viernes, 16 de octubre de 2020

Citas: Lenore - Roman Dirge

"Mago: Ahora nos enfretaremos a... LA CAJA DE LA MUERTE.
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Lenore: ¿La caja de qué?
Mago: LA CAJA DE LA MUERTE".

"Busqué más placer. 
Los muñecos de Voodoo no funcionaron, tampoco el hijo del vecino.
Así que terminé en las drogas y no estoy seguro de por qué, pero recuerdo lamer una tostadora... que no era mía. Todavía ando de forma graciosa".

"Una vez un niño pequeño me preguntó por qué las personas no podían ser mejores y quererse los unos a los otros.
Reflexioné un momento y luego, por supuesto, me comí al niño.
Era muy fuerte y desde luego NO sabía a pollo.
Aunque tenía un poco de pollo Moo-shoo que había dejado toda la noche en el coche. Se suponía que tenía que haber algo de moral en algún lugar de la humanidad y en cómo nos desarrollamos en la sociedad de la autosatisfacción, pero, a lo mejor debería ser:
"no hables con extraños". Si eso hubiera tenido más efecto sobre ese niño, seguría vivo hoy. 
Y yo no tenría que explicar el mal olor que viene de debajos de mi casa. Quiero decir, sólo fue un incoveniente para mí.
Es triste".

"¿Quieres escuchar otro cuento, Lenore? Es sobre ti, eso es, volvamos hacia atrás; era un tiempo diferente, y tú eras una persona diferente. Una chica genial pero te pusiste muy enferma, y entonces dejaste de estar enferma para siempre.
Nunca volviste a ser... um... la misma".

"Tu familia no te volvió a entender. Parecía que nisiquiera sabían quién eras, y te evitaban. ¿Te acuerdas? Sí, te acuerdas. Pero los recuerdos cesaron... como la lluvia. Era el momento de empezar una nueva vida... um... muerte".

"Un día apareció una hada mágica y le prometió que terminaría con todas las cosas que temía.
—Un deseo...
—"Cúrame", lloró el hombre torcido, y la vida será el cielo. Endereza mi torcida espalda y estaré bien.
—Puedo concederte ese deseo, pero hay un precio que pagar.
—Por favor, rápido, imploró el hombre torcido, no quiero esperar más.
Entonces, con un movimiento de su mano, hubo un mágico "crack" y la espalda del hombre torcido se puso recta y por unos pocos segundos fue el hombre más feliz del mundo... pero el precio del milagro no era tan divino, porque en el proceso se había roto la columna. 
5 breves segundos de su vida erecto antes de que el hombre torcido muriese".

"—Algo falla. Tu sangre deberia haberme vuelto a la normalidad pero había algo raro en tu sangre.
—¡He sido embalsamada!
—¡AHora estaré condenado a esta forma por la eternidad! ¡¿Qué haré?! ¡Yo! Uno de los más salvajes asesinos que ha conocido el mundo!
Luego:
—¿Más té, Sr. Muffinman?
—Sí".

"—¡Lenore! ¡Ayudame! ¡Usa tu viejo cuchillo!
—Noo, no quiero.
—Pero... ¡Te gustaba ese cuchillo!
—Siii... pero niñas aterradoras con cuchillos se ha vuelto un "cliché" demasiado habitual. Ahora las veo hasta en camisetas".





Roman Dirge

domingo, 11 de octubre de 2020

Citas: Las cuatro estaciones II: Otoño e Invierno - Stephen King

El Otoño  de la inocencia

El Cuerpo:
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"Las cosas más importantes son siempre las más difíciles de contar".

"Todo aquello que consideramos más importante está siempre demasiado cerca de nuestros sentimientos y deseos más recónditos, como marcas hacia un tesoro que los enemigos ansiaran robarnos. Y a veces hacemos revelaciones de este tipo y nos encontramos solo con la mirada extrañada de la gente que no entiende en absoluto lo que hemos contado, ni por qué nos puede parecer tan importante como para que casi se nos quiebre la voz al contarlo. Creo que eso es precisamente lo peor. Que el secreto lo siga siendo, no por falta de un narrador, sino por falta de un oyente comprensivo".

"—Vete a la mierda —dijo Vern.
—Estoy muy cerca de ella —le contestó Teddy sagazmente".

"Lloré cuando me lo dijeron y también lloré en el funeral y no podía creer que Dennis hubiera muerto, que alguien que solía darme cachetes o asustarme con una araña de goma hasta hacerme llorar, y darme un beso cuando me caía y me raspaba las rodillas y sangraba y decirme al oído «Vamos, deja ya de llorar, niño»…, que aquella persona que me había tocado, pudiera haber muerto… y mis padres parecían absolutamente vacíos. Para mí, Dennis había sido poco más que un conocido. Me llevaba diez años, comprendes, y tenía sus propios amigos y compañeros de clase. Claro que comimos en la misma mesa durante muchos años y que a veces fue mi amigo y a veces mi torturador, pero la mayor parte del tiempo fue, bueno, simplemente un individuo".

"Vern Tessio dijo entonces:
—Bueno, ¿queréis o no queréis ver un cadáver?
Todos quedamos paralizados".

"Tal vez el amor sea tan divino como dicen los poetas, piensa Chico, pero el sexo es Bozo del Payaso saltando".

"La verdad siempre la identificas, porque cuando te hieres a ti mismo o a algún otro con ella, siempre brota la sangre".

"—Anda, Gordie —dijo Chris—. Te esperamos junto a la vía.
—Más valdrá que no os vayáis sin mí —dije.
Vern se echó a reír.
—¡Cómo íbamos a dejar sola a la más guapa, Gordie!
—Anda, cierra el pico.
Todos cantaron entonces a coro:
—No cierro el pico, ni me achico; pero si te miro, vomito.
—¡Y luego llega vuestra mami amada, a limpiar con la lengua la vomitada! —dije, y salí pitando, alzando hacia ellos por encima del hombro el dedo corazón.
No he vuelto a tener amigos como aquellos que tenía a los doce años, de veras. ¿Y tú?".

"Una misma palabra evoca cosas distintas a cada individuo. Si yo digo, por ejemplo, verano, la palabra te sugerirá una serie de imágenes distintas a las que la misma palabra provoca en mí".

"Chris dijo con calma:
—Hablar es fácil.
Teddy asintió, aún con la vista baja.
—¿Y qué me dices de lo que hay entre tú y tu padre? Las palabras no pueden cambiarlo".

"El acto mismo de escribir es algo que se hace en secreto, como la masturbación…".

"—Los valientes primero".

