domingo, 19 de mayo de 2019

Citas: El cielo es azul, la tierra blanca - Hiromi Kawakami


"Entonces fue cuando lo recordé en el instituto, de pie en la tarima del aula. Siempre llevaba el borrador en una mano y la tiza en la otra. Escribía en la pizarra citas clásicas como: «Nace la primavera, el rocío del alba», y las borraba cuando apenas habían pasado cinco minutos. Ni siquiera soltaba el borrador al volverse para dar alguna explicación a los alumnos. Era como un apéndice de la palma de su mano izquierda".

"—En aquella época llevabas trenza.
—Ya.
—Me acordé al verte entrar y salir de la taberna.
—Ya.
—Debes de tener treinta y ocho años.
—Todavía no los he cumplido.
—Perdona la indiscreción.
—Qué va.
—Estuve hojeando álbumes y consultando listas de nombres para asegurarme.
—Ya.
—Tienes la misma cara.
—Usted tampoco ha cambiado nada, maestro. —Me dirigía a él como «maestro» para disimular que no recordaba su nombre. Desde ese momento, siempre ha sido «el maestro»".

"—Hay gente que se dedica a coleccionar esta clase de objetos.
—Usted es uno de ellos, maestro.
—¡Qué va! Yo no soy ningún chiflado.
El maestro sonrió complacido y me explicó que él se limitaba a recopilar cosas que siempre habían existido".

"—«A través de los sauces | reluce el resplandor ceniciento, | el humo se levanta más allá de la pradera» —recitó el maestro con voz potente.
—¿Qué es eso? Parece un mantra budista —comenté.
—Tsukiko, veo que no prestabas atención en clase —me reprendió el maestro".

"Un día, un compañero de trabajo me dijo que mi forma de servir la bebida no tenía ningún encanto. La palabra «encanto» me pareció poco adecuada, y el comentario también, porque presuponía que las mujeres teníamos la obligación de servir las bebidas con gracia. Sorprendida, le dirigí una mirada fulminante. Al parecer interpretó mal mi expresión, porque cuando salimos de la taberna intentó besarme aprovechando la oscuridad. Dispuesta a impedírselo, cogí con ambas manos aquella cara que se abalanzaba sobre mí y traté de apartarla con todas mis fuerzas.
—No tengas miedo —susurraba él, sujetándome las manos y acercando su cara a la mía.
Era un anticuado en todos los aspectos. Tuve que reprimir el impulso de propinarle un guantazo.
—Hoy no es un buen día —le espeté, con el rostro serio y la voz grave.
—¿Por qué no?
—Porque es el día de la mala suerte. Y mañana también es un día desfavorable para todo.
—¿Eh?".

"—Se nota que está acostumbrado a encargar comida para llevar —observé.
El maestro asintió.
—Es porque vivo solo. ¿Tú sueles cocinar, Tsukiko?
—Sólo cuando tengo novio —respondí.
Él asintió de nuevo con gravedad.
—Es lógico. Yo también debería echarme una o dos novias.
—Debe de ser duro tener dos novias a la vez.
—Sí. Creo que no soportaría tener más de dos".

"El maestro y yo no nos hablábamos.
Eso no significa que no nos viéramos. Nos encontrábamos de vez en cuando en la taberna de siempre, pero no nos dirigíamos la palabra. Entrábamos, nos buscábamos con el rabillo del ojo y simulábamos no habernos visto. Yo fingía no conocerlo, y él hacía lo mismo conmigo".

"No dependía de su compañía, pero cuando estaba con él me sentía más completa. Era una sensación curiosa, como si me hubiera comprado un reloj nuevo y no quisiera quitar el plástico adherente que protegía el cristal. Si el maestro llegara a enterarse de que lo estoy comparando con un pedazo de plástico, probablemente se enfadaría.
Cuando coincidíamos en la taberna y nos tratábamos como perfectos desconocidos, me sentía como el reloj que ha perdido el plástico adherente. Por otro lado, las reconciliaciones fáciles nunca me habían gustado, y estaba segura de que al maestro también le resultaban ofensivas. Por eso seguíamos fingiendo que no nos conocíamos".

"—Ten cuidado, por favor —le pedí tímidamente, pero él no me oyó y alargó el cuello hacia mí para preguntarme:
—¿Cómo dices?
El coche seguía avanzando, pero él no hizo ademán de girar la cabeza.
—¡Mira hacia delante!
—¡Date la vuelta de una vez!
El maestro y yo gritamos al unísono al ver que nos acercábamos peligrosamente a un poste telefónico".

"—¿Crees que podremos volver a casa, Tsukiko? —me preguntó el maestro súbitamente.
—¿Cómo?
—Es que me da la impresión de que no saldremos de aquí nunca más.
—¡Qué tontería! —le respondí.
Él se limitó a sonreír, mirando por el retrovisor sin despegar los labios.
—¿Está cansado? —inquirí.
El maestro sacudió la cabeza.
—En absoluto.
—Si quiere podemos volver a casa, maestro.
—¿Por qué deberíamos volver?
—Pues…
—Prefiero que sigamos juntos. Me da igual adónde vayamos.
—Ajá".

"Cuando al fin los síntomas empezaron a remitir, le reproché su actitud y le pedí que reflexionara sobre las molestias que había ocasionado a los demás a lo largo del día. Los sermones eran mi especialidad. La regañé como si fuera una de mis alumnas.
Ella me escuchaba cabizbaja y acataba todo lo que le decía con un movimiento de cabeza. Me pidió disculpas varias veces.
»—Todo el mundo provoca molestias a los otros —repuso al fin".

"—¿Sigue enamorado de su esposa, maestro? —le pregunté en voz baja, y él rió con más ganas.
—Mi mujer sigue siendo un misterio para mí —me respondió, un poco más serio".

"—¿Has pasado las fiestas con tu novio, Tsukiko? —me preguntó.
—No.
—¿No tienes novio?
—Claro que sí. He estado cada día con un novio diferente.
—Ya veo".

"—Me duele el trasero, Tsukiko —me espetó a bocajarro nada más verme.
Lo miré perpleja, pero su rostro no traslucía dolor. Parecía tan tranquilo como siempre.
—¿Qué le ha pasado en el trasero? —le pregunté.
Él frunció el ceño.
—Una jovencita como tú no debería usar ese vocabulario".

"—Lo guardaré en el armario y lo sacaré de vez en cuando para recordar lo mucho que he disfrutado robándolo —respondió al fin.
—¿En el mismo armario donde guarda las teteras de barro? —le pregunté.
Él asintió con expresión solemne.
—Sí, lo guardaré en mi propio baúl de los recuerdos.
—¿Por qué quiere recordar una noche como la de hoy?
—Porque llevaba mucho tiempo sin robar nada.
—¿Cuándo aprendió a robar, maestro?
—En mi vida anterior —me respondió, sofocando una risita".

"—Hace frío. ¿Por qué no vamos a un lugar más cálido? —susurró él.
—No sé qué decir —murmuré con un esfuerzo.
—¿Cómo? —preguntó Takashi.
—¿Tan lejos hemos llegado?
Takashi se incorporó de un salto sin responderme. Yo me quedé sentada. Me sujetó la barbilla con la mano, me levantó la cara y me besó de improviso.
Fue un beso tan repentino, que no me dio tiempo a reaccionar. «¡Maldita sea!», maldije para mis adentros. Había bajado la guardia. Me había cogido desprevenida.
No me sentía violenta, pero tampoco feliz. Me invadió una oleada de inseguridad.
—¿Y eso? —le pregunté.
—Pues eso —me respondió Takashi, que parecía muy seguro de sí mismo. Pero yo tenía la sensación de que todo estaba ocurriendo en contra de mi voluntad.
Takashi, que seguía de pie, volvió a acercar su cara a la mía.
—No sigas —le advertí, tan claramente como pude.
—No pienso parar —me desafió él, con idéntica claridad.
—Ni siquiera estás enamorado de mí.
Takashi Kojima sacudió la cabeza.
—Siempre he estado enamorado de ti, Omachi. Por eso te invité a salir conmigo, aunque no funcionó.
Su rostro se ensombreció.
—¿Has estado enamorado de mí durante todo este tiempo? —le pregunté.
Él esbozó una tímida sonrisa.
—Bueno, eso es imposible. La vida da muchas vueltas".

