domingo, 10 de febrero de 2019

Citas: Intocable - Philippe Pozzo di Borgo


"¿Hay que partir de hoy, triste día, rememorar el pasado con nostalgia, lamentarse de un porvenir sin esperanza? No puedo apreciar el pasado ni proyectarme en el futuro.
Todo está en el instante".

"Después del accidente me asaltan los pensamientos. Después de la muerte de
Béatrice, los dolores".

"En el fondo de mí mismo he recobrado el reflejo de los ausentes. Mis silencios hicieron resurgir momentos de dicha olvidados. Mi vida se desarrolla por sí misma en una sucesión de imágenes".

"Por la noche, a la luz de las velas, nos amábamos entre cuchicheos. Ella se dormía tarde en el hueco de mi cuello. Le sigo hablando aún, sin eco".

"Debo, sin embargo, hablar de los buenos momentos, debo sin embargo olvidar que sufro".

"Rememorar, centímetro a centímetro, recuerdo tras recuerdo, las percepciones de un cuerpo atomizado, es ya sobrevivir".

"El cuerpo se abrasa lleno de confusas manchas rojas. Incluso recordarlo me entumece. Ya no hay alma; únicamente me invaden las sensaciones lejanas".

"Durante la noche he respirado profundamente para deshacerme de los dolores que me aíslan. Retornan a mi memoria bellas imágenes en su simplicidad. El sufrimiento subsiste".

"¿Cómo puede conservar su mirada de joven enamorada para la sombra del hombre que amaba?".

"La distancia entre nosotros es inmensa; ellos ya no esperan nada, nosotros lo esperamos todo".

"Desde aquel día no nos separamos nunca. Desde aquel día yo existo".

"Sus ojos azul celeste, subrayados de negro por sus cejas y sus párpados, siempre son risueños. La miro continuamente, emocionado por tanta gracia y amor. Su simplicidad es siempre refinada. A menudo le escojo la ropa del día. Conozco cada centímetro de su piel tersa, el vello de su labio superior, la voracidad de su labio inferior, el lóbulo de su oreja perfecta, el hueco del cuello en el arranque de su hombro rara vez recubierto, sus pechitos firmes que se endurecen con gusto bajo las caricias, sobre todo el derecho; su vientre flexible sobre el cual me duermo muchas veces, sus caderas generosas que me alientan en nuestros abrazos. Asciendo hasta su cuello, donde me adormezco después del amor. Vivimos desnudos en camas grandes, estrechamente abrazados".

"A los veinte años nos preocupamos de nuestras efusiones futuras, cuando tengamos cuarenta años. A esta edad, aunque ella tenga las piernas vendadas, el amor sigue siendo dulce. Leemos juntos, interpretamos música. Somos inseparables. Después de mi accidente, aunque debilitada por el cáncer, prosigue nuestros juegos amorosos.
Nos amamos por medio de los labios".

"Esté donde yo esté en el mundo, ella es el único universo que cuenta para mí: de noche, el uno contra el otro, desnudos en la cama grande, los cuchicheos respecto a los niños, la certeza de ser amado, la ternura de los cuerpos. En esta tierra recorrida sin cesar, mi único descubrimiento es esta gran cama".

"Somos tortolitos sin jaula y sin complejos. Todo nos parece bien con tal de estar juntos".

"Cuánto tiempo he sufrido por no poder acariciarla, no poder amarla".

"Todo se mueve. Entro en un mutismo profundo. Al final, una noche devorado por la culpa, incapaz de aceptar mi estado, aterrado por la locura que me invade, decido desaparecer. Pero para un tetrapléjico es difícil suicidarse.
Consigo enrollarme el tubo de oxígeno alrededor del cuello. Echo la cabeza hacia atrás. Pierdo el conocimiento. Un vivo resplandor me despierta. Las enfermeras, alertadas por la alarma del respirador, vuelven a conectarme como si no hubiera pasado nada. A partir de entonces comienza el silencio".

