lunes, 31 de octubre de 2022

Citas: El Exorcista - William Peter Blatty

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"La sombra se movió. El curdo se quedó esperando como una vieja deuda. 
El hombre vestido de color caqui clavó la mirada en unos ojos húmedos y desteñidos,como si el iris estuviera velado por la membrana de una cáscara de huevo.
Glaucoma. Antes no hubiera podido querer a este hombre.
Sacó la cartera y buscó una moneda entre los billetes rotos y arrugados: unos
dinares, un carnet de conducir iraquí, un almanaque, de plástico descolorido, de doce años atrás. En el reverso tenía la inscripción: LO QUE DAMOS A LOS POBRES ES LO QUE NOS LLEVAMOS CON NOSOTROS CUANDO MORIMOS".

"—¡Porque está allí, querida!
—¿En el guión?
—No, en el tema.
—Bueno, pero sigue sin tener sentido, Burke. Ella no haría eso.
—Sí que lo haría.
—No, no lo haría.
—¿Mandamos llamar al autor? ¡Creo que está en París!
—¿A qué ha ido allí? ¿A esconderse?
—No. A fornicar".

"—¡Vamos, no seas tonta! —le espetó Dennings—. Lo que ocurre es que me he pasado toda la tarde en un maldito té, ¡Un té con los profesores!
Chris se apoyó sobre el bar.
—Conque en un té, ¿Eh?
—¡Sigue riéndote como una boba!
—Te has emborrachado en un té —dijo secamente— con unos jesuitas.
—No, los jesuitas estaban sobrios.
—¿No beben?
—¿Cómo que no? —gritó—. ¡Bebían como condenados!
¡Nunca en mi vida he visto a nadie beber tanto!".

"—Ahora dime cómo te encuentras.
Ella respondió encogiéndose de hombros, abatida.
—¿Estás malhumorada? Vamos, cuéntame.
—No sé.
—Cuéntaselo a tu tío.
—Creo que yo también voy a tomar algo —dijo, y fue a buscar un vaso.
—Sí, es bueno para el estómago. Bien, ¿Qué te pasa?
Lentamente, ella se sirvió vodka.
—¿Nunca has pensado en la muerte?
—¿En qué?
—En la muerte. ¿Nunca has pensado en ello, Burke? ¿En lo que significa? ¿En lo que realmente significa?
Levemente cortante, respondió:
—No sé. No, nunca pienso en eso. Sólo hago el muerto. ¿A qué diablos viene todo esto?
Ella se encogió de hombros.
—No sé —contestó en un tono suave. Dejó caer el hielo en el vaso y lo contempló, pensativa—. Sí... sí, lo sé —rectificó—. Yo... bueno, lo he pensado esta mañana... una especie de sueño... casi al despertarme. No sé. Quiero decir que me ha impresionado un poco... lo que significa..., el fin, ¡El fin!, como si nunca lo hubiera sabido. — Sacudió la cabeza—. ¡Cómo me he asustado! Sentí que huía de este maldito planeta a millones de kilómetros por hora.
—Tonterías. La muerte es un alivio —respondió Dennings.
—No para mí, Charlie.
—Bueno, tú vives a través de tus hijos.
—¡Déjate de idioteces! Yo no soy mis hijos.
—Gracias a Dios. Una ya es suficiente.
—¡Piénsalo, Burke! No existir... ¡Nunca más! Es...".

"—Si quieres, puedes invitar al señor Dennings.
—¿El señor Dennings?
—Bueno, creo que estaría bien.
Chris se rió.
—No, no estaría bien. Querida, ¿Por qué habría de invitarlo?
—Porque te gusta.
—Sí, por supuesto que me gusta. ¿Y a ti?
No respondió.
—¿Qué pasa, querida? —Chris instó a su hija.
—Te vas a casar con él, mamita, ¿Verdad?
No era una pregunta, sino una lúgubre afirmación.
Chris estalló en carcajadas.
—¡Por supuesto que no, pequeña! ¡Qué cosas se te ocurren!
¿El señor Dennings? ¿De dónde has sacado esa idea?
—Pero te gusta.
—También me gusta la pizza, ¡Pero nunca me casaría con ella!
Querida, es un amigo, sólo un viejo amigo".

