domingo, 30 de octubre de 2022

Citas: El aro - Koji Suzuki

"Notó que le faltaba el aire, no exactamente como si se ahogara, pero sí como si tuviera un peso sobre el pecho. Tomoko llevaba algún tiempo quejándose para sus adentros de lo injusta que era la vida, pero ahora, al adentrarse en el silencio, parecía que fuera otra persona. Al bajar las escaleras el corazón le empezó a latir con fuerza y sin motivo.
Las luces de un coche que pasaba arañaron la pared al pie de las escaleras y se escabulleron. Cuando el motor del coche se alejó hasta dejar de oírse, la oscuridad de la casa pareció hacerse más intensa. Tomoko bajó las escaleras intentando hacer mucho ruido y encendió la luz del vestíbulo de la planta baja.
Se quedó sentada en el retrete, enfrascada en sus pensamientos, bastante rato después de terminar de orinar. El violento palpitar de su corazón aún no había parado. Nunca le había pasado nada parecido.¿Qué le estaba sucediendo? Respiró hondo varias veces para calmarse, se puso de pie y se subió los shorts y las bragas al mismo tiempo".

"Seguía detrás de ella, quieta, observando y esperando. Esperando a que llegara el momento. A los diecisiete años Tomoko no sabía lo que era el auténtico terror. Pero sí sabía que hay miedos que crecen solos en la imaginación".

"—¿Ves lo que te digo? Pero lo que hay antes de nacer y lo que hay después de la muerte… De eso no sabemos nada.
—¿Después de la muerte? Cuando mueres, se acabó, simplemente desapareces. No hay nada más, ¿no?
—Eh, ¿has estado muerto alguna vez?
—No —Asakawa negó con la cabeza con expresión seria.
—Bueno, entonces no lo sabes, ¿verdad? No sabes adonde vas después de la muerte".

"Mientras bajaban por la pasarela, Ryuji preguntó:
—Eh, Asakawa, ¿realmente son tan importantes una esposa y una criatura?
Era una pregunta muy poco propia de Ryuji. Asakawa no pudo aguantar la risa al responder:
—Algún día lo descubrirás.
Pero realmente Asakawa no pensaba que Ryuji fuera capaz de tener hijos como cualquier otra persona".

"—¿Qué edad debe de tener ahora Sadako? —preguntó Asakawa.
Ryuji llevaba un buen rato encogido en el asiento de atrás, sin decir una palabra.
—Mmm… Yo nunca la he conocido en persona. Pero si sigue viva, debe de andar por los cuarenta y dos o cuarenta y tres años.
¿Si sigue viva? Asakawa se preguntó por qué Hayatsu había usado aquella expresión. ¿Acaso estaba desaparecida? De pronto se sentía lleno de dudas. ¿Y si habían hecho todo el viaje a Oshima solo para descubrir que nadie sabía si estaba viva o muerta? ¿Y si aquel lugar era un callejón sin salida?".

"—Ya no esperaba volver a oír nunca el nombre de Sadako
Yamamura. Hace una eternidad…
Arima estaba rememorando su juventud. Echaba de menos la energía juvenil que había tenido cuando se marchó de la compañía de teatro comercial en la que había estado y fundó una compañía nueva con sus amigos.
—Señor Arima, cuando hace unos minutos usted ha recordado el nombre por el que le preguntaba, ha dicho «aquella Sadako Yamamura». ¿Qué ha querido decir con eso?
—Aquella chica, déjeme ver, ¿cuándo fue que se unió a nosotros?
Creo que llevábamos pocos años funcionando. La compañía estaba apenas despegando, y cada año teníamos más chavales que querían venir con nosotros. En todo caso, aquella Sadako era extraña.
—¿En qué sentido era extraña?
—Mmm… —Arima se llevó la mano a la mandíbula y pensó un momento. «Ahora que lo pienso, ¿por qué me da la impresión de que era extraña?»
—¿Tenía algo especial, algo que destacara?
—No, si uno la miraba, era una chica normal. Bastante alta, callada. Siempre estaba sola.
—¿Sola?
—Bueno, normalmente los becarios intiman mucho entre ellos. Pero ella nunca intentó relacionarse con los demás.
—En todas las compañías siempre había alguien así. A Yoshino le costaba imaginar que aquello era lo único que la hiciera destacar.
—¿Cómo la describiría usted con una sola palabra?
—¿Con una palabra? Mmm… diría que era inquietante.
La había definido como «inquietante» sin dudarlo. Y Uchimura la había llamado «aquella chica tan siniestra». Yoshino no pudo evitar sentir lástima por una joven soltera de dieciocho años a la que todo el mundo calificaba de inquietante. Empezaba a imaginarse una mujer de aspecto grotesco.
—¿Qué era lo que la hacía inquietante?
Ahora que se paraba a considerarlo, a Arima le pareció raro que sus recuerdos de una becaria que solamente estuvo allí durante un año hacía un cuarto de siglo pudieran parecerle tan recientes. En el fondo de su mente había algo que retenía su fuerza. Algo había pasado, algo que había servido para fijar aquel nombre en su memoria.
—Ah, sí, ya me acuerdo. Fue en esta misma sala.
Arima examinó el despacho del presidente. Ahora que rememoraba el incidente, podía recordar con nitidez incluso la disposición de los muebles en aquella época, cuando aquella sala todavía se usaba como despacho central.
—Mire usted, hemos ensayado en este espacio desde que empezamos, pero antes era mucho más pequeño. Esta sala en la que estamos ahora era nuestro despacho central. Ahí había taquillas, y teníamos una mampara de cristal esmerilado por aquí… Exacto, y ahí había un televisor… Bueno, ahora tenemos otro distinto —Arima iba señalado mientras hablaba.
—¿Un televisor? —Yoshino frunció el entrecejo y cogió el bolígrafo con más fuerza.
—Sí. Uno de aquellos antiguos en blanco y negro.
—Vale. ¿Y qué pasó? —Yoshino lo apremió a que continuara.
—Se había acabado el ensayo y casi todo el mundo se había ido a casa. Yo no estaba contento con una de mis líneas, así que vine a repasar mi papel otra vez. Estaba justo ahí… —Arima señaló la puerta—.
Estaba ahí de pie, mirando la sala, y a través del cristal esmerilado vi que la tele parpadeaba. Y pensé, bueno, hay alguien viendo la tele. Y no me equivocaba, no. Estaba al otro lado de la mampara, así que yo no podía ver qué había en la pantalla, pero sí que veía la luz temblorosa en blanco y negro. No había sonido. La sala estaba oscura y al pasar al otro lado de la pantalla me pregunté quién estaría delante de la tele y miré la cara de aquella persona. Era Sadako Yamamura. Pero cuando llegué al otro lado de la mampara y me puse a su lado, en la pantalla no había nada. Por supuesto, yo simplemente di por sentado que la acababa de apagar. En aquel momento todavía no tenía dudas. Pero…
Arima parecía reticente a continuar.
—Por favor, continúe.
—Hablé con ella. Le dije: «Será mejor que te vayas a casa deprisa, antes de que dejen de funcionar los trenes». Y encendí la lámpara de la mesa. Pero no se encendía. Miré y vi que no estaba enchufada. Me agaché para enchufarla y fue entonces cuando me di cuenta: el televisor tampoco estaba enchufado.
Arima recordaba con nitidez el escalofrío que le había recorrido la espalda cuando vio el enchufe tirado en el suelo.
Yoshino quería confirmar lo que acababa de oír.
—¿Y está seguro de que el televisor estaba encendido a pesar de estar desenchufado?
—Así es. Aquello me hizo temblar, se lo aseguro. Levanté la cabeza s:n pensarlo y miré a Sadako. ¿Qué estaba haciendo allí sentada, delante de un televisor desenchufado? No me miró directamente, sino
que siguió con la vista clavada en la pantalla y una débil sonrisa en los labios.
Arima parecía recordar hasta el detalle más pequeño. Estaba claro que el episodio le había dejado una huella profunda.
—¿Y se lo contó a alguien?
—Naturalmente. Se lo conté a Uchy… Es decir, a Uchimura, el director, al que acaba de conocer… Y también a Shigemori.
—¿El señor Shigemori?
—Él fue el verdadero fundador de la compañía. En realidad, Uchimura es nuestro número dos.
—Aja. ¿Y cómo reaccionó el señor Shigemori al oír su historia?
—En aquel momento estaba jugando al mahjongg, pero se quedó fascinado. Siempre sintió debilidad por las mujeres, y parecía que a ella llevaba un tiempo observándola, planeando hacerla suya. Y aquella noche, después de beber varias copas, empezó a decir locuras, a decir:
«Esta noche voy a entrar en el apartamento de Sadako». No supimos qué hacer. No eran más que tonterías de borracho. No nos las podíamos tomar demasiado en serio, pero tampoco le podíamos seguir la corriente. Al cabo de un rato todo el mundo se fue a casa y Shigemori se quedó solo. Y al final nunca supimos si había ido al apartamento de Sadako aquella noche o no. Porque al día siguiente, cuando Shigemori apareció en el local de ensayos, parecía una persona completamente distinta. Estaba pálido y silencioso, y se limitó a quedarse sentado sin decir nada en absoluto. Luego se murió, allí mismo, como si se hubiera quedado dormido. Yoshino levantó la vida, asombrado.
—¿Cuál fue la causa de la muerte?
—Parálisis cardíaca. Hoy lo llaman «fallo cardíaco súbito», creo. Se estaba forzando al máximo para estar listo para el estreno y creo que fue más allá de sus fuerzas".

