viernes, 17 de febrero de 2023

Citas: El chico del ukelele - David Rees

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 El día que me conociste


"Digamos que es tu primer día de clase. Imagínatelo. Me da igual si es en la academia de inglés, tu nuevo instituto, el máster de tus sueños o el curso de jardinería al que te apuntaste después de jubilarte. Lo importante es que lo imagines con fuerza".

"Si te fijas, todas esas situaciones tienen caras nuevas, conversaciones incómodas donde predominan los monosílabos y un campo de juego donde ganan los que menos miedo tienen. Podríamos hablar de jugadores, pero yo prefiero llamarles oportunidades. Una oportunidad para ti y para todos los que son como tú. Y ahí están, esperándote todas esas oportunidades. Y tú, ahí, esperando a ver quién gana".

"Yo di por hecho algo, y le pregunté: «Después de tantos años subiéndote a los escenarios, tú ya de nervios nada claro, ¿no?». David me miró con cara de sorpresa y me dijo: «Los nervios son los encargados de recordarte que aún sientes y te emociona hacer lo que te los provoca. Yo los sigo teniendo y no los cambiaría por nada. Por muchos escenarios a los que te subas, nunca los pierdas»".

"Estás volviendo a casa con tu oportunidad y la conversación deja de ser superficial. El modo automático ya no funciona. Ya no hay guion predeterminado. Estás en vivo y en directo. Igual piensas que estoy exagerando, pero créeme que por mis adentros no hay nada más que esto. Llega ese
momento y siento en mi cabeza la presión, se me hielan los labios y pienso:
«No la cagues, no la cagues, no la cagues», como un disco rayado en mi mente. Todo por ese «miedo» a que cualquier palabra que salga de mi boca haga que esa persona, aún semidesconocida, me coloque en una casilla de la que me cueste horrores escapar. O lo que es lo mismo, desaprovechar esa oportunidad".

"Una parte de mí siempre me pide silencio, por si acaso me paso. Por si acaso cualquier cosa que diga suena a que estoy presumiendo y le resulto pedante.
Lo ideal es encontrar el equilibrio, pero eso no es lo mío. Me quedo en ese limbo entre no decir nada y decirlo absolutamente todo y me agobio, y para equilibrarlo acabo enumerando todo lo que se me da mal".

"Hemos hablado de los nervios y de las primeras impresiones, pero no te olvides de que esto es mi presentación y por eso, antes de empezar mi historia, quiero adelantarte (y sobre todo avisarte), que, aunque me llame El Chico del Ukelele, soy un tanto más que eso. Y ahí, sin querer, ya me he presentado.
Ya puedes pensar en mí en forma de unas cuantas letras, aunque igual eso es muy largo. Si quieres, puedes llamarme Ele. Como la letra L. La verdad es que, miedos aparte, me hace ilusión que lo único que conozcas de mí hasta ahora sea que tenga un ukelele. O que al menos me gusten. Ambas cosas son ciertas y están muy arriba en esa lista de cosas que me hacen quien soy. Pero por favor, ni se te ocurra enjaularme".

El día de todos los días

"El enemigo se sienta un par de mesas detrás de mí. Para mí tiene cara de dragón. Cada vez que algo sale de su boca quema con palabras lo que tiene a su alrededor. Es mucho más grande, fuerte y popular que yo, aunque eso tampoco es difícil".

"A veces lo que más quema no es la paliza, sino sentirte obligado a esconderte día tras día".

"¿Por qué yo? ¿Tengo algo que no tengan los demás? ¿Me falta algo que debería tener? Igual es porque no hago deporte, como el resto. Es una tontería, pero, visto lo visto, una tontería puede convertirse en un espectáculo para todo el colegio, y ahora la escuela de música. Los niños siempre han jugado al fútbol y a mí me da miedo enfrentarme al balón. Desde que tengo uso de razón sé que quiero invertir mi tiempo en aprender música, de todas las formas posibles y de momento empezando por mi ukelele. No pienso cambiarlo por un balón".

"El enemigo es muy rápido, juega al fútbol y es de los mejores en velocidad; pero en cuanto me haya alcanzado ya estaremos fuera del baño y no se atrevería a agredirme de ninguna manera. Solo me haría cosas que pudiera defenderlas más tarde como una simple broma, pero una broma deja de ser una broma cuando para uno de los dos no es graciosa. Ya sea unas palabras, una bajada de pantalones o un tortazo en la cara. Si el otro no se ríe, deja de hacerlo. Y si ya sabes que no se ríe y lo haces de nuevo, desde mis ojos no hay otra palabra que no sea bullying. No tienen que pegarte una paliza para sentirte así, espero que nadie nunca te pida esa justificación, como siempre me lo han hecho a mí".

