viernes, 7 de mayo de 2021

Citas: Una de esas chicas - Sara Zarr

x


  "A Jason y a mí no nos incomoda el silencio. Es la prueba de fuego para saber si la amistad de dos personas es auténtica, creo; cuando no tienes que hablar todo el tiempo con el fin de demostrar que tienes cosas interesantes que decir".


"—Llámame mañana —me pidió Jason.
—Claro.
Esa era la peor parte del día, cuando el autobús llegaba a mi parada y yo tenía que separarme de Jason, él todavía en ruta, de camino a su destino, mientras yo me disponía a entrar en ese callejón sin salida en el que desembocaba a diario, conocido como mi hogar".

"Un día, en clase, nos propuso que escribiéramos un diario y yo pensé: no, gracias, todo ese rollo de «querido diario» es propio de un niño de primaria. Pero entonces nos explicó que un diario puede ser cualquier cosa, también dibujos, poemas o listas, da igual, lo que sea que quieras expresar acerca de cualquier tema, y que nadie lo vería nunca. 
Jeremy Walker preguntó:
—¿Y entonces para qué sirve? ¿Está diciendo que no nos va a poner nota?
—Sirve —explicó el señor North a la vez que se apartaba un mechón lacio y canoso de la frente— para que expreséis vuestros sentimientos.
Tienes sentimientos, ¿no, Jeremy?".

"—Gracias —dije. Michael desapareció en el almacén y yo regresé con Lee—. Ya tengo trabajo.
—¡Yupi! —La miré con cara de circunstancias y cambió el tono de voz—. O sea, ¿yupi?
—En realidad, no. Pero así es la vida".

"—Sería agradable poder disfrutar de una ducha caliente en mi propia casa de vez en cuando —protestaba mi padre.
—Al menos TÚ tienes TIEMPO para ducharte.
—Que yo sepa, los días para ti tienen veinticuatro horas, igual que para todo el mundo".

"Cuando despidieron a mi padre y Darren se metió en líos, mi madre consideró que tal vez deberíamos ir a misa y hacer las paces con Dios. Por nada del mundo pisaría una iglesia católica, pero ese mismo domingo acudimos a la presbiteriana que hay en la otra punta del pueblo y tomamos asiento en las últimas filas. Al principio fue alucinante: la música de órgano, la luz de la mañana filtrándose por las vidrieras y los viejos bancos de madera con sus mullidos cojines de terciopelo rojo.
Y entonces un tío vestido de traje se plantó ante los fieles para anunciar las novedades de la parroquia y darles la bienvenida, y preguntó si había alguna persona nueva entre los asistentes. Supe por su manera de mirar al suelo que mis padres no pensaban darse a conocer, pero la anciana que teníamos detrás levantó la mano y nos señaló. Mi padre nos pidió que nos pusiéramos de pie y soltó: «Solo estamos de visita. Somos forasteros»".

"—¿Quién es ese tío?
—Es Michael, mi jefe.
—¿Ya te está tirando los tejos?
—Por Dios, Darren.
—¿Qué? O sea, si eso va a ser así, deberías despedirte ahora mismo.
—Es gay.
—Ah. —Darren echó un vistazo al espejo retrovisor para observar cómo Michael montaba en su Toyota—. ¿Y entonces por qué te toca?
—Porque es majo. Se llama «afecto». ¿Te suena de algo?".

"Cuando hubiera terminado de recordar, podría empezar a olvidar".

"—¿Por qué no…? —me mordí la lengua.
—¿Por qué no qué?
—Nada.
—Jo, tío. ¿Qué?
Posé la mano entre dos toallas azul cielo.
—¿Por qué nunca me has pedido salir?
Creo que se encogió de hombros. No estoy segura, porque no lo miraba.
—Eres mi amiga. Nunca he pensado en ti en esos términos.
Lo dijo con tanta sencillez y sinceridad que no debería haberme sentado mal, pero lo hizo.
—¿Nunca?
—No.
—¿Ni una vez —insistí al tiempo que pasaba el dedo por los dibujos de las toallas— en todo el tiempo que hace que nos conocemos has fantaseado con la idea de besarme?
Alcé la vista. Su rostro adquirió un tono rojizo.
Se sentó a medias sobre una mesa de artículos de rebajas.
—Pues claro que me lo he imaginado. Los chicos fantasean con la idea de besar a todas las chicas. Incluidas sus profesoras.
—Puaj.
—Vale, no a todas las profesoras. Quiero decir que una cosa es la curiosidad y otra muy distinta planteárselo en serio".

"—¿Qué está pasando? —me preguntó. No di media vuelta—. Se ha puesto muy rara cuando le he dicho que estabas aquí.
—Tengo que irme.
—Ni hablar. —Noté su mano en mi hombro y me volví a mirarlo. Su rostro seguía mostrando la misma expresión confusa, pero ahora, además, parecía enfadado—. ¿Me lo vas a contar o qué?
Estábamos muy cerca, allí, junto a la puerta, yo envuelta en su camisa; su mano, todavía caliente del teléfono, en mi hombro. Guardaba en el bolsillo el pañuelo del maniquí de Macy’s. Me habría gustado abrazar a mi amigo igual que me abrazaba Lee, con un gesto espontáneo y seguro. Pero yo no sabía hacer nada de manera espontánea y segura.
—Podría ser tu novia —susurré—. Sería una novia genial.
Jason se miró los zapatos.
—Sí —reconoció—. Ya lo sé.
Y aun sabiendo que hacía mal, le besé. Le eché los brazos al cuello, descargué mi peso sobre Jason y le besé. Mi amigo titubeó, apenas un instante, antes de devolverme el beso. Fue tal y como lo había imaginado, mi vientre emanando calor según él me atraía hacia sí con las manos apoyadas en mis caderas".

"Si alguna vez conozco a la chica de las olas, le diré lo siguiente:
Olvidar no basta.
Puedes remar lejos de los recuerdos y pensar que ya no están.
Pero retornarán flotando, una y otra y otra vez.
Te rodearán como tiburones.
Y derramarás tu miedo en el mar,
Hasta que, a menos que
Algo
¿Alguien?
Haga por ti algo más que tapar la herida".

"¿De verdad le había besado? ¿O me había besado él a mí?
—¿Deanna? —Michael estaba plantado a mi lado, encendiendo un cigarrillo—. Llevas cinco minutos rellenando ese dispensador de servilletas.
Me estás poniendo nervioso.
—Perdona. —Dejé el dispensador en su sitio y limpié la mesa.
—Ya has limpiado esa mesa. Dos veces. ¿Te encuentras bien?
Quise decirle que no fuera tan amable conmigo o me echaría a llorar otra vez.
—No".

"Y si la chica de las olas llegara a conocerme, me diría lo siguiente:
En ocasiones el rescate llega sin más.
No hace falta que hagas nada.
Puede que lo merezcas, puede que no, pero llegará, y entonces, asegúrate de saber si vas a tomar la mano tendida y dejar que te arrastre a la orilla".




