lunes, 25 de noviembre de 2019

Citas: Mis memorias - Roman Polański


"Desde que recuerdo, la línea entre la fantasía y la realidad ha estado siempre irremediablemente borrosa".

"Cuando era un muchacho, en la Polonia comunista, el arte y la poesía  —el reino de la imaginación— siempre me parecieron más reales que los limitados confines de mi ambiente. Desde muy temprana edad me di cuenta de que no era como la gente que me rodeaba: vivía en un mundo de mentirijillas, completamente aparte del verdadero".

"La «guerra», tal como la llamábamos los polacos, arrojó una alargada y siniestra sombra sobre lo que hubiera tenido que ser un gozoso hito en mi carrera".

"Aunque mi padre no era rico, jamás me faltó nada. Y, sin embargo, era en muchos sentidos un niño exigente, difícil e irritable, con tendencia a la murria y a los berrinches —un chiquillo mimado, en suma—. ¿Por qué? Tal vez por culpa del largo cabello rubio que yo aborrecía y que inducía a los mayores a tomarme por una niña".

"Mi padre solía herir mis sentimientos en las pequeñas cosas. Sin embargo, jamás me causó ningún daño físico, ni siquiera cuando quebranté el único tabú de mi casa: me tenían estrictamente prohibido tocar el mayor orgullo y deleite de mi padre, la enorme máquina de escribir Underwood que utilizaba para despachar su correspondencia comercial, tecleando a impresionante velocidad. No obstante, me estaba permitido permanecer de pie a su lado, mirando, y él acostumbraba invitarme a identificar las letras del teclado. Así fue cómo aprendí el alfabeto.
Fue una suerte, porque me expulsaron del jardín de infancia al primer día por haberle dicho «Pocaluj mnie wdupe» a una niña de mi clase… ¿O tal vez se lo dije a la maestra? Le debí de oír la frase a uno de mis tíos. Significa «bésame el trasero»".

"Mi sexto cumpleaños coincidió con nuestras vacaciones en Szczyrk. Mi madre invitó a unos niños a merendar. Llegaron temprano, cuando yo estaba todavía en el orinal, y oí que mi madre les decía con la mayor soltura:
—Romek está en el trono.
Hubiera querido que me tragara la tierra con orinal y todo —¿cómo era posible que mi madre me hubiera traicionado de aquella manera?—, y me negué a salir. Ella trató entonces de arreglarlo, diciendo que lo de «estar en el trono» significaba algo muy distinto: que yo era el rey del día porque festejaba mi cumpleaños. Se inventó todo un juego basado en mi nuevo título, pero no pudo convencerme de que me reuniera con los demás".

"Algunas veces, cuando mi madre no estaba, Annette y yo nos asustábamos, temiendo lo peor.
—Vámonos a dormir —decía Annette—. El tiempo pasa más deprisa de esta manera.
Y era cierto".

"A partir del 1 de diciembre de 1939, mi familia se vio obligada a llevar unos extraños brazales blancos con la estrella de David estarcida en azul. Me dijeron que eso significaba que éramos judíos".

"El hecho de ser judíos significó que ya no podíamos seguir estando donde estábamos".

"En la calle Rekawka supe por primera vez qué era la sexualidad. Solía recorrer las calles con otros chicos, recogiendo toda clase de objetos. Nuestro botín incluía a veces unos pequeños tubos de goma parecidos a unos globos deshinchados que encontrábamos en los portales y junto a los bordillos de las aceras. 
Un chico de nuestro grupo dijo que eran preservativos. Los mayores los utilizaban para no tener hijos; y explicó que, para tenerlos, el hombre introducía el miembro en la mujer. La revolucionaria revelación me dejó perplejo. ¿Era esa la única forma en que nacían los niños o había una combinación de circunstancias? A mí siempre me habían dicho que a los niños los traía la cigüeña".

"Pawel ya no estaba: se lo habían llevado en la primera remesa de deportados. Por primera vez en mi vida, comprendí lo que significaba tener el corazón destrozado".

"Poco antes de cruzar el puente, vi una columna de prisioneros varones custodiada por unos alemanes con las armas a punto. Eran los últimos supervivientes del gueto y entre ellos se encontraba mi padre.
Al principio, no me distinguió. Tuve que correr un poco para seguirles el paso. La columna de hombres estaba despertando una gran expectación: muchas personas se detenían y se volvían a mirar. Sin dejar de correr, traté de llamar la atención de mi padre.
Al final, me vio.
Gesticulé e hice girar una imaginaria llave en una cerradura para describirle mi apurada situación.
Él se quedó rezagado unos dos o tres puestos con la tácita ayuda de otros compañeros del grupo, cambiando disimuladamente de sitio con ellos para alejarse del guardián más próximo y acercarse un poco más a mí. Entonces, por la comisura de la boca, me dijo en un susurro:
—¡Lárgate!
La brusca palabra me obligó a detenerme en seco. Contemplé la columna que se alejaba de mí y después di media vuelta sin mirar hacia atrás".

"Cuando vino a interrogarme el investigador de la policía, comprendí la suerte que había tenido. No existía ninguna bicicleta, claro, solo una piedra envuelta en un periódico. Pregunté qué le iba a ocurrir a Dziuba. El investigador se pasó un dedo por la garganta. Pensé que me estaba tomando el pelo.
—¿Por haberme golpeado la cabeza? —pregunté.
El investigador esbozó una siniestra sonrisa.
—Puedes dar gracias por tener una cabeza muy dura, chico".

"Ataviado de esta guisa, mientras jugaba un día con mis nuevos amigos en la sala de juegos, vi por primera vez a la chica cuyo nombre sigue evocando en mi mente una visión de inocencia, juventud y belleza, una visión que ni siquiera el paso del tiempo ha conseguido empañar".

"Hubiera deseado tomarle la mano, pero no me atreví. Caminando el uno al lado del otro, salimos al pasillo. 
Ya había anochecido y este estaba iluminado por la luz de la luna. Con cierta timidez inicial, rodeé a la chica con mis brazos. Lleno de emoción y azoramiento, observé que ella me correspondía. Su boca era suave y tibia. Nuestros besos no poseían la violencia o la desnuda pasión de los amantes, pero fueron unos besos muy reales".

"Súbitamente, me imaginé a la señora Winowski exhalando su último aliento en aquella misma cama hacía apenas unos días. Al recordar su voluminosa figura, sus labios llamativamente pintados y sus mejillas empolvadas, me quedé helado.
—¿Qué pasa? —preguntó la muchacha.
—¿Sabes una cosa? —dije—. Hagámoslo en el suelo".

"—¿Qué pierdes con intentarlo? —me dijo en esencia, y fue entonces cuando Zubrzycki y yo presentamos nuestras solicitudes".

"Aquella noche se celebró una gran fiesta en Lodz. Mi padre se alegró enormemente cuando le telefoneé para comunicarle la noticia. Era la primera vez en mi vida que no le defraudaba".

"Le pregunté a Gesa si querría pasar la noche conmigo. Me contestó que sí, pero entonces tuvimos que superar otro obstáculo. Ninguno de los míseros hoteles de Les Halles podría acoger a un par de auténticos enamorados; lo suyo eran los encuentros rápidos".

"Nos dirigimos hacia la parte este. Algo más allá del Boulevard de Sebastopol encontré un establecimiento un poco más respetable. Pagué por adelantado, me dieron una llave y subí con Gesa, rodeándole la cintura con el brazo. 
Al llegar, abrí la puerta, encendí la luz y la volví a apagar inmediatamente. La habitación era tan sórdida que era mejor no verla".

"—Es la primera vez —me dijo entonces Gesa en voz baja.
Debió de intuir mi asombro porque me tomó de la mano y me acompañó a la cama.
Después de aquello, nos hicimos todavía más inseparables. París en primavera es tan dulce para los enamorados como dicen todas las baladas sentimentales y recorrimos la ciudad cogidos de la mano… hasta que, como todas las cosas buenas de la vida, nuestro idilio primaveral tuvo que terminar".

