domingo, 6 de marzo de 2022

Citas: Historia de mujeres - Rosa Montero

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Agatha Christie, la eterna fugitiva:

"Y es que la existencia de Agatha Christie es una larga huida de la negrura, un combate secreto contra el caos".

"Los herederos de la era victoriana se apresuraron a dar fe de este naufragio: los escritores del grupo Bloomsbury, por ejemplo (Virginia Woolf, Lytton Stratchey, etcétera), construyeron sus obras aceptando el desorden y la fragmentación de la existencia, y entraron así literariamente en el siglo XX.
Agatha, en cambio, aun perteneciendo a la misma generación (era ocho años más joven que Virginia), se pasó toda la vida luchando contra el caos. Quiso ignorarlo y recuperar ese mundo anterior de orden y de normas, el universo intacto de su infancia. Por eso sus obras policiacas (setenta y nueve novelas, diecinueve piezas de teatro) son mundos circulares perfectamente explicables, juegos matemáticos para alivio no solo de la cabeza sino del corazón, universos previsibles en donde el bien y el mal ocupan lugares prefijados".

"¿Y por qué ese afán en tapar las vías de agua, por qué esa incapacidad de soportar el menor atisbo de los abismos? Quién sabe lo que nos hace ser a cada uno lo que somos: herencias de carácter, peripecias tempranas".

"Agatha fue la hija pequeña de un señorito bien encantador que dilapidó sus rentas tan alegremente que a su muerte, sucedida cuando Agatha solo tenía once años, había dejado sin un duro a la familia. Y así, a una edad muy temprana la futura escritora conoció la orfandad, la ruina y el amor asfixiante de una madre posesiva y depresiva de la que tuvo que hacerse cargo desde entonces.
Era el monstruo de la oscuridad asomando la garra".

"Manteniendo la boca cerrada no se ven los dientes rotos: y si no se ven, no existen".

"Había perdido por completo la memoria (había huido, se había fugado de sí misma)".

"En los libros de Christie jamás queda una pista por aclarar, un eslabón por engarzar, una pieza por encajar; pero pese a todos sus desvelos, pese a esos conjuros literarios con los que intentó protegerse de la fatalidad, en la vida real sí se produjo una ausencia, un borrón, una fisura.
Siempre tuvo que arrastrar dentro de sí esas horas sin recuerdo, ese agujero negro en donde anidaban su miedo y su locura, o lo que la gente llama locura, que tal vez consista en un agudo terror a no ser, en el desentendimiento del mundo y de uno mismo".

"Ella, que siempre había luchado tanto por conservar el control, que siempre había huido del terror interior y de las tinieblas, fue atrapada al fin por el perseguidor. Tal vez todos llevemos dentro a nuestro propio perseguidor; tal vez termine siempre por atraparnos; tal vez conocer esto, y no asustarse, sea el secreto mismo de la existencia".

Mary Wollstonecraft, arfiente soledad:

"Se marchó sola a París en mitad de la Revolución y vivió allí (o sería mejor decir sobrevivió, porque casi todos sus amigos fueron guillotinados) los angustiosos años del Terror".

"En la vida solo hay dos cosas en verdad irreversibles: la muerte y el conocimiento".

"No tengo espacio aquí para explicar los elevados costes que Mary tuvo que pagar por su vida: la incomprensión, la polémica, la censura social. Todo le fue muy difícil: educarse, ser independiente, encontrar el modo de ganarse la vida decentemente, amar, incluso escribir. Ser única bordea la locura. No es de extrañar que fuera una mujer crispada y melancólica".

"El amor de Imlay, sin embargo, fue tan breve e insustancial como correspondía a su carácter, de modo que cuando Mary dio a luz él ya se había cansado: se marchó a Inglaterra y se puso a vivir con una actriz. Entonces la pasión despechada de Wollstonecraft adquirió dimensiones enfermizas: le siguió a Londres, le lloró, le reclamó, se intentó suicidar dos veces, una con láudano y otra arrojándose al Támesis. «Me torturas», le llega a decir Imlay: y ciertamente la obsesión de Mary por él resulta agobiante. Pero hay que tener en cuenta lo que significaba por entonces el paso que Mary había dado: ahora era una perdida".

Zenobia Camprubí, la vida mortífera:

"Hay gente que le llama amor a cualquier cosa. Por ejemplo, a la necesidad patológica del otro, al parasitismo más feroz y destructivo".

"«La muerte repentina de mi padre se copió en mi alma y cuerpo, como en un espejo; o mejor, en una placa fotográfica. Me hirió, como una realidad a la placa, la muerte de mi padre. Y con la muerte grabada en mí, sentía morirme a cada instante»".

"Sin duda sufrió mucho: de eso se hacen eco, compasiva y litúrgicamente, todos sus estudiosos. Pero se me ocurre que hay locos y locos; hay enfermos dignos y conmovedores, que solo se dañan a sí mismos, y enfermos malignos que sobreviven a costa de destruir a los demás. Dice Rilke que todos morimos de nuestra propia muerte, y de la misma manera creo que todos enloquecemos de nuestra propia locura".

"«Todas las traducciones que hagamos de cosas bellas, las firmarás tú. Luego has de hacer algo original, ¿verdad? Yo quiero que, en el porvenir, nos unan a los dos en nuestros libros», dice Juan Ramón en una de sus cartas de conquista. Y Zenobia, que tenía aspiraciones literarias, bajó por fin sus defensas y se casó con él… para no volver a escribir nunca más nada propio, salvo sus modestísimos diarios. Tal vez estuviera pensando en todo esto (en las ilusiones rotas, en las vidas no vividas) cuando anotó en los cuadernos cubanos este conmovedor párrafo: «Cuando regresamos, las nubes se habían abierto hacia el noreste y el resplandor del atardecer […] hacía que el mundo pareciera nuevo […]. Y de repente todos los sueños infantiles se hicieron realidad y nos embargó la intensa esperanza de que todo este tiempo de incredulidad hubiera sido un desperdicio de la alegría»".

Simone de Beauvoir, voluntad de ser:

"Con todo, y en medio de tanta turbulencia, el mundo era aún muy inocente. Beauvoir y Sartre, por ejemplo, tuvieron siempre claro que querían ser famosos («yo era muy consciente de ser el joven Sartre, de la misma manera que uno dice el joven Berlioz o el joven Goethe») y dedicarse a «salvar el mundo a través de la literatura». ¿Quién podría hoy creer, en su sano juicio, que la literatura sirva para salvar el mundo, o siquiera que el mundo pueda ser susceptible de ser salvado de ningún modo?".

"«Wanda tiene el cerebro de un mosquito», decía Sartre a Beauvoir, refiriéndose a una amante a la que prometía encendido amor eterno; y de otra comenta: «Es una tía muy maciza que chupó mi lengua con la potencia de una aspiradora eléctrica». Ambos, después de jurar pasiones arrebatadas a la pobre Louise que los dos compartían («quiero que sepas que te amo apasionadamente y para siempre»), la despellejaban con total frialdad, planificando las mentiras que le dirían «para que sea feliz sin dar mucho la lata»".

