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jueves, 16 de febrero de 2023

Citas: Ana y la casa de sus sueños - L. M. Montgomery

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 "—Bien, gracias a Dios que Ana y Gilbert van a casarse después de todo. 
Es algo por lo que siempre he rezado —dijo la señora Rachel con el tono de quien está absolutamente seguro de que sus plegarias han tenido una gran influencia—. Fue un gran alivio descubrir que no pensaba aceptar a ese hombre de Kingsport. 


Él era rico, cierto, y Gilbert es pobre, al menos ahora, pero es un muchacho de la isla.
—Es Gilbert Blythe —dijo Marilla, contenta.
Marilla habría preferido morir antes que poner en palabras el pensamiento que había en su mente cada vez que miraba a Gilbert desde que éste era un niño: el hecho de que, de no haber sido por su orgullo de hacía tanto, pero tanto tiempo, el muchacho habría podido ser hijo suyo. Marilla sentía que, de alguna extraña manera, su matrimonio con Ana corregía aquel error. Había aparecido el bien entre aquella antigua tristeza".

"—Si todo el mundo se quedara donde nació, los lugares estarían repletos, señora Lynde".

"—¿Y os casaréis en la sala?
—No, a menos que llueva. Queremos casarnos en el jardín, con el cielo azul sobre nuestras cabezas y la luz del sol entre nosotros. ¿Sabéis cuándo y dónde me gustaría casarme, si pudiera? Al amanecer, un amanecer de junio, con una espléndida salida de sol y rosas en flor en los jardines. Yo iría suavemente a encontrarme con Gilbert y juntos iríamos al corazón del bosque de hayas y allí, bajo las arcadas  verdes que formarían una espléndida catedral, nos casaríamos.
Marilla hizo un gesto despectivo y la señora Lynde se horrorizó.
—Pero eso sería muy raro, Ana. Ni siquiera parecería legal".

"—La historia se repite —dijo Gilbert, al encontrarla cuando pasó por el portón de los Blythe—. ¿Te acuerdas de nuestra primera caminata por esa colina, Ana? Fue nuestro primer paseo juntos.
—Yo volvía a casa al atardecer desde la tumba de Matthew y tú apareciste en el portón; yo me tragué el orgullo de años y te hablé.
—Y el cielo se abrió para mí —agregó Gilbert—. Desde aquel momento espero el día de mañana. Cuando te dejé en tu casa aquella noche y volví a la mía, me sentía el muchacho más feliz de la Tierra. Ana me había perdonado.
—Creo que tú eras quien tenía que perdonarme a mí. Fui muy desagradecida aquel día que me salvaste la vida en el estanque. ¡Cómo detestaba esa deuda, al principio! No me merezco la felicidad que tengo.
Gilbert rió y apretó con más fuerza la mano de la muchacha que llevaba el anillo que él le había regalado. El anillo de compromiso de Ana era un círculo de perlas.
Ella no había querido un diamante.
—Nunca me han gustado mucho los diamantes, sobre todo desde que averigüé que no eran del precioso color púrpura que imaginaba. Siempre me recordarán mi amarga desilusión.
—Pero dicen que las perlas traen lágrimas —había objetado Gilbert.
—No le tengo miedo a eso. Y las lágrimas también pueden ser de felicidad".

"—Te aseguro que deseo que tu felicidad sea duradera, niña —suspiró la señora Rachel. Lo deseaba con sinceridad, y así lo creía, pero temía que constituyera un desafío a la Providencia hacer gala demasiado abiertamente de la felicidad. Por el propio bien de Ana, era necesario hacerla más mesurada.
Pero fue una muy feliz y hermosa novia la que bajó las viejas escaleras cubiertas de alfombras tejidas en casa, aquel mediodía de septiembre: la primera novia de Tejas Verdes, esbelta y de ojos brillantes bajo su velo de novia, con los brazos llenos de rosas. Gilbert, que la esperaba abajo, en la sala, la miró con ojos rebosantes de adoración. Por fin era suya aquella Ana evasiva, tanto tiempo ansiada, ganada tras años de paciente espera. Hacia él venía, en la dulce entrega de una novia. ¿La merecía? ¿Podría hacerla todo lo feliz que quería? Si le fallaba, si no podía llegar a ser todo lo que ella esperaba de un hombre… Entonces ella tendió la mano, sus ojos se encontraron y todas sus dudas se desvanecieron y se convirtieron en una gozosa certidumbre. Se pertenecían el uno al otro y, fuera lo que fuere lo que  les deparara la vida, nada cambiaría eso. La felicidad de cada uno estaba en manos del otro y ninguno de los dos tenía ningún temor".

"Los vientos de la noche comenzaban sus danzas salvajes más allá del banco de arena; la aldea de pescadores, al otro lado del puerto, estaba cubierta de luces cuando Ana y Gilbert tomaron por la senda bordeada de álamos. La puerta de la casita se abrió y el cálido resplandor del fuego que ardía en el hogar destelló en la oscuridad.
Gilbert tomó a Ana del brazo y la condujo al jardín a través del portoncito, entre los abetos de puntas rojizas, por el sendero rojo y hasta el escalón de arenisca de la puerta.
—Bienvenida a casa —susurró y, de la mano, cruzaron el umbral de su casa de los sueños".

"Las risas de las buenas noches se desvanecieron. Ana y Gilbert caminaron de la mano por su jardín. El arroyo que lo atravesaba dibujaba motitas cristalinas en las sombras de los abedules. Las amapolas que crecían en la orilla eran como copas depositarías de la luz de luna. Flores que habían sido plantadas por las manos de la esposa del maestro de escuela lanzaban su dulzura hacia el aire ensombrecido, como la belleza y la bendición de sagrados ayeres. Ana se detuvo en la penumbra para recoger una ramita.
—Me encanta oler flores en la oscuridad —dijo—. Es cuando puedes apoderarte de tu alma".

"—Ahora entiendo por qué algunos hombres no pueden evitar embarcarse —dijo Ana—. Ese deseo que nos viene a todos en algún momento, «navegar más allá de los confines del ocaso», ha de ser muy fuerte cuando nace en alguien. No me extraña que el capitán Jim se dejara llevar por él. Nunca veo salir un barco del canal o volar una gaviota por encima del banco de arena sin desear estar a bordo del barco o tener alas, no como una paloma, «para irme volando y descansar», sino como una gaviota, para meterme en el corazón mismo de una tormenta.
—Te quedarás aquí conmigo, pequeña —dijo Gilbert, con pereza—. No voy a permitir que te vayas volando y te metas en el corazón de las tormentas".

"—Es bastante difícil decidir cuándo una persona es realmente madura —dijo Ana, riendo.
—Eso es muy cierto, querida. Algunos son maduros al nacer, y otros no son maduros ni a los ochenta años, créame. La señora de Roderick de la que le hablaba, jamás maduró. Era tan tonta a los cien como a los diez.
—Tal vez por eso vivió tanto —sugirió Ana.
—Tal vez. Yo preferiría vivir cincuenta años de sensatez y no cien de tonta.
—Pero piense en lo aburrido que sería el mundo si todos fuéramos sensatos —observó Ana".

"—¿No conoce a ningún buen esposo, señorita Bryant?
—Ah, sí, muchísimos. Están por allá —dijo la señorita Cornelia, señalando por la ventana abierta hacia el pequeño cementerio de la iglesia, al otro lado del puerto.
—Pero vivos, de carne y hueso… —insistió Ana.
—Ah, hay unos pocos sólo para probar que para Dios todo es posible —admitió la señorita Cornelia de mal grado—".