Sara Zarr

jueves, 6 de mayo de 2021

Citas: La caída - Albert Camus

x


 "Tiene usted suerte, no gruñó. Cuando se niega a servir, le basta un gruñido, y entonces ya nadie insiste".


"Una de las raras frases que oí de su boca proclamaba qué todo era cuestión de tomarlo o de dejarlo. ¿Qué era lo que había que tomar o dejar? Probablemente a nuestro propio amigo".

"Se lo confesaré: me atraen esas criaturas hechas de una sola pieza. Cuando, por oficio o por vocación, uno ha meditado mucho sobre el hombre, ocurre que se experimente nostalgia por los primates. Éstos no tienen pensamientos de segunda intención".

"¿Se quedará usted mucho tiempo en Ámsterdam? Hermosa ciudad, ¿no le parece? ¿Fascinante? He aquí un adjetivo que no oía desde hace mucho tiempo, desde que abandoné Paris, para ser más preciso, hace ya varios años. Pero el corazón tiene su memoria y yo no olvidé nada de nuestra hermosa capital ni de sus muelles. París es un verdadero espejismo, una soberbia decoración habitada por cuatro millones de siluetas".

"Yo vivo en el barrio judío. O, mejor dicho, en el que se llamaba así hasta el momento en que nuestros hermanos hitleristas despejaron el lugar. ¡Qué limpieza! Setenta y cinco mil judíos deportados o asesinados. Eso es lo que se llama limpieza por el vacío".

"De manera que ahora yo habito en el lugar de uno de los mayores crímenes de la historia. Acaso sea eso lo que me ayuda a comprender al gorila y su desconfianza. De esta manera, puedo luchar contra esa inclinación de mi naturaleza que me lleva irresistiblemente a la simpatía. Cuando veo una cara nueva, algo en mi interior da la alarma. "Cuidado. Peligro." Y aun cuando la simpatía venza, yo continúo siempre en guardia".

"Felizmente, disponemos de ginebra, la única luz en estas tinieblas".

"En cuanto a aquellos cuya función es amarnos, quiero decir nuestros padres, nuestros allegados (¡qué expresión!), la cosa es diferente. Ellos siempre tienen pronta la palabra necesaria, pero más bien es una palabra como una bala".

"Mire usted, me hablaron de un hombre cuyo amigo estaba preso, y él se acostaba todas las noches en el suelo para no gozar de una comodidad de que habían privado a aquel a quien él quería. ¿Quién, querido señor, quién se acostará en el suelo por nosotros? ¿Si yo mismo soy capaz de hacerlo?
Mire usted, quisiera ser capaz, seré capaz, sí, un día todos seremos capaces de hacerlo y entonces nos salvaremos. Pero no es fácil, pues la amistad es distraída o, por lo menos, impotente. Lo que ella quiere, no puede realizarlo. Acaso, después de todo, lo que ocurre es que no lo quiere suficientemente, ¿no es así? ¿Acaso no amemos suficientemente la vida? ¿Advirtió usted que sólo la muerte despierta nuestros sentimientos? ¡Cómo queremos a los amigos que acaban de abandonarnos!".

"Pero ¿sabe usted por qué somos siempre más justos y más generosos con los muertos? La razón es sencilla. Con ellos no tenemos obligación alguna. Nos dejan en libertad, podemos disponer de nuestro tiempo, rendir el homenaje entre un cocktail y una cita galante; en suma, a ratos perdidos. Si nos obligaran a algo, nos obligarían en la memoria, y lo cierto es que tenemos la memoria breve. No, en nuestros amigos, al que amamos es al muerto reciente, al muerto doloroso; es decir, nuestra emoción, o sea, ¡a nosotros mismos, en suma!".

"Una mujer que con demasiada frecuencia me acosaba en vano, tuvo la buena ocurrencia de morirse joven. ¡Qué lugar ocupó entonces de pronto en mi corazón! ¡Y cuando por añadidura se trata de suicidio! ¡Señor mío, qué delicioso trastorno! Suena el teléfono, el corazón desborda de emoción, las frases son voluntariamente breves, pero cargadas de sobrentendidos. Uno domina la pena y en todo esto hasta hay, sí, un poco de autoacusación".

"El hombre es así, querido señor. Tiene dos fases: no puede amar sin amarse".

"La vida se me hacía menos fácil: cuando el cuerpo está triste, el corazón languidece".

"Me parecía que iba olvidando en parte aquello que nunca habla aprendido y que, sin embargo, sabía hacer tan bien, quiero decir, vivir".

"Las amaba, según la ex-presión consagrada, lo cual es lo mismo que decir que nunca amé a ninguna".

"Unos gritan: "¡Ámame!"; los otros: "¡No me ames!" Pero cierta clase de hombres, la más desdichada, dice: "¡No me ames, pero permanéceme fiel!".




Albert Camus

miércoles, 5 de mayo de 2021

Citas: Elena sabe - Claudia Piñeiro

x

"Con varios vecinos. Aunque el banco abra recién a las diez, cuando su tren esté entrando en la estación y ella con el boleto en la mano se acerque al borde del andén para tomarlo, antes de eso, Elena sabe, ya va a encontrar jubilados haciendo la cola como si tuvieran miedo de que la plata alcanzara sólo para pagarle a los que primero llegan. Sólo podría evitar el frente del banco dando una vuelta manzana que su Parkinson no le perdonaría. Ése es el nombre".

"Rita murió una tarde en que amenazaba lluvia. En la repisa de su cuarto había un lobo marino de vidrio que se ponía rosa violáceo cuando la humedad ambiente se acercaba a la centena y entonces no quedaba otra alternativa más que el agua precipitada. Ese color tenía el día de su muerte".

"Discutían. Siempre, todas las tardes. De cualquier cosa. Lo importante no era el asunto sino esa elegida manera de comunicarse a través de la pelea, una pelea que disfrazaba otra disputa, la que se movía oculta y a su antojo dentro de ellas, y que excedía cualquier tema en cuestión. Discutían como si cada palabra lanzada fuera un látigo, primero pegaba una, luego la otra. Latigazo tras latigazo.
Quemaban el cuerpo de la rival con palabras, como si fueran cuero en movimiento".

"Elena metió todo ahí dentro. Todo menos la ropa; la ropa no pudo, conservaba su olor, el olor de su hija. La ropa siempre conserva el olor que tuvo en vida el muerto, Elena sabe, aunque se la lave mil veces con distintos jabones, un olor que no responde a un perfume determinado, ni a un desodorante, ni al jabón blanco con el que se la lavaba cuando todavía había quien la ensuciara. Un olor que no es el de la casa ni el de la familia porque la ropa de Elena no huele de la misma manera. Olor al muerto cuando estaba vivo. Olor a Rita".

