes hacer una —le dijo Alice.
—De ninguna manera, no sabría cómo. Hazla tú.
—¿A qué?
Él miró a un lado y a otro, dubitativo. Se encogió de hombros y contestó:
—A mí.
Alice se quedó mirándolo extrañada, y con cierta malicia involuntaria le preguntó:
—¿Y por qué a ti?
—Porque así tendrás que volver a verme para enseñármela".

"—No tenía importancia, no quería que... —susurró.
—¡Cállate! —lo interrumpió ella. Alguien hizo chitón y en el silencio subsiguiente quedó vibrando el eco de ese sonido. Alice se fijó mejor en Mattia y se alarmó—. Pero estás pálido... ¿Te ocurre algo?
—No sé, me siento como mareado.
Ella se puso en pie, se retiró el pelo de la frente, como si conjurase malos pensamientos, e inclinándose sobre él le dio un beso en la mejilla, leve y silencioso, que al instante espantó los insectos.
—Seguro que lo has hecho muy bien, lo sé -le dijo al oído.
Mattia notó su pelo cosquillearle en el cuello, y cómo el corto espacio que los separaba se llenaba con su calor y le oprimía la piel con suavidad de algodón. Tuvo el impulso de estrecharla contra sí, pero sus manos permanecieron quietas, como dormidas".

"—Di, ¿adónde vamos?
—Hum —murmuró Alice—. Tú no te preocupes. El día que conduzcas tú, podrás llevarme a donde quieras.
Por primera vez se avergonzó de no tener carnet de conducir a sus veintidós años. Ésa era otra de las cosas que se había saltado, otro de los consabidos pasos de la vida de un joven que él había preferido no dar, a fin de seguir al margen del engranaje de la vida; como comer palomitas en el cine, sentarse en el respaldo de los bancos, no respetar la hora de volver a casa impuesta por los padres, jugar al fútbol con pelotas de papel de aluminio o quedarse desnudo ante una chica. Y pensó que aquello cambiaría. Sí, obtendría el carnet cuanto antes. Y lo haría por ella, para llevarla de paseo en coche. Porque —miedo le daba admitirlo— cuando estaba con ella sentía que valía la pena hacer todas esas cosas normales que hacen las personas normales".

"Y sin esperar a que Alice le preguntase nada, se lo contó todo, a raudales, como un dique roto: lo del gusano, lo de la fiesta, lo del juego de Lego, lo del río, lo de los cristales, lo de la sala del hospital, lo del juez Berardino, lo del anuncio en televisión, lo del psicólogo, todo, lo que nunca le había contado a nadie. Y lo hizo sin mirarla y sin emocionarse. Cuando acabó se quedó callado. Con la mano derecha tentó debajo del asiento, pero sólo encontró formas redondeadas. Se había calmado.
Se sentía de nuevo lejos, ajeno a su cuerpo.
Alice le tomó delicadamente la barbilla y le volvió la cabeza. Mattia no vio sino un bulto que se le acercaba. Cerró los ojos y en los labios sintió sus labios calientes, y en las mejillas sus lágrimas, que quizá no eran suyas, y en la cabeza sus manos ligeras, sujetándosela y conteniendo los pensamientos, confinándolos en el espacio que ya no existía entre ellos".

"En el último mes se habían visto a menudo, sin citarse nunca expresamente pero tampoco sin encontrarse por casualidad".

"El amor que Denis sentía por Mattia se extinguió solo como una vela que arde olvidada en un cuarto oscuro, dejando paso a un hambre insatisfecha".

"Volvió otras noches. Siempre hablaba con un tío distinto y siempre inventaba una excusa para no decir su nombre. No volvió a estar con nadie. Coleccionaba historias de otros como él, que solía escuchar en silencio, y descubrió que se parecían: había un camino que recorrer, a lo largo del cual era preciso sumergirse hasta el fondo para luego poder salir a la superficie y tomar aire".

"—¿Te molesto? —preguntó Mattia.
—No. ¿Y yo a ti? —replicó Denis con burla.
—El que llama soy yo.
—Por eso, dime; por tu voz diría que pasa algo".

"—Sol —añadió Alice.
—¿Sí?
—¿Cómo te conquistó tu marido? La primera vez, digo. ¿Qué hizo?
Soledad dejó de masticar un momento y luego prosiguió más lentamente, para tomarse su tiempo. Lo primero que le vino a la memoria no fue el día que conoció a su marido, sino la mañana en que se levantó tarde y, descalza, lo buscó por toda la casa. Con los años todos los recuerdos de su vida conyugal se habían concentrado en aquellos pocos instantes, como si el tiempo compartido con su marido no hubiera sido sino el preludio del fin. Recordó que aquella mañana se había quedado mirando los platos sin fregar de la noche anterior y los cojines en desorden del sofá. Todo estaba exactamente como lo habían dejado y se oían los mismos ruidos de siempre. Sin embargo, algo había en la disposición de los objetos, en el modo como la luz incidía en ellos, que la dejó clavada en medio del salón, con el alma en vilo. Y de pronto supo, con una claridad abrumadora, que él se había ido".

"—Y eso que últimamente te han pasado un montón de cosas...
—Así es.
Alice dudó en decirlo, pero lo soltó con la boca seca:
—Algunas de ellas bonitas, ¿o no?
Mattia encogió las piernas y pensó: «Me lo temía.»
—Sí, algunas.
Sabía muy bien lo que debía hacer: levantarse, sentarse a su lado, sonreír, mirarla a los ojos y besarla; pura mecánica, trivial sucesión de acciones que lo llevarían a aplicar su boca sobre la de ella. Aunque en aquel momento no le apetecía, podía hacerlo, podía confiarse al automatismo del acto".

"—Me voy.
Mattia inclinó la cabeza y se volvió hacia la ventana cerrada para eliminar por completo a Alice de su campo visual. Aquel nombre, Fabio, caído del cielo, se le había incrustado en la cabeza como metralla y sólo quería que ella se fuera.
Vio que hacía una noche clara y supuso que soplaría una brisa cálida. Las pelusillas blancas de los chopos revoloteaban a la luz de las farolas como grandes insectos sin patas.
Alice abrió la puerta y él se levantó; la acompañó, dos pasos detrás, hasta el rellano de la escalera. Ella se miró distraídamente el bolso para ver si lo llevaba todo, para ganar un poco más de tiempo. Murmuró que sí y subió al ascensor. Y cuando las puertas se cerraban se dijeron un adiós que nada significaba".

"Fue la primera vez que eyaculaba dentro de ella, y al sentirlo pensó que aquel viscoso líquido cargado de promesas que se depositaba en su cuerpo seco se secaría también sin dar fruto".

"No quería hijos, o quizá sí; nunca se lo había planteado, no pensaba en eso.
No menstruaba más o menos desde la última vez que se había comido un pastel de chocolate entero. Pero ahora Fabio quería un hijo y ella debía dárselo; debía dárselo porque él consentía en hacer el amor con la luz apagada, desde la primera vez que lo hicieron en su casa; porque cuando acababa y descansaba, sin decir nada, sólo respirando, ella sentía que el peso de aquel cuerpo conjuraba todos sus miedos; porque, aunque no lo amaba, él amaba por los dos y eso los salvaba".