"—Esa muchacha ha nacido para ser líder en círculos sociales e intelectuales, lejos de Cuatro Vientos —le dijo Ana a Gilbert mientras caminaban de regreso a su casa una noche—. Está desperdiciada aquí, desperdiciada.
—¿No escuchaste al capitán Jim y a un seguro servidor la otra noche, cuando hablamos de ese tema en términos generales? Llegamos a la confortante conclusión de que el Creador probablemente sepa cómo dirigir Su universo tan bien como nosotros y que, después de todo, no hay tal cosa como «vidas desperdiciadas», salvo cuando un individuo intencionalmente malgasta y desperdicia su propia  vida, el cual no es por cierto el caso de Leslie Moore. Y hay quien podría pensar que Redmond B. A., a quien los editores comienzan a honrar, está «desperdiciada» como esposa de un médico rural en la comunidad de Cuatro Vientos.
—¡Gilbert!
—Si te hubieras casado con Roy Gardner, en cambio —continuó Gilbert, sin misericordia—, tú habrías sido «líder en círculos sociales e intelectuales, lejos de Cuatro Vientos».
—¡ Gilbert Blythe!
—Tú sabes que en determinado momento, estuviste enamorada de él, Ana.
—Gilbert, eso es mezquino, «mezquino y por ende típico de los hombres», como dice la señorita Cornelia. Nunca estuve enamorada de él. Hubo un tiempo en que creí estarlo, nada más. Tú lo sabes. Tú sabes que prefiero ser tu esposa en nuestra casa de los sueños a ser una reina en un palacio".

"—¡Cómo brillan esta noche las luces de las casas a través de la oscuridad! —dijo Ana—. Esa hilera de luces, a lo largo del puerto, parece un collar. ¡Y el fulgor en Glen! Ay, mira, Gilbert, allí está la nuestra. Me alegro tanto de que hayamos dejado encendida la luz. Odio volver a una casa oscura. ¡La luz de nuestra casa, Gilbert! ¿No es bonito verla?
—Apenas uno de los muchos millones de hogares de la Tierra, querida, pero nuestra, nuestra, nuestro faro guía en «un mundo malvado». Cuando un hombre tiene un hogar y una querida y pequeña esposa pelirroja en ese hogar, ¿qué más puede pedirle a la vida?
—Bien, podría pedir una cosa más —susurró Ana, feliz—. Ah, Gilbert, me parece como si no pudiera esperar a que llegue la primavera".

"—¿Quién es esa hermosa criatura? —preguntó.
—La señora Moore —dijo Ana—. Es muy hermosa, ¿no?
—Nunca… nunca vi nadie como ella —respondió él, algo aturdido—. No estaba preparado… no esperaba… ¡Cielo santo! Uno no espera tener a una diosa de casera.
Caramba, si estuviera vestida con un traje de algas, con una diadema de amatistas en el pelo, sería una verdadera reina del mar. ¡Y aloja huéspedes!
—Hasta las diosas tienen que vivir —dijo Ana—. Y Leslie no es una diosa. Sólo es una mujer muy hermosa, tan humana como el resto de nosotros".

"—A mí me encantan las rosas rojas —dijo Leslie—. A Ana le gustan más las rosadas y a Gilbert las blancas. Pero a mí me gustan las rojas. Satisfacen alguna ansia en mí, como ninguna otra flor.
—Estas flores son tardías; florecen cuando todas las demás ya se han marchitado y retienen toda la calidez y el alma del verano —dijo Owen, arrancando algunos de los resplandecientes pimpollos a medio abrir—. La rosa es la flor del amor; así lo ha aclamado el mundo durante siglos. Las rosas rosadas son el amor esperanzado y expectante; las blancas son el amor muerto u olvidado, pero las rosas rojas, ah, Leslie, ¿qué son las rosas rojas?
—El amor triunfante —dijo Leslie en voz baja".

"—Hay otro mundo, recuérdelo, Susan.
—Sí —dijo Susan, con un profundo suspiro—, pero, querida señora, en el otro la gente no se casa ni se pide en matrimonio".







L. M. Montgomery

viernes, 10 de febrero de 2023

Citas Ana, la de Alamos Ventosos - L. M. Montgomery

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 "«¿Dónde está?». Es la Calle del Fantasma… aunque no podría decirte por qué motivo. Ya se lo he preguntado a Rebecca Dew, pero lo único que sabe decirme es que siempre se ha llamado Calle del Fantasma y que se contaba una historia, hace años, acerca de que estaba embrujada. Pero ella nunca ha visto nada raro allí, salvo a sí misma".

"Es la hora del crepúsculo, querido mío. (A propósito, ¿no es preciosa la palabra «crepúsculo»? Me gusta más que atardecer. Suena tan aterciopelada, llena de sombras y… y… crepuscular). De día pertenezco al mundo… por la noche, al sueño y a la eternidad. Pero a la hora del crepúsculo, estoy libre de ambos y me pertenezco sólo a mí misma… y a ti".

"Amor mío, espero que cuando encontremos nuestra «casa de los sueños», haya vientos alrededor de ella. Me pregunto dónde estará esa casa desconocida. ¿Me gustará más a la luz de la luna o a la madrugada? Ese hogar del futuro donde tendremos amor, amistad y trabajo… y algunas aventuras graciosas para hacernos reír en la vejez.
¡La vejez! ¿Seremos viejos alguna vez, Gilbert? Me parece imposible".

"El viernes que viene voy a Avonlea, a pasar dos días maravillosos. Él único inconveniente es que todos los que vea me preguntarán si me gusta enseñar en Summerside.
Pero piensa en Tejas Verdes ahora, Gilbert… el Lago de las Aguas Refulgentes cubierto por una manta de bruma azul… los arces del otro lado del arroyo comenzando a ponerse rojos… los helechos dorados en el Bosque Encantado… y las sombras del atardecer en la Senda de los Enamorados, ese lugar adorable. Descubro en mi corazón que desearía estar allí ahora con… con… ¿adivinas con quién? ¿Sabes, Gilbert, que hay momentos en que sospecho que te amo?".

"Suena extraño decir que disfruté de mi paseo en el cementerio, pero es así. Las anécdotas de la señorita Courtaloe eran tan graciosas… La comedia y la tragedia se entremezclan en la vida, Gilbert. Lo único que me persigue todavía es la historia de los dos que vivieron juntos cincuenta años, odiándose. No puedo creer que haya sido así. Alguien ha dicho que «el odio es solamente el amor que no encontró el camino». Estoy segura de que debajo del odio, en realidad se amaban (como te amaba yo todos esos años en los que creí odiarte) y que la muerte se lo habrá demostrado".

"—Nadie es demasiado grande para soñar. Y los sueños nunca envejecen".

"—Camina como si fuera dueña de la Tierra —comentó la señora Gibson con sarcasmo.
—Y es así —respondió Ana, alegremente.
—Ah, es usted muy joven —pontificó la anciana.
—«No cierro mi corazón a ninguna alegría» —recitó Ana—. Lo dice la Biblia, señora Gibson.
—«El hombre nace para los problemas del mismo modo en que las chispas se elevan en el aire». Eso también está en la Biblia".

"Creo que la causa de la mayoría de los problemas del mundo son los malentendidos. Tú y yo, ahora, con tanto tiempo para nosotros…
Buenas noches, queridísimo. Tus sueños serán dulces, si ejercen alguna influencia los deseos de «tu amada».
Posdata: La última frase es cita textual de una carta de la abuela de la tía Chatty".

