sábado, 16 de septiembre de 2023

Citas: Relatos para leer en el colectivo - Angel Ramón

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 A la hora prevista


"Toda su entereza se esfumó, sus facciones se reblandecieron de golpe  para volver a endurecerse casi al instante, sus piernas flaquearon. El hombre lo notó y antes que pudiera caer lo sostuvo de un brazo. Se dio cuenta que era un cobarde y no le importaba en lo más mínimo, lo miró  suplicante pero el guardia, el muy miserable, desvió rápidamente la mirada".

Nébel está loca

"A veces se duerme en mi brazo y termina entumecido; no me animo a moverla porque se despierta idiota... otra veces, cuando estoy  descuidado, se acerca por detrás y me recita mi parte favorita de "La meningitis y su sombra": [...] Y cuando sane y no tenga más delirio ¿me querrás todavía?"

"La veo silbando y llenándose de saliva el mentón mientras delicadamente pasa el plumero para no lastimar el lomo de los libros. Veo el amor que le pone y me digo ¡qué suerte que esté loca! La miro y me doy cuenta que el amor y la felicidad cambian el rostro más nunca se van".

2°A

"Cuando subió el auto se le cayó la llave de arranque. Al levantarla, notó que le faltaba una media, le dio gracia, no se había percatado del sudor en la planta del pie. Como tenía todo el día por delante, volvió al departamento, abrió silenciosamente la puerta y... no vio nada. No había nada, ni muebles, ni mujer dormida, ni platos sucios, ni nada. Un departamento vacío esperando ser habitado. Se rascó el pecho pensativamente, concluyó que era el piso equivocado aunque estaba seguro que era el 2°".

"Fue hacía el baño envuelto en una sensación de irrealidad cada vez más fuerte. Esta vez no hubo espejo que le devolviese la mirada así que se dirigió al balcón donde no vio las macetas colgantes ni las sillas plegables donde nacieron los primeros besos".

Tarde de domingo

"45 años compartidos, 20 años él, 22 ella cuando se casaron y un escándalo que no alcanzaron a comprender del todo. Tantas vidas en una vida".

Ausencia

"Llenar mi ausencia con historias, de esas que tienen otro final, donde el deseo siempre triunfa y la melancolía es solo parte del nudo".

Ojos de gato

"Lo demás es historia: unas preguntas bobas, un roce secreto, un contacto disimulado y todos los mensajes estúpidos del mundo. Un flash. 

Y de repente... de repente esos ojazos dejaron de mirarme, como cuando empiezan los créditos de las películas, te levantas y te vas aun ningún agradecimiento a esos tipos que hicieron tu vida una fantasía durante hora y media. La guardas en el fondo del cerebro y a otra cosa. Así me archivaron esos ojos".

"Y esos ojos que mirarán para otros lados, que se convertirán en ojos de doncella en las barbas indicadas, esos ojos no necesitan reyezuelos, necesitan ternura y libertad, varios metros de espacio y toda la paciencia del mundo".

"La esperanza de que salgan a relucir alguna vez queda pero no me engaño, esos ojos no son para mí o no como yo lo quiero por lo que con un "hola y adiós" dejo mi media sonrisa y salgo a buscar ese faro que convierta mis ojos de huérfano en ojos de enamorados".

Me senté cómodamente

"Qué se yo, capaz son excusas. Tal vez busqué el primer conflicto en puerta para decidir que no tenia el tiempo de escribir y así fue que la colección de cucarachas quedó sin un cajón donde dormir".

Mariana

"Me quitaste tu presencia, tus abrazos y tu pasado. Me quitaste el saludos cuando decidiste que no podías manejar la situación. Me quitaste varias historias sin escribir".

"Me ofreciste la historia más tierna que pude (puedo) merecer. Me ofreciste dos abrazos, un par de caricias y las ganas de fundirnos en un beso. Me ofreciste amor propio, ganas de recuperarme y la visión de un mañana mejor. Me ofreciste esperanzas".

Valentina (d)el viento

"No te esperaba, no sabía cómo serías por una simple razón: nunca te vi en mi vida como algo posible.
Como el viento sorpresivo que sopla en verano y, din previo aviso, se asocia con la lluvia y empiezan un baile que arrasa con todo".

"Recuerdo el primer contacto que tuve, que tuvimos, perdón, con vos. 
María Laura me miró con unos ojos grandotes y húmedos mostrándome tu fotografía:

—Mirá, es Valentina.

Velentina, que nombre tan adecuado, Valentina (d)el viento. Que viento tan hermosamente... cruel".

"El amor eras vos, el amor era tu puñito cerrado, tus ojitos ceñidos y tu garganta dando un grito de libertad que recorría el mundo en 60 centímetros de carne rosada.
El viento llegó y lo revolvió todo. Se metió en todos y casa uno de nuestros espacios sin dejar nada para después. Viento huracanado, furioso, apurado".

"Valentina (d)el viento. Fuiste el viento que vino a revolver cada una de mis moléculas con su sola presencia risueña, con sus grititos de amor, fuiste viento y raíz".

Charlas de un sábado por la mañana en el desayuno

"—¿Qué te va a pasar si un día me voy detrás del sol? —me preguntaste a quemarropa. Así, desprevenido. Yo estaba en otra, ocupándome de las cosas que se ocupan los grandes: las cuentas, llegar a fin del mes, planchar la corbata. En tonteras.

Te mire a punto de mandarte a la mierda y vi en tus ojos la sabiduría infinita del que está lejos de una cuenta vencida , me desarmaste".

El dolor

"El dolor es sabio, sabe dónde, cómo y cuándo hacerme escribir. Sabe que sé. Se aprovecha de mí, me posibilita darle color, textura y forma".

Amancay

"Era Anyelén, me soltó en una oración atropellada "holavengodepasadaestaesAmancay" y eso fue mi perdición. La vi y la amé con todo mi ser de entrada, de manera fulminante: amor a primera vista, le dicen. Ya no quise tener más el corazón desierto".

"Cuando la saludé, supe que ya no se iría más de mis pensamientos.
Acerté, no puedo pasar más de 5 días aunque más no sea sin saludarla de lejos".





Angel Ramón

miércoles, 13 de septiembre de 2023

Citas: Mi primera entrevista y otros cuentos - Ana Frank

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"Imaginaos que la persona objeto de mi primera entrevista supiera lo que me propongo. Lo más seguro es que se pusiera colorada y preguntara: « ¿Qué hay que decir de mí?» Pues bien, esa persona es Peter, y voy a deciros por qué le he escogido. Se me ocurrió la idea de hacer a alguien una entrevista, y como todos los de la casa han sido ya minuciosamente descritos varias veces, pensé que Peter sería un tema interesante, pues él, igual que Margot, siempre se mueve en segundo término y casi nunca se mete en nada.
Si, al caer la tarde, llamáis a la puerta de su cuarto, oiréis que os contesta, muy bajito: «Adelante.» Al entrar, le encontraréis mirándoos por entre los peldaños de la escalerilla que conduce altejado. 

Os recibirá siempre con una palabra de bienvenida como «¡Vaya!»".

"No hace falta añadir que es guapo, eso lo ve cualquiera. Tiene un cabello precioso, castaño y ondulado, ojos de un color azul grisáceo..., pero siempre fue mi punto flaco describir rostros. De modo que lo mejor será que, después de la guerra, pegue su fotografía junto a las de los demás habitantes de la casa, por lo que no es preciso seguir con la descripción".

22 de Febrero de 1944

El pozo de la aniquidad

"No creo que seamos tan distintos de la Naturaleza. Y si como personas somos parte de la Naturaleza, ¿por qué habría de avergonzarnos la forma en que ella nos ha vestido?".

El ángel de la guarda

"Una noche, mientras la muchacha dormía, se le apareció su abuela.
Iba vestida de blanco. Sus blancos cabellos le caían sobre los hombros y llevaba una lucecita en la mano. La joven se la quedó mirando y esperó a que la aparición empezase a hablar.
—Querida mía le dijo su abuela-, hace ya cuatro semanas que te observo y no haces más que llorar y dormir.
»Esto no puede ser. He venido para decirte que debes trabajar, hilar, cuidar de la casa y arreglarte. No pienses que porque me haya muerto no me ocupo de ti. Desde el cielo, no dejo de observarte. Soy tu ángel de la guarda y estoy a tu lado, igual que antes.
»Vuelve a tu trabajo sin acobardarte y no olvides que tu abuela no te abandona.
Con estas palabras, desapareció, y la muchacha siguió durmiendo.
Pero al despertarse, a la mañana siguiente, recordó las palabras de su abuela y sintió una gran alegría al comprender que no estaba sola".

22 de Febrero de 1944

Pensamiento

"Carecemos de muchas cosas, y desde hace tiempo. Lo siento tan bien como tú. No estoy hablando de cosas externas. De eso tenemos bastante. No, hablo de las cosas que nos hacen vibrar interiormente.
Ansío, tanto como tú, tener libertad y poder respirar a pleno pulmón, pero ahora creo que, por estas privaciones, estamos ampliamente recompensados. Lo comprendí de pronto, esta mañana, al mirar por la ventana. Al mirar hacia fuera y percibir la existencia de Dios en lo más profundo de la Naturaleza, me sentí feliz, completamente feliz".

23 de Febrero de 1944

La felicidad

"Jacques me parecía un muchacho muy simpático, aunque callado y algo taciturno, pero creo que eso era precisamente lo que más me atraía. Nuestros paseos se hicieron más y más frecuentes".

"Un día, entró en mi habitación con un pretexto cualquiera. Yo estaba sentada en un almohadón, mirando al cielo.
—¿Te molesto?  —me preguntó al entrar.
—No, de ninguna manera —contesté volviéndome hacia él—. Pasa y siéntate. ¿A ti no te gusta soñar despierto?
Él apoyó la frente en el cristal de la ventana.
—Sí; yo también sueño a menudo. ¿Sabes cómo le llamo a eso?
Contemplar la historia del mundo.
—Una frase feliz, muy apropiada. No se me olvidará  —dije yo, entusiasmada.
—Sí.
Él me miró con una de sus raras sonrisas que siempre me desconcertaban".

"A los pocos días, volvió a entrar. Yo estaba sentada en el mismo sitio, y él se colocó otra vez junto a la ventana. Hacía un día espléndido. El cielo tenía un azul intenso. La ventana estaba muy alta. No veíamos las casas; por lo menos, yo no miraba hacia abajo.
De las ramas del pelado castaño que había delante de la casa colgaban gotas de rocío que el sol hacía brillar. Los pájaros revoloteaban junto a la ventana y de todas partes se oían trinos.
No podría explicar lo que nos pasó, pero ninguno de los dos se atrevía a decir ni una palabra. Estábamos juntos, en la misma habitación y bastante cerca uno de otro, pero casi ni nos mirábamos.
Sólo mirábamos al cielo y hablábamos con nosotros mismos. Hablo por los dos porque estoy segura de que él sentía lo mismo que yo, y tenía tan pocas ganas como yo de romper el silencio".

"—¿Y cómo la encontraste tú?
—Ven conmigo —le dije, poniéndome de pie. Le llevé a la buhardilla. Desde la ventana se divisaba un buen pedazo de cielo—. Mira, si quieres encontrar la felicidad en ti mismo, tienes que salir de casa un día como hoy, con mucho sol y cielo azul, o asomarte a una ventana como ésta, desde la que se divise toda la ciudad bajo un cielo sin nubes.
»Voy a decirte lo que a mí me ocurrió. Estaba en el internado.
Aquello era un asco. Cuanto mayor me hacía, peor lo pasaba. Un mediodía, después de la clase, salí al campo sola. Allí me senté y me puse a soñar un poquito. Al mirar al cielo me di cuenta de que hacía un día maravilloso. Hasta aquel momento no lo había advertido porque estaba demasiado absorta en mis propias penas.
»Pero cuando, al mirar en torno mío, vi que todo era tan hermoso, dejé de oír aquella vocecita que no hablaba más que de cosas tristes.
Entonces no sentí sino que lo que me rodeaba era bello y lo único verdadero.
»Allí me quedé más de media hora. Cuando, por fin, me levanté para volver a la aborrecida escuela, ya no me sentía deprimida; al contrario, todo me parecía hermoso y bueno, como era en realidad.
»Más tarde comprendí que aquel día, por primera vez, había encontrado la felicidad en mí misma y que en todas partes se podía ser feliz.
—¿Y entonces cambiaste? —preguntó él en voz baja.
Ana FrankMe sentía distinta cuando era feliz. Pero desde entonces no siempre he sido feliz, no creas. He seguido refunfuñando bastante, pero no he vuelto a sentirme tan desdichada como antes. Comprendo que mi tristeza venía de la compasión que sentía por mí misma, y que la felicidad nace del contento.
Cuando acabé de hablar, él siguió mirando por la ventana, pensativo, sin decir nada. Luego se volvió bruscamente hacia mí y me dijo:
—Todavía no he hallado la felicidad, pero he hallado algo más: una persona que me comprende".

12 de Marzo de 1944

Miedo

"Miré al cielo. De pronto, me di cuenta de que ya no tenía miedo; al contrario, estaba muy tranquila.
Lo increíble era que no pensaba en mi familia, ni la echaba de menos. Lo único que quería era descansar. Al poco rato, me quedé dormida entre la hierba y bajo las estrellas".

"Me restregué los ojos. Por allí no se veía a nadie. Sólo los tréboles y los dientes de león me hacían compañía. Volví a echarme sobre las mantas y me puse a pensar en lo que iba a hacer, pero mi pensamiento volvía, una y otra vez, a aquella maravillosa sensación que me embargara por la noche cuando, al verme en el prado, todos mis temores se desvanecieron".

"Desde aquel momento, a pesar de que cerca de mí han caído muchas bombas, nunca más he tenido miedo".

