jueves, 18 de agosto de 2022

Citas: Ana, la de la Isla - L. M. Montgomery

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"Aunque el cielo estaba aún teñido de púrpura, el reflejo de la luna prestaba a las aguas una plateada irrealidad de ensueño. Mientras, el recuerdo tejía un mágico y sutil encantamiento entre los dos jóvenes.
—Estás pensativa, Ana —dijo él por fin.
—Temo que si hablo o me muevo toda esta magnífica belleza se desvanecerá como un silencio roto  suspiró ella".


"—Ésos formarán pareja algún día  sentenció la señora Lynde.
Marilla se sobresaltó. En el fondo de su corazón abrigaba la secreta esperanza de que fuera cierto; pero le chocaba el estilo con que lo anunciaba la señora Lynde.
—Todavía son dos criaturas —comentó fríamente. La señora Lynde rió afablemente.
—Ana tiene dieciocho años; a esa edad yo ya estaba casada. Somos viejas, Marilla; es penoso aceptar que los niños sean ya personas mayores, eso es. Ana es una mujercita y Gilbert un hombre que besa el suelo que ella pisa; eso puede verlo cualquiera. Él es un muchacho excelente y Ana no puede ser mejor".

"El Sendero de los Amantes parecía realmente delicioso esa noche, silencioso y misteriosamente iluminado por el pálido resplandor de la luna. Lo recorrieron en medio de un agradable silencio.
«¡Qué fácil sería todo si Gilbert estuviera siempre como esta tarde!», reflexionó Ana. Gilbert la observaba mientras caminaban. Con su claro vestido y su figura grácil parecía una flor de exquisita blancura.
«Me pregunto si alguna vez podré hacer que se fije en mí», pensó con desaliento".

"—Nuestras pequeñas ambiciones parecen aquí insignificantes, ¿no es cierto, Ana?
—Creo que si alguna vez tuviera una gran pena correría hacia los pinos en busca de consuelo —comentó Ana, soñadora.
—Espero que nunca tengas una gran pena, Ana —dijo Gilbert.
No podía concebir ningún pesar en la criatura vivaz y gozosa que estaba a su lado; ignoraba que aquellos que pueden alcanzar las más altas cumbres de la dicha son los que más bajo caen en los abismos de la desesperación; que los más aptos para la alegría son también los más capaces para el dolor.
—Sin embargo, así será… alguna vez —murmuró Ana—. En estos momentos la vida es para mí como una copa de cristal colmada de néctar, cerca de mis labios. Pero tiene que haber algo amargo… como en todas las copas. Algún día me tocará a mí".

"—Ana —prosiguió Jane aún más solemnemente—, ¿qué piensas de mi hermano Bill?
Ana se quedó con la boca abierta ante la inesperada pregunta y forcejeó desesperadamente con sus ideas. ¡Por Dios! ¿Qué pensaba ella de Billy Andrews?
Nunca había pensado nada sobre él, sobre el Billy Andrews de cara redonda y tonta con su eterna sonrisa. ¿Podría cualquiera pensar siquiera en él?
— No… no entiendo, Jane —tartamudeó—, ¿qué quieres decir… exactamente?
—¿Te gusta Billy? —preguntó Jane lisa y llanamente.
—Pero… pero… sí, por supuesto —dijo Ana, no muy segura de decir totalmente la verdad. Por cierto que Billy no le disgustaba. Pero ¿podría la indiferente tolerancia con que le aceptaba cuando acertaba a verlo ser considerada como algo más? ¿Qué estaba tratando de averiguar Jane?
—¿Te gustaría para marido? —preguntó Jane con calma.
¡Marido! Ana se había sentado en la cama para precisar mejor su opinión respecto de Billy Andrews y ante esta palabra cayó de espaldas sobre las almohadas.
—¿Marido de quién? —preguntó casi sin aliento.
—Tuyo, por supuesto —respondió su amiga—. Billy quiere casarse contigo.
Siempre ha estado loco por ti y ahora que papá ha puesto a su nombre una granja, no hay nada que le impida casarse. Pero es tan vergonzoso que no se atreve a pedírtelo por sí mismo y me ha encargado a mí que lo haga. Yo no quería, pero no me ha dejado en paz hasta que le prometí hacerlo si se me presentaba la ocasión. ¿Qué opinas, Ana? ¿Era un sueño? ¿Una de esas pesadillas en las que una se ve casada o comprometida con alguien a quien aborrece o no conoce, sin tener la menor idea de cómo se llegó a ese punto? No, ella, Ana Shirley, estaba acostada, totalmente despierta en su propio lecho, y Jane Andrews se hallaba a su lado proponiéndole tranquilamente que se casara con su hermano Billy".