"—¿Adónde iríamos tú y yo solos, Tsukiko?
—Con usted iría al fin del mundo, maestro —grité.
El viento soplaba con más intensidad, y las nubes cruzaban el cielo rápidamente.
El ambiente estaba cargado de humedad.
—Tranquilízate, Tsukiko —me advirtió el maestro.
—Estoy muy tranquila.
—Deberías volver a casa y descansar.
—No quiero volver a casa.
—No seas cabezota.
—No soy cabezota, lo que pasa es que estoy enamorada de usted".

"—No te arrimes así, Tsukiko. Me da vergüenza.
—Pero si usted me ha abrazado primero.
—No te imaginas lo que me ha costado".

"—¿Adónde te gustaría ir la próxima vez?
—¿Por qué no vamos a Disneyland?
—¿Desniland?
—Disneyland, maestro.
—Ah, Disneyland. Es que no me gustan mucho las aglomeraciones de gente.
—Pero yo quiero ir.
—Pues entonces iremos a Desniland.
—Es Disneyland, maestro.
—No seas tan quisquillosa, Tsukiko".

"Las tinieblas nos envolvían por completo y nosotros seguíamos hablando sin decir nada. Las palomas y los cuervos ya se habían refugiado en sus nidos. El maestro me rodeaba con su cálido brazo, y yo no sabía si reír o llorar. Al final, no hice ni una cosa ni la otra. Me tranquilicé y me acurruqué en sus brazos, en silencio. Oía los latidos de su corazón a través de la chaqueta. Nos quedamos sentados en la oscuridad".

"—Es que las luces nocturnas son muy tristes —se justificó, mientras se sonaba la
nariz con un enorme pañuelo blanco.
—No sabía que usted también lloraba.
—Las glándulas lacrimales de los viejos son más sensibles".

"Suelo llamarlo en voz baja: «¡Maestro!». De vez en cuando, oigo su voz que me responde desde algún lugar del cielo: «¡Tsukiko!». Preparo el tofu hervido como él, con bacalao y crisantemo. «Algún día volveremos a vernos», le digo, y el maestro me responde desde el cielo: «No tengo la menor duda».
En noches como ésta, abro el maletín del maestro. En su interior no hay nada, sólo un vacío que se extiende. Un enorme espacio vacío que crece sin parar".




Hiromi Kawakami

miércoles, 15 de mayo de 2019

Citas: Abandonarse a la pasión: Ocho relatos de amor y desamor - Hiromi Kawakami


Lluvia fina

"—¿Al lado de la playa? Entonces el mar no puede estar muy lejos. Pero  no huele a agua salada. —Mezaki me apretó la mano con más fuerza, quizá por miedo.
Levanté la vista, pero estaba muy oscuro y no le vi la cara. Me parece  curioso que un hombre coja la mano de una mujer cuando tiene miedo. O quizá me coge la mano precisamente porque soy una mujer".

"El avión de antes ya se había ido. A pesar de lo inmenso que parecía el cielo nocturno, había desaparecido enseguida. Si un avión puede desaparecer tan deprisa, quizá el cielo no es tan grande como parece, sino pequeño y estrecho. O tal vez más allá del cielo que vemos hay otro cielo infinito por el que vuelan los aviones".

"Mezaki me sujetó la cara con ambas manos y me dio un beso.
—¡Mezaki…! —exclamé justo después, mientras me apartaba. Pero él me sujetó la cara de nuevo y me besó otra vez. Me mordía los labios apasionadamente.
Apestaba a alcohol. Todo su cuerpo rezumaba alcohol.
—Te quiero, Sakura —me dijo con seriedad".

"—Oye, Mezaki. ¿Te acuerdas de lo que ha pasado antes?
Habíamos empezado a caminar de nuevo.
—Vamos a dar un paseo, que hace frío —había dicho Mezaki levantándose. 
Los cantos de las ranas, que parecía que nos llovieran encima, habían disminuido un poco. El camino seguía siendo igual de ancho. De vez en cuando, siempre al mismo lado, aparecía un poste de luz—. ¿He hecho algo? —me preguntó Mezaki restregándose los ojos.
—¿No te acuerdas? —insistí.
—No me acuerdo de nada —repuso él.
—Sí, ya lo veo.
Desvié la mirada. Mezaki seguía frotándose los ojos, medio adormilado.
—Lo siento, no me acuerdo.
Después de haberse disculpado, se detuvo, se inclinó hacia mí y me dio un suave beso.
—Veo que sí te acuerdas.
Acto seguido, se apartó de mí.
—Antes te he besado, ¿verdad? —me preguntó, pero no volvió a hacerlo.
Tampoco me tomó la mano. En el camino oscuro y silencioso sólo se oían nuestros pasos".

"—¿Mezaki? —dije con un hilo de voz. Me pareció que no me había oído. 
La lluvia me caía en la cara, en el cuello, en los hombros y en las nalgas. Intenté orinar, pero no podía.
—¿Te encuentras bien, Sakura? —me preguntó Mezaki.
—¿Sigues ahí? —Era su voz.
—Sí, estoy aquí. Sigo aquí. —En cuanto la orina empezó a salir, salió toda de golpe. El chorro caía encima de las hojas y las mojaba como la lluvia. 
Cerré los ojos y vacié la vejiga.
—Te echo de menos —dijo la voz de Mezaki.
—Yo también te echo de menos, incluso ahora.
El azul oscuro del cielo se había aclarado un poco más. La lluvia seguía cayendo. Ni más rápida, ni más lenta".

Abandonarse a la pasión

"—Es el tópico de los amantes fugitivos de la época de Chikuden —dijo Mori, acariciándome la mejilla—. Supongo que esto es lo que hacemos.
—Los amantes fugitivos… —reflexioné, de nuevo con la boca entreabierta, mientras Mori seguía acariciándome.
—Es cuando dos amantes se escapan cogidos de la mano.
—Ah".

"—Somos dos amantes fugitivos. Deberíamos abrazarnos con fuerza y dejarnos arrastrar por la pasión susurrando que queremos morir juntos, ¿no crees?
—No me apetece mucho dejarme arrastrar por la pasión —repuse mientras empujaba a Mori, que se me había acercado por detrás para acariciarme la espalda y el vientre. Él soltó una risita traviesa.
—¿Qué tiene de malo la pasión? —objetó, y me hizo volver hacia él. 
Siguió haciéndome cosas apasionadas, pero a mí no me lo parecían. Pensé que  Mori sabía que aquello no era pasión y que sólo se esforzaba en fingirlo".

"Mori se me acercó de repente y me dijo:
—Quiero hundirme en un mar de pasión. Ahora mismo. Dejémonos llevar por la pasión.
—Ya es casi mediodía —protesté.
—Es que estoy loco por ti, Komaki —repuso él a punto de llorar, y me cubrió el pecho y el cuello de besos. Luego nos hundimos rápidamente en un mar de pasión".

"—¿Me quieres? —le pregunté, precisamente porque sabía que no me respondería. De lo contrario, no se lo habría preguntado.
Los dos estudiantes habían empezado a hablar. No parecía que hablaran del cómic, sino de la hermana de alguien que vivía cerca de su casa, según me pareció entender. Al cabo de un rato, Mori bajó de su mundo y me miró fijamente.
—Siempre te digo que te quiero, no paro de decírtelo. ¿Por qué no lo entiendes?".

