jueves, 26 de octubre de 2023

Citas: Nacimiento del día - Arturo Alvarez Sosa

 

"El mundo vale lo que somos dentro
del vientre de la luz, al puro estrago
de las horas soñando solo sueños:
la odiosa eternidad entre los días".

"Soy tu sueño y mi vida te tortura".

"Y no me insultes nunca de palabra
ni digas soy la luna, el mar, el viento,
porque eres nadie y ni siquiera polvo,
si alguien no recuerda la penumbra
de tus ojos, la piel, el rostro tuyo
cargado de sentido, de blasfemias
como vientres, países y tormentas".

"Oh mundo, hecho cual imagen ciega
de otra imagen sin imagen cierta".

"Silencio: sangre mía derrumbada
y alejada volviendo luminosa
al pecho del amante que la encierra
como un planeta lleno de mañanas
como noches y crímenes y lluvias".

"Alianza suelta de presencias vagas
bajo el amor alucinante y tuyo,
crecido en la memoria, y engañado
apenas abandona, con el rostro
alto, marcado a fuego por la noche,
su frágil posesión entre las sombras".

"Nunca digas
mi nombre cuando el vértigo madura".

"Llorando fuego en nuestro abrazo y rompe
en infinitas brasas la funesta
paz del olvido, el cielo y el infierno".

"Olvido: migración fija del hombre,
dónde la saciedad, el tajo vivo".

"Quitame el sueño lejos de la sombra
y la nostalgia seca del olvido,
para que con el solo cuerpo herido
huya de mí la tierra que te nombra".
(Lejos de la sombra)

"Ahora que el otoño alza y corona
entres desnudas flores la pradera
de su fuerza, la luz sola y entera
cava la sombra y luego la abandona.

Pero hacia dónde el día desazona,
y deriva su imagen duradera
con un cielo de nubes, en la espera
de lo pequeño y simple que ilusiona".
(Imagen del asombro)

"Qué poca cosa somos en la oscura
deriva de la nube muerta y sola,
dejándonos estar en la corola
del tiempo desasido de hermosura".
(Apenas polvo)

"Yo que ya digo poco, casi nada
así la claridad pise la cosa
con la piedad del hambre y de la rosa,
entre amigos no soy y soy con nada".
(Hablar claro)

"El peso del amor su desconsuelo,
y endurece el vigor en la furtiva
eternidad del aire, donde embalsa
la crecida pasión que inunda el cielo".
(Cautela viva)

"De par en par el corazón cerrado
y en el espejo el espejismo grave
de la palabra, casi yo, la tierra".
(De par en par)

"Hasta dónde conmigo se desliza
la fina lucidez del ansia vana,
en un claro reposo de ceniza".
(Abierto desvelo)


Arturo Alvarez Sosa

lunes, 23 de octubre de 2023

Citas: Mis ganas ganan - Elena Huelva

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 "¿Cuál es el peor regalo que habéis recibido?
Es una pregunta fácil. Todo el mundo ha recibido un regalo terrible al menos una vez en la vida. Hay distintos grados de regalos terribles, desde «gracias por pensar en mí, pero esto no me va» a «esto da mucho asco de verdad».
¿El peor regalo que he recibido yo? Un tumor de diez centímetros en la pelvis, el mes de enero de mis dieciséis años".


"—A veces, sin ningún motivo aparente, algunas de las células de nuestro cuerpo se descontrolan y se transforman en células malas —me explica Nacho, serio pero con un aura clara de tranquilidad; da la sensación de que ha dicho frases parecidas muchas veces antes a lo largo de su vida, y supongo que es así realmente—. El problema es que estas células malas no dejan de reproducirse, y eso es lo que crea masas.
Trago saliva. Ni Nacho ni mis padres han pronunciado la palabra «cáncer» aún, y eso me está volviendo loca. Biopsia, tumor, masa, células malas... todas estas palabras, como señales en un mapa, parecen apuntar hacia ese diagnóstico tan temido, el cáncer, pero aun así nadie se atreve a decirlo en voz alta.
Tengo que saberlo. Solo eso. Me da la sensación de que solo se hará real si alguien rompe este silencio tan pesado, y no voy a ser capaz de luchar contra algo si no puedo ponerle un nombre.
Me recuerda un poco a esos momentos de las series como Anatomía de Grey en que los doctores le dicen al paciente que tiene una masa y tú sabes inmediatamente que es cáncer, pero el paciente no se da cuenta hasta que el médico no lo pronuncia, desde la primera C a la última R.
—Entonces, ¿qué es lo que tengo? —pregunto, esforzándome para que no se me rompa la voz.
Nacho se humedece los labios. Mi padre, con lágrimas en los ojos, dice:
—Ella lo que quiere escuchar es el nombre.
Nacho sacude la cabeza.
—Sí, Elena, tienes cáncer".

"Siento el calor de mis padres un segundo antes de que me abracen, como si mi cuerpo se estuviese preparando para el contacto físico.
Trago saliva.
Esto no me puede estar pasando a mí.
Pero me está pasando a mí.
Hasta ahora había tenido una vida de lo más normal.
A partir de ahora voy a tener que ser más fuerte que nunca".

"—¿Qué pasa? —La voz de Emi, incluso al otro lado de la línea, es tan cálida como un abrazo reconfortante—. Te quiero muchísimo — suspira—. Ya te lo han dicho, ¿no?
Asiento y luego me doy cuenta de que, claro, Emi no puede verme. Me aclaro la garganta.
—S-sí. Sí, ya me lo han dicho.
—Bueno, pues habrá que ir para adelante.
Sonrío aún a través de las lágrimas.
—Sí. Ahora me toca pelear como nunca en la vida".

"Me pregunto si la gente que dona sangre y médula se da cuenta de hasta qué punto está regalando vida".

"—¿Sabéis qué? Mis ganas ganan. —Sus ojos se ponen más brillantes; hasta yo me siento emocionada por el peso de mis palabras y la gran verdad que esconden—. Mis ganas van a ganar. No tengo ninguna duda".

"Me muerdo el labio inferior.
—Oye, ¿Emi?
—¿Sí?
—¿Crees... crees que debería quitarme la peluca?
Emi alza las cejas hasta que se le dibujan unas arruguitas en la frente.
—¡Pues claro! Así estarás más fresquita. Ojalá pudiera quitarme yo esta melena un par de minutos al día, sobre todo con esta calor...
Suspiro.
—Buf, pero es que me da muchísima vergüenza.
Emi me propina un empujón cariñoso.
—¡Pero si no hay casi nadie!
Señalo a la otra familia que está en la playa con un gesto de la cabeza disimulado.
—¿Y si se me quedan mirando?
—Pues si se te quedan mirando será porque eres la chica más guapa de la playa. Venga, ¿qué más da?
Le dirijo una mirada furtiva a la otra familia. Los niños están un poco más cerca de nosotras, donde la arena ya está húmeda, jugando a hacer castillos. Los padres están algo más alejados, él tomando un helado y ella, como papá, intentando aprovechar estos últimos minutos de sol... cada uno a lo suyo, en sus propios mundos privados.
Trago aire.
«En esta vida hay que ser valiente», me recuerdo.
—Tienes razón —le digo a mi hermana mientras, con mucha lentitud, vacilante, me quito la peluca—. ¿Qué más da? Si yo también me gusto así".

"—A ponerse guapa, que te llevo a cenar por Sevilla y no vas a aparecer en chándal, que me dejarías quedar mal.
La quimio no me está jodiendo mucho y estoy de buen humor, así que le guiño un ojo y le digo:
—¿Y si me arreglo y te dejo quedar mal con mi belleza?
—No te emociones —me contesta, pero su comisura ya tiembla hasta formar una sonrisa".

