Mostrando las entradas con la etiqueta Roald Dahl. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Roald Dahl. Mostrar todas las entradas

domingo, 9 de agosto de 2020

Citas: Matilda - Roald Dahl

x

"OCURRE una cosa graciosa con las madres y los padres.
Aunque su hijo sea el ser más repugnante que uno pueda imaginarse, creen que es maravilloso.
Algunos padres van aún más lejos.
Su adoración llega a cegarlos y están convencidos de que su vástago tiene cualidades de genio".

"—Papá —dijo—, ¿no podrías comprarme algún libro?
—¿Un libro? —preguntó él—. ¿Para qué quieres un maldito libro?
—Para leer, papá.
—¿Qué demonios tiene de malo la televisión? ¡Hemos comprado un precioso televisor de doce pulgadas y ahora vienes pidiendo un libro! Te estás echando a perder, hija…".

"—El señor Hemingway dice algunas cosas que no comprendo —dijo Matilda—. Especialmente sobre hombres y mujeres. Pero, a pesar de eso, me ha encantado. La forma como cuenta las cosas hace que me sienta como si estuviera observando todo lo que pasa.
—Un buen escritor siempre te hace sentir de esa forma —dijo la señora Phelps—. Y no te preocupes por las cosas que no entiendas. Deja que te envuelvan las palabras, como la música".

"Los libros la transportaban a nuevos mundos y le mostraban personajes extraordinarios que vivían unas vidas excitantes. Navegó en tiempos pasados con Joseph Conrad.
Fue a África con Ernest Hemingway y a la India con Rudyard Kipling. Viajó por todo el mundo, sin moverse de su pequeña habitación de aquel pueblecito inglés".

"—¿Cuánto tarda en volver a empezar a rechinar? —preguntó Matilda.
—Lo suficiente para que el comprador esté bastante lejos —dijo su padre sonriendo—. Unas cien millas.
—Pero eso no es honrado, papá —dijo Matilda—. Eso es un engaño.
—Nadie se hace rico siendo honrado —dijo el padre—. Los clientes están para que los engañen".

"—Un buen pelo —le encantaba decir— significa que hay un buen cerebro debajo.
—Como Shakespeare —comentó una vez Matilda.
—¿Como quién?
—Como Shakespeare, papi.
—¿Era inteligente?
—Mucho, papi.
—Tendría un montón de pelo, ¿no?
—Era calvo, papi.
A lo cual, el padre respondió con brusquedad.
—Si no sabes decir cosas sensatas, cierra el pico".

"—Papá hace tonterías de vez en cuando, ¿no, mamá? —dijo Matilda.
La madre, mientras marcaba el número de teléfono, comentó:
—Me temo que los hombres no son siempre tan inteligentes como ellos se creen. Ya lo aprenderás cuando seas un poco mayor, hija".

"—Bueno, dime una cosa, Matilda — inquirió la señorita Honey, que seguía limpiando las gafas—. Procura decirme exactamente lo que sucede dentro de tu cabeza cuando tienes que efectuar una multiplicación como ésa.
Evidentemente, tienes que calcularla de alguna forma, pero parece que sabes la respuesta casi al instante. Fíjate en lo que acabas de decir, catorce multiplicado por diecinueve.
—Yo… yo, simplemente, apunto catorce en mi cabeza y lo multiplico por diecinueve —aclaró Matilda—. No sé cómo explicarlo de otra forma. Siempre me he dicho que si lo hacía una pequeña calculadora de bolsillo, por qué no iba a poder hacerlo yo.
—Claro, claro —asintió la señorita Honey—. El cerebro humano es una cosa asombrosa".

"—¿Quién te ha enseñado a leer, Matilda? —preguntó.
—He aprendido sola, señorita Honey.
—¿Y has leído libros tú sola? Me refiero a libros para niños.
—He leído todos los que hay en la biblioteca pública de la calle Mayor, señorita Honey.
—¿Te gustaron?
—Desde luego, me gustaron muchos de ellos —contestó Matilda—, pero otros los encontré insulsos.
—Dime uno que te haya gustado.
—Me gustó El león, la bruja y el armario —dijo Matilda—. Creo que C. S. Lewis es un escritor muy bueno, pero tiene un defecto. En sus libros no hay pasajes cómicos.
—En eso tienes razón —dijo la
señorita Honey.
—Tampoco hay pasajes cómicos en los de Tolkien.
—¿Crees que todos los libros para niños deben tener pasajes cómicos? — preguntó la señorita Honey.
—Sí —dijo Matilda—. Los niños no son tan serios como las personas mayores y les gusta reírse".

"—Así que se ha aprendido algunas tablas de memoria, ¿no? —vociferó la señorita Trunchbull—. Querida mía, eso no la convierte en un genio. ¡La convierte en un loro!
—Pero, señora directora, sabe leer.
—Y yo también —tronó la señorita Trunchbull".

