miércoles, 15 de agosto de 2018

Citas: Ardiente secreto - Stefan Zweig


"Sabía que necesitaba el roce con las personas para que todo su  talento, el calor y la alegría desbordante de su corazón cobraran vida, y que a solas se sentía frío e inútil, como una cerilla metida en la caja".

"Cuando uno con cierto desdén califica a estos hombres de «cazadores de mujeres», lo hace sin saber cuánta verdad, cuánta  capacidad de observación ha quedado plasmada en el término, pues, en efecto, todos los instintos apasionados de la caza, el rastreo, la excitación y la crueldad moral vibran en la vigilancia infatigable de semejantes individuos. Están permanentemente a la espera, siempre preparados y decididos a seguir una aventura hasta el borde del abismo.
Siempre cargados de pasión, aunque no se trata de la del enamorado, sino de la del jugador, frío, calculador y peligroso. Entre ellos los hay perseverantes, a los que más allá de la juventud, y gracias a esa expectación, la vida entera se les convierte en una incesante aventura, a los que un único día se les descompone en cientos de pequeñas experiencias sensuales: una mirada al pasar, una sonrisa fugaz, el roce de una rodilla cuando se sientan frente a alguien. Para ellos, la experiencia sensual es una fuente que fluye eternamente, alimentando y estimulando su vida".

"Estaba entusiasmado, enardecido, por encontrarse tan rápidamente sobre la pista, seguro de tener ya la pieza a tiro. Sus ojos brillaron, la sangre corrió ágil por sus venas, las palabras salieron de sus  labios a borbotones, sin que él supiera muy bien cómo".

"Ahora le gustaba contemplarle de cerca y dejó de temer su mirada. Si bien, poco a poco, en sus palabras se infiltró un atrevimiento que la turbó ligeramente. Era como si le tocara el cuerpo, un tentar para de nuevo dejarlo, algo desconcertantemente ávido que hacía que la sangre le acudiera a las mejillas".

"—Buenas noches, buenas noches. Hasta mañana —dijo con prisa, y quiso huir.
Huir no tanto de él, como del riesgo que suponía un momento como aquél y de una nueva y extraña indecisión que percibió en sí misma.
Pero el barón sostuvo con fuerza la mano que ella le tendió como despedida, la besó, y no sólo por educación, una única vez, sino cuatro o cinco, rozando con sus labios trémulos desde la punta de sus finos dedos hasta la muñeca, con lo que ella sintió el cosquilleo de su bigote áspero en el dorso de la mano y un ligero estremecimiento. Una cálida y embarazosa sensación atravesó todo su cuerpo. El miedo se disparó, hirviendo, martilleando amenazador en sus sienes. 
Su cabeza ardía.
El miedo, un miedo insensato, recorrió ahora todo su cuerpo, y ella al instante retiró la mano.
—Quédese —susurró el barón.
Pero ella ya se alejaba corriendo, con una torpeza que delataba su miedo y su turbación".

"Pero el barón era demasiado orgulloso para correr en pos de un instante propicio. Estaba demasiado seguro de su victoria para, como un ladrón, tomar a aquella mujer en un momento de debilidad, de embriaguez. Al contrario, al jugador que se atiene a las reglas sólo le atrae la lucha y la entrega plenamente conscientes. 
Ella no se le podía escapar. Por sus venas, lo sabía, corría ya el veneno de la pasión".

"—¡Traidor! —murmuró.
—¿Qué has dicho? —preguntó la madre.
—Nada —respondió él entre dientes.
Ahora también él tenía un secreto. El odio, un odio sin límites hacia aquellos dos".

"Edgar tenía ahora una mirada del todo serena, como la de un médico. En otro tiempo tal vez se hubiera enfadado, pero con el odio se aprende mucho y rápido. Ahora se calló. Callaría y callaría, hasta que ella empezara a gritar bajo la presión de aquel silencio".

"Ya no entendía nada de la vida, desde que viera que las palabras, tras las que había supuesto que se encontraba la realidad, no eran más que burbujas de colores que se hinchaban y reventaban sin dejar rastro".

"Quería estar solo. Pero tampoco al fondo, en la oscuridad repleta de sombras de los caminos sin iluminar, encontró paz".




Stefan Zweig

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