"Estoy sola en la torre. Afuera la noche está silenciosa y aterciopelada. Ni siquiera los álamos se mueven. Acabo de asomarme por la ventana y arrojar un beso en dirección a alguien que está a menos de ciento cincuenta kilómetros de Kingsport".

"Hoy fue un día salido de junio y caído en abril. La nieve ha desaparecido y los prados y las colinas doradas cantan la primavera. El Rey de las Tormentas estaba embanderado con una ligerísima bruma violeta. Hemos tenido mucha lluvia últimamente y disfruté mucho sentada en la torre durante las silenciosas horas mojadas de los atardeceres. Pero esta noche es una noche apresurada… hasta las nubes que corren por el cielo tienen prisa, y la luz de la luna que asoma entre ellas está apurada por inundar al mundo.
Supongamos, Gilbert, que esta noche estuviéramos caminando, tomados de la mano, por uno de los largos caminos de Avonlea…
Gilbert, me temo que estoy escandalosamente enamorada cíe ti. ¿No te parece irreverente, verdad? Pero, bueno, no eres un ministro de la Iglesia".






L. M. Montgomery

jueves, 18 de agosto de 2022

Citas: Ana, la de la Isla - L. M. Montgomery

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"Aunque el cielo estaba aún teñido de púrpura, el reflejo de la luna prestaba a las aguas una plateada irrealidad de ensueño. Mientras, el recuerdo tejía un mágico y sutil encantamiento entre los dos jóvenes.
—Estás pensativa, Ana —dijo él por fin.
—Temo que si hablo o me muevo toda esta magnífica belleza se desvanecerá como un silencio roto  suspiró ella".


"—Ésos formarán pareja algún día  sentenció la señora Lynde.
Marilla se sobresaltó. En el fondo de su corazón abrigaba la secreta esperanza de que fuera cierto; pero le chocaba el estilo con que lo anunciaba la señora Lynde.
—Todavía son dos criaturas —comentó fríamente. La señora Lynde rió afablemente.
—Ana tiene dieciocho años; a esa edad yo ya estaba casada. Somos viejas, Marilla; es penoso aceptar que los niños sean ya personas mayores, eso es. Ana es una mujercita y Gilbert un hombre que besa el suelo que ella pisa; eso puede verlo cualquiera. Él es un muchacho excelente y Ana no puede ser mejor".

"El Sendero de los Amantes parecía realmente delicioso esa noche, silencioso y misteriosamente iluminado por el pálido resplandor de la luna. Lo recorrieron en medio de un agradable silencio.
«¡Qué fácil sería todo si Gilbert estuviera siempre como esta tarde!», reflexionó Ana. Gilbert la observaba mientras caminaban. Con su claro vestido y su figura grácil parecía una flor de exquisita blancura.
«Me pregunto si alguna vez podré hacer que se fije en mí», pensó con desaliento".

"—Nuestras pequeñas ambiciones parecen aquí insignificantes, ¿no es cierto, Ana?
—Creo que si alguna vez tuviera una gran pena correría hacia los pinos en busca de consuelo —comentó Ana, soñadora.
—Espero que nunca tengas una gran pena, Ana —dijo Gilbert.
No podía concebir ningún pesar en la criatura vivaz y gozosa que estaba a su lado; ignoraba que aquellos que pueden alcanzar las más altas cumbres de la dicha son los que más bajo caen en los abismos de la desesperación; que los más aptos para la alegría son también los más capaces para el dolor.
—Sin embargo, así será… alguna vez —murmuró Ana—. En estos momentos la vida es para mí como una copa de cristal colmada de néctar, cerca de mis labios. Pero tiene que haber algo amargo… como en todas las copas. Algún día me tocará a mí".

"—Ana —prosiguió Jane aún más solemnemente—, ¿qué piensas de mi hermano Bill?
Ana se quedó con la boca abierta ante la inesperada pregunta y forcejeó desesperadamente con sus ideas. ¡Por Dios! ¿Qué pensaba ella de Billy Andrews?
Nunca había pensado nada sobre él, sobre el Billy Andrews de cara redonda y tonta con su eterna sonrisa. ¿Podría cualquiera pensar siquiera en él?
— No… no entiendo, Jane —tartamudeó—, ¿qué quieres decir… exactamente?
—¿Te gusta Billy? —preguntó Jane lisa y llanamente.
—Pero… pero… sí, por supuesto —dijo Ana, no muy segura de decir totalmente la verdad. Por cierto que Billy no le disgustaba. Pero ¿podría la indiferente tolerancia con que le aceptaba cuando acertaba a verlo ser considerada como algo más? ¿Qué estaba tratando de averiguar Jane?
—¿Te gustaría para marido? —preguntó Jane con calma.
¡Marido! Ana se había sentado en la cama para precisar mejor su opinión respecto de Billy Andrews y ante esta palabra cayó de espaldas sobre las almohadas.
—¿Marido de quién? —preguntó casi sin aliento.
—Tuyo, por supuesto —respondió su amiga—. Billy quiere casarse contigo.
Siempre ha estado loco por ti y ahora que papá ha puesto a su nombre una granja, no hay nada que le impida casarse. Pero es tan vergonzoso que no se atreve a pedírtelo por sí mismo y me ha encargado a mí que lo haga. Yo no quería, pero no me ha dejado en paz hasta que le prometí hacerlo si se me presentaba la ocasión. ¿Qué opinas, Ana? ¿Era un sueño? ¿Una de esas pesadillas en las que una se ve casada o comprometida con alguien a quien aborrece o no conoce, sin tener la menor idea de cómo se llegó a ese punto? No, ella, Ana Shirley, estaba acostada, totalmente despierta en su propio lecho, y Jane Andrews se hallaba a su lado proponiéndole tranquilamente que se casara con su hermano Billy".

"—¿Y no es hermoso dejar de lado las pieles y los tocados invernales por vez primera y pasear como ahora, con ropas primaverales? —preguntó Priscilla riendo—.¿No te sientes renovada?
—En primavera todo es nuevo —dijo Ana—. La misma primavera es siempre distinta. Ninguna es igual a las anteriores; siempre posee algo peculiar. Mira qué verde está la hierba y cómo están creciendo los retoños del sauce junto a la laguna…".

"—¡Qué día tan aburrido! —bostezó Phil tendiéndose perezosamente sobre el sillón, después de desalojar a dos indignados gatos.
Ana dejó a un lado Las aventuras de Pickwikc. Ahora que habían concluido los exámenes de primavera, retornaba a Dickens.
—Será aburrido para nosotras —dijo, pensativa—, pero para mucha gente puede que sea un día maravilloso. Algunos estarán locos de felicidad. Tal vez hoy se está llevando a cabo una hazaña magnífica o se ha escrito un hermoso poema, o ha nacido un gran hombre. Y quizá se haya roto algún corazón, Phil.
—¿Por qué echaste a perder tus hermosos pensamientos con esa última frase, querida? —rezongó Phil—. No me gusta pensar en corazones rotos ni en nada triste".

"Cuando vio acercarse a Gilbert tuvo un sobresalto. Últimamente se las había compuesto para no encontrarse a solas con él, pero ahora nada podía hacer; hasta Rusty la había abandonado".