"De pronto habló como si acabara de tener una idea.
—Tal vez debamos aclarar esto. ¿Qué estamos haciendo aquí exactamente?
—Vamos a buscar a Sadako, claro.
—¿Y qué hacemos cuando la encontremos?
—La devolvemos a Sashikiji y la enterramos.
—Así que ese es el sortilegio. Estás diciendo que eso es lo que ella quiere".

"—¿Estás cavando una fosa o algo?
Ryuji suspiró. Asakawa frunció el ceño e hizo el gesto de mirarse el reloj.
—¡Y deja de mirarte el puto reloj! —Ryuji le apartó la mano de una palmada. Miró un momento a Asakawa y volvió a suspirar. Se agachó y susurró con tranquilidad—. Tal vez deberías hacer un descanso.
—No hay tiempo.
—Te lo digo, tienes que mantener la calma. El pánico no te va a llevar a ninguna parte".

"Sin embargo, al cabo de un rato la cara de una mujer apareció en la entrada de la cueva. El sol poniente quedaba a su espalda, así que su cara permanecía en la sombra y no pudieron distinguir su expresión, pero se dieron cuenta de que era un ama de casa cincuentona del vecindario.
—¿Qué hacéis cavando un agujero aquí, chicos? Sería un horror que os quedarais enterrados vivos ahí dentro —dijo la mujer, mirando el interior de la cueva.
Asakawa y los otros dos chicos se miraron. Por jóvenes que fueran, habían percibido algo extraño en su advertencia. No era «Dejadlo estar porque es peligroso», sino «Dejadlo estar porque si es quedáis enterrados vivos ahí va a ser horrible para la gente del vecindario como yo». Los estaba advirtiendo por el bien de ella".

"—Eh, Asakawa —Ryuji hizo una pausa y levantó la vista. Asakawa no contestó—. ¡Asakawa! ¿Algún problema por ahí arriba?
Asakawa quería decir: «Ningún problema. Estoy bien».
—Llevas todo este rato sin decir palabra. Por lo menos, ya sabes, podrías dar gritos de ánimo o algo. Me estoy poniendo un poco melancólico aquí abajo.
Asakawa no dijo nada.
—Bueno, pues, ¿por qué no una canción? Algo de Hibari Misora, quizá.
Asakawa siguió sin decir nada.
—¡Eh, Asakawa! ¿Sigues ahí? Yo sé que no te me has desmayado.
—Estoy… estoy bien —consiguió decir.
—Un coñazo es lo que eres".

"—Si me entiendes, bajarás al pozo.
«Pero no lo entiendo. ¿Cómo voy a entender algo así?»
—No tienes tiempo para vacilar. Casi se te ha acabado el tiempo —La voz de Ryuji se fue volviendo amable—. No creas que puedes vencer a la muerte sin plantar batalla.
«¡Gilipollas! ¡No quiero oír tu filosofía vital!»
Pero al final empezó a subirse al borde del pozo.
—Así me gusta. ¿Crees que puedes hacerlo?
Asakawa se agarró a la soga y bajó por la pared interior del pozo.
Tenía la cara de Ryuji delante.
—No te preocupes. Ahí abajo no hay nada. Tu peor enemigo es tu imaginación".

"Y luego habían hecho su aparición en el mundo. Sadako estaba respirando. El sonido de la respiración surgió de la nada y lo rodeó. «Sadako Yamamura, Sadako Yamamura». Las sílabas se repetían en su cerebro, y la cara terroríficamente hermosa que conocía por las fotos se le apareció, sacudiendo la cabeza con gesto coqueto. Sadako Yamamura estaba allí. Asakawa empezó a cavar compulsivamente en la tierra bajo sus pies, buscándola. Pensó en su cara bonita y en su cuerpo y trató de retener aquella imagen. «Los huesos de aquella chica preciosa cubiertos de mis orines». Asakawa removió el barro con la pala. El tiempo ya no importaba. Antes de bajar se había quitado el reloj. La fatiga extrema y el nerviosismo habían atenuado su irritación, y se olvidó del límite temporal bajo el que estaba trabajando. Era como estar borracho.
Perdió la noción del tiempo. Solamente podía medirlo mediante el número de veces que el cubo bajó al pozo donde él estaba y por los latidos de su corazón.
Al final, Asakawa agarró una piedra grande y redonda con las dos manos. Era lisa y agradable al tacto y tenía dos agujeros en la superficie. La sacó del agua. Le lavó la tierra de las cavidades. La cogió por lo que alguna vez debieron de ser los orificios auditivos y se sorprendió a sí mismo cara a cara con el cráneo. Su imaginación lo cubrió de carne. Unos ojos grandes y claros regresaron a las cuencas vacías y profundas, y alrededor de los dos orificios centrales creció la carne y formó una elegante nariz. Tenía el pelo largo mojado y le caía agua del cuello y de detrás de las orejas. Sadako Yamamura parpadeó dos o tres veces con sus ojos melancólicos para sacudirse el agua de las pestañas. Cogida entre las manos de Asakawa, su cara tenía un aspecto dolorosamente distorsionado. Con todo, su belleza seguía incólume.
Sonrió a Asakawa y luego frunció los ojos como si estuviera enfocando.
«Tenía ganas de conocerte». Mientras pensaba aquello, Asakawa se desplomó allí mismo. Oyó la voz de Ryuji procedente de lo alto.
—¡Asakawa! ¿No se te acababa el tiempo a las diez y cuatro?
¡Alégrate! ¡Son las diez y diez!
—Asakawa, ¿me oyes? Sigues vivo, ¿verdad? La maldición se ha roto. Estamos salvados. ¡Eh, Asakawa! Si te mueres ahí abajo, acabarás igual que ella. Si te mueres, no me maldigas, ¿vale? ¡Eh, Asakawa! ¡Contéstame si estás vivo, mandita sea! Asakawa oyó a Ryují pero no se sintió salvado. Estaba encogido como en un sueño, como si estuviera en otro mundo, con el cráneo de Sadako Yamamura abrazado contra el pecho".

"—¡Eh, Ryuji, levanta!
De pronto tuvo un mal presagio. Vislumbró algo al fondo de su mente. Acercó la oreja al pecho de Ryuji. Quería oír los latidos del corazón de Ryuji a través de su gruesa sudadera, saber que seguía
vivo. Pero cuando su oreja estaba a punto de tocar el pecho de Ryuji, Asakawa se encontró de pronto en una presa de cuello, atenazado por dos manos poderosas. A Asakawa le entró el pánico y empezó a forcejear.
—¡Te pillé! ¿Pensabas que estaba muerto, verdad?".

"—¿Ryuji? —preguntó Asakawa con un tono de voz extrañamente alterado.
—¿Qué?
—Gracias por todo lo que has hecho. Estoy realmente en deuda contigo.
—No te me pongas sentimentaloide.
—Si no fuera por ti, yo estaría… Bueno, ya sabes. Gracias, en todo caso.
—Déjate de chorradas. Me vas a hacer vomitar. La gratitud no vale un miserable yen".