"Papá tenía razón. He tenido el decimoséptimo cumpleaños perfecto, y lo mejor de todo es que me ha llenado el cuerpo de energía para seguir peleando contra la enfermedad. Nada conseguirá pararme los pies".

"Tuerzo los labios en una sonrisita. Esto es un palo de los grandes, pero lo mejor será tomárselo a la ligera, sobre todo por mis padres.
Además, ¿cuántas chicas de diecisiete años pueden decir que tienen dos ovarios izquierdos?
«A la vida hay que echarle dos ovarios —pienso—. Y en mi caso, los dos van a tirar por el mismo lado».
—Vale, vale, es que es un poco raro pensar que vais a andar cambiándome de sitio las partes del cuerpo, ya sabes.
El traumatólogo se ríe.
—Piensa que vas a ser un poco como la señora Potato.
—Mientras no le cambiéis la nariz y la boca de sitio... —bromea Emi—. Que no sé yo si se llevará mucho el look Picasso esta temporada".

"Cuando todo termina y puedo levantarme, mi primera reacción es la de echarme a llorar. Se trata de una emoción primitiva y muy profunda. Simplemente, las lágrimas empiezan a fluir y ya no hay manera de detenerlas. Me pongo tan mal que mamá tiene que entrar y abrazarme.
—Venga, Elena, ya está, ya ha pasado —dice, y me da un beso en la frente—. Sé que ha sido duro, pero te has enfrentado a ello como una campeona y hoy ya no tienes que hacer más pruebas. Ya está. Podemos irnos a casa.
Asiento, pero sigo llorando un par de minutos más. Creo que se le asocia un significado muy negativo a la acción de llorar. A veces, estoy segura, es lo más necesario. A veces tenemos que sacar todo lo que llevamos dentro, y una buena llantina puede dejarte tan limpio en calma como acurrucarte entre unas sábanas limpias tras un baño de agua caliente.
A veces llorar señala que lo malo ya ha pasado, y a partir de ahí, solo pueden venir cosas buenas".

"—Emi, ¿tú tienes miedo?
No tengo que especificar a qué. Como he dicho antes, Emi y yo somos como almas gemelas, y cuando tienes un alma gemela, no siempre necesitas palabras para comunicarte. Una mirada o un gesto o hasta los cambios en tu respiración pueden decirlo todo.
—Sí, claro que tengo miedo. ¿Y tú?
Trago saliva.
—Sí. Sí, a veces tengo muchísimo. De no curarme, o de curarme y luego sufrir una recaída. O de morirme.
Bajo la voz instintivamente al decir eso, y Emi se queda callada durante mucho tiempo. Quizá sean solo un par de segundos más de lo normal, pero a mí me parece mucho tiempo.
—Sí, yo también tengo miedo a esas cosas. —Suelta aire por la boca—. Pero luego recuerdo quién es mi hermana y toda la fuerza que tiene y me tranquilizo. Porque sé que si alguien puede con todo
y más esa persona eres tú, gordi.
Me muerdo el labio inferior.
—¿Y si no puedo? ¿Y si llega un momento en el que no puedo?
Emi me aprieta más la mano. Yo acaricio sus nudillos como si no quisiese olvidarme nunca de su tacto.
—Entonces aquí estaré yo para darte toda la fuerza extra que te haga falta. Y si con eso no te llega, también están mamá y papá, y todo el mundo que te quiere. Todos te daremos toda la fuerza que necesites. ¿Cómo es eso que dices? Mis ganas...
—Ganan —termino por ella, y sonrío—. Sí, tienes razón. Mis ganas ganan. Mis ganas van a ganar. Está clarísimo".

"—Elena, era tu madre —dice. Hasta sus palabras parecen pesar como el hierro—. Ya tiene los resultados de la biopsia.
Emi me aprieta la mano con más fuerza.
—¿Y?
Papá frunce los labios.
—Es una metástasis de sarcoma de Ewing.
Emi relaja la fuerza que ejerce sobre mi mano. Se ha quedado paralizada, como si papá acabase de arrojar un jarro de agua helada sobre ella.
—Vas a tener que volver a recibir quimioterapia, Elena —continúa papá—. Los médicos todavía no saben el tratamiento exacto que van a seguir, pero nos lo contarán cuando nos reunamos con ellos.
Cojo aire. Debo ser fuerte. Debo ser fuerte por todos ellos.
—Muy bien —digo, sorbiéndome los mocos—. Vale. Pues voy a por todas otra vez.
Como siempre. Jamás voy a rendirme. El cáncer se ha equivocado al escoger su objetivo, porque voy a pelear con uñas y dientes. Y voy a ganar. Eso lo tengo clarísimo".

"—¡Menudo logro! —exclamo cuando entro en el coche.
A mamá le entra la risa.
—¿El qué? ¿Mis habilidades para la conducción?
Pongo los ojos en blanco.
—Ja, ja, ja. No he vomitado nada hoy. ¿No te has dado cuenta?
Mamá sacude la cabeza mientras extiende el brazo para poner la radio.
—Sí, claro que me he dado cuenta. ¡Reto superado! A partir de ahora, todo será más fácil, ya lo verás.
Le sonrío, subiéndole el volumen a la música. Hay que celebrar todos los pequeños triunfos, ¿no?".

"«Vas a poder con esto, Elena —me digo—. Vas a dominar esta tempestad».
Lloro. Es una llantina rebosante de enfado y de frustración.
Recibir las noticias del nuevo nódulo es tirar a la basura toda esta lucha que tanto me ha costado.
—Basta —me susurro a mí misma, dándome un pellizco, casi como si quisiese despertarme de un mal sueño".

"Mi cabeza rapada solo es una señal más de lo duro que estoy luchando y de mis victorias pasadas. Es el signo de la lucha.
Ponerme de nuevo los pañuelos será como colocarse los guantes de boxeo antes de un combate.
De momento estamos Elena 1-cáncer 1, pero ya veremos quién dará el próximo golpe".

"—¿Qué es? —pregunta mi madre, jugueteando con los anillos de su mano.
Me muerdo la cara interna de las mejillas, preparándome, hasta que me hago daño físico.
Nacho solo frunce los labios.
—Me temo que el nódulo ha vuelto a crecer —dice, simplemente, las terribles nueve palabras que tanto temíamos y que ahora están frente a nosotras como una realidad ineludible—. No mucho, por fortuna, pero han salido tres nódulos más.
Respiro, con fuerza. No sé dónde meterme. No me puedo creer que el tratamiento no esté funcionando. Otra vez. Es una pesadilla continua, un laberinto al que no consigo encontrarle la salida.
—Todavía tengo que discutir los próximos pasos con el comité — continúa Nacho, su voz llegándome muy lejana, como retransmitida por una radio—. Pero lo más seguro es que tengas que empezar un nuevo tratamiento.
Mamá me coge la mano; me la acaricia. Me da la sensación de que está muy fría. Suspiro. No puedo rendirme.
—Pues a seguir luchando —digo, suavemente, forzando una sonrisa.
Estoy muy muy muy cansada, pero mis ganas de vivir persisten".

"Mis ganas van a ganar. Me lo repito hasta que todo mi cuerpo parece brillar con su significado. Mis ganas van a ganar, y no puedo esperar a descubrir lo que voy a hacer con mi vida después. Y es que hay que aprovechar el presente. Hay que arriesgar si se quiere algo y caminar con la convicción de que nunca nunca nos daremos por vencidos. De eso se trata la vida".




