martes, 9 de mayo de 2023

Citas: Gabo y Mercedes: una despedida - Rodrigo García

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"Cuando mi hermano y yo éramos niños mi padre nos hizo prometerle que pasaríamos con él la víspera del Año Nuevo del 2000. Nos recordó ese compromiso varias veces a lo largo de nuestra adolescencia y su insistencia me incomodaba. Con el tiempo llegué a interpretarla como su deseo de estar vivo para esa fecha. Él tendría setenta y dos años y yo cuarenta, el siglo XX llegaría a su fin. En mi adolescencia esos hitos no podían parecer más lejanos.
Después de que mi hermano y yo nos hicimos adultos la promesa se mencionaba rara vez, aunque en efecto todos estuvimos juntos la noche del nuevo milenio en su ciudad favorita, Cartagena de Indias. «Tú y yo teníamos un trato», me dijo mi padre con timidez, quizás también algo incómodo por su insistencia. «Es cierto», le dije, y nunca volvimos a tocar el tema. Vivió quince años más".

"A finales de sus sesentas, le pregunté qué pensaba de noche, después de apagar la luz. «Pienso que esto ya casi se termina». Luego agregó con una sonrisa: «Pero aún hay tiempo. Todavía no hay que preocuparse demasiado».
Su optimismo era sincero, no solo un intento de consolarme. «Un día te despiertas y eres viejo. Así no más, sin aviso. Es abrumador», agregó. «Hace años escuché que llega un momento en la vida del escritor en que ya no puede escribir una extensa obra de ficción. La cabeza ya no puede contener la vasta arquitectura ni atravesar el terreno traicionero de una novela larga. Es cierto.
Ya lo siento. Así que, de ahora en adelante, serán textos más cortos»".

"Las conversaciones telefónicas con mi hermano en los siguientes días me permiten hacerme una idea de la estadía en el hospital. Cuando mi hermano registra a mi padre, la administradora salta en su silla con emoción al escuchar su nombre. «Dios mío, ¿el escritor? ¿Le importaría si llamo a mi cuñada y le cuento? Tiene que enterarse de esto». Él le ruega que no lo haga y ella cede de mala gana".

"Escribir sobre la muerte de un ser querido debe ser casi tan antiguo como la escritura misma, y sin embargo, cuando me dispongo a hacerlo, instantáneamente se me hace un nudo en la garganta. Me aterra la idea de tomar apuntes, me avergüenzo mientras los escribo, me decepciono cuando los reviso".

"La humildad es, después de todo, mi forma preferida de la vanidad. Pero, como suele ocurrir con la escritura, el tema lo elige a uno, y toda resistencia sería inútil".

"A mi madre la reconoce y se dirige a ella de manera alternativa como Meche, Mercedes, La Madre, La Madre Santa. Hubo algunos meses muy difíciles, no hace mucho, en que recordaba a su esposa de toda la vida, pero creía que la mujer que tenía frente a él, asegurando tratarse de ella, era una impostora.
—¿Por qué está aquí esta mujer dando órdenes y manejando la casa si no es nada mía?
Mi madre reaccionaba con rabia.
—¿Qué le pasa? —preguntaba con incredulidad.
—No es él, mamá. Es la demencia".

"—¿Quiénes son esas personas en la habitación de al lado? —le pregunta a la empleada del servicio.
—Sus hijos.
—¿De verdad? ¿Esos hombres? Carajo. Es increíble".

"Hubo un periodo más desagradable hace un par de años. Mi padre estaba plenamente consciente de que la memoria se le esfumaba. Pedía ayuda con insistencia, repitiendo una y otra vez que estaba perdiendo la memoria. El precio de ver a una persona en ese estado de ansiedad y tener que tolerar sus interminables repeticiones una y otra y otra vez es enorme. Decía: «Trabajo con mi memoria. La memoria es mi herramienta y mi materia prima. No puedo trabajar sin ella, ayúdenme», y luego lo repetía de una u otra forma muchas veces por hora y por media tarde. Era extenuante. Con el tiempo pasó. Recobraba algo de tranquilidad y a veces decía:
—Estoy perdiendo la memoria, pero por suerte se me olvida que la estoy perdiendo.
O
—Todos me tratan como si fuera un niño. Menos mal que me gusta".

"Su secretaria me cuenta que una tarde lo encontró solo, de pie en medio del jardín, mirando a la distancia, perdido en sus pensamientos.
—¿Qué hace aquí afuera, don Gabriel?
—Llorar.
—¿Llorar? Usted no está llorando.
—Sí lloro, pero sin lágrimas. ¿No te das cuenta de que tengo la cabeza vuelta mierda?".

"En otra ocasión le dijo:
—Esta no es mi casa. Me quiero ir a la casa. A la de mi papá. Tengo una cama junto a la de él.
Sospechamos que no se refiere a su padre sino a su abuelo, el coronel (y que inspiró al coronel Aureliano Buendía), con quien vivió hasta que tuvo ocho años y quien fuera el hombre más influyente en su vida. Mi padre dormía en un colchoncito en el piso junto a su cama. Nunca volvieron a verse después de 1935.

—Es lo que pasa con su padre —me dijo su asistente—. Puede hablar de manera hermosa hasta de las cosas más horribles".

"Unas cuantas veces al día lo cambian de posición en la cama y le hacen masajes y estiramientos. Si está despierto, puedo ver cierto placer somnoliento que lo invade. Una tarde, un médico joven —jefe de internos del hospital, hijo de padre colombiano— pasa a saludarlo. Le pregunta a mi padre cómo se siente y la respuesta es «Jodido». La enfermera informa en su largo resumen que mi padre tiene la piel irritada y que «le han estado cuidando sus genitales» aplicando crema en la zona. Mi padre escucha y pone cara de terror. Pero sonríe y su expresión no miente: está bromeando. Luego, para ser claro, agrega: «Quiere decir mis huevos». Todos se mueren de risa.
Tal parece que su sentido del humor ha sobrevivido a la demencia".

"A la hora del cambio del turno de enfermería, dos enfermeras y dos auxiliares, así como una o ambas empleadas del servicio, se reúnen en la habitación por unos minutos. La secretaria de mi padre comenta, mirando sus pies cuando le cambian las sábanas, que había escuchado que tenía los pies bonitos, pero que nunca se los había visto. Todas las mujeres los miran y coinciden. Dónde demonios pudo haber escuchado eso, no tengo ni idea.
Mejor no pregunto.
El sonido de un coro de voces femeninas a veces lo despierta. Abre los ojos y se le iluminan tan pronto como las mujeres se dan vuelta hacia él y lo saludan con cariño y admiración. En una de esas ocasiones estoy en el cuarto de al lado, cuando escucho al grupo de mujeres riéndose a carcajadas. Entro y pregunto qué pasa. Me dicen que mi padre abrió los ojos, las miró con atención y dijo tranquilamente:
—No me las puedo tirar a todas".

"Tampoco era raro escucharlo por la noche gimiendo y respirando con dificultad y a mi madre sacudiéndole el hombro con fuerza para despertarlo. En alguna ocasión le pregunté después de una siesta intranquila qué estaba soñando. Cerró los ojos para recordar.
—Es un hermoso día y estoy en una canoa sin remos, voy a la deriva muy despacio, en paz, corriente abajo de un río apacible.
—Y ¿dónde está la pesadilla en eso? —pregunto.
—No tengo idea".