"Una noche me telefoneó muy angustiada desde su hotel —algo relacionado con la aventura, pensé—. Dije que iría enseguida. Al llegar, me la encontré llorando y traté de consolarla lo mejor que pude —la abracé y le dije que se animara—. Pensé que un cambio de ambiente le podría ser útil, la acomodé en el asiento trasero de mi moto Peugeot y la llevé a mi casa. Estuvimos hablando hasta muy entrada la noche y percibí un asomo de afecto en su actitud para conmigo. Al final, le sugerí sin demasiadas esperanzas que nos acostáramos juntos.
Ella se negó. Puesto que ya me lo esperaba, procuré no mostrarme ofendido y no hacer nada que pudiera comprometer algún futuro cambio de idea. Me ofrecí a acompañarla de nuevo al hotel. Era una hermosa noche de cielo estrellado y decidimos ir a pie. En determinado momento, nos detuvimos para hablar. 
Ella debió de observar la profunda decepción que reflejaban mis ojos porque, de repente, me dijo:
Volvamos a tu casa.
Una vez en mi habitación, se desnudó y se metió en la cama… así, por las buenas".

"Roustang nos llevó a tomar unas copas con Jean Louis Trintignant, el principal protagonista masculino de la película. Por debajo de toda la ceremoniosa politesse francesa y las corteses palabras de bienvenida, pude advertir que ocurría algo.
Empecé a comprender la verdad cuando Samuel se apartó conmigo.
—¿No me dijo usted que hablaba francés?
—No.
—Sí lo hizo…, me dijo: «Elle parle bien».
—Lo que yo dije fue: «Elle parle rien».
—¡Ah!".

"Un día, cuando volvíamos de rodar, nos recibieron con la noticia de que Andrzej Munk había muerto. No pude soportar la idea de no volver a verle jamás; era mi primera confrontación desde hacía mucho tiempo con la trágica y repentina desaparición de una persona muy allegada. Nos dijeron que un camión había chocado de frente con el pequeño Fiat negro de Munk en la carretera Varsovia-Lodz. Tal como él hubiera deseado, aquella noche brindamos por su memoria en la taberna, recordando anécdotas suyas, sus innumerables bromas y su desaforado sentido del humor. Kuba Goldberg, que ya no pudo resistirlo por más tiempo, se fue a llorar al lavabo. Abrumado también por la emoción, me reuní con él.
Entró un policía a orinar y, al vernos, preguntó:
—Pero, bueno, ¿qué es lo que pasa aquí?
Kuba le espetó bruscamente entre sollozos:
—¿Por qué no se larga y nos deja en paz?
El policía le arrestó inmediatamente por «insultos a un representante del Estado».
Traté de intervenir y entonces me arrestó también a mí. Pasamos la noche en calabozos separados".

"Una noche, tras haber pedido conferencia desde un restaurante, conseguí localizarla.
Me habló en un tono extraño, más turbada que arrepentida.
—¿No has recibido mi carta? —me preguntó.
Contesté que no.
Dijo que me había escrito una larga misiva, «explicando cosas». Hizo una pausa y después añadió:
—No es una carta agradable".

"Laskowski organizó una fiesta de despedida en su casa. Allí conocí a una atractiva modelo de alta costura llamada Renata.
—No pierdas el tiempo con ella —me aconsejó Laskowski—, no vas a sacar nada.
Me tomé inmediatamente aquel comentario como un desafío. Salí con Renata al balcón y ambos estuvimos contemplando las farolas de la calle mientras conversábamos durante un rato que a mí se me antojó una eternidad. 
Observé que estaba interesada y me llené de júbilo. Mi júbilo debió de ser contagioso, porque enseguida subimos al tejado por la escalera de incendios e hicimos el amor en medio de un ventarrón de otoño".

"Dejaba una prisión para irme a otra".

"A medida que nos íbamos emborrachando, la conversación adquirió un sesgo más mundano y empezaron a sentarse a nuestra mesa una legión de mujeres, pidiendo bebidas sin parar. No sé al final qué ocurrió con los demás, pero yo me encontré solo con una chica muy atractiva que parecía estar locamente enamorada de mí. Por suerte, Taub me había prestado un poco de dinero, porque mi  acompañante tenía una sed inextinguible de champán. Mientras estaba pagando la cuenta, desapareció. Y no supe más de ella".

"Me sentía muy agotado y le dije que condujera él. Me contestó que no sabía.
Le recordé que en El final de la noche conducía un camión.
—Aquello era una película —replicó, pero por fin accedió a regañadientes a sentarse al volante—. ¿Cuál de ellos es el freno? —preguntó.
Decidí conducir yo".

"Encontré a un abogado a través de Lola Mouloudji y concerté una cita con Barbara a la puerta de su despacho, situado justo enfrente del parque Monceau, cuajado completamente de flores. La esperé en la acera, tan destrozado que el solo hecho de entrar en un café hubiera sido una extravagancia. 
Barbara no apareció y, tras pasarme una hora paseando arriba y abajo, llamé al apartamento de Boehm. Ella misma contestó al teléfono. Me quedé pasmado. ¿Cómo podía ser tan desconsiderada? ¿Acaso lo había olvidado?
Su respuesta fue muy desapasionada.
—He pensado que sería mejor no volver a vernos más.
Y entonces ocurrió una cosa muy rara. Fue como si se hubiera roto algún lazo invisible. Me sentí ingrávido, libre como un pájaro. Esto es París, me dije. Tengo talento, amigos y toda una vida por delante. Abandoné la cabina telefónica y eché a andar calle abajo, silbando una melodía, en paz conmigo mismo y con el mundo".

"—Mi pobre muchacho —me dijo con tristeza—, no te alegres demasiado, tu película va a ser un fracaso comercial, Braunberger no se ha gastado ni un céntimo en la promoción. No aprecia el valor de la publicidad.
Me quedé boquiabierto de asombro y dije que iría a verle enseguida, pero Siritzky sacudió la cabeza.
—Ahora ya es demasiado tarde. Recuérdalo siempre, una película es como una cerilla…, solo se puede encender una vez".

"Al cabo de un rato, la chica le hizo a Gérard una extraña confesión:
—Hay algo que usted debe saber de mí —dijo—. Tengo una cicatriz en una mejilla. Sufrí una grave quemadura.
—Pues también hay algo que usted debe saber acerca de mí —replicó Gérard.
—Que es bajito —dijo ella sin más".

"Un día apareció Gesa, mi antiguo amor, por los estudios. Trabajaba como reportera en la revista de modas alemana Brigitte y, aunque ya no era la dulce ingenua que recordaba, seguía siendo muy atractiva. Recordando nuestro idilio en París con nostálgica ternura, di por sentado que íbamos a reanudar nuestras relaciones. Me sentí decepcionado y molesto cuando, tras cenar en el Ad Lib, ella me pidió que la acompañara a su hotel. Así lo hice, y cuando apenas llevaba en mi casa unos minutos, sonó el timbre de la puerta. Miré a través de las cortinas y vi a Gesa fuera. Permaneció allí un buen rato, llamando a intervalos, hasta que, al final, se dio por vencida. Más tarde, me envió una nota lamentando nuestra obstinación: la suya al no querer regresar conmigo y la mía al negarme a abrir la puerta, «porque vi cómo danzaban tus cortinas», me escribió".

"—Primero viene el amor —dije en voz alta.
Por encima de mi pulgar apareció suspendido en el aire un cuadrado lleno de signos del tarot y del zodíaco.
Levanté el dedo índice.
—Después viene el sexo".

"Ambos experimentamos accesos de angustia y tristeza y nos echamos a llorar sin que el dolor nos sirviera de nexo de unión. Llorábamos en solitario, sin abrazarnos el uno al otro".

"Durante el vuelo, pensé en Sharon. Lo que más me impresionaba en ella, aparte de su excepcional belleza, era aquella especie de resplandor que suele emanar de un temperamento dulce y bondadoso; tenía algunas evidentes inhibiciones de tipo emocional y, sin embargo, parecía una mujer completamente liberada. 
Jamás había conocido a nadie como ella".