25 de Marzo de 1944

Dar

"Todos los hombres nacen iguales. Todos vienen al mundo indefenso e inocentes. Todos los hombres respiran el mismo aire.
Muchos creen en el mismo Dios. Y, a pesar de todo, para muchos, las diferencias son enormes. Y son enormes porque nunca se han detenido a pensar de dónde provienen tales diferencias. Si lo hubieran  hecho, no habrían tardado en darse cuenta de que, en realidad, no existen".

"Todos los hombres nacen iguales y todos han de morir. Nadie puede llevarse de este mundo sus riquezas. La fortuna, el poder y los honores duran pocos años. ¿Por qué aferrarse, pues, con tanto afán a lo que es efímero? ¿Por qué, los que tanto tienen no pueden dar a sus semejantes lo que a ellos les sobra?
Y, lo que es más importante, no arrojar la limosna, sino darla con amor. Todo el mundo tiene derecho a ser tratado con consideración".

26 de Marzo de 1944





Ana Frank

sábado, 9 de septiembre de 2023

Citas: Casualmente - Fumio Obata

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"¿Cuánto tiempo llevo aquí? Con este ruido, caos, hiperactividad, energía... Y amplitud de miras...".

"Curiosamente no estoy nada emocionada...
Estoy tan tranquila, incluso algo cínica...
Ni una sola lágrima ha salidos de mis ojos...
¿Qué me pasa? Empieza a ser alarmante. 
Es el funeral de mi padre, ¡por el amor de Dios!".

"En vez de llamar a Mark me vi a mí misma de nuevo en la sala... 
Porque de repente me había dado cuenta... de qué hacía Hisato allí solo antes de que empezara el velatorio.
Quería contarle algo a papá... 
Los dos solos...
Porque no habría más oportunidades después de esa.
—Papá. Voy a casarme.
Y justo después... 
Estaba metiendo mi mano en su ataúd...
Tocando su carne muerta...
Acariciándolo...
Un escalofrío triste me recorrió. Sin embargo, esa cosa llamada muerte le dejé entrar en mi interior; dentro, donde está mi verdad. Ardiendo.
Los sentimientos y emociones que se habían perdido en mí, ahora, lentamente, gritaban. Encontrando sus voces de nuevo".

"...La vida tiene un límite de tiempo.
Y nosotros cambiamos continuamente...
También nuestras ambiciones, deseos y propósitos...
Lo importante es... Encontrar algo en ti nunca cambie".









Fumio Obata

martes, 5 de septiembre de 2023

Citas: Las huellas del silencio - John Boyne

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 "En una ocasión, durante una reunión familiar, cuando ya iba bastante bebido, se puso de pie a mi lado, apoyó una mano en la pared, se inclinó muy cerca de mí, lanzándome un hedor a cigarrillos y alcohol que me obligó a apartar la cara, se apretó la lengua contra la mejilla y, con un tono extremadamente amable, me dijo:
«Oye, tú. ¿Nunca piensas en que has desperdiciado tu vida? ¿Nunca? ¿No desearías poder volver a vivirla? ¿Poder hacerlo todo de manera diferente? ¿Ser un hombre normal, en lugar de lo que eres?». Yo negué con la cabeza y respondí que me sentía muy satisfecho con mi vida y que, a pesar de que había tomado mis decisiones a una edad temprana, seguía ateniéndome a ellas. Me atenía a ellas, insistí, y aunque tal vez él no fuera capaz de comprender la sensatez de esas decisiones, haberlas tomado había dado claridad y sentido a mi vida, cualidades que, por desgracia, parecían faltar en la suya. «En eso tienes razón, Odran —dijo, y se apartó, liberándome de la opresión de su torso y de sus brazos—. Pero, en cualquier caso, yo no podría ser lo que eres tú. Preferiría pegarme un tiro»".


"—¿Va todo bien, Hannah? Estás rara. ¿Te preocupa alguna cosa?
Ella lo pensó unos segundos.
—No quería hablar de ello —dijo inclinándose hacia delante, en actitud conspirativa—. Pero, ahora que lo mencionas, y que esto quede entre tú y yo, me parece que Kristian no se encuentra nada bien. Sufre unos dolores de cabeza terribles, y se niega a ir al médico. Tienes que decirle algo, a mí no me hace caso.
La miré fijamente. No sabía qué contestarle; ni qué quería decirme con eso.
—¿Kristian? —dije finalmente, la única palabra que se me ocurrió—. Pero Kristian está muerto.
Ella me miró como si le hubiera dado una bofetada.
—¿Crees que no lo sé? —dijo—. ¿Acaso no lo enterré yo misma? ¿Por qué has dicho semejante cosa?".

"—¿Cómo es eso que dice Shakespeare? —preguntó el arzobispo con una gran sonrisa—. ¿«No estamos aquí para cuestionar»?
—«No estaban allí para razonar, sino para vencer o morir» —lo corregí—. Tennyson.
—¿No es Shakespeare?
—No, eminencia.
—Habría jurado que era de Shakespeare.
Guardé silencio".

"—¿Tienes hermanos? —pregunté al otro lado de la habitación cuando el silencio se me hizo demasiado insoportable.
—Nueve —respondió Tom.
—Son muchos. ¿En qué puesto estás de la clasificación?
—En el último. —Me pareció oír un sollozo ahogado en su voz—. Soy el más pequeño. Por eso tengo que ser cura. Dos de mis hermanas ya son monjas. ¿Y tú?
—Somos sólo mi hermana y yo —dije—. Tenía un hermano, pero murió.
—¿Y tú sí quieres estar aquí? —preguntó.
—Por supuesto —dije—. Tengo vocación.
—¿Quién te ha dicho eso?
—Mi madre.
—¿Y ella cómo lo sabe?
—Tuvo una epifanía una noche, cuando estaba viendo The Late Late Show".

"—¿Y cómo has conseguido ese puesto?
—Me presenté —dijo mamá.
—Supongo que eres bastante lista.
—¿Y tú? ¿A qué te dedicas?
—Soy actor.
—¿Te he visto en algún sitio?
—¿Has visto De aquí a la eternidad?
—¿La película?
—Sí.
—Claro que la he visto. En el Adelphi.
—Bueno, yo no estoy en ésa.
Ella rió.
—Entonces ¿en cuál estás?
—Hasta ahora, en ninguna. Pero algún día lo haré".

"Ann inhaló profundamente, parecía estar reuniendo fuerzas.
—Padre —dijo por fin antes de sentarse recta y mirarme a los ojos—. Tenemos que hablar de Evan.
Yo estaba dando un sorbo de té justo en ese momento y estuve a punto de ponerme en una situación embarazosa; no creo que ella supiera de qué me reía, pero el muchacho sí, porque me miró a los ojos y lanzó una sonrisita de suficiencia.
—¿Se encuentra bien, padre? —preguntó ella.
—Lo siento —respondí—. Me he atragantado con el té.
—Hay un problema —continuó Ann.
—No hay ningún problema —repuso Evan—. Al menos, no conmigo. Por el contrario, me encuentro muy bien ahora mismo.
—Por el contrario —dijo ella imitándolo, y luego negó con la cabeza.
—¿Cuál es el problema?
—Oh, para ya, Evan, ¿quieres? No impresionas a nadie así.
El muchacho me miró con un gesto de perplejidad.
—Lo único que he dicho ha sido «por el contrario».
—Compórtate —dijo Ann.
—Me estoy comportando —insistió Evan—. Padre, ¿a usted le parece que no me estoy comportando?
—Ann —dije sin hacer caso a la pregunta—. ¿Por qué no me cuentas exactamente qué te tiene tan preocupada?
—Evan tiene… tiene un amigo —dijo ella después de una larga pausa.
Miré a la madre y luego al hijo, completamente desconcertado. Evan tenía un amigo. Bien, me alegraba por él. ¿Era eso algo de lo que preocuparse? ¿Tenía que llamar a Six One News?
—Un amigo —repetí.
—Un buen amigo —clarificó Ann.
—Un muy muy pero muy buen amigo —aceptó Evan.
—No entiendo —dije.
—Pasan mucho tiempo juntos —se apresuró a añadir Ann.
—Pero ¿no es eso lo que hacen los amigos? —pregunté confundido.
—Oh, venga, padre —dijo Evan, perdiendo un poco la serenidad; parecía irritado—. No se haga el tonto.
—¿Y si no me estoy haciendo el tonto? —dije.
Fuera lo que fuese lo que ocurría, me parecía que por el momento lo estaba manejando bien. Yo estaba acostumbrado a los chavales de su edad, había trabajado muchos años con ellos. No me asustaban ni me intimidaban.
Sabía de qué pie cojeaban, los veía venir. No había nada que pudieran decirme que me avergonzara, por mucho que lo intentaran.
—No está bien —afirmó Ann.
—¿Qué cosa?
—Oh, por el amor de Dios —dijo Evan con un suspiro dramático, y se apartó el pelo de la cara con un gesto que sospeché que había pasado horas perfeccionando en el espejo—. Tengo un novio —añadió arrastrando la voz y en tono de aburrimiento—. Se llama Odran. Estamos juntos. Eso es todo. No es el fin del mundo ni nada parecido.
—Yo me llamo Odran —expuse.
Él se quedó mirándome, parpadeando un poco, sorprendido.
—No estoy seguro de cómo tomarme eso —respondió, de esa manera tan irritante que tienen los estadounidenses de convertir en pregunta una afirmación.
—Ese tatal Odran es un gay —dijo Ann.
—Es un adjetivo, no un sustantivo —dijo Evan.
—¿Que es qué? —preguntó ella volviéndose para mirarlo.
—Ya me has oído.
—Y es totalmente abierto al respecto —prosiguió Ann mirándome otra vez—. No tiene ni una pizca de vergüenza.
(...)
—Es un gay —insistió Ann.
—¿Podrías parar con eso de que es «un gay»? —dijo Evan.
—¿Y tienes una relación con este chico? —le pregunté, sin prestar atención a Ann.
—Bueno, no es que nos vayamos a casar ni nada de eso. Pero sí. —Vaciló un momento, como si no estuviera seguro de querer decir lo que estaba pensando en voz alta—. Es genial —añadió por fin.
—¿Y a ti eso te altera, Ann? —le pregunté a su madre, que miraba la moqueta con una expresión que reflejaba el dolor que presumiblemente sentía.
—Claro, ¿a usted no?
Me encogí de hombros.
—Si me hubieras formulado esa misma pregunta hace diez años —dije—, tal vez te habría dado una respuesta diferente. Tengo un sobrino que es gay, ¿sabes?
—Oh, basta, padre —dijo ella agitando una mano en el aire, como restándole importancia—. Eso no es cierto.
—Sí que es cierto —respondí.
—No es cierto.
No estaba seguro de qué otra forma podía expresarlo.
—Sí —repetí—. Sí, es cierto.
—Ah, vamos, deje de bromear. No tiene que decir eso para hacerme sentir mejor.
Me volví hacia Evan, que me observaba con interés.
—Es cierto —le dije encogiéndome de hombros.
(...)
—Ann —dije; era hora de ir al grano—. ¿Lo que te tiene alterada es esta amistad entre Evan y Odran?
—Sí, padre. No puedo soportarlo.
—Por favor, no lo describa como una amistad —dijo Evan irritado—. No es una amistad.
—¿No sois amigos?
—Sí, claro que somos amigos. Pero no se trata de eso. Es una relación. Tal vez no dure, somos demasiado jóvenes, pero no somos… ya sabe, compañeros ni nada de eso.
—¿Puede ponerle fin, padre? —preguntó Ann.
—No puedo —dije—. Y si pudiera, no lo haría.
Ella me miró sorprendida.
—Ann —continué con una sonrisa—. No sé qué pretendes de mí. Evan ya tiene dieciséis años. Tienes dieciséis, ¿verdad, Evan? —le pregunté, esperando que me lo confirmara.
—Sí.
—Entonces, él y este chico son amigos. Han ido juntos al teatro. No han asaltado la sucursal del banco de Irlanda en Dundrum.
—¡Padre, los pillé juntos! —gritó ella mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.
He aquí a mamá entrando en mi dormitorio y a Katherine Summers saliendo de debajo de mí. La oferta del chupachups. Y el padre Haughton, convocado para venir a verme a casa.
El padre Haughton. Su recuerdo me dio náuseas. No pensaba nunca en él.
Me había propuesto olvidarlo.
—Oh, basta, Ann —dije subiendo tanto la voz que prácticamente le grité—. Basta ya.
—¡Padre!
—Evan, tú eres un chico listo. Me doy cuenta. ¿Has pensado en dejar que tu madre conozca a este tal Odran? ¿Ir a tomar café juntos o algo así?
Él lanzó una carcajada áspera.
—No estoy seguro de que se llevaran bien.
—Bien, claro que no, sobre todo si no los presentas como es debido. Eso seguro. Escúchame, Evan. ¿Quieres hablar con sinceridad? ¿Quieres ser honesto? ¿Quieres? ¿Sí o no?
Él vaciló, tal vez sorprendido por mi cambio de carácter, pero finalmente asintió.
—He hablado honestamente —dijo.
—Te gustan los chicos, ¿tengo razón? ¿Es eso lo que te gusta, verdad?
Él desvió la mirada. Volvió la cara hacia la pared y observó una fotografía que estaba allí colgada, tomada el día antes de la muerte de mi padre. Y allí estaban mamá y papá sonriendo a la cámara delante del chalet alquilado de la señora Hardy, con Hannah, el pequeño Cathal y yo delante de ellos, con unas sonrisas enormes y fotogénicas pintadas en la cara.
—Sí —dijo por fin—. Supongo que sí.
—Vale, de acuerdo. Entonces, Ann, debes estar en paz con esta situación.
A continuación se produjo un largo silencio. Observé a Ann. Su rostro se contorsionaba de cien mil maneras distintas. Me miró; luego miró a su hijo.
Me pregunté cuántas adversidades habrían intentado superar ella y su marido para tener un hijo propio y cuánto tiempo les habría llevado encontrar a un niño al que pudieran adoptar, cuán difícil debía de haber sido aquel camino.
Para ella, como para todas esas mujeres, luchar contra la diferencia, buscar la conformidad, era algo instintivo, porque estaban aterrorizadas, se morían de miedo, ante lo que pudiera implicar ser diferente, pero allí estaba él, que lo había pronunciado alto y claro, y finalmente ella reaccionó bien, y había que reconocerle ese mérito.
—Bueno, pues muy bien —dijo rindiéndose mientras las lágrimas todavía anegaban sus ojos—. Es un mundo nuevo, padre, ¿verdad?
—Así es, Ann —dije, y le cogí la mano—. Así es, sin duda".