"—(...) ¿No es una tarde espléndida? ¿Sabes que hoy he descubierto un grupo de violetas blancas debajo de aquel viejo árbol? Me sentí como si hubiera descubierto una mina de oro.
—Tú siempre estás descubriendo minas de oro —dijo Gilbert, también con aire ausente.
—Vamos a ver si encontramos más. Llamaré a Phil y…
—Deja ahora a Phil y a las violetas, Ana —exclamó Gilbert mientras le cogía una mano y se la oprimía para que no pudiera soltarse—. Hay algo que quiero decirte.
—¡Oh, no lo digas! —pidió Ana—. No… por favor, Gilbert.
—Tengo que hacerlo. Las cosas no pueden seguir así. Ana, te amo. Tú sabes cuánto, yo… yo no puedo expresarlo con palabras. Prométeme que algún día serás mi esposa.
—Yo…, yo no puedo —exclamó Ana lastimosamente—. ¡Oh, Gilbert, lo has echado todo a perder!
—¿No te importo nada? —preguntó el joven después de una pausa mortal durante la cual Ana no se atrevió a levantar los ojos.
—No… no en ese sentido. Te quiero muchísimo como amigo. Pero no te amo, Gilbert.
—Pero puedes darme alguna esperanza de que en el futuro…
—No, no puedo hacerlo. Nunca, nunca te amaré… en ese sentido… Gilbert. No vuelvas a hablarme así nunca más.
Hubo otra larga pausa… larga, tensa; Ana tuvo por fin que levantar la vista. La cara de Gilbert tenía una palidez mortal. Y sus ojos… Ana no pudo soportarlo y desvió la mirada. Todo aquello no tenía nada de romántico. ¿Es que las declaraciones tenían que ser grotescas o… terribles? ¿Podría alguna vez olvidar el rostro de Gilbert?
—¿Hay algún otro? —preguntó por fin en voz baja.
—No… no —respondió Ana con vehemencia—. No hay ninguno, en ese sentido.
Y a ti te aprecio más que a nadie en el mundo, Gilbert. Y debemos, debemos seguir siendo amigos.
Gilbert rió amargamente.
—¡Amigos! Tu amistad no me basta, Ana. Quiero tu amor… y me dices que nunca podré alcanzarlo.
—Lo siento mucho. Perdóname —fue todo lo que pudo decir Ana. ¿Dónde, dónde estaban todos los hermosos discursos que imaginara para rechazar pretendientes?
Gilbert dejó su mano suavemente.
—No hay nada que perdonar. Hubo momentos en que pensé que me querías. Me he engañado, eso es todo. Adiós, Ana".

"—¿Qué te pasa? —preguntó Phil, mientras atravesaba las tinieblas tenuemente iluminadas por la luna.
Ana no contestó. En aquel momento le habría gustado que Phil se hallara a mil kilómetros de distancia.
—Supongo que has rechazado a Gilbert Blythe. ¡Eres tonta!
—¿Te parece tonto rechazar a un hombre al que no se ama?
—No sabes reconocer el amor. Has imaginado el amor como una sensación determinada y quieres que en la vida real sea así. Vaya; es la primera cosa sensata que he dicho en mi vida; no sé cómo me las he arreglado.
—Phil —rogó Ana—, por favor, vete y déjame sola un momento. Mi mundo ha caído hecho pedazos y quiero reconstruirlo.
—¿Sin Gilbert? —preguntó Phil mientras salía.
¡Un mundo sin Gilbert! Ana repitió esas palabras una y otra vez. ¿No sería un lugar muy triste y muy solitario? Bueno, todo había sido culpa de Gilbert. Había arruinado la hermosa camaradería que los unía. Tendría que aprender a vivir sin ella".

"—Ve a tomar un poco de aire fresco —repitió tía Jamesina—, pero lleva el paraguas porque parece que va a llover. Me duele la pierna.
—Sólo las personas de edad tienen reumatismo, tía.
—Cualquiera puede tener reumatismo en una pierna, Ana; pero sólo los ancianos lo padecen en el alma. Gracias a Dios, yo no. Cuando sientas reumatismo en el alma ya puedes ir a buscarte el ataúd".

"—Me he enterado de que se anunciará el compromiso de Gilbert Blythe con Christine Stuart tan pronto como pasen las fiestas de graduación. ¿Sabías tú algo de eso?
—No —dijo Ana.
—Creo que es verdad.
Ana no habló. En la oscuridad sintió que le ardía la cara. Deslizó la mano hasta su cuello, cogió la cadenita y la rompió de un enérgico tirón. Las manos le temblaban y los ojos le escocían.
Fue, sin embargo, la más alegre de las asistentes y le dijo a Gilbert, sin dolor alguno, que su carnet de baile estaba completo cuando éste le pidió que bailara con él".

"Roy pidió a Ana en matrimonio en el mismo pabellón donde conversaran la tarde lluviosa del primer encuentro. A la joven le pareció muy romántico que eligiera ese lugar. Su proposición fue tan perfectamente expresada, como si hubiera sido copiada del «Manual sobre el noviazgo y el matrimonio», tal como lo hiciera uno de los pretendientes de Ruby Gillis. Y también era sincera. No cabía duda de que Roy sentía sus palabras. Ninguna nota falsa echó a perder la sinfonía. Ana pensó que debía sentirse estremecida de pies a cabeza. Pero no era así: sentía una frialdad aterradora.
Cuando Roy hizo una pausa aguardando su respuesta, abrió los labios para dejar escapar el fatal «sí».
Y entonces comenzó a sentirse como si retrocediera ante un profundo precipicio. 
En un instante supo, con la rapidez de un relámpago, lo que no había sabido en muchos años. Retiró su mano de entre las de Roy.
—Oh, no puedo casarme contigo… ¡no puedo… no puedo! —exclamó desatinadamente.
Roy se puso pálido… y también algo tonto. Estaba muy seguro de sí mismo…
—¿Qué quieres decir? —tartamudeó.
—Que no puedo casarme contigo —repitió Ana con desesperación—. Creí que podría… pero no puedo.
—Pero ¿por qué? —preguntó Roy con algo más de calma.
—Porque… no te quiero lo suficiente.
Roy enrojeció repentinamente.
—¿De modo que te has estado divirtiendo conmigo durante estos dos años?
—No… no… —dijo la pobre Ana. ¿Cómo podría explicárselo? No podía hacerlo.
Hay cosas imposibles de explicar—. Creí que podría casarme contigo…
Sinceramente… pero ahora veo que no es así.
—Has destrozado mi vida —exclamó Roy amargamente".

"Amaba a Gilbert, siempre lo había amado. Ahora lo sabía. Supo que era parte de su vida. Que vivir sin él sería una continua agonía. Y la revelación llegaba demasiado tarde… demasiado tarde incluso para tener el amargo consuelo de acompañarlo hasta el final. Si ella no hubiera sido tan ciega… tan tonta… habría tenido el derecho de ir hacia él en ese trance. Pero Gilbert nunca sabría que ella lo amaba… se iría de esta vida creyendo que no le importaba".

"—¿Éste es el vestido que usarás esta noche? —preguntó Gilbert contemplando los lazos y volantes.
—Sí. ¿No es bonito? En la cabeza llevaré margaritas. El Bosque Embrujado está lleno este verano.
Gilbert tuvo una instantánea visión de Ana, ataviada con su vaporoso vestido verde, su cuello y sus brazos virginales emergiendo airosamente y blancas estrellas prendidas sobre su rojiza cabellera. La visión le quitó el aliento. Pero se volvió ligeramente.
—Bueno, vendré mañana. Espero que te diviertas esta noche.
Ana le miró alejarse y suspiró. Gilbert se mostraba amistoso… muy amistoso…, demasiado amistoso. Había ido a verla a menudo a «Tejas Verdes» después de su convalecencia y algo de la antigua camaradería retornaba. Pero Ana no la encontraba satisfactoria. Junto a la rosa del amor, el capullo de la amistad resultaba descolorido".