"En el mismo momento en que Asakawa se estaba metiendo en su cama del hotel Hot Springs de Oshima, Ryuji dormitaba sentado al escritorio de su apartamento. Sus labios descansaban sobre un ensayo a medio escribir y su saliva emborronaba la tinta de color azul oscuro.
Estaba tan cansado que su mano seguía cogiendo su amada pluma Montblanc. No se había pasado a los procesadores de texto.
De pronto sus hombros experimentaron una sacudida y su cara se crispó de forma antinatural. Se levantó de un salto. La espalda se le puso recta como una tabla y los ojos se le abrieron mucho más que de costumbre cuando se despertaba. Normalmente tenía los ojos un poco oblicuos, y cuando los abría tanto le cambiaba la cara, se volvía un poco más guapo. Tenía los ojos inyectados en sangre. Había estado soñando. Ryuji, que normalmente no tenía miedo de nada, estaba temblando de
pies a cabeza. No se acordaba del sueño. Pero la tensión de su cuerpo y sus temblores atestiguaban el terror del sueño. No podía respirar. Miró el reloj. Las 9.40 h. No pudo reconocer de inmediato la importancia de aquella hora. Las luces estaban encendidas —el fluorescente del techo y la lamparilla que tenía delante en el escritorio— y había mucha luz, pero todo seguía estando demasiado oscuro. Sintió un miedo instintivo a la oscuridad. Su sueño había estado regido por una oscuridad como ninguna otra.
Ryuji giró en su silla y miró el reproductor de vídeo. La cinta fatídica seguía dentro. Por alguna razón ahora no podía apartar la vista.
Se lo quedó mirando. Su respiración se volvió entrecortada. Le pasaron imágenes a toda velocidad por la mente que no dejaban sitio para el pensamiento lógico.
—Así que has venido…".

"—¡Oooooooooh! —gimió Asakawa. Por fin había entendido la naturaleza del sortilegio.
«Es obvio lo que he hecho esta semana y Ryuji no. Me llevé la cinta a casa, hice una copia y se la enseñé a Ryuji. El sortilegio es sencillo. Cualquiera puede hacerlo. Haz una copia y muéstrasela a alguien. Ayúdala a reproducirse enseñándosela a alguien que no la haya visto".







Koji Suzuki

sábado, 29 de octubre de 2022

Citas: Los otros - Alejandro Amenabar

x

 

"GRACE: (rotunda) Como verán, las tareas domésticas se han descuidado  desde que los criados desaparecieron, hace casi una semana.
SEÑORA MILLS: ¿Desaparecieron, así por las buenas?
GRACE: Se esfumaron. Sin previo aviso. Ni siquiera cobraron sus salarios  ni se llevaron sus pertenencias.
SEÑORA MILLS: ¡Qué cosa más extraña!".

"GRACE: Los médicos nunca fueron capaces de encontrar una cura.
SEÑORA MILLS: ¿Para qué?
GRACE: Se llama Xeroderma Pigmentosum. Básicamente es una fuerte alergia a la luz. Los niños padecen una fuerte alergia a la luz. Son fotosensibles y jamás deben ser expuestos a una claridad superior a ésta. Les produciría erupciones, llagas y falta de aire en cuestión de minutos. A largo plazo podría ser fatal.
SEÑORA MILLS: ¡Santo cielo!
GRACE: Ya le dije que vivir en esta casa no es fácil para alguien que no está acostumbrado. Cualquier sonido extraño, un crujido, una puerta, una ráfaga de aire, resulta muy diferente en la oscuridad. ¿Es usted miedosa? ¿Cree en los fantasmas y todos esos embustes?
SEÑORA MILLS: No, señora.
GRACE: Bien. (Pausa.) Bien".

"GRACE: No me gustan las... fantasías, las ideas raras. ¿Sabe a lo que me refiero?
SEÑORA MILLS: Creo que sí, señora. Ya me dijo antes que...
GRACE: Mis hijos tienen a veces ideas raras, pero no hay que hacerles caso. Por algo son niños...
SEÑORA MILLS: (algo confusa) Claro, señora".

"GRACE frunce el ceño, como si prestara atención a algo.
En la lejanía se oye el llanto de un niño, distorsionado por la reverberación de la casa.
Cuando los lamentos son claramente reconocibles, GRACE avanza a paso rápido hacia una puerta lateral.
GRACE: Nicholas. Sale.
GRACE: (confusa) ¿Nicholas?
NICHOLAS: ¿Qué pasa?
GRACE: ¿Por qué llorabas?
NICHOLAS: No lloraba, estaba leyendo.
GRACE: Pero acabo de oírte...".

"NICHOLAS: ¿Es verdad que has visto a un niño?
ANNE: Sí, se llama Víctor.
NICHOLAS: ¿Es un fantasma?
ANNE: No seas tonto. Los fantasmas no son así.
NICHOLAS: ¿Cómo son?
ANNE: (cansinamente) Ya te lo he dicho mil veces. Llevan sábanas blancas arrastran cadenas".

"Sobre el rostro de NICHOLAS oímos cómo se cierran las cortinas y queda todo en penumbra.
ANNE vuelve a la cama.
Casi al instante oímos de nuevo el ruido de las cortinas, al ser bruscamente descorridas.
ANNE chasquea con la lengua, en señal de fastidio.
ANNE: Ya vale, Víctor. Nicholas, dile que deje en paz las cortinas. A mí no me hace caso.
VOZ DE VÍCTOR: (susurranda y crispante) ¡Basta ya! ¡Salid los dos de mi cama!
NICHOLAS da un respingo y se encoge aún más. Su respiración se acelera.
ANNE: (con frialdad) Esta es nuestra cama.
VOZ DE VÍCTOR: No, es mía.
NICHOLAS: Anne, deja de poner esa voz.
ANNE: Tú cállate, cobardica. Mira, Víctor, como te pongas pesado, llamaré a mi madre y te echará de aquí a patadas. Tú no conoces a mi madre.
VOZ DE VÍCTOR: (amenazante) Y tú no conoces a mis padres.
NICHOLAS: ¡Deja de poner esa voz!".

"GRACE: (a la SEÑORA MILLS) Por cierto, he tenido que aguantar el ruido de Lydia correteando encima de mi cabeza. Ha estado organizando tal revuelo que parecía que hubiera tres personas. Haga el favor de decirle que no hace falta armar tanto alboroto para hacer un poco de limpieza. No podría soportar otro ataque de jaqueca.
La SEÑORA MILLS mira a GRACE momentáneamente extrañada, pero finalmente acepta.
SEÑORA MILLS: Se lo diré, señora.
La SEÑORA MILLS se retira.
GRACE continúa bordando. De repente, un ruido sobre su cabeza la obliga a mirar al techo. Unos pasos apresurados corretean de un lado a otro. GRACE sigue la trayectoria del sonido como si se tratara de un mosquito.
De pronto se hace un repentino silenció.
Algo cae al suelo, armando un pequeño estruendo.
GRACE: (para sí) Esto ya es demasiado... (Mirando al techo.) ¡Lydia, maldita sea, baja aquí inmed...!
GRACE ve por la ventana algo que la deja sorprendida.
Plano subjetivo de GRACE: la SEÑORA MILLS está en el sendero central, hablando con LYDIA, que sostiene una cesta con flores.
La SEÑORA MILLS señala hacia la segunda planta de la casa y la muchacha niega con la cabeza".

"Nos acercamos lentamente a su oído...
Muy levemente, mezclado con el ruido de las hojas del jardín, percibimos una amalgama de susurros desdibujados, hasta el punto de que resulta casi imposible distinguir lo que dicen.
Resuena una especie de gemido sobrenatural seguido de una respiración intensa.
GRACE retrocede intentando situar la procedencia de las voces, pero aunque éstas parecen sonar justo a su lado, no tienen una loca-lización específica.
VOZ DE LA ANCIANA: Ella está aquí, ella está aquí....
VOZ DE VÍCTOR: Mamá, dice que ella está ahí....
VOZ DE LA ANCIANA: Nos está mirando. (La voz deriva en un gemido lastimero.) ¡Nos está mirando! ¡Nos está mirando!
VOZ DE MUJER: Sshh...
GRACE abre bien los ojos, intentando desmenuzar lo que tiene delante, pero sólo ve un par de muebles y una pared.
Descubre que la puerta de la sala se encuentra abierta, y además se cierra lentamente. El hecho de que al otro lado sólo haya oscuridad hace imposible comprobar quién está tirando del pomo".

"GRACE: ¿Señora Mills?
SEÑORA MILLS: (volviéndose) ¿Sí?
GRACE: ¿Sabe usted qué puede ser esto?
GRACE avanza hacia la anciana y le muestra el álbum.
SEÑORA MILLS: (como si fuera evidente) Es un libro de fotografías, señora.
GRACE: Sí, pero todos están como dormidos. Mire.
SEÑORA MILLS: No están dormidos, señora... Están muertos.
GRACE mira a la anciana, entre la sorpresa y el terror.
SEÑORA MILLS: Es un libro de difuntos".

"SEÑORA MILLS: El dolor por la pérdida de un ser querido puede empujar a hacer cualquier cosa".