"—Las ciudades son aquí más oscuras -dijo Nadia, como pensando en alta voz.
Iban sentados cada uno en un extremo del asiento. Mattia miraba cómo cambiaban los números del taxímetro; cómo, apagándose y encendiéndose, los segmentos rojos componían las distintas cifras.
Ella iba pensando en el ridículo espacio de soledad que los separaba y armándose de valor para ocuparlo".

"El último año, desde que rompiera con Martin, venía sintiéndose más y más extraña a aquel lugar, padeciendo más aquel frío que secaba la piel y que ni siquiera en verano remitía del todo. Pero tampoco se decidía a marcharse, porque a esas alturas dependía de aquel mundo, se había atado a él con la obstinación con que uno se ata a las cosas que lo perjudican".

"Al menos, puso la mano izquierda en medio de los dos, como quien arroja un cabo al mar, y allí la dejó inmóvil, a pesar de que el escay le producía escalofríos.
Nadia comprendió y, sin hacer movimientos bruscos, se desplazó al centro, le cogió el brazo por la muñeca, se lo pasó por su nuca, descansó la cabeza en el pecho de él y cerró los ojos.
Su pelo desprendía un perfume intenso que impregnó la ropa de Mattia y le penetró en la nariz.
El taxi orilló a la izquierda, ante la casa de Nadia, y el taxista dijo:
—Seventeen thirty.
Ella se incorporó y los dos pensaron lo mismo: que costaría mucho encontrarse otra vez así, romper un equilibrio y recomponer otro distinto. Se preguntaron si volverían a ser capaces".

"Por la noche comía hojas de lechuga directamente de la bolsa. Eran levísimas y crujientes y sólo sabían a agua. No las comía para saciar el hambre, sino para cumplir con el rito de la cena y matar aquel lapso de tiempo con el que de otro modo no habría sabido lidiar. Y comía lechuga hasta que aquella materia liviana la asqueaba.
Se vaciaba de Fabio y de sí misma, de todos los esfuerzos inútiles que había hecho para llegar allí y descubrir que nada había conseguido. Observaba con curiosidad distante el resurgir de sus flaquezas y obsesiones, y se decía que esta vez se rendiría a ellas, ya que sus propias decisiones no la habían llevado a nada. Luchar contra ciertas partes de nuestro ser es imposible, se decía también, y se complacía en volver a sus tiempos de chiquilla, cuando Mattia y poco después también su madre se habían ido a dos lugares distintos pero igualmente lejanos de ella. Ah, Mattia... De nuevo pensaba en él, era como otra de sus enfermedades, de la que en realidad no deseaba curarse. Se puede enfermar de recuerdos, y ella enfermó con el de aquella tarde en el coche frente al parque, cuando le tapó con un beso la visión de aquel horror".

"Recordaba, sí, aquel momento, pero había olvidado muchos otros, porque el recuerdo de las personas que no amamos es superficial y se evapora pronto".

"—Hola —dijo él—. No pensaba...
—Ya —lo atajó ella, mirándolo con decisión—. Ni siquiera nos conocemos. Siento haberme presentado aquí...
—No, no... —epuso él, pero Nadia no lo dejó seguir.
—Al despertarme y no verte... Al menos podrías haber... —Se interrumpió.
Mattia hubo de bajar los ojos porque le escocían, como si hubiera estado sin parpadear un buen rato.
—Pero da igual —prosiguió ella—. Yo no voy detrás de nadie, ya no tengo ganas. -
Le tendió un papel y Mattia lo cogió-. Éste es mi teléfono, pero si decides usarlo no tardes mucho.
Los dos miraron al suelo. Nadia hizo amago de adelantarse, llegó a levantar los talones, pero al final dio media vuelta.
—Adiós.
Mattia carraspeó sin decir nada. Tuvo la impresión de que hasta que ella llegara a la puerta pasaría un tiempo infinito, infinito y aun así insuficiente para decidir, pensar algo. Nadia llegó a la puerta, se detuvo y dijo:
—No sé lo que es, pero me gustas".

"Por primera vez sintió que la inmensa distancia que los separaba era insignificante. Estaba convencida de que él seguía en el mismo sitio, donde ya le había escrito algunas veces, muchos años antes. Si se hubiera casado, ella lo habría percibido de algún modo. Porque estaban unidos por un hilo invisible, oculto entre mil cosas de poca importancia, que sólo podía existir entre dos personas como ellos: dos soledades que se reconocían".

"—Nos pasamos media hora dando vueltas para encontrar un sitio libre donde supieras aparcar.
—Era sólo una excusa para estar más rato contigo. Pero tú nunca te enterabas de nada.
Se echaron a reír para conjurar los fantasmas que aquellas palabras trajeron".

"Se inclinó sobre Mattia y lo besó en la boca; lo besó sin miedo de despertarlo, como se besa a una persona despierta, prolongando el contacto, oprimiendo sus labios cerrados. El tuvo un sobresalto, pero no abrió los ojos. Separó los labios y la besó a su vez. Estaba despierto.
Fue distinto que la primera vez. Sus músculos faciales eran ahora más fuertes, más conscientes, tenían un ímpetu y un sentido precisos, eran los de un hombre y una mujer. Ali ce permaneció inclinada, sin ocupar el sofá, como si hubiera olvidado el resto del cuerpo.
El beso duró largo rato, minutos enteros; tiempo suficiente para que la realidad se colase entre sus labios adheridos y los obligase a reflexionar sobre lo que estaba ocurriendo.
Se separaron. Mattia sonrió maquinalmente; Alice se tocó los labios húmedos, como para asegurarse de que no era un sueño. Había que decidirse y había que hacerlo sin palabras. Cada cual miró al otro, pero, faltos ya de sincronía, no llegaron a cruzar la mirada".

"Lo cierto era que, una vez más, ella había tomado la iniciativa y lo había hecho venir, cuando él mismo no deseaba otra cosa. Le escribía diciéndole que fuera y él acudía como por encanto. Los reunía una carta como una carta los había separado".

"Bien sabía lo que tenía que hacer: volver con ella y sentarse a su lado, cogerle la mano y decirle que no tenía que haberse ido, y besarla, besarla una y otra y otra vez, hasta que no pudieran dejar de besarse. Ocurría en las películas y ocurría en la vida real, todos los días. La gente no perdía el tiempo, se aferraba a unas pocas casualidades y fundaba sobre ellas su existencia. Tenía que decirle a Alice que ahí estaba, o irse de nuevo, tomar el primer avión y regresar al lugar donde había vivido como en vilo todos aquellos años.
Sí, lo había aprendido. Las decisiones se toman en unos segundos y se pagan el resto de la vida".



Paolo Giordano

sábado, 11 de julio de 2020

Citas: Lady Susan - Jane Austen


"Cuando el orgullo y la estupidez van unidos no hay disimulo que valga".

"Bien, mi querido Reginald, ya he visto a esa peligrosa criatura y debo describírtela, aunque espero que pronto puedas formarte tu propia opinión. En verdad es hermosa en exceso. Aunque puedes optar por poner en duda los atractivos de una dama que ya no es joven, por mi parte debo declarar que raras veces he visto a una mujer más adorable que lady Susan. Tiene el cabello de un delicado color castaño claro, unos bonitos ojos grises y las pestañas oscuras, y por su aspecto no le echarías más de veinticinco años, aunque en realidad debe de tener diez más".