"Tenía en la punta de la lengua lo de la cervatilla, pero al fin decidí no contárselo. Es algo que me guardé solo para mí. Nunca lo he contado, ni siquiera escrito, hasta este momento, hasta hoy. Y he de deciros que una vez escrito desmerece, parece algo casi insignificante. Para mí fue lo mejor de todo el viaje, la parte más limpia;y es algo a lo que vuelvo sin poder evitarlo cuando tengo algún problema: mi primer día entre la maleza en Vietnam y el tipo que salió al claro en que estábamos, con la mano cubriéndose la nariz y cuando retiró la mano no tenía nariz debajo porque se la habían arrancado de un tiro; y cuando el médico nos dijo que nuestro hijo menor podría ser hidrocefálico (aunque, gracias a Dios, resultó ser solo un poco cabezón); y las largas semanas de locura que precedieron a la muerte de mi madre. Me sorprendía de pronto volviendo a aquella mañana, viendo de nuevo sus suaves orejas y el blanco destello de su rabo. Pero qué importan ochocientos millones de chinos rojos, ¿verdad? Las cosas más importantes son las más difíciles de explicar, porque, de alguna forma, las palabras las minimizan, las degradan. Es muy difícil conseguir que los extraños se interesen por las cosas agradables e importantes de nuestra vida".

"Vern salió a la superficie y nos miró asombrado.
—¿Qué diablos pasa con…?
—¡Sanguijuelas! —gritó Teddy, arrancándose dos de los muslos temblones y lanzándolas lo más lejos
posible—. Malditas cabronas —se le quebró la voz en un chillido en la última palabra.
— ¡DiosmíoDiosmíoDiosmíoDiosmío! —gritaba Vern. Chapoteó cruzando la charca y salió del agua tambaleante.
Aún estaba helado. Había cesado el calor del día. Yo no hacía más que decirme que tenía que controlarme. Que no podía ponerme a gritar. Que no podía ser un cobarde. Me quité una media docena de los brazos y algunas más del pecho.
Chris se colocó de espaldas a mí y me dijo:
—¿Gordie? ¿Tengo alguna más por detrás? ¡Quítamelas si me queda alguna, por favor, Gordie!
Tenía más en la espalda, sí. Unas cuatro o cinco, que semejaban una especie de grotescos botones negros.
Desprendí de la espalda de Chris sus blandos y suaves cuerpos.
Me quité aún más de las piernas y luego Chris me quitó a mí las que tenía en la espalda.
Estaba empezando a tranquilizarme un poco en el preciso instante en que bajé la vista y vi al abuelito de todas ellas pegado a mis testículos, su cuerpo cuatro veces el tamaño normal. Su piel gris negruzca había adquirido un tono rojo púrpura. Y entonces empecé a perder el control. No exteriormente, gran escala, sino interiormente, que es lo grave.
Rocé su cuerpo terso y pegajoso con el dorso de la mano. Siguió fijo. Intenté repetirlo y no pude obligarme a tocarlo.
Me volví hacia Chris, intenté explicárselo, no pude. Le hice un gesto, señalando para que viera. Sus mejillas, ya intensamente pálidas, palidecieron aún más.
—No puedo quitármela —dije, con labios entumecidos—. Po… podrías…tú…
Pero retrocedió moviendo la cabeza; le temblaban los labios.
—No puedo, Gordie —dijo, sin poder apartar la vista del bicho—. Lo siento de verdad, pero no puedo. No. Oh. No.
Se volvió, se dobló apretándose el vientre con una mano como el mayordomo de una comedia musical, y vomitó sobre unas matas de enebro".

"Las cosas más importantes son siempre las más difíciles de expresar…".

"—¿Por qué te desmayaste, Gordie? —preguntó Vern con avidez.
—Cometí el terrible error de mirarte a la cara —dije".

"—¡Oh, Dios mío! —gritó Vern, en tono medroso y fuerte—. ¡Oh, Dios mío bendito, mirad eso!
Miré en la dirección que indicaba Vern y vi una bola de fuego rodando por el raíl de la izquierda de las vías, avanzando a gran velocidad y silbando exactamente como un gato escaldado.
Nos pasó a toda pastilla cuando nos volvíamos para mirarla, absolutamente pasmados, conscientes por primera vez de que tales cosas podían existir realmente".

"Chris emitió un sonido que no llegaba siquiera a ser una imprecación, que era solo una larga sílaba monótona sin sentido alguno; un suspiro que, por casualidad, había pasado por sus cuerdas vocales".

"Luego, la tormenta arreció de golpe, como si alguien hubiera tirado de la cadena en el cielo. El sonido cuchicheante de la lluvia se convirtió en el de una discusión violenta. Era como si nos censuraran por nuestro descubrimiento, lo cual resultaba aterrador. Nadie te habla de la falacia patética hasta que llegas a la universidad… e incluso entonces advertí que solo los muy sabihondos creían de verdad que era una falacia".

"Tenía el pelo rojo oscuro. La humedad ambiental le había rizado levemente las puntas. Tenía sangre en la cabeza, pero no mucha. Eran peor las hormigas. Llevaba una camisa verde oscuro y pantalones vaqueros. Estaba descalzo; a poca distancia del cadáver, entre unos zarzales, vi un par de astrosas zapatillas. Permanecí un momento confuso. ¿Por qué estaba él aquí y allá su calzado? Luego comprendí; y tal comprensión fue como un golpe bajo. Mi esposa, mis hijos, mis amigos, todos creen que el tener una imaginación como la mía ha de ser muy agradable; aparte de darme tanta pasta, me permite pasarme una película mental cuando me aburro… Tienen razón en parte; pero de vez en cuando se vuelve y te ataca con esos largos dientes, esos dientes afilados como los de un caníbal.Y ves cosas que preferirías no ver, cosas que te mantienen en vela hasta el alba. En aquel instante del que hablo vi una de esas cosas; y la vi con absoluta certeza, con claridad absoluta: al darle, el tren le
había lanzado fuera de sus zapatillas, exactamente igual que había arrancado la vida de su cuerpo".

"El chico estaba muerto. El chico no estaba enfermo; el chico no estaba dormido. El chico ya no se levantaría nunca por la mañana, ni se pondría malo por comer demasiadas manzanas verdes ni le saldría sarpullido del zumaque venenoso ni gastaría del todo la goma del extremo de su lápiz durante un examen difícil de matemáticas. El chico estaba muerto; muerto del todo".

"Me di la vuelta, seguro de que iba a vomitar, pero tenía el estómago vacío, tranquilo, en calma. Me metí los dedos en la garganta para provocarme el vómito, pues lo necesitaba; era como si pudiera devolverlo todo y liberarme. Mi estómago respondió solo con un leve movimiento; y quedó de nuevo en calma".

"—¿Qué dices tú, Gordie? —me preguntó Ace. Sujetaba a Charlie del brazo igual que un buen amaestrador sujetaría a un perro arisco—. Tendrás al menos algo de la sensatez de tu hermano.
Diles que se vuelvan. Dejaré que Charlie muela a palos al cuatroojos y luego nos ocuparemos de nuestro asunto.
¿Qué dices?
Se equivocó al mencionar a Denny.
Yo estaba dispuesto a razonar con él, a indicarle lo que ya sabía perfectamente, que puesto que Billy y Charlie habían renunciado a sus derechos, estos nos correspondían ahora a nosotros. Quería contarle lo del tren de mercancías que
casi nos atropella a Vern y a mí en el paso del río Castle. Y también lo de Milo Pressman y su intrépido (y estúpido) compañero, el Perro-Prodigio.
Y lo de las sanguijuelas también.
Supongo que lo que en realidad quería decirle era: Vamos, compréndelo, lo que es justo es justo. Tú lo sabes. Pero tuvo que meter a Denny en el asunto, y en lugar de un razonamiento sensato, pronuncié mi propia sentencia de muerte:
—¡Chúpame la gorda, matón de pacotilla!
La boca de Ace formó una perfecta
O de sorpresa (la expresión era tan insólitamente remilgada que en otras circunstancias habría significado un aluvión de carcajadas, por decirlo de algún modo). Todos los demás, a ambos lados de la ciénaga, me miraban fijamente, pasmados".