"Dice que cuando el momento llegue, si queremos acelerar las cosas, el goteo de líquidos de mi padre se puede interrumpir. Algunos países, nos explica, consideran que el agua es un derecho humano que no se le puede negar a un paciente bajo ninguna circunstancia. La legislación mexicana difiere y no es raro que miembros de la familia interrumpan la hidratación cuando el final está muy cerca. El paciente, para entonces, usualmente está sedado, dice, y no sufrirá.
Escuchamos en silencio, como si estuviéramos presenciando un extraño monólogo en una obra experimental. Las ideas son intrigantes y absurdas.
Prácticas, compasivas, homicidas".

"—Le quedan menos de veinticuatro horas —dice.
Mierda. ¿Cómo pasamos de «Le quedan solo meses», a «Más bien unas cuantas semanas», a «veinticuatro horas»? Después de incontables conversaciones con enfermeras, cirujanos, oncólogos, especialistas de pulmón, jefes de residentes y gerontólogos, que evitaron la especulación rigurosamente, la audacia de esta nueva predicción es implacable. El cardiólogo de mi padre se ha esforzado a cada paso por explicar la diferencia entre lo posible y lo probable. Ahora estamos en lo definitivo".

"La muerte, cuando ronda así de cerca, rara vez decepciona".

"Me paro a los pies de la cama y lo observo, deteriorado como está, y me siento a la vez su hijo (su hijito) y su padre. Estoy sumamente consciente de que cuento con una panorámica excepcional de sus ochenta y siete años. El principio, la mitad y el final están frente a mí y se despliegan como un libro en acordeón.
Es una sensación inquietante conocer el destino de un ser humano".

"También estaba en París una joven y melancólica chilena, Violeta Parra, con quien se encontraba ocasionalmente en las reuniones de latinoamericanos expatriados, que escribía y cantaba muy bien unas canciones desgarradoras y que años más tarde se quitaría la vida. Una tarde en Ciudad de México en 1966, subió a la habitación donde mi madre leía en la cama y le anunció que acababa de escribir la muerte del coronel Aureliano Buendía.
—Maté al coronel —le dijo, desconsolado.
Ella sabía lo que eso significaba para él y permanecieron juntos en silencio con la triste noticia".

"Incluso en el largo periodo del enorme e inusual reconocimiento literario, de riqueza y exaltación, hubo días horribles, desde luego. La muerte de Álvaro Cepeda a los cuarenta y seis de cáncer y del periodista Guillermo Cano, asesinado por los cárteles de las drogas a los sesenta y uno, la muerte de dos de sus hermanos (los más jóvenes de los dieciséis que fueron), la faceta alienante de la fama, la pérdida de la memoria y la incapacidad de escribir que llegó con ella. Al final, por primera vez desde su publicación, releyó sus libros y era como si los leyera por primera vez. «¿De dónde carajos salió todo esto?», me preguntó en una ocasión. Seguía leyéndolos hasta el final, en algún momento reconociéndolos como libros familiares por la cubierta pero con una pobre comprensión de su contenido. A veces cuando cerraba un libro se sorprendía al encontrar su retrato en la contraportada, de modo que lo volvía a abrir e intentaba volverlo a leer".

"Estaban también los diccionarios y los libros de referencia de idiomas, que consultaba constantemente. Ni una sola vez vi que no conociera el significado de una palabra en español, y podía además ofrecer una conjetura razonable de su etimología. En una ocasión estuvo tratando de recordar la palabra que describe la interpretación crítica de un texto y por un momento estuvo fuera
de sí, dejando todo a un lado en un esfuerzo frenético para recuperarla de la punta de la lengua. Su deleite fue palpable cuando gritó rápidamente:
«¡Exégesis!». No era una palabra oscura, sino ajena a su mundo. Era una palabra que según su punto de vista pertenecía a la academia y a los asuntos intelectuales, que eran un tanto sospechosos para él".

"Más tarde esa mañana, aparece un pájaro muerto dentro de la casa. Hace unos años, se cubrió lo que antes era una terraza para hacer un comedor y sala con vista al jardín. Las paredes son de vidrio, así que se presume que el ave entró volando, se desorientó, se estrelló contra el vidrio y cayó muerta en el sofá, más precisamente en el sitio donde mi padre suele sentarse. Su secretaria me informa que los empleados de la casa se han dividido en dos bandos: los que piensan que es un mal augurio y quieren arrojar al pájaro a la basura, y aquellos que piensan que es un buen presagio y quieren enterrarlo entre las flores. Los basuristas han tomado la delantera y el pájaro ya está en una caneca fuera de la cocina. Después de más debates lo dejan en un rincón del jardín, sobre la tierra por ahora, mientras se decide su destino final.
Finalmente, será enterrado cerca del loro, en una zona del patio donde además hay un cachorro. La existencia del cementerio de mascotas siempre se le ocultó a mi padre, que se hubiera horrorizado".

"A través de las puertas de vidrio veo a la secretaria de mi padre que sale de su oficina, atraviesa el jardín y avanza rápidamente hacia nosotros. Me dice en voz alta que la enfermera quiere hablar conmigo. Trata de no alarmar a nadie, pero es claro que algo ha pasado. Salgo con toda la calma que me es posible, pero la sala queda en silencio.
Cuando me aproximo a la habitación de invitados la enfermera diurna sale a mi encuentro. «Su corazón se detuvo», dice nerviosamente. Entro a la habitación y al comienzo observo que mi padre se ve igual que hace menos de diez minutos, pero después de unos segundos me doy cuenta de lo equivocado que estoy. Se ve destrozado, como si algo lo hubiera fulminado —un tren, un camión, un rayo—, algo que no le causó más heridas que arrebatarle la vida".

"Veo a mi mamá subiendo la escalera y caminando hacia la habitación seguida de mi hermano y su familia. Por lo general ella es quien se mueve más despacio, pero es evidente que todos decidieron dejarla ir adelante. En las últimas semanas se ha apoyado en mi hermano y en mí para incontables decisiones. Cuando entra a la habitación y ve a mi padre, me impresiona cómo sus décadas juntos le confieren completa autoridad sobre este momento.
Alguna vez fueron extraños el uno para el otro, lo cual es inconcebible. Se conocieron como vecinos y, cuando él tenía catorce años y ella diez, él le pidió en broma que se casaran y ella corrió a casa llorando. El día de su boda, cincuenta y siete años y veintiocho días antes de este momento, pero a la misma hora, ella no se vistió hasta que supo que él estaba afuera de la iglesia, de modo que no había posibilidad de que la dejaran en el altar vestida de novia".

"Se corre la voz y en un orden que ya no puedo recordar, uno tras otro, los empleados de la casa llegan a la puerta o al lado de la cama y miran con incredulidad. No hay una aparente vergüenza ni incomodidad para expresar dolor o tristeza frente a los demás. Los límites desaparecen y todas y cada una de las personas tiene su propio y singular encuentro, no solo con el difunto sino también con el acontecimiento mismo, como si la muerte fuera una propiedad colectiva. A nadie se le puede negar su relación con ella, su membresía en esa sociedad. Y la muerte como realidad en sí misma, más que la carencia de algo, se contempla con solemnidad. Incluso ese parece ser el caso de las enfermeras que están en la habitación. Continúan con sus labores, pero me parece que ahora están ensimismadas, sin poder evitar la reflexión. La muerte no es un suceso al que se pueda uno acostumbrar".