"—¿Y no es hermoso dejar de lado las pieles y los tocados invernales por vez primera y pasear como ahora, con ropas primaverales? —preguntó Priscilla riendo—.¿No te sientes renovada?
—En primavera todo es nuevo —dijo Ana—. La misma primavera es siempre distinta. Ninguna es igual a las anteriores; siempre posee algo peculiar. Mira qué verde está la hierba y cómo están creciendo los retoños del sauce junto a la laguna…".

"—¡Qué día tan aburrido! —bostezó Phil tendiéndose perezosamente sobre el sillón, después de desalojar a dos indignados gatos.
Ana dejó a un lado Las aventuras de Pickwikc. Ahora que habían concluido los exámenes de primavera, retornaba a Dickens.
—Será aburrido para nosotras —dijo, pensativa—, pero para mucha gente puede que sea un día maravilloso. Algunos estarán locos de felicidad. Tal vez hoy se está llevando a cabo una hazaña magnífica o se ha escrito un hermoso poema, o ha nacido un gran hombre. Y quizá se haya roto algún corazón, Phil.
—¿Por qué echaste a perder tus hermosos pensamientos con esa última frase, querida? —rezongó Phil—. No me gusta pensar en corazones rotos ni en nada triste".

"Cuando vio acercarse a Gilbert tuvo un sobresalto. Últimamente se las había compuesto para no encontrarse a solas con él, pero ahora nada podía hacer; hasta Rusty la había abandonado".

"—(...) ¿No es una tarde espléndida? ¿Sabes que hoy he descubierto un grupo de violetas blancas debajo de aquel viejo árbol? Me sentí como si hubiera descubierto una mina de oro.
—Tú siempre estás descubriendo minas de oro —dijo Gilbert, también con aire ausente.
—Vamos a ver si encontramos más. Llamaré a Phil y…
—Deja ahora a Phil y a las violetas, Ana —exclamó Gilbert mientras le cogía una mano y se la oprimía para que no pudiera soltarse—. Hay algo que quiero decirte.
—¡Oh, no lo digas! —pidió Ana—. No… por favor, Gilbert.
—Tengo que hacerlo. Las cosas no pueden seguir así. Ana, te amo. Tú sabes cuánto, yo… yo no puedo expresarlo con palabras. Prométeme que algún día serás mi esposa.
—Yo…, yo no puedo —exclamó Ana lastimosamente—. ¡Oh, Gilbert, lo has echado todo a perder!
—¿No te importo nada? —preguntó el joven después de una pausa mortal durante la cual Ana no se atrevió a levantar los ojos.
—No… no en ese sentido. Te quiero muchísimo como amigo. Pero no te amo, Gilbert.
—Pero puedes darme alguna esperanza de que en el futuro…
—No, no puedo hacerlo. Nunca, nunca te amaré… en ese sentido… Gilbert. No vuelvas a hablarme así nunca más.
Hubo otra larga pausa… larga, tensa; Ana tuvo por fin que levantar la vista. La cara de Gilbert tenía una palidez mortal. Y sus ojos… Ana no pudo soportarlo y desvió la mirada. Todo aquello no tenía nada de romántico. ¿Es que las declaraciones tenían que ser grotescas o… terribles? ¿Podría alguna vez olvidar el rostro de Gilbert?
—¿Hay algún otro? —preguntó por fin en voz baja.
—No… no —respondió Ana con vehemencia—. No hay ninguno, en ese sentido.
Y a ti te aprecio más que a nadie en el mundo, Gilbert. Y debemos, debemos seguir siendo amigos.
Gilbert rió amargamente.
—¡Amigos! Tu amistad no me basta, Ana. Quiero tu amor… y me dices que nunca podré alcanzarlo.
—Lo siento mucho. Perdóname —fue todo lo que pudo decir Ana. ¿Dónde, dónde estaban todos los hermosos discursos que imaginara para rechazar pretendientes?
Gilbert dejó su mano suavemente.
—No hay nada que perdonar. Hubo momentos en que pensé que me querías. Me he engañado, eso es todo. Adiós, Ana".