"Eso es lo que parece buscar Beauvoir en los demás: el espejo de su propia grandeza. Y así, de Nathalie dice: «Me quiere por lo menos tanto como Louise me ha querido». Una frase sin duda reveladora de su manera de relacionarse con los demás: porque ante un nuevo amor uno suele resaltar las propias emociones (le amo más que a nadie), no hacer mercantiles cómputos comparativos sobre las cantidades de cariño que has recibido".

"Tal vez Sartre no fue capaz de amar de verdad a nadie; Simone, sin embargo, sí: amó fielmente a Sartre, o al menos amó profundamente el amor que ella inventó para él".

"Pero la vida es a menudo cruel y no hay voluntad humana, por muy poderosa que sea, capaz de resistir los vientos del azar".

"Simone contó a sus biógrafos Francis y Gontier los últimos instantes de Sartre: estaba en la cama del hospital y, sin abrir los ojos, dijo: «La amo mucho, mi querida Castor», y le ofreció los labios, que ella besó; y luego se durmió y murió. Conmovedora escena, perfecta culminación literaria de una vida de amor, que Francis y Gontier publicaron en su estupendo libro creyéndola cierta. Pero al parecer no sucedió así: fue Arlette quien estaba con Sartre cuando este murió. Simone llegó después e intentó meterse en la cama con el cadáver".

"Sea como fuere, ahora su imagen es más compleja y más humana: porque todos tenemos vergüenzas e incoherencias que ocultar en nuestra vida privada. Y al final, entre tanta gloria y tanta miseria, lo que queda es la magnífica proeza de haber sido libre y responsable de su propio destino. Para bien y para mal, Beauvoir se hizo a sí misma".

Lady Ottoline Morrell, el exceso y la grandeza:

"Fue la generación que enterró a la sociedad victoriana y estaban empeñados en dinamitar la mórbida rigidez de su moral; por eso reivindicaban lo emocional y se pasaban los días analizando hasta el más mínimo detalle sus atormentadas vidas íntimas. Viniendo como venían de un mundo de poder y orden en el que no habían existido ni el cuerpo ni los sentimientos, hablar del amante con el que se habían acostado la noche anterior era un acto revolucionario".

"Su vida por entonces era la travesía del desierto. Había sido tan poco convencional (solía decir que «la convencionalidad y la autocomplacencia son la muerte»: un pensamiento vigoroso) que tuvo que pagar socialmente un alto precio".

"Virginia Woolf, sobrecogida ante tanta entereza, terminó admirándola y queriéndola intensamente. De hecho se hicieron íntimas; y cuando Ottoline murió a los sesenta y cuatro años tras larga y enigmática enfermedad, Virginia escribió junto a T. S. Eliot este epitafio: «Leal y valiente / La más generosa, la más delicada / En la fragilidad de su cuerpo / Guardaba, sin embargo / Un espíritu bravo e indomable»".

Alma Mahler, con garras de acero:

"E incluso el biólogo Paul Kammerer, cuyo amor Alma nunca correspondió, comentaba: «Cuando estoy con ella, acumulo la energía que preciso para producir»".

"Y es que Alma era una especie de batería existencial, capaz de encender el mundo de colores.
Esa electricidad interior, esa potencia vital, se recargaba una y otra vez en el amor. Pero no en un amor simple y cotidiano, sino en la pasión más arrebatada. En ese sentimiento romántico y arrasador, producto de la imaginación, por el cual se busca la fusión absoluta con el otro, el alma gemela. Un objetivo inhumano, imposible, que lleva siempre a la repetición infinita de la búsqueda amorosa".

"Pero aunque Alma no fuera una santa (¿quién lo es?), jamás he entendido la inquina y la mezquindad con que generalmente se la trata".

"En su época y en su piel no pudo ni supo hacerlo, aunque siempre fue consciente de sus contradicciones: «Con harta frecuencia el matrimonio desplaza en la mujer su propio yo de un modo extraño», apunta en su diario. Y más adelante añade una ironía autodespectiva y amarga sobre su condición secundaria frente al hombre: «Con garras de acero voy haciendo mi nido robado… cada genio no es para mí más que la paja que me hace falta… un poco de botín para mi nido»".

"Con esas mismas garras de acero, sin embargo, se aferró a la existencia; y vivió, vivió con gran intensidad, por encima de sus muchos sufrimientos y de todos los límites. «He tenido una vida hermosa», dice Alma al final de su autobiografía: «Cualquier persona puede hacerlo todo, pero tiene que estar también dispuesta a todo»".

María Lejárraga, el silencio:

"Murió en Buenos Aires, lúcida y activa, pocos meses antes de cumplir cien años. Eso fue en 1974: es decir, ayer mismo. Y sin embargo su nombre ni nos suena. Cuando la izquierda empezó a recuperar a sus santos y a meterlos en hornacinas, de ella se olvidaron".

"Y por último María se refiere a «la que tal vez sea la razón más fuerte», que es el amor (o más bien un concepto de amor que se parece demasiado a una enfermedad): «Casada, joven y feliz, acometióme ese orgullo de humildad que domina a toda mujer cuando quiere de veras a un hombre»".

"«Las mujeres callan porque, aleccionadas por la religión, creen firmemente que la resignación es virtud; callan por miedo a la violencia del hombre; callan por costumbre de sumisión; callan, en una palabra, porque en fuerza de siglos de esclavitud han llegado a tener alma de esclavas»".

"Este ajuste de cuentas también se da en los textos dramáticos. Como señala agudamente la profesora Alda Blanco, los personajes de No le sirven las virtudes de su madre, una obra escrita en 1939, parecen hablar por la autora. Una suegra le increpa a su yerno viudo: «Fue tu compañera y no fue tu igual… Pensó contigo, luchó contigo, trabajó contigo… ¡tú solo triunfaste!
¿Quién se ha retirado, a la hora del triunfo, para dejarte a ti toda la vanagloria? ¿Quién ha hecho el silencio en torno suyo para que no se oyera más que tu voz? Ella fue la mujer que despertó del sueño secular y sintió su derecho como un pecado; la que, consciente de su inteligencia, se la quiso hacer perdonar como un crimen». Amargas palabras que tal vez María nunca formuló en la intimidad pero que hizo decir en el espacio público a un Gregorio ficticio".

Laura Riding, la más malvada:

"Dejémoslo claro desde el primer momento: Laura Riding era una bruja. Y lo digo en todos sus sentidos, desde el más metafórico al más literal: porque ella creía tener poderes. Se consideraba a sí misma una criatura supernatural, una diosa, y durante una época de su vida se autodenominó Conclusión, vaya usted a saber por qué abracadabrante razonamiento. Porque estaba muy loca, por supuesto. Pero era la suya esa locura negra, esa oscuridad ardiente y pavorosa que anida en el corazón de los humanos: un abismo de perdición reconocible".

"A ella la depositaron en un hotel, le dieron una botella de coñac y le dijeron: «Bébete esto y olvida tus lágrimas»".

"Al amanecer, Laura, dándose cuenta de que había perdido su poder sobre Phibbs, consideró que eso era el triunfo del demonio (ella era el Bien, y no amarla era entregarse al Mal), se sentó elegantemente en el alféizar de la ventana, les miró a los tres, dijo «Adiós, amigos» y se tiró al vacío desde un cuarto piso. Robert salió corriendo escaleras abajo y al llegar al tercer piso se arrojó a su vez por la ventana. Phibbs también salió corriendo, pero sin parar: franqueó la puerta de la calle y desapareció en lontananza".