"A mí me mimaron tanto en los años de mi infancia que nunca me obligaron a nada, y en consecuencia no he logrado tener nada de lo que una mujer hermosa necesita para ser completa".

"En realidad, se está enamorando de Reginald de Courcy. Desobedecer a su madre rechazando una proposición única no es suficiente; debe asimismo dar su afecto sin la aprobación de su madre. Nunca he visto a una chica de su edad que prometa más para ser el hazmerreír de la humanidad. Sus sentimientos son bastante evidentes, y ella los muestra con tan encantadora naturalidad como para llegar a acariciar las más razonables esperanzas de hacer el ridículo y ser despreciada por todo hombre que la vea.
La naturalidad no sirve en los asuntos amorosos".

"El señor De Courcy a lady Susan
Hotel

Os escribo sólo para despedirme. El encanto se ha evaporado. Os veo tal como sois".







Jane Austen

martes, 7 de julio de 2020

Citas: La formula preferida del profesor - Yoko Ogawa


"MI HIJO Y YO LE LLAMÁBAMOS PROFESOR. Y el profesor llamaba a mi hijo «Root», porque su coronilla era tan plana como el signo de la raíz cuadrada.
—Vaya, vaya. Parece que aquí debajo hay un corazón bastante inteligente —había dicho el profesor mientras le acariciaba la cabeza sin preocuparse de que se le despeinara".

"—Pero… ese número… ¿quizá no exista? —comenté con prudencia.
—Sí, claro que sí, está aquí —señaló su pecho—. Es un número muy discreto, no se muestra en público, pero está ahí dentro del corazón y sostiene el mundo con sus pequeñas manos".

"—¿Podría ser presentada a su cuñado?
—No es necesario.
Se negó de manera tan tajante que me sentí como si, irremediablemente, hubiera dicho algo inconveniente.
—Aunque hoy la viera, mañana él la habría olvidado. Por eso no es necesario.
—¿Qué quiere usted decir…?
—Pues bien… le seré franca. Tiene trastornos de memoria. No es que esté ido.
Digamos que las neuronas le funcionan normalmente, pero hará unos diecisiete años se le averió una parte del cerebro y perdió la facultad de recordar las cosas. Se golpeó la cabeza en un accidente de tráfico. Su memoria se acaba en 1975. Desde entonces, por más que intente acumular nuevos recuerdos, se le borran enseguida. Recuerda teoremas y fórmulas matemáticas que él mismo descubrió, pero no es capaz de recordar lo que cenó anoche. Para entendernos, es como si en su cabeza sólo pudiera ponerse una cinta de video de ochenta minutos. De tal manera que si graba encima de esa cinta, los recuerdos anteriores grabados hasta entonces van desapareciendo. La memoria de mi cuñado menor no dura más de ochenta minutos. Es decir, para ser exactos, una hora y veinte minutos".

"Unos días después de acudir regularmente al pabellón como asistenta, me di cuenta de que el profesor, cuando estaba confuso, sin saber qué decir, tenía la manía de hablar con números en lugar de palabras. Era la manera que había ingeniado para comunicarse con los demás. Los números eran la mano derecha que tendía para estrechar la del prójimo y, al mismo tiempo, un abrigo para resguardarse de sí mismo.
Un abrigo tan pesado que nadie conseguía que se lo quitara, tan recio que no permitía distinguir el contorno de su cuerpo, aunque se deslizara una mano por encima. Pero por el mero hecho de llevarlo puesto lograba proteger su propio espacio".

"—¡No tengo nada que decir! —gritó de repente el profesor, volviendo la cabeza—. Estoy pensando. Que se me interrumpa cuando estoy pensando me duele más que si me estrangularan. Entrar así cuando estoy en pleno diálogo amoroso con los números es una falta de educación, peor que espiar en el cuarto de baño, ¿sabes?".

"Me llamó la atención un papelito nuevo, sujeto en la bocamanga, que no estaba el día anterior. Cada vez que metía la cuchara en el plato estaba a punto de mancharse con el estofado.
«La nueva asistenta»
Eran unas letras débiles y pequeñas. Detrás, había dibujada una cara femenina.
Con el pelo corto y la cara redonda, tenía un lunar al lado de los labios. Era un dibujo infantil, pero enseguida me di cuenta de que era una caricatura mía. Imaginé al profesor dibujando, deprisa, antes de que su memoria se borrara en cuanto yo me hubiera marchado. Aquella hojita era el comprobante de que había interrumpido su tiempo más preciado para pensar en mí".

"Nuestras miradas permanecieron fijas en el trivial folleto durante un buen rato.
Mis ojos reseguían los números escritos por el profesor y los escritos por mí, encadenados con fluidez, como si se dibujara una constelación que une las estrellas parpadeantes en el cielo nocturno".

"En medio de una confusión indescriptible, sólo aquella línea permanecía tensa como si estuviera dotada de voluntad propia. Rebosaba energía, casi como si, tocándola, pudiera hacer daño".

"—Nosotros, los seres humanos, somos demasiado estúpidos para haber creado los números.
Sacudió la cabeza, se arrebujó en el butacón y abrió una revista matemática.
—¿Sabe usted? Cuanta más hambre tenemos, más estúpidos nos volvemos. Así que nutramos hasta el último rincón del cerebro, comiendo mucho, sin dejar nada".

"—Y tu hijo, en este momento, ¿qué estará haciendo?
—Pues, no lo sé. A estas horas, creo que ya habrá vuelto del colegio y estará jugando al béisbol con sus amigos en el parque o algo así, sin hacer los deberes.
—¿Cómo que no lo sabes? ¡Eres demasiado despreocupada! Pronto va a oscurecer, ¿no crees?
Por más que esperara, no parecía querer resolver el misterio del número 10. En aquel momento el 10 significaba para él solamente un niño pequeño.
—No se preocupe. Está acostumbrado, es así todos los días.
—¿Todos los días? ¿Dejas a tu hijo solo todos los días para amasar hamburguesas, como haces ahora?
—No es que lo deje. Simplemente esto es mi trabajo…
Eché la pimienta y la nuez moscada en el bol, sin comprender por qué el profesor se obstinaba tanto con mi hijo.
—¿Quién le cuida durante tu ausencia? ¿Tu marido vuelve pronto? Estará la abuela, ¿verdad?
—No, desafortunadamente no tengo ni marido ni suegra. Somos dos, y nadie más.
—Entonces, ¿tu hijo está solo en la casa? ¿Está esperando a su madre, en una habitación oscura, con el estómago vacío, y solo? Y su madre está preparando la cena a un desconocido. Mi cena. Ay, ¡qué desagradable! Esto no puede ser, no es posible".

"—Tú eres «Root». La raíz cuadrada, es un signo realmente generoso que puede dar refugio dentro de sí a cualquier número sin decir nunca que no a ninguno.
Y añadió el signo a continuación de la nota de la bocamanga:
«La nueva asistenta… y su hijo de 10 años v»".

"Tenía un espíritu muy combativo y nada la disgustaba más que la gente me mirara como a una niña de familia pobre, sin padre. Realmente éramos pobres, pero mi madre hacía todo lo posible por que pareciéramos ricas, de apariencia y de corazón".

