domingo, 8 de diciembre de 2019

Citas: Grace Kelly - Donald Spoto


"La idea de que mi vida ha sido como un cuento es, en sí misma, un cuento. 

GRACE KELLY GRIMALDI, princesa de Mónaco, a DONALD SPOTO".

"¡Odio ver cómo el sol se pone / y se hunde en el suelo, / porque puede que alguna noche cálida quede atrapado / y a la mañana siguiente no asome!".

"«Según él, Peggy estaba destinada a ser la estrella de la familia —recordaba Rupert Allan, publicista y buen amigo de Grace, que más tarde se convertiría en el cónsul general de Mónaco en Los Ángeles—. Jack nunca prestó demasiada atención a Grace… La aceptaba, pero no llegó a comprenderla. En cambio, ella lo adoraba y siempre buscó su aprobación»".

"Pequeña flor, eres afortunada… / te bañas en el cálido sol, / y ves el mundo pasar /sin apenas parpadear / mientras otros tienen que esforzarse y luchar / contra el mundo y los pesares / de la vida. // Pero tú también tienes tus batallas para combatir / la fría y desolada oscuridad de cada noche, / de una enredadera mayor que busca crecer / y es capaz de soportar la lluvia y la nieve / y sin embargo nunca dejas que se note / en tu bello rostro".

"Podría pensarse que los padres de Grace se enorgullecían de su parentesco con George, pero lo cierto era que no se mostraban en absoluto entusiasmados con él porque era declaradamente homosexual y llevaba años viviendo con su pareja, William Weagley. En aquella época, tener un pariente homosexual era algo vergonzoso salvo para unas pocas familias norteamericanas ilustradas, y solo se toleraba al hombre que era «sensible» (la palabra en clave que todo lo revelaba) si guardaba en secreto su terrible verdad. Cuando George murió en 1974, la familia no invitó al funeral a Weagley, que tuvo que entrar a hurtadillas en la iglesia y sentarseen un banco del fondo, donde lloró desconsoladamente sin que nadie se fijara en él.
Falleció al año siguiente".

"La vida social de Grace floreció en 1943. En esa época la frase «salir con alguien» no significaba tener relaciones sexuales, sino compartir una serie de actividades inocentes como ir al cine, a fiestas y a bailar".

"«Mi hermana Lizanne solo se enamoró de uno, el chico con quien se casó, pero Peggy y yo nos enamorábamos y desenamorábamos cada día»".

"«Me rebelé contra mi familia y me fui a Nueva York para averiguar quién era yo… y quién no era»".

"«Tengo entendido que algunas de tus amigas de instituto empiezan a salir —le comentó su padre, refiriéndose a la posibilidad de una presentación formal en sociedad, como era costumbre en aquella época—. ¿Tú no quieres salir?»
La respuesta de Grace fue tajante: «Ya estoy saliendo. ¿Crees que para conseguir una cita tengo que recurrir a esas mujeres que venden listas con nombres de chicos y sus direcciones?». Ella tenía otros planes y nada ni nadie iba a detenerla".

"En la fiesta que siguió a la entrega de diplomas se encontraba un joven llamado John Cassavetes, que iba un curso por detrás de Grace y no tardaría en iniciar una importante carrera como actor y director de cine. 
Cassavetes se sorprendió cuando otro alumno le dijo: «Esa Grace Kelly es una monada. ¿No es una lástima que sea tan tímida que nunca vaya a llegar a nada?»".

"«Durante mucho tiempo —recordaba Grace—, estuve en la categoría del “demasiado”: demasiado alta, piernas demasiado largas, demasiada barbilla. Recuerdo que el señor Ratoff no dejaba de gritar: “¡Pero si es perfecta! ¡Lo que me gusta de esta chica es que no es una belleza!”»".

"Fred Coe, que produjo muchos de los trabajos televisivos de Grace, añadía que «poseía talento y atractivo, pero eso era algo que también tenían muchos otros jóvenes intérpretes de teatro que no llegaron a convertirse en estrellas. Lo que la hacía destacar era eso que llamamos “estilo”. No era simplemente otra chica guapa, sino la esencia de la naturalidad… la clase de chica con la que cualquier hombre soñaba casarse. Todos los que trabajábamos con ella la adorábamos. Era imposible estar con Grace sin enamorarse un poco de ella»".

"Si una estrella cinematográfica era alcohólica, drogadicta, infiel a su cónyuge o incluso declarada culpable de un delito, no pasaba nada porque los estudios se ocupaban del asunto. Se sobornaba a la policía, se compraba el silencio de la prensa y se negociaba con los periódicos y columnistas de sociedad lo que estos debían publicar".

"Hacía tiempo que Grace y Gable habían fallecido cuando Ava realizó estas declaraciones que son sumamente ambiguas. «Enamorado» puede significar, aunque no necesariamente, «en la cama»".

"«Cuando era joven, siempre me estaba enamorando de hombres que me daban mucho más de lo que yo les daba a cambio —afirmaría Grace años más tarde—.
Sabía que era inmadura e incompleta como persona, que en realidad estaba tomando y asimilando más de lo que daba. Me parece que esto es algo que les ocurre a la mayoría de los jóvenes. Con el egoísmo propio de la juventud, necesitamos alimentar nuestra mente y nuestro espíritu con lo que cogemos de los demás»".

"En cuanto a Grace, también ella padeció la ira del director. «Estaba muy preocupada con mi papel —comentaba—, sabía lo mucho que había en juego después de Solo ante el peligro y deseaba con toda el alma hacerlo bien, en especial porque a Ford le había gustado mi prueba de cámara y al parecer había visto en mí algo que nadie más había conseguido apreciar. El caso es que un día, durante el rodaje, me gritó: “Kelly, ¿qué demonios está haciendo ahí?”.
»Yo le respondí: “En el guión dice que Linda ha de caminar hasta aquí, darse la vuelta y…”. Él me interrumpió gritando: “¡Muy bien, Kelly, pero estamos rodando una película, no un guión!”.

"Grace recordaba cierta ocasión en que el cineasta quiso burlarse de ella. «Hitch sabía un montón de historias picantes. Un día se volvió hacia mí después de contarle un chiste muy verde a Ray Milland y me preguntó: “¿Está usted escandalizada, señorita Kelly?”. Yo sonreí y contesté: “En absoluto, señor Hitchcock, me eduqué en un colegio de monjas, de modo que antes de los trece ya había oído estas cosas”.
Creo que le encantó mi respuesta»".

"«Un 12 de noviembre, la tierra cobró vida para mí y creó la criatura más bella del mundo: tú. Te quiero, cariño. Te llamaré esta noche»".

"No tenía tiempo para mí, y un día, cuando alguien de una revista me preguntó: “¿Quién   es la verdadera Grace Kelly?”, contesté: “La verdadera Grace Kelly todavía no existe.
Vuelva dentro de diez años y se lo diré. Por el momento sigo intentando averiguarlo”".

"Rainiero reconocía que para él había sido fácil encontrar amantes (al igual que para ella), pero que su «mayor dificultad residía en conocer a una mujer lo bastante íntimamente y durante el tiempo suficiente para saber si éramos almas gemelas a la vez que amantes»".

"Privado del cariño y la atención familiar, el joven Rainiero se entregó a todo tipo de romances y deportes peligrosos, hasta la primavera de 1955, cuando un breve encuentro de treinta minutos con una actriz estadounidense tocó una fibra sensible en su interior".