"Chris dijo suavemente, con gran pesar:— ¿Dónde lo prefieres? ¿En el brazo o en la pierna? Yo no puedo elegir. Elige tú por mí.
Y Ace se detuvo.
Pude ver en su cara crispada un súbito terror, debido, según creo, más al tono de Chris que a sus palabras; parecía absolutamente convencido de que las cosas iban a ir de mal en peor, y de lamentarlo sinceramente. Si se trataba de un farol, sigue siendo aún el mejor que he visto en mi vida".

"Al final, Chris dijo:
—Lo contarán.
—Puedes estar seguro. Pero no hoy ni mañana, si es eso lo que te preocupa.
Creo que pasará mucho tiempo antes de que lo cuenten. Tal vez años.
Se volvió a mirarme, sorprendido.
—Tienen miedo, Chris. En especial Teddy, de que no le admitan en el Ejército. Pero también Vern tiene miedo.
Les quitará horas de sueño, claro, y algunas veces, durante este otoño, estarán a punto de contárselo a alguien, pero de verdad creo que no llegarán a hacerlo. Y después… ¿sabes qué?
Parece una idiotez, pero… creo que casi se olvidarán de que alguna vez sucedió. Chris asentía moviendo lentamente la cabeza.
—No me lo había planteado así. Tú ves las intenciones de las personas, Chris.— Ojalá fuera cierto, amigo.
—Lo haces realmente".

"Las palabras destruyen las funciones del amor (supongo que es terrible que un escritor diga esto, pero creo que es cierto)".

"El amor no es lo que los poetas cretinos como McKuen quieren hacerte creer. El amor tiene dientes que muerden; y las heridas jamás cicatrizan.
Ninguna palabra, ninguna combinación de palabras puede curar esas mordeduras del amor. Pero también lo contrario es cierto, esa es la ironía. Si esas heridas cierran, las palabras se mueren con ellas. Podéis creerme. Me gano la vida con las palabras y sé que es cierto".

"Los amigos entran y salen de tu vida como ayudantes de camarero en un restaurante, ¿no te has fijado nunca? Pero cuando pienso en aquel sueño, los cadáveres tirando de mí implacablemente bajo el agua, me parece bien que así sea.
Algunos se ahogan, eso es todo. No es justo, pero sucede. Algunas personas se ahogan".

"Cuando yo era pequeño había un dicho que decía: «Si sales adelante solo eres un héroe. Lleva a alguien contigo y serás una mierda»".



Cuento de Invierno

El método de respiración:


"—Mala noche —dijo el taxista—.
Mañana habrá dos docenas de más en el depósito de cadáveres. Borrachos congelados y unas cuantas vagabundas congeladas.
—Seguro.
El taxista se quedó pensativo.
—Bueno, ¡es una liberación, al fin y al cabo! —dijo por último—. Menos asistencia social, ¿verdad?
—La amplitud y profundidad de su espíritu navideño son asombrosas —dije".

"Me dejó en la esquina de las calles Segunda y Treinta y cinco, y recorrí caminando media manzana hasta el club, inclinado contra el silbante viento, sujetándome el sombrero con la mano enguantada. En cuestión de segundos, parecía que toda mi fuerza vital se hubiera replegado quedando reducida a una aleteante llamita azul del tamaño de la luz piloto de un horno de gas. A los setenta y tres, un hombre siente el frío antes y más intensamente. Aquel hombre debiera estar junto al fuego, o al menos junto a una estufa eléctrica. A los setenta y tres, la fogosidad ya casi no es ni un recuerdo; tiene más de informe académico".

"Uno de los que así lo hicieron era Emlyn McCarron, ya entonces próximo a los setenta años. Me tendió la mano, que estreché brevemente. Tenía la piel seca, correosa, áspera; diría que casi tortuguesca. Me preguntó si jugaba al bridge. Le contesté que no.
—Estupendo —dijo—. No se me ocurre nada que haya colaborado tanto a acabar con la conversación inteligente de las veladas nocturnas en este siglo como ese maldito juego.
Y tras esa declaración, desapareció en la oscuridad de la biblioteca, en la que los estantes de libros parecían subir y subir hasta el infinito".

"Poco después me sobresaltó el sonido de risas, sacándome de mi lectura. Alguien había echado al fuego un paquetito de polvos químicos y, por un instante, las llamas se volvieron multicolores. Y me hallé entonces recordando mi infancia… mas no de forma nostálgico-romántico-sentimental".

"Ya en el interior, resguardados del frío, mientras el taxímetro marcaba el recorrido con clics regulares, comenté a Waterhouse que su cuento me había gustado muchísimo. No podía recordar haberme reído tanto y con tantas ganas desde los dieciocho años, le dije; y lo cierto es que nada tenía esto de adulación, pues era la simple y pura verdad.
—¿De veras? Es usted muy amable.
Su tono era pasmosamente cortés.
Me retraje; advertí que me ruborizaba levemente. No siempre es necesario oír el portazo para saber que acaba de cerrarse una puerta".

"Una vez ante la puerta, mi emoción tornóse simple aprensión (sentimiento este último con el que los ancianos están mucho más familiarizados). ¿Qué hacía exactamente yo en aquel lugar?
La puerta era de grueso roble y me pareció tan sólida como la del torreón de un castillo. No había timbre, al menos que yo viera, ni aldaba, ni cámara de circuito cerrado de televisión
discretamente disimulada en alguna hendidura; y, desde luego, Waterhouse no estaba allí esperándome. Permanecí quieto un momento; miré a mi alrededor.
La calle Treinta y cinco Este se me antojó súbitamente más oscura, más fría, más amenazadora. Todas las residencias parecían misteriosas, como si ocultaran secretos que más valía no indagar. 
Y sus ventanas semejaban ojos.
En algún lugar, tras una de esas ventanas, puede haber un hombre o una mujer planeando asesinar, pensé. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal.
Planeándolo o haciéndolo".

"—¿Somos viejos? —le pregunté.
—Imagino que sí —dijo, y me sonrió espléndidamente.
Posé el libro y le acaricié el pecho.
—¿Demasiado viejos para esto?
Alzó las sábanas con decoro femenino y luego, riéndose, las tiró al suelo empujándolas con los pies.
—¿Lo comprobamos, papi? —dijo Ellen.— Oink, oink —dije yo, y ambos nos echamos a reír".