"Mi madre sólo me hablaba de mi padre para decirme que era un hombre apuesto.
Nunca me habló mal de él. Por lo visto era un hombre de negocios que tenía un restaurante, pero ella me escamoteaba la información concreta, y se limitaba a repetirme cosas agradables sobre su persona: que era alto y guapo, hablaba muy bien inglés, conocía a fondo la ópera, era un hombre orgulloso pero a la vez modesto, y su sonrisa cautivaba a cualquiera que se encontrara con él…
En mi imaginación, mi padre estaba de pie, posando como una escultura de museo. Por mucho que me acercara a esa estatua, no parecía dispuesto a tenderme la mano, y sus pupilas miraban hacia algún punto lejano".

"El acontecimiento que desbarató de golpe y porrazo todas aquellas quimeras y que destrozó el edificio que mi madre había levantado con sus ropas de retales, el piano y las flores fue mi embarazo. Sucedió cuando yo acababa de empezar el último curso del instituto. 
Él era un universitario que estudiaba ingeniería electrónica, al que conocí donde yo trabajaba por las tardes. Era un chico tranquilo e instruido, pero incapaz de aceptar la responsabilidad de lo que surgió entre nosotros. Sus misteriosos conocimientos sobre ingeniería electrónica que tanto me habían fascinado de nada sirvieron, pues se convirtió en un hombre cobarde que se esfumó dejándome sola".

"—Esto no es más que un juego —decía con un tono más triste que modesto—.
Los que inventan el problema conocen la solución. Resolver un problema del que tenemos garantía de que existe solución, es como ir de excursión por el monte, con un guía, hacia una cumbre que ya avistamos. La verdad última de las matemáticas está escondida al final del camino, entre los arbustos, sin que nadie sepa dónde. Además, ese lugar no tiene por qué ser la cima. Puede estar entre las rocas de un despeñadero o en el fondo de un valle".

"Al final de la tarde, cuando se oía el «¡Ya estoy aquí!» de Root, el profesor salía del estudio sin importarle lo concentrado que pudiera estar con sus matemáticas. A pesar de que odiaba ser interrumpido cuando estaba pensando, abandonó fácilmente aquella manía por Root. Pero como mi hijo, después de dejar su cartera en el suelo, enseguida salía al parque a jugar al béisbol con sus amigos, el profesor regresaba entonces a su estudio un poco desilusionado.
Por eso el profesor se alegraba tanto cuando llovía, pues podía hacer los deberes de matemáticas con Root.
—Cuando estudio en la habitación del profesor, es como si me hubiera vuelto más inteligente".

"—¿Por qué no va a dar un paseo por el parque y luego pasa por la peluquería?
—¿A qué me conducirían estas actividades? —me contestó, lanzándome una mirada molesta por encima de sus gafas de présbite.
—No hay por qué tener siempre un objetivo, ¿no le parece? Las flores de los cerezos aún no han caído, y las del cornejo florido han empezado ya a abrirse".

"En aquel momento se escuchó un llanto que provenía del arenero. Una niña de unos dos años de edad, a la que quizá se le había metido arena en los ojos, estaba llorando sin soltar su pala de juguete. El profesor se le acercó con una agilidad que nunca antes había demostrado y le dijo algo mirándola a la cara. Sacudió la falda de la niña, que estaba llena de arena, con unas manos cariñosas. Comprendí entonces que aquel hombre adoraba no sólo a Root sino también a todos los niños.
—No se meta —dijo la madre, que apareció de no se sabe dónde; apartó la mano del profesor, y se marchó corriendo con la niña en brazos.
El profesor se quedó solo, de pie, inmóvil en el arenero. Yo, incapaz de ayudarle, me limité a mirar su figura de espaldas. Los pétalos del cerezo cayeron trazando círculos en el aire, añadiendo nuevos dibujos al secreto del universo".

"—Vas por buen camino, ¿verdad?
—Qué manera más irresponsable de animar a alguien.
—Bueno, es mejor animarte que no hacerlo, ¿o no?".

"Tiempo atrás, cuando me echaba a llorar por las injusticias de los empleadores conmigo (me habían acusado sin motivo de robar, delante de mis propios ojos habían tirado al cubo de la basura la comida que había preparado, me habían llamado inútil, etc.), Root, que aún era pequeño, me consolaba:
—Tú eres guapa, mamá, así que no pasa nada… —me decía con un aire muy convencido. Para él, aquélla era una frase de primera para consolarme.
—¿Ah, sí…? Conque mamá es guapa…
—Claro que sí. ¿No lo sabías? —fingía sorpresa, exagerando, y repetía—: Así que no te preocupes, porque eres guapa".

"5 × 9 + 10 = 55
El profesor se quedó inmóvil durante un rato. Contemplaba la fórmula con los brazos cruzados, sin pronunciar palabra.
Pensé que al fin y al cabo mi chispa había sido una ridiculez infantil. Sabía desde un principio que, por mucho que me concentrase con toda mi alma, lo que podía sacar de mis pobres células grises era poca cosa, y que era una osadía no exenta de orgullo el querer contentar de esta manera a un matemático…
Entonces el profesor se levantó inesperadamente, y se puso a aplaudir. Era un aplauso tan enérgico y afable que pensé que ni siquiera la persona que demostró el Teorema de Fermat habría recibido un elogio como aquél. Resonó por todo el pabellón y su eco no cesó durante largo rato.
—¡Excelente! ¡Qué fórmula más hermosa! ¡Magnífico, Root!
El profesor abrazó a Root. Entre tanto abrazo, el cuerpo de Root estaba medio aplastado.
—¡Realmente magnífico! Es increíble que una fórmula como ésta salga de tu mano…
—Sí, ya lo he entendido, profesor, pero suéltame. Que no puedo respirar".

"NO ESTÁ CLARO SI GUARDABAN RELACIÓN con su talento matemático o no, pero el profesor tenía extrañas facultades. La primera era la de poder hacer capicúas con las palabras.
No lo recuerdo exactamente, pero fue un día en que Root sudaba tinta haciendo palíndromos; eran sus deberes de lengua.
—Es lógico que si leemos las palabras al revés pierdan su significado. ¿Quién demonios diría «El bosque de bambúes se quemó»? Para empezar, nunca se ha visto un bosque de bambúes en llamas. ¿A que no, profesor?
—Maslla en búesbam de quebos un tovis ha se canun —murmuró el profesor.
—¿Qué has dicho, profesor?
—Sorfepro chodi has qué.
—Oye, oye: ¿qué te ha pasado?
—Dosapa ha te qué yeo yeo.
—¡Dios mío, Mamá! ¡El profesor se ha vuelto loco! —exclamó Root, pidiéndome ayuda, desconcertado.
—Tienes razón, Root. Todos nos volvemos locos si leemos al revés —dijo el profesor, impertérrito".

"Acaricié la página. Sentí en la punta del dedo las fórmulas matemáticas que el profesor había escrito. Las fórmulas se solapaban una a otra formando una cadena hasta mis pies. Yo iba bajando por esa escalera los peldaños uno a uno. El paisaje desapareció, no penetraba la luz del sol ni se oía ningún sonido, pero yo no tenía miedo. Porque sabía que la baliza señalada por el profesor tenía una carga de verdad eterna que nadie podría violar.
Me asombraba sentir que la tierra en la que ahora reposaba se sustentaba en un mundo aún más profundo. Para llegar allí no existía otra manera más que seguir la cadena de cifras, pues las palabras no significaban nada, y era incapaz de distinguir si estaba yendo hacia las profundidades o hacia las alturas. Lo único de lo que estaba segura era de que la cadena llevaba a la verdad".