"Grace no quería que sus amigas más íntimas se enteraran por la prensa. «Me llamó a Nueva York para invitarme a tomar una copa en su casa y me dijo: “Quiero que conozcas a mi príncipe”. Pensé que se refería solo al hombre de sus sueños, claro está, o sea que me llevé una buena sorpresa», recordaba Rita Gam".

"«Nosotros no lo hacemos así», era la respuesta de los miembros del servicio con la que Grace se topaba una y otra vez cuando hacía alguna sugerencia sobre algo tan insignificante como la disposición de la mesa o los arreglos florales. 
Tuvieron que pasar varios años hasta que por fin fue capaz de expresar su opinión y contestar con amabilidad: «Muchas gracias, pero a partir de ahora lo haremos a mi modo»".

"En contra de los rumores que corrieron durante el resto de su vida, su matrimonio fue feliz. «Naturalmente que pasamos períodos turbulentos, como cualquier matrimonio —afirmó Grace—, pero hablamos de las cosas y ninguno de los dos es rencoroso o pone mala cara».Amigas íntimas como Judy Kanter recordaban que Rainiero «era temperamental y de genio muy vivo, y a menudo descargaba su malhumor con Grace porque sabía que ella seguiría queriéndolo. En una ocasión comentó que un buen matrimonio no era una relación eterna y romántica, sino una
larga conversación».Grace amaba a su príncipe: «Me casé con el hombre, no con lo que representaba. Me enamoré de él sin reparar en nada más»".

"Los episodios de depresión profunda fueron infrecuentes, pero, a pesar de su entrega y dedicación al trabajo, atravesó muchos momentos de melancolía y soledad, sentimientos que fueron en aumento a medida que pasaban los años. Ya en el otoño de 1965, al cumplir treinta y seis años, comentó a un entrevistador: 

«No espero ser feliz y no busco la felicidad, así que en cierto sentido se puede decir que estoy satisfecha con la vida. Intento comprenderme, pero también discuto conmigo misma todo el tiempo; por lo tanto, supongo que no estoy en paz conmigo misma. Me quedan muchas ambiciones que aún no he cumplido, y si conservo la salud y la fuerza para levantarme de la cama por las mañanas, puede que consiga realizar alguna»".




Donald Spoto

miércoles, 4 de diciembre de 2019

Citas: Divas rebeldes - Cristina Morató


Morir por amor, Maria Callas:

"«Me pregunto si llegaré a ser algún día feliz o si me pasaré el resto de mi vida luchando por sobrevivir(...)".

"«No quiero cantar, quiero vivir», repetiría una y otra vez".

"«Hay gente que ha nacido para ser feliz y gente que ha nacido para ser infeliz. Simplemente no he tenido suerte en el amor. Muchas veces me pregunto: ¿por qué?», confesaba poco antes de morir en su apartamento parisino con la única compañía de sus sirvientes".

"—Luchino, ¿si tuviera el cuerpo de Audrey Hepburn sería bella? —le preguntó.
—Estarías demasiado delgada.
—Pero… ¿sería atractiva?
—Serías una Traviata más verídica, no olvides que murió consumida —le respondió el director".

"Artemis, hermana de Aristo y a quien la Callas nunca le simpatizó, diría más tarde:

«Ella nunca le hará feliz. Se parecen demasiado. Los dos son personas importantes.
¿Cómo podrían vivir juntos sin matarse?»".

"«No la amo, pero la necesito»".

"Ante el rumbo que tomaban los acontecimientos y aunque Onassis le suplicó que no lo hiciera, la Callas aceptó viajar con Di Stefano en una gira agotadora que los llevaría a ocho países en siete meses. Aristo, que la necesitaba más que nunca a su lado, le aseguró que estaba muy arrepentido y que se divorciaría de Jackie para casarse con ella. Esta vez seguramente hablaba en serio, pero la propuesta llegaba demasiado tarde para Maria que sólo deseaba olvidarle. «Me habla de divorcio, como antes me hablaba de matrimonio —le diría la cantante a una amiga—. No cometeré la estupidez de creerle mientras no tenga el papel firmado en mi mano»".

"Cuando Maria se enteró de que su estado había empeorado tras la intervención, la cantante se las ingenió para poder verle. «Vi a Ari en el hospital, en su lecho de muerte, y parecía sereno y en paz consigo mismo. Se encontraba muy enfermo y sabía que el final estaba cerca, aunque trataba de ignorarlo. No hablamos de los viejos tiempos, ni apenas de otras cosas, sino que nos comunicamos en silencio.
Cuando me iba, hizo un esfuerzo y me dijo: “Te amé, no siempre bien, pero lo mejor que supe. Lo intenté”».
Nadie sabe si esta conmovedora despedida fue real o producto de la imaginación de una mujer que veía cómo la vida del hombre que aún amaba se apagaba lentamente".

"A principios de marzo, la Callas alquiló una casa en Palm Beach (Florida) para huir del infierno que estaba viviendo en París. Unos días más tarde, el 15 de marzo de 1975, se enteraría de la muerte de Aristo y profundamente afectada le diría a una amiga: «De repente, me he quedado viuda». Maria no podría asistir al entierro de su amante en la isla de Skorpios, donde su cuerpo descansa junto al de su querido hijo Alexander. «Oficialmente, Jackie era la viuda, pero los que llevábamos largo tiempo con Onassis, era por Maria por quien lo sentíamos. Fue ella quien más le amó y con quien él parecía disfrutar más de la vida», declaró el capitán del yate Christina".

"Ahora había perdido su don divino y al único hombre que amó hasta la desesperación. Y así, en la mañana del 16 de septiembre de 1977, la diva decidió que había llegado al final de la representación. Tal como contó su doncella Bruna, la cantante, tras desayunar en la cama, se desplomó en el suelo como sus trágicas heroínas operísticas. Tenía cincuenta y tres años, y había perdido las ganas de vivir.
Caía el telón de una vida marcada por una pasión tan intensa como letal que la encumbró al Olimpo de la lírica, pero que destrozó su corazón".


El triunfó de la voluntad, Coco Chanel: 


"«He sido muy desgraciada en una vida que, vista desde fuera, parece brillante», le confesó a su amigo el escritor Paul Morand".

"La pequeña Coco pasó los mejores años de su triste infancia en Courpière. En aquel tiempo, su madre no podía ocuparse mucho de ella y se sentía muy sola. Con apenas cinco años solía visitar el viejo cementerio de la iglesia donde jugaba con sus muñecas de trapo entre las tumbas abandonadas cubiertas de hierbas. Así recordaba a Paul Morand este episodio de su vida: «Yo era la reina de aquel jardín secreto. Me encantaban sus habitantes subterráneos. “Los muertos no están muertos mientras pensemos en ellos”, me decía".

"Gabrielle nunca superaría la prematura muerte de su madre y el abandono de su padre: «Quería suicidarme. Durante mi infancia sólo ansié ser amada. Todos los días pensaba en cómo quitarme la vida, aunque, en el fondo, ya estaba muerta. Sólo el orgullo me salvó»".

"A pesar de su juventud tenía las ideas muy claras: «Ser una mujer mantenida no tiene porvenir alguno»".

"A lo largo de su azarosa vida, en lo único que Coco Chanel no solía mentir a los periodistas era sobre lo importante que fue Boy Capel para ella: «Yo sabía que podía contar con él en cualquier circunstancia; era un verdadero compañero, mi hermano, mi padre, toda mi familia. El único hombre al que realmente he amado en toda mi vida»".

"Su muerte la sumió en una profunda tristeza y estuvo a punto de derrumbarse por completo: «Lo perdí todo cuando perdí a Boy Capel. Dejó un vacío dentro de mí que los años no consiguieron llenar. Tenía la impresión de que él seguía protegiéndome desde más allá de su tumba»".