"Robert solo estaba magullado, pero Laura se había pulverizado cuatro vértebras y tenía la médula espinal al aire. Asombrosamente, y contra todo pronóstico, no solo no murió, sino que ni tan siquiera se quedó paralizada. Lo cual hizo que aumentara su delirio divino: ella era mágica, sagrada, había muerto y renacido por los pecados de los demás".

"Y es que lo que llamamos locura no es algo que esté fuera de nosotros, sino que es un ingrediente habitual de los humanos (tal vez lo que varíen sean las proporciones, el equilibrio)".

"Tom Matthews resumió con conmovedora agudeza el trágico destino de Riding cuando dijo que leerla era «como oír a un hombre que ansía apasionadamente ser oído, pero que tiene tal defecto de dicción que no puede ser entendido»".

"Laura fregaba, cocinaba y limpiaba para Schuyler, y no volvió a escribir jamás un solo poema: él acabó con ella (y ella con él)".

George Sand, la plenitud:

"Años después volvería a triunfar la convencionalidad, pero entonces se luchaba contra las viejas normas, o más bien contra toda norma, porque ser romántico era estar en perpetua evolución, perpetua búsqueda, perpetuo aprendizaje: por eso el viaje, y la figura del viajero, eran el emblema del Romanticismo".

"De todo esto, de las paradojas del amor y de las mentiras de la pasión, tan dolorosas como una gran verdad, George Sand sabía mucho. Poseía una ardiente y generosa capacidad para enamorarse («no puedo, ni quiero, vivir sin amor») e hizo uso de ella de manera abundante".

"«Me embarco en el tempestuoso mar de la literatura. Hay que vivir»".

"Y así, en el libro Cartas de un viajero, por ejemplo, escrito, como el resto de su obra, desde la voz de un varón, el narrador llega a decir: «Yo soy un poeta, esto es, en realidad una mujer», cerrando el círculo de ambigüedades y transgresiones: es la dama que finge ser un hombre que se confiesa femenino".

"A los treinta y cuatro años, Sand se encontraba cansada de sí misma y de su compulsiva necesidad de amar, que le hacía inventarse una pasión tras otra:
«Siempre persiguiendo sombras: me hastío»".

"Tres horas antes de que empezaran los dolores escribió sus últimas líneas en la carta que dirigió a un sobrino: «No te preocupes. He visto a otros y además ya he durado mucho, no me entristece ninguna eventualidad. Creo que todo está bien, vivir y morir, es morir y vivir cada vez mejor. Tu tía que te ama, George Sand»".

Isabelle Eberhardt, Hambre de martirio:

"«Mi ambición de hacerme un nombre y una posición [en el mundo de las letras] es algo secundario. Escribo como amo, porque probablemente es mi destino. Y es mi único consuelo»".

"«Me di cuenta de que estaba maldita desde el día de mi nacimiento, destinada a sufrir, condenada a la soledad y la desesperanza»".

"«Yo nunca sabré quién soy, o cuál es el sentido de mi sino, uno de los más extraordinarios que jamás ha habido»".

"Y te preguntas, como ella misma se preguntaba, por qué la persiguen tanto, por qué la toman por quien no es, por qué la escogen para el atentado, cuando ella verdaderamente no hacía nada: era una persona más bien contemplativa, marginal, inerte. Pero se diría que su falta de identidad, esa plasticidad con la que se convertía en cualquier cosa (en hombre y en mujer, en occidental y en oriental, en mística y en pecadora) funcionaba también para los otros: Isabelle era un vacío que los demás llenaban con sus propias proyecciones".

"Durante toda su vida, Isabelle Eberhardt intentó colmar ese vacío y construirse una columna vertebral de dogmas y certidumbres ciegas en la que apoyarse. Pero, curiosamente, cuanto más se esforzaba en ser más se destruía, incluso físicamente: en sus últimas fotos está horrenda".

Frida Kahlo, el mundo es una cama:

"No solemos prestar la debida atención al importante papel que la cama juega en nuestras vidas. Nacemos en una cama y morimos en otra, y la mitad de nuestra existencia transcurre dentro de ella. La cama cobija nuestras enfermedades, es el nido de nuestros sueños, el campo de batalla del amor. Es nuestro espacio más íntimo, la guarida primordial del animal que llevamos dentro. Para Frida Kahlo, la pintora mexicana, esposa del muralista Diego Rivera, la cama era todo esto y mucho más: refugio, potro de tortura, altar sagrado. Pero Frida, por supuesto, era un animal herido".

"«Me pinto a mí misma porque estoy a menudo sola y porque soy el tema que mejor conozco»".

"En casa de la fotógrafa comunista Tina Modotti le presentaron formalmente a Diego Rivera, que esa noche se lio a tiros y rompió un fonógrafo. A Frida le encantó desde el primer momento «aunque me asustara». O tal vez le encantó porque la asustaba".

Aurora y Hildegart Rodríguez, Madre muerte:

"«Sentí cómo mi alma se iba al niño y cómo se modelaba el alma de este». No es la descripción de un método educativo, sino más bien de una posesión diabólica".

"Porque no era femenino tener inquietudes culturales, ni ser inteligente, independiente o responsable de tu vida, y ni siquiera poseer opiniones propias sobre las cosas; pero, si no te adaptabas a ese modelo mutilado de mujer, eras una puta, una enferma, un monstruo".

"«Es mucho más penoso matar a una hija que parirla; de parir son capaces todas las mujeres, de matar a sus hijos, no»".

Margaret Mead, anidar en el viento:

"Hay personas que, con el transcurrir de la vida, simplemente envejecen; otras, más sabias o más afortunadas, van madurando; otras, por el contrario, se pudren, y aun otras, en fin, se desbaratan; y todos estos procesos tienen a menudo un claro reflejo en el aspecto físico".

"Si hay algo claro en ella (casi todo es confuso) es la velocidad a la que vivía. Corría por la existencia como si huyera de algo: se levantaba todos los días a las cinco de la mañana y antes de llegar a su despacho del museo Americano de Historia Natural ya había escrito 3000 palabras. Hizo 39 libros, 1397 artículos y 43 obras filmadas o grabadas, y llevó a cabo una quincena de estudios de campo en lugares remotos. Pero además, y entre otras cosas, dio clases en diversas universidades, trabajó treinta años como conservadora del museo, participó en todo tipo de conferencias, dirigió el Comité de Hábitos Alimenticios (organismo oficial que luego se convirtió en la UNESCO), concedió tantas entrevistas como una actriz de Hollywood, se casó tres veces y para colmo tuvo una hija, Catherine Bateson, también antropóloga, a la que estudió estrechamente como si fuera una cobaya: «Nunca vivimos simplemente», cuenta Catherine en un libro sobre sus padres, «siempre estábamos reflexionando sobre nuestras vidas»".

"«Cada diferencia es de gran valor y digna de aprecio», escribió Mead en un prólogo en 1962".

"Margaret no parecía sentir por él la más mínima emoción y cuando salían juntos, siendo novios, se pasaban las horas contemplando el cielo en vez de mirarse el uno al otro (o de no mirarse en absoluto y dedicarse a otros afanes más carnales, como hubiera sido lo normal en unos enamorados de veinte años)".