"—¿Qué te pasa? —preguntó Phil, mientras atravesaba las tinieblas tenuemente iluminadas por la luna.
Ana no contestó. En aquel momento le habría gustado que Phil se hallara a mil kilómetros de distancia.
—Supongo que has rechazado a Gilbert Blythe. ¡Eres tonta!
—¿Te parece tonto rechazar a un hombre al que no se ama?
—No sabes reconocer el amor. Has imaginado el amor como una sensación determinada y quieres que en la vida real sea así. Vaya; es la primera cosa sensata que he dicho en mi vida; no sé cómo me las he arreglado.
—Phil —rogó Ana—, por favor, vete y déjame sola un momento. Mi mundo ha caído hecho pedazos y quiero reconstruirlo.
—¿Sin Gilbert? —preguntó Phil mientras salía.
¡Un mundo sin Gilbert! Ana repitió esas palabras una y otra vez. ¿No sería un lugar muy triste y muy solitario? Bueno, todo había sido culpa de Gilbert. Había arruinado la hermosa camaradería que los unía. Tendría que aprender a vivir sin ella".

"—Ve a tomar un poco de aire fresco —repitió tía Jamesina—, pero lleva el paraguas porque parece que va a llover. Me duele la pierna.
—Sólo las personas de edad tienen reumatismo, tía.
—Cualquiera puede tener reumatismo en una pierna, Ana; pero sólo los ancianos lo padecen en el alma. Gracias a Dios, yo no. Cuando sientas reumatismo en el alma ya puedes ir a buscarte el ataúd".

"—Me he enterado de que se anunciará el compromiso de Gilbert Blythe con Christine Stuart tan pronto como pasen las fiestas de graduación. ¿Sabías tú algo de eso?
—No —dijo Ana.
—Creo que es verdad.
Ana no habló. En la oscuridad sintió que le ardía la cara. Deslizó la mano hasta su cuello, cogió la cadenita y la rompió de un enérgico tirón. Las manos le temblaban y los ojos le escocían.
Fue, sin embargo, la más alegre de las asistentes y le dijo a Gilbert, sin dolor alguno, que su carnet de baile estaba completo cuando éste le pidió que bailara con él".