"La diseñadora nunca confesaría las verdaderas razones de la ruptura, porque quizá le resultaban muy dolorosas: «Pasé diez años de mi vida con Westminster […] Hay que ser hábil para retenerme diez años. Durante aquel tiempo mantuvimos una relación muy tierna y cariñosa. Seguimos siendo buenos amigos. Le he querido, o pensaba que le quería, lo cual viene a ser lo mismo»".

"«Seguramente no obedece al azar que esté sola.
Nací bajo el signo de Leo, los astrólogos saben qué significa. Tiene que ser muy duro para un hombre vivir conmigo, a menos que sea muy fuerte. Y si fuera más fuerte que yo, entonces sería yo la que no podría vivir con él…»".

"Coco le diría a Paul Morand durante su exilio en Suiza en el invierno de 1946:
«Mis relaciones con Iribe fueron pasionales. Cómo detesto la pasión. Qué espantosa enfermedad. El apasionado es un atleta, no conoce el hambre ni el frío, vive de milagro»".

"Cuando un periodista le preguntó por qué había vuelto, ella respondió: «Pues porque me aburría, y prefiero el desastre, al vacío o la nada»".

"A sus ochenta y siete años, y sin haber perdido un ápice de lucidez, Chanel confesaba: «Sólo tengo ya una curiosidad: la muerte»".

"«Si muero —les dijo un día— llevadme a Suiza. Colocadme entre ambos, en el fondo del coche. Si os preguntan en la frontera, responded: es mademoiselle Chanel, está muy chocha, no hagan caso de
ella»".

La reina sin corona, Wallis Simpson:

"Durante sus treinta y cinco años de matrimonio, el duque de Windsor nunca se arrepintió de haberlo perdido todo por amor. Poco antes de morir le confesó a un amigo: «La duquesa me dio todo lo que no pude obtener de mi familia. Me dio consuelo, amor y bondad»".

"Si tenía dudas sobre el amor que Eduardo sentía hacia ella, al día siguiente se disiparon. El rey la invitó a presenciar el anuncio oficial de su nombramiento desde uno de los balcones del palacio de St. James. Para su desconcierto —y escándalo de los allí presentes—, tras la proclamación el flamante Eduardo VIII se acercó a su lado y le dijo: «Nunca nada podrá cambiar lo que siento por ti»".

Entre el poder y la gloria, Eva Perón:


"«Hubo, al lado de Perón, una mujer que se dedicó a llevarle al presidente las esperanzas del pueblo, que luego Perón convertiría en realidades. […] De aquella mujer sólo sabemos que el pueblo la llamaba, cariñosamente, Evita». Cuando Eva Perón escribió estas grandilocuentes palabras en su autobiografía  titulada La razón de mi vida— le quedaban pocos meses de vida".

"A los que le insinuaban que no estaba bien visto que se paseara públicamente con una «estrella de segunda categoría y mala reputación», Perón les contestaba con su habitual sentido del humor: «¿Me reprochan que ande con una actriz? Y qué quieren, ¿que ande con un actor?»".

"«Me seguía como una sombra, me escuchaba con atención, asimilaba mis ideas y las ejercitaba en su mente extraordinariamente ágil y seguía mis directrices con gran precisión», diría Perón en sus memorias".

"Desde su celda en el fuerte de Martín García, una isla húmeda y azotada por el viento en medio del río de la Plata, Perón le escribió la siguiente carta a Evita: «Mi adorable tesoro: Sólo cuando estamos apartados de quienes amamos sabemos cuánto los queremos. Desde el día que te dejé ahí, con el dolor más grande que se pueda imaginar, no he podido sosegar mi desdichado corazón. Ahora sé cuánto te amo y que no puedo vivir sin ti. Esta inmensa soledad está llena de tu presencia.
Escribí hoy a Farrell [el presidente] pidiéndole acelerara mi excedencia y, tan pronto salga de aquí, nos casaremos y nos iremos a vivir en paz a cualquier sitio…»".

"Algunos años más tarde, Evita, recordando aquellos funestos días en los que Perón fue privado de libertad, escribiría: «Aquellos ocho días me duelen todavía; y más, mucho más, que si los hubiera podido pasar en su compañía, compartiendo su angustia… Me largué a la calle buscando a los amigos que podían hacer todavía alguna cosa por él… Nunca me sentí, lo digo de verdad, tan pequeña, tan poca cosa…»".

"Cuatro días después de su comparecencia en el balcón de la Casa Rosada, Perón se casaba con su amante Evita en Junín. «Pensábamos con el mismo cerebro, sentíamos con el mismo corazón. Era natural por tanto que en tanta comunión de ideas y de sentimientos naciese aquel afecto que nos llevó al matrimonio. Nos casamos en el otoño de 1945 en la iglesia de San Francisco en La Plata», recordaría el coronel".

"Cuando se la criticaba porque vestía de manera demasiado ostentosa cuando visitaba a los obreros o a los más pobres, ella contestaba: «Mira, a mí me quieren ver hermosa. Los pobres no quieren que los proteja una persona vieja y desaliñada. Todos sueñan conmigo y no quiero defraudarlos»".


La heredera de la triste mirada, Barbara Hutton: 

"Los recién casados pasaron su luna de miel en París y a su regreso se instalaron en una de las elegantes mansiones que su padre había construido para ella, en la calle Ochenta. Barbara, la única hija del matrimonio, nacería el 14 de noviembre de 1912. La pequeña heredaría la tez pálida, los ojos azules y el cabello rubio de su madre, la más atractiva y elegante de las tres hermanas Woolworth. La prensa no se hizo eco de su nacimiento y Barbara comentaría al respecto: «Fue la única vez en mi vida en que la prensa eligió ignorarme»".

"Por aquel tiempo, Barbara acudía al colegio de señoritas de miss Shinn, donde la mayoría de las alumnas se mostraban hostiles hacia ella: «Las niñas me decían que no me querían nunca porque tenía demasiado dinero. Pero yo ni siquiera sabía lo que quería decir la palabra dinero. Un día, cuando la tía Jessie vino a verme le pregunté por qué no dábamos todo nuestro dinero. Ella intentó explicarme que eso no era posible. Pero yo no lo entendí y cogí unas tijeras y me puse a cortar todos mis vestidos»".

"En 1968, la directora del internado le contaría a Dean Jennings, biógrafo de Barbara Hutton: «Era una niña adorable pero parecía que no iba a tener ni la más mínima oportunidad de ser feliz algún día. Tenía mucho dinero pero a nadie que la guiara ni la escuchara.
Estaba sola y era muy tímida, pasaba la mayor parte del tiempo escribiendo poemas que no enseñaba a nadie. Nadie la venía a ver, ni siquiera en Navidad»".

Fiel a sí misma, Audrey  Hepburn: 


"«Si tuviera que escribir mi propia biografía —diría en una ocasión la actriz— empezaría así: “Nací en Bruselas, Bélgica, el 4 de mayo de 1929… y morí seis semanas más tarde”»".

"«De pequeña —recordaba Audrey— me enseñaron que era de mala educación llamar la atención y que jamás de los jamases debía ponerme en evidencia. Todavía me parece oír la voz de mi madre diciéndome: “Sé puntual”, “Acuérdate de pensar primero en los demás”, “No hables demasiado de ti misma. Tú no eres interesante; son los demás los que cuentan»". 

"«Si hubiéramos sabido que la ocupación duraría cinco años, tal vez todos nos habríamos suicidado. Pensábamos que aquello terminaría en una semana, seis meses o un año… Así fue como conseguimos sobrevivir»".