"—Querida, la gente se cansa —le contestó cariñosamente.
—Mamá, ¿Por qué permite Dios eso?
Por un momento, Chris dejó vagar la mirada. Estaba desconcertada. Perturbada.
Como era atea, no le había enseñado religión a su hija. Creía que sería deshonesto.
—¿Quién te ha hablado de Dios? —le preguntó.
—Sharon.
—¡Ah!
Tendría que hablar con ella.
—Mamá, ¿Por qué permite Dios que nos cansemos?
Al ver aquellos ojos sensibles y advertir su sufrimiento, Chris se rindió. No podía decirle lo que creía.
—Bueno, lo que ocurre es que, después de un cierto tiempo, Dios nos echa de menos, ¿Sabes, Rags?, y quiere que volvamos con él".

"A la mañana siguiente, cuando Chris abrió los ojos, se la encontró en su cama, medio dormida.
—¿Qué diab...? ¿Qué estás haciendo aquí? —se rió Chris.
—Mi cama se movía.
—Tontuela. —Chris la besó y la arropó. Duérmete.
Todavía es muy temprano.
Lo que parecía ser la mañana, fue el comienzo de una noche sin fin".

"El apartamento era un cobertizo. Ayuda Social. Todos los meses, unos pocos dólares de un hermano.
Ella se sentó a la mesa. La señora de Fulano. El tío Mengano. Todavía con acento de inmigrantes. Él esquivaba aquellos ojos, que eran pozos de tristeza, ojos que pasaban los días mirando por la ventana.
No tendría que haberla dejado nunca".

"Fue al baño. Diarios amarillentos sobre las baldosas. Manchas de herrumbre en la bañera y el lavabo. Un viejo corsé en el piso.
Simientes de su vocación. Desde aquí, él había huido hacia el amor.
Ahora el amor se había enfriado.
Por la noche lo oía silbar atravesando los rincones de su corazón como un viento extraviado y lloroso".

"—Bueno, es algo más que psiquiatría, Tom. Usted lo sabe.
Muchos tienen problemas de vocación, de sentido de su vida. Porque, ¡Caramba!, no todo el problema se reduce a lo sexual, porque también cuenta la fe, y yo no lo puedo ignorar, Tom. Es demasiado. Necesito cambiar de ambiente. Tengo mis propios problemas, mis dudas.
—¿Qué hombre inteligente no los tiene, Damien?".

"Anotó el nombre.
—Dile que la examine y me llame después —le aconsejó—. Y, por el momento, olvídate del psiquíatra.
—¿Estás seguro?
Emitió una afirmación sarcástica sobre la rapidez con que la gente pretende reconocer las enfermedades psicosomáticas, mientras que es incapaz de admitir lo opuesto, o sea, que las enfermedades del cuerpo son, a menudo, la causa de una aparente enfermedad mental".