"—Levántate más temprano, Tom —le decía yo, y él negaba con la cabeza, asqueado.
—Sólo los animales se levantan tan temprano, Odran.
—Los curas están levantados.
—Precisamente".

"—El honorable caballero de Wexford —dijo el padre Slevin, probablemente complacido de que Tom participara—. ¿Quieres hacer una pregunta?
—Así es, padre —contestó Tom—. Tengo una pregunta sobre san Pedro.
El padre Slevin frunció el ceño; no estábamos hablando de san Pedro. ¿Qué tenía que ver ese santo con el debate del día?
—¿San Pedro no estaba casado? —preguntó Tom, y el padre Slevin sonrió, como si no fuera la primera vez que le habían planteado esa cuestión.
—Ah, ese viejo asunto —dijo—. Sí, Tom, tienes razón. San Pedro era un hombre casado.
—¿Y fue el primer papa?
—Sí, pero debes recordar que san Pedro ya estaba casado antes de que Jesús lo escogiera como discípulo. Y mucho antes de que nuestro Señor fuera crucificado y declarara que Pedro era la piedra sobre la que construiría su iglesia. De hecho, muchos de los apóstoles estaban casados. No se les dijo que renunciaran a sus esposas. No habría sido justo.
—Pero, de todas formas —insistió Tom—, estaba casado.
—En efecto. En el versículo 4 de Lucas podemos leer que la suegra de Simón tenía una fiebre muy alta y que le rogaron a él, es decir, a Jesús, que interviniera. Él se le acercó, le curó la fiebre y se marchó. Ella se levantó de inmediato y empezó a atenderlos.
—Claro que sí —repuso Tom, con todo su desprecio—. ¿Qué otra cosa iba a hacer sino preparar unos bocadillos y hacer un poco de té, recién levantada de su lecho de muerte? Pero hubo otros, ¿verdad?
—¿Otros?
—Otros papas que estuvieron casados, por ejemplo.
—No lo creo —dijo el padre Slevin.
—Ah, venga, sí que los hubo —insistió Tom—. Lo he leído. Está en la Enciclopedia británica, así que no puede ser un error. Hubo un tipo en el siglo VI que se llamaba Hormisdas y estaba casado.
—El papa san Hormisdas era viudo cuando recibió el sacramento del orden —respondió el padre Slevin con recelo—. No hay una norma que lo impida. El padre Dementyev, como tal vez sepas, era viudo cuando entró en
el seminario.
Yo no sabía nada de eso y me pregunté qué le habría ocurrido a su esposa. ¿Habría muerto en la guerra?
—Sin duda hizo un buen trabajo, Hormisdas, porque su hijo se convirtió en papa pocos años después —continuó Tom—. ¿Y qué hay del papa Adriano, en el siglo IX? He leído que su esposa y sus hijos vivían con él en el Vaticano.
—El Vaticano no existía en el siglo IX, Tom —dijo el padre Slevin pacientemente—. No se terminó hasta el XVI.
—¿No está cambiando un poco de tema?
—No sé mucho del papa Adriano —dijo el padre Slevin—. Y creo que tú tampoco, salvo lo que hayas sacado de algún libro con afán provocador.
—Y hay muchos otros ejemplos —siguió Tom—. Ha habido unas cuantas esposas por ahí. Por no mencionar a las amantes.
—Ya está bien, Tom…
—Alejandro VI, el papa Borgia, era el padre de Lucrecia Borgia, ¿no? Y todos sabemos cómo era ella. La mayoría de los papas de la Edad Media lo hacían con quien les viniera en gana. ¿Y no leí también que Julio III y el embajador veneciano, que era un hombre, por cierto, dormían en la misma cama? Así que, si todos los papas podían salirse con la suya, ¿por qué los curas no?
El padre Slevin sonrió y negó con la cabeza.
—Es muy fácil coger nombres de la antigüedad, Tom, una época muy diferente a la actual, y exponerlos como si sirvieran para demostrar que tienes razón. Pero si estuvieras un poco más versado en la historia eclesiástica, en lugar de limitarte a repetir nombres e historias que has leído por ahí, entonces sabrías que ninguno de los papas que mencionas fueron particularmente eficaces en su papel. Sí, el papa Alejandro era el padre de Lucrecia Borgia.
Pero ¿en realidad no prueba eso lo que yo digo? ¿No es preferible tener un papa célibe que uno que tenga esa clase de descendencia? Desde luego que ella fue terrible, por lo que se dice.
Tom se sentó y se cruzó de brazos. Me di la vuelta para mirarlo; él había defendido su postura, pero lo habían vencido.
—Bien, ¿y qué hay de las amas de llaves? —preguntó momentos después, cuando el padre Slevin ya estaba de cara a la pizarra y limpiaba una parte con el borrador para empezar un tema nuevo.
—¿Las qué? —preguntó dándose la vuelta.
—Las amas de llaves —repitió Tom—. Están por todo el país, ¿no? Viven en la misma casa de los párrocos, les hacen la cena, les hornean tartas, les recogen los calcetines y los calzoncillos y les preparan la colada.
—Ya está bien, Tom —dijo el padre Slevin, y dejó el borrador sobre el escritorio, tal vez para luchar contra la tentación de tirárselo a la cabeza—. Es suficiente.
—¿No cree que pasan cosas entre los párrocos y sus amas de llaves? Están allí solos, por la noche, acurrucados en un sofá con una taza de té, un trozo de pastel de Eccles y Coronation Street en la tele. ¿No cree que a veces una cosa puede llevar a la otra y…?
—¡Tom! —rugió el padre Slevin, con la cara deformada por la ira—. ¡Deja de hablar de eso ahora mismo!
—Es una pregunta legítima.
—No. Es una provocación deliberada y estás siendo obsceno a propósito.
—¿Usted tiene ama de llaves, padre?
—Claro que no. ¿Acaso no vivo aquí con vosotros?
—Pero ¿no trabajó en una parroquia alguna vez?
—Sí —respondió poniéndose nervioso—. Recién ordenado. Pero hace mucho tiempo de eso.
—¿Y tenía ama de llaves?
—Sí, Tom —dijo rápidamente—. Creo recordar que sí. Pero es lo habitual y…
—Sólo una pregunta más, padre —dijo Tom en voz baja—, y ya no volveré a tocar ese tema.
El padre Slevin cerró los ojos un instante y desde mi asiento lo oí suspirar lentamente. Tenía las mejillas coloradas y las manos le temblaban ligeramente; no estaba acostumbrado a esa clase de situación y no le gustaba.
A mí tampoco me gustaba. Habría preferido que Tom se durmiera, que era lo que solía hacer en clase.
—Vale, Tom, de acuerdo —dijo el padre Slevin—. Una más y pasamos a otra cosa. ¿Cuál es la pregunta?
—Su ama de llaves —respondió Tom, con un gesto burlón que le apareció en la cara cuando recorrió la sala con la mirada para asegurarse de que todos lo escucháramos—. ¿Alguna vez se la folló?".

"—¿No me lo vas a presentar? —dijo su acompañante.
Jonas vaciló, como si no estuviera seguro de si valía la pena molestarse en hacerlo, pero finalmente se encogió de hombros.
—Odran, él es Mark —dijo—. Mark, Odran. Mi tío.
El chico reprimió una carcajada.
—Bromeas, ¿no?
—¿Por qué habría de hacerlo?
—Vaya —dijo Mark mirándome de arriba abajo—. ¿En serio es cura?
—En efecto.
—No sabía que tenías un cura en la familia —dijo mirando a Jonas—. Eso es tan de los cincuenta… Te lo tenías bien guardado.
—Tengo muchas cosas guardadas —repuso Jonas—. Y de todos modos, ¿desde cuándo te hablo de mi familia?
—No, sólo me refería a que…
(...)
—¿Tú no tienes que estar en algún lado? —le preguntó Jonas.
—Sí, claro —dijo Mark con un gesto de decepción—. ¿Puedo llamarte luego?
—Puedes hacer lo que quieras. Pero tal vez tenga el teléfono apagado esta tarde. Y gran parte de la noche.
—¿Por qué?
—Porque lo voy a desconectar.
El pobre Mark tragó saliva y bajó la mirada. Se lo veía abatido, Dios le bendiga.
—De acuerdo. Bueno, lo intentaré de todas maneras. Y si no consigo encontrarte, te dejaré un mensaje, tal vez podamos quedar más tarde, ¿sí?
—Puede ser —respondió Jonas sin comprometerse—. Aún no estoy seguro de cuáles serán mis planes.
—Bueno, yo estaré bastante libre toda la noche.
Miró a Jonas con la misma expresión que pondría un cachorrito que espera que su amo meta la mano en el bolsillo y le saque una golosina. Pero, en este caso, no hubo nada de eso; Jonas no tenía nada que ofrecerle.
—Bueno, un placer conocerlo, tío Odran —dijo Mark haciendo un ademán en mi dirección.
—No soy tu tío —dije yo sonriéndole; chúpate ésa, pensé.
Él dio media vuelta y se marchó".

"—¿Vas a estar aquí esta noche, Maggie? —pregunté—. Para cuidarla.
—No toda la noche. Esta semana y la siguiente me toca turno de día: de nueve a cinco.
—Nine to five, como la película —dije de inmediato—. Ésa es otra de las que vimos. ¿Quién actuaba?
—Lily Tomlin —exclamó la señora Winter.
—Dolly Parton —dijo Jonas.
—¡Jane Fonda! —gritó Hannah aplaudiendo de alegría—. ¡La hija de Henry!".

"—¿Quieres sentarte, Kristian? —le pregunté cuando él entró detrás de mí.
—No, Odran, creo que prefiero quedarme de pie.
—Supongo que ha ocurrido algo, ¿verdad? No es habitual verte por aquí.
—Tengo una mala noticia —dijo mirando esos objetos poco familiares para él, tal vez preguntándose qué hacía yo con todos esos copones, cálices y copas de comunión.
—Continúa.
—Es tu madre —me dijo—. Ha empeorado un poco.
—¿Se encuentra bien?
—En realidad, no —respondió—. Me temo que ha decidido morirse".

"—¡Qué día! —estaba diciendo—. Einar ha tardado mucho con las facturas y cuando por fin las ha terminado se ha marchado y…
Se detuvo cuando me vio, me miró sorprendido y, en ese momento, sentí la acumulación de veinte años de mentiras y engaños, de traumas y de crueldad, y reconocí mi papel en todo ello, puesto que yo había dejado a ese hombre sólo con mi sobrino, para que hiciera con él lo que quisiera.
A medida que ese dolor aumentaba en mi interior, las lágrimas brotaron de la nada y volví a sentarme, llorando como no lo había hecho nunca.
—Lo siento —dije, con las palabras estranguladas por la emoción, sin ni siquiera haberle dicho hola ni haberle estrechado la mano—. Lo siento… No lo sabía… Perdóname, Aidan, juro que no lo sabía…
Y las frases que pronuncié después eran ininteligibles porque a esas alturas había lágrimas y saliva y mocos y yo estaba doblado sobre la mesa como un hombre destrozado, mientras Marthe contemplaba asombrada la escena desplegada ante sus ojos y se llevaba una mano a la boca, y Aidan, ese buen hombre, mejor que todos ellos juntos, dejó el bolso en el suelo, se aproximó hacia mí, me puso un brazo en el hombro, me acercó a él y dijo:
—Deja de llorar, tío Odie. Deja de llorar. Deja de llorar o me harás llorar a mí y no podré parar".

"—¿Me dejarás volver a formar parte de tu vida? —le pregunté, asustado por su posible respuesta.
En ese momento, en el partido que estaban dando por televisión alguien debió de marcar un importante gol, puesto que la multitud rugió. Aidan miró a su alrededor y se sumó a la ovación.
—Aidan —repetí cuando volvió a mirar en mi dirección—. ¿Me dejarás volver a formar parte de tu vida?
Él tragó saliva y respiró profundamente antes de cerrar los ojos. No dije nada; esperé. Sentí que pasaba una eternidad. Por fin, los abrió y paró a una camarera que pasaba.
—Otra cerveza —le dijo.
—¿Y tu amigo? —preguntó ella.
—En realidad es mi tío —respondió él—. Y sí, otra para él también. Y ya que estás, tráenos un menú. Cenaremos juntos.
Ella asintió y yo bajé la mirada hacia la mesa; pasó un rato hasta que pude volver a levantarla.
—Cuéntame sobre tus hijos —dije por fin—. Cuéntamelo todo.
Y entonces su cara se iluminó y volví a ver al muchachito que había sido, ese muchachito tan lleno de vida y alegría y amor. Seguía allí, en algún lado, escondido detrás del dolor. Y lo único que hizo falta para que volviera a salir a la luz fue mencionar a esos niños que vivían más al norte, en Lillehammer, que ahora estarían probablemente acurrucados en el sofá mientras su madre les leía un libro y los perros roncaban".

"—¿Usted tiene Twitter? —me preguntó.
—¿Si tengo qué?
—¿Tiene Twitter? —repitió—. No encuentro su nombre. ¿O usa uno distinto?
—No tengo Twitter, no —dije tratando de no reírme—. ¿Qué podría tuitear? A nadie le interesa lo que he tomado en el desayuno.
—Creer que Twitter sirve para eso es un error muy común —respondió ella, con una mirada de exasperación.
—Mi sobrino me sugirió que me hiciera una página de Facebook, pero finalmente no lo hice.
—Bueno, pero ¿para qué iba a hacer eso? —preguntó ella—. Ya no estamos en 2010".