"Sea lo que fuere, prefiere no saber, mucho menos leerlo en esas cartas, le tiene más miedo a las palabras que haya escrito Roberto en respuesta a las de su hija, que a lo que hayan hecho. Por eso no desanudó la cinta de raso, no dejó que el lazo y el moño se deshicieran y dejaran libres esos papeles llenos de palabras, apenas las tocó para ponerlas otra vez dentro de la caja de bombones que depositó en esa otra caja que le dio el vecino, junto con todo lo que quedó de su hija después de que el fuego se llevó lo que olía a ella".

"Alguien la saluda. Su cuello rígido que la obliga a caminar mirando el piso no le deja ver quién es. Esterno cleido mastoideo se llama el músculo que la obliga. El que tira de su cabeza para abajo. Esterno cleido mastoideo, le dijo el doctor Benegas, y Elena le pidió que se lo escribiera, en imprenta mayúscula, doctor, que si no, no le entiendo la letra, para nunca olvidarse, para saber el nombre del verdugo aunque lleve capucha e incluido en el rezo de su espera".

"Unos pasos más adelante las baldosas en damero negro y blanco le indican que está pasando frente a la casa de la partera. Rita no volvió a pisar la vereda de damero a partir del día en que se enteró de que en esa casa se hacían abortos. Abortera, no partera, mamá, ¿quién te lo dijo?, el Padre Juan, ¿y cómo sabe?, porque confiesa a todo el barrio, mamá, cómo no va a saber, ¿y no tiene que guardar secreto de confesión?, no me dijo quién se hizo un aborto, mamá, sino dónde, ¿y eso no entra dentro del secreto de confesión?, no, ¿quién te dijo que no?, el Padre Juan".

"Rita apareció colgada del campanario de la iglesia. Muerta. Una tarde de lluvia, y eso, la lluvia, Elena sabe, no es un detalle menor".

"No hubo campanas para anunciar esa misa, pero misa hubo. Si alguien hubiera prestado atención y además tuviera buena memoria, recordaría que en el silencio de la iglesia sólo se oía la lluvia cayendo sobre el patio de la parroquia. Pero nadie prestó atención a la lluvia de aquella tarde más que Elena. La memoria de los detalles, Elena sabe, es sólo para gente valiente, y ser cobarde o valiente no puede elegirse".

"Elena siempre fue de llorar poco, casi nada, pero desde que su cuerpo es de Ella, de esa puta enfermedad puta, ya ni siquiera es dueña de sus lágrimas. Aunque quiera no llorar, no puede, y llora, las lágrimas salen de su lagrimal y ruedan por su cara rígida como si tuvieran que regar un campo yermo. Sin que nadie les pida, sin que las llamen".

"Eligió el cajón de la madera más barata, no sólo porque no les sobraba el dinero sino para que se pudriera rápido. Elena nunca entendió por qué la gente elige cajones de maderas tan nobles que tardan en reventar bajo la tierra. Si tantos creen que de tierra somos ya la tierra volveremos, para qué retrasar la vuelta entonces. Eligen ataúd de madera noble para mostrado en el velorio, piensa, para qué otra cosa, si ni el cajón ni lo que lleva dentro están destinados a durar sino a pudrirse, a que los gusanos se encarguen de la madera y de ese cuerpo que ya no guarda lo que fue quien era, ese cuerpo que no pertenece a nadie, incompleto, como una bolsa vacía, una vaina sin semillas".

"Porque hasta bastante después, la enfermedad fue un secreto entre Rita, Elena y el doctor Benegas; Ella permaneció oculta como una amante. Si tenés la suerte de no temblar, le había dicho Rita, para qué andar contando, ¿para dar lástima?, si la gente no te ve temblar nadie va a decir Parkinson, mientras más tarden en ponerle nombre, mejor, mamá".

"Aunque llegar a Buenos Aires le lleve el día entero. Aunque se quede parada a mitad de camino cada vez que una pastilla deje de hacer efecto y entonces no quede otra alternativa que la espera, la suya, esa en que el tiempo se detiene, otra vez, para contar calles y estaciones, y reyes, y putas, y emperadores sin traje, al revés y al derecho, emperadores, putas, reyes, calles, estaciones.
Allá va, un pie delante del otro, a pesar de que ya nadie pueda devolverle al rey su corona, ni a su hija la vida, ni a ella su hija muerta".

"La Iglesia condena el suicidio tanto como condena cualquier asesinato, cualquier uso indebido del cuerpo que no es nuestro, lleve el nombre que lleve, suicidio, aborto, eutanasia. Parkinson, dice ella, pero él lo pasa por alto".

"Elena dio dos pasos y el Padre Juan estuvo a punto de cerrar la puerta pero antes dijo, ay, Elena, Elena, me olvido de que usted es una madre. Ella no lo mira pero se detiene y dice, ¿soy una madre, Padre?, ¿por qué lo duda?, ¿qué nombre tienen las mujeres a las que se les murió un hijo?, no soy viuda, no soy huérfana, ¿qué soy? Elena lo espera en silencio, frente a él pero de espaldas, y antes de que responda dice, mejor no me ponga un nombre, Padre, tal vez si usted o su iglesia encuentran una palabra para nombrarme, después se arroguen el derecho de decirme cómo tengo que ser, cómo tengo que vivir. O morir. Mejor no, dice y empieza a dar un paso. Madre, Elena, usted sigue siendo eso, usted siempre será eso. Amén, dice ella y se va sabiendo que no va a volver".

"Un hombre se acerca y dice, ¿necesita que la ayude, abuela?, abuela un carajo, piensa, pero no dice nada, lo mira y sigue, como si además fuera sorda. Sorda como sus pies cuando no responden. Sorda como quienes no quieren escuchar que aquella tarde llovía".

"Desde su posición horizontal levanta el pie derecho, unos centímetros apenas, lo baja, luego el izquierdo. Los dos responden, prueba otra vez, derecho arriba, luego abajo, izquierdo arriba, abajo, y otra, una vez más. Luego descansa, a pesar de que no puede levantarse de donde está sin que alguien le dé una mano sabe que está lista, que cuando el taxi llegue a destino sólo necesitará un punto de apoyo de donde tirar para incorporarse, una mano, una vara extendida, una soga, y otra vez podrá marchar, un pie delante del otro, un tiempo, entre pastilla y pastilla".

"A veces es más fácil gritar que llorar".






Claudia Piñeiro

martes, 4 de mayo de 2021

Citas: Antología poética - Alfonsina Storni

x

"EL rosal en su inquieto modo de florecer
va quemando la savia que alimenta su ser".

(La inquietud del rosal)

"Las palabras se secan como ríos
y los besos se secan como rosas,
pero por cada muerte siete vidas
buscan los labios demandando aurora".

(Lo inacabable)

"Mas… ¿lo que fué? ¡Jamás se recupera!
¡Y toda primavera que se esboza
es un cadáver más que adquiere vida
y es un capullo más que se deshoja!".