"La llamé unos días más tarde y concertamos una cita, pero me dejó plantado.
Concertamos otra y volvió a hacer lo mismo. La llamé de nuevo. Dijo que le encantaría cenar conmigo, pero que no podía dejar a su instructora de diálogo. No me dijo por qué. Pensé que me estaba tomando el pelo.
—Oye, Sharon —le dije muy tranquilo—, ¿por qué no te vas al carajo?
Más tarde me confesó que aquel brusco desaire fue lo que de veras la indujo a interesarse por mí".

"Sharon se mudó a vivir conmigo cuando todavía estábamos rodando en Elstree. Fue un proceso gradual que coincidió con el número cada vez mayor de horas que pasábamos juntos. Poco a poco, sus prendas de vestir empezaron a acumularse en el armario de mi dormitorio, y ella me sugirió entonces unas relaciones semipermanentes.
—No te preocupes —me dijo—, no te voy a devorar como hacen algunas señoras.
Sabiendo el pánico que me causaban las mujeres posesivas, quiso dejar bien claro de mil maneras que comprendía mi estilo de vida y no tenía intención de entorpecerlo. Nadie me había ofrecido jamás unas seguridades semejantes".

"La escena de El baile de los vampiros en la que Sharon aparece desnuda en la bañera —uno de cuyos fotogramas se eligió para el reportaje gráfico de Playboy— fue el tema de uno de los muchos memorandos que Filmways me envió. Ben Kadish me escribió: «No sería sincero si pasara por alto el hecho de que, en esta escena, a Sharon Tate se le nota un imperceptible bigote. Convendría que la volviera a rodar».
Yo le contesté: «Te vas a alarmar todavía más cuando te diga que le están creciendo también un par de pelotas»".

"Fue entonces cuando el matrimonio de Gene Gutowski y Judy empezó a desintegrarse. Uno de sus motivos de discordia era la aventura amorosa que Judy había tenido con un pintoresco personaje de Broadway llamado Hilly Elkins. Ambos vivían con nosotros y se respiraba en la casa una atmósfera muy cargada. Ya estábamos acostumbrados a sus peleas, seguidas de largas y apasionadas reconciliaciones, pero hubiera deseado que decidieran de una vez si hacer las paces o separarse. Un día, mientras me encontraba en el salón en compañía de Tony Curtis, el rumor de otra encarnizada batalla vino a turbar nuestra paz. Tony se puso un poco nervioso.
—Convendría que fueras a calmarles.
—Ocurre constantemente —contesté con la mayor indiferencia.
—Puede que sí —dijo él—, pero es que esta vez Gene está subiendo al piso de arriba perseguido por Judy.
—¿Y qué?
—Pues que ella lleva un cuchillo de cocina enorme.
Conseguí separarles, pero al día siguiente Gene salió y se compró un revólver automático".

"Tenía que irme a Londres para dar los últimos retoques a La semilla del diablo, básicamente intercalar algunas voces de Mia, que ya estaba trabajando allí en otra película. Recordé que mi estancia en Londres coincidiría con el cumpleaños de Victor Lownes. Sharon y yo lo comentamos con Gene Gutowski. ¿Qué se le podía regalar a un hombre como Victor?
—Lo tiene todo menos un falo de oro —contestó Gene.
—Pues muy bien —dije—, eso es lo que le vamos a regalar.
Sharon conocía a un joyero de Hollywood llamado Marvin Himes y le llamó enseguida.
—Marvin —le dijo—, ¿tienes un pito de oro?
Él creyó que se refería a un silbato.
—No —dijo ella—, quiero decir un miembro viril.
—¿Para colgar de una cadena?
—De tamaño natural.
La respuesta de Marvin fue espectacular.
—Si me proporcionas el modelo, te lo podemos hacer".

"Una vez me pidió que le definiera a mi mujer ideal.
—Eres tú —le dije.
—¡Vamos! —exclamó, echándose a reír.
—En serio —insistí.
—¿Qué te gustaría que fuera y no soy?
—Nada —contesté con absoluta sinceridad—. No te querría distinta en ningún sentido".

"Como para recordarme que todos los horizontes, por esplendorosos que sean, siempre ocultan alguna nube, recibí una afligida llamada de Wojtek Frykowski desde Los Ángeles. Les habíamos pedido a él y a su amiga Abigail Folger que cuidaran de la casa de Cielo Drive en nuestra ausencia. Tras su salida de Polonia, Wojtek había llevado una existencia errante en París y Nueva York, donde Jerzy Kosinski le presentó a Abigail. Posteriormente ambos se trasladaron al oeste porque Wojtek deseaba abrirse camino en el cine. Era un hombre muy viril y atractivo, pero carecía de talento para triunfar. Yo pensaba darle algún papel en El día del delfín —algo que le permitiera lucir sus habilidades acuáticas—, pero Wojtek seguía siendo tan propenso a los accidentes como siempre. Aquella llamada telefónica me lo acababa de confirmar: mientras aparcaba el automóvil, se las apañó para atropellar a Doctor Saperstein.
Aquel perro era un miembro de nuestra familia, casi como un hijo. Tuve un disgusto tremendo y me aterraba la idea de tener que darle la noticia a Sharon. Lo consulté con Victor Lownes.
—Primero —me dijo él—, cómprale otro perro".

"Aquella despedida tuvo más emoción que otras y, al final, se nos llenaron los ojos de lágrimas.
—Bueno, vete ya —me dijo Sharon bruscamente.
Bajamos hasta la salida principal, donde me abrazó comprimiendo con fuerza su vientre contra mí, como jamás había hecho, como si quisiera recordarme al niño.
Mientras la besaba y abrazaba, un extraño pensamiento cruzó por mi mente: nunca más volverás a verla. Si no hubiera sucedido nada, posiblemente habría olvidado aquella premonición; pero ahora la conservo como un recuerdo indeleble".

"La muerte de Sharon es la única divisoria importante en mi vida. 
Antes de que ella muriera, yo navegaba por unos serenos e ilimitados mares de optimismo y esperanzas. Ahora, siempre que me divierto, me siento culpable".

"—Bueno —le dije—, me parece que ya está bien.
—Tienes mucha razón —contestó él con una sonrisa—, ya nos hemos divertido bastante.
Aquella noche, sin embargo, tras beberse un par de copas de vino, dijo con aire inocente:
—Vamos a ver qué hace Simon.
Resultado: le sacamos de la cama y nos fuimos de parranda por quinta noche consecutiva. Estaba tan agotado a causa de la falta de sueño que no podía tenerme en pie. Llevábamos casi una semana en París y Warren aún no había leído ni una sola página del libro.
—Mierda —le dije—, ya estoy harto.
Y me fui a pasar un par de días a Londres. El teléfono de mi casa-caballeriza sonó antes de que me despertara a la mañana siguiente. Era Warren.
—No pienso aparecer en pelotas —dijo—. Es un prejuicio que tengo. ¿De cuánto me dijiste que era el presupuesto?".

"Le pregunté cuándo había empezado a mantener relaciones sexuales.
—A los ocho años.
Me quedé de una pieza. La miré, pensando que no hablaba en serio, pero vi que efectivamente lo había dicho en serio.
—¿Con quién?
—Con un niño de mi calle —contestó—. A esta edad, ni te enteras de lo que ocurre.
Hablaba con absoluta indiferencia, como si la cosa no tuviera la menor importancia".

"Estábamos a punto de salir a la calle por la puerta principal cuando un hombre con una camisa deportiva se me acercó, mostrándome una placa.
—¿Señor Polanski? —dijo en voz baja—. Pertenezco al departamento de policía de Los Ángeles. ¿Podemos hablar? Tengo una orden de arresto contra usted".

"El sargento del escritorio me dijo:
—Pero ¿quién demonios se ha creído usted que es, violando a la gente por ahí?".

"Aparte de las visitas de unos clérigos y un rabino, fui entrevistado por dos psiquiatras y una psicóloga, cumpliéndose de este modo la finalidad de mi encierro.
La psicóloga me sometió a toda una serie de test escritos en los que podía elegir entre varias respuestas. Me dio también dos hojas de papel y me pidió que dibujara a un hombre y una mujer. Había asistido en la Escuela de Bellas Artes de Cracovia a tantas clases de dibujo del natural que la costumbre me impulsó a representarlos desnudos.
—¡Mierda! —exclamó Doug Dalton cuando se lo comenté.
—¿Y qué querías que hiciera? —le pregunté—. ¿Ponerles unas hojas de parra?".