"Llamo a unos cuantos amigos y familiares y cada llamada es más dolorosa que la anterior. Es un grupo que se ha mantenido al tanto, así que ninguno se sorprende, pero todos quedan mudos o casi mudos en la línea. Es más un vacío que un silencio. La mayoría de ellos tiene la tarea de llamar a otras personas y se disponen a hacerlo sin más comentarios. La agente de mi padre durante casi cincuenta años solo dice: «Qué barbaridad», y lo dice como refiriéndose a cosas del mundo que desde siempre han sido imposibles pero que finalmente han ocurrido. En mi mente puedo ver su rostro, los ojos cerrados, absorta en la idea, tratando de ir a lo más profundo de su ser, donde lo inimaginable podría poco a poco volverse realidad. «Qué barbaridad», repite, luego colgamos. Percibo una reacción parecida en muchos de los amigos de mi padre de toda la vida. Más allá de la tristeza está la incredulidad de que un hombre tan vital y expansivo, siempre embriagado con la vida y los avatares de la existencia, se haya extinguido".

"Poco después de que la noticia de la muerte de mi padre se divulgue, su secretaria recibe un correo electrónico de una amiga con la que no ha hablado desde hace mucho tiempo. La amiga quería saber si nos habíamos dado cuenta de que Úrsula Iguarán, uno de sus personajes más famosos, también murió un Jueves Santo. Incluyó el pasaje de la novela en el correo electrónico, y al releerlo la secretaria de mi papá descubre que, después de la muerte de Úrsula, unas aves desorientadas se estrellaron contra las paredes y cayeron muertas en el suelo. La asistente lo lee en voz alta y piensa, por supuesto, en el ave que murió poco antes ese mismo día. Me mira, tal vez esperando que sea yo lo suficientemente tonto como para aventurar una opinión sobre la coincidencia. Solo sé es que me muero de ganas de contarlo".

"A diferencia de la muerte hace un rato o de la cremación que tendrá lugar esa misma noche, los sentimientos con respecto a este momento carecen de misterio. Duelen hasta los huesos: se va de la casa y jamás regresará".

"Esta costumbre de preparar a los muertos para contemplarlos perturbaba a mi padre, como todo lo que tenía que ver con las prácticas fúnebres. (Nunca asistió a un funeral. «No me gusta enterrar a mis amigos»).
Pero ahora se ve diez años más joven y parece que está simplemente dormido; me sorprende la felicidad que siento al poder verlo así esta última vez, incluso si es con la ayuda de los cosméticos".

"Trato de crear puentes en mi mente entre mi padre vivo y mi padre muerto y mi padre famoso, y este padre que tengo ante mí, y no lo consigo".

"La imagen del cuerpo de mi padre entrando al horno crematorio es alucinante y anestésica. Es a la vez grávida y sin sentido. Lo único que puedo sentir con algo de certeza en ese momento es que él no está allí en absoluto.
Sigue siendo la imagen más indescifrable de mi vida".

"Atrapa a tus oyentes y nunca los dejes escapar. Un buen cuento siempre supera a la verdad. Un buen cuento es la verdad".

"Luego, en lo que solo puede atribuirse a mi propio cansancio, se me ocurre que es buena idea que mis hijas y mis sobrinos posen para una foto con la urna. Se asustan, pero por otra parte les parece que la propuesta es muy graciosa, así que acceden con algo de vergüenza y esforzándose por no reírse. ¿Qué más se puede hacer sino reírse ante la idea del abuelo reducido a kilo y medio de ceniza?".

"Hacia el final de su discurso, por lo demás bastante bueno, el presidente mexicano hace alusión a nosotros como «los hijos y la viuda». Me retuerzo en la silla, con la certeza de que mi madre no lo verá con buenos ojos. Cuando los jefes de Estado salen, mi hermano se me acerca y dice con ironía: «La viuda». Nos reímos nerviosamente. Pronto mi madre da su opinión en términos inequívocos, refunfuñando. Amenaza con decirle al primer periodista que se le cruce que planea volver a casarse tan pronto como sea posible. Sus últimas palabras al respecto son: «Yo no soy la viuda. Yo soy yo»".

"Mi padre se quejaba de que una de las cosas que más odiaba de la muerte era el hecho de que sería la única faceta de su vida sobre la que no podría escribir. Todo lo que había vivido, presenciado y pensado estaba en sus libros, convertido en ficción o cifrado. «Si puedes vivir sin escribir, no escribas», solía decir. Yo estoy entre aquellos que no pueden vivir sin escribir, por eso confío en que me perdonaría".

"Esa resuena de forma particular, porque sé muy bien que cualquier cosa que escriba sobre sus últimos días puede llegar a publicarse fácilmente, sin importar su calidad. En el fondo sé que voy a escribir y a mostrar estos recuerdos de una u otra forma.
Si tengo que hacerlo, recurriré incluso a otra cosa que nos decía: «Cuando esté muerto, hagan lo que quieran»".

"Mi padre nunca estuvo en terapia, alegando que la máquina de escribir era su psicoanálisis".

"«¿Cuándo crees que terminará esta pandemia?», me preguntaba a menudo.
Ya estamos a finales del 2020 y todavía no le tendría una respuesta. Como la pandemia no me permitió viajar, la vi con vida por última vez en la pantalla resquebrajada de mi celular, y luego, cinco minutos más tarde, cuando ya se había marchado para siempre".

"En los días posteriores a su muerte esperaba que llamara a preguntarme: «Entonces, ¿cómo fue mi muerte? No, calma. Siéntate. Cuéntalo bien, sin prisas». Ella escucharía, me imagino, mientras alternaba la risa con chupadas ávidas a los cigarrillos que le quitaron la vida".

"Dos años antes de su muerte, sentada en un restaurante, mi madre me contó que después de ella, la hija mayor, su madre había tenido dos bebés que habían muerto en la infancia. Me sorprendió no haber escuchado nunca nada al respecto. Le pregunté si tenía alguna remembranza de eso, y me dijo que sí.
Recordaba claramente a su madre sosteniendo en brazos a un bebé muerto.
Hizo una cunita con su brazo izquierdo para mostrarme cómo. «¿Por qué nunca me habías contado eso?», le pregunté. «Porque nunca preguntaste», fue su respuesta. Tonto de mí. Tiempo después le volví a preguntar al respecto, ávido de más detalles, pero negó no solo haber contado semejante historia, sino también haber visto alguna vez a un hermano bebé muerto. Me quedé pasmado. No era senilidad ni demencia. Su memoria siempre fue invulnerable. Insistí. «No. Nunca sucedió», me dijo contundentemente. Lo dejé así ese día, pero estaba resuelto a regresar a ese misterio una vez más en el futuro, en caso de que el viento hubiera cambiado, pero el tiempo se agotó".

"La muerte del segundo progenitor es como mirar a través de un telescopio una noche y ya no encontrar un planeta que siempre estuvo allí. Se ha desvanecido, con su religión, sus costumbres, sus hábitos y rituales particulares, grandes y pequeños. El eco perdura".







 Rodrigo García

lunes, 8 de mayo de 2023

Citas: El gato que amaba los libros - Sosuke Natsukawa

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"Para empezar, el abuelo ya no estaba.
Es una manera un tanto brusca de iniciar una historia, pero esa era la cruda realidad.
Un hecho tan indefectible como que el sol sale por la mañana y que a mediodía sientes hambre. Por mucho que fingiera que eso no estaba pasando, aunque cerrara los ojos y se tapara las orejas, el abuelo no iba a volver".