"—Pero ¿no les llama la atención — preguntó la señorita Honey— que una niña de cinco años lea extensas novelas para adultos, de Dickens y Hemingway? ¿No les impresiona eso?
—No especialmente —dijo la madre—. No me gustan las chicas marisabidillas. Una chica debe preocuparse por ser atractiva para conseguir luego un buen marido. La belleza es más importante que los libros, señorita Hunky…
—Me llamo Honey —corrigió la señorita Honey.
—Míreme a mí —dijo la señora Wormwood— y luego mírese usted. Usted prefirió los libros. Yo, la belleza. La señorita Honey miró a la vulgar y regordeta persona con cara de torta y pagada de sí misma que estaba sentada al otro lado de la habitación".

"—¡Quiero que te quites esas sucias coletas antes de venir mañana a la escuela! —vociferó—. ¡Córtatelas y tíralas al cubo de la basura! ¿Entendido?
Amanda, paralizada por el terror, tartamudeó:
—A mi ma… ma… madre le gustan. Me las ha… hace todas las mañanas.
—¡Tu madre es una imbécil! —bramó la Trunchbull. Extendió un dedo del tamaño de un salchichón hacia la cabeza de la niña y gritó—. ¡Pareces una rata con la cola en la cabeza!
—Mi… madre cree que me… me van bien, se… señorita Trunchbull — tartamudeó Amanda, temblando como una hoja.
—¡Me importa un bledo lo que crea tu madre! —gritó la Trunchbull".

"—Buenas tardes, niños —dijo con voz potente.
—Buenas tardes, señorita Trunchbull —respondieron los niños a coro. La directora se situó frente a los alumnos, con las piernas abiertas y las manos en las caderas, mirando desabridamente a los pequeños que permanecían sentados, nerviosos, en sus pupitres.
—No es un espectáculo muy bonito —dijo. Su expresión era de profundo disgusto, como si estuviera
contemplando la inmundicia que hubiera podido dejar un perro en el suelo—. ¡Sois un puñado de nauseabundas verrugas!".

"—Me llamo Erick Ink, señorita Trunchbull —dijo.
—¿Eric, qué? —gritó la Trunchbull.
—Ink —dijo el chico.
—¡No seas animal! ¡Ese apellido no existe!".

"—¡Ay! —gritó Eric—. ¡Ay! ¡Me está haciendo daño!
—¡Aún no he empezado! —dijo rudamente la Trunchbull, quien, agarrándole bien de las orejas, lo levantó de su asiento y lo sostuvo en el aire. Igual que Rupert antes, Eric se puso a chillar como un condenado.
Desde el fondo de la clase, la señorita Honey suplicó:
—¡Por favor, señorita Trunchbull! ¡No haga eso! ¡Déjelo! ¡Le puede arrancar las orejas!
—No se arrancan nunca —le contestó airadamente la Trunchbull—. A través de mi larga experiencia, señorita Honey, he aprendido que las orejas de los niños están firmemente unidas a la cabeza".






Roald Dahl

jueves, 22 de febrero de 2018

Citas: Boy: Relatos de Infancia - Roald Dahl


Papá y mamá:

"Sustentaba una curiosa teoría en cuanto al modo de desarrollar el sentido de la belleza en las mentes de sus hijos. Cada vez que mi madre se quedaba embarazada, esperaba hasta los tres últimos meses de embarazo y entonces le anunciaba que debían comenzar los «paseos esplendorosos». Estos paseos esplendorosos consistían en llevarla a sitios de gran belleza de paisaje y pasear con ella por espacio de más o menos una hora cada día a fin de que absorbiese el esplendor del entorno. Su teoría era que si los ojos de una mujer encinta observaban constantemente la hermosura de la naturaleza, esta hermosura se transmitiría de alguna manera a la mente del hijo por nacer, y éste sería luego un amante de las cosas bellas".

Parvulario, 1922-1923:

"Astri era con mucho la predilecta de mi padre. La adoraba más allá de toda medida, y su muerte inopinada le dejó literalmente sin habla durante días y días. Tan abrumado estaba por la pena que cuando él mismo cayó con pulmonía al cabo de aproximadamente un mes no parecía importarle gran cosa vivir o morirse".

"Las grandes emociones son tal vez lo único que interesa de verdad a un niño de seis años y se le queda en la memoria".

El gran complot del ratón:

"Cuando se escribe acerca de uno mismo hay que hacer un esfuerzo por decir la verdad cabal. La verdad es más importante que la modestia".

El señor Coombes:

"—Me temo que la has matado.
—¿Yo? —protesté—. ¿Por qué precisamente «yo»?
—Fue idea «tuya» —dijo—. Y aún más, fuiste tú quien metió el ratón.
De buenas a primeras, era yo un asesino".

"Todos los adultos se aparecen como gigantes a los niños".