"—¡Es demasiado larga! —gritó. Todo el mundo enmudeció repentinamente—.¡Es demasiado larga! —repitió con toda la fuerza de sus pulmones—. ¡Hay que eliminar una hora y tiene que estrenarse el treinta y uno de octubre! —Fui a decir algo, pero él me lo impidió—. ¡Yo no soy más que el hombre del dinero, pero el hombre del dinero dice que es cochinamente larga!".

"Mi trabajo, mis fantasías han nacido sobre todo de un deseo de complacer, divertir, sorprender o hacer reír a la gente. Me gusta hacer el payaso, exhibiéndome por ahí sobre el escenario del mundo. Es más, si pudiera volver a empezar, preferiría ser actor que director.
Sin embargo, tan absurdo es arrepentirse del pasado como hacer planes para el futuro".

"Mi padre siempre me ha reprochado que sea un derrochador y no sepa organizar mi vida. No lamento las elevadas sumas de dinero que he malgastado. Me repugna la idea de tener que morirme con una saneada cuenta bancaria; la vida —y el dinero— están ahí para que gocemos de ellos".

"No obstante, desde que murió Sharon y a pesar de todas las apariencias, he disfrutado de la vida de manera incompleta".

"En consecuencia, no me arrepiento de nada de lo que ha ocurrido en el camino.
Por paradójico que pueda parecer, si los acontecimientos de mi existencia no hubiesen sucedido tal como lo han hecho, hoy no tendría a mi familia ni disfrutaría de la vida que llevamos juntos. Tendría otra cosa, y no quiero otra cosa.
No pienso renunciar a eso por cambiar el pasado".





ROMAN POLANSKI
París, 15 de noviembre de 2015.

viernes, 22 de noviembre de 2019

Citas: Querido nadie - Berlie Doherty


"Es posible que todos deseemos cruzar el horizonte, entrar en el espacio quizá, llegar a un territorio desconocido y, allí, encontrarnos a nosotros mismos. Este libro es una especie de viaje, pero todavía no sé dónde va a terminar".

"Hoy, 2 de octubre, empiezo a escribir y es como abrir una puerta al pasado".

"Cuando miré el paquete reconocí enseguida la letra. Era de Helen. Recordé la última vez que nos vimos; la expresión de su rostro entonces, mi sufrimiento. Abrí el paquete y lo vacié encima de la cama. Sólo había un montón de cartas. Las cogí una por una, sin entender qué significaba aquello. Todas empezaban igual:

Querido Nadie.
Me senté y una creciente sensación de angustia se apoderó de mí. Ella y yo fuimos una vez las personas más importantes de nuestro mundo".

"Ella miró a otro lado con una chispa de risa en los ojos y se levantó para ayudar a su madre a descargar detergentes y zumo de pomelo no azucarado.
Yo la observaba mientras colocaba cosas en un armario debajo de la pila.
Podía verla reflejada en la ventana, dos Helen que se juntaban y separaban cuando se movía hacia atrás o hacia delante, de la mesa al fregadero. Yo quería que se diese la vuelta y me sonriera. Sabía que yo la estaba mirando, lo mismo que yo sabía que estaba en medio de sus pensamientos".

"Llamé a Helen en cuanto tuve ocasión. Sólo quería oír su voz. Estaba de pie en el vestíbulo, sonriendo sin decir nada, seguro de que ella también sonreía al otro extremo del teléfono.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté.
—Sonreír.
—Lo sabía.
—¿Y qué estás haciendo tú?
—Sonreír también".

"Me quedé escuchando el zumbido del teléfono e imaginé que Helen subía aquellas escaleras verde musgo hasta su habitación, corría las cortinas y quizá se paraba a mirar cómo caía el agua nieve iluminada por las farolas de la calle.
Eres tan dulce. Tan suave —murmuré al colgar el teléfono.
—Gracias —dijo mi padre, que bajaba las escaleras a mis espaldas—. Creía que no lo habías notado".

"—¡Qué raro! —dijo, papá—. Yo no supe cuánto quería a tu madre hasta
que me dijo que me dejaba. Pensarás que debería odiarla, y así fue más tarde.
A nadie le gusta ser rechazado, ¿sabes? La odié porque no me quería. Y la odié porque estaba separando a una familia".

"Si hubiera muerto, yo lo habría superado mejor. Hay manera de enfrentarse a la muerte. Hay funerales y flores y llanto. Hubiera sido terrible, pero yo habría sabido con absoluta certeza que se había ido para siempre y que no volvería a verla, y de alguna forma habría continuado con mi vida y
con vosotros. Pero mientras alguien está vivo, siempre hay una posibilidad de que regrese y nunca puedes desvincularte por completo. Yo quería que volviese, a pesar de lo mucho que la odiaba por haberse ido".

"—Uno cree que es el único al que le ha sucedido eso, hasta que entra en el bar y habla de ello. Entonces, uno se pregunta: ¿y esto es amor? Yo no sé qué es el amor. Una trampa para conservar la especie humana, eso es lo que es".

"Llevé la carta en el bolsillo unos cuantos días y, por fin, Helen la echó al buzón de correos. Después de un par de semanas, dejé de esperar respuesta. A fin de cuentas, yo no era nada para mi madre. Era una mota de polvo, y me habían echado de un soplo".

"—Tengo que decirte algo —empecé muy decidido.
Ella se había puesto a dar vueltas, se apartaba de mí y volvía otra vez.
—Y yo tengo que decirte algo a ti —me contestó—. La tutora de sexto quiere que me examine de danza. ¡Hasta ahora nadie lo ha hecho en nuestro instituto!
Seguía dando vueltas, excitada como un niño pequeño, y yo me contagié y empecé a bailar igual que ella, como si sólo tuviera piernas y unos codos que empujaban por todas partes. Me reía y ella se reía conmigo.
—¿Qué querías decirme? —me gritó.
—Lo he olvidado. No sería importante.
Recuerdo que me aparté el pelo de los ojos y le sonreí, con ganas de broma. Me callaría. Tenía la sensación de que habría muchas ocasiones para decirlo. Además, de momento, no sabía si podría pronunciar las palabras sin sonrojarme.
—¿Cuántas palabras eran, Chris? —me preguntó tranquilamente Helen.
—Dos —dije yo.
Y ella se rió de mí y dijo:
—Yo también dos, Chris".

"—Helen, ¿qué pasa?
Y entonces ella contestó con una voz hueca, asustada, cansada, que difícilmente hubiera reconocido como la suya y que no olvidaré en mi vida".

"Querido Nadie:

En el cuarto de baño de casa hay un grifo que no cierra bien. Necesita una nueva válvula, eso es todo, según dice mamá. Unas veces no se oye y otras tiene a uno despierto toda la noche con su monótono e insistente tap, tap tap.
Así me siento yo contigo.
Es como oír el latido de mi propio corazón y no ser capaz de pararlo.
Como pisadas en la oscuridad.
No sé siquiera si estás ahí.
Pero la idea de que puedas estar es como un tap, tap, tap, que no desaparece de día ni de noche, de día y de noche ahora, monótono, lento e insistente como el latido de un pulso que no se detiene, como un reloj que nunca apaga su tictac".

"—No quiero que entres —dijo.
—No, no quiero entrar. Pero tampoco quiero separarme de ti".

"Es sorprendente lo que uno puede llegar a creer si de verdad quiere creerlo".

"Y si estoy embarazada, qué, qué, qué.
Pasé un día espléndido con Chris, cuando creímos que todo podía ser una falsa alarma.
Pero todo sigue igual. Todo.
Un pequeño y horrible pulso late dentro de mí, muy dentro.
Vete, vete, vete.
No hay nadie ahí.
Por favor, no estés ahí".

"22 de marzo

Querido Nadie:

Hoy he traído a casa un test de embarazo. Esta mañana me encontraba mal otra vez. Tú eres un cultivo extraño dentro de mí. Eres una enfermedad. No quiero que existas".