Elena Huelva


sábado, 21 de octubre de 2023

Citas: El ruido que hacen los loros - Felipe Quiroga

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 Jauría

"—¿Te puedo ayudar en algo? —le preguntó Olivia al notar su presencia.
—Usted es nueva por acá, ¿no?
—Sí.
—¿Esta camioneta no es de José?
—Sí, me la ha prestado.
—He visto que se anda juntado mucho con José y con la esposa. Todos en el pueblo lo hemos visto.
—Sí, son vecinos mío.
—No le conviene.
—¿Cómo?
—A usted no le conviene juntarse con ellos.
—¿Y por qué no?
—Acá nadie los quiere a ellos. Por la jauría.
—¿La jauría?".

"—Lo entiendo, José —dice—. No voy a decirle que no se sienta mal. No voy a decirle que con el se va a sentir mejor. Porque es mentira. He escuchado a mucha gente decir esas estupideces una y otras vez. Porque no saben. La verdad es que a veces no nos queda otra que tratar de seguir viviendo con lo que hemos hecho. O con lo que deberíamos haber hecho y no hicimos".

Alambrados

"En ese entonces el lugar le pareció muy deprimente y pensó que no duraría mucho ahí, que se iba a terminar entregando en la comisaría a las pocas semanas. Pero no lo hizo y tuvo que resignarse a vivir con la idea de los actos terribles no siempre tienen consecuencias".

El ruido que hacen los loros

"Los loros no se callan.
Walter se queda acostado boca arriba, la mano sobre la herida. Ahora es celeste todo lo que ve. Le cuesta respirar. El baúl del auto ha quedado abierto: los loros escapan volando. Forman una sola columna verde, de pluma agitadas, que cruza el cielo.
El ruido que hacen los loros es lo último que Walter escucha antes de cerrar los ojos".







Felipe Quiroga

sábado, 16 de septiembre de 2023

Citas: Relatos para leer en el colectivo - Angel Ramón

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 A la hora prevista


"Toda su entereza se esfumó, sus facciones se reblandecieron de golpe  para volver a endurecerse casi al instante, sus piernas flaquearon. El hombre lo notó y antes que pudiera caer lo sostuvo de un brazo. Se dio cuenta que era un cobarde y no le importaba en lo más mínimo, lo miró  suplicante pero el guardia, el muy miserable, desvió rápidamente la mirada".

Nébel está loca

"A veces se duerme en mi brazo y termina entumecido; no me animo a moverla porque se despierta idiota... otra veces, cuando estoy  descuidado, se acerca por detrás y me recita mi parte favorita de "La meningitis y su sombra": [...] Y cuando sane y no tenga más delirio ¿me querrás todavía?"

"La veo silbando y llenándose de saliva el mentón mientras delicadamente pasa el plumero para no lastimar el lomo de los libros. Veo el amor que le pone y me digo ¡qué suerte que esté loca! La miro y me doy cuenta que el amor y la felicidad cambian el rostro más nunca se van".

2°A

"Cuando subió el auto se le cayó la llave de arranque. Al levantarla, notó que le faltaba una media, le dio gracia, no se había percatado del sudor en la planta del pie. Como tenía todo el día por delante, volvió al departamento, abrió silenciosamente la puerta y... no vio nada. No había nada, ni muebles, ni mujer dormida, ni platos sucios, ni nada. Un departamento vacío esperando ser habitado. Se rascó el pecho pensativamente, concluyó que era el piso equivocado aunque estaba seguro que era el 2°".

"Fue hacía el baño envuelto en una sensación de irrealidad cada vez más fuerte. Esta vez no hubo espejo que le devolviese la mirada así que se dirigió al balcón donde no vio las macetas colgantes ni las sillas plegables donde nacieron los primeros besos".

Tarde de domingo

"45 años compartidos, 20 años él, 22 ella cuando se casaron y un escándalo que no alcanzaron a comprender del todo. Tantas vidas en una vida".

Ausencia

"Llenar mi ausencia con historias, de esas que tienen otro final, donde el deseo siempre triunfa y la melancolía es solo parte del nudo".

Ojos de gato

"Lo demás es historia: unas preguntas bobas, un roce secreto, un contacto disimulado y todos los mensajes estúpidos del mundo. Un flash. 

Y de repente... de repente esos ojazos dejaron de mirarme, como cuando empiezan los créditos de las películas, te levantas y te vas aun ningún agradecimiento a esos tipos que hicieron tu vida una fantasía durante hora y media. La guardas en el fondo del cerebro y a otra cosa. Así me archivaron esos ojos".

"Y esos ojos que mirarán para otros lados, que se convertirán en ojos de doncella en las barbas indicadas, esos ojos no necesitan reyezuelos, necesitan ternura y libertad, varios metros de espacio y toda la paciencia del mundo".

"La esperanza de que salgan a relucir alguna vez queda pero no me engaño, esos ojos no son para mí o no como yo lo quiero por lo que con un "hola y adiós" dejo mi media sonrisa y salgo a buscar ese faro que convierta mis ojos de huérfano en ojos de enamorados".

Me senté cómodamente

"Qué se yo, capaz son excusas. Tal vez busqué el primer conflicto en puerta para decidir que no tenia el tiempo de escribir y así fue que la colección de cucarachas quedó sin un cajón donde dormir".

Mariana

"Me quitaste tu presencia, tus abrazos y tu pasado. Me quitaste el saludos cuando decidiste que no podías manejar la situación. Me quitaste varias historias sin escribir".

"Me ofreciste la historia más tierna que pude (puedo) merecer. Me ofreciste dos abrazos, un par de caricias y las ganas de fundirnos en un beso. Me ofreciste amor propio, ganas de recuperarme y la visión de un mañana mejor. Me ofreciste esperanzas".

Valentina (d)el viento

"No te esperaba, no sabía cómo serías por una simple razón: nunca te vi en mi vida como algo posible.
Como el viento sorpresivo que sopla en verano y, din previo aviso, se asocia con la lluvia y empiezan un baile que arrasa con todo".

"Recuerdo el primer contacto que tuve, que tuvimos, perdón, con vos. 
María Laura me miró con unos ojos grandotes y húmedos mostrándome tu fotografía:

—Mirá, es Valentina.

Velentina, que nombre tan adecuado, Valentina (d)el viento. Que viento tan hermosamente... cruel".

"El amor eras vos, el amor era tu puñito cerrado, tus ojitos ceñidos y tu garganta dando un grito de libertad que recorría el mundo en 60 centímetros de carne rosada.
El viento llegó y lo revolvió todo. Se metió en todos y casa uno de nuestros espacios sin dejar nada para después. Viento huracanado, furioso, apurado".

"Valentina (d)el viento. Fuiste el viento que vino a revolver cada una de mis moléculas con su sola presencia risueña, con sus grititos de amor, fuiste viento y raíz".

Charlas de un sábado por la mañana en el desayuno

"—¿Qué te va a pasar si un día me voy detrás del sol? —me preguntaste a quemarropa. Así, desprevenido. Yo estaba en otra, ocupándome de las cosas que se ocupan los grandes: las cuentas, llegar a fin del mes, planchar la corbata. En tonteras.

Te mire a punto de mandarte a la mierda y vi en tus ojos la sabiduría infinita del que está lejos de una cuenta vencida , me desarmaste".