"Fue a Gregory Bateson, alto, elegante y guapo, a quien más quiso. Con él tuvo a los treinta y ocho años su única hija; y cuando se divorciaron a instancias de él, en 1950, Mead se sintió muy mal. Pero es que Margaret corría demasiado por la vida y era imposible mantenerse a su lado: «Yo no pude seguirla y ella no pudo parar», dijo Bateson como explicación de la ruptura".

"Pero ya digo que, con el tiempo, algo se rompió, algo se desbarató dentro de ella. Tal vez corrió tanto que acabó por dejar atrás su propia sombra: su médula, su centro de equilibrio, su sustancia. Porque tener quinientos amigos viene a ser como no tener ninguno. Y así, con los años Margaret Mead se fue convirtiendo en una caricatura de sí misma".

"En 1977, por ejemplo, habiendo cumplido ya setenta y seis años, viajó a Bali, a Vancouver y a Brasil. Pero a principios de 1978 le descubrieron un cáncer de páncreas: a pesar de correr tanto al final fue atrapada. Mead, acostumbrada a imponer siempre su voluntad e indignada ante el ultraje de su propia muerte, se negó a reconocer que tenía cáncer; pero eso, claro está, no le sirvió de mucho. Murió seis meses después, aún enfadada por esa suprema traición de su biología. En las últimas semanas había adelgazado tanto que volvía a parecerse a la Mead de antes: los mismos ojos grandes, la expresión de golfillo. Era la prisionera interior, que se asomaba para despedirse".

Camille Claudel, sueños y pesadilla:

"Camille la secuestrada, Camille la prisionera. Coja y seductora Camille, escultora de genio, artista maldita y olvidada. Esta es la aterradora historia de una mujer que no pudo ser. Lo tenía todo para triunfar: talento, inteligencia, coraje, belleza. Pero las circunstancias la fueron deshaciendo. «Todos esos maravillosos dones que la naturaleza le había otorgado no han servido más que para traerle la desgracia», dijo su hermano, el escritor Paul Claudel".

"La vida de Camille Claudel es como esos dibujos en la arena que el viento borra".

"Fue por entonces cuando escribió a un amigo estas frases tremendas: «He caído en el abismo. Del sueño que fue mi vida, esto es la pesadilla»".

Las hermanas Brontë, valientes y libres:

"En este mundo de desesperados crecieron las Brontë. ¿De dónde saca el escritor lo que escribe? De su percepción más íntima de las cosas, de la realidad sustancial que le rodea. Y la realidad, entonces y allí, se manifestaba en toda su crudeza. Hoy la televisión, el cine y los anuncios disfrazan nuestros días con un simulacro de felicidad tonta y vacía. Pero en Haworth no había nada de eso; en Haworth la existencia consistía en morir con dolor y en vivir con hambre y con miseria".

"Pero lo que ellas deseaban era escribir. Con veinte años, Charlotte le mandó unos cuantos versos al célebre poeta Southey. El artista le contestó que eran buenos, pero que «la literatura no puede ser el objetivo de la vida de una mujer, y no debe serlo». El comentario hundió a Charlotte en una de sus grandes depresiones: ella sabía que, como mujer, no debía escribir, y se esforzaba por resignarse: «He intentado no solo observar todos los deberes que una mujer debe cumplir, sino también sentirme interesada por ello. No siempre lo logro: a veces, cuando estoy cosiendo o dando clases, preferiría estar escribiendo»".

"Las Brontë apenas si abandonaron físicamente las estrechas paredes de su casa y el páramo vacío, pero se atrevieron a pensar, a imaginar, a transgredir los límites. Pese a todo fueron criaturas libres e indomables: «Sí, mis días corren veloces a su fin; / esto es todo lo que pido: / en vida y muerte un alma libre / y valor para aguantar», escribió Emily en uno de sus últimos poemas".






Rosa Montero

viernes, 4 de marzo de 2022

Citas: Poesía desacertada para un mundo incierto - Pepe Cantalejo

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 1. El individuo:

"Dura dama de blanco, o qué más da, de negro,
crueldad no te falta. Dama de hierro, ¡maldita!
Luchando sigo, por conseguir, sí, tu refrendo.
Aún sigo, con ahínco, esperando tu sonrisa...".

(Derrota)


"Y aquí aparece otra vez
una nueva disyuntiva.
¿Cómo actuar? ¿Y qué hacer?

Discernir, por deponer,
aquello que es forraje y
resulta prevalecer".

(Indeciso)

"El reflejo, mi aspecto, muestra
carne y huesos, vista atrevida
que, tras de sí, solo esconde miedo
y falta, al no saber afrontar
junto a ti, el reto de este juego".

(Espejo)

"Un avance en este frente, a veces, ver puedo,
aquello que, continuamente es indiferente
a tus ojos, mas ciego me encuentro, como un ente,
ante las frases brotadas de tu pensamiento".

(Espejo)

"Ya es hora, quizá lo sea, de mirar la vida con una sonrisa,
aceptar las imperfecciones y comprender que en esta vida,
en el juego y en el amor, habrá alguna situación, siempre,
en las que, para saber ganar, primero habrá que perder".

(Espejo)

"Sin viajes, solo tranquilidad,
sin tener que cubrir mi pesar
ni maquillar mi pobre vagar,
solo persigo felicidad".

(A ratos)

"A ratos no, y a ratos sí quiero,
enamorarme y morir de amor,
padecer la pena y sentimiento
que fructifica ese desamor".

(A ratos)

"En las noches me despierta, algo intenta,
desconfío de ese oscuro ser, ¿querrá proponerme algo?
Esconde algo, su atisbo hacia mí veo reflejarse,
mas solo permanece ahí, prudentemente y observando.
Solo espera".

(Alguien)

"Te meriendas la fruta cómo muerdes a la vida,
para ti no existe los límites ni semáforos
que sepan detener algunas de tus metas
ni fieles expectativas de alcanzar las propuestas".

(Ambición)

"Llaves de los sueños, perdidas, quedando perplejo.
Saturadas ideas guían a desesperar
no poseo el control de aquello que no debiera estar.
El olvido, sí, el olvido, es mi veraz reflejo".

(El olvido)

"Con los ojos bien cerrados,
sin mirar, y descalzo;
la escena escuchando
y las extrañas vidas
con ganas saltando".

(Equilibrista)

"Siempre jugando voy,
cruzo lagos y puentes,
voy de corriente en corriente
con mi precoz equilibrio,
filósofo del presente".

(Equilibrista)

2.Tertulias:

"Dame tu mano, guiaré tus pasos, pues ya has sido
librado de tus faltas, confía, cree en mí,
tu fe es mi fe, para protegerte me quedo".

(Mentiroso)

"Aún guardo de ti radiantes días, delicia
a fruta, para ser comida con pasión.
Olvidada queda ya, nuestra decadencia
sabe a despedida y entorpece la unión".

(Despedida)

"Del cambio de estado,
y todo lo acontecido
pasa por mi cabeza
como una mala idea
que se termina por olvidar".