"Él le preguntó si alguna vez había oído a Regan decir palabras feas u obscenas.
—Nunca —respondió.
—Bueno, eso tiene mucho que ver con sus mentiras. No es lo común, de acuerdo con lo que usted me cuenta, pero en ciertos trastornos mentales puede...
—Espere un momento —lo interrumpió Chris, perpleja—. ¿Cómo se le ha ocurrido que pueda decir obscenidades? ¿Es eso lo que ha dicho usted o yo lo he entendido mal?
Él la contempló durante unos momentos con cierta curiosidad, pensó y luego aventuró, cautelosamente:
—Sí, yo diría que dice obscenidades. ¿No la ha oído nunca decirlas?
—Todavía no.
—Pues a mí me ha dicho unas cuantas mientras la examinaba, señora.
—¡Está bromeando! ¿Como qué, por ejemplo?
Adoptó una actitud algo ambigua.
—Bueno, yo diría que su vocabulario es bastante extenso.
—Pero, ¿Qué? ¡Dígame un ejemplo!
Él se encogió de hombros.
—¿Se refiere usted a “mierda” o “me cago en...”?
El médico se sintió más aliviado:
—Sí. Ha empleado esas palabras.
—¿Y qué más ha dicho? Literalmente.
—Pues me aconsejó que alejara mis dedos de mierda de sus órganos genitales.
Chris abrió la boca, horrorizada.
—¿Ha usado esas mismas palabras?
—Es común, mistress MacNeil, y yo no me preocuparía en absoluto por eso. Es parte del síndrome".

"—¿Quieres que te lea un rato?
Ella denegó con la cabeza.
—Bueno, entonces trata de dormir.
Se inclinó, la besó y apagó la luz.
—Buenas noches, pequeña.
Chris estaba ya casi en la puerta, cuando Regan la llamó nuevamente.
—Mamá, ¿Qué me pasa?
Se la veía obsesionada. Su tono era desesperado.
Desproporcionado para su edad. Por un momento, la madre se sintió agitada y confundida. Pero en seguida recobró la serenidad.
—Ya te lo he dicho, querida; son los nervios. Has de tomar esas píldoras un par de semanas, y estoy segura de que te pondrás bien. Bueno, ahora a dormir, ¿Eh?
No hubo respuesta. Chris esperó.
—A dormir, ¿Eh?
—Está bien —murmuró Regan".

"—Bien, tengo que irme —le dijo a Chris—. Mañana he de decir la misa de seis en la capilla Dahlgren.
—Yo tengo la misa de los irlandeses. —Dyer sonrió alegremente. Después, sus ojos se dirigieron a un lugar de la habitación, detrás de Chris, y dijo de pronto—: Bueno, parece ser que tenemos visita, mistress MacNeil —le advirtió, con un movimiento de la cabeza.
Chris se volvió. Y no pudo contener su asombro al ver a Regan en camisón, orinando a chorros sobre la alfombra. Mirando fijamente al astronauta, Regan dijo con voz desmayada:
—Usted se va a morir allá arriba.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó Chris angustiada, corriendo hacia su hija—. ¡Oh, Dios mío, mi pequeña, ven, ven conmigo!".

"Los ojos de mistress Perrin continuaban sombríos.
—No sé lo que piensas de mí —dijo pausadamente—. Muchas personas me asocian con el espiritismo.
Pero no es así. Lo que sí creo es que tengo un don —continuó con sencillez—.
Pero no es oculto. De hecho, a mí me parece natural, perfectamente natural. Como católica, creo que pisamos dos mundos.
Aquel del que somos conscientes en el tiempo. Pero, de vez en cuando, una mujer rara como yo percibe destellos del otro mundo, y ese otro, creo... está en la eternidad.
Bueno, la eternidad no tiene tiempo. El futuro es presente. De modo que cuando, a veces, siento lo otro, creo ver el futuro. ¿Quién sabe? Tal vez no.
Quizá todo sean coincidencias. —Se encogió de hombros—. Pero yo creo que sí.
Y si fuera así, seguiría creyendo que es natural. Pero lo oculto... —Hizo una pausa, para elegir las palabras—. Lo oculto es algo diferente. Yo me he mantenido lejos de eso. Creo que es peligroso abordarlo. Y en eso está incluido el jugar con el tablero Ouija".

"—Hurgó en su bolsillo—. ¿Dónde están mis gafas? ¡Ah, sí, aquí están! —Las encontró en un bolsillo del abrigo—. Muy bonita la casa —comentó mientras se ponía las gafas y contemplaba la parte superior de la fachada—. Se ve muy acogedora.
—¡Dios santo, qué alivio!
¡Creí que me ibas a decir que estaba hechizada!
Mistress Perrin la observó.
—¿Por qué habría de decirte una cosa así?".