"—Rezaré por ti, Tom. A pesar de todo.
Él se rió, de espaldas.
—Reza por ti mismo —dijo—. Lo necesitas más que yo.
Miré el piso por última vez.
—Qué horrible lugar —dije, incapaz de comprender cómo el chaval que había sido en otra época había terminado en un sitio como ése. Supuse que permanecería allí hasta el final de sus días. Sería aquí donde algún día se lo encontrarían, muerto.
—Es cierto —admitió—. Pero sobreviviré.
—¿No te sentirás solo?
—Sí, por supuesto —dijo sonriéndome—. Pero, por otra parte, tengo una historia de soledad, Odran. ¿Tú no?".






John Boyne

viernes, 1 de septiembre de 2023

Citas: Las troyanas - Eurípides

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 "POSEIDÓN: No hablemos ya más, que no es necesario. Haré lo que anhelas, removeré el mar y lo llenaré de cadáveres. Necio es cualquier mortal que conquista una ciudad y abandona sus templos y sepulcros, sagrado asilo de los muertos.
Inevitable es su ruina".


"(...) El hombre prudente debe evitar la guerra; pero si se llega a ese extremo, es glorioso morir sin vacilar por el destino de su patria, einfame la cobardía. Así, madre, no deplores la ruina de Troya, ni tampoco mis bodas, que perderán a los que ambas detestamos".

"ANDRÓMACA: Pereció tu hija Polixena, sacrificada en el sepulcro de Aquiles, ofrenda hecha a su cadáver.
HÉCUBA: ¡Ay de mí, desventurada! Éste es el enigma al que aludió hace poco Taltibio, oscuro entonces y ahora claro.
ANDRÓMACA: Yo misma la vi, la cubrí y lloré sobre su cadáver.
HÉCUBA: ¡Ay, hija mía, impío sacrificio! No es lo mismo ¡oh, hija!, vivir que morir; la muerte es la nada, y a la vida queda la esperanza de morir".

"CORO: Las riberas del mar resuenan, y como el ave que reclama por sus hijuelos, así lloran unas a sus esposos, otras a sus hijos, otras a sus madres ancianas. Ya no existe nada. La lanza griega ha devastado nuestra tierra. Eros, Eros que viniste en otro tiempo al palacio por orden de los dioses. ¡Cuán soberbiamente ensalzaste entonces a Troya! ¡Qué estrechos lazos contrajo con los dioses!, pero la luz de Eos alumbra a esta región y contempla impasible la ruina. Los amores de los dioses de nada han servido a Troya".

"HÉCUBA: No te olvides de los aliados, que por Helena murieron: por ellos y por mis hijos te lo pido.
MENELAO: Déjame, anciana; Helena sólo merece mi desprecio. Que mis servidores la arrastren a las naves para ser llevada a Grecia.
HÉCUBA: Que no vaya en la tuya.
MENELAO: ¿Por que, pues? ¿Pesa ahora más que antes?
HÉCUBA: No hay enamorado que no ame siempre, piense como quiera la mujer amada".








Eurípides

miércoles, 10 de mayo de 2023

Citas: Juego de tronos - George R. R. Martin

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"—Deberíamos volver ya —instó Gared mientras los bosques se tornaban más y más oscuros a su alrededor—. Los salvajes están muertos.
—¿Te dan miedo los muertos? —preguntó Ser Waymar Royce, insinuando apenas una sonrisa.
—Los muertos están muertos —contestó Gared. No había mordido el anzuelo.
Era un anciano de más de cincuenta años, y había visto ir y venir a muchos jóvenes señores—. No tenemos nada que tratar con ellos".

"—¿Qué crees que pudo matar a esos hombres, Gared? —preguntó Ser Waymar en tono despreocupado.
Se ajustó el pliegue de la larga capa de marta.
—El frío —replicó Gared con certeza férrea—. Vi a hombres morir congelados el pasado invierno, y también el anterior, cuando era casi un niño. Todo el mundo habla de nieve de quince metros de espesor, y de cómo el viento gélido llega aullando del norte, pero el verdadero enemigo es el frío. Se echa encima de uno más sigiloso que Will; al principio se tirita y castañetean los dientes, se dan pisotones contra el suelo, y se sueña con vino caliente y con una buena hoguera. Y quema, vaya si quema. No hay nada que queme como el frío. Pero sólo durante un tiempo. Luego se mete dentro y empieza a invadirlo todo, y al final no se tienen fuerzas para combatirlo. Es más fácil sentarse, o echarse a dormir. Dicen que al final no se siente ningún dolor.
Primero se está débil y amodorrado, y todo se vuelve nebuloso, y luego es como hundirse en un mar de leche tibia. Como muy tranquilo todo.
—Qué elocuencia, Gared —observó Ser Waymar—. No me imaginaba que te expresaras así".

"—Aquí falla algo —murmuró Gared.
—¿De verdad? —dijo el joven caballero con una sonrisa desdeñosa.
—¿No lo notáis? —preguntó Gared—. Escuchad la oscuridad.
Will sí lo notaba. Llevaba cuatro años en la Guardia de la Noche, y nunca había tenido tanto miedo. ¿Qué pasaba?
—Viento. El susurro de los árboles. Un lobo".

"—Nos hará falta una hoguera. —Gared desmontó—. Yo me encargo.
—¿Eres completamente idiota, viejo? Si hay enemigos al acecho en este bosque, lo que menos falta nos hace es una hoguera.
—El fuego mantendría alejados a algunos enemigos —señaló Gared—. Osos, lobos huargos y... y otras cosas.
—Nada de hogueras. —Ser Waymar apretó los labios.
La capucha de Gared le ensombrecía el rostro, pero Will advirtió que tenía un brillo duro en los ojos al mirar al caballero. Durante un momento temió que el anciano fuera a desenvainar la espada. Era un arma corta y fea, con la empuñadura descolorida por el sudor y melladuras en la hoja tras muchos años de uso frecuente, pero Will no habría apostado nada por la vida del joven señor si Gared llegaba a esgrimirla.
—Nada de hogueras —murmuró Gared entre dientes bajando la vista".

"Will se levantó. Ser Waymar Royce estaba de pie junto a él.
Sus ropas lujosas eran andrajos; el rostro, una máscara ensangrentada. Tenía un fragmento afilado de su espada clavado en la pupila blanca y ciega del ojo izquierdo.
El derecho estaba abierto. La pupila ardía con un brillo azul. Veía.
La espada rota se le cayó de los dedos. Will cerró los ojos para rezar. Unas manos largas y elegantes le acariciaron la mejilla y se cerraron en torno a su garganta. Iban enguantadas en piel de topo de la mejor calidad, y estaban pegajosas por la sangre, pero su roce era frío como el hielo".

"—¿Te encuentras bien, Bran? —preguntó con tono que no carecía de dulzura.
—Sí, Padre —le dijo Bran. Alzó la vista. Su señor padre, vestido en cuero y envuelto en pieles, a lomos de su gran caballo de guerra, se alzaba a su lado como un gigante—. Robb dice que ese hombre murió como un valiente, pero Jon opina que tenía miedo.
—Y a ti, ¿qué te parece?
—¿Un hombre puede ser valiente cuando tiene miedo? —preguntó Bran después de meditar un instante.
—Es el único momento en que puede ser valiente —dijo su padre—".

"—Nacidos de la muerte —intervino otro hombre—. Peor suerte aún.
—No importa —dijo Hullen—. Pronto estarán muertos ellos también.
Bran dejó escapar un grito de consternación.
—Cuanto antes mejor —asintió Theon Greyjoy y desenvainó la espada—. Trae aquí a esa bestia, Bran.
—¡No! —exclamó Bran con ferocidad. El animalito se había apretado contra él como si pudiera oír y comprender—. ¡Es mío!
—Aparta esa espada, Greyjoy —dijo Robb. Por un momento, su voz sonó tan imperiosa como la de su padre, como la del señor que sería algún día—. Nos vamos a quedar con los cachorros.
—Es imposible, chico —dijo Harwin, que era hijo de Hullen.
—Les haremos un favor matándolos —dijo Hullen.
Bran alzó la vista hacia su padre, implorante, pero sólo encontró un ceño fruncido.
—Lo que dice Hullen es verdad, hijo. Es mejor una muerte rápida que agonizar de frío y hambre.
—La perra de Ser Rodrik parió otra vez la semana pasada —dijo Robb, que se resistía, testarudo—. Fue una camada pequeña, sólo vivieron dos cachorros. Tendrá leche de sobra.
—Los matará en cuanto intenten mamar.
—Lord Stark —intervino Jon. Resultaba extraño que se dirigiera a su padre de manera tan formal. Bran lo miró, aferrándose a aquella última esperanza—. Hay cinco cachorros —siguió—. Tres machos y dos hembras.
—¿Y qué, Jon?
—Tenéis cinco hijos legítimos. Tres chicos y dos chicas. El lobo huargo es el emblema de vuestra Casa. Estos cachorros están destinados a vuestros hijos, mi señor.
Bran vio cómo cambiaba la expresión de su padre, vio las miradas que intercambiaban el resto de los hombres. En aquel momento quiso a Jon con todo su corazón. Pese a sus siete años, comprendió qué había hecho su hermano. Las cuentas cuadraban sólo porque Jon se había excluido. Había incluido a las niñas, incluso a Rickon, que era sólo un bebé, pero no al bastardo que llevaba el apellido Nieve que, según dictaba la costumbre, debían tener en el norte todos los desafortunados que nacían sin apellido propio.
—¿No quieres un cachorro para ti, Jon? —preguntó con voz amable su padre, que también lo había comprendido.
—El lobo huargo ondea en el estandarte de la Casa Stark —señaló Jon—. Yo no soy un Stark, Padre".

"En mitad del puente, Jon se detuvo de pronto.
—¿Qué pasa, Jon? —preguntó su señor padre.
—¿No lo oís?
Bran oía el viento entre los árboles, el sonido de los cascos de los caballos contra los tablones de tamarindo, y los gemidos de su cachorro hambriento, pero Jon parecía percibir algo más.
—Ya lo tengo —añadió Jon.
Hizo girar al caballo y galopó de vuelta por el puente. Lo vieron desmontar en la nieve junto a la loba muerta y cómo se arrodillaba. Un momento después regresó cabalgando hacia ellos. Sonreía.
—Éste se debió de alejar de los demás —dijo.
—O lo echaron —replicó su padre, con los ojos clavados en el sexto cachorro.
Tenía el pelaje blanco, mientras que el resto de los cachorros de la camada eran grises. Los ojos eran tan rojos como la sangre del hombre harapiento que había muerto aquella mañana. A Bran le pareció muy extraño que ya los tuviera abiertos, mientras que los demás aún seguían ciegos.
—Un albino —dijo Theon Greyjoy, burlón—. Éste morirá antes incluso que los demás.
—No, Greyjoy —dijo Jon lanzando una mirada gélida al pupilo de su padre—. Éste es mío".

"Era la última cosa en el mundo que Ned deseaba.
—Alteza —dijo—, no soy digno de ese honor.
—Si quisiera concederte algún honor —gruñó Robert impaciente, pero de buen humor—, permitiría que te retirases. Mi intención es que controles el reino y pelees en las guerras mientras yo me dedico a comer, a beber y a acostarme con chicas; tres actividades que me llevarán pronto a la tumba. —Se dio una palmada en la barriga y sonrió—. ¿Sabes qué se dice del rey y su Mano?
—Lo que el rey sueña, la Mano lo crea. —Ned lo sabía.
—Una vez me llevé a la cama a una pescadera que me contó que el pueblo llano tiene una versión mejor del dicho: «El Rey come y la Mano limpia la mierda»".

"—Nada me sería más grato, Alteza —respondió Ned. Titubeó un instante—. Estos honores son tan inesperados... ¿te importa si medito un poco antes de responderte? Tengo que hablar con mi esposa...
—Claro, claro, díselo a Catelyn, consúltalo con la almohada si quieres. —El Rey palmeó a Ned en el hombro y lo ayudó a ponerse en pie, aunque le costó un esfuerzo
—. Pero no me hagas esperar demasiado. No tengo mucha paciencia.
Durante un momento, un presentimiento oscuro y ominoso nubló la mente de Eddard Stark. Invernalia era su lugar en el mundo, su vida estaba en el norte.
Contempló las figuras de piedra que lo rodeaban, y respiró hondo en el silencio gélido de la cripta. Sentía los ojos de los muertos clavados en él. Sabía que lo estaban escuchando. Y se acercaba el invierno".

"—Es un huargo —dijo Jon—. Se llama Fantasma. —Miró al hombrecillo, y durante un momento olvidó su tristeza—. ¿Qué haces ahí arriba? ¿Por qué no estás en el banquete?
—Hace demasiado calor, hay demasiado ruido y he bebido demasiado vino — replicó el enano—. Hace tiempo descubrí que se considera de mala educación vomitar encima de tu hermano. ¿Puedo ver más de cerca tu lobo?
Jon titubeó un instante, luego asintió.
—¿Puedes bajar sólo o te traigo una escalera?
—Anda ya".

"—Y tú eres el bastardo de Ned Stark, ¿no? —El muchacho sintió un frío que lo atravesaba. Apretó los labios y no respondió—. ¿Te he ofendido? —continuó Lannister—. Lo siento. Los enanos no necesitamos tener tacto. Generaciones de bufones con trajes de colorines me dan derecho a vestir mal y a decir todo lo que se me pase por la cabeza. —Sonrió—. Pero eres el bastardo.
—Lord Stark es mi padre —admitió Jon, tenso.
—Sí —dijo al final Lannister después de examinar su rostro—. Se nota. Hay más del norte en ti que en tus hermanos.
—Medio hermanos —lo corrigió Jon.
El comentario del enano le había gustado, pero intentó que no se le notara.
—Permite que te dé un consejo, bastardo —siguió Lannister—. Nunca olvides qué eres, porque desde luego el mundo no lo va a olvidar. Conviértelo en tu mejor arma, así nunca será tu punto débil. Úsalo como armadura y nadie podrá utilizarlo para herirte.
—Qué sabrás tú lo que significa ser un bastardo. —Jon no estaba de humor para aceptar consejos de nadie.
—Todos los enanos son bastardos a los ojos de sus padres.
—Eres hijo legítimo, tu madre era la esposa del señor de Lannister.
—¿De verdad? —sonrió el enano, sarcástico—. Pues díselo a él. Mi madre murió al darme a luz, y nunca ha estado muy seguro.
—Yo ni siquiera sé quién era mi madre —dijo Jon.
—Sin duda, una mujer. Como la mayoría de las madres. —Dedicó a Jon una sonrisa pesarosa—. Recuerda bien lo que te digo, chico. Todos los enanos pueden ser bastardos, pero no todos los bastardos son necesariamente enanos".