"La SEÑORA MILLS y TUTTLE miran hacia la salida.
De pronto, el rostro de la anciana, generalmente afable y hasta ingenuo, adquiere un tono turbio y sombrío.
SEÑORA MILLS: (con complicidad) Ahora está convencida de que son fantasmas.
TUTTLE: (apoyándose sobre el rastrillo) ¿No será arriesgado dejar que se vaya?
SEÑORA MILLS: (fríamente) No se preocupe. La niebla no la dejará ir muy lejos.
TUTTLE: Sí, la niebla. La niebla..., claro.
TUTTLE continúa su labor, amontonando rastrojos. De pronto se detiene y nuevamente se apoya sobre el rastrillo.
TUTTLE: (señalando los tres montones) ¿Ycuándo... cuándo cree que deberíamos destapar... todo esto?
SEÑORA MILLS: Cada cosa a su tiempo, señor Tuttle, cada cosa a su tiempo. Por cierto...
Uno de los montones se ha desmoronado parcialmente, dejando ver una cruz de piedra erosionada.
TUTTLE: ¡Vaya!
TUTTLE coge un puñado de rastrojos de la carretilla y los deposita sobre la sepultura, tapándola de nuevo".

"GRACE: ¿No te dije que no te sentaras en el suelo?
ANNE: Estoy sobre la alfombra.
GRACE: Es igual. Así se mancha. ¿Se puede saber por qué nunca haces lo que ted...?
Silencio. GRACE muestra una expresión de absoluto terror.
Las manos que juegan con las muñecas son largas y huesudas. En ese momento somos conscientes de que la silueta de la niña podría ser la de una  mujer mayor,
agazapada en la esquina. De hecho, las costuras del vestido parecen estar a punto de estallar. No obstante, la voz de resulta inconfundible.
GRACE camina lentamente hacia la figura...
FIGURA: (con voz de Anne) No sabía cómo quitármelo".

"GRACE abandona la habitación.
SEÑORA MILLS: (mirada perdida, hablar pausado) Primero nos grita y nos insulta, luego maltrata a Lydia, y ahora nos quita las llaves. ¿Sabe, señor Tuttle? Creo que se me ha acabado la paciencia. ¿A usted no?
TUTTLE: Oh, sí... desde luego.
Pausa.
SEÑORA MILLS: (a TUTTLE) Será mejor que vayamos a destapar las lápidas".

"TUTTLE: ¡Oh, sí! ...Señora, ¿se acuerda de las tumbas que andaba buscando? Ya las encontré.
GRACE: ¡No quiero ver ninguna tumba!
SEÑORA MILLS: Debería verlas, señora. Y así comprobaría... (Su tono suena más siniestro que nunca.) .. .que los fantasmas existen.
GRACE: ¡Los fantasmas no existen!
TUTTLE: (acercándose a GRACE) Oh, sí, señora. Se lo puedo asegurar... Existen, claro que sí".

"GRACE, con la vieja foto entre las manos, abre desmesuradamente los ojos.
En la imagen aparecen retratados la SEÑORA MILLS, LYDIA y el SEÑOR TUTTLE. Sus cuerpos están distribuidos en un sofá, intentando formar una extraña composición triangular...
Los tres tienen los ojos cerrados. Al pie de foto está impreso:
Diciembre, 1891
GRACE: (balbuceando) M-m-muertos... (Lanza un sollozo y se lleva una mano a la boca.) ¡¡Están muertos!!".

"SEÑORA MILLS (V.O.): Íbamos a decírselo tarde o temprano. Sólo queríamos encontrar el momento oportuno para hablar con usted.
GRACE: ¿Sobre qué?
SEÑORA MILLS (V.O.): Sobre la casa... Sobre... la nueva situación.
GRACE: ¿Qué situación?
SEÑORA MILLS (V.O.): Debemos aprender a convivir... Los vivos con los muertos.
GRACE es presa de un llanto histérico.
GRACE: Dios mío... ¡Si están muertos, déjennos en paz!".

"GRACE: Nadie nos echará de esta casa... mientras estemos muertos".







Alejandro Amenabar

viernes, 28 de octubre de 2022

Citas: El árbol de las brujas - Ray Bradbury


 

"El pueblo estaba lleno de árboles. Y pasto seco y flores muertas ahora que había llegado el otoño. 
Y muchas cercas para caminar por encima y aceras para patinar y una cañada donde echarse a
rodar y llamar a gritos a los del otro lado. Y el pueblo estaba lleno de…
Chicos.
Y era la tarde de la Noche de las Brujas.
Y todas las casas cerradas contra un viento frío. Y el pueblo lleno de fríos rayos
de sol. Pero de pronto el día se fue.
De abajo de todos los árboles salió la noche y tendió las alas".

"Buuum. Ocho puertas de calle cerradas de golpe. Ocho muchachitos ejecutaron una serie de hermosos saltos por encima de tiestos, barandillas, helechos muertos, arbustos, y aterrizaron sobre el césped seco y almidonado de los jardines. Galopando, atropellándose, se apoderaban de una última sábana, ajustaban una última máscara, tironeaban de extraños sombreros hongo o pelucas, gritando por cómo los llevaba el viento, cómo los ayudaba a correr; felices en el viento, o soltando maldiciones infantiles cuando las máscaras se les caían o se les torcían o se les metían en las narices con un olor a muselina, como el aliento caliente de un perro; o sencillamente dejando que la pura alegría de vivir y de estar fuera de noche les colmara los pulmones y les formase en las gargantas un grito y un grito y un… ¡griiitooo!".

"El viento de la puerta que se abrió de pronto casi barre del porche a los chicos. Se tomaron por los codos unos a otros, gritando. Entonces, dentro de la casa, la oscuridad inspiró. Un viento de succión entró por la puerta. Tironeó de los chicos, los arrastró por el porche. Tuvieron que echarse hacia atrás para que no los remolcara al interior del vestíbulo negro. Se debatieron, gritaron, se aferraron a las barandas del porche. Pero de pronto el viento cesó.
La oscuridad se movió en la oscuridad".

"Pues allí estaba el Árbol.
Y nunca en la vida habían visto un árbol semejante.
Se alzaba en el centro de un patio amplio, detrás de la mansión terriblemente misteriosa. Y este árbol tenía casi treinta metros de altura, y era más alto que los altos tejados, y exuberante y redondo y frondoso, y estaba cubierto de una infinita variedad de hojas otoñales, rojas, pardas y amarillas.
—Pero… mirad, oh —cuchicheó Tom—. ¿Qué es eso allá arriba, en ese árbol?
Porque del árbol colgaban toda clase de calabazas de las más diversas formas y tamaños y de muchas tonalidades y matices de anaranjado brillante y amarillo humo.
—Un árbol calabacero —dijo alguien.
—No —dijo Tom.
Entre las ramas altas sopló el viento y agitó levemente el cargamento rutilante.
—Un Árbol de las Brujas —dijo Tom. Y tenía razón".

"Una nubecilla de humo pareció escapar de la boca de Tom:
—Árbol de Todas las Brujas…
Todos los chicos repitieron en un murmullo:
—Árbol… de Todas las Brujas.
Y luego silencio.
Y durante el silencio las últimas triples y cuádruples velas del Árbol de Todas las Brujas se encendieron en constelaciones titánicas, entretejiéndose entre las ramas negras y espiando a través de los tallos y las hojas crepitantes.
Y ahora el Árbol se había convertido en una inmensa Sonrisa sustancial".

"De la parva de hojas emergía una mano blanca y descarnada, una mano flotante.
Y detrás, deshaciéndose en sonrisas, oculta por un momento pero ahora visible mientras se deslizaba hacia arriba, una calavera blanca.
Y lo que fuera una deliciosa piscina de hojas de roble, olmo y álamo donde patalear y hundirse y esconderse, era ahora el lugar donde menos querían estar. Pues la blanca mano descarnada volaba por el aire. Y la calavera blanca se elevaba revoloteando ante ellos.
Y los chicos cayeron hacia atrás, tropezando unos con otros, con jadeos de pánico, hasta que en una masa informe y aterrorizada rodaron por tierra y se revolcaron y manotearon la hierba para ponerse a salvo, atropellándose, tratando de echar a correr.
—¡Auxilio! —gritaron.
—Oh, sí, auxilio —dijo la Calavera".