El dolor

"El dolor es sabio, sabe dónde, cómo y cuándo hacerme escribir. Sabe que sé. Se aprovecha de mí, me posibilita darle color, textura y forma".

Amancay

"Era Anyelén, me soltó en una oración atropellada "holavengodepasadaestaesAmancay" y eso fue mi perdición. La vi y la amé con todo mi ser de entrada, de manera fulminante: amor a primera vista, le dicen. Ya no quise tener más el corazón desierto".

"Cuando la saludé, supe que ya no se iría más de mis pensamientos.
Acerté, no puedo pasar más de 5 días aunque más no sea sin saludarla de lejos".





Angel Ramón

miércoles, 13 de septiembre de 2023

Citas: Mi primera entrevista y otros cuentos - Ana Frank

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"Imaginaos que la persona objeto de mi primera entrevista supiera lo que me propongo. Lo más seguro es que se pusiera colorada y preguntara: « ¿Qué hay que decir de mí?» Pues bien, esa persona es Peter, y voy a deciros por qué le he escogido. Se me ocurrió la idea de hacer a alguien una entrevista, y como todos los de la casa han sido ya minuciosamente descritos varias veces, pensé que Peter sería un tema interesante, pues él, igual que Margot, siempre se mueve en segundo término y casi nunca se mete en nada.
Si, al caer la tarde, llamáis a la puerta de su cuarto, oiréis que os contesta, muy bajito: «Adelante.» Al entrar, le encontraréis mirándoos por entre los peldaños de la escalerilla que conduce altejado. 

Os recibirá siempre con una palabra de bienvenida como «¡Vaya!»".

"No hace falta añadir que es guapo, eso lo ve cualquiera. Tiene un cabello precioso, castaño y ondulado, ojos de un color azul grisáceo..., pero siempre fue mi punto flaco describir rostros. De modo que lo mejor será que, después de la guerra, pegue su fotografía junto a las de los demás habitantes de la casa, por lo que no es preciso seguir con la descripción".

22 de Febrero de 1944

El pozo de la aniquidad

"No creo que seamos tan distintos de la Naturaleza. Y si como personas somos parte de la Naturaleza, ¿por qué habría de avergonzarnos la forma en que ella nos ha vestido?".

El ángel de la guarda

"Una noche, mientras la muchacha dormía, se le apareció su abuela.
Iba vestida de blanco. Sus blancos cabellos le caían sobre los hombros y llevaba una lucecita en la mano. La joven se la quedó mirando y esperó a que la aparición empezase a hablar.
—Querida mía le dijo su abuela-, hace ya cuatro semanas que te observo y no haces más que llorar y dormir.
»Esto no puede ser. He venido para decirte que debes trabajar, hilar, cuidar de la casa y arreglarte. No pienses que porque me haya muerto no me ocupo de ti. Desde el cielo, no dejo de observarte. Soy tu ángel de la guarda y estoy a tu lado, igual que antes.
»Vuelve a tu trabajo sin acobardarte y no olvides que tu abuela no te abandona.
Con estas palabras, desapareció, y la muchacha siguió durmiendo.
Pero al despertarse, a la mañana siguiente, recordó las palabras de su abuela y sintió una gran alegría al comprender que no estaba sola".

22 de Febrero de 1944

Pensamiento

"Carecemos de muchas cosas, y desde hace tiempo. Lo siento tan bien como tú. No estoy hablando de cosas externas. De eso tenemos bastante. No, hablo de las cosas que nos hacen vibrar interiormente.
Ansío, tanto como tú, tener libertad y poder respirar a pleno pulmón, pero ahora creo que, por estas privaciones, estamos ampliamente recompensados. Lo comprendí de pronto, esta mañana, al mirar por la ventana. Al mirar hacia fuera y percibir la existencia de Dios en lo más profundo de la Naturaleza, me sentí feliz, completamente feliz".

23 de Febrero de 1944

La felicidad

"Jacques me parecía un muchacho muy simpático, aunque callado y algo taciturno, pero creo que eso era precisamente lo que más me atraía. Nuestros paseos se hicieron más y más frecuentes".

"Un día, entró en mi habitación con un pretexto cualquiera. Yo estaba sentada en un almohadón, mirando al cielo.
—¿Te molesto?  —me preguntó al entrar.
—No, de ninguna manera —contesté volviéndome hacia él. Pasa y siéntate. ¿A ti no te gusta soñar despierto?
Él apoyó la frente en el cristal de la ventana.
—Sí; yo también sueño a menudo. ¿Sabes cómo le llamo a eso?
Contemplar la historia del mundo.
—Una frase feliz, muy apropiada. No se me olvidará  —dije yo, entusiasmada.
—Sí.
Él me miró con una de sus raras sonrisas que siempre me desconcertaban".

"A los pocos días, volvió a entrar. Yo estaba sentada en el mismo sitio, y él se colocó otra vez junto a la ventana. Hacía un día espléndido. El cielo tenía un azul intenso. La ventana estaba muy alta. No veíamos las casas; por lo menos, yo no miraba hacia abajo.
De las ramas del pelado castaño que había delante de la casa colgaban gotas de rocío que el sol hacía brillar. Los pájaros revoloteaban junto a la ventana y de todas partes se oían trinos.
No podría explicar lo que nos pasó, pero ninguno de los dos se atrevía a decir ni una palabra. Estábamos juntos, en la misma habitación y bastante cerca uno de otro, pero casi ni nos mirábamos.
Sólo mirábamos al cielo y hablábamos con nosotros mismos. Hablo por los dos porque estoy segura de que él sentía lo mismo que yo, y tenía tan pocas ganas como yo de romper el silencio".

"—¿Y cómo la encontraste tú?
—Ven conmigo —le dije, poniéndome de pie. Le llevé a la buhardilla. Desde la ventana se divisaba un buen pedazo de cieloMira, si quieres encontrar la felicidad en ti mismo, tienes que salir de casa un día como hoy, con mucho sol y cielo azul, o asomarte a una ventana como ésta, desde la que se divise toda la ciudad bajo un cielo sin nubes.
»Voy a decirte lo que a mí me ocurrió. Estaba en el internado.
Aquello era un asco. Cuanto mayor me hacía, peor lo pasaba. Un mediodía, después de la clase, salí al campo sola. Allí me senté y me puse a soñar un poquito. Al mirar al cielo me di cuenta de que hacía un día maravilloso. Hasta aquel momento no lo había advertido porque estaba demasiado absorta en mis propias penas.
»Pero cuando, al mirar en torno mío, vi que todo era tan hermoso, dejé de oír aquella vocecita que no hablaba más que de cosas tristes.
Entonces no sentí sino que lo que me rodeaba era bello y lo único verdadero.
»Allí me quedé más de media hora. Cuando, por fin, me levanté para volver a la aborrecida escuela, ya no me sentía deprimida; al contrario, todo me parecía hermoso y bueno, como era en realidad.
»Más tarde comprendí que aquel día, por primera vez, había encontrado la felicidad en mí misma y que en todas partes se podía ser feliz.
—¿Y entonces cambiaste? —preguntó él en voz baja.
Ana FrankMe sentía distinta cuando era feliz. Pero desde entonces no siempre he sido feliz, no creas. He seguido refunfuñando bastante, pero no he vuelto a sentirme tan desdichada como antes. Comprendo que mi tristeza venía de la compasión que sentía por mí misma, y que la felicidad nace del contento.
Cuando acabé de hablar, él siguió mirando por la ventana, pensativo, sin decir nada. Luego se volvió bruscamente hacia mí y me dijo:
—Todavía no he hallado la felicidad, pero he hallado algo más: una persona que me comprende".