"—Ana, ¿tienes sueños no realizados? —preguntó Gilbert.
Algo en su tono, algo que no había escuchado desde aquella noche horrible en el huerto de «La Casa de Patty» hizo saltar el corazón de la muchacha. Pero pudo contestar con tranquilidad.
—Desde luego. Todos los tenemos. No nos vendría bien tener todos los sueños cumplidos. Mejor sería estar muertos que no tener sueños. ¡Qué bien huele! Quisiera poder ver los perfumes a la vez que olerlos. Estoy segura de que serían muy hermosos.
A Gilbert no se lo podía distraer así.
—Yo tengo un sueño —dijo lentamente— y persisto en acariciarlo, aunque a menudo me ha parecido que nunca podría realizarlo. Sueño con un hogar con una chimenea, un perro y un gato, los pasos de los amigos… ¡y tú! Ana quería hablar pero no podía hallar las palabras. Casi asustada, sentía la llamada de la felicidad.
—Hace dos años te hice una pregunta, Ana. Si la vuelvo a hacer, ¿me darás otra respuesta?
La muchacha todavía no había podido recobrar el habla. Pero levantó sus ojos, en los que brillaba el arrobamiento amoroso de incontables generaciones, y se miró en los de Gilbert por un instante. Él no buscó más respuesta.
Vagaron por el jardín hasta que cayó el sol. Tenían tanto de que hablar, tantos recuerdos; cosas que habían hecho, oído, pensado y dicho equivocadamente.
—Creí que amabas a Christine Stuart —le dijo Ana con reproche, como si no le hubiera dado todos los indicios para que creyera que amaba a Roy Gardner.
Gilbert se echó a reír.
—Christine estaba comprometida con alguien de su pueblo. Yo lo sabía y ella sabía que yo lo sabía. Cuando su hermano se graduó me dijo que ella vendría a Kingsport el invierno siguiente y me pidió que la cuidara un poco, pues como no conocía a nadie se sentiría muy sola. De modo que lo hice. Y entonces me gustó por sí misma. Es una de las mejores muchachas que he conocido. Sabía que las habladurías de la universidad daban por hecho mi amor por ella. No me importó. Nada me importaba mucho, después que me dijiste que nunca podrías amarme, Ana. No había otra; nunca pudo haberla para mi corazón. Te quise desde el día que rompiste la pizarra en mi cabeza en la escuela".
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"—Nunca podré olvidar la noche en que creía que te morías, Gilbert. Entonces lo supe y creí que era
demasiado tarde.
—Pero no lo era. Amor mío, esto lo compensa todo, ¿no es cierto? Hagamos que este día sea sagrado para nosotros, por toda la felicidad que nos trae.
—Es el nacimiento de nuestra dicha. Siempre quise este jardín de Hester Gray y ahora me es más amado que nunca.
—Pero tendré que pedirte que esperes largo tiempo, Ana —dijo el joven con tristeza—. Pasarán tres años antes de que termine mis estudios de medicina. Y aun entonces no habrá diamantes ni salones.
—No los quiero —contestó ella riendo—. Sólo te quiero a ti.






L. M. Montgomery

sábado, 13 de agosto de 2022

Citas: Ana, la de Avonlea - L. M. Montgomery

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"Una alta y delicada muchacha, de poco más de dieciséis años, con ojos grises y un cabello que sus amigos llamaban «castaño claro», se había sentado una hermosa tarde de agosto sobre la ancha escalera de caliza roja de una granja de la isla del Príncipe Eduardo, firmemente decidida a traducir unos versos de Virgilio.
Pero una tarde de agosto, con las brumas azules que ornaban las cuestas cultivadas, las brisas susurrantes como duendes entre los álamos y un danzarín esplendor de rojas amapolas que brillaban contra el oscuro seto de pinos jóvenes en un rincón del bosque de cerezos, se prestaba más a soñar que a las lenguas muertas".

"—El mundo es hermoso, después de todo, Marilla —concluyó Ana".

"—Marilla, ¿y si fracaso?
—No podrás fracasar por completo en un día y hay muchos más —respondió Marilla—. Lo que ocurre contigo es que esperas enseñarlo todo a esos niños y reformarles al instante y si no lo consigues, crees que has fracasado".

"Gilbert había decidido ya que sería médico.
—Es una profesión magnífica —dijo con entusiasmo—. Un hombre debe luchar por algo durante toda su vida. ¿No ha definido alguien al hombre como un animal de lucha? Y yo deseo luchar contra la enfermedad, el dolor y la ignorancia. Quiero hacer en el mundo mi parte de trabajo real y honesto, Ana; contribuir en algo a la suma de la inteligencia humana que han venido acumulando todos los hombres de bien desde el comienzo de los siglos. Los hombres que han vivido antes que yo han hecho tanto por mí, que quiero demostrar mi gratitud haciendo algo por los que vendrán después.
Me parece que es la única manera de cumplir con las obligaciones hacia la raza.
—A mí me gustaría contribuir a la vida con algo de belleza —dijo Ana soñadoramente—. No es mi deseo exacto hacer que la gente sepa más… aunque reconozco que ésa es la más noble de las ambiciones. Pero me gustaría hacer que los demás pudieran ser más felices y alegres gracias a mí; darles pequeñas alegrías que nunca hubieran disfrutado de no haber nacido yo.
—Creo que todos los días cumples tu ambición, Ana —dijo Gilbert con admiración.
Y tenía razón. Ana era una de esas criaturas que iluminaban por naturaleza.
Cuando hubo pasado junto a una vida con una sonrisa o una palabra, el poseedor de aquella vida la pudo ver, por lo menos durante ese instante, hermosa y llena de esperanzas".

"El método empleado por Davy era apoderarse de los rizos de Dora y darles un tirón. Dora lanzó un chillido y se puso a llorar.
—¿Cómo puedes ser tan malo cuando tu pobre madre acaba de ser enterrada? —dijo Marilla tristemente.
—Pero a ella le gustó morirse —dijo Davy confidencialmente—. Lo sé porque me lo dijo".

"—Ana, te tomas las cosas demasiado a pecho. Todos cometemos errores, pero la gente los olvida. Y los días terribles llegan para todos".

"«Cada mañana se empieza de nuevo, cada mañana el mundo es hecho otra vez», cantaba Ana mientras se vestía".

"—Una vez leí que las almas eran como flores —dijo Priscilla.
—Entonces la tuya es como un dorado narciso —dijo Ana—, y la de Diana como una rosa muy roja. Y la de Jane como un capullo de manzano, rosa, edificante y dulce.
—Y la tuya una violeta blanca, con listas rojas en el corazón —concluyó Priscilla".

"—No hay duda de que la verdadera amistad es algo muy reconfortante —dijo la señora Alian—. Y debemos tener un alto ideal de ella y nunca mancharla con ninguna falta a la verdad o a la sinceridad. Me temo que el nombre de amistad a menudo se ha degradado por una especie de intimidad que no tiene nada de verdadera amistad.
—Sí… como la de Gertie Pye y Julia Bell. Tienen mucha intimidad y van juntas a todas partes, pero Gertie siempre está diciendo cosas desagradables de Julia a sus espaldas, y todos piensan que está celosa de ella porque se alegra cuando alguien la critica. Creo que es una profanación llamar a eso amistad. Si tenemos amigos debemos sólo buscar lo bueno que hay en ellos y darles lo mejor que tenemos, ¿no le parece? La amistad debe ser la cosa más hermosa del mundo.
—La amistad es muy hermosa —sonrió la señora Alian—; pero algún día…
Se detuvo repentinamente. En el delicado rostro de Ana, con sus cándidos ojos y movedizos rasgos, había aún más de niña que de mujer. El corazón de Ana hospedaba sólo sueños de amistad y ambición, y la señora Alian no deseaba barrer las flores de su dulce inconsciencia. De modo que dejó que los años del futuro terminaran su frase".