"»—He de hablar inmediatamente con Joe —insistió, como si no me hubiera oído—. Hay algo en el maletero de mi coche… algo que encontré en Virginia.
Le he disparado y acuchillado y no puedo matarlo…
»Soltó una risilla que se convirtió enseguida en una risotada y al fin empezó a gritar. Y seguía gritando cuando conseguí establecer comunicación telefónica con el señor Woods y le dije que volviera inmediatamente a la oficina, por amor de Dios, que volviera lo antes posible…
Mas no es mi intención contaros ahora el cuento que Peter Andrews nos contó aquella noche. La verdad es que no estoy muy seguro de atreverme a contarlo. Baste decir que era tan horripilante que durante semanas soñé con él; y en una ocasión Ellen clavó en mí los ojos, mientras desayunábamos y me preguntó por qué había gritado en plena noche de repente: «¡Su cabeza!
¡Su cabeza sigue gritando en la tierra!».
—Estaría soñando —le dije—. Un sueño de esos que luego no puedes recordar…
Y bajé de inmediato la vista hacia mi taza de café; creo que aquella vez
Ellen se dio cuenta de que mentía".

"El propio nacimiento, caballeros, es horrendo para muchos; ahora está de moda que los padres asistan al nacimiento de sus hijos, y aunque tal moda haya servido para cargar a muchos hombres con una culpabilidad que no creo que merezcan (culpabilidad que algunas mujeres utilizan con toda intención y con crueldad casi presciente), parece ser, en conjunto, algo sano y saludable. He visto hombres salir de la sala de partos blancos y tambaleantes, les he visto desmayarse como niñitas, incapaces de soportar los gritos y la sangre".

"El nacimiento es maravilloso, caballeros, pero jamás, ni siquiera mediante un gran esfuerzo de la imaginación, lo hallé bello".

"Empecé a practicar la medicina en mil novecientos veintinueve; mal año para empezar cualquier cosa".

"La nostalgia no siempre es una emoción vaga, melancólica y casi bella, aunque sea así como la imaginamos en general. Puede ser una espada extraordinariamente aguda, y no solo una dolencia metafórica, sino absolutamente real. Y puede hacernos cambiar la idea que tenemos del mundo; los rostros que vemos en la calle no solo nos parecen indiferentes sino desagradables, feos… incluso malignos. La añoranza es una enfermedad real: el dolor de la planta desarraigada".

"Retiró la mano de la mía… si le hubiera tomado la mano derecha en vez de la izquierda, quizá no lo hubiera hecho. Ya lo he dicho, caballeros, no la amaba, pero en aquel momento podría haberla amado; creo que estaba a punto de enamorarme de ella".

"La vi avanzar hacia la puerta; cuando la alcanzó, se volvió hacia mí, posó sus manos en mis hombros, se puso de puntillas y me besó en los labios.
Tenía los labios recios y fríos. No fue un beso apasionado, caballeros, pero desde luego tampoco era el beso que uno esperaría de una hermana o una tía.
—Gracias otra vez, doctor McCarron —dijo, jadeando levemente. Tenía las mejillas encendidas y brillantes los ojos color avellana—. Muchísimas gracias por todo.
Sonreí… un tanto incómodo.
—Habla usted como si no fuéramos a volver a vernos, Sandra.
Creo que fue la segunda y última vez que la llamé por su nombre de pila.
—Oh, claro que volveremos a vernos —dijo—. No lo dudo en absoluto.
Y estaba en lo cierto… aunque ninguno de los dos podría haber previsto las espantosas circunstancias de nuestro último encuentro".

"—¡Enfermera! —grité con fuerza—. ¡A ver si mueve el culo de una puñetera vez!".

"Y, acto seguido, allí estaba la enfermera con la manta en los brazos. Tendí mi mano para recogerla.
Inició un movimiento para entregarme la manta, y quedó de pronto paralizada, acercando de nuevo hacia sí la manta…
—Doctor… y… ¿y si es un monstruo? ¿Algún tipo de monstruo?
—Deme de una vez la manta —dije—. Démela ya, Sarge, antes de que no pueda contenerme y empiece a patearla.
—Sí, doctor —dijo, con absoluta tranquilidad (tenemos que bendecir a las mujeres, caballeros, que tan a menudo entienden, sencillamente no tratando de hacerlo), y me entregó la manta. Envolví en ella al niño y se lo entregué.
—Si se le cae, Sarge, me ocuparé personalmente de que se coma esa manta.
—Sí, doctor".

"Empecé a alejarme del cuerpo.
Tropecé con algo. Me volví. Era la cabeza. Y, siguiendo alguna orden exterior a mí, puse una rodilla en tierra y la volteé. Tenía los ojos abiertos: aquellos ojos francos y directos color avellana que estuvieron siempre tan plenos de vida y resolución. Seguían plenos de resolución, caballeros, y me estaban mirando".






Stephen King

martes, 6 de octubre de 2020

Citas: La venganza de la bruja - Christopher Pike

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 "—No podemos ir a la playa porque hay tiburones —les recordó Sally, mientras iniciaba la lista de posibilidades para aquel miércoles soleado y agradable—. No podemos ir al faro porque prácticamente lo hemos quemado hasta los cimientos. Al pantano tampoco porque también lo incendiamos".

"—Creía que no te gustaba Ekwee 12 —dijo Cindy, dirigiéndose a Sally—. Lo llamabas Cabezón.
—Le llamaba así porque tenía una cabeza muy grande  replicó Sally—. Pero eso no significa que no me gustara. A ti también te llamo muchas cosas y sin embargo me caes bien… al menos la mayor parte del tiempo.
—No sabes lo tranquila que me dejas… —repuso Cindy con idéntica ironía en el tono de su voz".

"—Dudo mucho que la señorita Ann Templeton sea una mujer tan malvada.
Sally lanzó un bufido burlón.
—Escúchame bien, Adam. Sólo porque es guapa y te dedicó una de sus espléndidas sonrisas no estarás dispuesto a olvidar todos estos años de asesinatos y genocidio.
—¿Qué significa genocidio? —le preguntó Adam a Watch.
—Comportarse de un modo despreciable con mucha gente —le explicó Watch".

"—Pues te diré algo, Sally. Yo jamás he visto a Ann Templeton hacer daño a alguien —dijo Watch.
—Claro que no —repuso Sally, agresiva—, porque estás medio ciego. En realidad tampoco has visto nunca salir el sol".

"—Sin embargo, ni siquiera tú has sido tan tonto de aceptar su propuesta —dijo Sally—. Lo que prueba una vez más mi punto de vista. Ann Templeton es capaz de arrancarte el corazón sin dejar de sonreírte".

"—Yo creo que nos está dando la bienvenida —razonó Adam, avanzando hasta situarse sobre el puente levadizo—. Y en mi opinión sería una grosería no mostrar aprecio.
—Es mejor ser groseros que estar muertos —sentenció Sally, insistiendo una vez más en la opinión que le merecía aquella aventura".

"No había timbre, sólo un picaporte enorme en forma de calavera que a Sally no le gustó en absoluto.
—Y ahora, ¿podéis decirme cuándo habéis visto una calavera en el castillo de una bruja buena?  inquirió Sally.
—Es sólo un objeto decorativo —replicó Adam, poniéndose de puntillas para poder llegar al llamador con la mano".

"—Estamos en el castillo de la bruja —replicó Sally como si estuviera hablando con una niña pequeña—. No en un centro comercial. La bruja es capaz de hacer magia, pero magia negra. Propongo que salgamos de aquí enseguida.
—Ya lo has dicho antes —murmuró Adam.
—Un buen consejo nunca es suficientemente repetido —sentenció Sally con el ceño fruncido".