"—¡Qué librería más lúgubre! —oyó que decía una voz, para su sorpresa.
Se volvió hacia la puerta, pero allí no había nadie.
—Con esta oscuridad, hasta una colección de libros tan extraordinaria como esta queda deslucida —añadió la voz desde el fondo de la tienda.
Rintaro miró alrededor, confundido, y no vio a una persona. Vio un gato atigrado.
Era un gato de buen tamaño con rayas amarillas y marrones. Un fabuloso pelaje jaspeado recubría la parte superior del corpulento animal, la cabeza y el lomo, pero tenía el tupido pelo del vientre y las patas de un blanco inmaculado. Sus ojos, de color jade intenso, observaban fijamente a Rintaro desde la penumbra.
Empezó a mover la cola con elegancia.
—¿Un gato? —murmuró Rintaro.
—¿Qué hay de malo en ser gato? —replicó el animal".

"—Te lo repetiré: necesito que me eches una mano para rescatar los libros encerrados.
—En cuanto a eso… —A Rintaro le costaba escoger las palabras—. No creo que pueda serte de ayuda, lo siento. Ya te lo he dicho antes: no soy más que un estudiante de instituto y, además, hikikomori.
Rintaro, sentado en su silla, empezaba a tomarse en serio todo aquello, obligado por la insistencia del gato.
—No pasa nada. Sé perfectamente que eres un jovenzuelo tristón y un hikikomori con pocas habilidades. No obstante, mi solicitud parte de esos supuestos.
Ese gato escupía veneno como si tal cosa.
—Pues si ya sabías eso, no sé por qué vienes a pedirme ayuda precisamente a mí. Hay tantas personas que te serían más útiles que yo como estrellas en el firmamento.
—Eso es obvio.
—Además, acabo de perder a mi abuelo y estoy bastante deprimido.
—Eso también lo sé.
—Pero entonces…
—¿Acaso no te gustan los libros?
El gato interrumpió a Rintaro con delicadeza. Su tono era suave, pero su determinación no admitía réplica. Si bien el significado de sus palabras no estaba del todo claro, tenían la fuerza de una lógica que no dejaba espacio a ningún tipo de objeción.
Aquellos ojos de jade seguían clavados en Rintaro.
—Por supuesto que me gustan los libros…
—Entonces ¿por qué dudas?
El gato exponía sus ideas con más aplomo que Rintaro.
Rintaro volvió a tocarse la montura de las gafas. A su manera, se esforzaba por dar una explicación a lo que estaba ocurriendo, pero no conseguía hallar ninguna respuesta con sentido. Era una situación realmente difícil de entender.
—¡Las cosas importantes siempre son difíciles de entender, Segunda Generación! —dijo el gato como si acabara de leerle la mente—. La mayoría de las personas viven inmersas en su cotidianeidad y no perciben lo más evidente. «No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos".

"—¡Menuda mansión! Solo el acceso es tan amplio ya como mi librería.
—No te dejes impresionar por las apariencias. El mundo está lleno de personas que viven en lugares con una entrada deslumbrante y luego el edificio en sí es penoso.
—Como alumno de instituto que soy, con la fachada y el interior que dan pena, ya me conformaría con tener la apariencia de esa puerta.
—Es la última vez que te quejas de naderías. Si no logras liberar los libros, no podrás salir de este laberinto.
Ante esa inesperada advertencia, Rintaro se quedó sin palabras.
—Pero… ¡Eso no me lo habías dicho!
—¡Claro que no! Si te lo hubiera dicho, no habrías venido, ¿a que no? En este mundo hay muchas cosas que es mejor no saberlas.
—Eso no está bien.
—¿No está bien? Pero si te pasabas el día sentado, deprimido y con cara de bobo… ¡No tenías nada que perder!
Esas palabras francas y lacerantes rozaban la mala educación. Quizá se había pasado de la raya.
Rintaro observó el cielo despejado durante unos instantes.
—No tengo intención de maltratar a los animales… —murmuró. Se recolocó las gafas con suavidad y añadió—: Pero me están entrando unas ganas tremendas de agarrarte por el pescuezo y sacudirte con todas mis fuerzas.
—Maravilloso. ¡Esa es la actitud! —respondió con aplomo el gato, y empezó a subir los escalones de piedra que tenían ante ellos".

"—Pero tener los libros de esta manera…
Las estanterías estaban cerradas con puertas de vidrio y, por si eso no bastaba, en los pomos colgaba un candado. Rintaro aún no tenía del todo claro a qué se había referido el gato cuando dijo que los libros estaban «encerrados», pero sí sabía que ese no era el modo habitual de guardarlos. Resultaba bonito, pero asfixiante.
—… no es natural.
El hombre frunció el ceño.
—Estos libros son importantes para mí. Podría decirse que los amo. ¿Qué hay de antinatural en el hecho de que guarde bajo llave semejante tesoro?
—Es que, más que libros, parecen obras de arte. Y, aunque sean sus libros, con esos suntuosos candados debe de costarle sacarlos.
—¿Sacarlos? ¿Para qué querría sacarlos? Si ya los he leído…
El hombre volvió a fruncir el ceño, si bien el más asombrado de los dos era Rintaro.
—Pero un libro no termina una vez leído. Puede releerse".

"«Los libros tienen poder.»
Eso era lo que decía a menudo su abuelo. Y el hombre que tenía ante él había comentado que eran su sustento. Sus palabras venían a confirmar, pues, que los libros eran poderosos".

"El viento no soplaba ya con tanta intensidad.
—En estas vitrinas no guardo los libros importantes. Tan solo exhibo en ellas los libros que he adquirido.
Rintaro reflexionó un instante y, después, dirigió la mirada hacia el hombre de nuevo.
—Las personas que aman los libros no los tratan así".

"En una ocasión, mientras se ocupaba de sus estanterías, el abuelo había pronunciado una frase que caló en el chico.
—Leer muchos libros es bueno, pero no te confundas.
Rintaro había citado las palabras de su abuelo sin darse cuenta, pero el hombre del traje blanco se limitó a hacer un leve movimiento. En medio de aquel silencio tenso, el chico fue recordando poco a poco las palabras de su abuelo.
—Los libros tienen mucho poder —prosiguió—. No obstante, ese poder será siempre de los libros, no tuyo".

"«Si no haces más que leer libros con tanta avidez, tu visión del mundo será muy limitada. Por muchos conocimientos que reúnas, si no piensas con tu propia cabeza y no caminas con tus propios pies, todo lo adquirido será en vano», le había dicho en una ocasión.
Al ver que Rintaro agachaba la cabeza después de oír esa retahíla de palabras complicadas, el abuelo se lo había quedado mirando con expresión seráfica.
«Los libros no vivirán la vida por ti. El lector voraz que se olvida de caminar con sus propias piernas acaba siendo como una enciclopedia repleta de conocimientos obsoletos. A menos que alguien la abra, será solo una antigualla inútil.»
El anciano le había revuelto el pelo con ternura y había añadido: «¿Acaso quieres acabar siendo una simple enciclopedia con piernas?».
Rintaro no recordaba qué había contestado a aquella pregunta que tan sosegadamente el abuelo le había formulado.
Sin embargo, al poco tiempo empezó a asistir al colegio de nuevo, aunque seguía encerrándose en el mundo de los libros en cuanto tenía ocasión.
Entonces su abuelo, mientras daba sorbos a la taza de té que tenía en las manos, solía decirle: «Leer es bueno. Pero cuando termines de leer, será el momento de moverte»".

"—Hiciste un trabajo maravilloso, Segunda Generación —le dijo con voz profunda y resuelta aquel gato atigrado de pelaje tan bonito. Rintaro dirigió una mueca de extrañeza a Tora, que caminaba por el largo pasillo flanqueado de estanterías con una sonrisa y los ojos de jade entornados.
—¿Qué te ocurre?
—Es que no estoy acostumbrado a los cumplidos.
—Ser humilde es una virtud. Pero serlo en exceso es un defecto —fue la enigmática respuesta del gato".