"—¿De qué estáis hablando? —preguntó Arya de repente. Jeyne la miró sobresaltada, luego dejó escapar una risita. Sansa pareció avergonzada. Beth se sonrojó. Nadie le dio respuesta—. Decídmelo —insistió Arya.
Jeyne miró de reojo para asegurarse de que la septa Mordane no las estaba escuchando. Myrcella dijo algo en aquel momento, y la septa estalló en carcajadas igual que el resto de las señoras.
—Hablábamos del príncipe —dijo Sansa con voz suave como un beso.
Arya sabía bien a qué príncipe se refería. A Joffrey, claro. El alto, el guapo. A Sansa le había tocado sentarse con él en el banquete. A Arya le correspondió el pequeño y gordito. Naturalmente.
—A Joffrey le gusta tu hermana —susurró Jeyne, tan orgullosa como si fuera la responsable de aquello. Era la hija del mayordomo de Invernalia, y también la mejor amiga de Sansa—. Le dijo que era muy hermosa.
—Se va a casar con ella —intervino la pequeña Beth, soñadora—. Y Sansa será la reina.
Sansa tuvo la decencia de sonrojarse. Tenía una manera de sonrojarse muy bonita.
Todo lo que hacía era muy bonito, pensó Arya con un rencor sordo.
—No te inventes cosas, Beth —reprendió cariñosamente Sansa a la pequeña al tiempo que le acariciaba el pelo. Volvió la vista hacia Arya—. ¿A ti qué te parece el príncipe, Joff, hermana? Es muy galante, ¿verdad?
—Jon dice que parece una niña —replicó Arya.
—Pobre Jon —dijo Sansa con un suspiro sin dejar de coser—. Se pone celoso porque es un bastardo.
—Es nuestro hermano —replicó Arya en voz demasiado alta".

"La Reina. Y ahora Bran reconocía también al hombre que estaba a su lado. Se le parecía tanto como si fuera su imagen especular.
—Nos ha visto —dijo la mujer con voz chillona.
—Eso parece —asintió el hombre.
Los dedos de Bran empezaron a resbalar. Se aferró a la cornisa con la otra mano.
Hincó las uñas en la piedra. El hombre le tendió el brazo.
—Dame la mano —dijo—. Te vas a caer. —Bran se aferró al brazo con todas sus fuerzas.
El hombre lo izó hasta la cornisa.
—¿Qué haces? —le gritó la mujer.
El hombre no hizo caso. Era muy fuerte. Subió a Bran hasta el alféizar de la ventana.
—¿Cuántos años tienes, chico?
—Siete —dijo Bran, temblando de alivio. Sus dedos habían dejado marcas profundas en el antebrazo del hombre. Se soltó mansamente.
—Qué cosas hago por amor —dijo con desprecio el hombre mirando a la mujer.
Dio un empujón a Bran.
Bran, gritando, se precipitó al vacío. No había nada a lo que agarrarse. El patio ascendió a su encuentro.
A lo lejos, un lobo empezó a aullar. Los cuervos volaban en círculo en torno a la torre rota, esperando su maíz".

"—Lo que le está costando morir a ese crío. Ya se podría dar más prisa.
Tyrion miró abajo y vio al Perro de pie junto a Joffrey, rodeados ambos por un enjambre de escuderos.
—Por lo menos se muere sin hacer ruido —dijo el príncipe—. El que arma escándalo es el lobo. Esta noche casi no he podido dormir.
Clegane proyectaba una sombra alargada sobre la tierra dura mientras su escudero le ponía el yelmo.
—Si lo deseas puedo silenciar a esa bestia —dijo a través del visor abierto.
El escudero le puso la espada larga en la mano. Clegane la sopesó y la probó blandiéndola en el aire frío de la mañana. A su espalda el patio resonaba con el estrépito del acero contra el acero.
—¡Enviaré un perro para matar a otro perro! —exclamó el príncipe; parecía divertirle enormemente la idea—. Son una auténtica plaga en Invernalia, los Stark no lo notarán si les falta uno.
—Lamento no estar de acuerdo, sobrino —dijo Tyrion después de saltar del último peldaño al patio—. Los Stark saben contar hasta seis, a diferencia de algunos príncipes que conozco.
Joffrey tuvo la decencia de sonrojarse.
—Una voz que surge de la nada —dijo Sandor. Escudriñó por la abertura del yelmo, mirando a un lado y a otro—. ¡Espíritus del aire, sin duda!
El príncipe se echó a reír, como siempre que su guardaespaldas se embarcaba en aquella payasada. Tyrion ya estaba acostumbrado.
—Aquí abajo.
—Vaya, si es el diminuto Lord Tyrion —dijo el hombrón tras bajar la vista al suelo, y fingir que advertía en aquel momento su presencia—. Perdonadme, no os había visto.
—Hoy no estoy de humor para aguantar tu insolencia. —Tyrion se volvió hacia su sobrino—. Joffrey, ya deberías haber visitado a Lord Eddard y a su esposa para presentarles tus respetos en las dolorosas circunstancias que atraviesan.
—¿De qué les van a servir mis respetos? —Joffrey era petulante como sólo puede serlo un príncipe niño.
—De nada —replicó Tyrion—. Pero es lo que debes hacer. Tu ausencia ha sido muy comentada.
—El hijo de los Stark no me importa lo más mínimo —dijo Joffrey—. Y no soporto los lloriqueos de las mujeres.
Tyrion Lannister alzó el brazo y abofeteó a su sobrino con fuerza. La mejilla del chico se puso roja.
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—Una palabra más y te doy otra vez.
—¡Se lo voy a contar a mi madre! —exclamó Joffrey.
Tyrion lo abofeteó de nuevo. Las dos mejillas se pusieron del mismo color.
—Cuéntaselo a tu madre —dijo Tyrion—. Pero antes ve a ver a Lord y Lady Stark, arrodíllate ante ellos, diles lo triste que es todo esto, que estás a su servicio para cualquier cosa que puedas hacer por ellos o por su familia en este momento de dolor, y que los tienes siempre presentes en tus oraciones. ¿Entendido? ¿Entendido?
El chico parecía a punto de echarse a llorar, pero se las arregló para asentir débilmente. Se dio media vuelta y salió corriendo por el patio, con la mano en la mejilla. Tyrion lo observó alejarse a toda velocidad.
Se le ensombreció el rostro. Se giró y se topó con Clegane, que se alzaba ante él tan imponente como una montaña. Su armadura negra como el carbón tapaba el sol.
Se había bajado el visor del yelmo, que reproducía la cara enfurecida de un sabueso negro; daba miedo mirarlo. Pero a Tyrion siempre le había parecido que tenía mejor aspecto que la cara terriblemente quemada de Clegane.
—El príncipe recordará lo que habéis hecho, diminuto señor —le advirtió el Perro. El yelmo convertía su risa en un retumbar cavernoso.
—Eso espero —replicó Tyrion Lannister—. Y si se olvida, su perrito se lo recordará, ¿verdad?".

"—Ese niño, si sobrevive, será un lisiado. Peor que un lisiado. Un ser grotesco.
Prefiero mil veces una muerte limpia.
—Manifiesto mi más profundo desacuerdo, en nombre de todos los seres grotescos del mundo —dijo Tyrion encogiéndose de hombros, gesto que acentuó su deformidad—. ¡La muerte es tan... definitiva! Mientras que la vida está llena de posibilidades.
—Eres un gnomo perverso. —Jaime sonrió.
—Desde luego —admitió Tyrion—. Espero que el chico recupere el conocimiento. Me interesaría muchísimo oír lo que tenga que contar.
—Tyrion, mi querido hermano —dijo Jaime con voz tensa; la sonrisa se le había agriado como la leche—, hay veces en que me pregunto de parte de quién estás. 
Tyrion tenía la boca llena de pan y pescado. Bebió un trago de cerveza negra para pasarlo todo, y dedicó a Jaime una sonrisa feroz.
—Pero, Jaime, mi querido hermano —dijo—. Me ofendes. Ya sabes cuánto amo a mi familia".

"—No —dijo Khal Drogo, que contemplaba sus lágrimas con un rostro extrañamente inexpresivo.
Alzó la mano y se las secó rudamente con un pulgar encallecido.
—Hablas la lengua común —se maravilló Dany.
—No —repitió él.
Quizá fuera la única palabra que sabía, pensó, pero al menos sabía una, más de lo que ella esperaba. Aquello hizo que se sintiera mejor en cierto modo".

"—¿Por qué lees tanto?
Tyrion alzó la vista al oír aquella voz. Jon Nieve estaba a poca distancia de él y lo miraba con curiosidad. Cerró el libro, dejando dentro el dedo para marcar la página.
—Mírame bien y dime qué ves.
—¿Es un truco o qué? —El chico le lanzó una mirada desconfiada—. Te veo a ti,
Tyrion Lannister.
—Para ser un bastardo estás muy bien educado, Nieve —dijo Tyrion con un suspiro—. Lo que ves es un enano. ¿Qué edad tienes, doce años?
—Catorce —dijo el chico.
—Catorce, y eres más alto de lo que yo seré en la vida. Tengo las piernas cortas y retorcidas, y me cuesta caminar. Necesito una silla de montar especial para no caerme del caballo. Por cierto, la diseñé yo mismo, ya que hablamos del tema. Tenía que elegir entre eso o ir en poni. Tengo fuerza en los brazos, pero también son cortos.
Nunca seré un espadachín. Si hubiera nacido en una familia de campesinos seguramente me habrían abandonado a la intemperie para que muriera, o me habrían vendido como monstruo de feria. Pero soy un Lannister de Roca Casterly, y eso que se perdieron las ferias. Se esperan cosas de mí. Mi padre fue Mano del Rey veinte años. Después resulta que mi hermano mató a ese mismo rey, ironías de la vida. Mi hermana se casó con el nuevo rey, y ese odioso sobrino que tengo será rey tras su muerte. Debo hacer algo por el honor de mi casa, ¿no te parece? Pero, ¿qué? Puede que tenga las piernas cortas en relación con mi cuerpo, pero la cabeza la tengo demasiado grande, aunque yo prefiero pensar que es del tamaño adecuado para mi mente. Tengo una idea bastante precisa de cuáles son mis puntos fuertes y mis puntos débiles. Mi mejor arma está en el cerebro. Mi hermano tiene su espada, el rey Robert
tiene su maza, y yo tengo mi mente... Pero una mente necesita de los libros igual que una espada de una piedra de amolar, para conservar el filo. —Tyrion dio un golpecito a la tapa de cuero del libro—. Por eso leo tanto, Jon Nieve".

"—¿De qué trata ese libro? —preguntó.
—De dragones.
—¿Y para qué te sirve? Ya no existen —dijo el chico, con la inmensa seguridad que da la juventud.
—Eso dice la gente —replicó Tyrion—. Qué pena, ¿no? Cuando yo era de tu edad soñaba con tener un dragón para mí solo.
—¿De verdad? —inquirió Jon, desconfiado.
Quizá pensara que Tyrion se estaba burlando de él.
—De verdad. Hasta un niño feo y deforme puede mirar el mundo desde arriba si va a lomos de un dragón. —Tyrion apartó a un lado las pieles de oso y se puso en pie—. A veces encendía hogueras en las entrañas de Roca Casterly, y me pasaba las horas contemplando las llamas, haciendo como si fueran fuegodragón. A veces me imaginaba que mi padre ardía en ellas. Otras, que era mi hermana. —Jon Nieve lo miraba tan horrorizado como fascinado. Tyrion se echó a reír a carcajadas—. No pongas esa cara, bastardo. Yo sé tu secreto. Tienes los mismos sueños.
—No —se espantó Jon—. Yo jamás...
—¿No? ¿Nunca? —Tyrion arqueó las cejas—. Vaya, me imagino que los Stark han sido muy, pero que muy buenos contigo. Seguro que Lady Stark te trata como si fueras hijo suyo. Y en cuanto a tu hermano Robb, siempre ha sido cariñoso contigo, ¿por qué no? Él se quedará con Invernalia, y tú con el Muro. En lo que respecta a tu padre... bueno, seguro que ha tenido excelentes motivos para despacharte a la Guardia de la Noche...
—Basta ya —dijo Jon Nieve, con el rostro contraído por la rabia—. ¡La Guardia de la Noche es una vocación muy noble!
—Eres demasiado listo para creerte semejante cosa —dijo Tyrion después de reírse—. La Guardia es un pudridero para los inadaptados de todo el reino. Ya he visto cómo mirabas a Yoren y a sus pupilos. Ésos son tus nuevos hermanos, Jon Nieve, ¿te gustan? Campesinos hoscos, deudores, cazadores furtivos, violadores, ladrones y bastardos como tú. Todos acabáis en el Muro, vigilando por si aparecen grumkins, snarks y todos los monstruos con los que te asustaba tu ama de cría. Lo bueno es que los grumkins y los snarks no existen, así que como trabajo no es muy peligroso. Lo malo es que se te congelarán los huevos, pero como de todos modos no te dejan tener hijos tampoco importa mucho.
—¡Basta ya! —chilló el chico.
Dio un paso hacia adelante con los puños apretados, al borde de las lágrimas.
De pronto, sin motivo, Tyrion se sintió culpable. Se adelantó para dar al chico una palmadita en la espalda, o murmurar alguna disculpa.
No vio al lobo, no supo dónde estaba ni cómo llegó hasta él. En un momento dado estaba avanzando hacia Nieve, y al siguiente se encontraba tendido de espaldas contra el suelo de roca dura, el libro se le había caído de las manos, el impacto lo había dejado sin aliento y tenía la boca llena de tierra, sangre y hojas podridas.
Cuando trató de levantarse sintió un doloroso calambre en la espalda. Se había hecho daño en la caída. Apretó los dientes frustrado, se agarró a una raíz y se incorporó.
Tendió una mano hacia el chico.
—Ayúdame —pidió. Y de pronto el lobo estaba entre ellos. No gruñó. Aquel animal del infierno nunca emitía el menor sonido. Se limitó a mirarlo con sus brillantes ojos rojos y a enseñarle los colmillos, cosa que fue más que suficiente.
Tyrion volvió a dejarse caer al suelo con un quejido—. Pues no me ayudes. Me quedaré aquí hasta que os vayáis.
—Pídemelo con educación. —Jon acarició el espeso pelaje blanco de Fantasma.
Ahora sonreía.
Tyrion Lannister sintió que la rabia hervía en su interior, y la dominó a fuerza de voluntad. No era la primera vez que lo humillaban, y tampoco sería la última. Y quizá en aquella ocasión se lo merecía.
—Estaría muy agradecido si me prestaras tu ayuda, Jon —dijo con voz dócil".