"«Ana Frank y yo nacimos el mismo año, vivimos en el mismo país, sufrimos la misma guerra, excepto que ella estaba encerrada y yo estaba fuera. Leer su diario fue como leer mis propias experiencias desde su punto de vista. Me dejó tan destrozada que jamás he vuelto a ser la misma»".

"«En mi adolescencia —diría la actriz— presencié el indefenso terror humano, lo vi, lo oí y lo sentí. Es algo que no desaparece. No fue una pesadilla, yo estuve allí y todo eso ocurrió»".

"En el verano de 1948, el Ballet Rambert iniciaba una gira de varios meses por Australia y Nueva Zelanda. Cuando la profesora anunció los nombres de los bailarines que había elegido, Audrey sufrió una gran decepción al ver que ella no figuraba en la lista. La profesora le explicó lo que ella ya sabía: era demasiado alta —medía casi un metro setenta y era difícil encontrar para ella una pareja de baile— y había comenzado las clases cuando ya era mayor. Fue uno de los momentos más duros para Audrey. «Mi madre —escribe su hijo Sean en su biografía —, sencillamente, no podía competir con las bailarinas que habían recibido una preparación y alimentación adecuadas durante los años de la guerra. La guerra le había robado su sueño. Recordaba haber regresado a su habitación ese día y “deseado simplemente morir”. El sueño que había mantenido con vida su esperanza todos aquellos años, se acababa de desvanecer»".

"«Lo conocí, me gustó, lo amé y me casé con él», diría Audrey recordando a Mel Ferrer".

"«Nací con una enorme necesidad de afecto y con una tremenda urgencia de brindarlo. Cuando era pequeña solía avergonzar a mi madre intentando sacar a los recién nacidos de los cochecitos cuando iba por la calle. Soñaba con tener mis propios hijos. Todo en mi vida se reduce a una única cosa: no sólo recibir amor, sino la desesperada necesidad de darlo»".

"«Sufrir un aborto es desgarrador, pero también lo es divorciarse. Probablemente es una de las peores experiencias por las que puede pasar un ser humano —declaró Audrey—. En mis dos matrimonios, aguanté con energía todo lo que pude por el bien de los niños, y por respeto al matrimonio. Uno siempre espera que si ama a alguien lo suficiente, todo irá bien; pero no siempre es cierto»".

"«La vida —confesaría Audrey en una ocasión— me ha dado mucho más de lo que nunca he soñado. No hubo grandes decepciones o esperanzas que no saliesen bien; no esperaba mucho, y por eso soy la mujer menos amargada que conozco»".

                                                                                           Una mujer herida, Jackie Kennedy: 


"«Tengo la impresión de que me he convertido en un pedazo de propiedad pública. Es terrible tener que perder el anonimato a los treinta y un años»".


sábado, 30 de noviembre de 2019

Citas: Carta al padre - Franz Kafka


"Queridísimo padre:

No hace mucho me preguntaste por qué afirmo tenerte miedo. Como de costumbre, no supe qué responderte, en parte precisamente a causa de ese miedo que te tengo y en parte porque para explicarlo necesitaría tener presentes más factores de los que soy capaz de manejar al mismo tiempo cuando hablo. Esta respuesta que intento darte ahora por escrito será igualmente muy incompleta, porque también a la hora de escribir me atenazan el miedo y sus consecuencias, y porque las dimensiones del asunto van mucho más allá de lo que mi memoria y mi entendimiento son capaces de abarcar".

"Sabes muy bien lo que se puede esperar de «la gratitud de los hijos»—, pero sí habrías agradecido al menos algún tipo de correspondencia por mi parte, algún signo de comprensión y solidaridad; sin embargo yo, lejos de eso, no he hecho otra cosa que escabullirme de ti y refugiarme en mi habitación, en los libros, en los tipos raros que tengo por amigos, en ideas extravagantes; nunca te he hablado con franqueza, nunca he ido al templo para estar contigo".

"Tu juicio sobre mi persona se puede resumir así: no me acusas de indecencia ni de maldad en sentido estricto (a excepción quizá de mis recientes proyectos de matrimonio), sino de indiferencia, distanciamiento, ingratitud. Y me lo reprochas como si fuera culpa mía, como si hubiera estado en mi mano cambiar todo eso de un golpe de timón y tú no tuvieras la menor culpa, a no ser la de haberte portado demasiado bien conmigo Así es como lo pintas habitualmente, y en todo ello solo estoy de acuerdo con una cosa: yo también creo que no tienes la culpa de nuestro distanciamiento".

"Hace poco, por ejemplo, me dijiste: «Siempre te he apreciado, por más que en apariencia no me haya comportado contigo como suelen hacerlo otros padres, precisamente porque no soy capaz de fingir como otros»".

"Me habría encantado tenerte por amigo, por jefe, por tío, por abuelo, e incluso por suegro (aunque de eso no estoy tan seguro). Pero precisamente como padre fuiste demasiado fuerte para mí, sobre todo si tenemos en cuenta que mis hermanos varones murieron de pequeños, y mis hermanas llegaron bastante tarde, de modo que tuve que parar yo sólo el primer golpe, pese a ser demasiado débil para ello".

"Has ejercido sobre mí la influencia que tenías que ejercer; sólo te pido que dejes de interpretar como una singular maldad por mi parte el hecho de que sucumbiera a ella".

"Sólo recuerdo de primera mano un suceso de los primeros años. Quizá también tú lo recuerdes. Una noche me dio por gimotear una y otra vez pidiendo agua, no porque tuviera sed, sin duda, sino para fastidiar y al mismo tiempo distraerme. Después de intentar sin éxito hacerme callar con graves amenazas, me sacaste de la cama, me llevaste a la galería, cerraste la puerta y me dejaste
un rato allí sólo en camisón. No pretendo decir que fuera un error, ya que quizá en aquel momento ésa era la única manera de obtener el necesario silencio nocturno, pero este episodio revela con toda claridad el carácter de tus métodos educativos y el efecto que estos producían en mí. Seguramente aquello me hizo más obediente, pero abrió una herida en mi interior. Debido a mi manera de ser, jamás pude comprender la relación entre mi absurdo empeño en pedir agua, que a mí me parecía perfectamente natural, y el hecho extraordinariamente terrible de que me sacaras de casa. Pasados algunos años todavía me atormentaba la idea de que aquel hombre enorme, mi padre, el detentador del poder absoluto, pudiera, sin apenas motivo alguno, aparecer en plena noche, arrancarme de la cama y sacarme a la galería, demostrando con ello lo poquísimo que yo le importaba".

"Nunca he podido comprender tu absoluta insensibilidad ante el dolor y la vergüenza que pudieran causarme tus palabras y tus opiniones; era como si desconocieras por completo el poder que tenías. Por supuesto que yo también te habré molestado con mis palabras muchas veces, pero siempre he sabido que lo hacía, y me dolía, pero no podía contenerme ni retener mis palabras, de las que me arrepentía en el mismo momento de pronunciarlas".

"Por suerte, también había excepciones a esa regla, especialmente cuando sufrías en silencio y el amor y la bondad derrotaban y envolvían con su fuerza y su inmediatez todo lo que se les oponía. Aunque no sucedía muy a menudo, era maravilloso. Por ejemplo cuando, hace tiempo, en los veranos calurosos, te veía en la tienda, cansado, dormir una pequeña siesta después de comer, con el codo apoyado en el pupitre, o cuando venías los domingos acalorado a reunirte con nosotros en la casa de campo; o la vez que, estando mamá muy enferma, te vi agarrarte a la librería, tembloroso por el llanto; o cuando, durante mi última enfermedad, viniste a verme a la habitación de Ottla, pero te quedaste callado en la puerta, estiraste el cuello para verme en la cama y, por consideración, te limitaste a saludarme con la mano. En esos momentos uno se tumbaba a llorar de alegría, como yo vuelvo a llorar ahora cuando escribo esto".