"Sally asintió con resignación y dio un paso hacia atrás.
—Muy bien. Cada uno hace con su vida lo que quiere —dijo con tono sombrío".

"Adam asintió mientras estudiaba con atención su propio cuerpo. Tenía la certeza de que el suelo se hallaba más lejos. Sin duda estaba creciendo.
—Yo también estoy cambiando muy deprisa —dijo—. Por lo menos tengo ya trece años.
Sally, que había disminuido unos dos centímetros le dedicó una exclamación sarcástica.
—¡Oh, un hombre mayor! ¡Qué emoción!".

"—Pues yo no veo motivo para alarmarme —intervino Cindy—. Estoy encantada con mi collar mágico…Ojalá tuviera un espejo. ¿Realmente estoy tan bella como yo me siento?
—Estás muy guapa —contestó Adam con toda sinceridad.
Sally miró de soslayo a su amiga.
—No sé si estás más guapa o no, Cindy. Pero lo que sí es cierto es que estás comenzando a brillar. Quiero decir que brillas de verdad, como una bombilla eléctrica.
En efecto.
Cindy se había apartado unos cuantos pasos del fuego que ardía en la chimenea y al adentrarse más y más en las penumbras de la habitación, su cuerpo pareció proyectar su propia sombra.
Su piel emitía un débil resplandor, como si estuviera cargada de radioactividad. No obstante, aquel efecto no perturbó a Cindy lo más mínimo.
Todo lo contrario, daba la impresión de estar fascinada.
—Me convertiré en estrella de cine —dijo Cindy—. ¡No sólo mis ojos despiden luz, sino todo mi cuerpo!
—Oh, Cindy, por favor… —exclamó Sally ligeramente crispada—.
¿Debo recordarte que ésta es una cuestión de vida o muerte? Estamos rodeados por muros hechos de piedra sólida, no tenemos nada que comer y ni una gota de agua".

"—Tú eres la última que debería preocuparse por esa posibilidad, Sally —repuso Watch—. Ahora eres inmortal.
Sally frunció el ceño.
—No estoy muy segura de ser inmortal. Sólo me siento… —comenzó a decir y, de pronto, interrumpió la frase y permaneció en silencio vanos segundos—. ¿Me lo parece a mí o mi voz se ha vuelto más aguda?
—Sí —replicó Cindy—. Y diría que también te has vuelto más baja.
—No es que seas más baja exactamente, Sally —intervino Adam—. Es que te estás rejuveneciendo.
Sally se quedó atónita.
—Chicos… ¿estáis diciéndome que vosotros sois cada vez más fuertes, más maduros, más guapos… y yo, en cambio, me estoy convirtiendo en un bebé?".

"—Tengo miedo —gimió Cindy mientras comenzaba a atravesar la reja que se abría sobre el oscuro vacío.
Una vez más, Adam percibió aquel roce metálico.
—¿Qué ocurrirá si se rompe? —preguntó Cindy.
—Lo más probable es que caigas al vacío chillando hasta que llegues al suelo y el golpe te mate —dijo Sally con su tono de voz más gentil.
—No vas a morir —sentenció Adam, con voz firme y alentadora—. Eres una hermosa princesa, ¿recuerdas? Y en los cuentos de hadas las princesas hermosas nunca mueren".

"Había llegado el turno de Sally. También ella estaba muerta de miedo al iniciar el lento avance a gatas.
—De ahí abajo llega un olor a muerte —dijo Sally con un hilo de voz, sin detenerse.
—Vamos, procura no mirar hacia abajo —le aconsejó Adam.
—Díselo a mi nariz —replicó Sally".

"No había nada más que pudieran hacer. Cindy no cesaba de sollozar, pero Watch retenía las lágrimas en lo más profundo de su ser, en el mismo lugar donde ocultaba la mayoría de sus emociones".

"—Hay una frase que mi madre repite a menudo —intervino Mireen—. Y que siempre ha sido una de mis favoritas. Dice que las cosas que más ambicionamos son las que más pronto nos destruyen".







jueves, 1 de octubre de 2020

Citas: Ella, drácula - Javier García Sánchez

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 "Anochece en los Cárpatos. 
Está a punto de salir la luna, y su luz se insinúa ya entre negros jirones de cielo que avanzan hacia el este como ejércitos en desbandada, vencidos. En la buhardilla situada bajo la bóveda de una iglesia, en la aldea de Lupkta-Ratowickze, un hombre tose y luego tirita bajo su jubón y la gorra de fieltro que lleva calada hasta las cejas. En el fondo sabe que no es la fiebre sino el miedo".

"El rostro del hombre se aproxima un poco más para mirar, pues las últimas luces del atardecer aún le permiten distinguir el paisaje hasta el horizonte. Aquejado de gota y de pleuresía, no le hacen falta médicos ni curanderos que le confirmen que le resta poco de vida. Sus ojos, hundidos en el cráneo por la edad y las dolencias que le corroen, vuelven a quedar estáticos en esa pequeña cruz que ha dibujado con el dedo. La cruz le da fuerzas para afrontar la emoción y la inquietud que le embargan. Tiene un duro trabajo por delante. Debe hacerlo y dejar testimonio de aquello que vio, de aquello que sabe y que hasta ahora luchó con denuedo por apartar de su mente. En vano".

"Vivir poco pero vivir el instante, que para ellos tendrá visos de eternidad. Vivir o morir. Vivir para morir. Morir para que otros vivan y, a su vez, mueran otros. Hacer morir. Ser muerte. Matar. La vida".

"Era el tiempo en que los mízcalos nacen al pie de los pinares y el añublo devora las espigas de trigo, cuando la vida nace y, simultáneamente, la vida muere".

"Se llamaba Erzsébet y era hermosa como la luna en una noche limpia de estío.
Sobre todo, además de la pétrea mueca de severidad que poseía su rostro anguloso y proporcionado, llamaba la atención el tono blanco de su piel, palidísima en contraste con el negro de su cabello, que podía vérsele bajo el sombrero".

"Al mirar en sus ojos, en el fondo oscuro de aquellos ojos que le observaban atentos pero inexpresivos, su cuerpo fue recorrido por un escalofrío".

"Aquella noche todo el mundo parecía muy agitado en Varannó. A János le despertaron gritos lejanos en mitad de su sueño. Creyó que era una pesadilla, y así, sudoroso y con los ojos abiertos de par en par, se lo dijo a su madre. Ésta, que llevaba un rato despierta y atenta, con la que János dormía en un estrecho jergón de paja, le tapó la boca conminándole para que volviera a dormirse. Fue aquella noche, sí, cuando él siguió preguntando al cabo de un rato. Su madre, presa de un gran nerviosismo, le pidió que no dijese nada. Que olvidara cuanto había oído:
—A partir de ahora serás mudo, János, y sordo. Quiero, y escucha bien lo que te digo, quiero que nadie conozca tu voz mientras estemos aquí. ¿Lo has entendido?
Él, obediente, afirmó con la cabeza, intuyendo el temor de su madre, aunque no entendía nada. Por su carácter taciturno y tímido no iba a suponerle ningún esfuerzo aparentar que era de aire. Si querían que callase, lo haría. Si querían que no viese, no vería. Si querían que no oyera nada, pensaría en sus cosas o se taparía los oídos.
Ya aquella noche, en Varannó, János empezó a poner en práctica lo que su madre le rogase encarecidamente. Porque los gritos, lejanos y espaciados, siguieron oyéndose hasta bien entrada la madrugada".