"El aturullado Rintaro oyó la voz profunda del gato junto a su oreja:
—No te preocupes, Segunda Generación. Solo pueden verme las personas que cumplen ciertos requisitos especiales. Finge que no me ves, y ya está.
(...)
Rintaro lanzó una mirada crispada al propietario de esa voz burlona, que el gato ignoró. Tora continuó riendo como si nada, haciendo vibrar sus bigotes.
—¡¿Eh?! —exclamó de repente Sayo con la mirada clavada en los pies de Rintaro, donde estaba sentado, cómo no, el deslenguado de Tora.
Por unos instantes, se hizo un silencio extraño.
Tora se puso tenso de repente.
—¡No me digas! —exclamó, como si tanteara el terreno—. ¿No solo me oyes, sino que también puedes verme?
—¡¿Un gato que habla?!
Tora se quedó de piedra".

"«Rintaro, ¿te gusta la montaña?»
La voz profunda de su abuelo resonó de súbito en la mente de Rintaro.
Se lo había preguntado un día mientras preparaba un té negro con gestos mesurados.
—La montaña, Rintaro.
—No lo sé. Nunca he subido a ninguna —le contestó Rintaro entonces con desinterés, probablemente porque estaba inmerso en la lectura del libro que tenía en las manos.
El abuelo le dedicó una sonrisa dulce y se sentó a su lado.
—Leer un libro se parece a subir una montaña.
—¿Un libro y una montaña?
Rintaro levantó la cabeza, extrañado por el comentario de su abuelo.
El anciano alzó la taza y, despacio, se la pasó por delante de los ojos como si estuviera disfrutando del aroma del té.
—Leer no es tan solo disfrutar y emocionarse. En ocasiones hay que ir línea a línea, releer repetidas veces las mismas frases, y avanzar despacio y con esfuerzo para comprender lo escrito. Llega un momento en el que ese arduo trabajo de pronto nos abre las miras. Del mismo modo que, tras un larguísimo sendero, las vistas se abren al llegar a la cima.
Bajo la luz de la vieja lámpara, el abuelo se acercó la taza a los labios con un sosiego infinito, como uno de esos sabios que aparecían en las novelas antiguas de fantasía.
—Hay lecturas difíciles. —Los pequeños ojos del anciano brillaban detrás de las gafas—. Las lecturas placenteras están bien. Pero si te limitas a seguir un sendero de montaña agradable el paisaje que ves es limitado. No eches la culpa a la montaña si el camino de ascenso es escarpado. Subir paso a paso falto de aliento hasta llegar a la cima es uno de los placeres del montañismo.
El abuelo alargó el enjuto y huesudo brazo y posó la mano en la cabeza de Rintaro.
—Si has de subir una montaña, ya puestos, que sea alta. El paisaje que verás desde la cima será incomparable —dijo con voz cálida".

"—Pero los libros que no se leen van cayendo en el olvido.
—Por desgracia, así es, sí.
—¿Y a ti te parece bien?
—No me parece bien, pero tampoco me lo parece reducir la preciosa obra de Corre, Melos a una única frase. Y por la misma razón que no podemos reducir una canción solo a unas cuantas notas, tampoco podemos limitar un libro solo a unas pocas palabras".

"—Si se dedica a publicar libros, aunque las cosas no vayan como usted esperaba, no debería afirmar que son artículos de consumo. Debería decir, y en voz alta, que le gustan los libros. ¿O no?
El director mantuvo la mirada fija en Rintaro, sin mover un solo músculo.
Luego, con las manos entrelazadas sobre el escritorio, entornó los ojos como si algo lo deslumbrara de pronto.
—Si yo dijera eso…, ¿cambiaría algo?
—Claro que cambiaría —le respondió Rintaro sin demora—. Tan pronto diga que le gustan los libros, dejará de publicar libros que no le gustan.
El director abrió ligeramente los ojos y separó un poco los labios.
Los otros tardaron en darse cuenta de que aquello era una sonrisa amarga.
Enseguida dejaron de verse libros cayendo al otro lado de la ventana.
Todo se quedó en calma, como si el tiempo se hubiera detenido.
—¡Qué duro sería vivir así…! —dijo el director por fin mirando a Rintaro a los ojos.
Rintaro le sostuvo la mirada.
—Lo duro es estar ahí sentado diciendo que los libros son artículos de consumo.
—Ya… —murmuró el director".

"El fondo de la librería, que hasta hacía solo un momento estaba cubierto por la vieja pared de madera, ahora se hallaba envuelto en una luz pálida. En un abrir y cerrar de ojos, la imagen sedente del gato atigrado se recortó a contraluz.
Rintaro miró boquiabierto a Tora, que movía con sutileza sus bigotes blancos.
—¡Cuánto tiempo, Segunda Generación!
Al oír esa profunda voz que tan familiar le resultaba ya, Rintaro esbozó una sonrisa.
—Pero ¡si solo han pasado tres días!
—Ah, ¿sí?
—¿Debería darte la bienvenida?
—¡Déjate de formalismos! —De espaldas a aquella luz pálida, el gato observó a Rintaro con sus ojos de jade—".

"«No puedes quedarte aquí, encerrado y cabizbajo, un día tras otro —le había dicho—. Seguramente, en tu vida hay muchas cosas que no te gustan…
Pero es tu vida. —Había guardado silencio un instante, para al cabo añadir con voz decidida—: ¡Tienes que tirar adelante!»".

"—Los libros tienen alma —dijo el gato de repente. Sus ojos, iluminados por la luz de las estrellas, desprendían un brillo muy hermoso—. Si los libros no se mueven de donde están no son sino fajos de papeles. Incluso las obras maestras más potentes, y también las grandes obras que narran historias maravillosas, son meros papeles unidos si no se abren. Pero si las personas les prodigan atención y los tratan con respeto, acaban teniendo alma.
—¿Alma?
—¡Eso es! —le respondió el gato con voz enérgica—. Hoy en día, las personas cada vez tienen menos ocasiones para estar en contacto con los libros, y no es frecuente que les dediquen atención. Como resultado, los libros han perdido su alma. Sin embargo, todavía hay quienes, como tú y tu abuelo,
aman los libros con todo su corazón y prestan atención a sus palabras. —El gato volvió la cabeza lentamente y alzó la mirada hacia el cielo estrellado—. Para mí, eres un amigo irremplazable".

"Los ojos de jade de Tora, que seguían fijos en el cielo estrellado, brillaban con intensidad.
Era un tanto engreído y bastante insolente a veces, pero era hermoso. Tora era así.
—Tengo la impresión de conocerte desde siempre —dijo Rintaro.
El gato no se volvió hacia él después de esa inesperada confesión, pero pareció que erguía sus orejas perfectamente triangulares como si esperara que el chico prosiguiera.
—Diría que fue hace mucho tiempo. Cuando todavía era un niño… —Rintaro alzó la mirada al techo, como rebuscando entre sus recuerdos—. Te conocí en algún cuento. Quizá en uno de los que me contaba mi madre.
—Los libros tienen alma —repitió pausadamente el gato—. Brota en ellos cuando se los trata con respeto. Y esos libros con alma no dudan en brindar ayuda a su propietario cuando este se encuentra en dificultades.
La voz profunda y calmada del gato envolvió de calidez a Rintaro hasta lo más profundo de su ser. El chico lo miró de nuevo y vio que esbozaba una sonrisa bajo la luz de las estrellas.
—Ya te lo dije, muchacho: no estás solo".