"—¡Mamá, ven aquí, ven aquí, tengo miedo!
—¡Voy en seguida, pequeña!
Chris corrió por el pasillo hacia el dormitorio de Regan.
Gemidos. Llantos. Ruidos, al parecer, de los muelles del colchón.
—¡Oh, mi nenita! ¿Qué pasa? —exclamó Chris mientras encendía la luz.
¡Dios mío!
Regan yacía, rígida, boca arriba, con la cara bañada en lágrimas, contraída por el terror y aferrada firmemente a los lados de su estrecha cama.
—Mamá, ¿Por qué se agita? —gritó—. ¡Hazla parar! ¡Tengo mucho miedo!¡Hazla parar! ¡Mamá, por favor, hazla parar!
El colchón se agitaba violentamente de la cabeza a los pies".

"La llevaron hasta su última morada en el atestado cementerio, donde las lápidas imploraban vida.
La misa había sido solitaria, como su misma existencia".

"Se preguntaba por qué el amor había esperado tanto, por qué había aguardado hasta el momento en que los límites del contacto y la renuncia humana se habían reducido al tamaño de aquel recordatorio que llevaba en la billetera: In Memoriam...".

"—¡“Chivas Regal”!
—¿De dónde has sacado el dinero? ¿Del cepillo de los pobres?
—No seas tonto; eso sería quebrantar mi voto de pobreza.
—¿De dónde lo has sacado, pues?
—Lo he robado.
Karras sonrió y movió la cabeza en un ademán de apercibimiento amistoso, mientras traía un vaso y un jarrito de peltre para el café.
Los fregó en el diminuto lavabo del baño y dijo:
—Te creo.
—Nunca he visto una fe más profunda".

"Dyer le desató los cordones y le quitó los zapatos.
—¿Me vas a robar ahora los zapatos? —murmuró Karras confusamente.
—No. Yo adivino el futuro leyendo las arrugas.
Cállate y duerme.
—Eres un jesuita ratero.
Dyer sonrió ligeramente y lo tapó con un abrigo, que sacó del armario.
—Mira, alguien tiene que ocuparse de las cosas materiales. Lo único que hacéis vosotros es pasar las cuentas del rosario y rezar por los hippies".

"Deslizándose como una araña, rápidamente, detrás de Sharon y cerca de ella, con el cuerpo doblado en arco para atrás y la cabeza casi tocándole los pies, estaba Regan, que sacaba la lengua de la boca, y la volvía a meter en ella, mientras silbaba igual que una víbora.
—¡Sharon! —dijo Chris atontada, mirando aún a Regan.
Sharon se detuvo. Regan también. Sharon se volvió y no vio nada. Y luego gritó al sentir la lengua de Regan lamiéndole los tobillos.
Chris empalideció.
—¡Llama al doctor en seguida!
¡Que venga ahora mismo!
Adondequiera que iba Sharon, Regan la seguía".