"He sacado la varilla, y no tenía la punta coloreada. La tenía blanca. He leído las instrucciones otra vez. Si la punta está rosa, estás embarazada. Si está blanca no estás embarazada. No estoy embarazada. Tú no existes. No eres nadie".

"30 de marzo

Querido Nadie:

Anoche decidí lo que tenía que hacer. No te pido perdón por esto.
Después de todo, tú no me pediste permiso para instalarte en mí. Eres como esos sicomoros que siguen brotando, no se sabe de dónde, en nuestro jardín.
Mamá siempre los arranca.
—No os queremos aquí —dice.
Ahora sé bien lo que quiere decir".

"Querido Nadie: tú no lo pediste. Yo no tengo nada que darte. Nada. Lo siento con todo mi corazón".

"«Querida Nell», escribí. Las letras flotaban sobre el papel: «El bebé es también mío, es un huevecito, es la vida misma». No sabía lo que estaba escribiendo; a decir verdad, ni siquiera veía bien la hoja de papel.
«Doscientos millones de espermatozoides intentaron penetrar en ti, y sólo éste lo hizo. Nada en el mundo volverá a ser igual, nunca, nunca. Es único. Soy yo en ti, Helen, y tú en mí. Por favor, no lo destruyas. Yo te amo, hagas lo que hagas»".

"Chris fue uno de los últimos en salir. Tenía aspecto de haber pasado la noche en vela. Iba solo, con la cartera colgada al hombro, y caminaba como ausente. Si no le hubiera llamado, habría pasado de largo. Se puso pálido al verme. Fui hacia él y esperé a que dejara la cartera en el suelo. Y cuando me abrazó se lo dije. 
Pequeño Nadie. Ahora no quiero separarme de ti".

"—¡No me reconozco! —dijo riendo—. Parece de otra vida. Aunque en aquellos días yo era el dueño del mundo. Como tú ahora, Chris.
Yo cerré los ojos.
—Pero tú tienes más oportunidades de las que yo tuve nunca —continuó papá.Me sentía incapaz de alejarme de su voz.
—Aprovéchalas. Nunca se puede volver a empezar".

"—El problema no va a desaparecer, ya lo sabes —me decía—. Será cada vez más grave. Y cuanto más tiempo lo dejes, peor".

"—El lenguaje es poder —solía decir—. La literatura es amor. Y la poesía es el alimento del alma".

"—El tiempo lo curará —dijo mi madre".

"Helen tiene razón: no estoy preparado para ti ni para ella. No estoy todavía preparado para mí mismo".





Berlie Doherty

domingo, 17 de noviembre de 2019

Citas: Anatomía de las distancias cortas - Marta Orriols


Princesa:

"Una nota agria ha quedado sostenida en el aire como el preludio de la melodía que la acompaña cada vez que baja al infierno: Princesa. Princesa. Princesa".

"Se aparta el pelo de la cara, debatiéndose con furia hasta conseguir que ningún rizo le tape los ojos. Se escurre por la boca del metro y de pronto las escaleras se suceden sin fin. La pendiente la invita a la oscuridad, escabrosa, como cada una de las veces que se adentra en ella desde que ha perdido un poco de sí misma".

"Dos minutos para el próximo tren. Solo un par de almas perdidas esperan como ella bajo tierra".

Kind of Blue:

"La brisa, como si de una inspectora se tratara, revisaba cada rincón del comedor bellamente dispuesto para la cena. No había nadie y, visto así, los objetos adoptaban una presencia casi humana con esa quietud imponente solo turbada por el movimiento volátil de las cortinas".

Sísifo en la novena planta:

"—Sabía que al final un día me llamarías. ¿Qué pasa? ¿Qué es de tu vida?
Marc le hace un gesto con la cabeza para que entre y ella mira el piso, estupefacta. Hace una pompa de chicle.
—La madre que te parió, Marc. Aquí no debes de tener problemas de humedades, cabrón".

"—¡Marc, pst, Marc! —Va hacia ella con los hombros encogidos, turbado—. Marc, abajo en recepción hay una señora que pregunta por ti. Dice que es tu abuela.
(...)
—Ahora esperarás aquí sin moverte. Di que no te moverás, yaya.
—No te moverás, yaya. —Ríe su propia broma, pizpireta.
—¡Yaya, por favor! Espérame aquí, no tardaré, ¿de acuerdo? —La deja sentada, con las medias de nailon que le caen por las delicadas piernecillas. 
Marc corre hacia el ascensor con un nudo en el estómago. De nuevo la quietud. Se muerde las uñas mientras el ascensor asciende. El aviso sonoro, las puertas, la moqueta, la mirada inquisitiva de Fernández, la sonrisa maliciosa de la heroína de cómic manga con superpoderes cuando se cruzan por el pasillo, y finalmente Elisenda, que le barra el paso cargada con unos archivos.
—Me avisan de recepción. —Mira hacia los lados para asegurarse de que nadie la oye—. Es tu abuela… Pregunta por ti, está alterada.
(...)
—Señoras, señores, disculpen. Les presento a mi abuela. —Ella se quita la boina de lana rosa y hace una leve reverencia—. No nos molestará, descuiden. Si me permiten, podemos continuar.

El anuncio del ascenso de Marc no llega y, a pesar de que la reunión culmina con éxito, ya no llegará. Tendrá que volver a empezar de cero. Sentado en la silla del que ya no es su despacho, observa a Angelina de espaldas, con su boina de lana rosa, que contempla embelesada el mar y tararea su melodía con una voz casi imperceptible, casi como si le contara aquel cuento antes dormir".

La buena nueva:

"—¿Crees que podemos vernos algún día? ¿Podemos quedar? Tampoco estuvo tan mal, ¿no?
Marta no dice nada y sigue andando.
—¡Marta!
Se detiene, furiosa.
—Nico, tengo mucho trabajo. No debería haberte contado nada, ha sido un error.
—Pero los errores nunca pasan porque sí".

Ficción:

Él deja caer la mano por dentro de la blusa hasta rozarle el sujetador. Se miran de reojo y se sonríen. Quizá hagan el amor, hoy —es probable, piensa Ariadna, porque es viernes y no hay excusas—, y además hace semanas que los dos están muy cansados y se duermen mientras deciden en silencio quién dará el primer paso de tocar al otro y poner en marcha unas intenciones vagas".

"Acabarán letárgicos, tendidos con piernas y brazos que ya conocen el camino de regreso.
El amor, el sexo, el hambre, el sueño.
Lejos, allá afuera, la luna infinita embellece la ciudad como un fotograma incapaz de abarcar tanta realidad".





Marta Orriols

miércoles, 13 de noviembre de 2019

Citas: Atentado - Amélie Nothomb


"La primera vez que me vi en un espejo, me reí: no creía que fuese yo.
Ahora, cuando contemplo mi imagen, me río: sé que soy yo. Tanta fealdad tiene cierta gracia".

"Debía de tener seis años el día en que un chaval, en el patio, me gritó: «¡Quasimodo!». Locos de alegría, los niños corearon: «¡Quasimodo! ¡Quasimodo!».

Sin embargo, ninguno de ellos había oído nunca hablar de Victor Hugo.
Pero el nombre de Quasimodo resultaba tan adecuado para mí que bastaba oírlo para comprender.
Ya no me llamaron de otro modo".

"Respecto a la belleza, hay una cuestión poco clara: todo el mundo está de acuerdo en decir que el aspecto exterior tiene poca importancia, que lo que cuenta es el alma, etc. En cambio, se sigue encumbrando a las stars de la apariencia y relegando al pozo del olvido a caras como la mía.
O sea: la gente miente. Me pregunto si miente a conciencia. Eso es lo que me crispa: la idea de que la gente mienta sin saberlo".

"Por consiguiente, me visto demasiado holgadamente: así, parezco esquelético, lo que no me repugna. Algunas personas bien intencionadas se empeñan en aconsejarme:
—Debería usted alimentarse más.
—¿Por qué? ¿Quiere que mi fealdad ocupe más espacio?
No me gusta que se preocupen por mí".