"Esperaba la noche.
Eso llegaría a entenderlo János mucho después. Entonces sólo se sentía impresionado por la imponente silueta de aquella mujer que caminaba como si levitase, y en la que en todos y cada uno de sus movimientos había un poso de feroz orgullo. Incluso cuando había visitas ilustres, ella les otorgaba algo que más parecía afectada resignación e indomable austeridad en el trato que cortesía, lo que hubiese sido normal".

"Darvulia, fuese quien fuese aquel engendro de la Naturaleza, no dudó en posarse sobre la cabeza de Erzsébet, que llevaba aguardándola desde que era niña y ya soñaba con hacer daño para así sentir que estaba viva".

"En el recuerdo atormentado de János, aquellas chicas que fueron inmoladas eran claveles, rosas, orquídeas. Todas acabaron teñidas de rojo. Careciendo de futuro, fueron prematuramente cortadas. Mas si la propia Erzsébet se esmeró en anotar la mayor parte de sus nombres en el cuaderno que llevaba a modo de Diario, también Pirgist recordaba ahora que, años atrás, él intentó ponerles palabras a sus efímeras vidas:
«Clavel, rosa que envejece. Rosa, orquídea suplicante. Orquídea, mariposa disecada.
»He ahí el clavel, rosa con llagas y fiebre. He ahí la rosa, que dormita aovillada.
He ahí la orquídea, que con elegancia perece.
»Clavel, pasión que yerra astillada. Rosa, sudario de muchacha enamorada.
Orquídea, esqueleto del clavel, y de la rosa balada.
»He ahí el clavel, rosa crispada. He ahí la rosa, clavel ruborizándose. He ahí la orquídea, paloma engalanada.
»Clavel, rosa, orquídea, pétalos rotos como cuentas de un rosario en el camino, huellas rojas sobre la escarcha de la mañana. »
Y pisoteando el clavel, la rosa y la orquídea, con sus mangas de blanco lino empapadas, ella, Erzsébet, la alondra ensangrentada".

"Por eso a János le acompañaron siempre las palabras que Kata le dijese cuando le sorprendió mirando a la Condesa, que estaba asomada a su balcón. Luego de decirle que se apartase de ella y jamás volviera a mirarla, exclamó compungida: Mánytam lélek!, «¡Tengo rota el alma!». Aquella frase nunca la olvidaría János, quien empezaba a adivinar por qué la lavandera decía eso.
Quienes habían visto, estaban condenados de antemano. Eran testigos.
Ella, Kata Benieczy, había visto. Veía casi todas las noches. Veía no el cuadro preciso del horror, sino sus secuelas, pero eso ya parecía motivo suficiente para estar marcada".

"Fue entonces, sí, cuando hizo un gesto indebido. Algo que estaba prohibido y que en innumerables ocasiones le habían advertido que no hiciera, tanto su madre como Kata. Pero fue un gesto inevitable, humano: miró".

"La niña Erzsébet, cuando aún era una adolescente de modales tímidos, aunque combinados con arrebatos de soberbia, como queda constancia al respecto, un malhadado día conoció algo. Sencillamente, lo descubrió. Otros descubren la hermosura de un paisaje o de las flores. O la sublime plenitud que emana del amor o del arte.
Ella descubrió la sangre".

"Duró la fracción de un segundo:
Darvulia miró hacia el ventanuco. Su cara, bajo la capucha, se dirigió hacia esa parte concreta del muro por la que asomaban los ojos, la frente y el cabello, entonces castaño y rizado, de János.
Miró concretamente hacia donde él estaba. Fue entonces cuando se apartó con brusquedad de allí, lleno de pavor. Hasta pasados varios años no llegó a saber que esa vieja repulsiva estaba casi completamente ciega, y que si miró en la dirección en la que János estaba, tuvo que ser más por su intuición que porque en realidad viese a alguien allí.
Pero János sintió dicha mirada como si un afilado cuchillo le atravesara el cráneo de parte a parte. Ya nunca iba a olvidar esa mirada, aunque tampoco él, como es obvio, pudiese distinguir los ojos de Darvulia".

"Erzsébet se puso detrás de la criada que un rato atrás le había dado el tirón en el cabello. Se acercó a ella con sigilo, pese a que las otras la avisaban.
Y de repente, sin perder nunca su sonrisa, pues en todo momento dio la sensación de estar jugando y muy a gusto, le clavó el alfiler en el brazo.
La criada profirió un grito de dolor. Cesaron las risas. Se hizo el silencio. Todas se quedaron inmóviles. Ahora entendían que aquello era una venganza de la Señora por el descuido de antes, pues no en vano eligió a la negligente de marras entre varias muchachas.
La sangre, siempre aparatosa, empezó a manar con abundancia del brazo de la criada. Ésta, una vez pasado el susto y dolor iniciales, no sabía qué hacer o decir. Erzsébet se aproximó un poco más a ella y, cuando todas esperaban, en su santa inocencia, que pidiese disculpas, propinó un nuevo y certero alfilerazo en el brazo herido de la chica. Éste, por fortuna, apenas le rozó el codo, pues la chica se apartó instintivamente".

"La muerte era eso que les sucede a los demás, a los frágiles, pensaría quizá en su delirante cegazón espiritual".

"«Salvaré a quien mate a la otra», sugería, lo que nunca fue verdad, pues no quería testigos. Pero aquellas desgraciadas, que ya habían sido torturadas previamente, sabían que no tenían otra oportunidad. Así que se despedazaban mientras Erzsébet a duras penas lograba contener sus carcajadas".

"El recuerdo de Kata, a la que János Pirgist llegó a querer como si fuese su segunda madre, le ha llenado de lágrimas los ojos. Se los seca con un pañuelo de batista que lleva en el bolsillo de su chaleco. Es entonces cuando se ve obligado a sorberse la nariz, pues oye un ruido en la puerta. Llaman con suaves golpes.
—Adelante... —dice haciendo carraspear su voz.
Es el padre András, que llega a recoger la bandeja con restos de comida.
Le pregunta cómo lleva su trabajo.
—A menudo pienso que aún no he empezado... —murmura él con abatimiento, y apoya su cabeza en una mano".

"Él mejor que nadie, porque nadie en absoluto siquiera lo sospechó nunca, sabe que abrazó la fe para dar con respuestas que calmasen tales dudas, pero ahí siguen, cual abiertas llagas por las que supura el pus. Infectadas".

"—¿Entiendes ahora por qué no puedo huir?
El otro le contestó que todo eso le parecía inconcebible, y que tarde o temprano la ley los castigaría, a Ficzkó incluido, y que él, en su lugar, se escaparía. Si antes de oír todo aquello aún albergaba dudas, dijo, ya no.
—Aquí la única ley es la que dicta la Señora —se lamentó Ficzkó".