"—Si queréis comprar un refresco, comprádselo a aquella señorita de allí.
La que señaló el profesor era una vendedora que iba subiendo el pasillo del otro lado.
—¿Por qué? ¿Da lo mismo quién sea, no?
Por muchas veces que se lo preguntara, no me aclaraba el motivo; sin embargo, después de que Root lo acosara porque no podía más de sed, finalmente confesó:
—Porque aquella señorita es la más hermosa.
Su sentido estético era acertado. Mirando a mi alrededor, ella era la más guapa y tenía la cara más agradable".

"—Mi hermano político no tiene amigos. Perdone que le diga que nunca ha venido a visitarle ninguno.
—En tal caso, Root y yo somos sus primeros amigos.
En ese momento el profesor se levantó de repente.
—¡No, no es posible! ¡No es tolerable herir los sentimientos de un niño!
Y mientras lo decía, sacó un papel de apuntes del bolsillo, garabateó algo en él, lo puso en el centro de la mesa y se marchó de la habitación. Fue un gesto resuelto, como preparado con antelación. No había en él ni ira ni confusión, sólo un silencio envolvente.
Nosotros tres, callados y abandonados por el profesor, clavamos los ojos en el papel de apuntes. Permanecimos así durante un rato, sin movernos. Allí había escrita, en sólo una línea, una fórmula.
« π + 1 = 0 »
Nadie decía nada. La viuda había dejado de hacer ruido con las uñas. Entendí que poco a poco iban desapareciendo de sus pupilas la turbación, la frialdad y la duda. 
Pensé que tenía la mirada de alguien que entiende perfectamente la belleza de una fórmula matemática".

"Aún recuerdo muy bien el tono de voz del profesor, mientras yo fregaba los platos en la cocina, diciéndome al oído, por la espalda:
—¿No crees que debería tratarse ese bulto? —me lo susurró como si aquello fuera el fin del mundo—. Los niños tienen un metabolismo muy activo, de manera que si se inflama más y más, podría tener consecuencias dañinas como, por ejemplo, constreñir las glándulas linfáticas u obstruir la tráquea.
Su aprensión habitual, si se trataba del cuerpo de Root, alcanzaba cotas máximas.
—Bueno, pues se lo reventaré con una aguja.
Ante mi respuesta un tanto irresponsable, se encolerizó de veras.
—¿Y qué harás si se le infecta?
—Es que pensaba desinfectarla con la llama del gas; no ha de pasar nada —dije aposta, para irritarlo, porque me hacía gracia ver cómo su aprensión se iba haciendo cada vez más absurda. Y también, creo, porque me gustaba que se preocupara por él.
—¡No! Los microbios están en todas partes. Si penetran por una vena y llegan hasta el cerebro, el mal es irremediable, ¿sabes?
El profesor se obstinaba sin desfallecer hasta conseguir que le dijera «sí, de acuerdo, ahora mismo lo llevo al médico».
Él siempre trató a Root igual que a un número primo. De igual manera que los números primos son primordiales para formar todos los números naturales, él pensaba que los niños eran los átomos necesarios e imprescindibles para nosotros, los adultos. Creía que su existencia, aquí y ahora, se debía también a los niños".

"—Cuando no está Root, siento que mi corazón está vacío —dije.
—¿Vacío significa que se reduce a 0? —murmuró el profesor, a pesar de que yo no le había preguntado nada en concreto—. Es decir, ahora existe un 0 dentro de ti, ¿es eso?".

"El profesor señaló con el dedo la oscuridad del patio, como si el pajarillo acabara de salir volando en aquel mismo instante. Las tinieblas, mojadas, se hicieron aún más oscuras.
—1 – 1 = 0. ¿No te parece hermoso?
El profesor se volvió hacia mí. Sonó un trueno aún más fuerte y tembló la tierra.
Parpadeó la luz de la casa principal y no se vio nada durante un instante. Yo agarré con fuerza la bocamanga de su americana.
—No te preocupes. No pasa nada. El signo de la raíz cuadrada es muy fuerte. Protege a cualquier tipo de número —me dijo acariciando mi mano".

"El profesor, aunque no estaba acostumbrado a hacer regalos a nadie, tenía un talento extraordinario para recibirlos. Nunca olvidaremos la cara que puso cuando Root le regaló el cromo de Enatsu. Comparado con el pequeño esfuerzo que hicimos para conseguirlo, el agradecimiento que nos dedicó era demasiado grande. En el fondo de su corazón, siempre había un sentimiento de «Cómo puedo merecerlo si mi existencia es tan insignificante…». Igual que se postraba ante los números, dobló las piernas, bajó la cabeza y juntó las manos cerrando los ojos ante mí y ante Root. Pudimos sentir que estábamos recibiendo algo más de lo que le habíamos ofrecido".

"—Root ha aprobado unas oposiciones para profesores de escuela secundaria. Será profesor de matemáticas a partir de la primavera del año siguiente.
Se lo comuniqué al profesor con orgullo. El profesor se levantó e intentó abrazarle. Sus brazos eran frágiles y temblaban. Root cogió aquellos brazos y los acercó a sus hombros. En el pecho del profesor se agitaba el cromo de Enatsu".





Yoko Ogawa

viernes, 3 de julio de 2020

Citas: La bibliotecaria - Ileana Fernández


"En su interior Carmen también sentía un ligero orgullo porque era la única persona a la que la policía había llamado a declarar, por lo que iba a toda prisa a buscar a Aurelio, el portero de la biblioteca y a quien consideraba su mejor amigo para comentarle los detalles de su entrevista con el comisario, pero para su sorpresa, Aurelio no se mostró entusiasmado con lo que Carmen le estaba contando, más bien, parecía contrariado y usaba un tono que la bibliotecaria jamás había escuchado en boca de Aurelio, quien siempre medía y seleccionaba sus palabras, en aras de no lastimar a sus semejantes.
—¡Fue una imprudencia tuya involucrarte en la investigación de un hecho tan espantoso! Además, ¿Cómo quieres que muestre entusiasmo si se trata de dos vecinos a los que conocemos hace muchísimos años? ¡Esto es una tragedia, una horrorosa tragedia!  decía con un tono histérico que a Carmen le parecía exagerado. Luego le advirtió con un inusual tono rotundo".

"¡Era el novio de Lourdes! Esta vez, para no variar, blandía un pequeño estuche en la mano:
—¡Dime que no es cierto! ¡Dime que ella está viva!
Gritaba con la voz agrietada por el llanto. Se recostó a la pared y, con su cabeza entre las musculosas manos, comenzó a llorar.
Era evidente que estaba haciendo todo lo posible por autocontrolarse. Se puso de pie y se acercó a la mesa preguntando:
—¿Cómo pudo ser? ¡Cómo pudo ser? Yo que venía hoy a proponerle matrimonio —sollozaba mientras abría un pequeño estuche que contenía un caro anillo de compromiso.
—¡Todo por no tener un maldito celular! ¡Ustedes están locos todos!
Estaba fuera de sí. Tanto que le gritó a Aurelio:
—Y tú, ¿qué hiciste? ¿Acaso no eres el maldito custodio? ¡Imbécil!".