(Lo inacabable)

"Y es bajo el claro de la luna suave
cuando el poeta que medita sabe
las tristezas enormes de Pierrot.
Y cuando le asesina la agonía
de las nostalgias blancas de María
y las nostalgias rojas de Margot".

(Claror lunar)

"Yo llevo las manos brotadas de rosas,
Pero están libando tantas mariposas
Que cuando por secas se acaben mis rosas
Ay, me secaré".

(Este grave daño)

"Afuera, sol como no he visto
Sobre el mármol blanco de la escalinata.
Fijos en la verja siguieron mis ojos,
Fijos. Te esperaba".

(Sábado)

"Ay, que en los finos hilos de la malla,
Puede morir sin aire el corazón.
Dime al oído de palabras todas
La palabra mejor".

(Dime)

"MI casa está llena de mirtos,
La tuya está llena de rosas;
¿Has visto a mis blancas ventanas
Llegar tus palomas?".

(Tú y yo)

"Cuidando tu casa en silencio
Me encuentra despierta la aurora.
Cuidando en silencio tus plantas,
Podando tus rosas".

(Tú y yo)

"Mis miembros echan alas,
Voy a morir ahogada
Por luces y fragancias…
Es que en medio a la selva
Tu voz dulce me llama…".

(El llamado)

"Ay, tornaré bajo la fronda oscura
Silenciosa y temblante, con la testa
Desprovista de flores, y en la boca
El murciélago azul de la tristeza".

(Luna llena)

"OH, tú que me subyugas. ¿Por qué has llegado tarde?
¿Por qué has venido ahora cuando el alma no arde,
Cuando rosas no tengo para hacerte con ellas
Una alegre guirnalda salpicada de estrellas?".

(¡Oh, tú!)

"Para tus manos, esas que nunca amortajaron;
Para tus ojos, esos, los que nunca lloraron;
Para tus sueños, sueños como cisnes de oro;
Para que tus pupilas persiguieran mis rastros".

(¡Oh, tú!)

"Odio tus ojos largos.
Odio tus manos largas.
Odio tus catacumbas
Llenas de agua".

(Viaje finido)

"HAS hablado, has hablado y me he dormido,
Pero duermo y no duermo, porque siento
Que estoy bajo el supremo pensamiento".

(Subconciencia)

"Yo era la misma sombra, yo era menos, yo era
Una cosa durmiente que ni sueña ni espera".

(Fiero amor)

"Abrí los brazos: tuve la divina locura
De tocar con mis dedos las cosas de la altura.
Abrí los ojos: tuve la divina tristeza
De beber con los ojos la celeste belleza".

(Fiero amor)

"Ninguna moriría más ligero en tus garras,
Ninguna moriría más pronto en tus amarras.
Alumbra, sol naciente… Naturaleza, crece:
Sobre la vida oscura la muerte resplandece".

(Fiero amor)

"Y SABÍAS amar, y eras prudente,
Y era la primavera y eras bueno,
Y estaba el cielo azul, resplandeciente".

(¡Ayme!)

"Yo no sentía nada… En el vacío
Vagaba con el alma condenada
A mi dolor satánico y sombrío".

(¡Ayme!)

"… Toda palabra en ruego te fué poca,
Pero el dolor cerraba mis oídos…
Ah, estaba el alma como dura roca".

(¡Ayme!)

"Vuele mi empeño, mi esperanza vuele…
La vida mía debió ser horrible,
Debió ser una arteria incontenible
Y apenas es cicatriz que siempre duele".

(Frente al mar)

"Sólo el hombre, pequeño,
Cuyo humano latido
En la tierra, es un sueño,
¡Sólo el hombre hace ruido!".

(El silencio)

"Y yo no tendré miedo
De morenas ni rubias
Pues cerraré los ojos
Y te diré: —Soy tuya".

(Nada)

"Persigo lo perfecto
En mí y en los demás,
Persigo lo perfecto
Para poder amar".

(Queja)

"Me consumo en mi fuego,
¡Señor, piedad, piedad!
De amor me estoy muriendo,
¡Pero no puedo amar!".

(Queja)

"Es verdad que a morir, desde nacido,
Este buen corazón se va ensayando,
Pero, ensayos de un drama no aprendido,
Así vive, cayendo y levantando".

(El ensayo)

"Tienes un deseo: morir.
Y una esperanza: no morir".

(Retrato de un muchacho que se llamaba Sigfrido)

"«Nos hiere cada hora —queda escrito—,
nos mata la final».
Unos minutos menos… ¿quién te acusa?
Allá dirán".

(A Horacio Quiroga)





Alfonsina Storni

lunes, 3 de mayo de 2021

Citas: Ecce homo - Friedrich Nietzsche

x

"Quien sabe respirar el aire de mis escritos sabe que es un aire de alturas, un aire fuerte. Es preciso estar hecho para ese aire, de lo contrario se corre el no pequeño peligro de resfriarse en él. El hielo está cerca, la soledad es inmensa; ¡mas qué tranquilas yacen todas las cosas en la luz!, ¡con qué libertad se respira!, ¡cuántas cosas sentimos debajo de nosotros!".

"El error (el creer en el ideal) no es ceguera, el error es cobardía".

"Toda conquista, todo paso adelante en el conocimiento es consecuencia del coraje, de la dureza consigo mismo, de la limpieza consigo mismo".

"Mi padre murió a los treinta y seis años: era delicado, amable y enfermizo, como un ser destinado tan sólo a pasar de largo, más una bondadosa evocación de la vida que la vida misma. En el mismo año en que su vida se hundió, se hundió también la mía: en el año trigésimo sexto de mi existencia llegué al punto más bajo de mi vitalidad: aún vivía, pero no veía tres pasos delante de mí".

"Entonces —era el año 1879— renuncié a mi cátedra de Basilea, sobreviví durante el verano, parecido a una sombra, en St. Moritz, y el invierno siguiente, el invierno más pobre de sol de toda mi vida, lo pasé, siendo una sombra, en Naumburgo".

"Mi sangre circula lentamente. Nadie ha podido comprobar nunca fiebre en mí. Un médico que me trató largo tiempo como enfermo de los nervios acabó por decirme: «¡No! A los nervios de usted no les pasa nada, yo soy el único que está enfermo.»".

"El problema no es precisamente sencillo: es necesario haberlo vivido desde la fuerza y desde la debilidad".

"Cuando lo que se siente es desprecio, no se puede hacer la guerra; cuando lo que se hace es mandar, contemplar algo por debajo de sí, no hay que hacerla".

"Cuando las cosas salen mal, se pierde con demasiada facilidad la visión correcta de lo que se hizo: un remordimiento de conciencia me parece una especie de «mal de ojo» Respetar tanto más en nosotros algo que ha fallado porque ha fallado".