"Roy pidió a Ana en matrimonio en el mismo pabellón donde conversaran la tarde lluviosa del primer encuentro. A la joven le pareció muy romántico que eligiera ese lugar. Su proposición fue tan perfectamente expresada, como si hubiera sido copiada del «Manual sobre el noviazgo y el matrimonio», tal como lo hiciera uno de los pretendientes de Ruby Gillis. Y también era sincera. No cabía duda de que Roy sentía sus palabras. Ninguna nota falsa echó a perder la sinfonía. Ana pensó que debía sentirse estremecida de pies a cabeza. Pero no era así: sentía una frialdad aterradora.
Cuando Roy hizo una pausa aguardando su respuesta, abrió los labios para dejar escapar el fatal «sí».
Y entonces comenzó a sentirse como si retrocediera ante un profundo precipicio. 
En un instante supo, con la rapidez de un relámpago, lo que no había sabido en muchos años. Retiró su mano de entre las de Roy.
—Oh, no puedo casarme contigo… ¡no puedo… no puedo! —exclamó desatinadamente.
Roy se puso pálido… y también algo tonto. Estaba muy seguro de sí mismo…
—¿Qué quieres decir? —tartamudeó.
—Que no puedo casarme contigo —repitió Ana con desesperación—. Creí que podría… pero no puedo.
—Pero ¿por qué? —preguntó Roy con algo más de calma.
—Porque… no te quiero lo suficiente.
Roy enrojeció repentinamente.
—¿De modo que te has estado divirtiendo conmigo durante estos dos años?
—No… no… —dijo la pobre Ana. ¿Cómo podría explicárselo? No podía hacerlo.
Hay cosas imposibles de explicar—. Creí que podría casarme contigo…
Sinceramente… pero ahora veo que no es así.
—Has destrozado mi vida —exclamó Roy amargamente".

"Amaba a Gilbert, siempre lo había amado. Ahora lo sabía. Supo que era parte de su vida. Que vivir sin él sería una continua agonía. Y la revelación llegaba demasiado tarde… demasiado tarde incluso para tener el amargo consuelo de acompañarlo hasta el final. Si ella no hubiera sido tan ciega… tan tonta… habría tenido el derecho de ir hacia él en ese trance. Pero Gilbert nunca sabría que ella lo amaba… se iría de esta vida creyendo que no le importaba".

"—¿Éste es el vestido que usarás esta noche? —preguntó Gilbert contemplando los lazos y volantes.
—Sí. ¿No es bonito? En la cabeza llevaré margaritas. El Bosque Embrujado está lleno este verano.
Gilbert tuvo una instantánea visión de Ana, ataviada con su vaporoso vestido verde, su cuello y sus brazos virginales emergiendo airosamente y blancas estrellas prendidas sobre su rojiza cabellera. La visión le quitó el aliento. Pero se volvió ligeramente.
—Bueno, vendré mañana. Espero que te diviertas esta noche.
Ana le miró alejarse y suspiró. Gilbert se mostraba amistoso… muy amistoso…, demasiado amistoso. Había ido a verla a menudo a «Tejas Verdes» después de su convalecencia y algo de la antigua camaradería retornaba. Pero Ana no la encontraba satisfactoria. Junto a la rosa del amor, el capullo de la amistad resultaba descolorido".