"—¡Haz que se callen! —gritó—. No lo soporto, que se callen, que se callen, que se callen... ¡Mátalos, lo que sea, pero hazlos callar!
No recordaba haber caído al suelo, pero Robb la tuvo que levantar y sostenerla con brazos fuertes.
—No tengas miedo, Madre. Jamás le harían daño. —La ayudó a llegar hasta el catre que estaba en un rincón de la habitación—. Cierra los ojos —le dijo con cariño—. Descansa. El maestre Luwin dice que apenas has dormido desde la caída de Bran.
—No puedo —sollozó ella—. Que los dioses me perdonen, Robb, no puedo, ¿y si se muere mientras duermo, y si se muere, y si se muere...? —Los lobos seguían aullando. Catelyn gritó y volvió a taparse los oídos—. ¡Por los dioses, cierra la ventana!
—Sólo si me prometes que vas a dormir. —Robb se dirigió hacia la ventana, pero cuando iba a cerrar los postigos se oyó otro sonido por encima del aullido lastimero de los lobos huargo—. Son los perros —dijo, prestando atención—. Todos los perros están ladrando a la vez. Eso sí que es raro... —Catelyn oyó claramente cómo su hijo tragaba saliva. Alzó la vista, y lo vio muy pálido a la luz de la lamparilla—. Fuego —susurró el muchacho.
«Fuego —pensó ella—, ¡Bran!»
—Ayúdame —dijo apremiante mientras se incorporaba en el catre—. Ayúdame con Bran.
—La torre de la biblioteca se ha incendiado —dijo Robb; no dio señal de haberla oído.
Catelyn alcanzaba a ver la luz rojiza y parpadeante por la ventana abierta. Se relajó, aliviada. Bran estaba a salvo. La biblioteca se encontraba al otro lado del patio, el fuego no llegaría hasta allí.
—Gracias a los dioses —susurró.
—No te muevas de aquí, Madre —dijo Robb mirándola como si se hubiera vuelto loca—. Volveré en cuanto apaguemos el fuego.
Salió corriendo, y lo oyó gritar a los guardias y descender a toda prisa, saltando los escalones de dos en dos o de tres en tres.
En el exterior, en el patio, se oían gritos de «¡Fuego!», pasos apresurados, relinchos de caballos asustados y ladridos frenéticos de los perros del castillo.
Mientras escuchaba aquel caos, se dio cuenta de que los aullidos habían cesado. Los lobos huargo estaban en silencio.
Catelyn se acercó a la ventana, murmurando una oración silenciosa de agradecimiento a los siete rostros de Dios. Al otro lado del patio, en la biblioteca, las llamaradas brotaban de las ventanas. Se quedó observando cómo la columna de humo se alzaba hacia el cielo y recordó con tristeza los libros que los Stark habían acumulado a lo largo de los siglos. Luego cerró los postigos.
Al volverse, vio al hombre.
—No deberíais estar aquí —murmuró él con voz ronca—. Aquí no tenía que haber nadie.
Era un hombrecillo menudo, sucio, con ropas marrones mugrientas y hedor a caballerizas. Catelyn conocía a todos los hombres que trabajaban en los establos y no era uno de ellos. Estaba flaco, tenía el pelo rubio y lacio, y los ojos claros muy hundidos en el rostro huesudo. Y llevaba una daga en la mano.
—No —dijo Catelyn mirando el cuchillo y a Bran.
La palabra se le quedó trabada en la garganta, fue apenas un susurro. El hombre alcanzó a oírla.
—Es un acto de misericordia —dijo—. Ya está muerto.
—No —repitió Catelyn más alto, había recuperado la voz—. No, no.
Corrió hacia la ventana para pedir ayuda a gritos, pero aquel hombre era más veloz de lo que había supuesto. Le tapó la boca con una mano, le echó la cabeza hacia atrás y le puso la daga en la garganta. El hedor que despedía era insoportable.
Catelyn agarró la hoja con las dos manos y tiró con todas sus fuerzas para apartársela de la garganta. Lo oyó maldecir junto a la oreja. Tenía los dedos resbaladizos por la sangre, pero no soltó la daga. La mano que le cubría la boca presionó con más fuerza, impidiéndole la respiración. Ella giró la cabeza hacia un lado y sus dientes encontraron carne. Se los clavó con fuerza en la palma de la mano.
El hombre rugió de dolor. Catelyn le hincó aún más los dientes y dio un tirón desgarrador, y de pronto él la soltó. El sabor de la sangre le llenó la boca. Respiró una bocanada de aire y gritó, él la agarró del pelo y la empujó, Catelyn tropezó y cayó al suelo. Lo vio sobre ella, jadeante, tembloroso. Él todavía aferraba la daga con la mano derecha, llena de sangre.
—Aquí no tenía que haber nadie —repitió como un idiota.
Catelyn vio la sombra que se deslizaba por la puerta abierta tras él. Se oyó un ruido sordo que no llegaba a ser un gruñido, apenas un susurro amenazante, pero él también lo debió de oír porque empezó a darse la vuelta justo cuando el lobo saltaba.
Hombre y bestia cayeron juntos, en parte sobre Catelyn. El lobo mordió. El grito del hombre duró menos de un segundo, lo que tardó el animal en arrancarle media garganta.
La sangre cayó como una lluvia cálida sobre el rostro de Catelyn.
El lobo la miraba. Tenía las fauces enrojecidas y empapadas, y los ojos le brillaban con destellos dorados en la oscuridad de la habitación. Se dio cuenta de que era el lobo de Bran.
—Gracias —susurró Catelyn con un hilo de voz.
Alzó la mano, temblorosa. El lobo se acercó con suavidad, le olfateó los dedos y lamió la sangre con una lengua húmeda y áspera. Cuando se la hubo limpiado se dio media vuelta sin hacer el menor ruido, se subió de un salto a la cama de Bran y se tendió junto a él".

"—Ni rastro de tu hija, Mano —gruñó el Perro desde su montura—. Pero no hemos perdido el día. Aquí traemos a su mascota.
Dio un empujón al fardo, que cayó al suelo con un golpe sordo a los pies de Ned.
Ned se inclinó y retiró la capa, buscando ya las palabras que tendría que decir a Arya, pero no se trataba de Nymeria. Era Mycah, el hijo del carnicero. El cuerpo estaba cubierto de sangre reseca. Un tajo espantoso, asestado desde arriba, casi lo había cortado por la mitad desde el hombro a la cintura.
—Lo mataste desde el caballo —dijo Ned.
Los ojos del Perro parecieron brillar a través de su espantoso yelmo canino.
—Corrió mucho. —Observó el rostro de Ned y se echó a reír—. Pero no lo suficiente".

"—Oye, no sé si lo sabes, pero eso mismo lo podrías decir por carta. —Tyrion Lannister tenía la sensación de que aquel día la gente le estaba pidiendo demasiado.
—Rickon aún no sabe leer. Y en cuanto a Bran... —Se detuvo bruscamente—. No sé qué mensaje enviarle a Bran. Ayúdalo, Tyrion.
—¿Cómo quieres que lo ayude? No soy un maestre que pueda aliviarle el dolor.
Ni conozco hechizos que le devuelvan las piernas.
—A mí me ofreciste ayuda cuando la necesitaba.
—No te ofrecí nada más que palabras.
—Entonces, dale palabras también a Bran.
—Le estás pidiendo a un cojo que enseñe a bailar a un tullido —dijo Tyrion—.
Por sincera que sea la lección, el resultado no puede ser más que grotesco. Pero sé lo que es querer a un hermano, Lord Nieve. Prestaré a Bran la poca ayuda que esté en mi mano.
—Gracias, mi señor de Lannister. —Se quitó el guante y le tendió la mano desnuda—. Amigo mío.
Tyrion se sintió extrañamente conmovido.
—La mayor parte de mis parientes son bastardos —dijo con una sonrisa irónica
—, pero eres el primero al que me une la amistad. —Se quitó el guante con los dientes, y estrechó la mano de Nieve, carne contra carne. El apretón del chico era firme y fuerte".

"—¿Y si se me cae? —preguntó Arya.
—El acero tiene que formar parte de tu brazo —replicó el hombre calvo—. ¿Se te puede caer parte del brazo? No. Syrio Forel fue la primera espada del señor del Mar de Braavos durante nueve años, y entiende de estas cosas, así que hazle caso, chico.
Era la tercera vez que la llamaba «chico».
—Soy una chica.
—Chico, chica, qué más da —bufó Syrio Forel—. Eres una espada, es lo único que importa.  Chasqueó los dientes—. Bien, así es como se agarra. No estás sujetando un hacha de guerra, tienes en la mano una...
—... aguja —terminó Arya en su lugar con decisión".

"Samwell Tarly era gordo, torpe y asustadizo, pero no carecía de cerebro. Una noche fue a ver a Jon a su celda.
—No sé qué hiciste —dijo—, pero sé que hiciste algo. —Apartó la vista con timidez—. Nunca había tenido un amigo.
—No somos amigos —dijo Jon. Puso una mano en el hombro carnoso de Sam—. Somos hermanos".

"Sansa se sobresaltó cuando Joffrey le puso la mano en el brazo.
—Se hace tarde —dijo el príncipe. Tenía una expresión extraña en el rostro, como si no la viera—. ¿Hace falta que te acompañe alguien para volver al castillo?
—No —empezó a decir Sansa. Miró a la septa Mordane, y se sobresaltó al ver que tenía la cabeza apoyada en la mesa y dormía con ronquidos suaves, muy propios de una dama—. Es decir... sí, gracias, eres muy amable. Estoy cansada, y el camino es tan oscuro... Me gustaría que alguien me protegiera.
—¡Perro! —llamó Joffrey.
Sandor Clegane apareció tan de repente como si hubiera surgido de la noche. Se había cambiado la armadura por una túnica de lana roja, con una cabeza de perro recortada en cuero y cosida en el pecho. La luz de las antorchas hacía que su rostro quemado brillara con un tono rojo mortecino.
—¿Sí, Alteza?
—Acompaña a mi prometida al castillo, que nada malo le suceda —le ordenó el príncipe con tono brusco. Y, sin siquiera despedirse, Joffrey se alejó de ella a zancadas.
A Sansa le parecía sentir físicamente la mirada del Perro.
—¿Creías que Joff te iba a acompañar en persona? —Se echó a reír. Su carcajada era como el gruñido de un perro peleando—. Ni lo sueñes. —La cogió del brazo para ponerla en pie; Sansa no se resistió—. Vamos, no eres la única que tiene sueño. He bebido demasiado, y puede que mañana tenga que matar a mi hermano".

"—¡Por los siete infiernos! —maldijo Robert—. ¿Es que lo tengo que hacer todo yo? ¡Malditos mequetrefes! ¡Recoge eso! ¡No te quedes ahí mirando, Lancel, recógelo! —El chico se precipitó a obedecer, y sólo en ese momento se dio cuenta el Rey de su presencia—. Mira qué par de alcornoques, Ned. Mi esposa insistió en que estos dos me sirvieran de escuderos, y son peor que inútiles. Ni siquiera saben ponerme la armadura. Escuderos, ¡ja! No son más que porqueros vestidos de seda.
—No es culpa de los chicos —dijo Ned al rey. Sólo necesitó echar un vistazo para comprender el problema—. Estás demasiado gordo para tu armadura, Robert. Robert Baratheon bebió un largo trago de cerveza, tiró el cuerno vacío a un lado, junto a las pieles con que se abrigaba por la noche, y se secó la boca con el dorso de la mano.
—¿Gordo? Gordo, ¿eh? —dijo con voz sombría—. ¿Te parece ésa manera de hablar a tu rey? —Dejó escapar una de sus carcajadas, repentina como una tormenta—. Ay, Ned, maldito seas, ¿por qué tienes razón siempre? —Los escuderos sonrieron nerviosos hasta que el Rey se volvió hacia ellos—. Vosotros. Sí, los dos. Ya habéis oído a la Mano. El Rey está demasiado gordo para esta armadura. Id a buscar a Ser Aron Santagar, decidle que necesito que me la arreglen. ¡Venga! ¿A qué esperáis?".

"—El escudero —dijo Ned. Sentía como si a él también lo hubieran envenenado—. Ser Hugh. —Engranajes dentro de engranajes dentro de engranajes. El corazón le latía a toda velocidad—. Pero,¿por qué? ¿Por qué en estos momentos? Jon Arryn fue la Mano del Rey durante catorce años, ¿qué hacía ahora para que lo mataran?
—Preguntas —replicó Varys al tiempo que salía por la puerta".