12 de Marzo de 1944

Miedo

"Miré al cielo. De pronto, me di cuenta de que ya no tenía miedo; al contrario, estaba muy tranquila.
Lo increíble era que no pensaba en mi familia, ni la echaba de menos. Lo único que quería era descansar. Al poco rato, me quedé dormida entre la hierba y bajo las estrellas".

"Me restregué los ojos. Por allí no se veía a nadie. Sólo los tréboles y los dientes de león me hacían compañía. Volví a echarme sobre las mantas y me puse a pensar en lo que iba a hacer, pero mi pensamiento volvía, una y otra vez, a aquella maravillosa sensación que me embargara por la noche cuando, al verme en el prado, todos mis temores se desvanecieron".

"Desde aquel momento, a pesar de que cerca de mí han caído muchas bombas, nunca más he tenido miedo".

25 de Marzo de 1944

Dar

"Todos los hombres nacen iguales. Todos vienen al mundo indefenso e inocentes. Todos los hombres respiran el mismo aire.
Muchos creen en el mismo Dios. Y, a pesar de todo, para muchos, las diferencias son enormes. Y son enormes porque nunca se han detenido a pensar de dónde provienen tales diferencias. Si lo hubieran  hecho, no habrían tardado en darse cuenta de que, en realidad, no existen".

"Todos los hombres nacen iguales y todos han de morir. Nadie puede llevarse de este mundo sus riquezas. La fortuna, el poder y los honores duran pocos años. ¿Por qué aferrarse, pues, con tanto afán a lo que es efímero? ¿Por qué, los que tanto tienen no pueden dar a sus semejantes lo que a ellos les sobra?
Y, lo que es más importante, no arrojar la limosna, sino darla con amor. Todo el mundo tiene derecho a ser tratado con consideración".

26 de Marzo de 1944





Ana Frank

sábado, 9 de septiembre de 2023

Citas: Casualmente - Fumio Obata

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"¿Cuánto tiempo llevo aquí? Con este ruido, caos, hiperactividad, energía... Y amplitud de miras...".

"Curiosamente no estoy nada emocionada...
Estoy tan tranquila, incluso algo cínica...
Ni una sola lágrima ha salidos de mis ojos...
¿Qué me pasa? Empieza a ser alarmante. 
Es el funeral de mi padre, ¡por el amor de Dios!".

"En vez de llamar a Mark me vi a mí misma de nuevo en la sala... 
Porque de repente me había dado cuenta... de qué hacía Hisato allí solo antes de que empezara el velatorio.
Quería contarle algo a papá... 
Los dos solos...
Porque no habría más oportunidades después de esa.
—Papá. Voy a casarme.
Y justo después... 
Estaba metiendo mi mano en su ataúd...
Tocando su carne muerta...
Acariciándolo...
Un escalofrío triste me recorrió. Sin embargo, esa cosa llamada muerte le dejé entrar en mi interior; dentro, donde está mi verdad. Ardiendo.
Los sentimientos y emociones que se habían perdido en mí, ahora, lentamente, gritaban. Encontrando sus voces de nuevo".

"...La vida tiene un límite de tiempo.
Y nosotros cambiamos continuamente...
También nuestras ambiciones, deseos y propósitos...
Lo importante es... Encontrar algo en ti nunca cambie".









Fumio Obata

martes, 5 de septiembre de 2023

Citas: Las huellas del silencio - John Boyne

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 "En una ocasión, durante una reunión familiar, cuando ya iba bastante bebido, se puso de pie a mi lado, apoyó una mano en la pared, se inclinó muy cerca de mí, lanzándome un hedor a cigarrillos y alcohol que me obligó a apartar la cara, se apretó la lengua contra la mejilla y, con un tono extremadamente amable, me dijo:
«Oye, tú. ¿Nunca piensas en que has desperdiciado tu vida? ¿Nunca? ¿No desearías poder volver a vivirla? ¿Poder hacerlo todo de manera diferente? ¿Ser un hombre normal, en lugar de lo que eres?». Yo negué con la cabeza y respondí que me sentía muy satisfecho con mi vida y que, a pesar de que había tomado mis decisiones a una edad temprana, seguía ateniéndome a ellas. Me atenía a ellas, insistí, y aunque tal vez él no fuera capaz de comprender la sensatez de esas decisiones, haberlas tomado había dado claridad y sentido a mi vida, cualidades que, por desgracia, parecían faltar en la suya. «En eso tienes razón, Odran —dijo, y se apartó, liberándome de la opresión de su torso y de sus brazos—. Pero, en cualquier caso, yo no podría ser lo que eres tú. Preferiría pegarme un tiro»".


"—¿Va todo bien, Hannah? Estás rara. ¿Te preocupa alguna cosa?
Ella lo pensó unos segundos.
—No quería hablar de ello —dijo inclinándose hacia delante, en actitud conspirativa—. Pero, ahora que lo mencionas, y que esto quede entre tú y yo, me parece que Kristian no se encuentra nada bien. Sufre unos dolores de cabeza terribles, y se niega a ir al médico. Tienes que decirle algo, a mí no me hace caso.
La miré fijamente. No sabía qué contestarle; ni qué quería decirme con eso.
—¿Kristian? —dije finalmente, la única palabra que se me ocurrió—. Pero Kristian está muerto.
Ella me miró como si le hubiera dado una bofetada.
—¿Crees que no lo sé? —dijo—. ¿Acaso no lo enterré yo misma? ¿Por qué has dicho semejante cosa?".

"—¿Cómo es eso que dice Shakespeare? —preguntó el arzobispo con una gran sonrisa—. ¿«No estamos aquí para cuestionar»?
—«No estaban allí para razonar, sino para vencer o morir» —lo corregí—. Tennyson.
—¿No es Shakespeare?
—No, eminencia.
—Habría jurado que era de Shakespeare.
Guardé silencio".

"—¿Tienes hermanos? —pregunté al otro lado de la habitación cuando el silencio se me hizo demasiado insoportable.
—Nueve —respondió Tom.
—Son muchos. ¿En qué puesto estás de la clasificación?
—En el último. —Me pareció oír un sollozo ahogado en su voz—. Soy el más pequeño. Por eso tengo que ser cura. Dos de mis hermanas ya son monjas. ¿Y tú?
—Somos sólo mi hermana y yo —dije—. Tenía un hermano, pero murió.
—¿Y tú sí quieres estar aquí? —preguntó.
—Por supuesto —dije—. Tengo vocación.
—¿Quién te ha dicho eso?
—Mi madre.
—¿Y ella cómo lo sabe?
—Tuvo una epifanía una noche, cuando estaba viendo The Late Late Show".

"—¿Y cómo has conseguido ese puesto?
—Me presenté —dijo mamá.
—Supongo que eres bastante lista.
—¿Y tú? ¿A qué te dedicas?
—Soy actor.
—¿Te he visto en algún sitio?
—¿Has visto De aquí a la eternidad?
—¿La película?
—Sí.
—Claro que la he visto. En el Adelphi.
—Bueno, yo no estoy en ésa.
Ella rió.
—Entonces ¿en cuál estás?
—Hasta ahora, en ninguna. Pero algún día lo haré".