"—Ana, ¿tienes sueños no realizados? —preguntó Gilbert.
Algo en su tono, algo que no había escuchado desde aquella noche horrible en el huerto de «La Casa de Patty» hizo saltar el corazón de la muchacha. Pero pudo contestar con tranquilidad.
—Desde luego. Todos los tenemos. No nos vendría bien tener todos los sueños cumplidos. Mejor sería estar muertos que no tener sueños. ¡Qué bien huele! Quisiera poder ver los perfumes a la vez que olerlos. Estoy segura de que serían muy hermosos.
A Gilbert no se lo podía distraer así.
—Yo tengo un sueño —dijo lentamente— y persisto en acariciarlo, aunque a menudo me ha parecido que nunca podría realizarlo. Sueño con un hogar con una chimenea, un perro y un gato, los pasos de los amigos… ¡y tú! Ana quería hablar pero no podía hallar las palabras. Casi asustada, sentía la llamada de la felicidad.
—Hace dos años te hice una pregunta, Ana. Si la vuelvo a hacer, ¿me darás otra respuesta?
La muchacha todavía no había podido recobrar el habla. Pero levantó sus ojos, en los que brillaba el arrobamiento amoroso de incontables generaciones, y se miró en los de Gilbert por un instante. Él no buscó más respuesta.
Vagaron por el jardín hasta que cayó el sol. Tenían tanto de que hablar, tantos recuerdos; cosas que habían hecho, oído, pensado y dicho equivocadamente.
—Creí que amabas a Christine Stuart —le dijo Ana con reproche, como si no le hubiera dado todos los indicios para que creyera que amaba a Roy Gardner.
Gilbert se echó a reír.
—Christine estaba comprometida con alguien de su pueblo. Yo lo sabía y ella sabía que yo lo sabía. Cuando su hermano se graduó me dijo que ella vendría a Kingsport el invierno siguiente y me pidió que la cuidara un poco, pues como no conocía a nadie se sentiría muy sola. De modo que lo hice. Y entonces me gustó por sí misma. Es una de las mejores muchachas que he conocido. Sabía que las habladurías de la universidad daban por hecho mi amor por ella. No me importó. Nada me importaba mucho, después que me dijiste que nunca podrías amarme, Ana. No había otra; nunca pudo haberla para mi corazón. Te quise desde el día que rompiste la pizarra en mi cabeza en la escuela".
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"—Nunca podré olvidar la noche en que creía que te morías, Gilbert. Entonces lo supe y creí que era
demasiado tarde.
—Pero no lo era. Amor mío, esto lo compensa todo, ¿no es cierto? Hagamos que este día sea sagrado para nosotros, por toda la felicidad que nos trae.
—Es el nacimiento de nuestra dicha. Siempre quise este jardín de Hester Gray y ahora me es más amado que nunca.
—Pero tendré que pedirte que esperes largo tiempo, Ana —dijo el joven con tristeza—. Pasarán tres años antes de que termine mis estudios de medicina. Y aun entonces no habrá diamantes ni salones.
—No los quiero —contestó ella riendo—. Sólo te quiero a ti.






L. M. Montgomery

sábado, 13 de agosto de 2022

Citas: Poesía en umbría: Amor, horror, lujuria - Cristian Camilo Bolívar Arévalo

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 "No todas mis poesías tienen la misma inspiración, pues unas muestran mi romanticismo, otras mi desesperación".


"No eres lo que todos ven, eres un ser que da vida. El suspiro que hace 
crecer los árboles en la colina".

(El ser)

"No sé si perderme en tu mirada, o beber el veneno de tu boca. No sé si 
conquistar tu ser, o conquistar el mundo".

(Una ilusión)

"El tiempo no existe, pero tú sí, tan solo eres humano inculto que solo 

vives de tu peor maldición".

(El miedo)

"Mira a tu alrededor, no puedes escapar de la desgracia de la democracia 
que a nadie le importa".

(La venida del señor)

"El cáncer ha acabado con los seres que dan vida. 
Los cementerios se llenan de belleza, estropeando cuerpos sin almas a 
causa de sus asquerosas pesadillas".

(La venida del señor)

"Engañado por los sentidos de la perversión, la muerte baila al ritmo de 
tu desquebrajado corazón, pero nunca se detiene. Un espejismo de viajar 
en el mar negro que alguna vez me tentó, a 
vivir fuera de mi propia realidad".

(El romanticismo de la Muerte)

"Un amor que se degrada en mis escritos.
Versos impronunciables que abre portales
a lo desconocido".

(El amor del poeta)

"Combatir el miedo de escapar de mi propia sombra, y luchar 
hasta que mi cuerpo dé el último aliento de vida.
El suspiro de un poeta que cae en un desierto de
soledad".

(El miedo de la sombra)

"No he encontrado más que mi propia rebeldía.
Jamás podrán verme pues ya dejé de existir, me
he convertido en la ilusión de aquella sonrisa que
alguna vez brilló".

(Pensamientos)

"Mi alma asusta a los más débiles, pues no soportan mi olor, no soportan
ver su propia realidad. Fui poeta, ahora soy la
sombra de la humanidad".