"—¡Este niño tiene la lepra!
—No, señora, es acné".

"—¿Estás enamorada actualmente?
—No.
—¿Por qué?
—Nadie me incita a estarlo.
—¿Lo echas de menos?
—No. El amor crea problemas".

"—¡Qué hermosa eres! —No podía evitar exclamar de vez en cuando.
Ella sonreía, como si le gustara oírlo.
Esa reacción de Ethel me trastornó tanto que me creí autorizado a decirles lo mismo a otras mujeres bonitas. Lo que me valió miradas ultrajantes, muecas de enojo o frases tan gratas como «¡Vaya tipo más estúpido!».
A una beldad, que acababa de reprenderme con aspereza, le pregunté:
—¡Un momento! Me he dirigido a usted con galantería, sin un ápice de obscenidad, y sin segundas intenciones. ¿Por qué me agrede?
—¡Lo sabe de sobra!
—¿Porque soy feo? ¿Hay alguna ley por la que la fealdad me impida tener buen gusto?
—No, no hay ninguna ley que se lo impida. La fealdad no tiene nada que ver.
—Pues, ¿por qué se ha molestado?
—Decirle a una mujer que es hermosa equivale a llamarla tonta.
Me quedé anonadado; reaccioné y repuse:
—En tal caso, es cierto: es usted tonta, y lo confirma.
Recibí una bofetada.
Lo comenté con Ethel.
—Si te digo que eres hermosa, ¿crees que estoy diciendo que eres tonta?
—No. ¿Por qué?".

"—A mí me gusta la belleza.
—Tú eres especial.
—A todo el mundo le gusta lo bello.
—Te aseguro que no es cierto.
Empezaba a ponerme nervioso:
—¡Reconoce, al menos, que no hubieras preferido ser fea!".

"Epiphane Otos
nacido en 1967
experiencia: lecturas, salas oscuras".

"—No es una broma.
—¿Se ha mirado alguna vez en un espejo?
—¿Creen ustedes que me hubiera presentado aquí sin tener pleno conocimiento de la configuración de mis rasgos?".

"—¿Y a qué esperas? ¿Prefieres a los hombres?
Solté una carcajada.
—¿Crees que tengo un físico gay?
—Tu físico, querido Quasimodo, no es apto ni para gays ni para heteros".

"—No comprendo tu manera de razonar.
—Con alguien tienes que acostarte, ¿no?
—No. ¿Por qué?
—Todo el mundo folla.
—Yo no.
—¿Lo has hecho alguna vez, al menos?
—No.
Ante mi respuesta, escupió su jengibre confitado.
—¿Qué? ¿Eres virgen?
—Sí.
—¿A los veintinueve años? ¿Desde cuándo amas a esa chica?
—Hace seis meses.
—Y, antes de ella, ¿amabas a alguien?
—No.
—¿Qué te impedía follar?
—No lo tengo muy claro.
—¿Por qué las chicas no querían saber nada de ti?
—No tengo la menor idea, no les proponía nada.
—¿Y nunca has ido con una puta?
—No.
—¿Te lo impide tu religión?
—No tengo religión.
—¡Hay que hacer algo, Quasimodo! No puedes seguir siendo virgen".

"—¿No deberías ver a un médico?
—No. Es mi alma la que está enferma.
—Eso no te impide ir al médico".

"—La noche de ayer, la temperatura era idéntica a la de hoy, y le pareció bien, señor.
—Estaba agotado. El cansancio da frío.
—Quizá el señor debería tomar un somnífero".





Amélie Nothomb

sábado, 9 de noviembre de 2019

Citas: Beniche, el niño de nadie - Dolors Garcia i Cornellà

x

"—Claudia, tendrás un alumno nuevo en enero. Me han llamado de Inspección para que lo acojamos, pero no tiene papeles ni nada.
Y es que mi madre es maestra, y justo en aquel año le tocó de tutora en mi clase, la de quinto.
—¿Qué quiere decir que no tiene papeles? —preguntó, un poco asombrada—. La cartilla de la última escuela, el certificado de vacunas, el de nacimiento… Algo tendrá, digo yo.
—No tiene nada.
—¿Nada de nada?
—Un papel amarillento en el que pone que se llama Beniche y que nació en Nadie.
—¿Dónde está eso?
—Ahora, en ninguna parte. El pueblo de Nadie fue abandonado hace diez años".

"Los primeros días, Beniche no jugaba con nadie a la hora del recreo. Nadie, tampoco, iba a llevarlo o a buscarlo a la escuela. Siempre iba solo.
—Diego —me dijo mi madre un día—, ayúdale un poco, ¿quieres? 
Ahora, cuando han pasado ya más de diez años de todo aquello, recuerdo Beniche y me pregunto qué pensaría al principio de todos nosotros aquel chaval larguirucho cuya historia, cuando fuimos conociéndola a pedazos, nos llegó muy dentro. A pesar de su aspecto solitario y taciturno, emanaba ternura, muy especialmente de su mirada, de un azul intenso, como de cielo de marzo".

"—También hablaba no sé qué de una niña —siguió contando la mujer.
—¿Una niña? —preguntó mamá, llena de interés—. ¿No se confunde usted, no sería un niño?
La mujer la miró un poco disgustada.
—Señora, quien está mal de la cabeza es el cabrero, no yo".

"—¿Con qué derecho vienen aquí a meterse en mis asuntos, a recordarme cosas de mi vida que ya tenía olvidadas?
Mamá y yo nos miramos sin saber qué decir.
—Las personas, un día, cogen el camino que más les conviene, ¿no es cierto? —prosiguió—. Pues yo, una vez, decidí dejar todo aquello porque me ahogaba, a pesar de saber que nunca más podría volver".

"—¿Cómo es que tienes ese pelo tan azul?
Ella, entonces, se acarició suavemente el pelo.
—¿Te gusta? —me preguntó.
Me sobresalté. Era la primera vez que oia su voz, y sonaba dulce, melodiosa.
—Cuando nací, no era así —dijo con nostalgia.
—¿Cómo era?
—Rubio como el sol.
—¿Cuántos años tienes?
—No lo sé. Muchos.
—Pero no eres vieja.
—No quiero serlo".






Dolors Garcia i Cornellà

martes, 5 de noviembre de 2019

Citas: No, mamá, no - Verity Bargate



"Lo que más me impresionó cuando me dieron a mi segundo hijo y lo cogí en brazos fue la total ausencia de sentimientos. Ni amor. Ni cólera. Nada".

"De vuelta en la habitación, encendí por fin un cigarrillo. Tenía el sabor dulzón que tienen a veces después de hacer el amor".

"Más tarde, a la hora de visita, volvió David con los ojos todavía un poco llorosos. Le envidié el lujo de sentir algo, aunque sospeché que su sufrimiento respondía sobre todo a que habíamos leído en alguna parte que si se hace mucho el amor hay más probabilidades de tener una niña; cuanto más se folla, más débil es la eyaculación, y las hembras, más fuertes que los machos, tienen mayores posibilidades de llegar primero hasta el óvulo y fecundarlo.
En otras palabras, su pena parecía tener un fundamento bastante machista.
Creo que fue entonces cuando nuestra incapacidad de comunicarnos se hizo irreversible. Nuestro dolor era tan distinto, los motivos tan divergentes; el mío todavía no articulado, el suyo ya casi superado".

"Empecé a balbucear que iban a mandarme a casa con un crío a quien no quería y que no podía hacerme responsable de mis actos y que vivía en un piso alto y que qué ocurriría si tiraba el crío por la ventana porque no lo quería, no lo quería, no lo quería".

"Mientras Matthew se calmaba, consulté el libro del doctor Spock, que tenía siempre a mano, por la letra C, de celos, subapartado «Cuando el bebé llega a casa». No aclaré gran cosa. Spock se refería constantemente al niño mayor como «él»; el nuevo bebé era «ella». Comprendía la lógica de esos términos que facilitaban mucho la lectura, evitando confusiones, pero aquel día, para esta madre, eso significó otra pequeña muerte".