"—Eres idiota, Komaki —me reprochó, con la voz ahogada—. No has aprendido nada, ¿verdad? No te acuerdas de nada.
Aquel comentario inesperado me sorprendió. Me sentí de nuevo como si estuviera flotando, con más intensidad que nunca.
—A lo mejor soy idiota, pero te quiero mucho.
—Eres idiota —repitió él.
—¿Por qué lo dices?
—Sabes que somos amantes fugitivos. Nuestro único objetivo es hundirnos en un mar de pasión, por eso huimos juntos. Esto va en serio".

El canto de la tortuga

"Seguro que lo recuerda absolutamente todo, como el nombre del pájaro que cantaba desde la rama de un árbol, la posición en la que estaban las manecillas del reloj y las palabras que escogí como respuesta. Sin embargo, sería un error pensar que se acuerda de todo porque me quiere. Su prodigiosa memoria no tiene nada que ver con sus sentimientos hacia mí".

"—No podemos estar juntos —dijo, desviando la mirada.
—¿Por qué no?
—Porque no.
—Pero ¿por qué no?
—Porque no podemos estar juntos".

"—He conocido a una mujer muy interesante —dijo de repente—. Me abordó de repente.
—¿Te abordó?
—Sí, y me hizo sentir incómodo.
—¿Y qué tiene eso de interesante? —debí de responderle.
—Había algo en ella fuera de lo corriente.
—Debía de dar miedo —dije, pero Yukio sacudió la cabeza.
—No me dio miedo, fue excitante. El otro día me acosté con ella —añadió.
—¿Cómo?
—Estuvo muy bien".

"—Si estás conmigo, te acabarás hundiendo —le dije.
—Lo sé —me respondió".

Pobrecita

"—¿Hacemos el amor aquí?
—No —le digo yo.
—¿Por qué no?
—Porque la hierba pica y duele.
—Pobrecita, qué pena".

"—Entonces ¿por qué me haces daño?
—No lo sé.
—Me gusta que me hagas daño.
—¿En serio?
—Sí. ¿Quieres que yo también te lo haga?
—A lo mejor algún día me gustaría.
—Pues te haré daño. Cuando tú quieras".

"—¿Por qué te compadeces de mí?
—Todos somos dignos de compasión".

"—No sabía que te gustaran los parques de atracciones, Nakazawa.
—Me parecen lugares llenos de felicidad.
—Hay gente que dice que son tristes.
—¿Por qué a alguien puede parecerle triste un parque de atracciones?
—Quizá porque hay mucha gente, porque se oye música de feria y porque cuando oscurece encienden las lucecitas.
—Eso no es triste".

El pavo real

"—¿Cómo vas a morir bebiendo sake? —exclamé.
—Es que tú te lo tomas todo demasiado en serio, Tokiko —me reprochó.
—No pensabais suicidaros, sólo os emborrachasteis —insistí, molesta por aquel comentario.
—No te creas, la vida es más compleja. No te lo tomes todo tan a pecho y vamos a beber".

"—¿Estás llorando? —me preguntó.
—No —mentí, mientras las lágrimas resbalaban por mis mejillas. Apenas me salía la voz, sólo un llanto incontenible.
—No llores.
—Quiero llorar.
—Las lágrimas no te hacen muy atractiva.
—A ti nunca te he parecido atractiva.
—No es verdad, en cierto modo lo eres.
—¿Qué significa en cierto modo?
—Pues eso, en cierto modo".

Cien años

"—He tenido una pesadilla —dijo.
—¿En qué has soñado?
—No me acuerdo, pero daba miedo.
—Ah. Ya veo.
—Tienes que ayudarme.
—¿A hacer qué?
—No lo sé. Pero tienes que ayudarme.
—Oye, ¿qué te parece si, en vez de suicidarnos, nos vamos de aquí y desaparecemos?".

"—No importa adonde vayamos, nada cambiará".

"—Morir es demasiado complicado.
—Quizá tengas razón".

Avidya

"—Parece que el aroma de los ciruelos nos llueva encima.
—¿Que nos llueva encima?
—Sí, como si cayera del cielo.
—Qué poético.
—Gracias".

"—Cuántos recuerdos —suspiró Tota, señalando un pequeño cuenco.
—¿Por qué lo dices?
—Antes utilizábamos esos platos abombados, ¿verdad?
—Ahora que lo dices…
—Todos estos objetos parecen muy antiguos.
—Sí, se nota que tienen un montón de años.
—Por eso son tan interesantes.
—Su vida es tan larga como la nuestra.
—Sí, pero ellos tienen más valor.
—¿Por qué?
—Porque nosotros no cambiamos nunca.
—Sí que lo hacemos.
—Casi nada".

"El cuenco estaba agrietado, pero lo habían restaurado con laca y oro. Tenía un chorlito dibujado.
—Qué bonito.
—Sí, mucho.
—Y pensar que eso lo hizo alguien…
—Pues claro.
—Creamos y morimos".





Hiromi Kawakami

sábado, 11 de mayo de 2019

Citas: Amores imperfectos - Hiromi Kawakami




El Verano del transistor

"—¡Qué asco! Estos ciervos apestan a ciervo  refunfuñó, con el sombrero encasquetado hasta los ojos.
—Son ciervos, es normal que apesten a ciervo".

"Nos dimos la mano y seguimos contemplando el Gran
Buda
.—Apesta a ciervo —admití.
—Y que lo digas —respondió él".

Nécora

"—Te lo tomas todo tan en serio que el amor también te agota físicamente —reflexionó Yuki, pensativa—. Estuviste nueve años acumulando cansancio. Ahora estás con un hombre que tiene mujer e hijos y apenas tenéis tiempo para quedar, por eso no te cansas.
Asentí al oír sus palabras, en parte de consuelo y en parte de ánimo.
—¿Por qué habrá que gastar tanta energía para que el amor funcione? —suspiré".

"—¿Tú no vas a casarte? —le pregunto.
Ella se queda pensativa durante un rato. Hace tintinear el hielo moviendo el vaso.
—Casarme me parece triste —dice por fin en voz baja—. Ah, por cierto, se me ha ocurrido un nombre de criatura marina que empieza por n —añade después de vaciar de un trago el whisky que le quedaba en el vaso.
—¿Cuál? —pregunto impaciente.
—Nécora —anuncia Yuki orgullosa de sí misma.
—¡Es verdad, nécora! No había caído —lamento, inclinando la cabeza hacia atrás. Yuki se echa a reír. Su carcajada suena un poco maliciosa.
«Nécora. Con la a, “abadejo”. Con la o, “orcas”. Con la s, “señor Kuroda”. Un momento, esto no es ninguna criatura marina»".

Cristales de menta

"La puerta automática se abre con un susurro y salgo a la calle, bajo el cielo encapotado. El ambiente huele a otoño. ¿A qué huele el otoño? Es un olor seco, ligeramente aromático y un poco melancólico.
—Es otoño —digo en voz baja".

"Cuando llego a casa, ya es casi de noche. «Me gustaría tener novio —pienso—. ¿Qué estará haciendo Harada? A lo mejor también está pensando en mí. Pero lo más probable es que no vuelva a saber nada de él»".

Un paseo por el parque

"Siempre quedábamos de noche hasta que una vez me propuso una cita diurna.
—A plena luz del día podremos pasear cogidos de la mano —me dijo por teléfono.
Creo que estaba un poco borracho. Si bebía más de la cuenta estando conmigo siempre guardaba las distancias, pero cuando se emborrachaba solo en cualquier otro lugar parecía que no hubiera barreras entre nosotros".