"—Cuando yo le pregunte, contésteme con movimientos de cabeza.
¿Entiende?
Regan asintió.
—¿Tienen sentido sus respuestas? —le preguntó.
—Sí.
—¿Es usted alguien que Regan haya conocido antes?
—No.
—¿De quién haya oído hablar?
—No.
—¿Es usted una persona que ella inventó?
—No.
—¿Es usted real?
—Sí.
—¿Parte de Regan?
—No.
—¿Alguna vez fue parte de ella?
—No.
—¿A usted le gusta ella?
—No.
—¿Le disgusta?
—Sí.
—¿La odia?
—Sí.
—¿Por algo que ella hizo?
—Sí.
—¿Usted la culpa por el divorcio de los padres?
—No.
—¿Tiene algo que ver con los padres?
—No.
—¿Con un amigo?
—No.
—Pero la odia.
—Sí.
—¿Está castigando a Regan?
—Sí.
—¿Quiere hacerle daño?
—Sí.
—¿Matarla?
—Sí.
—Si ella muriera, ¿Moriría usted también?
—No.
La respuesta pareció turbarlo, y bajó la vista, pensativo. Los muelles de la cama crujieron cuando se cambió de lugar. En la asfixiante quietud, la respiración de Regan parecía salir de unos pulmones pútridos. Allí. Y, sin embargo, lejos. 
Lejanamente siniestra.
El psiquíatra levantó de nuevo la vista y la clavó en aquella horrenda cara contraída. Sus ojos brillaban agudos, especulando con las posibilidades.
—¿Hay algo que ella puede hacer para que usted se vaya?
—Sí.
—¿Me lo va a decir?
—No.
—Pero...
Bruscamente, el psiquíatra abrió la boca, asombrado y dolorido, cuando se dio cuenta, con horrorizada incredulidad, de que Regan le estaba apretando los genitales con una mano tan fuerte como una pinza de hierro. Con los ojos desmesuradamente abiertos, luchó por librarse. No pudo".

"—Por el momento la desconocemos. La niña necesita un examen exhaustivo por un equipo de expertos, dos o tres semanas de estudio realmente intensivo en una clínica, por ejemplo, la “Clínica Barringer”, en Dayton.
Chris desvió la mirada.
—¿Tiene algún inconveniente?
—No, ninguno —suspiró ella—. Sólo que he perdido la esperanza, eso es todo.
—No la entiendo.
—Es una tragedia interior.
El psiquíatra habló por teléfono a la “Clínica Barringer” desde el despacho de
Chris. Quedaron en que llevarían a Regan al día siguiente.
Los médicos se fueron.
Chris se tragó el dolor del recuerdo de Dennings, junto con el recuerdo de muerte y de gusanos, de vacíos y soledad indecible, y de quietud, tinieblas, bajo la tierra, donde nada se mueve, nada... Lloró brevemente y empezó a hacer las maletas".

"—...una remota posibilidad a lo sumo, ya que la posesión está vagamente relacionada con la histeria por el hecho de que el origen del síndrome es casi siempre la autosugestión. Su hija tiene que haber conocido la posesión, creído en ella
y conocido algunos de sus síntomas, de modo que ahora su subconsciente formaría el síndrome.
Si es posible establecer eso, se puede intentar una forma de cura por autosugestión. En estos casos, yo sería partidario del tratamiento por shock, aunque supongo que la mayoría de mis colegas no estarían de acuerdo. Bien, le repito que es una posibilidad remota, y ya que usted se opone a que internemos a su hija, voy...
—¡Dígame el nombre, por Dios! ¿Qué es?
—¿Ha oído hablar alguna vez de exorcismo, mistress MacNeil?".

"—Bueno, si insiste... A propósito —dijo al salir de la cocina—, sé que es una posibilidad entre un millón, pero me gustaría que le preguntara usted a su hija si vio a míster Dennings en su dormitorio aquella noche.
Chris caminaba con los brazos cruzados.
—Mire, en primer lugar debo decirle que no tenía ningún motivo para subir.
—Sí, lo comprendo. Es verdad; pero si unos investigadores ingleses no se hubieran preguntado nunca “¿Qué es esta fungosidad?”, hoy no tendríamos la penicilina. ¿No le parece? Por favor, pregúnteselo. ¿Lo hará?
—Cuando mejore algo, se lo preguntaré.
—No le puede hacer daño. Mientras tanto... —Habían llegado a la puerta de entrada, y Kinderman titubeó, avergonzado. Se llevó los dedos a los labios en un gesto de duda—. Mire, me repugna tener que decirle esto, pero...
Chris se puso tensa, esperando un nuevo impacto; la premonición resonaba otra vez en su sangre.
—¿Qué?
—Para mi hija..., ¿Podría firmarme un autógrafo? —Se había puesto colorado, y Chris estuvo a punto de echarse a reír de alivio, de sí misma, de la desesperación y de la condición humana".