"—El alma del ser humano puede deformarse en situaciones de sufrimiento extremo, y lo mismo sucede con el alma de los libros. Los que son salvados por personas con el alma retorcida acaban igual. Y, entonces, pierden el control.
—¿Has dicho que el alma de los libros se… deforma?
Tora asintió con la cabeza con convencimiento.
—En especial, los libros antiguos con una larga historia se han visto influenciados por muchas personas y, ya sea para bien o para mal, encierran mucho poder. Cuando los libros tienen el alma corrompida… —El gato dejó escapar un largo suspiro y añadió—: Pueden ejercer un poder increíble, mucho mayor que el mío o el de cualquiera".

"La mujer dejó escapar un leve suspiro, sin variar su expresión.
—Eres más tonto de lo que pensaba. Dices obviedades… No tienes imaginación.
—«No se requiere cerebro para ser bueno. A veces me parece que es más bien al contrario. Casi nunca un tipo muy listo es un hombre bueno»".

"—¡¿Por qué…?! —exclamó al fin Rintaro—. ¿Por qué me cuestiona eso a mí?
—Vete a saber… Pensé que podrías darme una buena respuesta.
—Pero ¡eso es absurdo! Solo soy un chico tímido y retraído, un hikikomori.
—Aun así, te has esforzado mucho para salvar un montón de libros aquí y allá, y, de hecho, lo has conseguido. —La mujer se apartó con delicadeza un mechón de la frente—. Hoy en día, es muy difícil dar con alguien que tenga un vínculo tan estrecho con los libros.
—¿Un vínculo estrecho…?
—¡Eso es! Las personas como tú y tu abuelo pueden contarse con los dedos de las manos. En el pasado había mucha gente así, pero todo ha cambiado a lo largo de los últimos dos mil años".

"—No es simple palabrería —añadió el director—. Debemos sentirnos orgullosos de nosotros mismos".

"—Por insignificante que sea, un cambio es un cambio —dijo. La mujer le sostenía la mirada, y Rintaro continuó hablándole".

"—Si todos nosotros creemos en el poder de los libros —añadió con convicción—, ¿por qué usted no cree en su propio poder?".

"—De verdad que te lo agradezco. Te debo mucho —añadió.
—¿A qué viene esto ahora? Me descolocas.
—¡Te has puesto roja tú también!
—¿Yo…? ¡Qué va! —exclamó Sayo y echó a correr.
El sol primaveral resplandecía, y la figura de Sayo, espigada en su uniforme escolar, fue fundiéndose con aquella luz hasta que Rintaro la perdió de vista.
Seguía inmóvil en la puerta cuando, de repente, una voz profunda llegó a sus oídos:
—¡A por todas, Segunda Generación!
Rintaro miró a su alrededor, sorprendido, pero en la silenciosa calle no había nadie. Por un instante, le pareció ver el lomo del gato que saltaba con agilidad el muro de la casa de enfrente, pero no podría afirmarlo con certeza.
De hecho, el paisaje que tenía ante él era el mismo de siempre.
Se quedó inmóvil durante un rato, y, al cabo, sus labios dibujaron una sonrisa.
«¡Lo intentaré! A mi manera…», respondió decidido para sí y alzó la mirada hacia el radiante cielo".









Sosuke Natsukawa

domingo, 7 de mayo de 2023

Citas: Peter y Wendy - J. M. Barrie

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"Todos los niños crecen, menos uno. Tardan poco en saberlo, y Wendy no iba a ser menos".


"La señora Darling oyó hablar de Peter por primera vez un día en que estaba ordenando las mentes de sus hijos. Toda madre que se precie tiene la buena costumbre de escudriñar la mente de sus hijos cuando estos ya se han dormido para volver a colocar en su sitio la gran cantidad de acontecimientos que se han desperdigado durante el día. Si pudierais quedaros despiertos (aunque, por supuesto, no podéis), veríais a vuestra propia madre haciéndolo, y os resultaría muy interesante. Se parece bastante a ordenar cajones".

"No sé si habréis visto alguna vez el mapa de la mente de una persona. Los médicos a veces dibujan mapas de otras partes de vuestro cuerpo, y el vuestro propio puede resultar muy interesante, pero habría que verlos intentando dibujar el de la mente de un niño, que no solo está en desorden, sino que no para de dar vueltas".

"Por supuesto, cada País de Nunca Jamás es distinto de los demás. El de John, por ejemplo, tenía una laguna con flamencos volando a los que él disparaba; mientras que en el de Michael, que era muy pequeño, había un flamenco con lagunas volando por encima. John vivía en un barco volcado en la arena; Michael, en una tienda de indios, y Wendy, en una cabaña hecha de hojas cosidas con gran destreza. John no tenía amigos, Michael tenía amigos por la noche, Wendy tenía un lobato abandonado por sus padres; pero lo cierto es que todos los Países de Nunca Jamás tienen cierto aire familiar, y, si consiguiéramos ponerlos en fila y que se estuvieran quietos, podríamos apreciar algunos parecidos, como cuando decimos que dos personas de la misma familia tienen la nariz igual. Los niños que juegan en esas costas mágicas siempre hacen encallar allí sus barquichuelas. Nosotros también hemos estado en ellas y aún recordamos el murmullo de las olas, aunque no volveremos a desembarcar jamás".

"—Sí, es un poco descarado —admitió Wendy muy a pesar suyo.
La señora Darling la había estado interrogando.
—Pero ¿quién es, cielo?
—Si ya lo sabes, madre: es Peter Pan.
Al principio la señora Darling no caía, pero al hacer memoria recordó que en su infancia había un Peter Pan que al parecer vivía con las hadas. Sobre él se contaban historias extrañas, como que cuando los niños morían los acompañaba durante una parte del camino para que no tuvieran miedo.
Cuando era pequeña había creído en él, pero, ahora que estaba casada y era una persona sensata, no estaba nada convencida de que pudiera existir alguien semejante".

"—Va a ser cuestión de un momento, padre —dijo John mientras Wendy entraba corriendo con un vaso lleno de medicina.
—Me he dado toda la prisa que he podido —dijo casi sin respirar.
—Has sido maravillosamente veloz —le espetó su padre con una cortesía vengativa que su hija no supo captar—. Michael primero —dijo, terco.
—Padre primero —dijo Michael, que era muy suspicaz.
—Ya veréis como me sienta mal —dijo el señor Darling en tono amenazador.
—Vamos, padre —dijo John.
—Cierra la boca, John —soltó su padre.
Wendy estaba atónita.
—Yo creía que te la tomabas con toda tranquilidad, padre —dijo.
—El asunto no es ese —contestó él—. El asunto es que en mi vaso cabe más que en la cuchara de Michael —dijo, con el orgullo por los suelos—. Y no es justo; lo diría aunque estuviera al borde del último suspiro; no es justo.
—Padre, estoy esperando —dijo Michael con frialdad.
—Pues me alegro mucho de que estés esperando; yo también estoy esperando.
—Padre es un cobardica.
—Y tú también eres un cobardica.
—Yo no tengo miedo.
—Yo tampoco tengo miedo.
—Pues entonces, tómatela.
—Pues entonces, tómatela tú.
A Wendy se le ocurrió una idea espléndida:
—¿Por qué no os la tomáis los dos a la vez?
—Muy bien —dijo su padre—. ¿Estás listo, Michael?
Wendy dijo «Un, dos, tres, ya» y Michael se tomó su medicina; pero el señor Darling escondió la suya detrás de la espalda.
Michael dio un grito de indignación y Wendy exclamó:
—¡Padre, por Dios!
—¿Qué es eso de «Padre, por Dios»? —dijo el señor Darling, intentando imponer respeto—. No armes tanto jaleo, Michael. Pensaba tomármela, pero se… se me ha escapado".