"Y así fue, el hermano negro se apartó a un lado con discreción cuando intervino el anciano caballero que acompañaba a Lady Catelyn Stark.
—Desarmadlos —dijo; el mercenario llamado Bronn se adelantó para cogerle la espada de la mano a Jyck y quitarles las dagas—. Bien —asintió el anciano. La tensión en la sala común había cedido de manera palpable—. Excelente.
Tyrion reconoció entonces la voz gruñona del maestro de armas de Invernalia, sólo que sin bigotes.
—¡No lo matéis aquí! —suplicó a Catelyn la posadera con una lluvia de salivillas teñidas de escarlata.
—No lo mates en ninguna parte —puntualizó Tyrion".

"—No hay castillo inexpugnable. —Catelyn sintió deseos de abofetearla.
Se dio cuenta de que el tío Brynden había intentado alertarla.
—Éste, sí —insistió Lysa—. Todo el mundo lo dice. Sólo tengo un problema, ¿qué voy a hacer con ese Gnomo que me has traído?
—¿Es un hombre malo? —preguntó el señor del Nido de Águilas.
El pecho de su madre se le escapó de la boca. El pezón estaba enrojecido y húmedo.
—Malo, muy malo —le dijo Lysa mientras se cubría—. Pero mamá no dejará que le haga nada al pequeñín.
—Haz que vuele el hombre malo —pidió Robert, entusiasmado.
—Puede que sí —murmuró Lysa acariciándole el pelo—. Puede que sea eso lo que haga".

"Estaba disponiendo el último de los regalos, una capa de seda verde como la hierba con ribete gris que destacaría su cabello color plata, cuando llegó Viserys.
Llevaba a rastras a Doreah, que tenía un ojo amoratado.
—¿Cómo te atreves a enviarme a esta puta para que me de órdenes? —rugió al tiempo que lanzaba a la doncella contra la alfombra.
—Sólo quería... —Su rabia cogió a Dany por sorpresa—. Doreah, ¿qué le dijiste?
—Perdonadme, khaleesi, lo siento mucho. Fui a verlo, como me dijisteis, y le dije que habíais ordenado que cenara contigo.
—Nadie da órdenes al dragón —ladró Viserys—. ¡Soy tu rey! ¡Te tendría que haber enviado su cabeza!
La joven lysena dejó escapar un gemido, pero Dany la tranquilizó con una caricia.
—No tengas miedo, no te va a hacer daño. Por favor, hermano mío, perdónala, sólo ha cometido un error. Le dije que te pidiera que cenaras conmigo, si lo deseabas.
—Lo cogió de la mano y lo llevó al otro extremo de la estancia—. Mira. Son para ti.
—¿Qué es eso? —Viserys frunció el ceño con desconfianza.
—Ropas nuevas. —Dany sonrió con timidez—. Las he mandado hacer para ti.
—Son harapos dothrakis —dijo su hermano mirándola despectivamente—. ¿Ahora pretendes vestirme?
—Por favor... son más frescos, y estarás más cómodo, y me pareció que... si
vestías como los dothrakis... —Dany no sabía cómo expresarlo sin despertar al dragón.
—Y luego querrás que me haga trenzas en el pelo.
—No, yo no... —¿Por qué era siempre tan cruel? Sólo pretendía ayudarlo—. No tienes derecho a llevar trenzas, aún no has conseguido ninguna victoria.
Era justo lo que no debía decir. La ira relampagueó en los ojos liláceos de su hermano, pero no se atrevió a golpearla: las doncellas estaban delante, y los guerreros de su khas en el exterior. Cogió la capa y la olfateó.
—Huele a estiércol. Igual la utilizo como manta para mi caballo.
—Hice que Doreah la bordara especialmente para ti —dijo ella, dolida—. Son ropas dignas de un khal.
—Soy el Señor de los Siete Reinos, no un salvaje manchado de hierba con campanas en el pelo —le espetó Viserys. La agarró por el brazo—. Parece que lo has olvidado, zorra. ¿Te crees que esa barriga gorda que tienes te protegerá si despiertas al dragón?
Le hacía daño en el brazo con los dedos, y por un momento Dany sintió que el niño que llevaba en sus entrañas aullaba ante su ira. Extendió la otra mano y cogió lo primero que encontró, el cinturón que había querido regalarle, una pesada cadena de medallones de bronce. Lo blandió con todas sus fuerzas. Le acertó de lleno en la cara. 
Viserys la soltó. Le corría la sangre por la mejilla, uno de los medallones le había hecho un corte.
—Tú eres el que parece olvidar algo —le dijo—. ¿Es que no aprendiste nada aquel día, en la hierba? Márchate ahora mismo, o llamaré a mi khas para que te saque de aquí. Y reza para que Khal Drogo no se entere de esto, o te abrirá el vientre y te hará comer tus entrañas".

"—¿Es el hombre malo? —había preguntado, aferrado a su muñeco.
—Sí —respondió Lady Lysa, sentada a su lado en un trono menor.
Iba vestida de azul, perfumada y empolvada en honor a los pretendientes que invadían la corte.
—¡Qué pequeño es! —dijo con una risita el señor del Nido de Águilas.
—Es Tyrion el Gnomo, de la Casa Lannister, el que mató a tu padre. —La mujer alzó la voz para que la oyeran en todos los rincones de la Sala Alta del Nido de
Águilas, para que las palabras resonaran contra las paredes blancas y las esbeltas columnas, para que todos los presentes la escucharan—. ¡Él mató a la Mano del Rey!
—Vaya, ¿a él también lo maté yo? —bromeó Tyrion como un idiota".

"—Pues qué ocupado he estado últimamente —dijo con amargo sarcasmo—. ¿De dónde habré sacado tiempo para matar a tanta gente?
Debería haber recordado a quién se enfrentaba. Mientras estaban en la corte, Lysa Arryn y su hijo enfermizo y medio loco nunca disfrutaron con las muestras de ingenio, y menos si iban dirigidas contra ellos.
—Gnomo —dijo Lysa con tono gélido—, vigilad qué decís con esa lengua burlona, y cuando os dirijáis a mi hijo hacedlo con cortesía, u os aseguro que os daré motivos para lamentarlo. Recordad dónde estáis. Esto es el Nido de Águilas, los que os rodean son caballeros del Valle, hombres de verdad que querían a Jon Arryn.
Todos y cada uno de ellos morirían por mí.
—Lady Arryn, si me sucede algo malo mi hermano Jaime estará encantado de encargarse de ese tema. —No había terminado de pronunciar aquellas palabras cuando se dio cuenta de que estaba cometiendo una locura.
—¿Sabéis volar, mi señor de Lannister? —preguntó Lysa—. ¿Acaso los enanos tienen alas? Si no es así, lo más sensato será que os traguéis la próxima amenaza que se os ocurra.
—No era una amenaza —replicó Tyrion—, sino una promesa".

"—La chica, la Targaryen... —Ned cogió el broche de plata.
Por lo visto no le dejaba ninguna elección. La pierna le palpitaba, y se sentía impotente como un bebé.
El Rey dejó escapar un gemido.
—Por los siete infiernos, no empieces con ella otra vez. Está decidido. No pienso discutirlo más.
—¿Por qué quieres que sea la Mano, si te niegas a escuchar mis consejos?
—¿Por qué? —Robert se echó a reír—. ¿Y por qué no? Alguien tiene que gobernar este maldito reino. Ponte el broche, Ned. Te sienta muy bien. Y si alguna vez vuelves a tirármelo a la cara, te juro que se lo pondré a Jaime Lannister".

"—¿Ha terminado, Madre? —preguntó el señor del Nido de Águilas.
Catelyn deseaba decirle que no, que aquello acababa de empezar.
—Sí —dijo Lysa, sombría, con voz tan fría y muerta como el capitán de su guardia.
—¿Ahora puedo hacer volar al hombrecillo?
—A este hombrecillo, no —dijo Tyrion Lannister poniéndose en pie al otro lado del jardín—. Este hombrecillo se va en la cesta de los nabos, muchas gracias.
—Dais por supuesto... —comenzó a decir Lysa.
—Doy por supuesto que la Casa Arryn no olvida sus propias palabras —repuso el Gnomo—. «Tan Alto como el Honor»".

"—Ya estaba muriéndose —replicó Bronn—. Y con sus gemidos no hacía más que atraer a los bandidos. Chiggen hubiera hecho lo mismo conmigo. Y no era mi amigo, sólo cabalgaba conmigo. No te equivoques, enano: luché por ti, pero no te tengo aprecio.
—Necesitaba tu espada, no tu amor eterno —replicó Tyrion.
Soltó la brazada de leña en el suelo. Bronn sonrió".

"—El dolor es un regalo de los dioses, Lord Eddard —le dijo el Gran Maestre Pycelle—. Significa que el hueso se suelda y que la carne se cura. Podéis estar agradecido.
—Estaré agradecido cuando la pierna me deje de doler.
—La leche de la amapola, para cuando el dolor sea demasiado gravoso. —Pycelle puso un frasco con corcho sobre la mesita, junto a la cama.
—Ya duermo demasiado.
—El sueño es el mejor médico.
—Tenía la esperanza de que lo fuerais vos.
—Me alegra veros de un humor tan agresivo, mi señor. —Pycelle le dedicó una sonrisa débil. Se inclinó hacia él y bajó la voz—".

"—He cometido más errores de los que podéis imaginar —dijo Ned—, pero ése no fue uno de ellos.
—Claro que lo fue, mi señor —insistió Cersei—. Cuando se juega al juego de tronos sólo se puede ganar o morir. No hay puntos intermedios.
Se echó la capucha sobre el rostro para cubrir la magulladura y lo dejó en la oscuridad, junto al roble, en medio del silencio del bosque de dioses y bajo un cielo cada vez más oscuro. Las estrellas empezaban a brillar".

"Dany dejó escapar un grito de terror. Ella sabía qué significaba sacar allí la espada, aunque su hermano no lo comprendiera.
—Ahí está —dijo con una sonrisa.
Al oírla, Viserys había vuelto la cabeza, como si la viera por primera vez. Avanzó hacia ella hendiendo el aire, como si se abriera paso entre sus enemigos, aunque nadie se había interpuesto en su camino.
—La espada... no debes... —le suplicó—. Por favor, Viserys. Está prohibido. Deja la espada, comparte mis cojines. Hay comida, bebida... ¿quieres los huevos de dragón? Te los daré, pero suelta la espada.
—Haz lo que te dice, idiota —le gritó Ser Jorah—. ¡Vas a hacer que nos maten a todos!
—No pueden matarnos —dijo Viserys entre risas—. En la ciudad sagrada no pueden derramar sangre... pero yo sí. —Puso la punta de la espada entre los pechos de Daenerys, y la fue deslizando por la curva de su vientre—. Vengo a buscar lo que es mío —dijo—. Quiero la corona que me prometió. Te compró, pero no te pagó. Dile que quiero que me pague, o te llevaré lejos. A ti y a los huevos. Si quiere, se puede quedar con su potrillo. Te lo sacaré de la barriga y se lo dejaré aquí. —La punta de la espada apartó las sedas y le pinchó el ombligo.
Dany vio que Viserys estaba llorando. Llorando y riendo a la vez. Y aquel hombre había sido su hermano.
Muy lejos, como si fuera en otro mundo, Dany oyó los sollozos de su doncella Jhiqui, diciendo que no se atrevía a traducir aquello, que el khal la ataría a su caballo y la arrastraría hasta la Madre de las Montañas. Rodeó a la chica con un brazo.
—No tengas miedo —dijo—. Yo se lo contaré. —No sabía si conocía suficientes palabras, pero cuando terminó Khal Drogo pronunció unas cuantas frases secas en dothraki, y Dany supo que la había comprendido.
El sol de su vida bajó del banco alto.
—¿Qué ha dicho? —preguntó sobresaltado el hombre que había sido su hermano.
En la sala se había hecho un silencio tal que podía oír el tintineo de las campanillas en el pelo de Khal Drogo al caminar. Sus jinetes de sangre lo siguieron como tres sombras cobrizas. Daenerys se había quedado fría.
—Dice que tendrás una corona de oro tan espléndida que los hombres temblarán al contemplarla.
Viserys sonrió y bajó la espada. Aquello fue lo más triste, lo que más adelante desgarraría el alma, su manera de sonreír.
—Eso es todo lo que quería —dijo—. Lo que me prometió.
Cuando el sol de su vida llegó junto a ella, Dany le rodeó la cintura con un brazo.
El khal dio una orden, y sus jinetes de sangre avanzaron. Qotho agarró por los brazos al hombre que había sido su hermano. Haggo le rompió la muñeca con un simple movimiento brusco de sus manos enormes. Cohollo le quitó la espada de sus flácidos dedos. Y ni siquiera entonces comprendió Viserys qué iba a suceder.
—No —gritó—. ¡No podéis tocarme, soy el dragón, el dragón, y quiero mi corona!
Khal Drogo se soltó el cinturón. Los medallones eran enormes, de oro puro, muy ornamentados, cada uno de ellos tenía el tamaño de la mano de un hombre. Gritó una orden. Los esclavos de las cocinas sacaron un pesado caldero de hierro del hogar, derramaron el guiso por el suelo, y volvieron a ponerlo sobre las llamas. Drogo tiró su cinturón al interior y observó con rostro inexpresivo cómo los medallones se ponían al rojo y empezaban a deformarse. Dany vio cómo las llamas bailaban en sus ojos de ónice. Un esclavo le tendió un par de gruesos mitones de piel de caballo, y él se los puso sin siquiera mirarlo.
Viserys empezó a chillar, el grito agudo y sin palabras del cobarde que se enfrenta a la muerte. Pataleó, se retorció, lloriqueó como un perro y sollozó como un niño.
Pero los dothrakis lo sujetaron con fuerza. Ser Jorah había conseguido llegar al lado de Dany. Le puso una mano en el hombro.
—Daos la vuelta, princesa, os lo suplico.
—No —respondió ella. Se puso las manos sobre el vientre en gesto protector.
—Hermana, por favor... —Por fin Viserys había clavado la mirada en ella—.
Dany, diles... haz que... hermanita...
Cuando el oro estuvo medio fundido, casi líquido, Drogo cogió el caldero.
—¡Corona! —rugió—. Aquí. ¡Una corona para Rey del Carro! —Y puso el caldero en la cabeza del hombre que había sido su hermano.
El sonido que emitió Viserys Targaryen cuando aquel espantoso yelmo de hierro le cubrió la cara no fue humano. Sus pies marcaron un ritmo frenético en el suelo de tierra, se agitaron y al final se detuvieron. Sobre el pecho le cayeron goterones de oro fundido, y la seda escarlata empezó a humear... pero no se derramó ni una gota de sangre.
Dany se sentía extrañamente tranquila.
«No era un dragón —pensó—. El fuego no mata a un dragón»".