"Pero ahora Erzsébet se debatía en sí misma, encolerizada por no ver resultados prácticos, negándose a reconocer aún que no podía haber milagros, y menos con ella.
Tal debía de ser su desesperación que, por aquella época, dejó escritas varias plegarias de índole difusa, presumiblemente conjuros que la bruja de Miawa le habría dictado. Pero en esas plegarias, al final, y ello demostraba que su mente había llegado a la escisión máxima, todavía se atrevía a escribir, con su letra pequeña y pulcra, la invocación:
«Santísima Trinidad, protégeme.»".

"Incapaz de dominar su hambre y su sed de sangre, estaba dispuesta a reincidir una y otra vez, exponiéndose a inciertos peligros. Tenía la mirada cubierta por el velo rojo de la sangre ya derramada. Y, fundamentalmente, por la que aún habría de derramar. De modo que su olfato estaba casi atrofiado. Ya no olía el riesgo.
Y, si lo hacía, lo desafiaba, como siempre hizo por cuanto deseó. Pero algo sucedió en aquella boda de Judith Thurzó. Algo nimio que, simultáneamente, no dejaba de ser una señal de lo que debería ocurrir: Erzsébet perdió el ala blanca que adornaba desde varios años atrás su inconfundible sombrero negro, del que siempre iba acompañada en sus salidas. Se dice que la extravió mientras bailaba y que el ala fue pisada, yendo después a un rincón desde el que, tras cogerla, la tiraron a la basura. Lo único cierto
es que la perdió, y, con ella, todo signo de pureza.
El águila empezaba a perder su plumaje. Ahora todo en ella era negro".

"La Condesa leía.
En sus horas muertas, en esos períodos de lisis que precedían a la fiebre destructora, mientras aguardaba el momento de administrar de nuevo el dolor, arbitraria, enloquecidamente, leía".

"Allí había tres chicas amordazadas y cubiertas tan sólo por unas gasas. Era lo que quedaba de sus vestidos desgarrados. Medio muertas de frío e inconscientes, dos de ellas estaban sentadas en el suelo, con las cabezas caídas. János vio que tenían algo en la boca. La tercera, sin embargo, había logrado expulsar aquello que le introdujesen hasta taponarle la garganta: estopa. Era ella la que gemía con un hilillo de voz. Elevó su rostro hacia János y, por un momento, esbozó una sonrisa. Él le preguntó si le habían hecho daño.
—Eso no importa ahora —le contestó la muchacha, que tenía una larga y desmañada melena rubia cayéndole sobre los hombros.
János hizo ademán de huir de allí a toda prisa, pero la chica le detuvo diciéndole en un susurro:
—¡No, espera, por favor... no te vayas...!
La débil luz de una antorcha permitía ver a duras penas aquella estancia. János se asomó al pasillo. No había nadie. Todo estaba en silencio. Entonces la chica le pidió algo:
—Pequeño, mi nombre es Mirta... —Fue a decir algo más, pero movió la cabeza como si acabase de pensar en lo inútil que era explicarle todo aquello a un niño asustado. Al poco continuó-: Me llaman así, Mirta, desde que tenía tu edad... y quiero pedirte un favor.
—Pero me harán daño, como a ti... —le dijo János.
—No, tranquilízate. Nadie va a hacerte nada.
Volvió a encogerse de dolor.
—¿Y cómo lo sé? —preguntó él, angustiado pero queriendo ayudarla.
La chica dudó un momento y luego, de nuevo sonriéndole, dijo:
—Porque lo que te pido no es para que lo hagas ahora, sino más adelante, cuando seas un poco mayor y ya no estés aquí.
Él asintió. Pese a su miedo, estaba dispuesto a escuchar.
—Recuerda esto. Mirta —balbuceó la chica—. Soy de una aldea llamada Szintrámehrá... a ver, repítelo conmigo: Szintrámehrá... 
—Szintrámehrá —cacareó él en un murmullo.
—Muy bien. Lo que te pido es que algún día, cuando te hayas hecho grande y fuerte, vayas a esa aldea y busques a mis padres y mis hermanos, que aún vivirán allí.
János volvió a mover su cabecita, indicando que entendía lo que estaba oyendo.
—Entonces, cuando los encuentres, les dirás que Mirta se enamoró de un joven, en Csejthe, y una noche se escapó lejos con él. Muy lejos, ¿lo comprendes?
—¿Dónde de lejos? —preguntó János, serio y dispuesto a cumplir lo que le pedía.
—Donde tú quieras. Viena, Italia... Diles que, oyesen lo que oyesen de cuanto aquí sucedió, su querida Mirta logró huir en compañía de ese apuesto joven. Diles que está bien, aunque difícilmente podré volver a verlos, porque me hallaré lejos, muy lejos... —Al decir esto último se le empañaron los ojos de lágrimas.
—Lejos —repitió János mordiéndose los labios.
—Así, eres un niño muy listo —repuso la muchacha. Luego, tras suspirar hondamente, añadió-: Es para que no vivan preocupados. Yo sé que tú entiendes lo que quiero decir... ¿verdad?
János movió su cabeza en sentido afirmativo. La chica siguió:
—Esa aldea está muy cerca de Zvolen, junto al Hron, y es muy linda, créeme...
Repítelo para que yo lo oiga.
—Zvolen, al lado del río Hron... —dijo János con aire satisfecho, pues se daba cuenta de que, pese al peligro, estaba haciendo algo bueno.
—Eres un amor, criatura, y sé que algún día Dios te premiará por esto... —dijo la joven dando súbitas muestras de dolor, que no obstante pareció disimular contrayendo sus mandíbulas.
Luego le rogó que, por última vez, repitiese cuanto ella le había pedido.
—Mirta, de Szintrámehrá, cerca de Zvolen...
—¿Junto a qué bonito río?
János vaciló unos instantes. Al fin dijo:
—Al Hron —Y luego, sin que ella se lo solicitase, siguió-: Estás con tu esposo, lejos, en Italia.
A la muchacha se le escaparon sendas lágrimas.
—Mucho mejor de lo que yo creía... —añadió con emoción.
Entonces a János se le ocurrió decir:
—Y también les diré que eres muy feliz, y que tienes hijos y vives en un sitio precioso. Que siempre los llevas en tu pensamiento y que los quieres...
La muchacha rompió en llanto, incapaz de dominar sus sentimientos. La cabeza le cayó sobre el pecho, sin fuerza. János también notó que gruesos lagrimones caían por sus mejillas. Se los secó. Al poco, y cuando logró reaccionar, la chica le dijo:
—Ahora vete, y procura que no te vean... ya me entiendes. No le cuentes esto a nadie, ni a tu mamá. Sé que algún día cumplirás tu promesa. ¿Lo harás, no es cierto?
—Te lo prometo —dijo János volviendo a secarse las lágrimas con su manga.
La cabeza de la joven pareció a punto de desplomarse de nuevo. Aún hizo un último esfuerzo para rogarle:
—¡Venga, vete ya...!
—Adiós, Mirta —silabeó János antes de cerrar la puerta dejándola tal y como él la había encontrado. Aún pudo oír, en un tenue murmullo, la voz de aquella chica a la que ya no veía:
—Que Dios te guíe...
János, deslizándose entre las sombras, recorrió varios pasillos hasta llegar a un sitio que conocía. Se había olvidado por completo de su perrillo, que apareció en el lavadero horas después, contento y agitando el rabo, como dando a entender que había hecho una travesura pero que tampoco era para tanto. János se pasó mucho tiempo acariciándolo, aunque su mente seguía puesta en esa chica, Mirta, de Szintrámehrá, cerca de Zvolen, junto al río Hron. Lo repitió en voz queda varias veces. Pensó en apuntarlo, pero algo le dijo que no debía hacerlo. Tenía que memorizarlo como fuese. Tanto rato y durante tantos días estuvo haciéndolo, que hasta soñaba con Mirta y su bonita aldea. Hasta llegó a creer, porque necesitaba hacerlo, que era verdad cuanto ella le había dicho. Ya la imaginaba con su guapo amante y con hijos, viviendo en un lugar de Italia. Pero en su fuero interno sabía que todo aquello era una burda mentira, y que Mirta, a tenor de su estado, iba a ser de las que gritarían en las noches siguientes. Con sus nueve años, János era capaz de comprender todo eso y más, aunque hubiese construido su propio mundo para preservarse del miedo.
Aproximadamente una semana después de aquella conversación volvieron a oírse gritos esporádicos que surcaban la noche de Csejthe. Parecieron llegar de la lejanía, pero estaban siendo proferidos allí cerca, tras los muros. Su madre dormía con apariencia plácida. Kata no estaba en el jergón. Y él, con los ojos muy abiertos, repitió por enésima vez:
—Mirta de Szintrámehrá...
Luego cerró los ojos intentando no oír, pensar en otras cosas. En avispas y petirrojos, en libélulas o en su perrillo, que seguía cojeando y cada día era más travieso. Al final se durmió, pero soñó con Mirta.
János no supo entonces que la joven Mirta, como al parecer había sucedido ya alguna vez con otras chicas, apareció cierta mañana colgada de una viga. Es posible que lograse deshacerse de sus ataduras y, con lo que restaba de ellas y su vestido, o quizá el de sus compañeras, hacer una improvisada cuerda.
Colgada de esa viga, balanceándose con suavidad en la penumbra, la encontraron al ir a buscarla, pues ya le tocaba el turno. Entre Jó Ilona y Ficzkó la hicieron descender y la enterraron a saber dónde. Pero aquel suceso, infrecuente aunque no el único, tuvo que impresionar vivamente a Jó Ilona, quien a su vez hizo algún comentario a Kata. Ésta, por su parte, lo contó a sus íntimas en el lavadero. János, que había aprendido a oír sin dar muestras de prestar atención, cazó al vuelo unas palabras pronunciadas por Kata con signos de pesadumbre:
—Dicen que parecía un ángel.
Aquella noche, las lavanderas que sabían rezar oraron por esa muchacha que valientemente decidió poner fin a su vida antes de que se la arrancasen.
Durante toda la existencia su recuerdo acompañaría a János, quien nunca pudo saber si la chica que apareció colgada de una viga era o no Mirta. Él sabía que sí. Lo intuía, y en ese tipo de cosas la intuición jamás le fallaba.
Mirta, su ángel".