"Faltaba todo cuidado de sí un poco más delicado, toda protección procedente de un instinto que impartiese órdenes, era un equipararse a cualquiera, un «desinterés», un olvidar la distancia propia, algo que no me perdonaré jamás. Cuando me encontraba casi al final comencé a reflexionar, por el hecho de encontrarme así, sobre esta radical sinrazón de mi vida. el «idealismo». la enfermedad fue lo que me condujo a la razón".

"Yo mismo he dicho en otro lugar: ¿cuál ha sido hasta ahora la máxima objeción contra la existencia? Dios".

"Mi fórmula para expresar la grandeza en el hombre es amor fati [amor al destino]: el no-querer que nada sea distinto ni en el pasado ni en el futuro ni por toda la eternidad. No sólo soportar lo necesario, y aun menos disimularlo —todo idealismo es mendacidad frente a lo necesario— sino amarlo".

"Yo prometo una edad trágica: el arte supremo en el decir sí a la vida, la tragedia, volverá a nacer cuando la humanidad tenga detrás de sí la conciencia de las guerras más duras, pero más necesarias, sin sufrir por ello".

"Mi listeza es haber sido muchas cosas y en muchos lugares, para poder llegar a ser una única cosa".

"Y esto, en un instante en que pesa sobre mí una responsabilidad indecible, en un instante en que ninguna palabra puede ser suficientemente delicada, ninguna mirada suficientemente respetuosa conmigo. Pues yo llevo sobre mis espaldas el destino de la humanidad".




Friedrich Nietzsche

domingo, 2 de mayo de 2021

Citas: Virginia Woolf - Niel Nicolson

x


"Una tarde de verano mientras peinábamos las altas hierbas con nuestras redes sin atrapar nada, Virginia se detuvo de pronto, y apoyándose en su bastón de bambú como un salvaje descansaría sobre su azagaya, me preguntó: «¿Cómo es ser niño?».
Yo, sorprendido, repuse: «Bueno, Virginia, ya lo sabes. Tú también has sido niña. Yo no sé cómo es ser tú, porque nunca he sido mayor». Fue la única ocasión en que conseguí sacar lo mejor de ella, dialécticamente.
Creo que intentaba reunir información para el retrato de James en Al faro, que estaba escribiendo en aquel momento, puesto que James era más o menos de mi edad.
Me explicó que no le resultaba de gran utilidad rememorar su propia infancia porque las niñas no son como los niños. «Pero ¿de niña eras feliz?», pregunté".

"Como su madre, Julia fue una de las mujeres más bellas de su tiempo.
De joven posó para Watts, Burne-Jones y su tía la fotógrafa Julia Margaret Cameron, a quien debemos una imagen de Julia claramente prerrafaelita, a menudo de una contención trágica y, como Virginia, siempre bella pero nunca bonita. Lo que más llama la atención de estos retratos es la serenidad de la mirada, como si la vida fuera una constante prueba de carácter que ella superara triunfalmente, pero tal vez esta impresión responda a la inmovilidad que exigía la fotografía en sus comienzos: no se puede mantener una sonrisa más de un instante sin que parezca falsa".

"«Somos un fracaso —escribió Virginia a Emma Vaughan—. No podemos brillar en sociedad. No sé cómo se hace.
No somos populares. Nos sentamos en los rincones y parecemos mudas deseando un funeral»".

"En ocasiones, al escribir a Madgc Vaughan, su confidente literaria de entonces, experimentaba en términos torpes con una nueva visión de la literatura: «un mundo vago y de ensueño, sin amor, ni corazón, ni pasión, ni sexo… Pues aunque para ti son sueños y yo no puedo expresarlos de forma aceptable, todas estas cosas me resultan absolutamente reales». Podría haber estado definiendo Las olas".

"La diferencia con Cambridge estaba en la presencia de las dos chicas. En su círculo de la universidad no habían admitido a ninguna chica porque, aunque sabían que existían algunas instituciones femeninas en las afueras, consideraban a las universitarias igual que los monjes verían a las monjas, algo no disponible y por tanto no deseable. En consecuencia la mayoría de ellos eran homosexuales, pero no de forma irremediable. Ahora se enfrentaban a dos chicas que no solo los igualaban en inteligencia sino que, como recordaría Leonard, eran asombrosamente bellas. Más adelante Leonard escribió: «Para un joven resultaba casi imposible no enamorarse de ellas»".

"Vanessa, que acabaría convirtiéndose en la más reservada y solitaria de las hermanas, era por
entonces la más atrevida. «Sus maneras calmadas ocultan volcanes», escribió Virginia de su hermana, y a ella misma le dijo: «De todos nosotros, eres el ser humano más completo»".

"En abril de 1916, por ejemplo, Virginia le escribió: «No hay duda de que estoy perdidamente enamorada de ti. No paro de pensar en lo que estarás haciendo y tengo que dejarlo porque me da muchas ganas de besarte»".

"Virginia apenas opuso resistencia, le escribió a su esposo emotivas cartas de amor («Anoche me levanté y me vestí después de que te fuiste porque quería regresar contigo. Representas todo lo mejor y yo yazco aquí, pensando en ti.»)".

"Vita invitó a comer a Virginia con Clive y Desmond MacCarthy. Desde el punto de vista de Vita, la fiesta fue un gran éxito. Escribió a su padre: «Simplemente adoro a Virginia Woolf y tú también la adorarías. Te rendirías ante su encanto y personalidad. Es completamente natural. Viste de un modo bastante atroz. Pocas veces he quedado tan prendada de alguien». Las anotaciones en el diario de Virginia sobre Vita no eran tan halagadoras: «No es muy de mi gusto severo: recargada, bigotuda, con los colores de un periquito y toda la soltura de la aristocracia pero sin el genio del artista»".

"Intentaban tocar con la punta de los dedos lo que únicamente puede asirse con la mano entera, dejando tiempo y espacio para la retirada por si alguna de ellas se arrepentía. Les costó dos años de amistad alcanzar cierta intimidad y tres de intimidad admitir que se querían".

"En 1924 yo tenía siete años y mi hermano Ben nueve. Virginia pasaba a menudo un par de noches en Long Barn y nosotros esperábamos con ilusión sus visitas, sin saber qué le movía a venir. (Una mujer, que debió haber sido más sensata, me dijo en una ocasión: «Te das cuenta de que tu madre quiere a Virginia ¿no?», a lo que yo, inocentemente, repliqué: «Sí, pues claro que la quiere, todos la queremos»)".

"«Siempre me desmorono cuando tengo noticias tuyas. Dios mío, cuánto te quiero. Dices que no uso palabras cariñosas. No deja de parecerme un comentario curioso cuando me despierto con el alba persa y me digo: “Virginia, Virginia”»".