"Al cabo de un rato empezó a hacer frío de verdad y reanudamos la marcha. Kiku seguía sin tocarme, así que tomé la iniciativa. Le cogí la mano derecha con mi izquierda. Al principio su mano estaba fláccida, pero al cabo de un rato me la estrechó un poco. Pensé que poco a poco iría envolviéndome la mano con más firmeza, pero no fue así. Aunque tampoco se puede decir que no hiciera ningún tipo de fuerza. Más bien se limitaba a acompañarme la mano".

"Kiku y yo seguimos quedando, pero sólo un par de veces al año. No hemos vuelto a cogernos de la mano desde entonces. Aquel día, él tenía granitos de arroz pegados a la mano derecha. Estuve a punto de decírselo, pero me callé por vergüenza. Creo que todavía me gusta un poco".

La cafetera

"Jueves.
No sé por qué estoy tan enamorada. Osami suele decir que el amor es un misterio".

"Osami siempre me da consejos sobre el amor. Aquella vez en la que me equivoqué y me encontré atrapada entre dos hombres, u otra vez en la que no podía olvidar a un amor no correspondido, Osami me dio consejos muy
simples. Cuando estaba atrapada entre dos hombres, me dijo: «Sea quien sea el que elijas, te arrepentirás. Más vale que no te quedes con ninguno». Y en el caso del amor no correspondido, opinó: «Pierdes el tiempo». Si cualquier otra persona me hablara así probablemente me lo tomaría a mal, pero viniendo de Osami lo acepto".

"—Lo de volverte loca te durará como mucho una hora, así que tranquila —me responde él, tajante como siempre".

Amores imperfectos

"—La Navidad no me dice nada. El Año Nuevo, en cambio, sí que me gusta. Acaba de empezar un nuevo año".

"Pasadas las diez, ya nos habíamos cansado del Año Nuevo. Ban-chan veía la televisión mientras comía helado de mochi que había sacado de la nevera, Tsunemi estaba medio adormilada junto al brasero y yo estaba pegada a la espalda de Ban-chan, intentando seducirle.
—¿Intentas seducirme? —me preguntó riendo.
—Antes te he oído utilizar una palabra culta y no he podido resistirme — respondí.
Él se volvió súbitamente hacia mí y me dio un beso denso y muy pegajoso.
—Ya me has seducido —dijo Ban-chan. A continuación se comió el resto del helado de mochi y al mismo tiempo me metió en la boca el dedo índice.
—¡Oye! —protesté.
—Qué voz más erótica, Akina —nos interrumpió Tsunemi".

Mundo lunar

"No la odiaba, ni la aborrecía, ni quería que desapareciera. Ojalá sólo hubiera sido eso. A una niña pequeña no puedes ponerle la mano encima, ni siquiera puedes odiarla en secreto. Si lo haces, te sientes inhumana".

"Kido insistió durante tres meses y, al final, se rindió. Los últimos días me traía regalos. Yo no le abría cuando llamaba al timbre, así que no podía dármelos en persona. Esperaba un rato delante de la puerta, colgaba el regalo en el picaporte y se iba.
Los regalos solían ser cosas de comer. «Hay que regalar cosas que desaparezcan —solía decir—. No objetos que permanezcan, como platos, muñecas o accesorios, sino cosas que no ocupen lugar»".

"—Me encanta abrazar y que me abracen —susurró, y yo me eché a reír—. Tengo un hambre de lobos —dijo a continuación.
—¿Quieres que prepare algo? —me ofrecí, pero ella sacudió la cabeza.
—No hace falta; debes de estar cansada.
—No, todavía no —repliqué, pero ella volvió a negar con la cabeza y dijo:
—El cansancio se contagia, es cuestión de tiempo.
—¿Cuestión de tiempo?
—Todo es cuestión de tiempo. Las cosas malas, como los resfriados, los desengaños amorosos o los celos siempre acaban atacándote. Sólo es cuestión de tiempo —aclaró ella, con una expresión tan seria que me hizo reír de nuevo".

"—Kido —dije en voz alta, y no sentí casi nada—. Kido —repetí, y me sentí muy sola.Mientras abría las cajas que aún estaban cerradas, cogí la última galleta y la deshice lentamente con la lengua. El sabor ligeramente dulce se me expandió por la boca y tardó mucho en desaparecer".

Vuela a Hawái con Torys

"—El cielo está despejado, la brisa es suave, las barcas del puerto suenan a música —cantaba mi padre en voz baja.
Al oírlo, me volví hacia él. Ya llevábamos tres días en Hawái. Mi padre seguía taciturno como de costumbre, era imposible saber si se divertía o todo lo contrario.
«Si canta, a lo mejor significa que lo está pasando bien», pensé atenta a su tono de voz, que no transmitía ningún tipo de emoción".

Una cabra en el prado

"Nakabayashi me ha dejado.
Las expresiones hemos roto, nos hemos distanciado o no ha funcionado suenan demasiado suaves. La cruda realidad es que me ha dejado".

"—No quiero volver a verte —me anunció un día.
Yo me quedé perpleja.
—¿Por qué? —pregunté a continuación—. ¿Por qué?
—Porque ya no me gustas —contestó sin rodeos.
—¿Qué es lo que ya no te gusta de mí? —insistí.
—El amor se enfría, Anko —respondió Nakabayashi, sin dudar ni un segundo".

"Pronuncio su nombre en voz alta y no siento nada. «Ya no estoy enamorada de él», pienso, y siento una extraña sensación en el estómago. No es soledad ni tristeza, sino algo distinto. Ya lo sé. Lo que siento es lástima por Nakabayashi. Con lo mucho que le quería, y ahora ya no me queda ni un ápice de amor por él. Tampoco siento odio. Su recuerdo no me provoca ningún tipo de emoción".

"Lleno la cuchara de sopa y me la llevo a la boca. La sopa está caliente, y lloro un poco. Sigo llorando sin tratar de contenerme. Son las primeras lágrimas que derramo desde que él me dejó. Por fin he sido capaz de llorar".

La cajita de música

"Mientras observaba a los jóvenes, me vino a la memoria la expresión de ternura del escritor mientras me hablaba de su gato. Había sentido envidia. No sé si era envidia del gato, por tener a alguien que lo quería tanto, o del escritor, por tener algo en lo que depositar su afecto.
«Yo también quiero amar a alguien», pensé de repente.
Llevo mucho tiempo sin enamorarme. Hará unos tres años".

"Me sentí rara y bebí el resto de cerveza de un trago. Se oían las aves acuáticas batiendo las alas. «No puedo llorar ahora», pensé, mordiéndome los labios con fuerza. Pero las lágrimas empezaron a resbalarme por las mejillas.
—Es por culpa de esa cajita de música tan extravagante. Y, sobre todo, por culpa de esta ciudad donde no hay nada —dije en voz alta expresamente, pero la oscuridad se tragó mis palabras".

Peregrinos

"—Pronto se me acabará el dinero. Tengo para un par de noches más, luego cogeré el tren de vuelta —dijo.
Mientras hablaba, sonó el gong que anunciaba la salida del barco.
—Ya —respondí. Nos habíamos juntado sin saber muy bien por qué y, durante la semana que llevábamos viajando juntos, no nos habíamos dado la mano ni una sola vez. No debería ser tan difícil separarnos de nuevo, pero aun así me sentí traicionada —. Ya veo —añadí con frialdad.
Él inclinó la cabeza y me miró. Yo desvié la mirada".

"—Adiós —se despidió Hideji agitando la mano, pero yo salí corriendo tras él sin pensarlo.
—No te vayas —le pedí, tirándole de la mano.
—¿Qué dices, señora? —dijo él, echándose a reír.
Aunque yo lloraba, al principio él pensaba que se trataba de una broma. Entonces se percató de que mis lágrimas eran de verdad y empalideció.
—¿Qué te pasa? ¿He hecho algo mal?
Ni yo misma sabía por qué lloraba. Yo, orgullosa como soy, llorando en un lugar perdido por un chico del que apenas sabía nada".