"Ann inhaló profundamente, parecía estar reuniendo fuerzas.
—Padre —dijo por fin antes de sentarse recta y mirarme a los ojos—. Tenemos que hablar de Evan.
Yo estaba dando un sorbo de té justo en ese momento y estuve a punto de ponerme en una situación embarazosa; no creo que ella supiera de qué me reía, pero el muchacho sí, porque me miró a los ojos y lanzó una sonrisita de suficiencia.
—¿Se encuentra bien, padre? —preguntó ella.
—Lo siento —respondí—. Me he atragantado con el té.
—Hay un problema —continuó Ann.
—No hay ningún problema —repuso Evan—. Al menos, no conmigo. Por el contrario, me encuentro muy bien ahora mismo.
—Por el contrario —dijo ella imitándolo, y luego negó con la cabeza.
—¿Cuál es el problema?
—Oh, para ya, Evan, ¿quieres? No impresionas a nadie así.
El muchacho me miró con un gesto de perplejidad.
—Lo único que he dicho ha sido «por el contrario».
—Compórtate —dijo Ann.
—Me estoy comportando —insistió Evan—. Padre, ¿a usted le parece que no me estoy comportando?
—Ann —dije sin hacer caso a la pregunta—. ¿Por qué no me cuentas exactamente qué te tiene tan preocupada?
—Evan tiene… tiene un amigo —dijo ella después de una larga pausa.
Miré a la madre y luego al hijo, completamente desconcertado. Evan tenía un amigo. Bien, me alegraba por él. ¿Era eso algo de lo que preocuparse? ¿Tenía que llamar a Six One News?
—Un amigo —repetí.
—Un buen amigo —clarificó Ann.
—Un muy muy pero muy buen amigo —aceptó Evan.
—No entiendo —dije.
—Pasan mucho tiempo juntos —se apresuró a añadir Ann.
—Pero ¿no es eso lo que hacen los amigos? —pregunté confundido.
—Oh, venga, padre —dijo Evan, perdiendo un poco la serenidad; parecía irritado—. No se haga el tonto.
—¿Y si no me estoy haciendo el tonto? —dije.
Fuera lo que fuese lo que ocurría, me parecía que por el momento lo estaba manejando bien. Yo estaba acostumbrado a los chavales de su edad, había trabajado muchos años con ellos. No me asustaban ni me intimidaban.
Sabía de qué pie cojeaban, los veía venir. No había nada que pudieran decirme que me avergonzara, por mucho que lo intentaran.
—No está bien —afirmó Ann.
—¿Qué cosa?
—Oh, por el amor de Dios —dijo Evan con un suspiro dramático, y se apartó el pelo de la cara con un gesto que sospeché que había pasado horas perfeccionando en el espejo—. Tengo un novio —añadió arrastrando la voz y en tono de aburrimiento—. Se llama Odran. Estamos juntos. Eso es todo. No es el fin del mundo ni nada parecido.
—Yo me llamo Odran —expuse.
Él se quedó mirándome, parpadeando un poco, sorprendido.
—No estoy seguro de cómo tomarme eso —respondió, de esa manera tan irritante que tienen los estadounidenses de convertir en pregunta una afirmación.
—Ese tatal Odran es un gay —dijo Ann.
—Es un adjetivo, no un sustantivo —dijo Evan.
—¿Que es qué? —preguntó ella volviéndose para mirarlo.
—Ya me has oído.
—Y es totalmente abierto al respecto —prosiguió Ann mirándome otra vez—. No tiene ni una pizca de vergüenza.
(...)
—Es un gay —insistió Ann.
—¿Podrías parar con eso de que es «un gay»? —dijo Evan.
—¿Y tienes una relación con este chico? —le pregunté, sin prestar atención a Ann.
—Bueno, no es que nos vayamos a casar ni nada de eso. Pero sí. —Vaciló un momento, como si no estuviera seguro de querer decir lo que estaba pensando en voz alta—. Es genial —añadió por fin.
—¿Y a ti eso te altera, Ann? —le pregunté a su madre, que miraba la moqueta con una expresión que reflejaba el dolor que presumiblemente sentía.
—Claro, ¿a usted no?
Me encogí de hombros.
—Si me hubieras formulado esa misma pregunta hace diez años —dije—, tal vez te habría dado una respuesta diferente. Tengo un sobrino que es gay, ¿sabes?
—Oh, basta, padre —dijo ella agitando una mano en el aire, como restándole importancia—. Eso no es cierto.
—Sí que es cierto —respondí.
—No es cierto.
No estaba seguro de qué otra forma podía expresarlo.
—Sí —repetí—. Sí, es cierto.
—Ah, vamos, deje de bromear. No tiene que decir eso para hacerme sentir mejor.
Me volví hacia Evan, que me observaba con interés.
—Es cierto —le dije encogiéndome de hombros.
(...)
—Ann —dije; era hora de ir al grano—. ¿Lo que te tiene alterada es esta amistad entre Evan y Odran?
—Sí, padre. No puedo soportarlo.
—Por favor, no lo describa como una amistad —dijo Evan irritado—. No es una amistad.
—¿No sois amigos?
—Sí, claro que somos amigos. Pero no se trata de eso. Es una relación. Tal vez no dure, somos demasiado jóvenes, pero no somos… ya sabe, compañeros ni nada de eso.
—¿Puede ponerle fin, padre? —preguntó Ann.
—No puedo —dije—. Y si pudiera, no lo haría.
Ella me miró sorprendida.
—Ann —continué con una sonrisa—. No sé qué pretendes de mí. Evan ya tiene dieciséis años. Tienes dieciséis, ¿verdad, Evan? —le pregunté, esperando que me lo confirmara.
—Sí.
—Entonces, él y este chico son amigos. Han ido juntos al teatro. No han asaltado la sucursal del banco de Irlanda en Dundrum.
—¡Padre, los pillé juntos! —gritó ella mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.
He aquí a mamá entrando en mi dormitorio y a Katherine Summers saliendo de debajo de mí. La oferta del chupachups. Y el padre Haughton, convocado para venir a verme a casa.
El padre Haughton. Su recuerdo me dio náuseas. No pensaba nunca en él.
Me había propuesto olvidarlo.
—Oh, basta, Ann —dije subiendo tanto la voz que prácticamente le grité—. Basta ya.
—¡Padre!
—Evan, tú eres un chico listo. Me doy cuenta. ¿Has pensado en dejar que tu madre conozca a este tal Odran? ¿Ir a tomar café juntos o algo así?
Él lanzó una carcajada áspera.
—No estoy seguro de que se llevaran bien.
—Bien, claro que no, sobre todo si no los presentas como es debido. Eso seguro. Escúchame, Evan. ¿Quieres hablar con sinceridad? ¿Quieres ser honesto? ¿Quieres? ¿Sí o no?
Él vaciló, tal vez sorprendido por mi cambio de carácter, pero finalmente asintió.
—He hablado honestamente —dijo.
—Te gustan los chicos, ¿tengo razón? ¿Es eso lo que te gusta, verdad?
Él desvió la mirada. Volvió la cara hacia la pared y observó una fotografía que estaba allí colgada, tomada el día antes de la muerte de mi padre. Y allí estaban mamá y papá sonriendo a la cámara delante del chalet alquilado de la señora Hardy, con Hannah, el pequeño Cathal y yo delante de ellos, con unas sonrisas enormes y fotogénicas pintadas en la cara.
—Sí —dijo por fin—. Supongo que sí.
—Vale, de acuerdo. Entonces, Ann, debes estar en paz con esta situación.
A continuación se produjo un largo silencio. Observé a Ann. Su rostro se contorsionaba de cien mil maneras distintas. Me miró; luego miró a su hijo.
Me pregunté cuántas adversidades habrían intentado superar ella y su marido para tener un hijo propio y cuánto tiempo les habría llevado encontrar a un niño al que pudieran adoptar, cuán difícil debía de haber sido aquel camino.
Para ella, como para todas esas mujeres, luchar contra la diferencia, buscar la conformidad, era algo instintivo, porque estaban aterrorizadas, se morían de miedo, ante lo que pudiera implicar ser diferente, pero allí estaba él, que lo había pronunciado alto y claro, y finalmente ella reaccionó bien, y había que reconocerle ese mérito.
—Bueno, pues muy bien —dijo rindiéndose mientras las lágrimas todavía anegaban sus ojos—. Es un mundo nuevo, padre, ¿verdad?
—Así es, Ann —dije, y le cogí la mano—. Así es, sin duda".