"Un millón de asesinatos diminutos ocurrieron en algún lugar.
—¡Enciende tu calabaza, Pip!
—Auxilio… —gimió una vocecita angustiada.
Miles de alas remontaron vuelo. En algún sitio una bestia enorme batió el aire como un tambor sordo.
Las nubes, como telones de gasa, se corrieron despejando el cielo. Y allí estaba la luna, un ojo enorme.
Miró abajo…
Un sendero desierto.
No se veía a Pipkin en ninguna parte.
En lontananza, hacia el horizonte, algo oscuro se desmigajó, danzó y se escurrió alejándose en el frío aire estelar.
—Auxilio… auxilio… —gimió una voz que se perdía a la distancia.
Y calló.
—Oh —se lamentó el señor Mortajosario—. Esto sí que es grave. Me temo que algo se lo haya llevado.
—¿Adónde, adónde? —balbucearon estremeciéndose los chicos.
—A la Comarca Ignota. El Lugar que os quería mostrar. Pero ahora…
—¿No querrá decir que esa Cosa de la barranca, Eso, o Él, o lo que sea, era… la Muerte? ¿Qué se apoderó de Pipkin y… huyó?
—Decir que lo tomó en préstamo sería más correcto, quizá para pedir rescate —dijo Mortajosario.
—¿Puede hacer eso la Muerte?
—A veces, sí.
—Oh, diantre. —Tom sintió que se le humedecían los ojos—".

"Los chicos corrieron en la oscuridad por el sendero de lienzo.
—¡Atentos al crimen, muchachos! ¡Muerte!
Los pilares a ambos lados del corredor se animaron de pronto. Unas figuras seestremecieron y se movieron.
El sol dorado bañaba los pilares.
Pero era un sol con brazos y piernas, envuelto en ceñidos vendajes de momia.
—¡Muerte!
Una criatura tenebrosa le asentó al sol un golpe terrible.
El sol murió. Los fuegos se extinguieron".

"—¿Y es ése el origen de la Noche de las Brujas?
—Esas largas meditaciones nocturnas, muchachos. Y siempre allí, en el centro, elfuego. El sol. El sol sucumbiendo para siempre bajo el cielo frío, aterrorizando alhombre primitivo. Aquélla era la Gran Muerte. Si el sol desaparecía para siempre,entonces ¿qué?".

"La hoja afilada bajó de golpe: ¡hissssssss!
—¡Señor Mortajosario, apiádese de nosotros!
—¡Cállate! —Alguien le dio a Tom un golpecito en el codo. El señor Mortajosario estaba echado junto a él—. Ése no soy yo. Es…¡Samhain! —gritó la voz desde la niebla—. ¡El Dios de los Muertos! ¡Asícosecho, y así!".

"—Eh, mirad. ¡Ese perro!
Un perro salvaje, despavorido, trepaba por las rocas a toda carrera.
Y la cara del perro, los ojos, algo en los ojos…
—¿No será…?
—¿Pipkin? —dijeron todos.
—Pip… —gritó Tom—. ¿Aquí nos encontramos? Entonces…
Pero ¡funnm! La guadaña cayó.
Y lloriqueando de terror, el perro rodó sobre sí mismo y resbaló cuesta abajo.
—Aguántate, Pipkin. ¡Te reconocemos, te vemos! ¡No te asustes! No… —Tom silbó.
Pero el perro, que gemía con la dulce y adorada y asustada voz de Pipkin, ya noestaba allí.
Pero ¿no devolvían las colinas un eco de aquel gañido?
—Encontradme. Encontradme. Encontraaaaadme…
«¿Dónde?», pensó Tom. «Cuernos ¿dónde?»".

"—Brujas, brujas por todos lados —dijo Tom sorprendido—. ¡Nunca pensé que hubiese tantas!
—Legiones y multitudes, Tom. Europa estaba inundada hasta los topes. 
Brujas bajo los pies, debajo de las camas, en los sótanos y en las buhardillas.
—Caramba caramba —dijo Henry-Trampitas orgulloso en su disfraz de Bruja —.¡Brujas de verdad! ¿Podían hablar con los muertos?
—No —dijo Mortajosario.
—¿Engañar a los diablos?
—No.
—¿Meter a los demonios en las bisagras de las puertas y hacerlos chirriar a medianoche?
—No.
—¿Cabalgar en palos de escoba?
—Nopo.
—¿Hacer estornudar a la gente?
—Lástima, pero no.
—¿Matar a personas clavando alfileres en muñecos?
—No.
—Bueno, diantre ¿qué podían hacer?
—Nada.
—¡Nada! —gritaron todos, ultrajados.
—¡Ah, pero ellas creían que podían, muchachos!".

"El humo se arremolinaba en el cielo. En las encrucijadas había brujas colgadas, cuervos apretados en la plumosa oscuridad.
Arriba los chicos colgaban de las escobas, los ojos fuera de las órbitas, estupefactos.
—¿Alguno quiere ser bruja? —preguntó por último Mortajosario.
—Humm… —dijo Henry-Trampitas estremeciéndose en sus harapos de bruja—. ¡Y yo no!
—No es broma ¿en, muchacho?
—No es broma.
Las escobas los llevaron lejos de las carnes carbonizadas y el humo.
Aterrizaron en una calle desierta, en un lugar abierto, en París.
Las escobas se les desplomaron, muertas".

"Pipkin.
—Pip, por todos los diablos ¿qué haces aquí? —gritó Tom.
Pip no dijo nada.
La boca de Pip era de piedra.
—Uff, es sólo roca —dijo Ralph—. Es sólo una gárgola tallada aquí hace mucho tiempo, que se parece a Pipkin.
—No, yo lo oí llamar.
—Pero, cómo…
Y entonces el viento les trajo la respuesta. Sopló alrededor de los altos muros de Notre Dame. Tocó la flauta en los oídos y el caramillo en las bocas abiertas de las gárgolas.
—Ahhh… —suspiró la voz de Pipkin.
Los cabellos se les erizaron en las nucas
—Oooooo —murmuró la boca de piedra.
—¡Escuchad! ¡Es él! —dijo Ralph, excitado".

"La lluvia le brotó de los ojos como lágrimas.
Los muchachos levantaron las manos como para tocar la barbilla de Pipkin, Pero antes que alcanzaran a tocarla…
Un rayo cayó del cielo.
Restalló en azul y blanco.
La catedral entera se conmovió. Los chicos tuvieron que aferrarse con ambas manos a cuernos de demonios y alas de ángeles para que no los derribaran.
Trueno y humo. Y un gran alud de roca y piedra.
La cara de Pipkin desapareció. Arrancada por el rayo, cayó en el espacio y se hizo añicos contra el suelo".

"Se habían acostumbrado tanto a que Pipkin les deparase fantásticas sorpresas, apareciendo en los muros de Notre Dame, o apretujado en un sarcófago de oro, y habían esperado que Pipkin, como un muñeco de resorte, saltara de pronto de una montaña de calaveras de azúcar, les sacudiera una mortaja en las caras y se pusiera a cantar.
Pero no. De pronto, nada de Pip. Ni rastros de Pip.
Y tal vez nada de Pip nunca más.
Los muchachos se estremecieron. Un viento frío sopló una niebla desde el lago".

"Tom Skelton, disfrazado de calavera y huesos, sin ganas de entrar, queriendo extraerle una última gota a esa fiesta favorita, envió sus pensamientos por el aire
nocturno hacia la extraña casa del otro lado de la cañada. 
Señor Mortajosario ¿quién es USTED?
Y el señor Mortajosario, allá arriba, en el tejado, le envió la respuesta:
Creo que tú lo sabes, muchacho, creo que tú lo sabes.
¿Volveremos a encontrarnos, señor Mortajosario?
Dentro de muchos años sí, vendré por ti.
Y un último pensamiento de Tom:
Oh, señor Mortajosario, ¿dejaremos de tenerles miedo alguna vez a la noche y a la muerte?
Y el pensamiento volvió:
Cuando lleguéis a las estrellas, muchacho, si, y viváis para siempre allí, todos los miedos desaparecerán, y la Muerte misma morirá".





Ray Bradbury

jueves, 27 de octubre de 2022

Citas: La dama pálida - Alejandro Dumas

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 "—Escuchen —dijo la dama pálida con una extraña solemnidad—, ya que todos aquí han contado alguna historia, yo también quiero contar una. Doctor, no vaya a decir que la historia no es verdadera; es la mía... Esta noche va a saber lo que la ciencia no pudo decirle hasta ahora, doctor; va a saber por qué soy tan pálida".


"—Soy Polaca; nací en Sandomir, es decir, en un país donde las leyendas llegan a ser artículos de fe, donde creemos en nuestras tradiciones de familia tanto, o más quizá, que en el Evangelio. Ninguno de nuestros castillos deja de tener su espectro, ni existe una sola cabaña sin su espíritu familiar".