"Acerca de Ottla casi no me atrevo a escribir, porque sé que al hacerlo pongo en peligro todo el efecto que espero conseguir con esta carta. En circunstancias normales, es decir, no hallándose ella en peligro o en un trance singular, no sientes por Ottla otra cosa que odio; a mí mismo me has confesado que, en tu opinión, se dedica a causarte penas y disgustos por sistema, y que mientras tú sufres, ella está contenta y se ríe de ti. O sea, una especie de demonio".

"Eres una parte tan débil y ciega como nosotros".

"Mis escritos trataban sobre ti, lo único que hacía en ellos era llorar lo que no podía llorar en tu pecho".

"Según tú, de pequeño no hacía más que estudiar, y luego, de mayor, no he hecho más que escribir".

"Siempre estuve convencido —y tu gesto de desaprobación era la prueba palpable— de que cuanto más lejos llegara, peor acabaría".

"Así pues, ¿por qué no me he casado? Había algunos obstáculos, como los hay en todas partes, pero la vida consiste precisamente en superarlos. Sin embargo, el obstáculo esencial, por desgracia invariable en todos los casos, es el hecho de que por lo visto soy mentalmente incapaz de casarme".

"Casándome, tendría una familia, la meta más alta que a mi parecer puede alcanzarse, y por tanto también la más alta que tú has alcanzado; así que por fin estaría a tu altura, y todas las humillaciones y abusos antiguos y eternamente renovados pasarían inmediatamente a la historia. Sería fabuloso, desde luego, pero precisamente ahí está el problema: es demasiado, no se puede aspirar a tanto. Es como el preso que tiene no sólo la intención de evadirse, lo que quizá sería factible, sino también, y al mismo tiempo, la de transformar la cárcel en un palacete para sí mismo. Pero si huye no puede transformar la cárcel, y si transforma la cárcel no puede huir".

"Si me imagino tan hermosa esa igualdad de rango que se establecería entre nosotros —y que tú podrías entender mejor que ninguna otra—, es porque haría de mí un hijo libre, agradecido, digno, sin sentimiento de culpa, y de ti un padre aliviado, ya no un tirano, sino un hombre satisfecho y capaz de ponerse en mi lugar. Pero para eso habría que borrar todo lo sucedido entre nosotros, es decir, borrarnos a nosotros mismos".

"Puedo tener dudas, pero está claro que he de acabar echándome atrás. La imagen del pájaro en mano y los ciento volando no puede aplicarse directamente a mi caso. En la mano no tengo nada, todo está volando, y aun así me veo obligado a escoger la nada: así lo exigen las circunstancias de nuestro conflicto y mi angustia ante la vida".

"Reconozco que luchamos el uno contra el otro, pero hay dos maneras de luchar. Por un lado, la lucha caballeresca, en la que se miden las fuerzas de dos rivales independientes: cada uno se vale sólo de sí mismo, gana para sí mismo, pierde para sí mismo. Y luego está la lucha del insecto que, al mismo tiempo que pica, chupa la sangre para alimentarse".

"No niego que hay algo de razón en tus argumentos, que por otro lado contribuyen a caracterizar aún mejor nuestra relación. Por supuesto, en la realidad las cosas no encajan tan limpiamente como los razonamientos de mi carta; la vida es algo más que un simple rompecabezas. Pero con las matizaciones que se derivan de esta objeción, que no puedo ni quiero exponer con detalle, hemos llegado, a mi parecer, a algo tan cercano a la verdad, que puede tranquilizarnos un poco a los dos y hacernos más llevaderas la vida y la muerte".








Franz Kafka

lunes, 25 de noviembre de 2019

Citas: Mis memorias - Roman Polański


"Desde que recuerdo, la línea entre la fantasía y la realidad ha estado siempre irremediablemente borrosa".

"Cuando era un muchacho, en la Polonia comunista, el arte y la poesía  —el reino de la imaginación— siempre me parecieron más reales que los limitados confines de mi ambiente. Desde muy temprana edad me di cuenta de que no era como la gente que me rodeaba: vivía en un mundo de mentirijillas, completamente aparte del verdadero".

"La «guerra», tal como la llamábamos los polacos, arrojó una alargada y siniestra sombra sobre lo que hubiera tenido que ser un gozoso hito en mi carrera".

"Aunque mi padre no era rico, jamás me faltó nada. Y, sin embargo, era en muchos sentidos un niño exigente, difícil e irritable, con tendencia a la murria y a los berrinches —un chiquillo mimado, en suma—. ¿Por qué? Tal vez por culpa del largo cabello rubio que yo aborrecía y que inducía a los mayores a tomarme por una niña".

"Mi padre solía herir mis sentimientos en las pequeñas cosas. Sin embargo, jamás me causó ningún daño físico, ni siquiera cuando quebranté el único tabú de mi casa: me tenían estrictamente prohibido tocar el mayor orgullo y deleite de mi padre, la enorme máquina de escribir Underwood que utilizaba para despachar su correspondencia comercial, tecleando a impresionante velocidad. No obstante, me estaba permitido permanecer de pie a su lado, mirando, y él acostumbraba invitarme a identificar las letras del teclado. Así fue cómo aprendí el alfabeto.
Fue una suerte, porque me expulsaron del jardín de infancia al primer día por haberle dicho «Pocaluj mnie wdupe» a una niña de mi clase… ¿O tal vez se lo dije a la maestra? Le debí de oír la frase a uno de mis tíos. Significa «bésame el trasero»".

"Mi sexto cumpleaños coincidió con nuestras vacaciones en Szczyrk. Mi madre invitó a unos niños a merendar. Llegaron temprano, cuando yo estaba todavía en el orinal, y oí que mi madre les decía con la mayor soltura:
—Romek está en el trono.
Hubiera querido que me tragara la tierra con orinal y todo —¿cómo era posible que mi madre me hubiera traicionado de aquella manera?—, y me negué a salir. Ella trató entonces de arreglarlo, diciendo que lo de «estar en el trono» significaba algo muy distinto: que yo era el rey del día porque festejaba mi cumpleaños. Se inventó todo un juego basado en mi nuevo título, pero no pudo convencerme de que me reuniera con los demás".

"Algunas veces, cuando mi madre no estaba, Annette y yo nos asustábamos, temiendo lo peor.
—Vámonos a dormir —decía Annette—. El tiempo pasa más deprisa de esta manera.
Y era cierto".

"A partir del 1 de diciembre de 1939, mi familia se vio obligada a llevar unos extraños brazales blancos con la estrella de David estarcida en azul. Me dijeron que eso significaba que éramos judíos".

"El hecho de ser judíos significó que ya no podíamos seguir estando donde estábamos".

"En la calle Rekawka supe por primera vez qué era la sexualidad. Solía recorrer las calles con otros chicos, recogiendo toda clase de objetos. Nuestro botín incluía a veces unos pequeños tubos de goma parecidos a unos globos deshinchados que encontrábamos en los portales y junto a los bordillos de las aceras. 
Un chico de nuestro grupo dijo que eran preservativos. Los mayores los utilizaban para no tener hijos; y explicó que, para tenerlos, el hombre introducía el miembro en la mujer. La revolucionaria revelación me dejó perplejo. ¿Era esa la única forma en que nacían los niños o había una combinación de circunstancias? A mí siempre me habían dicho que a los niños los traía la cigüeña".