"—¡Oh, por favor! ¡Oh, no, por favor! —gemía lastimeramente.
—¡Vas a hacer lo que yo te ordene, lo harás!
El rugido amenazador, las palabras, provenían de Regan, cuya voz, áspera gutural, rezumaba veneno. En un instante, sus facciones se transmutaron horriblemente en las de la personalidad diabólica y maligna que había aparecido en el transcurso de la hipnosis. Y ahora, rostros y voces, mientras Chris observaba atónita, se intercambiaban velozmente.
—¡No!
—¡Lo harás!
—¡Por favor!
—¡Lo harás, puerca, o te mataré!
—¡Por favor!
—Sí.
Regan tenía los ojos desmesuradamente abiertos, y parecía retroceder frente a algo odioso, terminante, chillando ante el terror del desenlace. Luego,de pronto, la cara diabólica se apoderó de ella una vez más, la inundó. La habitación se llenó de un hedor insoportable, y un frío helado se filtró por las paredes. Los golpes cesaron, y el penetrante grito de terror de Regan se convirtió en una risa gutural y canina, de victoriosa furia. Rugía con una voz profunda, ensordecedora.
Bruscamente, con un grito áspero, Chris corrió hasta la cama; Regan estalló en cólera contra ella. Con las facciones infernalmente contraídas, alargó una mano, cogió a Chris por los pelos y, de un tirón, le hizo bajar la cabeza.
—¡Aahhh, la madre de la puerca! —rugió Regan con voz gutural—. ¡Aahhh!".

"—Es usted amigo del padre Dyer, ¿Verdad?
—Sí.
—¿Íntimo?
—Sí, íntimo.
—¿No le dijo nada de la fiesta?
—¿De la que celebró usted en su casa?
—Sí.
—Pues bien, me dijo que parecía usted humana.
Ella no captó su significado, o prefirió ignorarlo.
—¿No le habló de mi hija?
—No. No sabía que tuviera usted una hija.
—Pues sí; ya con doce años.
¿No se lo dijo, de verdad?
—No.
—¿Ni le dijo lo que ella hizo?
—Le repito que no me habló para nada de ella.
—Ya veo que los curas saben sujetar su lengua...
—Depende —respondió Karras.
—¿De qué?
—Del cura".

"—De modo que eres tú..., ¿Eh? ¡Te han mandado a ti!
Bueno, no tenemos que temer nada de ti en absoluto.
—En efecto. Soy tu amigo. Me gustaría poder ayudarte —dijo Karras.
—Empieza, pues, por aflojar estas correas —gruñó Regan. Había levantado las muñecas, y Karras pudo ver que estaban sujetas con una correa doble.
—¿Te molestan? —le preguntó.
—Mucho. Son una molestia infernal. —Sus ojos brillaron, astutos.
Karras vio los rasguños de su cara, las grietas de sus labios, que, al parecer, se había mordido.
—Temo que te puedas hacer daño, Regan.
—Yo no soy Regan —rugió, manteniendo la horripilante sonrisita, que ahora le pareció a Karras una expresión permanente.
—¡Ah, claro! Bien, entonces creo que deberíamos presentarnos.
Yo soy Damien Karras —dijo el sacerdote—. ¿Quién eres tú?
—El demonio".