(Veleta)

"Eres caso perdido, así te veo.
¿Y mostrarte mi realidad? Ni lo intento.
Quédate con tus treces, yo con mis pensamientos,
y no me busques, pues con tus gritos no me entero".

(Detalles)

3. La sociedad:

"Es este, otro día estúpido,
ya se disolvió la maldita suerte,
35 siempre a costa de los tristes,
el macabro juego de entremeses".

(Azar)

"El instrumento, humano,
creado para así comprobar
los giros que el cielo da en sus manos,
sabe que cielo y tierra
no cambian de lugar".

(Velocidad)

"Mantiene te y aceptando,
de una guerra,
la derrota que ni comenzar
supiste".

(Extraño hipérbaton del todo)

4. Amor y desamor:


"No me hables en otras lenguas,
pues esas no las comprendo.
No me hables en otras lenguas,
que de amor no hablen tan claro
ni sepan de sentimientos
ni puedan decir “te quiero”.

(El idioma por fandangos)

"Partiendo de lo sincero,
lo difícil de su estudio,
partiendo de lo sincero,
se limita a los besos,
no hay conjugación del verbo;
el amor solo se siente".

(El idioma por fandangos)

"Haz el favor, muchacho,
y deja paso en la acera
a esa preciosa flor
que por tu lado se acerca.

Observa su hermoso caminar.
Has de ver mucho más
que ese “va y ven” de caderas
qué a cualquiera tira de espaldas,

y a muchos hace suspirar.
Madre, mujer, diosa,
de la vida luchadora,
y enemiga de las guerras".

(Paso)

"La pluma vuelve al tintero.
El estilo llama al esmero

y pide templar los nervios.
Y después del desconcierto
la pluma obedece.

Obedece al pensamiento
y, con suave estilo, escribe:
«Te quiero»".

(Pluma y estilo)

"Tanto me despreciaste que
en mi ser fue creciendo
la semilla de la animadversión que sembraste.
Pero para poder comprender tu desprecio
tuve que conocerte y,
para poder odiarte,
primero tuve que aprender a amarte".

(Dulzura)

"El silencio me aguarda,
el silencio me acompañará, mas no sabrá acallar
todos aquellos instantes de felicidad conducidos por tus
                                                                                               sinceras palabras que,
desde siempre, se clavaron en mi alma".

(Reencuentro)

"La luz
que, tras las dulces letras de tus cartas,
se asoma insuficiente a mí alma".

(Agujas)

5. Religión:

"Es un largo viaje, el de atravesar mundos
que, unidos con cierto paralelismo,
convergen por siempre en un mismo destino.
Tu paso por aquí solo será castigo
o recompensa; recta final
o un nuevo círculo. Eres único dueño
para decidir la vía, tu destino".

(Mundos unidos)

"Vendo hileras de recuerdos convertidos en añoranza,
añoranza que echas en falta,
añoranza que olvidaste en alguna escalera,
la perdiste mientras subías, al igual que tu alma".

(Vendedor)

"Hoy tengo un mal día.
Es un mal momento,
pues ciertas cosas, muy a mi pesar,
hoy he descubierto,

pues no siempre son
como deben ser.
Amor eterno te prometí, y
jamás podrá ser".

(Seguidillas del infinito)

"Sí, mi juramento
no cumplí, amor.
Lo que sí te voy a prometer es
Infinito amor".

(Seguidillas del infinito)

6. Retóricas del olvido:

"El orden del día continúa
y acompaño a quién me precede
hasta dejarlo bien acomodado.
Evito las presiones
y esas responsabilidades
que duramente me torturan".

(Alegorías del viaje)

"Síntoma de amor por mí no sientes,
No soy afortunada por tenerte,
Sin ti mi vida caminaría a mejor.
No busques; todos de ti se alejan
por tus decisiones. Te perdiste
con tanto castigo que afligiste".

(Mi "amo"r)

"No eras mi día, y mi noche nunca serás".

(Mi "amo"r)

"Se concede pues, al débil trébol,
la idoneidad de hacer cumplir
miles de sueños y las promesas
a cambio de las falsas monedas,
azar a cambio de un poco de libertad".

(Libertad)

"Seguir olvidando…
Único remedio, única forma es…
La de hacer desaparecer la verdad
que me atormenta…
y trato de olvidar".

(Olvido)










Pepe Cantalejo

miércoles, 2 de marzo de 2022

Citas: La chica de los siete nombres - Hyeonseo Lee

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"Me llamo Hyeonseo Lee.
No es el nombre que me dieron al nacer, ni el que me impusieron las circunstancias en distintos momentos. Es el que yo misma me puse en cuanto alcancé la libertad. Hyeon significa luz del sol; Seo, fortuna. Lo elegí para vivir mi vida en la luz y el calor y no regresar a las sombras".

"Salir de Corea del Norte no es como salir de otro país; es más bien como salir de otro universo".

"Yo no lloraba, ni siquiera respiraba; mi padre no salía de la casa.
Debieron de ser unos segundos, pero parecieron minutos. Apareció corriendo hacia nosotros y tosiendo sin parar. Estaba negro por el humo, con la cara reluciente.
Debajo de cada brazo llevaba un objeto rectangular y plano.
No pensó en nuestras posesiones ni en nuestros ahorros: había rescatado los retratos. Yo tenía trece años, edad suficiente para comprender lo que estaba en juego".

"Sin embargo, lo que más me impactó fue que ninguno de los dos parecía tan disgustado. Es cierto que nuestra casa solo era una construcción baja de dos habitaciones y con mobiliario suministrado por el Estado, lo habitual en Corea del Norte: cuesta imaginarse ahora que alguien pudiera echarla de menos. Pero la reacción de mis padres me causó una honda impresión. Los cuatro estábamos a salvo y juntos; era lo único que les importaba.
Fue entonces cuando entendí que se puede salir adelante casi sin nada, sin hogar y hasta sin país, pero nunca sin otras personas, nunca sin familia".

"Se casó con el funcionario de Pionyang un día frío y claro de primavera, en 1979.
Fue un enlace tradicional, en el que ella vistió un chima jeogori (vestido nacional coreano) de seda roja, con intrincados bordados: una falda larga y muy alta, con una chaqueta corta encima. El novio iba más formal, con un traje de estilo occidental. A continuación se fotografiaron, según la costumbre, a los pies de la gran estatua de bronce de Kim Il-sung en la colina Mansu; de este modo se demostraba que, por mucho que se amara la pareja, su amor por el Gran Líder era mayor. No sonreía nadie".

"A mí me concibieron durante la luna de miel; nací en Hyesan en enero de 1980 y me pusieron el nombre de Kim Ji-hae. Al parecer, el futuro de mi madre estaba sellado, igual que el mío. Sin embargo, el amor había trazado su propio rumbo, que nada tenía que ver con los escrupulosos planes de mi abuela, como el arroyo que se abre camino hasta el mar".

"Más o menos una vez al mes, pasaban oficiales con guantes blancos a inspeccionar los retratos de todos los hogares. Si encontraban alguno que no estaba limpio (vimos una vez a un oficial que enfocaba una esquina con linterna para tratar de distinguir la menor mota de polvo en el cristal), la familia recibía su castigo".