"Tendría unos veinticuatro años, era de elevada estatura, y en sus grandes ojos azules se leían resolución y firmeza singulares.
Sus largos cabellos rubios, indicio de la raza eslava, le caían sobre los hombros como los del arcángel san Miguel, ornando unas mejillas jóvenes y frescas; entreabría sus labios desdeñosa sonrisa, dejando ver una doble hilera de perlas; su mirada era la que cruza el águila con el rayo".

"Mi cabeza caída me permitía ver los hermosos ojos de Gregoriska fijos en los míos. Kostaki lo reparó, levantó mi cabeza y ya no vi más que su mirada sombría que me devoraba. Bajé los párpados; pero inútilmente: a través de su velo, continué viendo aquella mirada lacerante que, penetrando hasta el fondo de mi pecho, me atravesaba el corazón".

"Ambos hermanos se enamoraron de mí cada uno según su carácter. Kostaki, desde el día siguiente, me dijo que me amaba, declaró que sería suya y no de otro, y que me mataría antes que dejarme pertenecer a otro, fuera quien fuese. Gregoriska nada dijo; pero me rodeó de cuidados y atenciones. Todos los recursos de una educación brillante, todos los recuerdos de su juventud pasada en las más nobles cortes de Europa fueron empleados para complacerme y ¡ay! no era difícil; al primer sonido de su voz, había yo sentido que aquella voz acariciaba mi alma; a la primera mirada de sus ojos sentí que aquella mirada penetraba hasta mi corazón.
A los tres meses, Kostaki me había repetido cien veces que me amaba, y yo le odiaba; a los tres meses Gregoriska no me había dirigido aún una sola palabra de amor; y, sin embargo, yo sentía que cuando me lo exigiese sería suya enteramente".

"Era imposible estar más cierta de amor de un hombre de lo que yo lo estaba del suyo, y sin embargo, si se me hubiese preguntado en qué prueba se apoyaba aquella certeza, me hubiera sido imposible decirlo; nadie, en el castillo, podía decir que hubiese visto su mano tocar la mía, ni sus ojos buscar los míos. Sólo los celos podían descubrir a Kostaki aquella rivalidad, como sólo mi amor podía esclarecerme sobre aquel amor".

"Me senté, o por mejor decir, me dejé caer sobre aquel asiento.
—¡Oh! ¡Dios mío! —le dije—, ¿qué hay, y por qué tantas precauciones?
—Porque mi vida, lo cual nada importaría, y la vuestra quizá también dependen de la conversación que vamos a tener. —Asustada; le cogí de la mano.
Llevó él mi mano a sus labios, sin dejar de mirar para pedirme perdón de semejante osadía.
Yo bajé los ojos; era expresar en silencio mi consentimiento.
—Os amo, —me dijo con su voz melodiosa como un canto—; ¿me amáis vos?
—Sí, —le respondí".

"—¡Ojalá fuese pasado mañana!
—¡Hedwigia mía!
Gregoriska me estrechó contra su corazón, nuestros labios se encontraron.
¡Ah! Él lo había dicho. Era hombre honrado; pero, harto comprendió, que si no le pertenecía mi cuerpo, al menos le pertenecía el alma".

"Cuando me levanté para subir a mi aposento, Smeranda, como de costumbre, me abrazó, y, al abrazarme, me dijo aquella misma frase que desde hacía ocho días no había oído salir de su boca:
—Kostaki ama Hedwigia.
Esta frase me persiguió como una amenaza, y al encontrarme sola en mi aposento me pareció que una voz murmuraba a mis oídos:
—¡Kostaki ama Hedwigia!
Ahora bien, el amor de Kostaki, Gregoriska me lo había dicho, era la muerte".

"Algunos minutos antes de las nueve me pareció oír en el patio el galope de un caballo. Smeranda lo oyó también, porque volvió la cabeza del lado de la ventana; pero era demasiado oscura la noche para que pudiese ver nada".

"Reconocí a Gregoriska, sí, pero pálido como la muerte. Solamente con verle, se adivinaba ya que acababa de ocurrir algo terrible.
—¿Eres tú, Kostaki? —preguntó Smeranda.
—No, madre mía, —respondió Gregoriska con voz sorda.
—¡Ah! ¿por fin estáis aquí, y desde cuando aquí debe esperaros vuestra madre?
—Madre mía, —dijo Gregoriska fijando una mirada en el reloj—, no son más que las nueve.
En aquel momento, efectivamente, dieron las nueve.
—Verdad es, —dijo Smeranda—. ¿Dónde está vuestro hermano? —A mi pesar,pensé que era la misma pregunta que Dios había dirigido a Caín".

"Gregoriska extendió su mano sobre el cadáver.
—Juro que el asesino morirá, —dijo.
A este juramento extraño y del que solamente yo y el muerto quizá, podíamos comprender el verdadero sentido, vi o creí verse cumplir un espantoso prodigio.
Los ojos del cadáver se abrieron y se clavaron en mí más animados acaso de lo que nunca los había visto, y sentí, como si hubiera sido palpable aquel doble rayo, penetrar un hierro encendido en mi corazón".

"Parecía una imagen del dolor. Con un movimiento leve como el de una estatua, posó sus labios helados sobre mi frente y con voz sepulcral pronunció sus acostumbradas palabras: Kostaki ama Hedwigia.
No podéis figuraros el efecto que produjeron en mí estas palabras. Semejante protesta de amor hecha en tiempo presente en vez de tiempo pasado; ese ama en vez de amaba; ese amor de ultratumba que venía a buscarme en vida produjo en mí una terrible impresión.
Al mismo tiempo un extraño sentimiento se apoderaba de mí, como si yo hubiese sido en efecto la mujer del que había muerto y no la prometida del que estaba vivo".

"Entonces una sensación extraña se apoderó de mí. Era un terror espeluznante que recorría todo mi cuerpo, helándolo; y mezclado con este terror algo como un sueño invencible que entorpecía mis sentidos: mi pecho se oprimió, se velaron mis ojos.
Extendí los brazos y fui a caer de espaldas sobre mi lecho.
Sin embargo mis sentidos no se habían amortiguado tan completamente que me impidieran oír un rumor de pisadas acercándose a mi puerta; en seguida, me pareció que ésta se abría: después ya no vi ni oí nada más.
Únicamente sentí un vivísimo dolor en el cuello. Después de lo cual caí en completo letargo.
A media noche, desperté; mi lámpara estaba aún encendida; quise levantarme; pero estaba tan débil, que me fue preciso probarlo dos o tres veces. Vencí, empero, esta debilidad, como despierta sentía en el cuello el mismo dolor que había experimentado en mi adormecimiento, me arrastré, apoyándome en la pared, hasta el espejo y miré.
Algo parecido a la picada de un alfiler marcaba la arteria de mi cuello".

"Quise levantarme para recibirle; pero volví a caer en mi sillón.
Lanzó un grito al verme y quiso precipitarse hacia mí; pero tuve fuerza suficiente para extender mi brazo hacia él.
—¿Qué venís a hacer aquí? —le pregunté.
—¡Ah! ¡venía a despedirme de vos! ¡venía a deciros que dejo este mundo que me es insoportable sin vuestro amor y sin vuestra presencia!, ¡venía a deciros que me retiro al monasterio de Hango!
—Mi presencia os está vedada, Gregoriska, —le respondí—; pero no mi amor.
¡Ah! yo os amo siempre, y mi mayor pena es que de hoy en adelante este amor sea casi un crimen".

"Todo era muerto, todo era cadáver… carne, traje, movimientos… los ojos solo, sus ojos terribles estaban vivos.
Ante aquel espectáculo ¡cosa extraña! en vez de sentir redoblar, mi espanto, sentí acrecentarse mi valor. Dios me lo enviaba, sin duda, para que pudiera juzgar mi situación y defenderme contra el infierno. Al primer paso que dio el fantasma hacia mi lecho, crucé con osadía mi mirada con aquella mirada de plomo y le presenté el ramo bendecido.
El espectro intentó adelantarse; pero un poder más fuerte que el suyo le mantuvo en su sitio.
Se paró.
—¡Oh! —murmuró—; no duerme; ¡todo lo sabe!".