"Mamá, quiero ser mayor. Mamá, ¿por qué no soy mejor? Quiero decirte que necesito olvidar todo esto, pero no sé si soy capaz de articular esas palabras. Decirle todo lo que ha pasado y lleva pasando desde hace meses me asusta casi tanto como una pelea con el dragón. Las consecuencias que predice mi cabeza pueden ser la solución a todos mis problemas o una catástrofe absoluta que desencadene una vida mucho más complicada de lo que todavía es".

El día que el chico del ukelele se enamoró

"Y justo cuando pensaba que la conversación se iba a acabar Uve devuelve la pelota a mi campo. Me hace la pregunta más directa que me han hecho jamás. Y yo le contesto como si fuera un piloto automático.
—¿Estás seguro de que quieres a Eme?
—No.
—¿Entonces por qué sigues intentándolo?
—Porque me da miedo que nunca nadie más se enamore de mí.
Probablemente la peor razón que haya existido para sentir amor. Pero suficiente como para cerrar la conversación con Uve".

"Empiezo con un «Esto no se me da muy bien» y acabo con un «me gustaría ser algo más contigo». Eme responde con un simple y sincero «a mí también».
Y como si fuera automático o un imán entre nosotros, cerramos los ojos y empieza nuestro primer beso. Un beso lento, sincero, de cuento, real, pero sobre todo: nuestro. No dura mucho porque en nada van a llegar sus padres y tenemos que volver con sus amigas. Así que empezamos a andar de vuelta, aún
sin poder mirarnos del todo a los ojos.
—Entonces, ¿qué somos?
—No sé lo que somos, pero estoy feliz".

"—No lo olvides.
—¿El qué?
—Que me encanta el espacio entre tus dientes.
Y así siempre al terminar las llamadas. Hay cosas que no cambian".

"Se lo he dicho. Así, por mensaje. Sintiéndome la peor persona del planeta, pero haciendo lo que tenía que hacer. Lo que tendría que haber hecho desde el primer día.
Y, después de unos meses, una parte de mí se ha arrepentido de ya no tener a Eme. No es un «ojalá no haberla dejado», es un «ojalá haber sentido cosas para no haber tenido que dejarla»".

El día que compuse mi primera canción

"He escrito muchas canciones en mi vida. Hay días que escribo hasta tres canciones y hay canciones que tardo meses en acabar. Supongo que ahí reside la magia del arte, que no tiene cronómetro ni fecha de caducidad. El arte nunca muere y, de hecho, a menudo cobra mucha más vida una vez el autor, irónicamente, ya no vive. Paradojas del reconocimiento artístico que me molestan hasta la médula".

"Quiero contarte cómo fue mi primera vez. Quizá, técnicamente, esta no fue la primera primerísima. Los inicios siempre son duros y las primeras huellas que he dejado por el camino dan un poco de vergüenza. Quien diga lo contrario miente. Pero hay que empezar por algún sitio y, ese sitio, en mi caso, no recibe visitas".

"—Por fin solos.
No sé si es de locos hablarle a tu instrumento favorito, pero ya tengo confianza contigo como para tener secretos".

"Quiero escribir mi historia con pintura invisible
Viajar a lugares indescriptibles
No quiero más madrugadas de mensajes que no salen de la bandeja
Deseos con olor a cumple tras soplar las velas
Todo son sueños en estado de espera

Ah sí, recuerdo esta canción. Bueno, canción aún no, «en proceso de», más bien. Irónicamente, creo que habla sobre querer perseguir y cumplir sueños".