"Al anochecer, Ana fue hasta la Burbuja de la Dríada y vio a Gilbert Blythe que llegaba cruzando el Bosque Embrujado. Repentinamente se dio cuenta de que Gilbert ya no era un colegial y de lo varonil y apuesto que parecía; alto, de rostro franco, con claros ojos y anchas espaldas. Ana pensó que Gilbert era muy buen mozo, aun cuando no se parecía a su ideal de hombre. Hacía ya mucho que ella y Diana habían decidido qué clase de hombre admiraban y sus gustos eran exactamente iguales.
Debía ser muy alto y distinguido, de ojos melancólicos e inescrutables, y voz suave y simpática. No había nada de melancólico e inescrutable en la fisonomía de Gilbert, pero, por supuesto, eso no tenía importancia en cuestión de amistad.
Gilbert se destacó de entre los abetos y observó a Ana apreciativamente.
Si se le hubiera pedido a Gilbert que describiera su ideal de mujer, la respuesta hubiera correspondido punto por punto a Ana, incluyendo hasta las siete pecas que tanto la mortificaban. Gilbert era poco más que un muchacho, pero un muchacho tiene sus sueños como todos, y en los de Gilbert había siempre una joven de grandes y límpidos ojos grises y rostro tan fino y delicado como una flor. También había decidido que su futuro debía ser digno de sus virtudes".

"La juventud de White Sands era algo alocada y Gilbert se hacía popular en todas partes. Pero quería ser digno de la amistad de Ana y hasta, algún día, de su amor".

"—Pero usted no es una solterona —dijo Ana sonriendo—. Las solteronas nacen, no se hacen.
—Algunas nacen solteronas, otras ganan la soltería y otras la reciben a la fuerza".

"Mientras subían la escalera, Davy le rodeó el cuello con un brazo y le dio un caluroso abrazo y un pegajoso beso.
—Eres muy buena, Ana. Milty Boulter escribió hoy en su pizarra y se lo enseñó a Jennie Sloane:

La rosa es roja, la violeta, azul,
la miel es dulce, y también lo eres tú.

»Y eso expresa mis sentimientos hacia ti, Ana".

"—(...)Voy a hacerte una pregunta, una pregunta seria. No te enfades y contesta seriamente: ¿te interesa Gilbert?
—Mucho como amigo y nada en el sentido que tú piensas —respondió Ana con calma y sinceridad, pensando para sí que contestaba francamente.
Diana suspiró. Deseaba que Ana le hubiera contestado de otro modo.
—¿No piensas casarte nunca, Ana?
—Quizás… algún día… cuando encuentre la persona indicada —contestó la muchacha, sonriendo soñadoramente a la luz de la luna.
—Pero ¿cómo estarás segura?
—Oh, lo sabré… algo me lo dirá. Tú sabes cómo es mi ideal, Diana.
—Pero los ideales de la gente cambian algunas veces.
—El mío, no. Y no podría importarme un hombre que no lo llenara.
—¿Y si nunca lo encuentras?
—Entonces moriré solterona —fue la alegre respuesta—. Creo que no es la peor de las muertes".

"—Ya sabe usted que el tiempo no pasa en un lugar encantado —dijo Ana seriamente—. Las cosas comienzan a ocurrir sólo cuando llega el príncipe.
El señor Irving sonrió un poco tristemente a aquella cara llena de juventud y promesa.
—Algunas veces el príncipe llega demasiado tarde —dijo. Pero no le pidió a Ana que pusiera en prosa ese comentario. Como todas las almas gemelas, «comprendía».
—Oh, no, no si se trata del verdadero príncipe que llega para la verdadera princesa —dijo Ana, mientras abría la puerta. Cuando él hubo entrado, cerró y se volvió y vio a Charlotta IV, que era «toda sonrisas» en el salón".

"—No, eso puedo entenderlo —dijo ésta—. Una boda no es poesía. ¡Señorita Shirley, señora, está llorando! ¿Por qué?
—Oh, porque es todo tan hermoso… y tan novelesco… y romántico… y triste…
—dijo Ana, secándose las lágrimas—. Es todo muy hermoso… pero también triste.
—Desde luego que es un riesgo casarse con alguien —concedió Charlotta IV—; pero una vez que está hecho, hay muchas cosas peores que el marido".

"Entonces echó llave a la puerta y se sentó bajo el álamo plateado a esperar a Gilbert, sintiéndose muy cansada, pero sin dejar por eso de pensar.
—¿En qué piensas, Ana? —preguntó Gilbert al llegar. Había dejado su coche en el camino.
—En la señorita Lavendar y en el señor Irving —respondió soñadoramente—. ¿No es hermoso cómo ha sucedido todo, cómo se han reunido después de todos estos años de separación e incomprensión?
—Sí, es hermoso —dijo Gilbert, mirando a Ana a la cara—, pero ¿no hubiese sido aún más hermoso si no hubiera habido separación e incomprensión, si hubieran recorrido de la mano todo el camino de la vida, sin otros recuerdos que los mutuos?
Por un instante, el corazón de Ana aceleró su ritmo y por vez primera no pudo sostener la mirada de Gilbert, mientras se teñían de rojo sus pálidas mejillas. Era como si se hubiera alzado un velo en su
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conciencia, revelándole sentimientos y realidades insospechados. Quizá, después de todo, el romance no llegaba con pompa y esplendor, como un caballero andante; quizá se deslizaba a nuestro lado calladamente como un viejo amigo; quizá se revelaba en prosa, hasta que una repentina iluminación que recorría sus páginas traicionaba el ritmo y la música; quizá el amor se desprendía naturalmente de una hermosa amistad, cual una rosa de corazón dorado de su tallo.
Entonces volvió a caer el velo; pero la Ana que recorriera el oscuro sendero no era la misma que llegara alegre la noche antes. Un dedo invisible había dado la vuelta a la hoja de la niñez, y ante ella estaba la página de la adolescencia, con todo su encanto y misterio; su dolor y alegría. Gilbert, sabiamente, no dijo nada más; pero en su silencio leyó la historia de los cuatro años siguientes. Cuatro años de trabajo feliz… y luego el galardón del útil conocimiento y de una novia ganada.
Tras ellos, la casita de piedra quedaba en las sombras. Estaba sola, mas no abandonada. Todavía no había terminado con los sueños, la risa y la alegría de vivir; había futuros veranos para la casita de piedra. Mientras tanto, podía esperar. Y sobre el río, en púrpuras prisiones, el eco esperaba su hora".






L. M. Montgomery 

lunes, 8 de agosto de 2022

Citas: Ana, la de Tejas Verdes - L. M. Montgomery

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 "—¡No me quieren! —gritó—. ¡No me quieren porque no soy un chico! Debí haberlo esperado. Nunca me quiso nadie. Debí haber comprendido que todo era demasiado hermoso para que durara. Debí haber comprendido que nadie me quiere en realidad. Oh, ¿qué puedo hacer? ¡Voy a echarme a llorar!
Y lo hizo. Sentándose en una silla junto a la mesa, puso los brazos sobre ésta y escondiendo la cara entre ellos, comenzó a llorar estrepitosamente. Marilla y Matthew se dirigieron sendas miradas de reproche. Ninguno de los dos sabía qué hacer o decir. Finalmente Marilla se decidió a actuar.
—Bueno, no hay necesidad de llorar así.
—¡Sí, hay necesidad! —La niña levantó rápidamente la cabeza, dejando ver su rostro lleno de lágrimas y sus labios temblorosos—. También usted lloraría si fuera una huérfana y hubiera venido a un sitio que creía iba a ser su hogar para encontrarse con que no la quieren porque no es un chico. ¡Oh, esto es lo más trágico que me ha sucedido!".