(El sufrimiento)

"Una bomba nuclear,
estalla en la barra de un bar.
La guerra sucia de la humanidad,
el asco de la bondad".

(Bomba nuclear)

"La cara oculta de la verdad,
el reflejo de su vanidad.
Los problemas te vencerán,
si no eres capaz de gritar".

(Bomba nuclear)

"Solo quedan los sucios versos, escritos en los
pensamientos de aquellos que se atreven leerlos".

(Solo queda)

"Un sello que todos ven, al ver el
reflejo en sus caras, pero no conocen su existencia.
Solo espero verme al frente de tan enorme mar,
con mi gran amor del mismo nombre".

(Mar)

"Un cambio de deseo que nunca será cumplido; no
queda más que la obscenidad en sus cuerpos. Por
eso ninguna mujer me ha logrado amar, porque ven
en mi mirada su verdad".

(La mirada)

"Pienso en un mar, pero no sé en cuál mar. Si es el 
que con sus mareas ahoga, o el que a un hombre 
enamora".

(El deseo de Mar)

"No dejaré
que la poesía muera en manos de los inútiles psicópatas,
que se enferman con mi nombre".

(Si los poetas mueren)

"Desaparecer en la constelación más brillante, y ser el recuerdo más 

infame. El final de un sufrimiento,
que a la luz del día solo se vuelve cenizas".

(Betelgeuse)

"¿La culpa, la culpa de quién? Si lo único que conozco,
es el amor que la ley estorba, y al rey estafa".

(¿La culpa de quién?)

"De nacer ante tan desquiciada presencia, me
presento en nombre de mi alma somnolienta".

"Camino lento y agotado
a causa de la soledad.
Siempre está,
me impide estar con alguien más,
es tan grande que no puedo ver más allá".

"Maldito poeta, que piensas solo en ella.
Poeta callejero que recuerda su olor a canela".

(Vuelve poeta)

"Para escapar de la maldita,
eres morfina que calma mi dolor.
Me volví adicto a tu sabor".

(Vuelve poeta)

"Olvídate de mí,
con la intención de un mundo mejor descubrir".

(Aléjate de mí)

"Es mi historia, léeme, léeme
hasta la muerte, léeme hasta que se acaben las
páginas en mí, léeme hasta donde quizá haya una
página en blanco para escribir el futuro o tan solo
haya una palabra que diga...
FIN".

(Escultura)







Cristian Camilo Bolívar Arévalo

Citas: Ana, la de Avonlea - L. M. Montgomery

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"Una alta y delicada muchacha, de poco más de dieciséis años, con ojos grises y un cabello que sus amigos llamaban «castaño claro», se había sentado una hermosa tarde de agosto sobre la ancha escalera de caliza roja de una granja de la isla del Príncipe Eduardo, firmemente decidida a traducir unos versos de Virgilio.
Pero una tarde de agosto, con las brumas azules que ornaban las cuestas cultivadas, las brisas susurrantes como duendes entre los álamos y un danzarín esplendor de rojas amapolas que brillaban contra el oscuro seto de pinos jóvenes en un rincón del bosque de cerezos, se prestaba más a soñar que a las lenguas muertas".

"—El mundo es hermoso, después de todo, Marilla —concluyó Ana".

"—Marilla, ¿y si fracaso?
—No podrás fracasar por completo en un día y hay muchos más —respondió Marilla—. Lo que ocurre contigo es que esperas enseñarlo todo a esos niños y reformarles al instante y si no lo consigues, crees que has fracasado".