"Pawel ya no estaba: se lo habían llevado en la primera remesa de deportados. Por primera vez en mi vida, comprendí lo que significaba tener el corazón destrozado".

"Poco antes de cruzar el puente, vi una columna de prisioneros varones custodiada por unos alemanes con las armas a punto. Eran los últimos supervivientes del gueto y entre ellos se encontraba mi padre.
Al principio, no me distinguió. Tuve que correr un poco para seguirles el paso. La columna de hombres estaba despertando una gran expectación: muchas personas se detenían y se volvían a mirar. Sin dejar de correr, traté de llamar la atención de mi padre.
Al final, me vio.
Gesticulé e hice girar una imaginaria llave en una cerradura para describirle mi apurada situación.
Él se quedó rezagado unos dos o tres puestos con la tácita ayuda de otros compañeros del grupo, cambiando disimuladamente de sitio con ellos para alejarse del guardián más próximo y acercarse un poco más a mí. Entonces, por la comisura de la boca, me dijo en un susurro:
—¡Lárgate!
La brusca palabra me obligó a detenerme en seco. Contemplé la columna que se alejaba de mí y después di media vuelta sin mirar hacia atrás".

"Cuando vino a interrogarme el investigador de la policía, comprendí la suerte que había tenido. No existía ninguna bicicleta, claro, solo una piedra envuelta en un periódico. Pregunté qué le iba a ocurrir a Dziuba. El investigador se pasó un dedo por la garganta. Pensé que me estaba tomando el pelo.
—¿Por haberme golpeado la cabeza? —pregunté.
El investigador esbozó una siniestra sonrisa.
—Puedes dar gracias por tener una cabeza muy dura, chico".

"Ataviado de esta guisa, mientras jugaba un día con mis nuevos amigos en la sala de juegos, vi por primera vez a la chica cuyo nombre sigue evocando en mi mente una visión de inocencia, juventud y belleza, una visión que ni siquiera el paso del tiempo ha conseguido empañar".

"Hubiera deseado tomarle la mano, pero no me atreví. Caminando el uno al lado del otro, salimos al pasillo. 
Ya había anochecido y este estaba iluminado por la luz de la luna. Con cierta timidez inicial, rodeé a la chica con mis brazos. Lleno de emoción y azoramiento, observé que ella me correspondía. Su boca era suave y tibia. Nuestros besos no poseían la violencia o la desnuda pasión de los amantes, pero fueron unos besos muy reales".

"Súbitamente, me imaginé a la señora Winowski exhalando su último aliento en aquella misma cama hacía apenas unos días. Al recordar su voluminosa figura, sus labios llamativamente pintados y sus mejillas empolvadas, me quedé helado.
—¿Qué pasa? —preguntó la muchacha.
—¿Sabes una cosa? —dije—. Hagámoslo en el suelo".

"—¿Qué pierdes con intentarlo? —me dijo en esencia, y fue entonces cuando Zubrzycki y yo presentamos nuestras solicitudes".

"Aquella noche se celebró una gran fiesta en Lodz. Mi padre se alegró enormemente cuando le telefoneé para comunicarle la noticia. Era la primera vez en mi vida que no le defraudaba".

"Le pregunté a Gesa si querría pasar la noche conmigo. Me contestó que sí, pero entonces tuvimos que superar otro obstáculo. Ninguno de los míseros hoteles de Les Halles podría acoger a un par de auténticos enamorados; lo suyo eran los encuentros rápidos".

"Nos dirigimos hacia la parte este. Algo más allá del Boulevard de Sebastopol encontré un establecimiento un poco más respetable. Pagué por adelantado, me dieron una llave y subí con Gesa, rodeándole la cintura con el brazo. 
Al llegar, abrí la puerta, encendí la luz y la volví a apagar inmediatamente. La habitación era tan sórdida que era mejor no verla".

"—Es la primera vez —me dijo entonces Gesa en voz baja.
Debió de intuir mi asombro porque me tomó de la mano y me acompañó a la cama.
Después de aquello, nos hicimos todavía más inseparables. París en primavera es tan dulce para los enamorados como dicen todas las baladas sentimentales y recorrimos la ciudad cogidos de la mano… hasta que, como todas las cosas buenas de la vida, nuestro idilio primaveral tuvo que terminar".

"Una noche me telefoneó muy angustiada desde su hotel —algo relacionado con la aventura, pensé—. Dije que iría enseguida. Al llegar, me la encontré llorando y traté de consolarla lo mejor que pude —la abracé y le dije que se animara—. Pensé que un cambio de ambiente le podría ser útil, la acomodé en el asiento trasero de mi moto Peugeot y la llevé a mi casa. Estuvimos hablando hasta muy entrada la noche y percibí un asomo de afecto en su actitud para conmigo. Al final, le sugerí sin demasiadas esperanzas que nos acostáramos juntos.
Ella se negó. Puesto que ya me lo esperaba, procuré no mostrarme ofendido y no hacer nada que pudiera comprometer algún futuro cambio de idea. Me ofrecí a acompañarla de nuevo al hotel. Era una hermosa noche de cielo estrellado y decidimos ir a pie. En determinado momento, nos detuvimos para hablar. 
Ella debió de observar la profunda decepción que reflejaban mis ojos porque, de repente, me dijo:
Volvamos a tu casa.
Una vez en mi habitación, se desnudó y se metió en la cama… así, por las buenas".

"Roustang nos llevó a tomar unas copas con Jean Louis Trintignant, el principal protagonista masculino de la película. Por debajo de toda la ceremoniosa politesse francesa y las corteses palabras de bienvenida, pude advertir que ocurría algo.
Empecé a comprender la verdad cuando Samuel se apartó conmigo.
—¿No me dijo usted que hablaba francés?
—No.
—Sí lo hizo…, me dijo: «Elle parle bien».
—Lo que yo dije fue: «Elle parle rien».
—¡Ah!".

"Un día, cuando volvíamos de rodar, nos recibieron con la noticia de que Andrzej Munk había muerto. No pude soportar la idea de no volver a verle jamás; era mi primera confrontación desde hacía mucho tiempo con la trágica y repentina desaparición de una persona muy allegada. Nos dijeron que un camión había chocado de frente con el pequeño Fiat negro de Munk en la carretera Varsovia-Lodz. Tal como él hubiera deseado, aquella noche brindamos por su memoria en la taberna, recordando anécdotas suyas, sus innumerables bromas y su desaforado sentido del humor. Kuba Goldberg, que ya no pudo resistirlo por más tiempo, se fue a llorar al lavabo. Abrumado también por la emoción, me reuní con él.
Entró un policía a orinar y, al vernos, preguntó:
—Pero, bueno, ¿qué es lo que pasa aquí?
Kuba le espetó bruscamente entre sollozos:
—¿Por qué no se larga y nos deja en paz?
El policía le arrestó inmediatamente por «insultos a un representante del Estado».
Traté de intervenir y entonces me arrestó también a mí. Pasamos la noche en calabozos separados".

"Una noche, tras haber pedido conferencia desde un restaurante, conseguí localizarla.
Me habló en un tono extraño, más turbada que arrepentida.
—¿No has recibido mi carta? —me preguntó.
Contesté que no.
Dijo que me había escrito una larga misiva, «explicando cosas». Hizo una pausa y después añadió:
—No es una carta agradable".