"Una vez me contaron que somos como un grifo. Sí, un grifo. Un grifo que a veces se atasca y te asustas cuando el agua empieza a salir marrón. Eso eres tú cuando todo lo que haces no te parece suficiente, no tienes fe en que salga bien o simplemente lo ves como una mierda. Te bloqueas y no quieres seguir haciendo esa mierda. Cierras el grifo, te apartas y te olvidas de él hasta dentro
de un tiempo. Cuando se te ha pasado un poco esa frustración y quieres volver a intentar sacar algo de ti, abres el grifo de nuevo y, para tu sorpresa, el agua sigue siendo igual de sucia. Tu grifo sigue atascado. Eso no va a cambiar si solamente lo abres y lo cierras tan rápido como que lo que ves no te gusta.
No te parecerá bonito, pero ábrelo y deja correr el agua. Así toda el agua marrón que tengas por dentro saldrá y se irá por el desagüe. Escribe, dibuja, pinta, compón, canta; haz cosas. Muchas cosas. Hazlas aunque te parezcan una mierda. El miedo a que todo lo que salga de ti sea perfecto te frena y cierras el grifo, pero a la próxima puede seguir siendo una mierda. Crear sin miedo a cómo vaya a ser al final es clave para que el arte fluya. Cuando has pasado un tiempo con el grifo abierto, sin darte cuenta miras la pila y el agua es completamente transparente. Ya no es marrón. Ahora lo que sale de ti no está tan mal, y casi ni te acuerdas de lo que era antes. Tampoco te voy a prometer que se quede así para siempre. Probablemente dentro de un tiempo te volverás a atascar, así es como funciona un grifo. La diferencia es que a la segunda ya habrás ganado terreno y cerrarlo no será una opción. Nunca se me va a olvidar una frase que un chico con gafas me dijo en el momento que más lo necesitaba: «Hay que creer en lo creas». Ahora te lo digo yo a ti. Cree en esa agua marrón. Quizá mañana no la veas tan mala o igual pasan diez años y la sigues viendo igual de turbia. Lo único que te puedo asegurar es que no siempre va a salir así".

"Con su permiso doy un par de pasos dentro de la habitación, cierro los puños con fuerza y abro los ojos por encima de toda la inseguridad que recubre mi piel.
—Hache, te voy a hacer una pregunta.
—Miedo me das, Ele.
—¿Cuál es tu frase favorita de «Aladdín»?
—¿La película?
—No, la canción…

… mi canción".

El día que empecé la universidad

"Todo el mundo sabe que la primera semana es crucial. Existe una presión desmesurada sobre los amigos de la universidad. Se supone que estos ya son los de verdad, los de toda la vida. «Elígelos bien, eh» y «tú sé tú mismo y ya verás como todo irá bien». El problema es que yo pienso que estas cosas deberían surgir solas, pero, ¿y si no surgen? No es tan fácil como ir a alguien y simplemente decirle «Hola, ¿quieres ser mi amigo?». Hacer amigos es bastante más complicado de lo que parece y, como ya sabes, no se me da muy bien".

"Si algo me ha quedado claro de lo que me han dicho todos los adultos que están en mi vida es que los años de universidad son los mejores años de tu vida. Esto es algo que no me gusta, porque yo quiero que cada etapa de mi vida sea mejor a la anterior. Como en matemáticas, yo quiero ser una función que solo pueda ir hacia arriba.

felicidad(x)= ×+1".

El día de mi cumpleaños

"Me lo repito una y otra vez. «No eres transparente», con la esperanza de que llegue el día en el que no necesite que los demás me llenen de color y me baste conmigo mismo. Que deje de sentir que el mundo me queda grande. Dejar de dividirme en dos (como Alicia y sus Maravillas) por cosas que se escapan de mi control. Intentar no sentirme así, especialmente, en días como hoy".

El día del campamento

"A veces lo complicado no es ejecutar una solución, es saber cuál es la solución que tienes que ejecutar".

El día de hoy (o la trágica vuelta de Navidad)

"Me bajo del bus, recojo la maleta y se abalanza sobre mí. Es un abrazo con sabor a te echo de menos agridulce. Se separa durante un segundo, me coge de la barbilla y me planta un beso que podría haber roto la estación de un terremoto. Ella ve fuegos artificiales, lo sé por cómo parpadean sus ojos sin abrirse. Para mí, no los hay, pero es imposible ver fuegos artificiales si no pones de tu parte. Solo me queda esperar a que termine este beso y decidir si seguir alimentando esto o dejar que esta bomba nuclear que hay detrás de mis ojos explote.
—¿Por qué tienes los ojos abiertos?".