"Escribió a Vita:
Ayer por la mañana estaba desesperada… No conseguía sacarme ni una palabra; y al final dejé caer la cabeza entre las manos, hundí la pluma en la tinta y escribí las siguientes palabras, de manera casi automática, en una hoja en blanco: Orlando: una biografía. Tan pronto lo hice el éxtasis inundó mi cuerpo y mi cerebro se llenó de ideas. Escribí con rapidez hasta las doce… Pero escucha: supón que Orlando resulta ser Vita; y que todo trata sobre ti y los deseos de tu carne y el atractivo de tu mente (corazón no tienes, tú que vagabundeas por los caminos con Campbell)… ¿te importaría?".

"Años más tarde escribió a Edward Sackville-West: «Es el único de mis libros que a veces puedo leer con placer. No es que lo escribiera con placer, sino más bien en una especie de trance en el que supongo nunca más volveré a caer»".

"Según Leonard a Virginia le apasionaba viajar, aquella «mezcla de euforia y relajación» que le refrescaba la mente con vistas, ruidos y olores nuevos. Virginia toleraba las incomodidades y nunca se impacientaba. Lo importante era el viaje, no el destino, cuanto más despacio fueran, mejor".

"Su afecto por Vita se resumía en una frase: «No puedo negar que en mi corazón arde un rescoldo moribundo por ti»".

"Quería que la gente sacara lo mejor de sí en su presencia: los posaderos tenían que ser hospitalarios, los intelectuales entretenidos, los niños vivos. Solía aprovechar nuestros silencios. Un día, mientras lanzábamos trocitos de pan a los patos, nos preguntó: «¿Cómo describiríais el ruido del pan al caer en el agua?». «¿Chai?», sugerimos. «No».
«¿Chof?». «No, no». «¿Cómo, entonces?». «Umf», dijo ella. «¡Pero esa palabra no existe!». «Ahora sí»".

"Una vez fuimos solos a Londres en tren. Mientras salíamos de la estación local, me susurró:
—¿Ves a aquel hombre del rincón?
—Sí.
—Es un conductor de autobuses de Leeds. Ha pasado las vacaciones con su tío, que tiene una granja cerca de aquí.
—Pero, Virginia, ¿cómo es posible que sepas todo eso? Nunca le habías visto.
—Desde luego que no.
Y luego, durante la media hora que duró el viaje, me explicó la historia de la vida de ese hombre que permaneció chupando su pipa, completamente ajeno al hecho de que ahora pertenecía a la historia de la literatura del siglo XX".

"Ahora que un acontecimiento tan terrible, tan profundamente personal, las había acercado de nuevo, Virginia encontró no solamente palabras de consuelo que pronto se habrían agotado, sino una actitud, a menudo expresada en silencio, y luego, cuando el dolor fue amainando, expresada por recuerdos y bromas compartidos que Vanessa no aceptaría de nadie más y, menos que nadie, del padre de Julian, Clive. Años más tarde, muerta ya Virginia, Vanessa le escribió a mi madre: «Recuerdo aquellos días después de enterarme de la muerte de Julian, yacía en un estado de irrealidad y oía la voz de Virginia que no callaba nunca, haciendo que la vida siguiera adelante porque de otro modo se habría detenido»".

"«Nunca llegas a escapar de la guerra. Hay muy pocos autobuses. El metro está cerrado. No hay niños. No se pierde el tiempo. Todo el mundo va con máscara antigás. Todo es tenso y siniestro. La noche es tan frondosa y lúgubre que una espera encontrarse un tejón o un zorro rondando por las calles. Es un regreso a la Edad Media con todo el espacio y el silencio del campo instalado en este bosque de casas negras»".

"El 25 de enero de 1941 Virginia Woolf cumplió cincuenta y nueve años. No padecía los achaques propios de edades avanzadas, como la sordera o la pérdida de memoria, y aunque comentó a diversas personas que habían empezado a temblarle las manos, no hay muestras de ello en sus manuscritos, que escribió con letra elegante y clara hasta el final. Sus cartas eran animadas, y las escritas a Vita, especialmente afectuosas, como si buscara un renacimiento de su amor: «Cómo anhelo oír de tus labios lo que te ha estado preocupando, porque nunca te zafarás de mí ¡no!». «Cuánto dependo de ti y me molestaría cualquier palabra que te hiriera o preocupara». Una vez más: «Qué puede una decir, salvo que te quiero y he tenido que pasar esta extraña tarde silenciosa sentada a solas y pensando en ti»".

"Su diario ofrece algunas pistas más sombrías. El 26 de enero escribió que estaba «en un pozo de desesperación» que, sin embargo, pareció durar poco; y el 8 de marzo se refirió a su «desaliento» pero escribió: «Superaré este estado de ánimo y retornaré con vivos colores». Varios factores contribuyeron a su depresión".

"Me has dado la mayor de las felicidades posibles.
Has sido en todos los sentidos todo lo que se puede ser. No creo que haya habido dos personas más felices hasta que me sobrevino esta terrible enfermedad. Ya no puedo luchar contra ella, sé que estoy arruinando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y sé que lo harás. Ya ves que ni siquiera puedo escribir esto como es debido. No puedo leer. Lo que quiero decir es que toda la felicidad de mi vida te la debo a ti".

"Has sido infinitamente paciente e increíblemente bueno conmigo.
Quiero decir que… todo el mundo lo sabe. Si alguien hubiera podido salvarme habrías sido tú. Lo he perdido todo menos la certeza de tu bondad. No puedo seguir arruinándote la vida por más tiempo.
No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que hemos sido nosotros".

"Concluidas las investigaciones, fue incinerada en Brighton con Leonard como único testigo y sus cenizas se enterraron en el jardín de Rodmell, con las últimas palabras de Las olas como epitafio:
Contra ti me alzaré invicta e implacable, oh muerte".




Niel Nicolson

sábado, 1 de mayo de 2021

Citas: Los amigos - Kazumi Yumoto


x
  

"—¡Kiyama!
Genial, el profesor había dicho mi nombre. Me levanté tan despacio como pude.

—¿La respuesta?
—Eeeh…
—«Eeeh» no es correcto".

"Entramos en la escuela en silencio. Quise decirle algunas palabras de consuelo, pero no me venía nada a la mente.
—¡Eh, gordinflón! ¿Es verdad que tu abuela estiró la pata?".

"—Esa noche tuve un sueño —siguió Yamashita. Luego se quedó en silencio.
—¿Una pesadilla?
—Mmm… ¿Sabéis ese tigre grande de peluche que tengo?
—Sí.
—Cuando era pequeño solía hacer combates de lucha libre con él. Me encantaba.
Estuve a punto de decir «seguro que lo sigues haciendo», aunque preferí callarme.
Yamashita continuó:
—Soñé que estaba luchando con el tigre. Pero, de repente, dejaba de ser mi tigre de peluche y se convertía en… en el cadáver de mi abuela.
—¡Ja, ja, ja! —Kawabe no pudo contenerse y empezó a reírse a carcajadas.
Yamashita lo miró fijamente, pero siguió hablando sin alterarse:
—Yo jugaba con el cuerpo muerto de mi abuela, como si fuera un peluche inanimado. Le daba patadas y no reaccionaba; estaba blando. No decía nada ni profería ningún sonido. Era una «cosa». Una cosa…
—¿Una cosa?
Yamashita asintió.
—Sí, una cosa. Daba miedo…".