"Laskowski organizó una fiesta de despedida en su casa. Allí conocí a una atractiva modelo de alta costura llamada Renata.
—No pierdas el tiempo con ella —me aconsejó Laskowski—, no vas a sacar nada.
Me tomé inmediatamente aquel comentario como un desafío. Salí con Renata al balcón y ambos estuvimos contemplando las farolas de la calle mientras conversábamos durante un rato que a mí se me antojó una eternidad. 
Observé que estaba interesada y me llené de júbilo. Mi júbilo debió de ser contagioso, porque enseguida subimos al tejado por la escalera de incendios e hicimos el amor en medio de un ventarrón de otoño".

"Dejaba una prisión para irme a otra".

"A medida que nos íbamos emborrachando, la conversación adquirió un sesgo más mundano y empezaron a sentarse a nuestra mesa una legión de mujeres, pidiendo bebidas sin parar. No sé al final qué ocurrió con los demás, pero yo me encontré solo con una chica muy atractiva que parecía estar locamente enamorada de mí. Por suerte, Taub me había prestado un poco de dinero, porque mi  acompañante tenía una sed inextinguible de champán. Mientras estaba pagando la cuenta, desapareció. Y no supe más de ella".

"Me sentía muy agotado y le dije que condujera él. Me contestó que no sabía.
Le recordé que en El final de la noche conducía un camión.
—Aquello era una película —replicó, pero por fin accedió a regañadientes a sentarse al volante—. ¿Cuál de ellos es el freno? —preguntó.
Decidí conducir yo".

"Encontré a un abogado a través de Lola Mouloudji y concerté una cita con Barbara a la puerta de su despacho, situado justo enfrente del parque Monceau, cuajado completamente de flores. La esperé en la acera, tan destrozado que el solo hecho de entrar en un café hubiera sido una extravagancia. 
Barbara no apareció y, tras pasarme una hora paseando arriba y abajo, llamé al apartamento de Boehm. Ella misma contestó al teléfono. Me quedé pasmado. ¿Cómo podía ser tan desconsiderada? ¿Acaso lo había olvidado?
Su respuesta fue muy desapasionada.
—He pensado que sería mejor no volver a vernos más.
Y entonces ocurrió una cosa muy rara. Fue como si se hubiera roto algún lazo invisible. Me sentí ingrávido, libre como un pájaro. Esto es París, me dije. Tengo talento, amigos y toda una vida por delante. Abandoné la cabina telefónica y eché a andar calle abajo, silbando una melodía, en paz conmigo mismo y con el mundo".

"—Mi pobre muchacho —me dijo con tristeza—, no te alegres demasiado, tu película va a ser un fracaso comercial, Braunberger no se ha gastado ni un céntimo en la promoción. No aprecia el valor de la publicidad.
Me quedé boquiabierto de asombro y dije que iría a verle enseguida, pero Siritzky sacudió la cabeza.
—Ahora ya es demasiado tarde. Recuérdalo siempre, una película es como una cerilla…, solo se puede encender una vez".

"Al cabo de un rato, la chica le hizo a Gérard una extraña confesión:
—Hay algo que usted debe saber de mí —dijo—. Tengo una cicatriz en una mejilla. Sufrí una grave quemadura.
—Pues también hay algo que usted debe saber acerca de mí —replicó Gérard.
—Que es bajito —dijo ella sin más".

"Un día apareció Gesa, mi antiguo amor, por los estudios. Trabajaba como reportera en la revista de modas alemana Brigitte y, aunque ya no era la dulce ingenua que recordaba, seguía siendo muy atractiva. Recordando nuestro idilio en París con nostálgica ternura, di por sentado que íbamos a reanudar nuestras relaciones. Me sentí decepcionado y molesto cuando, tras cenar en el Ad Lib, ella me pidió que la acompañara a su hotel. Así lo hice, y cuando apenas llevaba en mi casa unos minutos, sonó el timbre de la puerta. Miré a través de las cortinas y vi a Gesa fuera. Permaneció allí un buen rato, llamando a intervalos, hasta que, al final, se dio por vencida. Más tarde, me envió una nota lamentando nuestra obstinación: la suya al no querer regresar conmigo y la mía al negarme a abrir la puerta, «porque vi cómo danzaban tus cortinas», me escribió".

"—Primero viene el amor —dije en voz alta.
Por encima de mi pulgar apareció suspendido en el aire un cuadrado lleno de signos del tarot y del zodíaco.
Levanté el dedo índice.
—Después viene el sexo".

"Ambos experimentamos accesos de angustia y tristeza y nos echamos a llorar sin que el dolor nos sirviera de nexo de unión. Llorábamos en solitario, sin abrazarnos el uno al otro".

"Durante el vuelo, pensé en Sharon. Lo que más me impresionaba en ella, aparte de su excepcional belleza, era aquella especie de resplandor que suele emanar de un temperamento dulce y bondadoso; tenía algunas evidentes inhibiciones de tipo emocional y, sin embargo, parecía una mujer completamente liberada. 
Jamás había conocido a nadie como ella".

"La llamé unos días más tarde y concertamos una cita, pero me dejó plantado.
Concertamos otra y volvió a hacer lo mismo. La llamé de nuevo. Dijo que le encantaría cenar conmigo, pero que no podía dejar a su instructora de diálogo. No me dijo por qué. Pensé que me estaba tomando el pelo.
—Oye, Sharon —le dije muy tranquilo—, ¿por qué no te vas al carajo?
Más tarde me confesó que aquel brusco desaire fue lo que de veras la indujo a interesarse por mí".

"Sharon se mudó a vivir conmigo cuando todavía estábamos rodando en Elstree. Fue un proceso gradual que coincidió con el número cada vez mayor de horas que pasábamos juntos. Poco a poco, sus prendas de vestir empezaron a acumularse en el armario de mi dormitorio, y ella me sugirió entonces unas relaciones semipermanentes.
—No te preocupes —me dijo—, no te voy a devorar como hacen algunas señoras.
Sabiendo el pánico que me causaban las mujeres posesivas, quiso dejar bien claro de mil maneras que comprendía mi estilo de vida y no tenía intención de entorpecerlo. Nadie me había ofrecido jamás unas seguridades semejantes".

"La escena de El baile de los vampiros en la que Sharon aparece desnuda en la bañera —uno de cuyos fotogramas se eligió para el reportaje gráfico de Playboy— fue el tema de uno de los muchos memorandos que Filmways me envió. Ben Kadish me escribió: «No sería sincero si pasara por alto el hecho de que, en esta escena, a Sharon Tate se le nota un imperceptible bigote. Convendría que la volviera a rodar».
Yo le contesté: «Te vas a alarmar todavía más cuando te diga que le están creciendo también un par de pelotas»".

"Fue entonces cuando el matrimonio de Gene Gutowski y Judy empezó a desintegrarse. Uno de sus motivos de discordia era la aventura amorosa que Judy había tenido con un pintoresco personaje de Broadway llamado Hilly Elkins. Ambos vivían con nosotros y se respiraba en la casa una atmósfera muy cargada. Ya estábamos acostumbrados a sus peleas, seguidas de largas y apasionadas reconciliaciones, pero hubiera deseado que decidieran de una vez si hacer las paces o separarse. Un día, mientras me encontraba en el salón en compañía de Tony Curtis, el rumor de otra encarnizada batalla vino a turbar nuestra paz. Tony se puso un poco nervioso.
—Convendría que fueras a calmarles.
—Ocurre constantemente —contesté con la mayor indiferencia.
—Puede que sí —dijo él—, pero es que esta vez Gene está subiendo al piso de arriba perseguido por Judy.
—¿Y qué?
—Pues que ella lleva un cuchillo de cocina enorme.
Conseguí separarles, pero al día siguiente Gene salió y se compró un revólver automático".