"A los seis años entré en el parvulario de Anju y, aunque era demasiado pequeña para darme cuenta, este hecho marcó un cambio sutil en mi relación con mis padres.
En cierto sentido, yo ya no les pertenecía a ellos, sino al Estado".

"Dentro del parvulario, el mundo estaba muy claro. Las maestras tenían respuestas sencillas para todo lo bueno y lo malo. Afuera, en cambio, el mundo era más confuso".

"Yo adoraba esas sensiblerías sobre amor adolescente, que me llegaban al alma llenándome de anhelos. Me transformaban, me hacían sentir que estaba creciendo. En la música norcoreana no encontraba nada de eso. Sí que teníamos nuestra propia música pop, pero las canciones se titulaban Tu felicidad está en el abrazo de nuestro general o ¡Adelante la juventud!, y me horrorizaban".

"Nadie nos había ordenado llorar. Nadie insinuó que, si no llorábamos, caeríamos bajo sospecha. Pero sabíamos que nuestras lágrimas eran un requisito. De todas partes me llegaban sonidos de lamentos, gemidos y llantos. Era como si todos estuvieran transidos de pena. Mi instinto de supervivencia me advirtió que, si no lloraba como todos los demás, me buscaría problemas, así que me froté el rostro con falsa congoja, me escupí a escondidas en las yemas de los dedos, me mojé un poco los ojos y emití un sonido jadeante con la confianza de que sonara a suspiros desconsolados.
(...)
Pasado el periodo de duelo, el castigo cayó sobre quienes no habían vertido lágrimas suficientes, tal como yo me temía. El día en que se reanudaron las clases, el alumnado entero se reunió ante la escuela para entregarse a la censura e injuriar a una chica acusándola de fingir sus lágrimas. La chica en cuestión, aterrorizada, ya lloraba de verdad. Me dio lástima, aunque lo que más sentí fue alivio: yo, que también había fingido, me alegré de que nadie se hubiera dado cuenta de mi actuación".

"Yo creía que me podía quedar embarazada con solo besar a un hombre o con cogerle la mano, y mis amigas pensaban lo mismo. Los chicos eran igual de ignorantes respecto al sexo. Una vez vi a un grupo de jovencitos cerca de la farmacia frente a la estación de Hyesan, hinchando condones como si de globos se tratara y pateándolos por la calle. Si alguien les hubiera contado para qué eran esas cosas, habrían echado a correr ruborizados".

"Por esa época, mi madre, en un viaje que hizo sola para visitar al tío Cine en Wonsan, vio a un policía ordenarle a una anciana que se bajara, pues bajo su ropa se adivinaba el bulto de algún artículo que pretendía vender. Los policías estaban muy atentos a la posibilidad de incautar algún bien que luego pudieran quedarse para ellos.
—Por favor, no me registre —le rogó ella desde lo alto del tren—. Es lo único que tengo.
—Baje ahora mismo, bruja —le chilló el policía.
Ella le pidió que la ayudara. El policía se le acercó y le tendió el brazo para hacerla bajar y, al darle la mano, la mujer alzó de golpe el brazo que le quedaba libre para tocar el cable electrificado que corría sobre el tren. Ambos murieron al instante.
La anciana debió de pensar: «Si me voy, me llevo a este cabrón conmigo»".

"El trayecto de vuelta a Hyesan fue tan horrible como el de ida. Muchos viajeros iban en la parte de abajo o bien agarrados al exterior del tren, o sentados en el techo bajo los cables electrificados. Cuando llegamos a la estación de Hyesan, un hombre yacía en el andén con el cráneo tan destrozado que parte de su cerebro quedaba a la vista. Continuaba vivo y, con un hilo de voz, preguntaba si se iba a poner bien. Murió instantes después; viajaba en la parte inferior del vagón y se había golpeado contra el borde del andén al entrar el tren en la estación. Durante la hambruna, aquellos accidentes se volvieron habituales".

"Aquel año de 1996, la cultura de nuestro país cambió notablemente. En el pasado, cuando visitabas a alguien en su casa, te recibían con el saludo: «¿Has tomado arroz?». Era un gesto de hospitalidad que significaba: «¿Has comido? Hazlo con nosotros». Pero con los recortes en alimentación, ¿cómo iba nadie a utilizar el viejo saludo con sinceridad? Al poco tiempo, se empezó a decir: «Ya has comido,¿verdad?». La mayoría eran demasiado orgullosos o vergonzosos como para reconocer que estaban muertos de hambre, y no habrían aceptado comida ni que se la ofrecieran. Cuando el joven profesor de acordeón de Min-ho empezó a venir a casa, mi madre le preguntaba si quería comer; se podía permitir guardar las antiguas formas.
—Ya he comido, gracias —respondía él, con una cortés inclinación de cabeza—; aunque agradecería un cuenco de agua con un poco de doenjang.
Mi madre lo complacía, si bien le parecía raro: nadie tomaba agua con esa pasta de soja que se usaba para aromatizar la sopa. El profesor siempre lo engullía en segundos. Al cabo de un mes de dar clase, dejó de venir. Mi madre se enteró de que había muerto de hambre y quedó muy impactada: ¿por qué no había aceptado comida cuando ella se la ofrecía? Sin duda, había valorado más su dignidad que su propia vida".

"Yo sabía que podía confiar en Chang-ho. Una fría noche de primavera del año anterior, a mis dieciséis años, volví de casa de una amiga hacia medianoche, muy tarde para que una chica anduviera por ahí sola. Al acercarme a mi verja, distinguí su silueta sentada junto a la calzada.
—¿Qué haces aquí? —me sorprendí.
—Te estaba esperando —respondió él.
—¿Para qué?
—Estaba preocupado.
Era como el hermano mayor que nunca tuve, y yo era demasiado ingenua como para darme cuenta de su interés hacia mí. Se sacó una carta del abrigo y me pidió que se la entregara a su madre en Hamhung, pues sabía que yo estaba a punto de ir allí a visitar a tía Bonita.
—No la abras —me pidió, con una sonrisa extraña y reservada.
Ya en Hamhung, busqué la dirección y le entregué la carta a su madre, que la leyó delante de mí; también ella me dedicó una extraña sonrisa.
—¿Sabes lo que pone? —quiso saber.
—Me dijo que era privado.
Por lo visto, aquello le hizo gracia; me brindó un trato muy cariñoso y me dio zumo y algo de picar, que había comprado en una tienda de pago con divisas. Era una mujer atractiva; ya vi a quién se parecía Chang-ho.
Cuando regresé a Hyesan, Chang-ho me contó, con una sonrisa de oreja a oreja, lo que había escrito en la carta: «Madre, deseo casarme con esta chica, así que trátala bien».
Aquello no me lo esperaba. Me lo quedé mirando, turbada, y se le ensombreció el rostro.
—Soy demasiado joven para casarme —respondí sin más, mientras retrocedía un paso. Al instante me arrepentí: era una declaración de amor a la que podría haber reaccionado con más sensibilidad. Dice mucho de él que se tomara el desaire con estoicismo, lo que hizo que aún le tuviera en más estima. Mantuvimos la amistad y él siguió pasándose por casa".