"Para romper el mutismo le preguntó:
—Tendrá un cigarrillo que me regale? Estoy muy estresada, ha sido el día más largo de mi vida y necesito fumar.
—Disculpe, pero yo no fumo. Y usted debería dejar de hacerlo por su salud. Tengo entendido que en este pueblo nadie fuma.
Carmen hizo un gesto de resignación y una cuadra más adelante se separaron".

"—¡Llévame contigo, Lourdes de mi alma! Toda una vida tratando de encontrarte, pero ya eso terminó. Ahora sabré dónde estás durante el resto de mi vida".






Ileana Fernández

jueves, 25 de junio de 2020

Citas: Las grietas de Jara - Claudia Piñeiro


"Pablo Simó dibuja en su tablero el perfil de un edificio que nunca existirá. Como condenado a soñar el mismo sueño cada noche, desde hace años repite ese boceto: el de una torre de once pisos que mira al Norte".

"Marta está sentada a dos metros del tablero donde Pablo dibuja con una habilidad que
le sienta tan natural como caminar, hablar o respirar".

"—Yo sí estoy preocupada… ¿Por qué vino esta chica a buscar a Jara precisamente acá?, ¿por qué se le ocurrió que nosotros podríamos saber algo?
—No debe haber venido sólo acá, Marta —le contesta Borla—. Debe haber preguntado por todo el barrio, seguro que ya preguntó en el café, en la carnicería, al portero de su edificio. —Y para terminar de calmarla intenta una metáfora—: Marta, no demos por el pito más de lo que el pito vale".

"Pero Pablo Simó no responde, ni siquiera se da cuenta de que Borla le habla a él, porque de las manos de Marta pasó a las suyas y ahora está ocupado mirándoselas, aunque no para hacerlas crujir como hasta hace un momento hacía ella. Pablo sólo las observa, las gira palmas arriba y palmas abajo en el aire, las abre y las cierra, y mientras lo hace recuerda cuánto se embarraron aquella noche, la tierra metida debajo de las uñas, y sobre todo el dolor, un dolor que tardó mucho tiempo en irse y que regresa los días de humedad a hablarle de lo que nunca pudo olvidar".

"Ni a Laura ni a Francisca les interesa la historia del subte más que para levantar la cabeza del plato cada tanto y mirarlo.
—Pasame la sal —le pide su hija, él lo hace y a Laura se le llenan los ojos de lágrimas.
¿Qué interpretación le habrá dado su mujer a la frase «pasame la sal» como para que se le llenaran los ojos de lágrimas? ¿O qué interpretación le habrá dado al hecho de que él le alcanzara la sal a su hija? Pablo Simó no sabe".

"—¿Tanto le cuesta ser normal?
Y él no supo responderle porque ni siquiera está seguro de qué es ser normal. ¿Él lo es?".

"Pablo mira a Francisca y luego a Laura, tan lejos una de la otra. Él también se siente lejos. Concluye que, definitivamente, el malentendido lo provoca el tiempo, los años que quedan de un lado o de otro de una línea que se va moviendo permanentemente, una línea que marca la llegada a una edad en que los hijos dejan de ser —¿alguna vez lo fueron?— la consecuencia de nuestros actos".

"¿Qué podría aliviar a Laura del peso que siente por Francisca? Que Francisca fuera otra vez una nena o por fin una mujer, que estuviera de un lado o del otro de esa línea. Ver a su hija en alguna de las orillas del río, eso sería un alivio, y no en medio de la corriente, en ese lugar donde Francisca está hoy y desde donde ellos todavía creen que pueden llevarla a salvo a alguna parte. Aunque no sea cierto. Aunque nadie esté a salvo".

"Faltaban apenas unas horas para que Pablo Simó lo conociera y pudiera sacar sus propias conclusiones. La primera impresión no fue de las mejores. Cuando él bajaba del ascensor y antes de que terminara de cerrar la puerta, Jara se deslizó como una sombra, le tocó un hombro y le dio un susto que a alguien con un corazón más delicado que el suyo podría haberle provocado un infarto".

"—Que mi grieta, y está muy bien que la llame así, «su grieta», porque es mía, está en mi departamento, donde yo como sentado frente a ella todos los días y todas las noches, donde la mido, le tomo fotos, donde hasta le hablo, ¿puede usted creer que yo a veces le hablo a esa pared, arquitecto?".

"—¿Y qué valor es que algo le guste a alguien? —dice Pablo.
—A mí me importa que las fotos que saco le gusten a alguien —dice ella.
—Eso no les da valor. A mi mamá le gustaba la casa de una tía que vivía en San Martín y te aseguro que esa casa era un verdadero adefesio.
—Pero vos no sos tu mamá, vos sos alguien que se supone que sabe de arquitectura. Si esos edificios te gustan a vos, para mí está bien.
—Es que no debería estar bien —insiste Pablo—, no te deberías conformar con el gusto de otro. El gusto no es algo objetivo, vos nunca vas a escuchar a un crítico de arte decir que un cuadro le gusta, o a un crítico literario decir que una novela le gusta".

"—¿Quedamos así, entonces? —pregunta él.
Un breve silencio se instala en la línea de teléfono, y eso lo inquieta.
—Hola —dice Pablo.
—Sí, sí, estoy acá —contesta Leonor—, me había quedado pensando.
—¿En qué?
—¿Te digo?
—Sí, claro.
—Pensaba, qué raro que es, ¿no?
—¿Raro qué cosa?
—Que un arquitecto no sepa de memoria cuáles son los cinco edificios de la ciudad que más le gustan. Digo, así, de una, sin tener que ponerse a pensar tanto. ¿A vos no te parece raro?
Él no responde, no sabe qué le parece, no sabe qué es raro y qué es normal".

"—¿Todos tenemos listas de cosas preferidas?
—Sí, ¿qué? ¿Vos no?
—¿Y en tu lista qué hay?
—¿Querés que te cuente?
—Sí.
—Bueno. En el primer puesto: chocolate; en el segundo puesto: caminar sin paraguas debajo de una llovizna suave pero constante, de esas que te duelen cuando te pegan en la cara. ¿Sabés de qué llovizna te hablo, no?
—Creo que sí —le responde Pablo, pero ella igual le explica la llovizna:
—De esas que parecería que lanzan espinas mojadas desde alguna diagonal. Bueno, esa llovizna  dice y hace una pausa antes de continuar con lo que sigue—: El tercer puesto me lo reservo, y el cuarto…
—¿Por qué te reservás el tercer puesto? —la interrumpe Pablo.
—Porque recién nos conocemos —contesta la chica—. Cuando entremos en confianza te lo digo".

"Y que mañana no se meterá en la boca del subte para sumergirse debajo de la ciudad que ya no mira, mañana caminará o tomará un colectivo —tiene que haber un colectivo que cruce la ciudad de su casa al trabajo en línea recta, en lugar de describir la extraña herradura por la que él viaja cada día bajo tierra—, hará un recorrido en la superficie que le permita levantar la vista y apropiarse de lo que cada calle le ofrezca. Vagará de un lado a otro como un buscador de tesoros pero sin un mapa ni coordenadas, sin referencias ni pistas, dejando que el azar también haga su trabajo, dejando que una mano invisible lo lleve por la ciudad, lo guíe resuelta a donde pueda encontrar lo que hasta hace un rato ni siquiera se había dado cuenta de que había perdido".