"—No comes nada —dijo Marilla toscamente, mirándola como si esto fuera una falta grave. Ana suspiró.
—No puedo. Me encuentro sepultada en los abismos de la desesperación. ¿Puede usted comer cuando se encuentra en los abismos de la desesperación?
—Nunca estuve en los abismos de la desesperación, de modo que no puedo decirlo —respondió Marilla.
—¿No? Bueno, ¿ha tratado alguna vez de imaginárselo?
—No.
—Entonces no creo que pueda comprender cómo es. Ciertamente, es una sensación muy desagradable. Cuando uno trata de comer, se forma un nudo en la garganta y no se puede tragar nada, ni siquiera un caramelo de chocolate".

"—Esta mañana tengo bastante hambre —anunció mientras se sentaba en la silla que le destinara Marilla—. El mundo no parece una cosa terrible como anoche. Estoy muy contenta de que sea una mañana de sol. Pero también me gustan las mañanas lluviosas. Toda clase de mañanas son interesantes, ¿no creen? No se sabe qué ocurrirá durante el día y hay un gran campo para la imaginación. Pero me alegro de que hoy no sea lluvioso porque será más fácil estar alegre y resistir la tristeza con un día de sol. Siento que tendré que resistir mucho. Es muy fácil eso de leer sobre dolores e imaginarse viviéndolos heroicamente, pero no es tan sencillo cuando son realidad, ¿no les parece?
—Cierra la boca, por el amor de Dios —dijo Marilla—; hablas demasiado para una niña".

"—Bueno, otra esperanza que se pierde. Mi vida es un perfecto cementerio de esperanzas muertas. Esta frase la leí una vez en un libro y me la repito siempre para consolarme cuando estoy desilusionada por algo.
—No veo dónde está el desconsuelo —dijo Marilla.
—Pues porque suena tan bello y romántico como si yo fuera la heroína de un libro. Me encantan las cosas románticas; y un cementerio lleno de esperanzas muertas es lo más romántico que uno pueda imaginarse, ¿no es cierto? Casi estoy contenta de que mi vida lo sea".

"—Me gustaría llamarla tía Marilla —dijo Ana, pensativa—; nunca he tenido una tía ni pariente alguno; ni siquiera una abuela. Me haría sentir como si realmente fuera de la familia. ¿Puedo llamarla tía Marilla?
—No, no soy tu tía y no me gusta dar a la gente nombres que no le pertenecen.
—Pero podríamos imaginar que lo es.
—Yo no podría —dijo Marilla, ceñuda.
—¿Nunca imagina usted cosas distintas de lo que son en realidad? —preguntó Ana con los ojos abiertos.
—No.
—¡Oh! —Ana aspiró profundamente—. ¡Oh, señorita… Marilla, no sabe lo que se pierde!".

"—Bueno, no te han elegido por tu apariencia; de eso no hay duda —fue el enfático comentario de la señora Rachel Lynde. La señora Rachel era una de esas deliciosas y populares personas que se jactan de decir siempre lo que piensan—. Es terriblemente flaca y fea, Marilla. Acércate, niña, y deja que te mire. ¡Por Dios!, ¿ha visto alguien pecas como éstas? ¡Y su cabello es tan rojo como la zanahoria!
Acércate, niña, he dicho.
Ana «se acercó», pero no exactamente como lo esperaba la señora Rachel. De un salto cruzó la cocina y se detuvo frente a la señora Lynde con el rostro enrojecido por la ira, los labios temblorosos y estremeciéndose de pies a cabeza.
—¡La odio! —gritó con voz sofocada, golpeando el suelo con el pie—. ¡La odio! ¿Cómo se atreve a llamarme pecosa y a decir que tengo el cabello rojo? ¿Cómo se atreve a decir que soy flaca y fea? ¡Es usted una mujer brusca, descortés y sin sentimientos!
—¡Ana! —exclamó Marilla, consternada.
Pero Ana continuaba frente a la señora Rachel con la cabeza levantada, los ojos centelleantes, los puños apretados, despidiendo indignación por todos los poros.
—¡Cómo se atreve a decir de mí tales cosas! —repitió vehementemente—. ¿Le gustaría que hablaran así de usted? ¿Le gustaría que dijeran que es gorda y desmañada y que probablemente no tiene una pizca de imaginación? ¡No me importa si lastimo sus sentimientos al hablar así! Tengo la esperanza de que así sea. ¡Usted ha herido los míos mucho más de lo que lo han sido jamás, ni aun por el marido borracho de la señora Thomas! Y nunca se lo perdonaré, ¡nunca, nunca!".

"—Bueno, no envidio la tarea de criar eso, Marilla —dijo la señora Rachel con atroz solemnidad.
Marilla abrió la boca para disculparse. Pero lo que dijo fue una sorpresa para ella misma, en ese momento y aun después.
—No debió haberla criticado por su apariencia, Rachel.
—Marilla Cuthbert, ¿no querrá decir que está defendiendo el terrible despliegue de mal carácter que acabamos de presenciar? —preguntó la indignada señora Rachel.
—No —dijo Marilla en voz baja—. No estoy tratando de disculparla. Se ha comportado muy mal y tendré que reprenderla. Pero tenemos que ser indulgentes con ella. Nunca le han enseñado cómo debe comportarse. Y usted ha sido muy dura con ella, Rachel.
Marilla no pudo evitar pronunciar esta última frase, aunque volvió a sorprenderse por lo que hacía. La señora Rachel se incorporó con aire de ofendida dignidad".

"—Espero que no tengas más motivos para pedir disculpas y que aprenderás a dominarte, Ana.
—Eso no sería tan difícil si la gente no me reprendiera por mi aspecto —dijo Ana suspirando—. Otras cosas no me molestan, pero estoy tan cansada de que me reprendan por mi cabello, que no puedo evitar saltar de indignación. ¿Cree usted que mi cabello se volverá castaño claro cuando crezca?
—Ana, no deberías preocuparte tanto por tu apariencia. Temo que eres una criatura muy presumida.
—¿Cómo puedo ser presumida cuando sé que soy fea? —protestó Ana—. Me gustan las cosas bellas y odio mirar al espejo y ver algo que no sea hermoso. Me hace sentir muy triste; igual que cuando veo algo horrible.
—Quien hace cosas hermosas es hermoso —dijo Marilla".

"—Ése es Gilbert Blythe, Ana. Es el que está sentado en tu misma dirección al otro lado del pasillo. Míralo y fíjate si no es guapo.
Ana le miró. Tenía una buena oportunidad para hacerlo, porque el tal Gilbert Blythe se encontraba absorto en la tarea de prender disimuladamente la larga trenza rubia de Ruby Gillis, que se sentaba delante de él, al respaldo del asiento. Era un muchacho alto, de rizados cabellos castaños, picarescos ojos de igual color y una sonrisa divertida. Repentinamente Ruby Gillis se puso de pie para enseñarle una suma al maestro; volvió a caer sobre su banco con un grito, creyendo que le arrancaban el cabello de raíz. Todos la miraron y el señor Phillips lo hizo con tanta severidad que Ruby comenzó a llorar. Gilbert había ocultado el alfiler rápidamente y estaba estudiando su lección de historia con la cara más juiciosa del mundo; pero cuando la conmoción se hubo calmado, miró a Ana y guiñó con indecible regodeo.
—Creo que tu Gilbert Blythe es buen mozo —le confió Ana a Diana—, pero es muy atrevido. No es de persona bien educada guiñar el ojo a una niña extraña".