"Kostaki exhaló un suspiro preñado de lucha y desesperación.
—¿Qué quieres? —preguntó a su hermano.
—¡En nombre del Dios vivo! —exclamó Gregoriska—, te conjuro para que me
respondas.
—Habla, —dijo el fantasma rechinando los dientes.
—¿Soy yo quien te aguardó?
—No.
—¿Soy yo quien te atacó?
—No.
—¿Soy yo quien te hirió?
—No.
—Tú te arrojaste sobre mi espada, y todo hubo concluido. Por consiguiente, a los ojos de Dios y de los hombres, no soy culpable del crimen de fratricidio; tú no has recibido una misión divina sino infernal; tú has salido de la tumba, no como una sombra santa, sino como un espectro maldito y vas a volver de nuevo a tu tumba.
—¡Con ella, sí! —exclamó Kostaki haciendo un esfuerzo supremo para apoderarse de mí.
—¡Solo! —exclamó a su vez Gregoriska—; esa mujer me pertenece".

"—Kostaki, —dijo—, no ha concluido aún todo para ti. Una voz celeste me dice que serás perdonado si te arrepientes; ¿prometes volver a entrar en la tumba, prometes no salir de ella, prometes, en fin, consagrar a Dios el culto que hasta ahora has tributado al infierno?
—No, respondió Kostaki.
—¿Te arrepientes? —preguntó Gregoriska.
—¡No!
—¿Por última vez, Kostaki?
—¡No!
—Pues bien; llama en tu auxilio a Satanás como yo invoco a Dios, y veamos de nuevo quién saldrá victorioso".

"Gregoriska había permanecido en pie, pero vacilando. Corrí y le sostuve en mis brazos.
—¿Estáis herido? —le pregunté con ansiedad.
—No, —me dijo—; pero en un duelo semejante, mi querida Hedwigia, no es la herida la que mata, es la lucha. He luchado con la muerte y pertenezco a la muerte".

"En cualquier otra circunstancia, hallándome en medio del cementerio, cerca de aquella tumba abierta, con aquellos dos cadáveres, tendidos uno junto al otro, hubiera enloquecido; pero, y lo he dicho, Dios había puesto en mí una fuerza igual a los acontecimientos de los que me hacía no solamente testigo, sino también protagonista.
En el momento en que miraba en torno mío, buscando un auxilio cualquiera, vi abrirse la puerta del monasterio, y los monjes, guiados por el padre Basilio, se adelantaron dos a dos, con sendas antorchas encendidas y entonando las oraciones de difuntos.
El padre Basilio acababa de llegar al convento; había previsto lo que había ocurrido, y, a la cabeza de toda la comunidad, se dirigía al cementerio.
Me encontró viva junto a dos muertos".

"Mi salud se ha restablecido también y no he conservado de ese acontecimiento más que la palidez mortal que acompaña hasta la tumba a toda criatura humana que ha recibido el beso de un vampiro".

"La dama se calló, dieron las doce, y casi me atrevería a decir que el más valiente de nosotros se estremeció al timbre del reloj.
Era ya hora de retirarnos, y nos despedimos del señor Ledrú. Un año después, ese excelente hombre había muerto.
Ésta es la primera vez que, después de su muerte, se me presenta ocasión de pagar un tributo al buen ciudadano, al modesto sabio, al hombre honrado sobre todo.
Me apresuro pues a aprovecharla. Jamás he vuelto a Fontenay-aux-roses".




Alejandro Dumas 

miércoles, 26 de octubre de 2022

Citas: Uno se quedo atrás - Marjorie Bowen

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"Los ojos del estudiante brillaron con malignidad.
—¡Aun así, quizás consiga sorprenderle, sórdido y viejo avaro que es usted! Por favor, tenga la bondad de mirar aquí dentro.
Manteniendo todavía el grimorio bajo su brazo, sacó de la pechera un pequeño espejo que parecía de metal bruñido, y lo agitó velozmente frente a la mirada reluctante de Monsieur Dufours.
Este comprobó, de todos modos, que resultaba imposible evitar el disco metálico. Sus ojos cansados, desgastados por la edad y por contar el contenido de sus bolsas de dinero, miraban fijamente, sin querer, en el interior del espejo mágico.
Sobre su superficie apareció una figura menuda y borrosa, curvada hacia arriba como un pájaro en el nido, que le devolvió la mirada al anciano con pequeños ojos negros que brillaban vengativamente".

"Nadie sabía demasiado sobre él y todos le temían un poco. Era malhumorado, arrogante y no tenía amigos. ¿Cómo se podía permitir pagar los cursos de la universidad?
Era brillante en su trabajo, pero resultaba poco probable, decían los profesores, que triunfase, puesto que asistía a pocas clases.
¿Cómo pasaba su tiempo?
Los estudiantes a menudo se hacían esta pregunta los unos a los otros.
Temían responderla. Corría el rumor de que Rudolph malgastaba sus días y ponía en peligro su alma con el estudio de las artes prohibidas".

"Hasta que no hubo empaquetado todas las joyas en su bolso y en su baúl de mimbre, Rudolph no prestó atención a la dama. Reparó en ella mientras permanecía inmóvil en su esplendor nupcial, con la mirada de sus ojos azules, ligeramente abultados, fija frente a sí, y sintió una punzada de compasión por ella.
—Puedes volver con tu esposo —le dijo con desprecio.
Sin embargo, ella no se movió, y Rudolph no consiguió recordar la fórmula de despedida del conjuro.
Buscó en el grimorio y no pudo encontrar nada al respecto: «Uno se queda atrás» era lo único escrito en las instrucciones".

"El fantasma se apretó contra el estudiante como una niebla fría en los pulmones. Y, por primera vez, habló:
—No puede quejarse. Todas las promesas del grimorio se han cumplido.
—No malgaste el aliento, madame —respondió Rudolph—. ¿Me devolverá el anillo de berilo?
—¡Jamás!
—¿Me dejará en paz?
—¡Jamás! ¡Uno se queda atrás!".






Marjorie Bowen

martes, 25 de octubre de 2022

Citas: El color que cayo del cielo - H. P. Lovecraft

 

"Sus antiguos moradores se marcharon, y a los extranjeros no les gusta vivir allí.
Los francocanadienses lo han intentado, los italianos lo han intentado, y los polacos llegaron y se marcharon. Y ello no es debido a nada que pueda ser oído, o visto, o tocado, sino a causa de algo puramente imaginario".

"No me estuvo raro que los extranjeros no quisieran permanecer allí, ya que aquélla no era una región que invitara a dormir en ella. Su aspecto recordaba demasiado el de una región extraída de un cuento de terror".

"Lo único que mostró fue alivio; alivio ante la idea de que los valles por los cuales había vagabundeado toda su vida iban a desaparecer. Estarían mejor debajo del agua…, mejor debajo del agua desde los extraños días".

"La alberca iba a ser construida inmediatamente, y todos aquellos antiguos secretos quedarían enterrados para siempre bajo las profundas aguas. Pero creo que ni cuando esto sea una realidad, me gustará visitar aquella región por la noche…, al menos, no cuando brillan en el cielo las siniestras estrellas".

"Thad había desaparecido, y ahora había desaparecido Merwin. Algo estaba arrastrándose y arrastrándose, esperando ser visto y oído".

"Hay cosas que no pueden ser mencionadas, y lo que se hace por humanidad es a veces cruelmente juzgado por la ley. Comprendí que en aquella habitación del ático no quedó nada que se moviera, y
que no dejar allí nada capaz de moverse debió de ser algo horripilante y capaz de acarrear un tormento eterno. Cualquiera, no tratándose de un estólido granjero, se hubiera desmayado o enloquecido, pero Ammi volvió a cruzar el umbral de la puerta pintada de blanco y encerró el espantoso secreto detrás de él".

"De repente, uno de los policías que estaba en la ventana profirió una exclamación.
Los demás se le quedaron mirando, y luego siguieron la dirección de los ojos de su compañero. No había necesidad de palabras. Lo que había de discutible en las habladurías de los campesinos ya no podría ser discutido en adelante porque allí había seis testigos de excepción, media docena de hombres que, por la índole de sus profesiones, no creían más que lo que veían con sus propios ojos".










H. P. Lovecraft

jueves, 29 de septiembre de 2022

Citas: La muerte feliz - Albert Camus

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"Zagreus estaba ahora mirando la ventana. Se oyó pasar un auto por delante de la puerta con un leve ruido de masticación. Zagreus, sin moverse, parecía contemplar toda la inhumana belleza de aquella mañana de abril".

"Trastabillando un poco, se detuvo sin embargo y respiró hondo. Del cielo azul bajaban millones de sonrisas menudas y blancas. Jugueteaban en las hojas aún cubiertas de lluvia y en la toba húmeda de los paseos; volaban hacia las casas con tejas de sangre fresca y se remontaban con alas raudas hacia los lagos de aire y de sol de los que se habían desbordado poco antes. Un ronroneo suave bajaba desde un avión diminuto que navegaba en las alturas. Entre aquella dilatación del aire y aquella fertilidad del cielo parecía que la única tarea de los hombres fuera vivir y ser felices".