"—Decime una cosa, ¿vos cómo me ves a mí?
—¿Qué? —le pregunta ella.
—No sé, digo, me ves bien, me ves mal, me ves viejo, o gordo, o pasado de moda. ¿Cómo me ves, Francisca?
—Yo no te veo, papá, vos sos mi papá.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Que no te veo, que no te miro.
—Mirame, entonces, y decime.
—¿Me estás hablando en serio?
—Muy en serio.
La chica, entonces, se lo queda mirando; por un momento hasta parece preocupada por él, como si pensara que su padre está mal o enfermo. Pero con la poca constancia que les duran ciertas preocupaciones a los adolescentes, Francisca vuelve a lo suyo sin decir nada y se sumerge en la computadora. Él insiste:
—Mirame y decime, por favor.
Ella levanta la cabeza:
—¿Estás seguro de que querés saber?
—Sí —dice él.
—Patético, papá".

"—Te enamoraste, Pablo.
—¿Qué decís?
—Que te enamoraste. A mí me parece que no estás buscando un edificio lleno de curvas donde meterte, sino una mina.
—Estás loco, Tano, yo sigo con Laura.
—¿Y?
—Que sigo casado.
—¿Y?
—Que estoy en la misma situación que cuando nos dejamos de ver".

"—Sí, más viejo estoy.
—Y más asustado también.
—¿Asustado de qué? —pregunta Pablo.
—De que la vida termine siendo esto —le responde—, nada más que un pequeño fastidio suave pero permanente que no duele ni mata, pero seca".

"¿Pero qué es el amor?, se pregunta hoy, tal vez por primera vez en la vida, Pablo Simó. ¿Es lo que sintió por Laura cuando se conocieron? ¿O lo que sentía después cuando decidieron casarse? ¿Es amor ese dolor en el pecho que sufrió en el hospital el día que nació Francisca? ¿O amor es aquello que tantas veces Marta Horvat le movió dentro del cuerpo? ¿Es lo que hace que hoy siga casado? ¿O eso es apenas una derivación del amor, como el liberty milanés del art nouveau?".

"Mira su reloj, mierda, se pasó cinco minutos de la hora pactada con Leonor. Deja sobre la mesa la plata que paga lo que consumió y sale, apurado, temiendo que la chica ya lo esté esperando.
O peor aún: que Leonor se haya ido, lo que le confirmaría qué poco sabe Pablo Simó del amor".

"—¿Pasa algo? —dice la chica.
—No, nada —dice Pablo pero lo vuelve a intentar, tocándola apenas en la espalda para que ella acompañe lo que él hace.
La chica se ríe, acomoda su mochila como si fuera eso lo que le impide a Pablo ponerse donde quiere, y lo deja cambiar de lado.
—¿Qué pasa? —insiste ella.
—Nada, que ése es tu lado y éste es el mío.
—¿Por qué?
—Porque las mujeres van del lado de la pared y los hombres del lado de la calle
—le explica Pablo.
—¿Quién dijo eso?
—No sé quién lo dijo, es una costumbre.
—¿Y vos sos muy apegado a las costumbres?
Pablo se incomoda, no sabe qué contestar. ¿Es muy apegado a las costumbres? ¿A cuáles costumbres? ¿Hoy, después de once mil setenta días al lado de Laura puede Pablo Simó asegurar si las costumbres que respeta son las de él, las de ella, las acordadas entre los dos, o las de nadie? ¿Quién lo mandó a pedirle a esa chica que fuera del lado de la pared?".

"¿Qué puede admirar una mujer tan joven de un hombre de cuarenta y cinco?, se pregunta. Eso quisiera, que la chica lo admirara.
—Querés seducirla —lo corrige Barletta que aparece de pronto, esta vez sin que Pablo lo llame.
—Yo no dije seducir, dije admirar —le dice él.
—Llamá a las cosas por su nombre, Pablo".

"Con el auto ya en marcha, Pablo Simó mira por la ventanilla y se toma un instante para poner en claro su cabeza. La luz del día empieza a decaer, entonces sabe que hay cosas que debe aceptar con resignación. Por ejemplo: que si ese taxista no se apura llegarán casi de noche al último destino, que él tiene cuarenta y cinco años y ella veintiocho, que a esta hora Laura debe estar ordenando la compra del supermercado y esperándolo inútilmente para ir al cine, que quiere seducir a esa chica y aún no sabe cómo —sí, Barletta, seducir—, que el auto que los lleva acaba de detenerse en un semáforo rojo y eso provoca que otro instante de luz diurna se pierda en alguna parte. Pero a pesar de todo eso, de que ya no hay sol, de su edad, de su mujer, de la luz perdida, del supermercado o del cine, a pesar del semáforo que lo detiene, él allí, sentado a centímetros de Leonor, se siente feliz".

"—¿Te gusta? —le pregunta una vez más.
—Un poco naif, ¿no? —le dice ella y lo sorprende no sólo con el comentario sino disparando la cámara hacia él.
—¿Por qué a mí? —dice Pablo y se tapa la cara. Ella se ríe, lo fotografía otra vez y le responde:
—Porque sí".

"—Ya está —le dice Leonor, guarda otra vez la cámara ahora con una actitud que demuestra que no habrá más fotos por ese día, y sin mayor preámbulo, con la
espontaneidad que él ya le conoce, agrega—: ¿Querés venir un rato a casa? 
Pablo se queda un instante, se pregunta si habrá escuchado bien, la mira, ella está esperando una respuesta, sí, escuchó bien.
—¿Los dos? —le pregunta él, y en cuanto termina de decirlo se reprocha cómo puede él, a su edad, frente a una chica de diecisiete años menor, haber dicho semejante estupidez.
—Si vos querés, sí; te estoy invitando —le dice Leonor. Y él quiere, claro que quiere, es lo que más quiere".

"Leonor se saca la campera, él descubre una vez más su cuello, las manos con las que se acomoda el pelo, y sus pechos, firmes, que ahora avanzan hacia él, que definitivamente avanzan hacia él, que se paran delante de él y esperan. A Pablo se le agita aun más la respiración, se le endurecen los muslos y le cosquillean las manos; él cree que tiene que hacer algo, sabe que tiene que hacer algo, y cuando está a punto de decidir qué, Leonor lo besa.
Así, simple, sin pedirle permiso: parada frente a él, mirándolo a los ojos, sonriendo, sube los brazos, rodea con ellos el cuello de Pablo, abre apenas su boca, mira la de él, espera un segundo y lo besa. Y él se deja besar, y la besa, y la abraza, aprieta el cuerpo de esa mujer contra el suyo, baja y sube sus manos por la espalda de Leonor buscando no sabe qué, siente los pechos de ella sobre el pecho de él, y la pelvis sobre su pelvis, y los muslos entre sus muslos. La besa, recorre sus labios, se mete dentro de esa boca, sale y vuelve a meterse, ¿lo hace con torpeza?, hasta que Leonor por fin se separa, y sin dejar de mirarlo, baja, se tiende sobre el piso, lo llama y le pide que se acueste sobre ella. Y cuando Pablo se acuesta y se acerca a su cara para besarla otra vez, la chica le busca con la boca el oído y le dice:
—Tercer lugar en la lista de mis cosas favoritas: hacer el amor sobre un piso de madera que huele a cera".