"—¿Qué pasará después de morir? ¿Será el final? O quizá…
—Fantasmas —dijo Yamashita con expresión seria—. Siempre había pensado que eran ligeros como el aire, pero ahora…
—¿Pero ahora?
—Sé que son pesados. Estoy seguro. Pesados como sacos de arena.
Si los muertos sólo eran cosas, como decía Yamashita, los fantasmas también debían de serlo. Materiales, no como los espíritus o las almas, sino cosas que uno puede pesar, como la sal, una grabadora o un libro. No se me ocurre nada peor que encontrarme con un fantasma en la báscula de casa.
—Tengo miedo, mucho miedo —aseguró Yamashita en voz alta, y dio una patada al
suelo con la punta de la zapatilla.
Kawabe pegó un salto y se puso de pie en el banco. La mujer que estaba sentada en el otro extremo abrazó el bolso con las dos manos y se echó hacia atrás. Riéndose como un loco, Kawabe gritó:
—¡Soy inmortal!".

"Un día, Kawabe vino a la escuela con gafas nuevas y nos citó después de las clases en el aparcamiento del edificio donde vivía.
—¿Qué pasa? —le pregunté.
Kawabe parecía muy nervioso. Me dio mala espina.
—¿Conocéis la escuela de caligrafía que está en la esquina de la parada de autobús?
—¿Te refieres a la que está al lado de los apartamentos Negishi? —Se lo pregunté porque por allí había muchas casas viejas de alquiler y un solar enano lleno de cabañas de madera medio abandonadas.
—Dos casas más allá de la escuela, vive un anciano solo en una cabaña.
—Y…
Kawabe nos miró a los dos, expectante. Yamashita, que parecía tan intranquilo como yo, no abrió la boca.
—¿Y qué? —repetí.
—¿Cómo que «y qué»? Ayer oí a mi madre hablar con la vecina. Le dijo que el viejo se morirá pronto.
No tenía ni idea de qué quería decir Kawabe con aquello.
—Kiyama, nunca has visto a un muerto, ¿verdad?
—Verdad.
—Yo tampoco.
—¿Y eso qué tiene que ver con el viejo?
—Está claro. —A Kawabe le brillaban los ojos; me daba miedo—. ¿Qué creéis que pasará si el hombre muere allí solo?
—¿Que qué pasará? ¿Si muere solo?
Me pregunté qué pasaría. Solo, sin amigos, sin familia. Si pronunciara unas últimas palabras y nadie estuviera allí para escucharlas, ¿flotarían en el aire hasta desvanecerse?
¿Desaparecerían como si no hubiera dicho nada, como si nunca hubiera hablado? Algo como «no quiero morir», «me duele», «tengo miedo» o «he sido muy feliz».
—¡Podremos ver cómo muere! —exclamó Kawabe.
—¿Qué?
—Cuando se muera, no lo hará solo. Estaremos allí.
—¿Quiénes?
—Nosotros. Está decidido.
—¿Yo? ¡Ni de coña! Me voy a casa —interrumpió Yamashita.
Kawabe le agarró rápidamente por el cuello de la camisa y no dejó que se moviera.
—¡No puedes irte! Eres el único que ha visto a un muerto.
—Escucha, vamos a espiar a ese viejo entre los tres. Tú eres el único que puede
decirnos cuándo se va a morir.
El pobre Yamashita parecía estar al borde del llanto. «Kawabe es un tipo extraño», pensé. —Pero ¿qué dices? —exclamé disgustado—. Los buitres sobrevuelan a otros animales cuando están a punto de morir para luego comérselos. Qué eres tú, ¿un buitre? Das asco".

"—Sólo pienso en gente muerta —continuó Kawabe—, en mi propia muerte, en qué pasa cuando uno se muere. En mi cabeza, sé que todo el mundo muere, pero de verdad, de verdad, no me lo creo.
—Yo tampoco —exclamamos Yamashita y yo al mismo tiempo.
—¿Veis? —Kawabe pareció recobrar la energía—. Y cuando le dais vueltas en vuestra
cabeza a algo que os parece increíble, ¿no os sentís extraños, raros, a disgusto?
—Supongo que sí —contesté.
—Bueno, pues yo no lo aguanto más. El profesor nos explicó el otro día que el ser humano progresa porque tiene ansias de saber. Pues me he dado cuenta de que, ahora que tengo doce años, eso mismo me pasa a mí. Cuando cruzaba ayer la vía del tren, me paseé un rato por una de las vías.
Yamashita tragó saliva.
—Oí un tren, a lo lejos. Venía hacia mí. Pensé: «Si me caigo ahora, el tren me arrollará y moriré». Y empecé a tener la sensación de que me iba a caer.
En mi mente oí el agudo pitido del tren avisando del peligro.
—Pero me acordé de vosotros. Aunque descubriera qué ocurre cuando uno se muere, ¿cómo podría contároslo si ya estuviera muerto? —Kawabe soltó de nuevo aquellas risitas extrañas—. Cuando me alejé de las vías, me di cuenta de que me había hecho pis.
Miré a Kawabe con respeto. Aunque era un tío raro, era más valiente que yo. Si de verdad quieres conocer la verdad de las cosas, tienes que arriesgarte, da igual que tengas miedo".

"—Vale —dije.
—¿Qué vale? —preguntó Yamashita, nervioso.
Evité sus ojos acusadores y seguí hablando:
—Pero con una condición: no molestaremos al viejo.
—¡No! —gritó Yamashita.
—¡Claro que sí! —exclamó Kawabe, exultante, y se puso a bailar de felicidad delante de nosotros".

"—Sigue vivo —dijo Kawabe de puntillas, apoyado en el muro cubierto de musgo que rodeaba la casa.
Me agaché para que no me viera.
—Kawabe, espiar a alguien no es cosa de un día. Hay que tener paciencia, ¿te enteras?".

"Siempre van juntos. Uno es alto y delgado, y el otro, bajo y gordo. Parecen una pareja cómica. Tienen vello por todo el cuerpo, melenas enmarañadas de animal y sus ojos brillan en la oscuridad".

"—Debe de ser genial poder ver la televisión todo el tiempo que quieras. A mí sólo me dejan verla una hora y media al día —murmuró Yamashita, agachado y pegado al muro—. Aunque si sólo haces eso, quizá sea un poco aburrido.
—Ya, tienes razón —dije.
—A mí me gustaría jugar también con la Play.
—¡Yamashita!
—¿Qué?
—¡Por eso estás hecho un gordinflón! —le solté.
—¿Insinúas que debo hacer más deporte?
—No. Insinúo que lo tuyo es la ley del mínimo esfuerzo".