"Aquella noche, Hideji y yo dormimos juntos por primera vez. Estuvimos haciendo el amor hasta altas horas de la noche. Yo se lo había propuesto justo después de cenar, pero él dudaba.
—No importa que no me ames —había intentado persuadirlo, hasta que acabó apeteciéndole".

"—¿Puedo ir siempre contigo? —me pregunta Hideji, inseguro.
Nos quedamos callados.
Saco cincuenta mil yenes de la cartera y se los doy.
—Te sacarán del apuro. Será mejor que me vaya —le digo.
Hideji me mira con tristeza. Me vuelvo para alejarme y él me tira del brazo por detrás. Tal y como hice yo cinco días antes en aquella ciudad cercana cuyo nombre no importa.
—¿Te vas de verdad? —me pregunta, con lágrimas en los ojos.
—¿Tanto te gusta mi cuerpo? —replico en tono de broma, para romper el hielo.
Él asiente con un golpe de cabeza.
—Tu cuerpo me gusta, pero también lo que hay dentro.
—¿De verdad? —digo, clavándole la mirada".

"La nieve sigue cayendo a nuestro alrededor, acorralándonos.
«Esto no es real, está nevando en mis sueños», pienso sin dejar de mirar fijamente a Hideji.
Me veo reflejada en sus pupilas. Seguro que él se ve reflejado en las mías. Nos miramos sin tener adonde ir, reflejados en las pupilas del otro como si fueran espejos opuestos.
La nieve cae y se acumula en silencio".

Estampa primaveral

"El viento le alborotaba el pelo, que le tapaba la cara de vez en cuando. Cada vez que eso ocurría, ella lo apartaba con un gesto de contrariedad.
—Tienes el pelo muy largo —observé.
—Pensaba cortármelo.
—No te lo cortes —dije, y ella puso cara de sorpresa.
—¿Por qué no?
—Porque no —respondí, consciente de que me había sonrojado".

"Tenía una sensación muy rara. La mujer no sólo me gustaba, sino que también me provocaba una especie de cosquilleo en la barriga. Me parecía encantadora. Aunque fuese mayor que yo. Aunque no fuese muy alta. Aunque estuviera fuera de mi alcance y aunque pronto se convertiría en toda una señora".

La tristeza

"Quedamos a solas unas cuantas veces y nos fuimos encariñando. Empezó a parecerme muy sexy que se aflojara un poco el nudo de la corbata al entrar en el bar donde habíamos quedado después del trabajo.
Aunque ya llevábamos dos meses saliendo «oficialmente», yo aún no tenía claro si éramos novios o qué éramos".

"A veces pienso que no me he enamorado ni una sola vez. No sé si he estado con algún chico hasta el punto de echarlo de menos, de querer oír su voz, de necesitar que me abrazara o de no poder vivir sin él. No lo recuerdo. Tengo la sensación de que en algún momento he tenido alguna relación así, pero no consigo recordarlo. Suelo olvidar las cosas que ya han pasado".

"«Me alegro de que sea mi novio», pensé. Luego me di cuenta de que acababa de referirme a él como «mi novio», aunque sólo fuera en pensamientos".

"Me dejó un martes por la noche. A pesar de que el martes es mi día favorito de la semana. El lunes es un melón verde que aún no ha madurado. Los miércoles y los jueves son un plátano que empieza a estar demasiado maduro. Los viernes y los sábados son una papaya a punto de caer del árbol. El martes, en cambio, es un tomate ligeramente dulce pero que apenas huele. Por eso es mi favorito. Es un día limpio, neutro y firme".

"Yo he roto con algunos hombres y otras veces me han dejado. Ambas situaciones son igual de desagradables. Cuando te dejan, lo más importante es no odiarte a ti misma".

¡Vamos!

"—¿Desde cuándo tienes ese costurero? —le pregunté.
—Desde que iba a primaria —respondió ella.
—Yo tengo uno igual —me apresuré a decirle.
Me había hecho ilusión saber que Akane también guardaba un costurero.
—¿De veras? —dijo ella admirada.
—¿Qué hay dentro? —le pregunté.
El mío sigue conteniendo los utensilios de costura, pero sospechaba que en el suyo había otras cosas.
—Botones —dijo ella.
—¡Claro! Como no los guardes bien, se acaban perdiendo —observé, pero ella negó con la cabeza.
—No son botones normales. Son de mis exnovios.
—¿Cómo?
Akane abrió el costurero. Me sorprendió ver que tenía el fondo forrado de algodón. Y allí, medio enterrados entre el algodón, había siete botones.
—¿Qué es eso? —exclamé.
Todos los botones eran de tamaños y colores diferentes. Había algunos de cuatro agujeros, algunos nacarados que reflejaban los colores del arco iris y otros abultados de fieltro.
—Cuando sé que me van a dejar, les pido que me den un botón —me explicó, sin perder la calma e ignorando mi perplejidad—. ¿Lo ves? Éste es el segundo botón del uniforme de un chico que me gustaba cuando me gradué. Y con el resto, igual.
—Con el resto, igual —repetí con la boca entreabierta.
—¿Te parece morboso? —preguntó Akane. Asentí levemente, y ella se echó a reír—. Hasta ahora me han dejado siete chicos —añadió a continuación—. Ojalá esta vez no me dejen —concluyó, y volvió a reír".

Las hojas de Bambú susurran

"Pronto iban a cumplirse dos meses desde que Taneda me había «atrapado». Cada vez me gustaba más. Me daba rabia no poder evitarlo. Aún no habíamos hecho el amor, pero me aterrorizaba dar ese paso. ¿Qué pasaría si lo hacíamos y ya no podía desengancharme de él? Le confesé mis temores a Sacchan, que se desternillaba de risa.
—No es ninguna droga".

"—La cuestión no es si los hombres son de fiar, la cuestión es si las mujeres decidimos confiar en ellos o no —dice la tía Kanako".

El sándwich de melocotón

"Me sorprendió saber que estudiaba en la universidad.
—Como estás en el turno de día, pensaba que sólo te dedicabas a trabajar por horas, igual que yo —dije, y ella sonrió como siempre.
—Estudio por las tardes en la facultad de Derecho.
—¡Qué inteligente! —exclamé, y en aquella ocasión respondió con una carcajada en lugar de una sonrisa.
—Que estudie en la universidad no significa que sea inteligente. Qué rara eres, Hoshie".

"Chika empezó a gustarme.
No sólo como amiga. Era un sentimiento más profundo. Un día, me di cuenta de que era amor. Jamás había imaginado que me enamoraría de otra mujer. Hasta entonces sólo había salido con hombres.
—¿Será amor de verdad? —me preguntaba a veces en voz alta cuando estaba en su piso, tumbada en su cama, con la cabeza apoyada en la almohada impregnada de su olor.
Quizá no fuera amor, sino sólo una profunda amistad que se manifestaba de forma completamente insólita. Pero a menudo ardía en deseos de besarla, acariciarle los pechos o escuchar sus gemidos".

"—Parece ser que tengo novio —me dijo una mañana.
—¿Parece ser? —pregunté. Aquella forma de hablar era propia de ella. No sabría decir si correspondía a una persona reservada o un poco cortita—. Entonces supongo que tendré que irme de tu piso —añadí en el tono más despreocupado que fui capaz de encontrar.
—No, no tienes por qué irte —negó ella, y me sonrió. Sin embargo, percibí una ligera vacilación en su sonrisa.
Lo noté precisamente porque estaba enamorada de ella".

En una carta verde en un sobre verde

"—Últimamente no vienes a verme casi nunca, Mana —me dijo Isuzu.
Era cierto. Llevaba un tiempo sin ir a su casa. Estaba enamorada. En realidad, aún no forma parte del pasado. Estoy enamorada. O eso creo".