"Gilbert había decidido ya que sería médico.
—Es una profesión magnífica —dijo con entusiasmo—. Un hombre debe luchar por algo durante toda su vida. ¿No ha definido alguien al hombre como un animal de lucha? Y yo deseo luchar contra la enfermedad, el dolor y la ignorancia. Quiero hacer en el mundo mi parte de trabajo real y honesto, Ana; contribuir en algo a la suma de la inteligencia humana que han venido acumulando todos los hombres de bien desde el comienzo de los siglos. Los hombres que han vivido antes que yo han hecho tanto por mí, que quiero demostrar mi gratitud haciendo algo por los que vendrán después.
Me parece que es la única manera de cumplir con las obligaciones hacia la raza.
—A mí me gustaría contribuir a la vida con algo de belleza —dijo Ana soñadoramente—. No es mi deseo exacto hacer que la gente sepa más… aunque reconozco que ésa es la más noble de las ambiciones. Pero me gustaría hacer que los demás pudieran ser más felices y alegres gracias a mí; darles pequeñas alegrías que nunca hubieran disfrutado de no haber nacido yo.
—Creo que todos los días cumples tu ambición, Ana —dijo Gilbert con admiración.
Y tenía razón. Ana era una de esas criaturas que iluminaban por naturaleza.
Cuando hubo pasado junto a una vida con una sonrisa o una palabra, el poseedor de aquella vida la pudo ver, por lo menos durante ese instante, hermosa y llena de esperanzas".

"El método empleado por Davy era apoderarse de los rizos de Dora y darles un tirón. Dora lanzó un chillido y se puso a llorar.
—¿Cómo puedes ser tan malo cuando tu pobre madre acaba de ser enterrada? —dijo Marilla tristemente.
—Pero a ella le gustó morirse —dijo Davy confidencialmente—. Lo sé porque me lo dijo".

"—Ana, te tomas las cosas demasiado a pecho. Todos cometemos errores, pero la gente los olvida. Y los días terribles llegan para todos".

"«Cada mañana se empieza de nuevo, cada mañana el mundo es hecho otra vez», cantaba Ana mientras se vestía".

"—Una vez leí que las almas eran como flores —dijo Priscilla.
—Entonces la tuya es como un dorado narciso —dijo Ana—, y la de Diana como una rosa muy roja. Y la de Jane como un capullo de manzano, rosa, edificante y dulce.
—Y la tuya una violeta blanca, con listas rojas en el corazón —concluyó Priscilla".

"—No hay duda de que la verdadera amistad es algo muy reconfortante —dijo la señora Alian—. Y debemos tener un alto ideal de ella y nunca mancharla con ninguna falta a la verdad o a la sinceridad. Me temo que el nombre de amistad a menudo se ha degradado por una especie de intimidad que no tiene nada de verdadera amistad.
—Sí… como la de Gertie Pye y Julia Bell. Tienen mucha intimidad y van juntas a todas partes, pero Gertie siempre está diciendo cosas desagradables de Julia a sus espaldas, y todos piensan que está celosa de ella porque se alegra cuando alguien la critica. Creo que es una profanación llamar a eso amistad. Si tenemos amigos debemos sólo buscar lo bueno que hay en ellos y darles lo mejor que tenemos, ¿no le parece? La amistad debe ser la cosa más hermosa del mundo.
—La amistad es muy hermosa —sonrió la señora Alian—; pero algún día…
Se detuvo repentinamente. En el delicado rostro de Ana, con sus cándidos ojos y movedizos rasgos, había aún más de niña que de mujer. El corazón de Ana hospedaba sólo sueños de amistad y ambición, y la señora Alian no deseaba barrer las flores de su dulce inconsciencia. De modo que dejó que los años del futuro terminaran su frase".