Cartas a la familia:

"—¿Es que no sabes cómo se escribe la palabra vallas?
—S-sí; señor, b-a-y-a-s…
—¡Eso es otra cosa, imbécil!
—¿Qué cosa, señor…? No… no lo entiendo.
—¡Pues bayas! Las frutas con semillas envueltas en pulpa carnosa, como las uvas, eso son bayas".

La celadora:

"La celadora era una mujerona rubia de pecho voluminoso. Probablemente no tendría más de 28 años, pero daba lo mismo que tuviese 28 o 68, porque para nosotros una persona mayor era una persona mayor, y en aquella escuela todas las personas mayores eran seres peligrosos".

Nostalgia:

"Al día siguiente nos permitieron examinar el apéndice extirpado, conservado en un frasco de cristal. Era una cosa alargada y negra como un gusano, y yo dije:
—¿También tengo yo dentro una cosa como ésa?
—Todo el mundo la tiene —respondió la niñera.
—¿Y para qué sirve? —le pregunté.
—Los caminos del Señor son inescrutables —declaró ella, con la respuesta que tenía en reserva para cuando no sabía dar otra".

El capitán Hardcastle:

"«La vida es un embrollo», parecía estar diciendo aquella frente tan surcada, «y el mundo, una palestra peligrosa. Todos los hombres son enemigos, y los niños son insectos que se volverán y te picarán si no los enganchas tú antes y los aplastas bien aplastados»".

"MAESTRO.— Sí, ¿qué sucede?
BRAITHWAITE.— Por favor, señor, ha entrado una avispa por la ventana y me ha picado en el labio y se me está hinchando.
MAESTRO.— ¿Una «qué»?
BRAITHWAITE.— Una avispa, señor.
MAESTRO.— Habla más alto, muchacho, ¡no te oigo! ¿Una «qué» ha entrado por la ventana?
BRAITHWAITE.—. Me cuesta mucho hablar alto, señor, con el labio hinchado.
MAESTRO.— ¿Así «que» hinchado? ¿Es que pretendes hacerte el gracioso?
BRAITHWAITE.— No, señor; le prometo que no, señor.
MAESTRO.— ¡Habla como es debido, muchacho! ¿Qué te pasa?
BRAITHWAITE.— Ya se lo he dicho, señor. Que me ha picado, señor. Se me está hinchando el labio, señor. Duele una barbaridad.
MAESTRO.— «¿Duele una barbaridad?». ¿Qué es lo que duele una barbaridad?
BRAITHWAITE.— Mi labio, señor. Cada vez está más inflamado.
MAESTRO.— ¿Qué deberes tenéis esta tarde?
BRAITHWAITE.— Verbos franceses, señor. Los tenemos que copiar, señor.
MAESTRO.— ¿Y los copias con el labio?
BRAITHWAITE.— No, señor, con el labio no, pero vea usted…
MAESTRO.— Lo único que veo es que estás armando un ruido infernal y perturbando a toda la clase. Conque sigue con tu trabajo".

Corkers:

"—¡Esto no puede tolerarse! —clamaba—. ¡Es «insoportable»!
—Pero «¿qué pasa», señor?
—Les voy a decir lo que pasa —gritaba Corkers—. ¡Que alguien se ha «peído»!
—¡Oh, no, señor!
—¡Yo no, señor!
—¡Ni yo tampoco, señor!
—¡Ninguno de nosotros, señor!
En este punto, se levantaba majestuosamente y gritaba con toda la fuerza de que eran capaces sus pulmones:
—«¡Utilicen la puerta como ventilador! ¡Abran las ventanas!»".

El hombre de negocios:

"—Le enviamos a usted a Egipto —dijo—. Serán tres años de servicio seguidos de seis meses de descanso. Prepárese para salir dentro de una semana.
—¡Pero, señor! —exclamé—. ¡A Egipto no! ¡En realidad no me interesa ir a Egipto!
El personaje se echó atrás en su sillón como si le hubiera estampado en el rostro una fuente de huevos escalfados.
—Egipto —dijo con mucha pausa— es una de nuestras zonas más selectas y más importantes. Le hacemos a usted un favor mandándole allí, ¡en vez de enviarle a alguna región pantanosa plagada de mosquitos! 
Guardé silencio.
—¿Y puedo preguntarle por qué no desea ir a Egipto? —dijo él.
(...)
—¿Qué tiene de malo Egipto? —volvió a preguntarme el director.
—Es… es… es —tartamudeé—, es demasiado «polvoriento», señor.
El hombre se me quedó mirando atónito.
—¿Demasiado «qué»?
—Polvoriento —dije".

"—Va usted a África Oriental —dijo.
—¡Hurra! —grité, dando saltos de júbilo—. ¡Eso es fantástico, señor! ¡Estupendo, señor! ¡Sensacional! El gran hombre sonrió.

—Aquello es bastante polvoriento también —dijo".





Roald Dahl