Flores de papel

"Sólo he estado en su casa una vez. Me emborraché en una fiesta y él me invitó a un té.
Cuando se te pase la borrachera, te llevaré a tu casa —me dijo, impasible como siempre.
En aquel momento me di cuenta de que me gustaba, y me sentí triste. Intenté arrimarme a él haciéndome la borracha, pero él se limitó a dejar que le apoyara la cabeza en el hombro. No me besó ni me acarició el pelo".

"—Seguro que pronto la perderé en algún sitio —dijo Tachibara en la cafetería donde habíamos quedado con los demás, mientras se metía distraídamente en el bolsillo del abrigo las monedas del cambio.
—¡Pobre cartera! —dije—. Ya que la tienes, al menos úsala.
—Tienes razón —convino Tachibara, al mismo tiempo que sacaba las monedas del bolsillo y las guardaba en la cartera.
Yo, que no sabía qué cara poner, me limité a sonreír vagamente. Él también lo hizo, como si le hubiera contagiado la sonrisa.
Me dolió el pecho. Me dolió como si me lo hubieran exprimido como una naranja".

"—¿Recuerdas cómo os enamorasteis tu marido y tú? —le pregunté a mi hermana.
Ella me miró con la boca entreabierta, como si quisiera decir: «¿Cómo?»—. ¿Os gustabais mucho?
—¿Quieres que me ponga sentimental recordando el pasado para que hagamos las paces? —murmuró ella.
—No, sólo es una pregunta.
El pequeño Nao estaba sentado en el regazo de mi hermana. Ella me miró un rato sin decir nada. El niño empezó a dibujar con lápiz amarillo en una hoja sobre la mesa del comedor.
—Había mucha pasión —respondió mi hermana con desgana.
Nao levantó la cabeza para mirarla.
—¿Cómo puedes hacer que alguien que te gusta se enamore de ti? —susurré con la mirada perdida, como si me lo preguntara a mí misma.
Nao cogió el lápiz rojo. Tras una larga reflexión, mi hermana dijo:
—Es cuestión de suerte.
—Así que suerte…
Estuvimos un rato calladas. Nao cogió el lápiz naranja y siguió garabateando en la hoja.
—Verás. Que alguien se enamore de ti es cuestión de suerte, pero que siga enamorado también está en manos del azar, por lo visto —dijo mi hermana de repente.
—Ya lo entiendo —respondí.
Ella me dirigió una mirada vacía. Yo se la devolví con la misma expresión ausente".

La graduación

"—¿Tanto te gustan mis pechos? —preguntó.
Además de ser guapa, Misaki tenía unos pechos muy bonitos. No eran especialmente grandes, pero tenían la curvatura perfecta.
—Ni siquiera los chicos me los miran con tanta atención como tú —rio.
—Precisamente por eso puedo mirarte así, porque no soy un chico —repliqué, y ella me lanzó una mirada de admiración con los ojos muy abiertos.
—Es verdad. Qué respuesta más inteligente, Tsutsumi.".

"A Misaki le gustaba un chico. Fue ella misma quien me lo dijo.
Estudiaba Medicina en la universidad y era el profesor particular de su hermano pequeño.
—Él será médico y yo farmacéutica. Seríamos la pareja ideal —dijo Misaki con mirada soñadora.
—Las facultades de Medicina y Farmacia están separadas —le advertí, y ella se enfurruñó".

"—Así que tú eres amiga de Lisa, ¿no? Al veros a las dos juntas me doy cuenta de lo bien que os sienta el uniforme escolar a las chicas. Yo estudié en un colegio de chicos —dijo sonriendo el profesor particular.
—¿No crees que ese comentario del uniforme ha sido propio de un viejo? —le pregunté luego a Misaki, y ella asintió.
—Lo habrá aprendido de ti. Dicen que todo lo malo se pega.
—También dicen que el amor es ciego.
Misaki se echó a reír al oír mis palabras, pero de forma más comedida que de costumbre.
—Ay, el amor… —añadí.
—Ay, el amor… —repitió ella".

"—Los hombres son hombres, al fin y al cabo —dijo ella de repente.
—¿Por qué lo dices? ¿Qué ha pasado? —murmuré.
—No, nada. Pero el profesor particular no podía apartar la mirada de mis pechos.
—¿Y qué tiene de malo? Yo también te los miro.
—No me gustaba que me los mirase con disimulo.
—Es peor que te los miren descaradamente, ¿no?
—No lo sé —respondió ella, haciendo morritos.
«Qué guapa es», pensé.
—Creo que, a fin de cuentas —continuó con expresión de hastío—, sólo soy una chica pasada de moda, como un retrato en sepia anticuado que no encaja con la realidad de este siglo".

"Misaki se echó a reír. Yo hacía tiempo que no oía sus carcajadas. Entonces me cogió de la mano.
Estuvimos un rato contemplando el cerezo con las manos entrelazadas, y luego empezamos a andar. Misaki tenía la mano fría. La mía estaba helada.
—¿Cuándo podremos caminar así, de la mano de un chico, con naturalidad? —se preguntó.
—Pronto. Seguro que muy pronto.
—Pero no quiero olvidar esta sensación —susurró.
Le estreché la mano suavemente.
—Es la primera vez que vamos de la mano —dije, y ella asintió—. Hay muchas cosas que yo tampoco quiero olvidar —dije mirándola a los ojos. Tenía las pupilas de color avellana".




Hiromi Kawakami

viernes, 10 de mayo de 2019

Citas: Carta a un niño que nunca nació - Oriana Fallaci


"Anoche supe que existías: una gota de vida que se escapó de la nada".

"Yo estaba con los ojos abiertos de par en par en la oscuridad y, de pronto, en esa oscuridad, se encendió un relámpago de certeza: sí, ahí estabas. Existías".

"Fue como sentir en el pecho un disparo de fusil. Se me detuvo el corazón. Y cuando reanudó su latido con sordos retumbos, cañonazos de asombro, me di cuenta de que estaba cayendo en un pozo donde todo era inseguro y terrorífico".

"Ahora me hallo aquí, encerrada bajo llave en un miedo que me empapa el rostro, los cabellos y los pensamientos. Y en este miedo me pierdo".

"Trata de comprender: no es miedo a los demás, que no me preocupan. No es miedo a Dios, en quien no creo, ni al dolor, que no temo".

"¡La vida es tan ardua, niño! Es una guerra que se repite cada día, y sus momentos de alegría son breves paréntesis que se pagan a elevado precio".

"Tu gota de vida es tan sólo un nudo de células apenas comenzadas. Tal vez ni siquiera es vida, sino posibilidad de vida".

"Mi madre no me quería, ¿sabes? Yo empecé por error, por un instante de distracción ajena. Y, a fin de que no naciera, todas las noches mi madre diluía en el agua una medicina. Luego la bebía, llorando. La bebió hasta la noche en que me moví, dentro de su vientre, y le solté un puntapié para decirle que no me arrojase. Se estaba llevando la copa a los labios. En seguida la apartó y derramó su contenido en el suelo. Algunos meses después, yo me revolcaba al sol, victoriosa. Ignoro si eso ha sido un bien o un mal. Cuando me siento feliz pienso que ha sido un bien; cuando me siento infeliz creo que ha sido un mal. No obstante, incluso cuando soy desdichada, pienso que me disgustaría no haber nacido, porque nada es peor que la nada".

"Yo, te lo repito, no tengo miedo al dolor. El dolor nace y crece con nosotros, y uno se acostumbra a él como al hecho de tener dos brazos y dos piernas. En el fondo, tampoco tengo miedo de morir, porque si uno muere significa que ha nacido, que ha salido de la nada".