"Toda sensación de estar viviendo una vida liberada y repleta de emoción y descubrimientos en Shenyang se había desvanecido. A partir de aquel verano de 1998, me adentré en un largo y solitario valle. Me merecía aquel destino. Yo me lo había buscado.
«Si ahora tuviera la oportunidad, lo haría: volvería», pensaba.
Para entonces ya sabía que Corea del Norte no es el mejor país de la Tierra. Ni uno solo de los amigos coreano-chinos de mis tíos tenía nada bueno que decir de aquel lugar, y, por lo visto, los medios de comunicación chinos lo consideraban una reliquia y una vergüenza: los periódicos de Shenyang satirizaban sin tapujos a Kim Jong-il.
Todo eso me daba igual: mi país se encontraba allí donde vivieran mi madre y Min-ho, allí de donde procedieran mis recuerdos, donde hubiera sido feliz".

"Una mañana en que mis tíos se habían ido a trabajar, llamé al señor Ahn en Changbai, con la esperanza de que le pudiera transmitir un mensaje a mi madre. Pero su número ya no estaba activo: cada vez que lo intentaba, obtenía la misma señal de línea cortada. Al final llamé a su vecino, el señor Chang, el otro comerciante conocido de mi madre. Le enfureció recibir una llamada mía.
—¿Por qué me llamas?
—Le quería mandar un mensaje a mi madre.
—¿De qué estás hablando? No te conozco.
—Sí, usted...
—No vuelvas a llamarme nunca —me espetó antes de colgar.
Pensé que a lo mejor estaba ebrio, así que lo volví a intentar al día siguiente; en aquella ocasión, me encontré la línea cortada.
Mi cordón umbilical con Hyesan se había roto".

"Los surcoreanos me trataban bien. No soportaba imaginarme su reacción si hubieran sabido que me crié en el seno de su archienemigo. En ocasiones resultaba surrealista: todos éramos coreanos, compartíamos la misma lengua y cultura, pero estábamos técnicamente en guerra".

"—¿Min-young? —Cuánto hacía que no me llamaban por ese nombre—. ¿Eres tú?
Oía su voz, pero me resultaba extraña y etérea, como si me hablara desde otro mundo.
—Omma —dije, usando la palabra coreana para «madre».
—¿Sí?
—¿Eres tú?
Al igual que con Min-ho cuando escuché su voz por teléfono, cruzó por mi mente la sospecha de que no era ella, de que quizá fuera algún tipo de trampa.
—¿Me puedes decir qué hora del día era la última vez que me viste?
Se rió, y su risa fue cálidamente familiar.
—Te fuiste de casa después de cenar, a las siete en punto del 14 de diciembre de 1997. Con esos puñeteros zapatos tan modernos.
Entonces me reí yo.
—¿Cómo puedes acordarte tan bien?
—¿Cómo me iba a olvidar de la noche en que mi niña me dejó?
«Se acuerda de la fecha y la hora exactas.» Se me hizo un nudo en la garganta.
Me sentí fatal. «Mi omma»".

"Me contó que había visitado a varias pitonisas desde mi partida. «No sé dónde está mi hija, pero la echo de menos.» No podía revelar que me encontraba en China.
—No está en nuestro país —le contestaban todas.
Una dijo:
—Es como el árbol solitario que crece en la ladera rocosa de la montaña: la supervivencia cuesta. Ella es fuerte y es lista. Pero se siente sola".

"La mayor parte de mi círculo social, a excepción de Ok-hee, consistía en expatriados surcoreanos. Salíamos a cenar a menudo y, los fines de semana, hacíamos excursiones. Yo tenía veinticinco años y no me podía quejar de mi vida. Pero el vacío que sentía en lo más hondo de mí solo Ok-hee lo podía entender".

"Había varios locales de ese estilo, que competían por ofrecer las vistas más panorámicas del horizonte de Pudong, más allá del río Huangpu. Al grupo se añadió un hombre al que yo no conocía; cuando nos presentaron, sentí una instantánea y potente conexión con él, como una descarga eléctrica. Era la persona más intachable que hubiera visto nunca: reluciente pelo negro peinado hacia atrás, un rostro de bellas proporciones, con la nariz recta y afilada y vestido con traje y gemelos. Me dijo que se llamaba Kim y que había venido de Seúl por negocios. Nos sentamos junto a la ventana y nos pusimos a hablar, y casi al instante nos sentimos los dos en una burbuja, como si fuéramos las únicas personas del bar. Nos olvidamos de los amigos que teníamos sentados al lado, mientras el cielo mudaba del rosa al dorado y las vistas al otro lado del río empezaban a encenderse, iluminando las nubes. Me pareció que era reacio a hablar demasiado de sí mismo y que elegía las palabras con cuidado, una reserva que me resultó atractiva. Cuando algún amigo nuestro metió baza comentando que Kim había hecho algún trabajo como modelo, no me extrañó. Me gustaba su forma de ser: no intentó coquetear ni impresionarme, aunque vi en su mirada que yo le gustaba mucho. Tenía cierta arrogancia, la seguridad que confieren el dinero y una buena posición, pero tampoco eso me disgustó. Algo me desató de lo que quiera que me sujetaba al suelo: estaba flotando. Tras lo que me parecieron solo minutos, alguien dijo que el bar cerraba: llevábamos allí más de cuatro horas. Nunca había experimentado una paradoja temporal de aquel calibre".

"Al día siguiente, me llamó para pedirme que fuéramos a cenar, pues dijo que aún disponía de un día en Shanghái antes de regresar a Seúl. Yo ya sentía por él algo lo bastante intenso como para saber que sufriría con su partida, de modo que le contesté que no, por miedo a que me hiciera daño. Pero luego me pasé toda la noche despierta, arrepintiéndome: «Qué tonta. Ahora ya no lo volverás a ver nunca».
Por la mañana, le devolví la llamada y le pregunté si tenía tiempo para un café antes de que saliera su vuelo. Al verle esperándome en un local de Longbai, y al levantarse para saludarme, creí distinguirle un aura de luz. Le pedí que aplazara su vuelta, hizo una llamada y me dijo que se podía quedar unos días más.
Otra vez recé, algo que, por lo visto, solo hacía en situaciones extremas. «Sé que este hombre no es para mí. Venimos de mundos diferentes. Pero, por favor, quiero verle unos cuantos días»".

"Los días extra de Kim en Shanghái se convirtieron en un mes, y ese mes serían dos años: no tardó en alquilar un apartamento a unos minutos del mío, en Longbai.
Mantuvimos una relación seria casi desde el momento en que nos vimos".

"Ahí de pie, reparé en una sala a mi derecha. Por la puerta abierta, vi a unos funcionarios con uniformes azul marino trabajando con ordenadores y a tres personas sentadas delante de ellos: dos mujeres con rasgos del sudeste asiático y un hombre que parecía chino; supuse que algo pasaba con su documentación.
Aquello sería menos embarazoso que el mostrador de inmigración. Me dirigí al despacho. Nadie me miraba.
El corazón me empezó a latir tan fuerte que la voz me salió extraña, como en una grabación.
—Soy de Corea del Norte —anuncié—. Solicito asilo.
Todos los funcionarios alzaron la vista hacia mí, pero sus ojos se desplazaron de vuelta a sus pantallas. El hombre que me había mirado primero me ofreció una cansada sonrisa.
—Bienvenida a Corea —dijo, y tomó un sorbo de un vaso de plástico con café".