El día que conocí al chico de los girasoles

"—Ponte más recto, pareces el Jorobado de Notre Dame.
—¿Así?
—No, espera.
Se acerca a mí y empieza a colocarme el cuerpo para que mi postura no quede tan rara en la foto. No es la primera vez que lo hace, se me da fatal posar.
Tengo que estirar la espalda al completo, relajar los hombros y tratar de no encoger las piernas. Lo único que no me sale del todo bien es la colocación de la cara. Jota se agacha y deja la cámara en la arena (es raro que lo haga porque nunca en su vida la dejaría así). Me coge la cara con las manos, y antes de que empiece a colocarla me mira y nuestras miradas se quedan pilladas.
Se paraliza el mundo y son los diez segundos más eternos.
¿Me va a besar? No creo. ¿Quiero que me bese? Creo que tampoco, tengo que serte sincero. Se me da fatal mentir. ¿Qué voy a hacer si lo hace? Sería muy raro dejarme llevar, aunque tampoco me veo apartándome, pobrecito. ¿Esta tensión la está notando él también? Pues claro que lo nota, no he estado más convencido de algo en mi vida. ¿Va a quedarse mucho rato así? Sus manos siguen sujetando los dos extremos de mi cara. Ay, dios. Una de ellas está rozándome la oreja y la otra sujetándome la barbilla. No me la sujeta de manera bruta, tiene un toque delicado que hace que todo esto sea aún más peculiar.
El corazón me empieza a latir más deprisa y no puedo apartar la mirada. Sus ojos son oscuros y siento que estoy atrapado en un agujero negro sin saber cómo va a acabar. Cuando la línea en una amistad se empieza a estrechar es señal de peligro, de eso estoy seguro.
—¿La foto?
—Ah, sí. Sí, sí. Es que tenías una pestaña".

"—Hola.
—Qué rápido has vuelto.
—¿Rápido? Yo nunca me he ido de aquí.
—No digas tonterías, Jota.
Confuso, despego los ojos de mi móvil, alzo la cabeza y me levanto de un salto. No grito y aún no entiendo muy bien por qué; la ocasión lo pide, irónicamente, a gritos. Como podrás adivinar, no, no es Jota. Estamos literalmente en medio de la nada y hay un chico aleatorio y descalzo delante de mí. Vuelvo a pensar en la peli del maizal. Casi me da un infarto al subir la cabeza y encontrarme con él. Ha tenido que salir de entre las plantas. Yo estoy sentado en medio del camino que hemos ido creando al pasar. Ha salido de entre los tallos. Bueno, tampoco me sorprende mucho por las pintas que me lleva. Entre el sombrero de paja, el peto vaquero y las flores en su bolsillo parece más de campo que las amapolas.
—Soy Ge, encantado.
—Ele.
—¿Qué haces por aquí?
Pues flipar en colores. Yo simplemente estaba esperando a que mi amigo volviera de comprar un par de botellas de agua y me encuentro con este loco descalzo. Eso es a lo que me dedico en este momento, pero no se lo digo.
—Nada, haciendo unas fotos, ¿y tú?
—Vivo aquí. Por algo me llaman así.
El chico de los girasoles, Ge, tiene sentido".

"—Estás completamente loco. ¿Por qué girasoles?
—Y ¿por qué no?
—Yo igual hubiera plantado flores de distintos tipos, ¿no? Y conseguir así un jardín mucho más llamativo y lleno de colores. No sé, Ge, igual no somos tan parecidos.
—Me haces reír. No te preocupes, Ele, lo seguimos siendo. A mí los colores también me encantan, incluso más de lo que te piensas. Aún no lo sabes, pero pronto lo entenderás. Estos son girasoles porque yo no solo necesito un sitio donde refugiarme en este descampado. Necesito poder encontrar salida a mis pensamientos. ¿Nunca te has sentido que necesitas ayuda y no la sabes pedir?
—Hum. Un poco.
—¿Nunca te ha costado abrirte a que alguien que te quiere echar una mano?
—Vale, tú ganas, un poco más.
—¿Nunca has necesitado ayuda para encontrar luz?
Ya está. Con cada palabra que sale por su boca estoy más seguro de que esta persona me ha conocido en otra vida o algo. Somos la misma persona y me conoce casi mejor que yo. Las palabras que dice son cosas que aún no he pensado pero que encajan a la perfección en el puzle de mi mente. Yo no creo en los marcianos y creo que la ciencia aún no ha desarrollado un sistema de clonación que funcione, pero vamos, esto es como mirarme en un espejo. Solo que él lleva un peto, un optimismo que baila y va un par de pasos por delante de mi voz"














David Rees

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