"Yo temo la nada, el no estar aquí, el tener que admitir no haber existido, aunque sólo sea por casualidad, por error, por una distracción ajena".

"Si a aquél o aquélla se le hubiese permitido elegir, probablemente habría respondido, asustado: no, no quiero nacer. Pero nadie le preguntó su opinión, y así nació, vivió y murió tras haber parido otro ser humano al que no pidió tampoco su parecer, y el ciclo prosiguió durante millones de años, hasta nosotros".

"La maternidad no es un oficio y tampoco un deber, sino un simple derecho entre tantos otros".

"Pero si naces varón, me sentiré igualmente contenta. Y tal vez más, porque te verás libre de muchas humillaciones, de muchas servidumbres, de muchos abusos. Si naces hombre, por ejemplo, no deberás temer que te violenten en la oscuridad de una calle. No deberás valerte de un bonito rostro para que te acepten al primer vistazo, ni de un bello cuerpo para esconder tu inteligencia. No serás objeto de juicios malévolos cuando duermas con quien te guste, ni oirás decir que el pecado nació el día en que cogiste una manzana".

"Niño, estoy tratando de explicarte que ser un hombre no significa tener una cola delante; significa ser una persona".

"Te pediré tan sólo que explotes bien el milagro de haber nacido, y que no cedas nunca a la cobardía, que es una bestia que está siempre al acecho. Nos muerde a todos, cada día, y son pocos los que no se dejan despedazar por ella en nombre de la prudencia, de la conveniencia y a veces en nombre de la sensatez. Cobardes hasta que los amenaza un peligro, los humanos se vuelven arrogantes apenas el riesgo ha pasado".

"Jamás debes evitar el riesgo, aunque el miedo te frene".

"Venir al mundo implica ya un riesgo: el de arrepentirse de haber venido".

"Yo te hablo, niño, y tú no lo sabes. En la tiniebla que te envuelve ignoras hasta que existes. Yo podría deshacerme de ti, y tú nunca lo sabrías. No tendrías la posibilidad de llegar a la conclusión de si te he hecho un daño o un regalo".

"Anoche hablé con tu padre. Le dije que aquí estabas. Se lo anuncié por teléfono porque está lejos; y, a juzgar por lo que he oído, no le di una buena noticia.
Me llegó, ante todo, un profundo silencio, como si se hubiera cortado la comunicación. Y después oí una voz que balbuceaba, ronca: «¿Cuánto hará falta?».
Le contesté, sin comprender: «Nueve meses, supongo. Mejor dicho, menos de ocho, a estas alturas». Y entonces la voz dejó de ser ronca para volverse estridente: «Hablo de dinero». «¿Qué dinero?», pregunté. «El dinero para deshacerse de él, ¿no?» Sí, lo dijo exactamente así, «deshacerse». ¡Ni que fueras un paquete! Y cuando, lo más serenamente posible, le expliqué que yo tenía muy distintas intenciones, se perdió en un largo razonamiento en el cual se alternaban ruegos y consejos, consejos y amenazas, amenazas y lisonjas. «Piensa en tu carrera, considera las responsabilidades; algún día podrías arrepentirte. ¡Qué dirán los demás!» Debe de haber gastado un dineral en esa llamada telefónica. De vez en cuando, la operadora intervenía con voz sorprendida y preguntaba: «¿Continúa?». Yo sonreía, casi divertida. Pero me divertí mucho menos cuando, envalentonado por el hecho de que yo escuchaba en silencio, concluyó que el gasto lo podíamos compartir ambos a partes iguales: al fin y al cabo, éramos «culpables ambos». Sentí náuseas. Me avergoncé por él. Y colgué el auricular pensando que en otro tiempo lo amé".

"¿Lo amé? Un día, tú y yo tendremos que discutir un poco acerca de este asunto llamado amor. Porque, honradamente, todavía no he comprendido de qué se trata".

"Pienso en ti en términos de vida. Y en cuanto a tu padre, mira, cuanto más lo pienso más creo que no lo he amado jamás. Lo he admirado, lo he deseado, pero no lo he amado. Y lo mismo ocurrió con los que le precedieron, fantasmas decepcionantes de una búsqueda siempre frustrada. ¿Frustrada? Para algo sirvió, después de todo: para comprender que nada amenaza tanto tu libertad como el misterioso impulso que una criatura siente hacia otra. Por ejemplo, un hombre hacia una mujer o una mujer hacia un hombre. No hay ligaduras, cadenas ni barreras que te obliguen a una esclavitud más ciega, a una impotencia más desesperada".

"Hay un indicio. Los enamorados que están lejos uno de otro, se consuelan con las fotografías. Y yo ando siempre con tus fotografías entre las manos. Ya se me ha convertido en una obsesión".

"Tuve miedo de que te quisiera aplastar porque yo no estaba casada.
Por fin sacó el dedo y sentenció: «Todo bien, todo normal». Me dio algunos consejos: me dijo que el embarazo no es una enfermedad sino un estado natural, y que, por tanto, es oportuno que yo siga haciendo las mismas cosas que antes. Lo importante es que no fume demasiado, que no lleve a cabo esfuerzos excesivos, que no me lave con agua demasiado caliente y que no albergue propósitos criminales. «¿Criminales?», pregunté, estupefacta. Y él: «La ley lo prohíbe. ¡Recuérdelo!»".

"Y hay momentos en que me siento inquieta, en que me pregunto quién ganará: ¿nosotros o ellos? Tal vez sea por culpa de esa llamada telefónica, que ha renovado amarguras que yo creía olvidadas y ofensas que consideraba superadas. Unas y otras me fueron infligidas por fantasmas gracias a los cuales comprendí que el amor es un enredo, una estafa. Las heridas se han cerrado y las cicatrices son apenas visibles, pero basta una llamada telefónica así para que vuelvan a doler, como las viejas fracturas de huesos cuando cambia el tiempo".

"¿Quién ha dicho que duermes tranquilo, acunado por tus aguas? Tú no duermes nunca, no reposas nunca. ¿Quién ha dicho que permaneces en santa paz, en una armonía de sonidos que llegan dulcemente embotados hasta tu membrana? Estoy segura que hay un constante chapoteo junto a ti, un constante bombear, soplar y crujir; un estallido de rumores brutales. ¿Quién ha dicho que eres materia inerte, casi un vegetal que se puede extirpar con una cuchara? Sostienen que, si quiero librarme de ti, este es el momento. Mejor aún: el momento empieza ahora. En otras palabras: yo hubiera debido aguardar hasta que te volvieras un ser humano con ojos, dedos y boca, para matarte. Antes, no. Antes eras demasiado pequeñito para ser localizado y arrancado. Están locos".

"Te preguntas, acaso, por qué, desde hace algunos días, no hago más que hablarte de esto. No lo sé. Tal vez porque los demás me hablan del tema de una manera obsesionante, y esperan que yo tome la iniciativa. Tal vez porque, en determinado momento, yo también lo he pensado sin decírmelo. Tal vez porque no quiero confiarle a nadie otra duda que me envenena el alma. La sola idea de matarte, hoy, me mata; y, sin embargo, llego a tomarla en consideración".

"Ciertamente, tú y yo formamos una extraña pareja. Todo en ti depende de mí, y todo en mí depende de ti: si enfermas, yo enfermo y si muero, tú mueres. Pero no puedo comunicarme contigo, ni tú conmigo".

"Debo ser fuerte, niño. Debo tener fe en mí misma y en ti. He de llevarte hasta el final para que, cuando seas mayor, no te parezcas al cura que gritaba en mi sueño, ni a mi amiga, ni a su doctor Munson, ni a los policías que ataban los brazos de la abuela. El primero considera que eres propiedad de Dios, la segunda que perteneces a la madre, y los últimos que tu dueño es el Estado. Pero tú no perteneces a Dios, ni al Estado, ni me perteneces a mí. Te perteneces a ti mismo, y basta".