"—Sí —dijo por fin—, la enfermedad llega corriendo, pero irse le lleva su tiempo".

"Callaba acerca de las mismas cosas que en otras circunstancias lo habrían entusiasmado, puesto que las estaba viviendo, hasta que se veía solo en su cuarto y recurría a todas sus fuerzas y su precaución para apagar la llama de vida que ardía en él".

"Hasta que murió su madre, siguió leyendo y pensando. Y la enferma se pasó diez años soportando aquella vida".

"El discutible entorno, las sillas de paja un poco desfondadas, el armario con la luna amarillenta y el tocador al que le faltaba una esquina, no existía para él, porque la costumbre lo había limado todo. Se paseaba por una sombra de vivienda que no le exigía esfuerzo alguno. En otra habitación habría tenido que acostumbrarse a las novedades y, también en este caso, luchar. Él quería reducir la superficie que le brindaba al mundo y dormir hasta que todo se hubiera consumado. Y el cuarto apoyaba esa intención suya".

"Su cuarto y él se pasaban toda la noche de verano entre ese perfume al tiempo tan sutil y tan denso y era como si, tras llevar muerto muchos días, abriera por primera vez su ventana a la vida".

"Mersault se acordó de la cena.
Le dolía un poco el cuello porque había estado mucho rato apoyado en el respaldo de la silla. Bajó a comprar pan y pasta, la preparó y comió. Volvió a la ventana. Salía gente a la calle, había refrescado. Le dio un escalofrío, cerró las hojas de la ventana y volvió hacia el espejo que estaba encima de la chimenea. Salvo algunas noches en que venía Marthe o salía con ella y salvo su correspondencia con las amigas de Túnez, toda su vida cabía en la perspectiva amarillenta que le brindaba el espejo de un cuarto en que junto a la lámpara de alcohol mugrienta había unos trozos de pan".

"Al mirarle los labios gruesos y que el sueño abultaba, lo deseó. Él abrió los ojos a medias en ese momento y dijo sin enfadarse, volviendo a cerrarlos:
—No me gusta que me miren dormir.
Ella se le echó en los brazos y lo besó. Él se quedó quieto.
—Ay, cariño, otra vez con un capricho de esos tuyos.
—No me llames cariño, ¿quieres? Te lo tengo dicho.
Ella se echó a su lado y lo miró de perfil.
—Me pregunto a quién te pareces como estás ahora".

"—¿Me quieres? —dijo Marthe sin transición.
Mersault de pronto se animó y rió con fuerza.
—Ésa sí que es una pregunta seria.
—Contesta.
—Pero a nuestra edad no se quiere, mujer. Nos gustamos y ya está. Hasta más adelante, hasta que se es viejo e impotente, no se puede querer. A nuestra edad, creemos que nos queremos. Y nada más".

"Y de pronto, le arrimó la cara. Le brillaban las llamas sólo en la mejilla izquierda, pero algo en a voz y la mirada iba cargado de calor.
—Parece cansado —dijo.
Por pudor, Mersault se limitó a contestar: «Sí, me aburro» y, tras una pausa, se enderezó, anduvo hasta la ventana y añadió, mirando al exterior:
—Tengo ganas de casarme, de suicidarme o de suscribirme a L’Illustration. De hacer algo desesperado, vamos".

"—Atienda —siguió diciendo Zagreus— y míreme. Me ayudan a hacer mis necesidades. Y, luego, me lavan y me secan. Y lo que es peor: pago a alguien para que lo haga. Bueno, pues no haría nunca ni un gesto para abreviar una vida en la que tanto creo. Aceptaría cosas peores aún, ciego, mudo, todo lo que quiera, sólo con tal de notar en el vientre esta llama oscura y ardiente que soy yo y yo con vida. Sólo pensaría en darle gracias a la vida por haberme permitido seguir ardiendo".

"Zagreus bebió un sorbo de té y dejó la taza, llena. Bebía muy poco porque no quería orinar más que una vez al día. A fuerza de echarle voluntad, conseguía casi siempre limitar la carga de humillaciones que todos los días traían consigo. «No hay ahorro pequeño. Es un récord como otro cualquiera», le había dicho un día a Mersault".

"Zagreus, tras quedarse callado mucho rato, miró a Patrice y se limitó a decir:
—Muchas penas les esperan a quienes lo quieran a usted…
Se detuvo sorprendido ante el respingo repentino de Mersault, quien, con la cabeza en la sombra, dijo airadamente:
—El cariño que se me tenga no me obliga a nada…
—Es cierto —dijo Zagreus—. Sólo hacía constar un hecho. Algún día se quedará solo, y nada más".

"»Mire, Mersault, a un hombre bien nacido nunca le resulta complicado ser feliz.
Le basta con retomar el destino de todos, no con voluntad de renuncia, como tantos grandes hombres de pacotilla, sino con voluntad de felicidad. Pero se necesita tiempo para ser feliz. Mucho tiempo. La felicidad es también una prolongada paciencia".

"Zagreus volvió a hablar sin apresurarse:
—Sí, ya sé que la mayoría de los hombres ricos no tienen sentido alguno de la felicidad. Pero la cuestión no es ésa. Tener dinero es tener tiempo. No me sacarán de ahí. El tiempo se compra. Todo se compra. Ser rico o hacerse rico es tener tiempo para ser feliz cuando eres digno de serlo".

"—Nunca hay que ensuciar la vida con besos de inválido".

"Marthe fue a ver a Mersault y dijo, suspirando: «Hay días en que querría una estar en su lugar. Pero a veces hace falta más valor para vivir que para matarse»".

"Al notarse tan poroso, tan atento a todas las señales del mundo, Mersault sintió la honda grieta que lo abría a la vida".

"Toda esa agua que bajaba con su carga de gritos, de melodías y de aromas de jardines, llena de los resplandores cobrizos del cielo de poniente y de las sombras grotescas y retorcidas del puente Carlos le proporcionaba a Mersault la conciencia dolorosa y ardiente de una soledad sin fervor en donde el amor ya no participaba en absoluto. Y, deteniéndose ante el perfume de agua y de hojas que se alzaba hasta él, con un nudo en la garganta, se imaginaba unas lágrimas que no acudían. Habría bastado con un amigo o con unos brazos abiertos. Pero las lágrimas se detenían en la frontera del mundo sin ternura en que estaba sumido".

"Luego volvió a tumbarse en la cama. La cabeza del hombre estaba girada sobre la herida y en esa herida habrían cabido los dedos. Se miró las manos y los dedos y se le alzaban deseos de niño en el corazón. Un fervor ardiente y secreto se le henchía de lágrimas por dentro y era una nostalgia de las ciudades llenas de sol y de mujeres, con atardeceres verdes que cierran las heridas. Las lágrimas reventaron. Crecía en él un gran lago de soledad y de silencio por encima del que corría el canto triste de su liberación".

"—Créeme, no existen grandes padecimientos, ni grandes arrepentimientos, ni grandes recuerdos. Todo se olvida, incluso los grandes amores. Eso es lo triste y al mismo tiempo lo exaltante de la vida. Sólo existe cierta forma de ver las cosas y aparece de vez en cuando. Por eso es bueno haber tenido pese a todo un gran amor o una pasión desdichada en la vida. Por lo menos sirven de coartada para esas desesperaciones sin motivo que nos agobian".

"También para él los nuevos comienzos, las partidas, las vidas nuevas conservaban el atractivo. Pero sabía que sólo la imaginación de los perezosos y de los impotentes vinculaba la felicidad a eso. La felicidad implicaba una elección y, en el seno de esa elección, una voluntad organizada y lúcida".

"—No se vive feliz más o menos tiempo. Se es feliz. Y punto. Y la muerte no impide nada; como mucho es un accidente de la felicidad".

"—Siéntate —dijo Mersault—. Puedes quedarte.
—No hables, que te cansas —dijo Lucienne.
Llegó Bernard, le puso unas inyecciones y se fue. Grandes nubes rojas pasaban despacio por el cielo.
—Cuando era pequeño —dijo Mersault trabajosamente, hundido en la almohada y con los ojos clavados en el cielo—, mi madre me decía que eran las almas de los muertos, que subían al paraíso. A mí me maravillaba tener un alma roja. Ahora sé que casi siempre son promesa de viento. Pero es igual de maravilloso".






Albert Camus