"Me entretuve un buen rato en el baño, con la esperanza de que, cuando hubiera acabado, David estuviera dormido. Estaba completamente despierto y cuando se me acercó pensé que al menos esa vez no tendría que sentirme culpable, pues no disfrutaría. Los sentimientos de culpa estaban reservados para el placer; eso era un deber.
Y así ocurrió por primera vez en varias semanas. Me gustaría poder decir que hicimos el amor, pero no quedaba ningún amor por hacer".

"Me chupó hasta dejarme seca y después empezó a exigir que le dedicara también toda mi atención".

"—Diga —susurré.
—Oiga, oiga, ¿me oye? ¿Puedo hablar con Jodie? —Una voz de mujer, vagamente conocida.
—Sí, soy yo —todavía en un susurro.
—Jodie, Jodie, hola, soy yo. Jodie, soy Joy.
¿Joy? ¿Sería posible? ¿Después de seis años? Me soné la nariz.
—Hola, Joy. ¿Cómo estás?".

"Entonces Orlando empezó a despertarse y yo me dormí, pues, cuando se despertó de verdad y empezó a chillar muy fuerte, me hizo volver a rastras a la realidad desde un lugar oscuro y muy remoto, y después nos dormimos juntos otra vez, sumidos en un lechoso aislamiento".

"Hicimos una salida unida, aunque poco digna, de la tienda. Y allí, aguardándonos en la acera, encontramos otra vez a la extraña mujer. No pude esquivarla, estaba justo en medio del paso.
—Perdone —me dijo—, tengo que decírselo, y lamento molestarla después de todo lo que le ha pasado, pero soy representante de una agencia de publicidad y estamos buscando a una niñita tan hermosa como su hijita para promocionar un producto recién lanzado al mercado. —Y me puso una  tarjeta en la mano con una sonrisa realmente genuina.
Por segunda vez aquella mañana se me paró el corazón y mi cara debió aparecer vacía de toda expresión, porque ella continuó rápidamente:
—Oh, ya sé que es una monstruosidad por mi parte, pero la he estado observando y es una modelo innata. Tendría que ver algunos de los monstruitos que nos traen las mamás embobadas. Es increíble. Ella —señaló a Matthew con la cabeza— es exactamente lo que estamos buscando. Afectuosa y vivaracha y bonita y… bueno, encantadora. —Miró a Orlando, al pobre, calvo, poco seductor Orlando—. Y él, es tan… grande. Quizá podamos incluirlo también de algún modo. En el fondo de la foto. Mire, no tiene que decidirse ahora mismo. Llámeme el lunes o el martes. Pero, por favor, piénselo. —Y me tendió la mano.
—Tendré que esperar a ver qué dice mi marido. Explotación, ya sabe — fue lo único que se me ocurrió decir, porque mi cabeza parecía a punto de estallar de dolor. Oh, Matthew, ¿por qué no tendrías el pelo y los ojos oscuros? Nadie tomaba nunca a Orlando por una niña y sin embargo tiene que haber niñitas feas. En alguna parte".

"Cuando me detuve a pagar la cuenta antes de salir, vi a una muchacha que realmente me impresionó y cuya mirada no pude evitar. Se parecía bastante a mí: pelo liso, flequillo, pantalones con peto, zuecos. Era una yonqui, con la opaca vulnerabilidad a flor de piel de esas personas casi duras. En el Soho hay muchísimos yonquis, los veía continuamente, pero nunca me acostumbré a su presencia; aprendí a identificar sus siluetas para cruzar a la otra acera o al menos desviar la mirada cuando los veía acercarse. Pero no pude esquivar a esa muchacha. Su mirada se encontró con la mía por casualidad, pero una vez la hubo encontrado ya no la soltó. Quizá nos reconocimos en esa breve fracción de segundo del primer contacto. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan próxima a otro ser humano. No me pidió dinero, como había estado haciendo con otras personas. Por fin bajó la mirada y me soltó. Me alejé, sintiéndome inesperadamente privilegiada".

"Era un gran lujo poder estar sola de ese modo, en el limbo; sin ser la esposa ni la madre de nadie. Solo Jodie".

"—¿Quién era? —Había formado una capilla con las manos.
—Nadie que tú conozcas. Una chica que estudió conmigo. Era mi mejor amiga. Joy. Mañana tomaré el café con ella. —Habla en un tono indiferente, Jodie, que no note que esto te importa.
—¿Algún motivo especial que explique tus lágrimas, entonces? Tú no lloras.
¿Estoy llorando? He estado reteniendo un estornudo que luego se ha convertido en un bostezo. No estoy llorando, se me han saltado unas lágrimas, nada más. Esto está lleno de humo.
—¿Cómo es posible? Ninguno de los dos ha fumado en toda la tarde. No tenemos tabaco.
Ah, qué bien, así podría cambiar de tema".

"—¿Dónde diablos has estado? ¿Qué le pasa a Matthew? ¿Por qué llegas tan tarde? Me habíais preocupado.
—Hacía un día tan bonito, David; los he llevado a ver el mar.
—Ven, dame a Matthew. ¿A ver el mar? Tú nunca vas a ver el mar.
—Hay muchísimas cosas que no hago nunca, David. Hoy me he desquitado por una vez. Hemos hecho montones de cosas que no habíamos hecho nunca. Pero, por favor, no hablemos en la escalera. Estamos cansados y tenemos frío. Entremos.
Y ya estábamos metidos nuevamente en la jaula, yo y mis dos hijos".

"Esa vez Orlando me falló, no se movió nada. Supongo que el aire marino lo había dejado exhausto. A mí también debió de dejarme exhausta, porque me dormí mientras me penetraban".

"—Son suyos, supongo —dijo señalando a los niños.
Yo asentí y él miró a Matthew y preguntó:
—¿Cómo se llama el mayor?
Las lágrimas me hicieron escocer los ojos simplemente porque había acertado el género.
—Matthew. Y la Bella Durmiente es Orlando. Todas las noches se escapa para ir al Baile de los Feos".

"Mi felicidad se evaporó al cerrar la puerta del lavabo. Cuando salimos éramos gente corriente. Nadie miró a los niños, ni nos sonrió, ni nos abrió las puertas. Éramos simplemente las tres cuartas partes de una unidad familiar nuclear que volvía a la célula familiar nuclear, donde nos esperaba la otra cuarta parte".

"Y Jack, Jack a quien no conocía, abrazándome, abrazándome y repitiendo una y otra vez:
—No es nada, Jodie. Todavía sangras. Todavía estás viva. Yo estoy aquí. Tú estás aquí.
Entonces noté también sus lágrimas y una vez más hizo lo que hacía Matthew, apretó su cara con fuerza contra la mía hasta que no hubo sitio para más lágrimas.
—Cuando estés preparada, Jodie. Todavía no pero, cuando estés preparada, hablaremos. Y recuerda, Jodie, nadie ha muerto nunca de pena. Cuando estés preparada, solo tienes que decírmelo. ¿Jodie?
Asentí con un movimiento de cabeza".




Verity Bargate

jueves, 31 de octubre de 2019

Citas: Siempre hemos vivido en el castillo - Shirley Jackson


"Me llamo Mary Katherine Blackwood.
Tengo dieciocho años y vivo con mi hermana Constance. A menudo pienso que con un poco de suerte podría haber sido una mujer lobo, porque mis dedos medio y anular son igual de largos, pero he tenido que contentarme con lo que soy".

"Escogía los libros de la biblioteca a conciencia. En nuestra casa había libros, por supuesto; los libros ocupaban dos paredes del despacho de nuestro padre, pero a mí me gustaban los cuentos de hadas y los libros de historia, y a Constance le gustaban los de cocina. El tío Julián nunca tocaba un libro, pero por la tarde, cuando trabajaba en sus papeles, le gustaba mirar a Constance mientras leía, y a ratos volvía la cabeza para observarla y asentía.
—¿Qué lees, querida? Qué bonita imagen, la de una mujer con un libro".

"«A los Blackwood siempre les ha gustado comer bien». Esa era Mrs. Donell, que hablaba abiertamente desde algún lugar detrás de mí, y alguien soltó una risita mientras otro decía «chsss».
Yo nunca me volvía; ya tenía bastante con saber que estaban a mis espaldas como para encima mirar sus insípidas caras grises y sus ojos llenos de odio.
Desearía que estuvierais todos muertos, pensé, y me sentí tentada de decirlo en voz alta".