"Llorar es fácil; reír, difícil. Aprenderás rápidamente esta verdad".

"Oirás hablar mucho de libertad. En nuestro mundo es una palabra casi tan explotada como el término amor, que, ya te lo dije, es el más explotado de todos".

"Yo nunca he pretendido que las mujeres fuesen mejores que los hombres, y que por su bondad merezcan no morir. Ser buenos o malos no viene a cuento; aquí la vida no depende de eso sino de una relación de fuerzas basada en la violencia".

"La supervivencia es violencia".

"Calzarás zapatos de cuero porque alguien ha matado una vaca y la ha desollado para utilizar su piel. Te protegerás con un abrigo de pieles porque alguien ha matado a una bestia, a cien bestias, para utilizar sus pieles. Comerás higadillos de pollo porque alguien ha matado pollos que no hacían el menor daño a nadie. Y esto tampoco es cierto, porque también los pollos hacen daño a alguien: devoran los gusanitos que mordisqueaban en paz su ensalada. Hay siempre alguien que se come a otro para sobrevivir, desde los hombres hasta los peces".

"Y así las aves, los insectos y todos los demás. Que yo sepa, sólo plantas y árboles no devoran a nadie; se alimentan de agua, de sol y de nada más. Pero, a veces, se roban entre ellos el sol y el agua, ahogándose y exterminándose unos a otros. ¿Es oportuno que tú te enteres de semejantes horrores, tú que vives, te alimentas y te calientas sin matar a nadie?".

"La igualdad, hijo, existe sólo donde tú estás ahora, lo mismo que la libertad. En el huevo somos todos iguales".

"Aún no conoces la peor de las realidades: que el mundo cambia y sigue siendo como antes".

"Se sentó incluso en la cama para llorar mejor, y a cada uno de sus sollozos la cama se movía. Pensé que eso te podía molestar. Le dije: «Estás agitando la cama.
Las vibraciones lo molestan». Él apartó las manos de la cara, se secó con un pañuelo y fue a sentarse en una silla. Ésa que está debajo de tu fotografía. Era extraño veros juntos. Tú con tus pupilas quietas, misteriosas; él con sus pupilas trémulas, sin secretos. Luego dijo: «También es mío».
La ira me arrebató. Me senté de golpe en la cama y le grité que no eras mío ni suyo: eras tuyo".

"El hecho de que yo lo olvidara era el precio que pagábamos por la única ley que nadie admite: un hombre y una mujer se encuentran, se gustan, se desean, tal vez se aman, y tras algún tiempo ya no se aman, no se desean, no se gustan; incluso es posible que quisieran no haberse encontrado nunca".

"Debía evitar a toda costa cualquier emoción y todo pensamiento preocupante. Serenidad y placidez eran las consignas. «Doctor —contesté—, eso es lo mismo que pedirme que cambie el color de mis ojos. ¿Cómo quiere que me mantenga serena si mi naturaleza no lo es?» Me observo nuevamente con frialdad:
«Eso es asunto suyo. Ingéniese. Engorde»".

"Estoy asustada, y también enfadada contigo. ¿Qué te crees que soy: un recipiente, un frasco donde se pone un objeto para custodiarlo? ¡Soy una mujer, diantre, una persona! No puedo destornillarme el cerebro y prohibirle que piense. No puedo anular mis sentimientos o impedirles que se manifiesten. No puedo ignorar un enojo, una alegría, un dolor. Tengo mis reacciones y experimento mis estupores y mis desalientos".

"Si queremos seguir juntos, niño, hemos de pactar. Y este es el pacto: te hago una concesión. Engordaré; te regalo mi cuerpo. Pero no mi mente. Ni tampoco mis reacciones. Me las quedo. Y junto con ellas pretendo una propina: mis placeres menudos. Ya ves, ahora bebo un abundantísimo whisky, y me fumo un paquete de cigarrillos, uno tras otro, y reanudo mi trabajo, y vuelvo a existir como persona y no como frasco, y lloro, lloro, lloro sin preguntarte si te hace daño. ¡Porque estoy harta de ti!".

"Soy una egoísta. ¿Cómo estás, niño? Espero que mejor que yo. Me siento agotada. Tan cansada, que quisiera resistir seis meses más, el tiempo de darte a luz, y luego morirme".

"Basta de esta comedia, de este delirio. Uno no es un ser humano por derecho natural, antes de nacer. Humano se vuelve uno después, cuando ha nacido, porque está con los demás, porque los demás lo ayudan, porque una madre, una mujer, un hombre o no importa quién, le enseña a uno a comer, a caminar, a hablar, a pensar, a comportarse como ser humano".

"La vida es una comunidad para que nos demos las manos, nos consolemos y nos ayudemos".

"No me arrepentiré. Sólo cuando uno se respeta a sí mismo puede exigir el respeto de los demás, y sólo cuando uno cree en sí mismo los demás pueden creerle".

"Un escritor a quien conocí sostenía que cada uno tiene la vida que se merece. Lo cual es tanto como sostener que un pobre merece su pobreza y un ciego su ceguera. Se trataba de un hombre estúpido, aunque era un escritor inteligente.
También el hilo que divide la inteligencia de la estupidez es muy fino, ya te darás cuenta".

"En el hotel, abrí el grifo y puse la mano bajo el chorro de agua. Corrió un líquido negro que pronto desapareció en un remolino negro, ¿y sabes qué te digo, niño? Tú eres como mi Luna, como mi polvo de Luna. Los espasmos han redoblado; ya no logro conducir. Si encontrase un motel, si pudiera parar y descansar… Con el cerebro más lúcido, quizá descubriría una solución para salvar lo salvable, para no arrojar mi Luna. No quiero perder la Luna otra vez, verla desaparecer en el fondo de un lavabo. Pero es inútil. Con certeza, con la misma certeza que me paralizó la noche en que supe que existías, ahora sé que estás dejando de existir".

"Nunca me contaste que una magnolia puede cogerse sin morir, que un bombón puede comerse sin necesidad de humillarse uno, que el mañana puede ser mejor que el ayer. Y cuando te diste cuenta, era demasiado tarde: yo ya me estaba suicidando".

"No llores, mamá; me doy cuenta de que obrabas así también por amor, a fin de prepararme a no ceder el día que me abrumara el horror de existir".

"No es cierto que tú no creas en el amor, mamá. Tú estás hecha de amor. Pero ¿es suficiente creer en el amor si uno no cree en la vida?".

"En efecto, mañana volvemos a casa. Y si bien la palabra mañana me parece ofensiva para ti y amenazadora para mí, no puedo dejar de mirar a mí alrededor y darme cuenta de que mañana es un día lleno de oportunidades".

"Por último, todavía he de aclarar el misterio que llaman amor. No el que se devora en una cama, tocándonos, sino el que me preparaba a conocer contigo".

"Tú estás muerto pero yo estoy viva".

"Pero no viene nadie excepto esos dos de bata blanca: uno de ellos ¿es el mismo que me condenó? Hace un rato se enfadó. Dijo: «¡Doblen la dosis!». La dosis ¿de qué? ¿De pena? Ya la desconté. ¿Debo empezar de nuevo?
Luego dijo: «¡Aprisa! ¿No veis que se está yendo?». ¿Quién se está yendo? ¿Una aguja, una persona, la vida?".

"La vida no puede irse si uno se niega a ello: aquí no se muere nadie. Ni siquiera tú, porque ya estás muerto, muerto sin saber qué significa estar vivo, sin saber qué son los colores, los sabores, los olores, los sonidos, los sentimientos, el pensamiento. Lo lamento por ti y por mí".

"La vida no te necesita a ti ni a mí. Tu estás muerto. Tal vez muera yo también. Pero no importa. Porque la vida no muere".





Oriana Fallaci