"—Niño —dijo con cortesía—, ¿por qué lloras?
Peter, que cuando quería también era enormemente educado, puesto que había aprendido a comportarse con finura en las ceremonias de las hadas, se levantó e hizo una hermosa reverencia. Wendy se quedó muy complacida y le devolvió una hermosa reverencia desde la cama.
—¿Cómo te llamas? —preguntó él.
—Wendy Moira Angela Darling —contestó ella bastante satisfecha—. ¿Cómo te llamas tú?
—Peter Pan.
Wendy ya se había imaginado que se trataría de Peter, pero el nombre le parecía demasiado corto.
—¿Nada más?
—Nada más —dijo él con una voz algo áspera.
Era la primera vez que caía en la cuenta de que su nombre era un poco corto.
—Cuánto lo siento —dijo Wendy Moira Angela.
—No importa —masculló Peter".

"Ella le preguntó dónde vivía.
—En la segunda a la derecha —dijo Peter—, y luego todo recto hasta el amanecer.
—¡Qué dirección tan rara!
Peter volvió a quedarse turbado. Por primera vez pensó que quizá fuera cierto que tenía una dirección rara.
—No es rara —dijo.
—Quiero decir —explicó Wendy con amabilidad, recordando que la anfitriona era ella—, ¿es eso lo que hay que poner en las cartas?
A Peter no le gustaba demasiado hablar de cartas.
—Nunca recibo cartas —dijo desdeñosamente.
—Pero tu madre sí, ¿verdad?
—No tengo madre —dijo.
No solo no tenía madre, sino que no tenía ganas de tenerla. Las madres le parecían personas muy sobrevaloradas. Wendy, sin embargo, decidió de inmediato que estaba en presencia de una tragedia.
—Ay, Peter, no me extraña que estuvieras llorando —dijo saliendo de la cama y corriendo hacia él.
—No estaba llorando por lo de las madres —respondió bastante indignado
—. Lloraba porque no consigo pegarme la sombra. Además, no estaba llorando".

"—Sabrás lo que es un beso, ¿verdad? —preguntó Wendy, pasmada.
—Lo sabré cuando me lo des —contestó Peter en tono seco".

"—Resulta, Wendy, que, cuando el primer niño rio por primera vez, su risa se rompió en mil pedazos, que saltaron por los aires; y ese fue el principio de las hadas.
La charla era algo tediosa, pero como Wendy era muy casera le gustaba.
—Por tanto —continuó él con tono amable—, debería haber un hada para cada niño y para cada niña.
—¿Debería haber? ¿No hay bastantes?
—No. Los niños de hoy en día saben tanto que enseguida dejan de creer en las hadas y, cada vez que un niño dice: «Yo no creo en las hadas», en alguna parte hay una que cae muerta".

"—Campanilla —dijo Peter procurando ser amigable—, esta dama dice que le gustaría que fueras su hada.
Campanilla soltó una insolencia.
—¿Qué ha dicho, Peter?
Él tuvo que traducírselo.
—Es bastante maleducada. Dice que tú eres una niña enorme y fea, y que ella es mi hada.
Peter intentó convencerla:
—Campanilla, sabes muy bien que no puedes ser mi hada, porque yo soy un caballero y tú eres una dama.
A eso el hada respondió con estas palabras:
—Eres un zopenco.
Y desapareció dentro del cuarto de baño.
—Es un hada bastante ordinaria —explicó Peter para disculparla—. Se llama Campanilla y su oficio es arreglar ollas y pucheros".

"Por toda respuesta, Peter se levantó y echó a John de la cama, con sábanas y todo, de una patada. Wendy pensó que aquello ya era demasiado atrevimiento, teniendo en cuenta que se acababan de conocer, y le dijo con energía a Peter que mientras estuviera en su casa no era capitán de nada. Sin embargo, al ver que John seguía durmiendo tan plácidamente en el suelo, dejó que se quedara donde estaba.
—Ya sé que lo has hecho con buena intención —le dijo, ablandándose— y puedes darme un beso.
Por un momento se le había olvidado la ignorancia de Peter en este asunto.
—Ya sabía yo que ibas a querer recuperarlo —dijo él con cierta amargura, ofreciéndole el dedal.
—Ay, por Dios —dijo Wendy la buena—. No me refería a un beso, sino a un dedal.
—¿Qué es eso?
—Es esto.
Le dio un beso.
—¡Qué gracia! —dijo Peter con cierta solemnidad—. Y ahora, ¿te doy un dedal yo a ti?
—Si quieres —dijo Wendy, manteniendo la cabeza firme esta vez".

"Los niños desaparecen en la penumbra y al cabo de un tiempo, no mucho, porque en la isla todo sucede con rapidez, vienen los piratas siguiendo sus huellas. Se los oye antes de verlos, pues siempre cantan esta horrible canción:

Soltad amarras, levad el ancla,
nos hacemos a la mar.
Si un disparo nos separa,
en el fondo nos hemos de encontrar".

"Smee lo había escuchado todo con una admiración cada vez mayor.
—Es el plan más malvado y maravilloso que he oído en mi vida —exclamó.
Exultantes los dos, se pusieron a cantar:

Al avistarlo sueltan amarras.
Todos temen al gran pirata.
Cuando Garfio saca la garra,
no quedan ni las ratas.

Empezaron con esta estrofa pero no llegaron a terminarla, pues oyeron un ruido que los hizo callar. Al principio era un sonido tan débil que si una hoja le hubiese caído encima lo hubiera apagado, pero al irse acercando empezó a oírse con claridad.
Tic-tac, tic-tac.
Garfio se quedó paralizado con un pie en el aire, temblando.
—El cocodrilo —dijo con voz entrecortada.
Echó a correr, seguido de su contramaestre".

"Pero había que solucionar lo de la flecha. Peter se la arrancó del corazón, enfrentándose a su banda.
—¿De quién es? —exigió con voz muy seria.
—Mía, Peter —dijo Tootles, de rodillas.
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—Ay, mano vil —dijo Peter mientras alzaba la flecha para usarla como puñal.
Tootles no se inmutó. Se descubrió el pecho y dijo con firmeza:
—Adelante, Peter. Clávamela.
Peter levantó la flecha dos veces y dos veces dejó caer el brazo.
—No puedo —dijo, atónito—. Es como si alguien me sujetara la mano.
Todos lo miraron perplejos, menos Nibs, que por fortuna vio a Wendy.
—Es ella —exclamó—. La señora Wendy; miradle el brazo.
Aunque parezca increíble, Wendy había levantado un brazo. Nibs se agachó hacia ella y se quedó escuchando con gran respeto.
—Creo que ha dicho «pobre Tootles» —susurró.
—Vive —dijo Peter para abreviar.
Slightly exclamó de inmediato:
—La señora Wendy está viva.
Entonces Peter se arrodilló junto a ella y vio su botón de bellota. Como recordaréis, Wendy lo llevaba colgado de una cadena al cuello.
—Mirad —dijo Peter—. La flecha le ha dado aquí, en el beso que yo le di.
Le ha salvado la vida.
—Me acuerdo de los besos —interrumpió Slightly atropelladamente—. A ver, déjame verlo. Sí, es un beso".