"Tenía que irme a Londres para dar los últimos retoques a La semilla del diablo, básicamente intercalar algunas voces de Mia, que ya estaba trabajando allí en otra película. Recordé que mi estancia en Londres coincidiría con el cumpleaños de Victor Lownes. Sharon y yo lo comentamos con Gene Gutowski. ¿Qué se le podía regalar a un hombre como Victor?
—Lo tiene todo menos un falo de oro —contestó Gene.
—Pues muy bien —dije—, eso es lo que le vamos a regalar.
Sharon conocía a un joyero de Hollywood llamado Marvin Himes y le llamó enseguida.
—Marvin —le dijo—, ¿tienes un pito de oro?
Él creyó que se refería a un silbato.
—No —dijo ella—, quiero decir un miembro viril.
—¿Para colgar de una cadena?
—De tamaño natural.
La respuesta de Marvin fue espectacular.
—Si me proporcionas el modelo, te lo podemos hacer".

"Una vez me pidió que le definiera a mi mujer ideal.
—Eres tú —le dije.
—¡Vamos! —exclamó, echándose a reír.
—En serio —insistí.
—¿Qué te gustaría que fuera y no soy?
—Nada —contesté con absoluta sinceridad—. No te querría distinta en ningún sentido".

"Como para recordarme que todos los horizontes, por esplendorosos que sean, siempre ocultan alguna nube, recibí una afligida llamada de Wojtek Frykowski desde Los Ángeles. Les habíamos pedido a él y a su amiga Abigail Folger que cuidaran de la casa de Cielo Drive en nuestra ausencia. Tras su salida de Polonia, Wojtek había llevado una existencia errante en París y Nueva York, donde Jerzy Kosinski le presentó a Abigail. Posteriormente ambos se trasladaron al oeste porque Wojtek deseaba abrirse camino en el cine. Era un hombre muy viril y atractivo, pero carecía de talento para triunfar. Yo pensaba darle algún papel en El día del delfín —algo que le permitiera lucir sus habilidades acuáticas—, pero Wojtek seguía siendo tan propenso a los accidentes como siempre. Aquella llamada telefónica me lo acababa de confirmar: mientras aparcaba el automóvil, se las apañó para atropellar a Doctor Saperstein.
Aquel perro era un miembro de nuestra familia, casi como un hijo. Tuve un disgusto tremendo y me aterraba la idea de tener que darle la noticia a Sharon. Lo consulté con Victor Lownes.
—Primero —me dijo él—, cómprale otro perro".

"Aquella despedida tuvo más emoción que otras y, al final, se nos llenaron los ojos de lágrimas.
—Bueno, vete ya —me dijo Sharon bruscamente.
Bajamos hasta la salida principal, donde me abrazó comprimiendo con fuerza su vientre contra mí, como jamás había hecho, como si quisiera recordarme al niño.
Mientras la besaba y abrazaba, un extraño pensamiento cruzó por mi mente: nunca más volverás a verla. Si no hubiera sucedido nada, posiblemente habría olvidado aquella premonición; pero ahora la conservo como un recuerdo indeleble".

"La muerte de Sharon es la única divisoria importante en mi vida. 
Antes de que ella muriera, yo navegaba por unos serenos e ilimitados mares de optimismo y esperanzas. Ahora, siempre que me divierto, me siento culpable".

"—Bueno —le dije—, me parece que ya está bien.
—Tienes mucha razón —contestó él con una sonrisa—, ya nos hemos divertido bastante.
Aquella noche, sin embargo, tras beberse un par de copas de vino, dijo con aire inocente:
—Vamos a ver qué hace Simon.
Resultado: le sacamos de la cama y nos fuimos de parranda por quinta noche consecutiva. Estaba tan agotado a causa de la falta de sueño que no podía tenerme en pie. Llevábamos casi una semana en París y Warren aún no había leído ni una sola página del libro.
—Mierda —le dije—, ya estoy harto.
Y me fui a pasar un par de días a Londres. El teléfono de mi casa-caballeriza sonó antes de que me despertara a la mañana siguiente. Era Warren.
—No pienso aparecer en pelotas —dijo—. Es un prejuicio que tengo. ¿De cuánto me dijiste que era el presupuesto?".

"Le pregunté cuándo había empezado a mantener relaciones sexuales.
—A los ocho años.
Me quedé de una pieza. La miré, pensando que no hablaba en serio, pero vi que efectivamente lo había dicho en serio.
—¿Con quién?
—Con un niño de mi calle —contestó—. A esta edad, ni te enteras de lo que ocurre.
Hablaba con absoluta indiferencia, como si la cosa no tuviera la menor importancia".

"Estábamos a punto de salir a la calle por la puerta principal cuando un hombre con una camisa deportiva se me acercó, mostrándome una placa.
—¿Señor Polanski? —dijo en voz baja—. Pertenezco al departamento de policía de Los Ángeles. ¿Podemos hablar? Tengo una orden de arresto contra usted".

"El sargento del escritorio me dijo:
—Pero ¿quién demonios se ha creído usted que es, violando a la gente por ahí?".

"Aparte de las visitas de unos clérigos y un rabino, fui entrevistado por dos psiquiatras y una psicóloga, cumpliéndose de este modo la finalidad de mi encierro.
La psicóloga me sometió a toda una serie de test escritos en los que podía elegir entre varias respuestas. Me dio también dos hojas de papel y me pidió que dibujara a un hombre y una mujer. Había asistido en la Escuela de Bellas Artes de Cracovia a tantas clases de dibujo del natural que la costumbre me impulsó a representarlos desnudos.
—¡Mierda! —exclamó Doug Dalton cuando se lo comenté.
—¿Y qué querías que hiciera? —le pregunté—. ¿Ponerles unas hojas de parra?".

"—¡Es demasiado larga! —gritó. Todo el mundo enmudeció repentinamente—.¡Es demasiado larga! —repitió con toda la fuerza de sus pulmones—. ¡Hay que eliminar una hora y tiene que estrenarse el treinta y uno de octubre! —Fui a decir algo, pero él me lo impidió—. ¡Yo no soy más que el hombre del dinero, pero el hombre del dinero dice que es cochinamente larga!".

"Mi trabajo, mis fantasías han nacido sobre todo de un deseo de complacer, divertir, sorprender o hacer reír a la gente. Me gusta hacer el payaso, exhibiéndome por ahí sobre el escenario del mundo. Es más, si pudiera volver a empezar, preferiría ser actor que director.
Sin embargo, tan absurdo es arrepentirse del pasado como hacer planes para el futuro".

"Mi padre siempre me ha reprochado que sea un derrochador y no sepa organizar mi vida. No lamento las elevadas sumas de dinero que he malgastado. Me repugna la idea de tener que morirme con una saneada cuenta bancaria; la vida —y el dinero— están ahí para que gocemos de ellos".

"No obstante, desde que murió Sharon y a pesar de todas las apariencias, he disfrutado de la vida de manera incompleta".

"En consecuencia, no me arrepiento de nada de lo que ha ocurrido en el camino.
Por paradójico que pueda parecer, si los acontecimientos de mi existencia no hubiesen sucedido tal como lo han hecho, hoy no tendría a mi familia ni disfrutaría de la vida que llevamos juntos. Tendría otra cosa, y no quiero otra cosa.
No pienso renunciar a eso por cambiar el pasado".





ROMAN POLANSKI
París, 15 de noviembre de 2015.