"Entonces va hacia la puerta. Leonor lo acompaña, gira la llave y abre. Él la mira y luego se acerca para darle un beso en la mejilla, pero la chica lo toma del mentón, le gira la cara apenas lo necesario como para que su boca quede frente a la de ella y apoya sus labios en los de él en un beso corto y suave, mucho más de lo que Pablo siente que se merece. ¿Por qué corrió el pie desnudo cuando él lo rozó y ahora le besa los labios?
—Las mujeres son así —le dice Barletta".

"—¿Querés que sea clara?
—Sí…
—¿Bien clara?
—Por supuesto.
—Tu hija es torta, Pablo —dice Laura abriendo con exageración no sólo la boca sino también los ojos y hasta los orificios de la nariz.
—¿Que mi hija qué? —pregunta él.
—¡Que es torta!, ¿ahora me vas a decir que no sabés qué es ser torta?
—¿Torta?
—Tortillera, lesbiana, homosexual…
—¿Francisca?
—Sí, Pablo, Francisca, ¿tenés otra hija acaso?".

"—¿Qué es eso que oís?
—Leonard Cohen.
—¿De dónde salió?
—Me lo grabó un amigo que siempre encuentra cosas raras —dice ella, y se limpia los mocos con el dorso de la mano—. ¿Lo conocés?
—No —dice él—. ¿Debería?
—Si te gusta, sí; sino, no. No hay obligación de conocer a nadie que a uno no le guste".

"—¿Te contó? —pregunta Francisca.
—¿Mamá? Sí, me contó. ¿Me querés contar vos?
—Mamá se toma las cosas siempre a la tremenda. Yo le di un beso a Ana, es cierto, ¿pero eso me convierte en algo de acá a que me muera?
—Entonces, ¿no sos?
—No soy qué, papá…
—Eh…
—Decilo…
—No sos… gay.
—No sé, decime vos. Ana es mi amiga, me pidió que la bese y yo quise besarla, nada más que eso. Quise probar qué se siente. ¿Ya soy gay, papá? ¿Por qué entonces besar a tantos hombres como besé no me convirtió en lo contrario?
—¿Tantos hombres?
—Papá…
—Perdón.
—Besé algunos hombres, y besé una mujer, ¿tengo que saber ya qué voy a querer besar el resto de mi vida?
—No, nadie sabe lo que va a querer besar el resto de su vida.
—No, nadie sabe lo que va a querer besar el resto de su vida.
—Pero mamá me está obligando a eso, mamá está esperando que le confirme que soy gay, y yo no puedo decirle que sí para que no me joda más, porque de verdad hoy no sé qué soy. ¿Con cada cosa que pruebe ella me va a poner una etiqueta? Si fumo porro voy a ser drogadicta, si un día me pongo en pedo voy a ser alcohólica, si salgo con más de cinco tipos voy a ser una puta. Besé a una amiga, papá, eso fue lo que pasó, nada más, te juro.
—No hace falta que me jures nada —dice él y luego los dos quedan en silencio un rato".

"—¿Te quedás al lado mío hasta que me duerma? —le pide Francisca.
—Me quedo, sí.
La chica se suelta del abrazo, apaga la computadora y se mete en la cama. Pablo apaga la luz, se sienta junto a ella y le toma la mano. Francisca solloza un poco más pero poco a poco el ritmo de su respiración se va aquietando y finalmente se duerme. Pablo la mira, le besa la mano, le acomoda un mechón de pelo que le cae sobre la cara, estira la sábana para que la cubra hasta los hombros, le besa la mano otra vez. Y allí, sentado en el borde de la cama de su hija se da cuenta de que no siente por ella ni pena ni preocupación. La mira, no puede dejar de mirarla, y le gustaría ponerle una palabra a lo que siente. ¿Respeto?, ¿admiración? Si, cree que es eso, cree que admira a su hija. Él, aunque hubiese querido, jamás se hubiese atrevido a besar a un hombre".

"Viaja en subte aunque eso implica un recorrido mucho más largo y menos directo del que haría en colectivo. O le molesta el tránsito o le gusta enterrarse vivo debajo de esta ciudad".

"—¿Pudiste dormir? —le pregunta ella.
—Poco, pero algo pude.
—Los hombres tienen suerte, casi nada los desvela.
—No creas, yo pasé muchas noches desvelado.
—¿Cuándo?
—En todos estos años que vivimos juntos.
—No me di cuenta.
—Dormías.
—En todo caso sería por algo menor, nunca nos pasó nada tan grave como lo que nos está pasando ahora.
—No hables por los dos.
—¿Por qué?, ¿me vas a decir que te pasó algo tan grave como esto y que yo no me enteré?
—Hace unos años enterré a un hombre debajo de la losa de un edificio que estábamos construyendo. Todavía hoy dudo si el hombre estaba vivo o muerto. En tu escala de cosas graves, ¿qué pondrías primero, Laura?, ¿la sexualidad de Francisca o que yo haya enterrado a un hombre?".

"—No era, entonces —dice Barletta.
—¿No era qué? —le contesta él.
—El amor.
Pablo duda, la sigue con la mirada hasta que ella desaparece.
—No, ¿no? —dice finalmente, cuando ya no la ve—. Y si ella era el amor, nunca se enteró.
—Otra vez no era.
—Otra vez.
—¿Y ahora dónde lo vas a buscar?
—¿Qué cosa?
—El amor.
—No lo voy a buscar más. Si anda por ahí ya dará alguna señal.
—¿Señal?, ¿qué señal?
—Una clara y distinta".

"—¿Por qué?
—Porque estar casados es algo que dejó de hacernos felices.
—No, yo no te pregunto por qué se separan, te pregunto por qué pasa eso, por qué un día ya no te querés más, por qué dejás de ser feliz con esa persona. ¿A mí también me va a pasar?".

"Entonces Francisca ya no pregunta más. Él está por irse, pero antes de hacerlo se corrige sobre un punto anterior, le dice que en algo sí tuvo que ver ella en la decisión que tomaron —al menos en la de él—, porque ella le mostró que se puede hacer lo que uno quiere sin que se caigan todos los planetas.
—Y si se caen, habrá que ir a preguntarle a Hawking qué pasó, pero seguro nada que tenga que ver con nosotros".

"—¿Entonces es cierto? —dice ella poco después mirando la valija, y se le llenan los ojos de lágrimas.
—Sí.
—¿Se puede saber por qué?
—Porque no encuentro un motivo para que sigamos viviendo juntos.
—¿Estar casados no te alcanza?
—No.
—Y vos te creés muy especial por eso. Decime, ¿cuántos matrimonios conocés que tengan motivos para seguir viviendo juntos más allá del hecho de estar casados?
Pablo, ésa es una idea romántica y estúpida del matrimonio.
—Estúpido fui siempre, romántico a lo mejor empiezo a ser ahora".

"Por fin cierra los ojos e intenta dormir. Sabe que esa noche podría soñar con Marta Horvat, o con Leonor Corell, o con Laura o con Francisca. Pero si pudiera elegir preferiría no hacerlo, preferiría apenas cerrar los ojos y dormir, sin que ninguna de esas mujeres que por distintos motivos y con distintas intensidades se han metido tantas veces en sus sueños, lo haga. Porque esta noche está cansado de verdad, muy cansado. Esta noche no quiere nada de ellas: no quiere amor, ni cariño, ni deseo, ni te quiero, ni cuerpos apretados buscándose uno al otro".





Claudia Piñeiro