"Kawabe seguía con los ojos fijos en la casa. Nunca se acuclilla, como Yamashita y yo.
—A lo mejor el viejo ya está muerto. No sé, siempre lo vemos delante de la tele, sin moverse. ¿Y si se ha muerto ya y pensamos que sigue vivo?".

"—¡Kiyama!
Al darme la vuelta, vi en los ojos de Kawabe ese brillo especial que significaba «peligro».
—Tienes las gafas torcidas —comenté, y Kawabe se las colocó bien. Pero en sus ojos siguió aquel brillo.
—Vamos a comprobarlo.
—Espera, espera —protesté.
—Está muerto. Te digo que está muerto. ¡Seguro!
—¿Y qué hacemos si está vivo?
—¿Y si está muerto? ¿Vamos a dejarlo ahí viendo la tele eternamente?".

"En ese momento se oyó el traqueteo del cristal y la ventana se descorrió unos dos palmos. Nos quedamos sin respiración, mirando fijamente. La flaca mano del viejo, con la piel llena de manchas, apareció temblorosa. Parecía la mano de un zombi saliendo de su tumba.
—¿Qué hacemos? ¡Se está muriendo! —gritó Yamashita, mirando la ventana de puntillas.
—¿Qué quieres decir con «qué hacemos»? —espeté.
—¿Qué hacemos? ¿Qué hacemos?
El cuerpo de Kawabe se puso rígido. Tenía los ojos como platos. Un sonido extraño, una especie de rugido sordo, comenzó a salir de su garganta.
—¡Kawabe! —grité.
Yo no sabía adónde mirar, si a la vieja mano de zombi o a Kawabe, que parecía ir a echar espuma por la boca en cualquier momento. Y no hacía más que girar la cabeza de un lado a otro como una gallina.
Pero, de repente, la mano dejó de temblar. Y los dedos índice y corazón formaron una V, la señal de la victoria. Iba por nosotros.
—¡Estúpido viejo! ¿Crees que puedes burlarte de nosotros? —Parecía que a Kawabe le fuera a salir vapor por las orejas de pura rabia.
—¡Se está burlando de nosotros! —salté, también furioso. ¡Y yo que me había preocupado por él!
—No sé, creo que simplemente está jugando —dijo Yamashita. Aunque daba la impresión de estar molesto, también aparentaba estar a punto de reírse a carcajadas.
—¡Cállate! —gritó Kawabe sin ponerse bien las gafas, que reposaban sobre la punta de la nariz—. Esto ha sido una declaración de guerra. —Y se giró bruscamente—. Nunca dejaré de espiarlo, ¿me oís? Me da igual lo que vosotros hagáis, seguiré espiándolo yo solo hasta el final.
—Vale, estoy contigo —secundé—. Si eso es lo que el viejo quiere, lo tendrá.
Ya no sentía culpa alguna, se había desvanecido por completo. Si el viejo quería guerra, la iba a tener.
—Es un viejo valiente —exclamó Yamashita.
Era verdad. Pensé que, aunque intentáramos matarlo, no moriría; aquel viejo era inmortal".

"—¿Te has cortado alguna vez? —le pregunté.
—¡Claro! —respondió, como si aquello no tuviera ninguna importancia—. Si tienes miedo de manejar un cuchillo, nunca aprenderás a hacerlo.
—Ése es un buen consejo —afirmó el viejo".

"—¿Sabéis qué significado tiene la flor? —dijo Yamashita.
—No.
—Doncella algo…
—¿A qué te refieres con «doncella algo»?
—Lo pone en la parte de atrás del paquete: doncella algo".

"Un tío mío me dijo hace mucho, mucho tiempo que morirse es dejar de respirar. En aquel entonces, le creí. Pero ahora sé que no es verdad. Vivir es algo más que respirar. Y morir tiene que ser algo más que dejar de respirar, supongo".

"—¿Ha estado casado alguna vez? —preguntó Kawabe.
—Sí —respondió el viejo. Parecía que hablase de otra persona.
—¿Y qué pasó? ¿Murió?
—No.
—¿Se separaron?
—Podría decirse que sí.
—¿Por qué?
—Lo he olvidado.
—¿Le gustaría volver a casarse?
—No.
—¿Por qué?
—No sé —dijo el viejo sin mucho interés.
—¿Cómo se llamaba?
—Lo he olvidado.
—¿Tiene hijos?
—No.
—¡Qué raro!
—¿El qué?
—Mi padre se ha casado dos veces y ha tenido hijos con las dos.
—¿Y qué? Está bien, cada uno es de una manera —respondió el viejo, tranquilo.
—¡A mí no me parece nada bien! —exclamó Kawabe, y luego se quedó en silencio, pensativo—. A lo mejor, si usted hubiera tenido hijos, mi padre no se hubiera vuelto a casar. —¡Eso no tiene sentido!
—¿Por qué?
—¿Por qué piensas que, de haber tenido yo hijos, tu padre no se habría vuelto a casar? —Las cosas a veces están conectadas de forma misteriosa —explicó Kawabe.
—No te entiendo, hijo.
—Yo tampoco pillo lo que digo —dijo Kawabe, enfadado—. No entiendo nada".

"—¡Afortunado! ¡Has besado a la señorita Kondo! —exclamó Kawabe, arqueando las cejas. Yamashita dio un respingo. La señorita Kondo es muy guapa: pestañas largas, ojos grandes y claros, una boca preciosa… Parece una estrella de televisión.
—¡Suertudo! —asentí.
—¿Te gustó? —preguntó Kawabe.
—Y yo qué sé… Estaba inconsciente, ¿o es que no lo recordáis?
—No te preguntaba por eso, idiota. —Kawabe pegó su cara a la de Yamashita—. Te preguntaba qué tal fue estar inconsciente. Has estado a punto de morirte, ¿sabes?".

"Cuando volvíamos a casa, mi padre me preguntó:
—¿Qué quieres ser cuando seas mayor?
Me quedé sin saber qué decir. Era la primera vez que me preguntaba algo así.
—No lo sé —contesté tras pensarlo—. Quizá no sea un trabajo… Me gusta mucho escribir.
—¿Escritor? —Parecía sorprendido—. ¿Novelista?
—No sé si podría escribir una novela —dije mientras sentía que las orejas me ardían—, pero sé que me gusta escribir. Aunque sólo sean cosas que no quiero olvidar y que quiero que los demás conozcan. —Mi padre me escuchaba sin decir nada—. Hay muchas cosas que no quiero olvidar nunca. Algún día escribiré también sobre ti.
«Y sobre este verano», pensé.
—Es una idea excelente —susurró mi padre, y miró al cielo.
Orión brillaba en el firmamento. El invierno había llegado".



Kazumi Yumoto