"—Levántate más temprano, Tom —le decía yo, y él negaba con la cabeza, asqueado.
—Sólo los animales se levantan tan temprano, Odran.
—Los curas están levantados.
—Precisamente".

"—El honorable caballero de Wexford —dijo el padre Slevin, probablemente complacido de que Tom participara—. ¿Quieres hacer una pregunta?
—Así es, padre —contestó Tom—. Tengo una pregunta sobre san Pedro.
El padre Slevin frunció el ceño; no estábamos hablando de san Pedro. ¿Qué tenía que ver ese santo con el debate del día?
—¿San Pedro no estaba casado? —preguntó Tom, y el padre Slevin sonrió, como si no fuera la primera vez que le habían planteado esa cuestión.
—Ah, ese viejo asunto —dijo—. Sí, Tom, tienes razón. San Pedro era un hombre casado.
—¿Y fue el primer papa?
—Sí, pero debes recordar que san Pedro ya estaba casado antes de que Jesús lo escogiera como discípulo. Y mucho antes de que nuestro Señor fuera crucificado y declarara que Pedro era la piedra sobre la que construiría su iglesia. De hecho, muchos de los apóstoles estaban casados. No se les dijo que renunciaran a sus esposas. No habría sido justo.
—Pero, de todas formas —insistió Tom—, estaba casado.
—En efecto. En el versículo 4 de Lucas podemos leer que la suegra de Simón tenía una fiebre muy alta y que le rogaron a él, es decir, a Jesús, que interviniera. Él se le acercó, le curó la fiebre y se marchó. Ella se levantó de inmediato y empezó a atenderlos.
—Claro que sí —repuso Tom, con todo su desprecio—. ¿Qué otra cosa iba a hacer sino preparar unos bocadillos y hacer un poco de té, recién levantada de su lecho de muerte? Pero hubo otros, ¿verdad?
—¿Otros?
—Otros papas que estuvieron casados, por ejemplo.
—No lo creo —dijo el padre Slevin.
—Ah, venga, sí que los hubo —insistió Tom—. Lo he leído. Está en la Enciclopedia británica, así que no puede ser un error. Hubo un tipo en el siglo VI que se llamaba Hormisdas y estaba casado.
—El papa san Hormisdas era viudo cuando recibió el sacramento del orden —respondió el padre Slevin con recelo—. No hay una norma que lo impida. El padre Dementyev, como tal vez sepas, era viudo cuando entró en
el seminario.
Yo no sabía nada de eso y me pregunté qué le habría ocurrido a su esposa. ¿Habría muerto en la guerra?
—Sin duda hizo un buen trabajo, Hormisdas, porque su hijo se convirtió en papa pocos años después —continuó Tom—. ¿Y qué hay del papa Adriano, en el siglo IX? He leído que su esposa y sus hijos vivían con él en el Vaticano.
—El Vaticano no existía en el siglo IX, Tom —dijo el padre Slevin pacientemente—. No se terminó hasta el XVI.
—¿No está cambiando un poco de tema?
—No sé mucho del papa Adriano —dijo el padre Slevin—. Y creo que tú tampoco, salvo lo que hayas sacado de algún libro con afán provocador.
—Y hay muchos otros ejemplos —siguió Tom—. Ha habido unas cuantas esposas por ahí. Por no mencionar a las amantes.
—Ya está bien, Tom…
—Alejandro VI, el papa Borgia, era el padre de Lucrecia Borgia, ¿no? Y todos sabemos cómo era ella. La mayoría de los papas de la Edad Media lo hacían con quien les viniera en gana. ¿Y no leí también que Julio III y el embajador veneciano, que era un hombre, por cierto, dormían en la misma cama? Así que, si todos los papas podían salirse con la suya, ¿por qué los curas no?
El padre Slevin sonrió y negó con la cabeza.
—Es muy fácil coger nombres de la antigüedad, Tom, una época muy diferente a la actual, y exponerlos como si sirvieran para demostrar que tienes razón. Pero si estuvieras un poco más versado en la historia eclesiástica, en lugar de limitarte a repetir nombres e historias que has leído por ahí, entonces sabrías que ninguno de los papas que mencionas fueron particularmente eficaces en su papel. Sí, el papa Alejandro era el padre de Lucrecia Borgia.
Pero ¿en realidad no prueba eso lo que yo digo? ¿No es preferible tener un papa célibe que uno que tenga esa clase de descendencia? Desde luego que ella fue terrible, por lo que se dice.
Tom se sentó y se cruzó de brazos. Me di la vuelta para mirarlo; él había defendido su postura, pero lo habían vencido.
—Bien, ¿y qué hay de las amas de llaves? —preguntó momentos después, cuando el padre Slevin ya estaba de cara a la pizarra y limpiaba una parte con el borrador para empezar un tema nuevo.
—¿Las qué? —preguntó dándose la vuelta.
—Las amas de llaves —repitió Tom—. Están por todo el país, ¿no? Viven en la misma casa de los párrocos, les hacen la cena, les hornean tartas, les recogen los calcetines y los calzoncillos y les preparan la colada.
—Ya está bien, Tom —dijo el padre Slevin, y dejó el borrador sobre el escritorio, tal vez para luchar contra la tentación de tirárselo a la cabeza—. Es suficiente.
—¿No cree que pasan cosas entre los párrocos y sus amas de llaves? Están allí solos, por la noche, acurrucados en un sofá con una taza de té, un trozo de pastel de Eccles y Coronation Street en la tele. ¿No cree que a veces una cosa puede llevar a la otra y…?
—¡Tom! —rugió el padre Slevin, con la cara deformada por la ira—. ¡Deja de hablar de eso ahora mismo!
—Es una pregunta legítima.
—No. Es una provocación deliberada y estás siendo obsceno a propósito.
—¿Usted tiene ama de llaves, padre?
—Claro que no. ¿Acaso no vivo aquí con vosotros?
—Pero ¿no trabajó en una parroquia alguna vez?
—Sí —respondió poniéndose nervioso—. Recién ordenado. Pero hace mucho tiempo de eso.
—¿Y tenía ama de llaves?
—Sí, Tom —dijo rápidamente—. Creo recordar que sí. Pero es lo habitual y…
—Sólo una pregunta más, padre —dijo Tom en voz baja—, y ya no volveré a tocar ese tema.
El padre Slevin cerró los ojos un instante y desde mi asiento lo oí suspirar lentamente. Tenía las mejillas coloradas y las manos le temblaban ligeramente; no estaba acostumbrado a esa clase de situación y no le gustaba.
A mí tampoco me gustaba. Habría preferido que Tom se durmiera, que era lo que solía hacer en clase.
—Vale, Tom, de acuerdo —dijo el padre Slevin—. Una más y pasamos a otra cosa. ¿Cuál es la pregunta?
—Su ama de llaves —respondió Tom, con un gesto burlón que le apareció en la cara cuando recorrió la sala con la mirada para asegurarse de que todos lo escucháramos—. ¿Alguna vez se la folló?".