"Fue entonces cuando ocurrió. Apenas un segundo, pero que se le antojó una eternidad. Como si una llamarada le hubiese traspasado el cuerpo, dejándolo por completo quemado y a la vez intacto.
Una mano se posó en su hombro.
Sin embargo supo desde el primer momento que aquello no era una mano. No una mano humana. No una mano como cualquier otra mano, cuyo contacto habría reconocido de inmediato.
Aquello era una garra. Pese a que se había posado con delicadeza sobre él, era una garra.
Un escalofrío le sacudió por entero, pese a que ni siquiera había tenido fuerzas para girarse.
No podía huir, ya que le tenía sujeto por el hombro, de modo que estaba acorralado. Y seguía sin atreverse a volver el cuello y mirar. No quería hacerlo. No quería ver quién estaba allí, junto a él, aguardando su reacción. Algo le enturbió la visión y los sentidos. Ya no veía a las muchachas, pese a seguir con el ojo pegado a la cerradura. Ya no veía la puerta. Ya no veía nada, sino un pozo que se lo tragaba.
Era Ella".

"Deslizó sus manos por las mejillas de János, que a su vez abrió la boca un poco para que ella no notase su incipiente temblor.
Fue una caricia. Sí, lo fue. También la Condesa sabía acariciar. ¿Cómo era eso posible?
También las lobas dan lametones de cariño a sus crías, y las miran con ternura.
Sin embargo, no había ternura en aquella mirada que le llegaba de tan cerca".

"La cabeza de Erzsébet se ladeó ligeramente, justo para que su nariz no tocase la de János.
Entonces le besó en los labios. Larga, fría, profundamente.
Y él, al notar aquella boca helada, sintió que moría por tercera vez. Ahora sí estaba muerto, y para siempre".

"La Condesa había dado unos pasos cuando se volvió de improviso. Le lanzó una penetrante mirada. ¿Volvería a morir por cuarta vez? Si ya estaba muerto, ¿cómo iba a hacerlo de nuevo?, se consoló él. Entonces ella le habló:
—Ya te lo dije en una ocasión, ¿recuerdas?
Él no tenía ni idea de a qué podía referirse. Movió la cara hacia ambos lados, expectante.
—¡Ojalá fueses una niña...!
Él sonrió como pudo, mientras ella le devolvía algo que pudo haber sido una sonrisa de complicidad.
Y se perdió entre las sombras del final del pasillo".

"Si ella no se arrepintió nunca, tampoco él va a hacerlo ahora.
Junto a una fuente, cuyas aguas manan cristalinas por encima de las rocas, János le pide algo a su ayudante:
—Es preferible que me aguarde aquí. Subiré yo solo...
El joven cura muestra signos de alarma y, al mismo tiempo, de un alivio que apenas consigue disimular. Nada le tranquiliza en ese paisaje ni en esa situación.
Pirgist se da cuenta y procura ponérselo fácil:
—Sí, esto es una cuestión a dirimir entre ellos y yo. No puede haber testigos.
—¿Ellos? —pregunta con ademán de perplejidad el joven.
—Mis recuerdos —sentencia János".

"Se gira lentamente sobre sus talones. El cayado en el que se apoya cae de su mano, pero la hierba amortigua todo sonido. Busca desesperadamente con la mirada.
Cada tramo de los muros, cada piedra. Sabe que ahí hay algo, aunque aún no lo detecta.
Entonces lo ve. Debe hacer presión con los puños cerrados para contener su agitación. De nuevo el miedo. Aquel miedo de cuando era niño. No puede ser, no puede.
Pero ahí está. Un pájaro negro, demasiado pequeño para ser un cuervo, demasiado grande para ser un milano. Negro, negro como la noche del recuerdo. Está inmóvil, apostado entre las ramas de ese árbol que creció en donde estuvo la habitación de ella.
János abre la boca incrédulo:
—¿Eres... eres tú, no es así? —balbucea notando que su propio aliento se congela en cuanto sale al exterior.
»Sigues siendo tú... —murmura en un gemido".




Javier García Sánchez