"Nunca me sentía culpable de esos pensamientos; solo deseaba que se hicieran realidad. «No está bien que los odies —me decía Constance—, eso únicamente te perjudica a ti», pero yo los odiaba de todos modos, y me preguntaba si su existencia tenía algún sentido".

"No necesitaba mirar para ver las muecas y los ademanes; deseé que todos estuvieran muertos y caminar sobre sus cuerpos".

"Merricat, dijo Connie, ¿una taza de té, querrás? Oh, no, dijo Merricat, me envenenarás. Merricat, dijo Connie, ¿quieres ir a dormir? ¡Bajo tierra te vas a pudrir!".

"Resultaba extraño estar dentro de mí misma, caminando rígida frente a la cerca con paso seguro, pisando con firmeza pero sin prisa porque lo habrían notado, estar dentro de mí misma y saber que me estaban mirando; me escondía muy adentro pero podía oírlos y verlos por el rabillo del ojo. Deseé que estuvieran todos muertos, tirados por el suelo".

"Sus lenguas arderán, como si hubieran comido fuego, pensé. Cada vez que pronuncien una palabra, sentirán las llamas en la garganta y un tormento más abrasador que mil fuegos en sus vientres".

"Helen Clarke no dejaba de comer emparedados, y pasaba por delante de Constance cada vez que se hacía con uno. En ningún otro lugar se comportaría de este modo, pensé, solo aquí. Nunca se preocupa de lo que Constance o yo pensemos de sus modales; simplemente cree que estamos muy contentas de verla. Vete, le dije para mis adentros. Vete, vete".

"Helen Clarke dijo:
—¿De verdad creéis que la gente tiene miedo de venir a veros? —Y entonces el tío Julian se detuvo en la puerta. Se había puesto su mejor corbata para tomar el té y se había lavado la cara con tanto afán que la tenía rosada.
—¿Miedo? —preguntó—. ¿De venir aquí? —Saludó a Mrs. Wright desde la silla y luego a Helen Clarke—. Señora —dijo, y repitió—: Señora. Yo sabía que era porque no recordaba el nombre de ninguna de las dos, si es que las había visto antes.
—Tiene buen aspecto, Julian —dijo Helen Clarke.
—¿Miedo de venir aquí? Debo disculparme por repetir sus palabras, señora, pero estoy asombrado. Mi sobrina, al fin y al cabo, fue absuelta de la acusación de asesinato".

"El sábado por la mañana me desperté y pensé que ellos me estaban llamando; es hora de que me levante, pensé antes de estar despierta del todo y acordarme de que estaban muertos".

"Los miércoles por la mañana siempre recorría la cerca.
Sentía la necesidad de comprobar constantemente que los alambres no estuvieran rotos y las puertas estuvieran bien cerradas. Yo misma podía hacer los arreglos, uniendo el alambre allí donde hiciera falta, ajustando las tiras flojas, y para mí era un placer saber, cada miércoles por la mañana, que estaríamos a salvo una semana más".

"Decidí escoger tres palabras poderosas, tres palabras que me protegieran; mientras esas grandes palabras no se pronunciaran en voz alta no se produciría ningún cambio".

"—Buenos días, Mr. Blackwood —dijo con voz apacible—, ¿cómo se encuentra hoy?
—¿Dónde está el viejo tonto? — preguntó el tío Julian, como siempre—. ¿Por qué no ha venido Jack Mason?
Constance había llamado al doctor Mason la noche en que murieron todos.
—El doctor Mason no ha podido venir hoy —contestó el doctor, como siempre—. Yo soy el doctor Levy. He venido a verlo en su lugar.
—Prefiero ver a Jack Mason.
—Lo haré lo mejor posible.
—Siempre dije que sobreviviría al viejo tonto. —El tío Julian se rio brevemente—. ¿Por qué está fingiendo conmigo? Jack Mason murió hace tres años.
Mr. Blackwood —dijo el doctor—, es un placer tenerlo de paciente.
Cerró la puerta sin hacer ruido".

"—¿Estás preocupada?
—Sí. Mucho.
—¿Se va a morir?
—¿Sabes lo que me ha dicho esta mañana? —Constance se volvió, apoyándose en el fregadero, y me miró con tristeza—. Pensaba que yo era la tía Dorothy, y me ha cogido la mano y ha dicho: «Es terrible ser viejo, y limitarte a estar aquí tumbado preguntándote cuándo va a suceder». Casi me ha asustado".

"—Siempre estaremos juntas, ¿verdad, Constance?
—¿No estarás pensando en irte de aquí, Merricat?
—¿Adónde íbamos a ir? —le pregunté—. ¿Dónde podríamos encontrar un lugar mejor que este?¿Quién nos quiere, allí fuera? El mundo está lleno de gente mala".

"—Tío Julian, es un placer verle por fin.
—Charles. Tú eres el hijo de Arthur, pero te pareces a mi hermano John, que está muerto.
—Arthur también está muerto. Por eso estoy aquí".

"—Me habría gustado venir antes, tío Julian.
—Puede ser. La juventud es muy curiosa. Y una mujer con tan mala fama como Constance debe de resultar un personaje romántico para cualquier joven".

"—Anoche cenaste aquí y te has despertado vivo —dijo Constance; yo me reía pero ella parecía enfadada.
—¿Qué? —preguntó Charles—".

"Me había preparado lo que le iba a decir antes de sentarme a la mesa.
—La Amanita phalloides —empecé— contiene tres sustancias venenosas. Está la amanitina, que actúa despacio y es la más potente. Está la faloidina, que hace efecto al instante, y está la falolisina, que disuelve los glóbulos rojos, aunque es la menos potente. Los primeros síntomas aparecen entre siete y doce horas después de ingerirla, y en algunos casos incluso al cabo de veinticuatro o cuarenta horas. Los síntomas comienzan con violentos dolores de estómago, sudor frío, vómitos…
—Óyeme bien —dijo Charles, soltando el pollo—. Basta ya.
Constance se estaba riendo.
—Oh, Merricat —exclamó, escapándosele la risa entre las palabras—, mira que eres tonta. Yo le enseñé —le explicó a Charles— que hay setas venenosas junto al arroyo y en los campos y le hice aprender cuáles eran mortales. Oh, Merricat.
—La muerte llega entre cinco y diez días después de ingerirla —añadí yo.
—No me parece divertido —sentenció Charles.
—Tontuela —dijo Constance".

"—Hace que el tío Julian esté peor.
—Solo intenta que el tío Julian no esté pensando en cosas tristes todo el tiempo. Y yo estoy de acuerdo con él. El tío Julian debería estar contento.
—¿Por qué debería estar contento si se va a morir?".

"Intenté pensar en él con benevolencia, porque si no lo hacía iba a ser incapaz de hablarle con amabilidad, pero al imaginarme su enorme cara blanca sonriéndome desde el otro lado de la mesa o controlando cualquiera de mis movimientos me entraron ganas de golpearle hasta que se marchara, me entraron ganas de darle patadas una vez muerto, de verlo yacer sobre el césped".

"Me quedé sentada en silencio, escuchando lo que casi había dicho. El tiempo se estaba acabando, se abatía sobre nuestra casa y me aplastaba. Pensé que había llegado el momento de romper el gran espejo del vestíbulo, pero entonces se oyeron los pasos pesados de Charles, que bajaba la escalera, cruzaba el vestíbulo y entraba en la cocina.
—Bueno, bueno, todo el mundo está aquí —dijo—. ¿Qué hay de cenar?".

"—Tío Julian. —Charles se levantó y se dirigió hacia el tío Julian, que estaba sentado a su mesa.
—No toques mis papeles —dijo el tío Julian, mientras los tapaba con las manos—. Aléjate de mis papeles, malnacido.
—¿Qué? —preguntó Charles.
—Lo siento —se disculpó el tío Julian con Constance—. No es un lenguaje apto para tus oídos, querida. Solamente dile a este malnacido que no se acerque a mis papeles".





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