"El traumatismo craneal es el infierno. Casi no cambia de apariencia, sólo de naturaleza".

"Los psicólogos intentan aliviarme. ¿Me he abatido para huir de los últimos sufrimientos de Béatrice? ¿He ofrecido mi cabeza en una bandeja a la empresa que, por primera vez en cincuenta años, nos reclamaba cientos de despidos? Para mí, que siempre he buscado las situaciones extremas, ¿era algo más que otra aceleración? ¿He querido aproximarme a Béatrice, compartir sus sufrimientos, vivir sus angustias? Quizá. En su ausencia no existo".

"Guarda rencor al mundo entero. Mide un metro setenta y, para compensarlo, ha desarrollado una fuerza extraordinaria. Pega a cualquiera que le «falte al respeto», sea hombre o mujer: «No se pega a una mujer», le digo. «Que no me hubiera llamado sucio árabe»".

"Hace ya tres horas que circulamos por la autopista cuando se oye un estrépito gigantesco. Salgo proyectado entre la portezuela delantera y el asiento del copiloto. Tengo la cara cubierta de sangre y no puedo hablar. Llegan los bomberos, prodigan sus cuidados a los demás viajeros. Un bombero abre la puerta trasera y vuelve a cerrarla: «¡Hay un fiambre!» Abdel me rescata y endereza el guardabarros delantero con la ayuda de una barra metálica".

"Es insoportable, vanidoso, orgulloso, brutal, inconstante, humano. Sin él, me habría muerto de descomposición".

"Abdel me ha cuidado ininterrumpidamente como si yo fuera un recién nacido. Atento a la menor señal, presente durante todas mis ausencias, me liberó cuando estuve prisionero y me protegió cuando estaba débil. Me hizo reír cuando yo flaqueaba. Es mi demonio de la guarda".

"Los remordimientos existen. Son inútiles y te carcomen para siempre".

"La fe en el futuro se construye en silencio. Las horas transcurren. El único objeto de mi pensamiento es la supervivencia física. No debo perturbar a la esperanza.
Horribles sufrimientos perforan la sensibilidad que me queda. Me dejan jadeante, con la mirada vacía. Al menor segundo de alivio, la esperanza se presenta. Con ella, el renacimiento".

"En este derrumbamiento, todavía me atrevo a sustentarla. La distancia entre lo que vivo ahora y la dicha que preveo hace que en mí renazca la esperanza".

"La invalidez, la enfermedad son fractura y degradaciones. En esos instantes en que se percibe la caducidad de la vida, la esperanza es un soplo vital que se amplifica: su justa respiración constituye el nuevo aliento".

"Más allá de las palabras, más allá del silencio, descubres tu humanidad".

"La depresión se ha instalado. Pasan los meses. He rendido las armas".

"Me afeita; acerca su cara a la mía. Cierro los ojos, me concentro en sus manos delicadas que me relajan de las crispaciones de la noche. Su perfume me embriaga; me gustaría que se quedase a mi lado hasta que me duerma.
—Dime que me admiras un poco. Acércate más, quiero decirte algo.
—No, ya sé lo que vas a decirme.
—Sí, Sabrya, ven. Dime un día que me quieres un poco. Con tu pequeña sonrisa.
¿Quieres marcharte? No, Sabrya, dame un cigarrillo, quédate tres minutos más, por favor, Sabrya.
—No, debo irme, tengo otros pacientes.
—Sabrya, otro beso más, por favor. Quiero darte otro detrás de la oreja.
—No, detrás de la oreja me hace muchas cosquillas, sólo en la mejilla.
Se inclina hacia mí. Una voluptuosidad deliciosa, perfumada. Me dice que tiene veinte perfumes. No noto la diferencia, el olor es siempre el mismo".