"—Si es una madre, quizá haya venido aquí para ayudar a Peter.
Garfio puso mala cara.
—Sí —dijo—. Me lo estaba temiendo.
Pero olvidó su decepción al oír la voz animosa de Smee.
—Capitán —dijo—, ¿no podemos raptar a la madre de los niños y convertirla en nuestra madre?
—Es una idea magistral —exclamó Garfio, terminando de redondear el plan en su astuta mente—. Atraparemos a los niños y los llevaremos al barco; a ellos los obligaremos a tirarse por la pasarela y Wendy se convertirá en nuestra madre".

"Peter era diferente de los otros niños, pero esta vez tenía miedo. Notó un escalofrío por todo el cuerpo, como una ola en la superficie del mar, pero en el mar una ola sigue a la otra, hasta que se juntan cientos de ellas, mientras que Peter sintió una sola. Al instante se puso de pie en la roca, con su famosa sonrisa y notando los latidos de un tambor por dentro. Los latidos decían:
«¡Morir será una aventura formidable!»".

"—Resulta muy agradable, ¿verdad? —dijo Wendy, enormemente satisfecha—. Peter, creo que Curly ha sacado tu nariz.
—Pues Michael se parece a ti.
Wendy se acercó a él y le puso una mano en el hombro.
—Querido Peter —le dijo—, después de tantos hijos ya no soy la que era, pero no me cambiarías por otra, ¿verdad?
—No, Wendy.
Por supuesto que no quería cambiarla, pero la miró un poco incómodo, parpadeando como si no estuviera seguro de estar dormido o despierto.
—¿Qué ocurre, Peter?
—Nada, estaba pensando —dijo, un poco asustado—. Lo de que soy su padre es de mentira, ¿no?
—Claro —dijo Wendy muy digna.
—Es que —continuó Peter como disculpándose— ser su padre haría que me sintiera muy viejo.
—Pero son nuestros, Peter, tuyos y míos.
—Pero no de verdad, Wendy —dijo con cierta ansiedad.
—No, si tú no quieres —contestó, oyéndolo suspirar con claridad—. Peter, ¿qué es exactamente lo que sientes por mí? —le preguntó, intentando mantener la voz firme.
—El cariño de un hijo, Wendy".

"Levantó el vaso. Sobraban las palabras; había que actuar; y con uno de sus movimientos relámpago, Campanilla se metió entre sus labios y el brebaje, tomándose hasta la última gota.
—Campanilla, ¿cómo te atreves a beberte mi medicina?
Pero ella no le contestó. Había empezado a tambalearse en el aire.
—¿Qué te ocurre? —exclamó Peter, asustándose de repente.
—Estaba envenenada, Peter —le dijo con suavidad—; y me voy a morir.
—Campanilla, ¿te la has bebido para salvarme?
—Sí.
—Pero ¿por qué?
Sus alas no podían con ella, pero respondió a Peter posándose sobre su hombro y dándole un mordisco cariñoso en la barbilla. Le dijo al oído: «So zopenco», y se fue hacia su habitación, tambaleándose, y se tumbó en la cama".

"—Pan, ¿quién sois? ¿Qué sois? —exclamó con voz ronca.
—Soy la juventud, soy la alegría —contestó Peter, sin pensárselo mucho
—. Soy un pajarillo que acaba de romper el cascarón.
Esto era, en efecto, una tontería, pero le sirvió al infeliz de Garfio para comprobar que Peter no tenía ni la más mínima idea de quién o qué era, lo cual es el colmo de la buena educación".

"Peter no conocía la melodía, que era de Hogar, dulce hogar, pero sabía que la letra decía: «Vuelve, Wendy, Wendy, Wendy», y exclamó en tono triunfal:
—Nunca volverá a ver a Wendy, señora, porque he cerrado la ventana.
Volvió a asomarse al cuarto de juegos para ver por qué se había detenido la música. Y vio que la señora Darling tenía la cabeza apoyada sobre el piano y dos lágrimas en los ojos.
«Quiere que abra la ventana» —pensó Peter—, «pero no, ni hablar».
Volvió a asomarse y las dos lágrimas seguían allí, o quizá eran otras dos que habían ocupado su lugar.
«Quiere muchísimo a Wendy», pensó, indignándose con ella al ver que no comprendía por qué no podía volver a tenerla.
El motivo era de lo más simple: «Yo también la quiero. Y no podemos tenerla los dos, señora»".

"—¿Y ahora qué vemos?
—Creo que esta noche no veo nada —dijo Wendy, con la sensación de que si Nana hubiera estado delante habría puesto punto final a aquella conversación.
—Sí que ves algo —dijo Jane—. Te ves cuando eras pequeña.
—Eso fue hace mucho tiempo, cielo —dijo Wendy—. ¡Ay, los años pasan volando!
—¿Vuelan como volabas tú cuando eras pequeña? —preguntó la niña, que era muy lista.
—¡Como volaba yo! Mira, Jane, a veces pienso que no debí de volar de verdad.
—Sí que volaste.
—¡Qué tiempos aquellos cuando sabía volar!
—¿Y por qué ahora no sabes volar, mamá?
—Porque ya soy mayor, hija mía. Los mayores se olvidan de esas cosas.
—¿Y por qué se olvidan?
—Porque ya no son alegres, inocentes e insensatos. Solo quienes son alegres, inocentes e insensatos consiguen volar".

"—Peter —balbuceó—, ¿pretendes que me vaya volando contigo?
—Pues claro, por eso he venido —dijo, y añadiendo en tono de reproche—: ¿Te has olvidado de que es la época de hacer la limpieza general?
Wendy sabía que sería inútil decirle que había dejado pasar ya muchas épocas de limpieza general.
—No puedo ir —dijo en tono de disculpa—. Ya no sé volar.
—Ya verás como te acuerdas.
—Ay, Peter, no desperdicies el polvo de hada en mí.
Wendy se levantó. Y por fin Peter tuvo miedo.
—¿Qué es esto? —exclamó, echándose hacia atrás.
—Voy a encender la luz —dijo ella— para que puedas verlo tú mismo.
Y aquella fue la única vez en su vida que Peter tuvo miedo.
—¡No enciendas la luz! —exclamó.
Wendy acarició el pelo de aquel trágico niño. Ya no era una niña pequeña que sufría por su culpa; era una mujer que sonreía al recordar todo aquello, pero era una sonrisa un poco triste.
Entonces encendió la luz y Peter la vio. Soltó un grito de dolor y, cuando aquella hermosa criatura alargada se agachó para tomarlo en brazos, el niño se apartó con brusquedad.
—¿Qué es esto? —volvió a exclamar.
Tuvo que decírselo.
—Soy mayor, Peter. Tengo mucho más de veinte años. Me hice mayor hace mucho tiempo.
—¡Me prometiste que no te harías mayor!
—No he podido evitarlo. Estoy casada, Peter".

"Mientras miramos a Wendy vemos que el pelo se le va tiñendo de blanco y el cuerpo se le vuelve a empequeñecer, pues todo ocurrió hace mucho tiempo. Ahora Jane es una persona mayor normal y corriente, con una hija que se llama Margaret. Y todas las primaveras, al llegar la época de la limpieza general, Peter viene a buscar a Margaret y se la lleva al País de Nunca Jamás, donde ella le cuenta historias sobre él, que Peter escucha con atención. Cuando Margaret sea mayor tendrá una hija, que será a su vez la madre de Peter. Y así será siempre, mientras los niños sean alegres, inocentes e insensatos".








J. M. Barrie