"—¿No me lo vas a presentar? —dijo su acompañante.
Jonas vaciló, como si no estuviera seguro de si valía la pena molestarse en hacerlo, pero finalmente se encogió de hombros.
—Odran, él es Mark —dijo—. Mark, Odran. Mi tío.
El chico reprimió una carcajada.
—Bromeas, ¿no?
—¿Por qué habría de hacerlo?
—Vaya —dijo Mark mirándome de arriba abajo—. ¿En serio es cura?
—En efecto.
—No sabía que tenías un cura en la familia —dijo mirando a Jonas—. Eso es tan de los cincuenta… Te lo tenías bien guardado.
—Tengo muchas cosas guardadas —repuso Jonas—. Y de todos modos, ¿desde cuándo te hablo de mi familia?
—No, sólo me refería a que…
(...)
—¿Tú no tienes que estar en algún lado? —le preguntó Jonas.
—Sí, claro —dijo Mark con un gesto de decepción—. ¿Puedo llamarte luego?
—Puedes hacer lo que quieras. Pero tal vez tenga el teléfono apagado esta tarde. Y gran parte de la noche.
—¿Por qué?
—Porque lo voy a desconectar.
El pobre Mark tragó saliva y bajó la mirada. Se lo veía abatido, Dios le bendiga.
—De acuerdo. Bueno, lo intentaré de todas maneras. Y si no consigo encontrarte, te dejaré un mensaje, tal vez podamos quedar más tarde, ¿sí?
—Puede ser —respondió Jonas sin comprometerse—. Aún no estoy seguro de cuáles serán mis planes.
—Bueno, yo estaré bastante libre toda la noche.
Miró a Jonas con la misma expresión que pondría un cachorrito que espera que su amo meta la mano en el bolsillo y le saque una golosina. Pero, en este caso, no hubo nada de eso; Jonas no tenía nada que ofrecerle.
—Bueno, un placer conocerlo, tío Odran —dijo Mark haciendo un ademán en mi dirección.
—No soy tu tío —dije yo sonriéndole; chúpate ésa, pensé.
Él dio media vuelta y se marchó".

"—¿Vas a estar aquí esta noche, Maggie? —pregunté—. Para cuidarla.
—No toda la noche. Esta semana y la siguiente me toca turno de día: de nueve a cinco.
—Nine to five, como la película —dije de inmediato—. Ésa es otra de las que vimos. ¿Quién actuaba?
—Lily Tomlin —exclamó la señora Winter.
—Dolly Parton —dijo Jonas.
—¡Jane Fonda! —gritó Hannah aplaudiendo de alegría—. ¡La hija de Henry!".

"—¿Quieres sentarte, Kristian? —le pregunté cuando él entró detrás de mí.
—No, Odran, creo que prefiero quedarme de pie.
—Supongo que ha ocurrido algo, ¿verdad? No es habitual verte por aquí.
—Tengo una mala noticia —dijo mirando esos objetos poco familiares para él, tal vez preguntándose qué hacía yo con todos esos copones, cálices y copas de comunión.
—Continúa.
—Es tu madre —me dijo—. Ha empeorado un poco.
—¿Se encuentra bien?
—En realidad, no —respondió—. Me temo que ha decidido morirse".

"—¡Qué día! —estaba diciendo—. Einar ha tardado mucho con las facturas y cuando por fin las ha terminado se ha marchado y…
Se detuvo cuando me vio, me miró sorprendido y, en ese momento, sentí la acumulación de veinte años de mentiras y engaños, de traumas y de crueldad, y reconocí mi papel en todo ello, puesto que yo había dejado a ese hombre sólo con mi sobrino, para que hiciera con él lo que quisiera.
A medida que ese dolor aumentaba en mi interior, las lágrimas brotaron de la nada y volví a sentarme, llorando como no lo había hecho nunca.
—Lo siento —dije, con las palabras estranguladas por la emoción, sin ni siquiera haberle dicho hola ni haberle estrechado la mano—. Lo siento… No lo sabía… Perdóname, Aidan, juro que no lo sabía…
Y las frases que pronuncié después eran ininteligibles porque a esas alturas había lágrimas y saliva y mocos y yo estaba doblado sobre la mesa como un hombre destrozado, mientras Marthe contemplaba asombrada la escena desplegada ante sus ojos y se llevaba una mano a la boca, y Aidan, ese buen hombre, mejor que todos ellos juntos, dejó el bolso en el suelo, se aproximó hacia mí, me puso un brazo en el hombro, me acercó a él y dijo:
—Deja de llorar, tío Odie. Deja de llorar. Deja de llorar o me harás llorar a mí y no podré parar".

"—¿Me dejarás volver a formar parte de tu vida? —le pregunté, asustado por su posible respuesta.
En ese momento, en el partido que estaban dando por televisión alguien debió de marcar un importante gol, puesto que la multitud rugió. Aidan miró a su alrededor y se sumó a la ovación.
—Aidan —repetí cuando volvió a mirar en mi dirección—. ¿Me dejarás volver a formar parte de tu vida?
Él tragó saliva y respiró profundamente antes de cerrar los ojos. No dije nada; esperé. Sentí que pasaba una eternidad. Por fin, los abrió y paró a una camarera que pasaba.
—Otra cerveza —le dijo.
—¿Y tu amigo? —preguntó ella.
—En realidad es mi tío —respondió él—. Y sí, otra para él también. Y ya que estás, tráenos un menú. Cenaremos juntos.
Ella asintió y yo bajé la mirada hacia la mesa; pasó un rato hasta que pude volver a levantarla.
—Cuéntame sobre tus hijos —dije por fin—. Cuéntamelo todo.
Y entonces su cara se iluminó y volví a ver al muchachito que había sido, ese muchachito tan lleno de vida y alegría y amor. Seguía allí, en algún lado, escondido detrás del dolor. Y lo único que hizo falta para que volviera a salir a la luz fue mencionar a esos niños que vivían más al norte, en Lillehammer, que ahora estarían probablemente acurrucados en el sofá mientras su madre les leía un libro y los perros roncaban".

"—¿Usted tiene Twitter? —me preguntó.
—¿Si tengo qué?
—¿Tiene Twitter? —repitió—. No encuentro su nombre. ¿O usa uno distinto?
—No tengo Twitter, no —dije tratando de no reírme—. ¿Qué podría tuitear? A nadie le interesa lo que he tomado en el desayuno.
—Creer que Twitter sirve para eso es un error muy común —respondió ella, con una mirada de exasperación.
—Mi sobrino me sugirió que me hiciera una página de Facebook, pero finalmente no lo hice.
—Bueno, pero ¿para qué iba a hacer eso? —preguntó ella—. Ya no estamos en 2010".

"—Rezaré por ti, Tom. A pesar de todo.
Él se rió, de espaldas.
—Reza por ti mismo —dijo—. Lo necesitas más que yo.
Miré el piso por última vez.
—Qué horrible lugar —dije, incapaz de comprender cómo el chaval que había sido en otra época había terminado en un sitio como ése. Supuse que permanecería allí hasta el final de sus días. Sería aquí donde algún día se lo encontrarían, muerto.
—Es cierto —admitió—. Pero sobreviviré.
—¿No te sentirás solo?
—Sí, por supuesto —dijo sonriéndome—. Pero, por otra parte, tengo una historia de soledad, Odran. ¿Tú no?".






John Boyne