"—¿Le han dado algún tranquilizante? —preguntó.
Chris abrió los grifos.
—Sí, “Librium”. Quítese el jersey, lo lavaremos.
—¿Qué dosis? —preguntó él, mientras se lo quitaba con la mano izquierda limpia.
—Espere, que le ayudaré. —Le tiró del jersey por la parte de abajo—. Hoy le hemos dado cuatrocientos miligramos, padre.
—¿Cuatrocientos?
Chris había conseguido levantarle el jersey hasta la altura del pecho.
—Sí, sólo esa dosis nos permitió atarla con las correas. Y aun así, hubimos de aunar nuestras fuerzas para...
—¿Le ha administrado usted a su hija cuatrocientos milígramos de una sola vez?
—Vamos, padre, levante los brazos. —Él los levantó, y ella tiró suavemente del jersey—. Es increíble la fuerza que tiene".

"—Digamos que es una locura.
—Bien, de cualquier modo, eso sucede fuera de la posesión.
—¡Vaya! —exclamó cansinamente—. He aquí a una atea y un sacerdote...
—La mejor explicación para cualquier fenómeno —dijo Karras, pasando por alto la observación— es siempre la más sencilla que se presente y que incluya todos los hechos".

"—¿Me hará un favor? —le preguntó.
—¿Qué?
—Vaya al cine a ver una película.
Ella se secó un ojo con el dorso de la mano y sonrió.
—Detesto las películas.
—Pues vaya a visitar a una amiga.
Chris se puso las manos en la falda y lo miró cariñosamente.
—Tengo un amigo aquí —dijo al fin.
Él sonrió".

"—Antes me gustaría ver a su hija —dijo Merrin.
Ella pareció desconcertada.
—¿Ahora mismo, padre?
Él volvió a mirar hacia arriba, con distante atención.
—Sí, ahora mismo.
—Debe de estar durmiendo.
—Creo que no.
—Bueno, si...
De repente, Chris retrocedió al oír un ruido que venía de la planta alta. Era la voz del demonio, tonante y apagada a la vez, que gruñía como si pronunciara un sepelio.
—¡Merriiiinnnnn!
Luego, un tremendo y escalofriante puñetazo, asestado contra una pared del dormitorio.
—¡Dios Todopoderoso! —musitó Chris".

"Durante un momento, Dyer la contempló; luego dijo en voz baja:
—Pero si todo el mal del mundo le hace pensar que puede existir el demonio, ¿Cómo explica usted todo el bien que hay en el mundo?".

"—He venido a despedirme.
—Se acaban de marchar.
Kinderman se detuvo, desilusionado.
—¿Que se han ido?
Dyer asintió.
Kinderman miró por la calle y movió la cabeza. Luego se volvió hacia Dyer.
—¿Cómo está la pequeña?
—Parecía estar bien.
—¡Estupendo! Eso es lo único que importa. —Desvió la mirada—. Bueno, a trabajar de nuevo —jadeó—. ¡Adiós, padre! —Volvióse, dio un paso hacia el coche—patrulla y luego se detuvo para considerar a Dyer especulativamente—. ¿Va usted al cine, padre? ¿Le gusta?
—Sí.
—A mí me regalan invitaciones. —Vaciló un momento—. Y tengo una para la sesión de mañana por la noche en el “Crest”. ¿Le gustaría ir?
Dyer tenía las manos en los bolsillos.
—¿Qué proyectan?
—Cumbres borrascosas.
—¿Quién trabaja?
—Heathcliff, Jackie Gleason y, en el papel de Catherine Earnshaw, Lucille Ball. ¿Qué le parece?
—Ya la he visto —dijo Dyer inexpresivo.
Kinderman lo miró, con aspecto de derrotado. Desvió la mirada.
—Otro más —murmuró. Luego pasó su brazo por el del sacerdote y, lentamente, empezaron a caminar por la calle—. Me hace recordar una frase de la película
Casablanca —dijo cariñosamente—. Al final, Humphrey Bogart le dice a Claude Rains: “Louis, creo que éste es el comienzo de una hermosa amistad.” A propósito, ¿Sabe usted que se parece un poco a Bogart? —comentó el detective.
—Conque usted también se ha dado cuenta, ¿Eh?
Al buscar el olvido, trataban de recordar".





William Peter Blatty

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