"Se lleva a los labios su vaso de Coca-Cola. Arrellanado en mi silla, le pregunto, sin cambiar de tono: «Sabrya, ¿quiere casarse conmigo?» Ella se inclina sobre su cubierto, con las mejillas coloradas. Advierto las lágrimas. Saadia la interroga; ella no contesta. No obtendré nunca una respuesta.
Saadia me ha invitado a cenar en su pisito, en el corazón del distrito XV. Abdel requiere la ayuda de todos los adolescentes que deambulan por el patio para llevarme hasta el estrecho ascensor; con la fuerza de sus brazos, me mantiene de pie en la cabina. Todavía tengo que subir un semirrellano, pegado contra él, como un títere desarticulado. Me alza hasta el último piso, me deja en un cuartito atestado de pufs donde el televisor está encendido. Sabrya prepara el tagine; Saadia se coloca a mi lado. No para de hablar de cosas que se me escapan; intento incorporarme cuando ella me detiene diciendo: «¿Sabe, señor Pozzo? La vi volver toda feliz hace varios meses.
Me dijo que estaba enamorada»".

"Un día le dijo a su madre que estaba alegre. Que alguien pueda amarla la sorprendía".

"Evidentemente, haría falta que ella me amase. Pero nada se puede hacer a este respecto; sucede o no sucede. Quizá no suceda nunca".

"Quizá termino este relato porque hay una mujer a mi lado y he recuperado un nuevo aliento. Su presencia me devuelve al mundo de los humanos".

"Volví en mí en una cama de hospital: el de Garches, creo.
—¡Ah! ¡Al final vuelve a la tierra! —exclama Abdel—. Lleva cinco días delirando; ¡eso ni siquiera mola! Se había ido a otra parte. ¡Entre usted y las dos vecinas, vaya alucine!".

"Ellas no tardan en manifestarse ahuecándose el moño. Una está postrada en cama, es la más cruel, la otra se hace la niña pequeña y viene continuamente a pedirme ayuda. No está muy en sus cabales y no comprende que yo no me desplazo. Entre las dos rondan los dos siglos de existencia. «¿Cree que así me va a engañar mucho tiempo?», rezongo.
Ella me dice que tiene problemas para caminar.
—¡Me cansa!
—¡Cada cual su problema!".

"—Abdel, ¿no está harto de estar siempre fuera de la ley? Frecuenta a macarras, peristas, camellos…
Me interrumpe:
—Ojo, no estoy metido en líos de drogas ni de chicas. Va contra mis principios religiosos".

"—¡Me roba mi libertad, inaguantable! Ella está para cerrar el pico.
—Abdel, a una mujer hay que respetarla.
—¿Respetarla? Digamos que no es cosa nuestra respetarlas, sino de ellas el hacerse respetar. Está el arte y la materia, yo prefiero la materia. Usted es el R.O.M.A.N.T.I.C.I.S.M.O, ¡yo me quedo con el físico!".

"—Abdel, la mujer crea los vínculos en la humanidad.
—Es criminal hacerle eso a un niño —dice él, después de un titubeo. —Y añade, categórico—: Dios no puede ser una mujer; ¿se lo imagina teniendo la regla todos los meses? ¡No es serio! ¡Tiene que ser un tío!".

"Volver a ver a personas como tú, Clara. Estos instantes efímeros acompañan mis ausencias".

"Un tipo mal afeitado saca un paquete de tabaco, enciende un cigarrillo y se lo tiende. Abdel vuelve con una gran sonrisa:
—¡Tenga, fúmese esto de golpe!
—Es asqueroso, ni siquiera puede pagarse un pitillo normal —rezongo.
Abdel me instala en Les Deux Magots, la cabeza me da vueltas.
—¿Qué era esta porquería?
—Un poco de mierda no puede sentar mal.
—Oiga, Abdel, yo nunca he probado esta mierda. Podrías haberme preguntado.
—¡Ah, ya empieza a hacer efecto!".

"«Clara:
Ha llegado un sobre con tu bella letra. No me guardes rencor»".




Philippe Pozzo di Borgo

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