"—Robert... —Quería decirle que Joffrey no era su hijo, pero no le salieron las palabras. El dolor en el rostro de Robert era demasiado evidente, no podía causarle más daño. Así que se inclinó y escribió, pero en vez de «mi hijo Joffrey» puso «mi heredero». Aquello hizo que se sintiera sucio. «Las mentiras que decimos por amor. Que los dioses me perdonen», pensó—".

"—Será mejor que volvamos, mi señor —dijo a Bowen Marsh—. Está oscureciendo, y esta noche hay un olor que no me gusta.
De pronto, Fantasma volvió con ellos; apareció caminando con pasos silenciosos entre dos arcianos. «Pelaje blanco y ojos rojos —advirtió Jon, inquieto—. Igual que los árboles.»
El lobo llevaba algo entre los dientes. Algo negro.
—¿Qué es eso? —preguntó Bowen Marsh con el ceño fruncido.
—Ven conmigo, Fantasma. —Jon se arrodilló—. Trae eso.
El lobo huargo trotó hacia él. Jon oyó cómo a Samwell Tarly se le escapaba una exclamación.
—Por los dioses —murmuró Dywen—. Es una mano".

"Mientras sus hombres morían en torno a él, Meñique sacó la daga de Ned de su funda y se la puso bajo la barbilla. Esbozó una sonrisa de disculpa.
—Os lo advertí. Os advertí que no confiarais en mí".

"—Arya, chica —dijo sin mirarla, sin apartar los ojos de los Lannister—, hoy ya no danzaremos más. Vete ya. Corre con tu padre.
—«Veloz como un ciervo» —susurró Arya; no quería dejarlo solo, pero Syrio la había enseñado a obedecer sus órdenes.
—Eso es —dijo Syrio Forel mientras los Lannister se acercaban".

"«El miedo hiere más que las espadas», le susurró la voz tranquila en su interior".

"—Tyrion —dijo, sorprendido.
—Tío —saludó Tyrion con una reverencia—. Y mi señor padre. Qué gran placer encontraros aquí.
Lord Tywin, sin moverse de la silla, dirigió a su hijo enano una mirada larga, escrutadora.
—Ya veo que las noticias de tu muerte eran infundadas.
—Lamento decepcionarte, padre —dijo Tyrion—. No hace falta que saltes para abrazarme; no quiero que te canses. —Cruzó la habitación en dirección a su mesa, plenamente consciente del vaivén al que lo sometían en cada paso sus piernas, tan cortas—. Qué amable por tu parte, ir a la guerra por mí. —Se aupó a una silla y se sirvió un vaso de la cerveza de su padre.
—En mi opinión tú fuiste el que comenzó todo esto —replicó Lord Tywin—. Tu hermano Jaime jamás se habría dejado capturar tranquilamente por una mujer.
—Es una de las diferencias que hay entre Jaime y yo. Y otra es que Jaime es más alto, no sé si te habrás dado cuenta.
—El honor de nuestra Casa estaba en juego —dijo su padre haciendo caso omiso de la chanza—. No me quedó más remedio. Nadie derrama sangre Lannister con impunidad.
—Oye mi Rugido —recitó Tyrion con una sonrisa. Era el lema de los Lannister—".

"—¿Me podéis sacar de este agujero? —Ned escrutó el rostro del eunuco, en busca de la verdad oculta bajo las cicatrices falsas y la barba postiza. Probó un poco más de vino. Le entró con mayor facilidad.
—Puedo, pero... ¿lo haré? No. Habría muchas preguntas, y las respuestas apuntarían en mi dirección.
—Sois franco. —Había sido la respuesta que Ned esperaba.
—Un eunuco no tiene honor, y una araña no puede permitirse el lujo de los escrúpulos, mi señor".

"—Vuestros fines. ¿Cuáles son, Lord Varys?
—La paz —replicó Varys sin titubear—. Si había alguien en Desembarco del Rey que intentara por todos los medios mantener con vida a Robert Baratheon, ése era yo.
—Suspiró—. Durante quince años conseguí protegerlo de sus enemigos, pero no pude protegerlo de sus amigos".

"—¿Estáis seguro de que Jon Arryn iba a enviar a su hijo como pupilo con Lord Stannis? —El nombre que pusiera Lady Frey a su bebé no era cuestión que interesara a Catelyn.
—Sí, sí, sí —replicó el anciano—. Pero murió, así que ya no importa. Bueno, entonces queréis cruzar el río, ¿verdad?
—Sí.
—¡Pues no! —exclamó Lord Walder, crispado—. ¡No cruzaréis el río sin mi permiso! ¿Por qué os lo voy a permitir? Los Tully y los Stark no han sido nunca amigos míos. —Se recostó en el trono, cruzó los brazos y sonrió, a la espera de su respuesta.
El resto fue cuestión de regateo.
El sol rojizo empezaba a ponerse tras las colinas del oeste cuando las puertas del castillo se abrieron de nuevo. El puente levadizo descendió, el rastrillo fue izado, y Lady Catelyn Stark salió a caballo para reunirse con su hijo y sus señores vasallos. Tras ella iban Ser Jared Frey, Ser Hosteen Frey, Ser Danwell Frey, y el hijo bastardo de Lord Walder, Ronel Ríos, al mando de una columna de hombres armados con picas, todos con cotas de mallas de acero azul y capas color gris plateado.
Robb se adelantó al galope para recibirla. Viento Gris corría al lado de su semental.
—Ya está —le dijo Catelyn a su hijo—. Lord Walder te da permiso para cruzar.
Sus espadas están a tus órdenes, a excepción de cuatrocientos hombres que se quedarán aquí para defender Los Gemelos. Te sugiero que dejes tú también a cuatrocientos hombres, entre arqueros y espadachines. No creo que ponga objeciones... pero asegúrate de que das el mando a alguien en quien confíes. Puede que haga falta que ayude a Lord Walder a conservar la fe.
—Como tú digas, madre —respondió Robb al tiempo que miraba a los hombres armados con picas—. ¿Qué te parece... Ser Helman Tallhart?
—Buena elección.
—¿Qué... qué quiere él de nosotros?
—Si puedes prescindir de unas cuantas espadas, necesito que algunos hombres escolten a dos de los nietos de Lord Frey hasta Invernalia —respondió—. He accedido a acogerlos como pupilos. Son niños pequeños, uno de ocho años y otro de siete. Por lo visto los dos se llaman Walder. Así tu hermano Bran tendrá muchachos de su edad que le hagan compañía.
—¿Nada más? ¿Dos pupilos? Es un precio bajo para...
—El hijo de Lord Frey, Olyvar, vendrá con nosotros —siguió—. Será tu escudero personal. Su padre desea que, cuando llegue el momento, sea nombrado caballero.
—Un escudero. —Se encogió de hombros—. Bien, muy bien, si es...
—Además, si tu hermana Arya vuelve sana y salva tendrá que casarse con el hijo más joven de Lord Walder, Elmar, en cuanto los dos alcancen la mayoría de edad.
—A Arya no le va a hacer la menor gracia. —Robb se había quedado perplejo.
—Y cuando acabe la batalla, tú tendrás que casarte con una de sus hijas —terminó Catelyn—. Ha accedido generosamente a que elijas tú mismo a la que más te guste. Tiene muchas.
—Ya veo. —Robb ni siquiera parpadeó.
—¿Accedes?
—¿Puedo negarme?
—Si quieres cruzar, no.
—Entonces, accedo —respondió Robb con solemnidad".

"—¿Te encuentras bien, Nieve? —preguntó Lord Mormont con el ceño fruncido.
—Bien —graznó el cuervo—. Bien.
—Sí, mi señor —mintió Jon en voz muy alta, como si así lo hiciera más cierto—.
¿Y vos?
—Ha intentado asesinarme un hombre muerto —replicó Mormont con mala cara—. ¿Cómo voy a estar bien? —Se rascó la barbilla".

"—¿Dónde la encontraste? —le preguntó Tyrion mientras meaba.
—Se la arrebaté a un caballero. No quería dejarla marchar, pero tu nombre hizo que cambiara de opinión... bueno, eso y mi daga en su garganta.
—Espléndido —replicó Tyrion secamente, al tiempo que se sacudía las últimas gotas—. Si mal no recuerdo, te pedí que me buscaras una puta, no que me crearas un enemigo.
—Todas las bonitas estaban ya cogidas —dijo Bronn—. Si prefieres una vieja desdentada, yo me quedaré con ésta.
—Mi señor padre diría que eso ha sido una insolencia —dijo Tyrion mientras se acercaba cojeando a él—, y te mandaría a las minas por impertinente.
—Por suerte para mí, tú no eres tu padre —replicó Bronn—. Había otra con la nariz llena de verrugas. ¿Te la traigo?
—Sé que te rompería el corazón —dijo Tyrion para devolverle el golpe—. Me quedo con Shae. ¿Recuerdas por casualidad el nombre de ese caballero? No quisiera tenerlo a mi lado durante la batalla.
—En la batalla seré yo quien estará a tu lado, enano. —Bronn se había levantado, ágil y rápido como un gato, haciendo girar la espada en la mano".

"La vanguardia se estaba agrupando a la izquierda. Lo primero que vio fue el estandarte, tres perros negros sobre campo de oro. Bajo él cabalgaba Ser Gregor, a lomos del caballo más grande que Tyrion había visto en su vida. Bronn le echó un vistazo y sonrió.
—En la batalla, sigue siempre al hombre más grande.
—¿Y eso por qué? —Tyrion lo miró con el ceño fruncido.
—Son un blanco magnífico. Y ese hombre va a atraer las miradas de todos los arqueros.
—La verdad es que nunca lo había considerado desde esa perspectiva. —Tyrion se echó a reír, y vio a la Montaña con otros ojos".

"«Ya no quedan héroes», susurró una vocecita en su interior, y recordó lo que Lord Petyr le había dicho en aquel mismo lugar: «La vida no es una canción, querida.
Algún día lo descubrirás, y será doloroso».
«En la vida real, los monstruos vencen», se dijo, y volvió a oír la voz del Perro, un sonido frío de metal contra piedra: «Ahorraos un poco de dolor, niña. Dadle lo que quiere»".

"—Recuerda, Drogo —susurró—. Recuerda la primera vez que montamos juntos, el día en que nos casamos. Recuerda la noche en que hicimos a Rhaego: todo el khalasar nos miraba; tus ojos estaban clavados en los míos. Recuerda lo clara y fresca que era el agua en el Vientre del Mundo. Recuerda, mi sol y estrellas.
Recuerda, y vuelve conmigo.
El parto la había dejado demasiado desgarrada para recibirlo en su interior, como hubiera querido, pero Doreah le había enseñado muchas cosas. Dany utilizó las manos, la boca, los pechos. Le recorrió el cuerpo con las uñas, lo cubrió de besos, le susurró al oído, rezó, le contó historias, y al final lo bañó con lágrimas. Pero Drogo no sentía, no hablaba, no se levantaba.
Cuando el amanecer empezó a llenar el horizonte, Dany comprendió que lo había perdido.
—Cuando el sol salga por el oeste y se ponga por el este —dijo con tristeza—. Cuando los mares se sequen y las montañas se mezan como hojas al viento. Cuando mi vientre vuelva a agitarse y dé a luz un niño vivo. Entonces volverás, mi sol y estrellas, no antes.
x
«Jamás —gritó la oscuridad—, jamás, jamás, jamás.»
Dany encontró en la tienda un cojín de seda suave relleno de plumas. Lo estrechó contra sus pechos y volvió con Drogo, su sol y estrellas.
«Si vuelvo la vista atrás, estoy perdida.» Cada paso le dolía, quería dormir, dormir y no soñar.
Se arrodilló, besó a Drogo en los labios y le apretó el cojín contra la cara".


"—Picas —suspiró Tyrion que sabía cómo terminaba la frase—. Cabezas. Murallas.
—Ya veo que has aprendido algo de mí.
—Más de lo que te imaginas, padre —respondió Tyrion con voz queda. Apuró el vino y dejó la copa sobre la mesa, pensativo. En cierto modo se sentía más complacido de lo que quería reconocer, pero otra parte de su ser recordaba demasiado bien la batalla río arriba, y se preguntaba si lo volverían a enviar a defender el flanco izquierdo.
—¿Por qué yo? —preguntó, inclinando la cabeza a un lado—. ¿Por qué no envías a mi tío? ¿O a Ser Addam, o a Ser Flement, o a Lord Serrett? ¿Por qué no envías a un hombre... más grande?
—Tú eres mi hijo —dijo Lord Tywin levantándose bruscamente.
Entonces fue cuando se dio cuenta.
«Lo das por perdido —pensó—. Hijo de la gran puta, crees que Jaime se puede dar por muerto, así que soy lo único que te queda.» Tyrion hubiera querido abofetearlo, escupirle a la cara, sacar el puñal y arrancarle el corazón para ver si estaba hecho de oro viejo y duro, como decía el pueblo llano. Pero se quedó allí, sentado, en silencio".









 George R. R. Martin