"Aquel verano de 2008, vi los Juegos Olímpicos de Pekín por la tele, con Kim y un amplio grupo de amigos suyos en un apartamento de Gangnam. Cuando los atletas surcoreanos ganaban, ellos los animaban con gran tumulto, como hacían los ocupantes de los demás apartamentos colindantes; por todo el vecindario se oían los vítores. Entonaban uri nara! («¡Nuestro país!») y daehan minguk! (República de Corea) y yo vitoreaba con ellos, pero sin poder gritar uri nara. Lo intenté, pues deseaba encajar, pero mi corazón guardaba silencio y no me salían las palabras.
Quería que ganara Corea del Norte. Me enorgullecía ver a mi país ganando medallas de oro, pero no podía animarle: Corea del Norte era el enemigo".

"Más tarde decliné la propuesta de Kim de ir a cenar y me volví a mi pequeño apartamento, donde seguí oyendo vítores y celebraciones en la distancia, en los otros bloques. Fue una experiencia deprimente. Esa noche permanecí despierta en la cama, observando el resplandor de la ciudad reflejado en las nubes. El cielo sobre Seúl era un caldo espeso y ambarino que ocultaba las estrellas. En Hyesan, podía ver la Vía Láctea desde la ventana de mi cuarto".

"—Chang-soo. —El policía estaba gritando el nombre del carné de Min-ho; era un nombre coreano, pero lo pronunciaba en mandarín.
Los ojos de mi hermano continuaban cerrados. Yo no podía hacer nada. El policía repitió el nombre. Sin respuesta. Llamó por tercera vez, ya irritado. Le di un golpe a Min-ho, fingiendo despertarlo, y los demás pasajeros lo miraron descender de la litera. Vi cómo le temblaban las piernas al avanzar despacio, como si fueran a fusilarlo. Me desgarró el corazón, no podía hacer lo que habría hecho un intermediario: encogerme en mi litera, mirar por la ventana y abandonarlo a su suerte.
«Yo me ocuparé.»
—¿Cómo se llama? —preguntó el policía en mandarín.
Min-ho permaneció indefenso ante él, con la cabeza gacha y sin decir nada. El policía miró el carné y luego a él.
—Es sordomudo —dije yo en mandarín mientras me bajaba de la litera.
—¿Y usted quién es?
—Vamos juntos —respondí. Buscó mi carné.
—¿En serio? ¿Sordomudo? —El policía sostenía ante sí mi carné y el de Min-ho—. El suyo está en chino, pero el de él es extranjero.
—Son caracteres coreanos —respondí—. Para los coreano-chinos del nordeste, el carné está en ambos idiomas.
—No lo había visto nunca.
—Tiene razón —intervino el chófer. Volví la cabeza y vi que el conductor se señalaba el reloj de la muñeca, en muestra de irritación—. Todos los carnés son como ese en las provincias autónomas coreanas.
La novedad de la transcripción coreana distrajo al policía de la foto y la fecha de nacimiento del carné. Aun así, miraba a Min-ho con recelo. Pero le entregó el documento.
De repente, un aullido fuerte y simiesco a mi espalda llamó la atención de todo el mundo: mi madre se había bajado de la litera y farfullaba como si no fuera consciente de producir ningún sonido, y agitaba los brazos en muestra de un enojo extremo o como si se hubiera saltado la medicación. Fue una actuación tan impactante que el policía dio un paso atrás, blasfemando.
—¿Otra?
—También viene conmigo —le dije como disculpándome—. Soy la guía de ambos.
De mala gana, el policía nos devolvió los carnés sin hacer más preguntas. El autobús entero asistió a tan peculiar representación y, aunque ya nos habían oído charlar durante horas, supongo que estaban demasiado asombrados como para hablar.
El caso es que no nos delató nadie; tenía 52 cómplices de mi crimen, todos ellos completos desconocidos".

"Tras mi visita matutina a inmigración, poco tenía que hacer por las tardes, de modo que me sentaba a leer en un lugar llamado Coffee House, una cafetería de estilo occidental donde también servían comida tailandesa. Recordaba algo de inglés pero, como no era capaz de leer el menú, le pedía a la camarera lo que estuviera comiendo algún cliente de al lado.
—Fideos —decía ella utilizando la palabra en inglés.
Comí fideos todos los días. Al cabo de una semana, quise cambiar y llamé a Kim para preguntarle cómo decir bab.
—Arroz —me dijo.
—Aloz —repetí.
—Aloz no: arroz; si no, no te entenderán.
—Vale. Aloz".

"Me tendió la mano.
—Me llamo Dick Stolp y soy de Perth, Australia.
Le estreché la mano. Ni siquiera le había preguntado su nombre. Se dispuso a dar media vuelta e irse, pero yo lo retuve para preguntarle, en mi inglés titubeante:
—¿Por qué me ayudas?
Me dedicó una tímida sonrisa:
—No te ayudo a ti, sino al pueblo norcoreano.
Le vi marchar. Cuando salí al exterior, ocurrió algo maravilloso: toda la hermética belleza que había visto en ese país, y que me pareció que se me negaba, se abrió de repente. Olí el aroma de los jazmines en los árboles y el sol y el blanco imponente de las nubes se hicieron eco de mi buen humor. El mundo entero acababa de cambiar".

"—¿Nuna?
—¿Min-ho?
—Sí, soy yo.
—¿Continúas en la embajada?
—Me han prestado este teléfono. ¿Me puedes llamar tú?
«¿Por qué está susurrando?» Le devolví la llamada al instante y él contestó antes de que se oyera ni un solo tono.
—Estoy en la cárcel de Phonthong.
Fue como si el apartamento se pusiera a girar. Agarré el auricular con tal fuerza que me clavé las uñas en la palma de la mano.
—¿Qué?
—Es donde meten a los extranjeros —me explicó Min-ho—. Es mucho mayor que la cárcel de Luang Namtha...
De nuevo la pesadilla, de vuelta al pozo más oscuro. Me empezó a temblar el labio. Pero mi hermano pequeño sonaba imperturbable, como si me describiera su nueva escuela.
—Aquí hay blancos, negros... de todo excepto de aquí.
—¿De quién es el teléfono?
—De mi amigo chino aquí en la celda —susurró—. Están prohibidos".

"La gente se daría cuenta de que solo una persona goza de plenos derechos humanos: el gobernante Kim. Él es el único en Corea del Norte que ejerce la libertad de pensamiento, de expresión y de movimiento, que ostenta la libertad de no ser torturado, encarcelado o ejecutado sin juicio y el derecho a la sanidad y la alimentación adecuadas.
Fue casualidad que, cuando estaba reflexionando sobre ello, ocurriera algo que ningún desertor esperaba.
Mi madre y yo estábamos viendo la tele la noche del 17 de diciembre de 2011 cuando dieron la noticia de que Kim Jong-il, el Querido Líder, había muerto. Ocurrió en su tren privado, informó la afligida presentadora norcoreana, debido a la «excesiva tensión física y mental» de toda una vida dedicada a la causa del pueblo.
Me volví hacia mi madre, atónita, y nos pusimos a chillar. Ella alzó la palma y chocamos los cinco".







Hyeonseo Lee