"Gilbert Blythe no estaba acostumbrado a fracasar cuando se empeñaba en que una niña lo mirara. Ella debía mirarlo; esa Shirley de cabello rojo, pequeña barbilla puntiaguda y grandes ojos que no eran como los de las otras niñas de la escuela de Avonlea. Gilbert se inclinó a través del pasillo, alzó la punta de la larga trenza roja de Ana y dijo con un murmullo:
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—¡Zanahorias! ¡Zanahorias!
Entonces Ana le miró de hito en hito. E hizo más que mirarlo. Saltó sobre sus pies, convertidas en ruinas sus brillantes fantasías. Fulminó a Gilbert con una indignada mirada, cuyo relámpago fue
rápidamente apagado por coléricas lágrimas.
—¡Niñato mezquino y odioso! —exclamó apasionadamente—. ¡Cómo te atreves…!
Y luego, ¡paf! Ana había dado con su pizarra sobre la cabeza de Gilbert, partiendo la pizarra —no la cabeza— en dos pedazos".

"Gilbert cogió un pequeño corazón de caramelo con una leyenda dorada «eres dulce» y lo deslizó bajo la curva del brazo de Ana. De inmediato, la niña alzó la cabeza, tomó el caramelo cuidadosamente con la punta de los dedos, lo dejó caer al suelo, lo hizo polvo con el tacón y reasumió su posición, sin dignarse echar una mirada a Gilbert".

"—Pues tendrás que pasar sin ese honor. Vete a la cama, Ana, y que no vuelva a oírte decir una palabra más.
Cuando Ana hubo subido tristemente con la cara llena de lágrimas, Matthew, que en apariencia había estado profundamente dormido en el sofá durante todo el diálogo, abrió los ojos y dijo con decisión:
—Bueno, Marilla, creo que debías dejarla ir.
—No —respondió Marilla—. ¿Quién la está criando, Matthew, tú o yo?
—Bueno, tú —admitió Matthew.
—Entonces no intervengas.
—Bueno, no intervengo. No es intervenir el tener una opinión propia. Y mi opinión es que debes dejar ir a Ana".

"Los minutos parecían horas a la infortunada dama de los lirios. ¿Por qué no llegaba alguien? ¿Dónde habían ido las chicas? ¡Quizá se habían desmayado! ¿Y si no venía nadie? ¡Quizá comenzara a cansarse y no pudiera sostenerse más! Ana contempló las horribles profundidades, con sombras cambiantes, y tembló. Su imaginación comenzó a sugerir toda clase de horribles posibilidades.
¡Entonces, exactamente cuando sus manos no podían sostenerla más, Gilbert Blythe pasó remando bajo el puente!
Gilbert alzó los ojos y, ante su sorpresa, contempló una carita blanca y colérica mirándole con ojos temerosos y furiosos al mismo tiempo.
—¡Ana Shirley! ¿Cómo has podido llegar ahí? 
Sin esperar respuesta, se acercó al pilar y extendió su mano. No se podía hacer otra cosa; Ana tomó la mano de Gilbert, saltó al bote, donde se sentó, furiosa, envuelta por el chal goteante. ¡Por cierto que era muy difícil conservar la dignidad en tales circunstancias!
—¿Qué ocurrió, Ana? —preguntó Gilbert cogiendo los remos.
—Estábamos jugando a «Elaine» —explicó fríamente Ana, sin mirar siquiera a su salvador— y debía ir hasta Camelot en la balsa, quiero decir en la barca. Ésta comenzó a hacer agua y yo me subí al pilar. Las chicas han ido a buscar ayuda. ¿Será usted tan gentil como para llevarme hasta el embarcadero? Gilbert la llevó gentilmente hasta allí, y Ana, despreciando la ayuda, saltó limpiamente a la costa.
—Le estoy muy agradecida —dijo secamente mientras se retiraba. Pero Gilbert también saltó del bote y la detuvo.
—Ana —dijo rápidamente—, mira. ¿No podemos ser buenos amigos? Siento muchísimo haberme reído de tus cabellos aquella vez. No quería ofenderte. Además, ¡ha pasado ya tanto tiempo! Me parece que ahora tus cabellos son muy lindos; de verdad. Seamos amigos.
Ana dudó un instante. Tenía la extraña sensación bajo su airada dignidad de que la expresión mitad tímida, mitad ansiosa de los ojos de Gilbert era algo digno de contemplar. Su corazón empezó a latir extrañamente".

"—Oh, Ana —tartamudeó Diana, abrazándose a su cuello y llorando de alivio y alegría—. Oh, Ana… pensamos… que estabas… ahogada… y nos sentimos asesinas… porque te obligamos… a ser Elaine. Ruby está histérica. Oh, Ana, ¿cómo escapaste?
—Subí a uno de los pilares —explicó Ana tristemente—, y Gilbert Blythe llegó en un bote y me llevó a tierra.
—¡Ana, qué espléndido de su parte! ¡Es tan romántico! —dijo Jane encontrando por fin aire para hablar—. Claro que después de esto le hablarás.
—Claro que no —contestó Ana, con un retorno momentáneo a su antiguo espíritu
—. Y no quiero volver a escuchar jamás la palabra romántico, Jane Andrews. Siento terriblemente que os asustarais".

"Pero Matthew, que estuviera sentado en silencio en su rincón, puso su mano sobre el hombro de Ana cuando Marilla hubo salido.
—No abandones tu romanticismo, Ana —murmuró tímidamente—, un poquito es bueno; demasiado, no, desde luego. Pero guarda un poco, Ana, guarda un poco".

"—Todavía tiene mucho de niña.
—Pero también hay mucho de mujer —respondió Marilla, con un momentáneo retorno a su vieja hosquedad".

"El occidente era una gloria de suaves tonos y la laguna los reflejaba en todas sus gamas.
La belleza hizo estremecer el corazón de Ana y, agradecida, le abrió las puertas de su alma.
—Mi mundo querido —murmuró—, eres muy hermoso y me alegra vivir en ti.
A mitad del camino en la colina, un muchacho alto salió silbando de la puerta de la casa de los Blythe. Era Gilbert, y el silbido murió en sus labios cuando reconoció a Ana. Se quitó cortésmente la gorra, pero hubiera cruzado en silencio si Ana no se hubiera detenido, alargándole la mano.
—Gilbert —dijo, con las mejillas rojas—, quiero agradecerle que me cediera el colegio. Ha sido un gran detalle de su parte y quiero que sepa cuánto lo agradezco.
Gilbert tomó ansiosamente la mano que le ofrecían.
—No fue nada particularmente bueno de mi parte, Ana. Me gustó prestar algún pequeño servicio. ¿Vamos a ser amigos después de esto? ¿Me has perdonado de verdad mi vieja culpa?
Ana rió y trató sin éxito de retirar su mano.
—Ya te perdoné aquel día en el embarcadero. Fui una estúpida cabezota. Desde entonces, debo confesarte, lo he sentido terriblemente.
—Seremos los mejores amigos —dijo Gilbert jubilosamente—. Hemos nacido para serlo, Ana. Has burlado al destino mucho tiempo".





L. M. Montgomery