"Al anochecer, Ana fue hasta la Burbuja de la Dríada y vio a Gilbert Blythe que llegaba cruzando el Bosque Embrujado. Repentinamente se dio cuenta de que Gilbert ya no era un colegial y de lo varonil y apuesto que parecía; alto, de rostro franco, con claros ojos y anchas espaldas. Ana pensó que Gilbert era muy buen mozo, aun cuando no se parecía a su ideal de hombre. Hacía ya mucho que ella y Diana habían decidido qué clase de hombre admiraban y sus gustos eran exactamente iguales.
Debía ser muy alto y distinguido, de ojos melancólicos e inescrutables, y voz suave y simpática. No había nada de melancólico e inescrutable en la fisonomía de Gilbert, pero, por supuesto, eso no tenía importancia en cuestión de amistad.
Gilbert se destacó de entre los abetos y observó a Ana apreciativamente.
Si se le hubiera pedido a Gilbert que describiera su ideal de mujer, la respuesta hubiera correspondido punto por punto a Ana, incluyendo hasta las siete pecas que tanto la mortificaban. Gilbert era poco más que un muchacho, pero un muchacho tiene sus sueños como todos, y en los de Gilbert había siempre una joven de grandes y límpidos ojos grises y rostro tan fino y delicado como una flor. También había decidido que su futuro debía ser digno de sus virtudes".

"La juventud de White Sands era algo alocada y Gilbert se hacía popular en todas partes. Pero quería ser digno de la amistad de Ana y hasta, algún día, de su amor".

"—Pero usted no es una solterona —dijo Ana sonriendo—. Las solteronas nacen, no se hacen.
—Algunas nacen solteronas, otras ganan la soltería y otras la reciben a la fuerza".

"Mientras subían la escalera, Davy le rodeó el cuello con un brazo y le dio un caluroso abrazo y un pegajoso beso.
—Eres muy buena, Ana. Milty Boulter escribió hoy en su pizarra y se lo enseñó a Jennie Sloane:

La rosa es roja, la violeta, azul,
la miel es dulce, y también lo eres tú.

»Y eso expresa mis sentimientos hacia ti, Ana".

"—(...)Voy a hacerte una pregunta, una pregunta seria. No te enfades y contesta seriamente: ¿te interesa Gilbert?
—Mucho como amigo y nada en el sentido que tú piensas —respondió Ana con calma y sinceridad, pensando para sí que contestaba francamente.
Diana suspiró. Deseaba que Ana le hubiera contestado de otro modo.
—¿No piensas casarte nunca, Ana?
—Quizás… algún día… cuando encuentre la persona indicada —contestó la muchacha, sonriendo soñadoramente a la luz de la luna.
—Pero ¿cómo estarás segura?
—Oh, lo sabré… algo me lo dirá. Tú sabes cómo es mi ideal, Diana.
—Pero los ideales de la gente cambian algunas veces.
—El mío, no. Y no podría importarme un hombre que no lo llenara.
—¿Y si nunca lo encuentras?
—Entonces moriré solterona —fue la alegre respuesta—. Creo que no es la peor de las muertes".

"—Ya sabe usted que el tiempo no pasa en un lugar encantado —dijo Ana seriamente—. Las cosas comienzan a ocurrir sólo cuando llega el príncipe.
El señor Irving sonrió un poco tristemente a aquella cara llena de juventud y promesa.
—Algunas veces el príncipe llega demasiado tarde —dijo. Pero no le pidió a Ana que pusiera en prosa ese comentario. Como todas las almas gemelas, «comprendía».
—Oh, no, no si se trata del verdadero príncipe que llega para la verdadera princesa —dijo Ana, mientras abría la puerta. Cuando él hubo entrado, cerró y se volvió y vio a Charlotta IV, que era «toda sonrisas» en el salón".

"—No, eso puedo entenderlo —dijo ésta—. Una boda no es poesía. ¡Señorita Shirley, señora, está llorando! ¿Por qué?
—Oh, porque es todo tan hermoso… y tan novelesco… y romántico… y triste…
—dijo Ana, secándose las lágrimas—. Es todo muy hermoso… pero también triste.
—Desde luego que es un riesgo casarse con alguien —concedió Charlotta IV—; pero una vez que está hecho, hay muchas cosas peores que el marido".

"Entonces echó llave a la puerta y se sentó bajo el álamo plateado a esperar a Gilbert, sintiéndose muy cansada, pero sin dejar por eso de pensar.
—¿En qué piensas, Ana? —preguntó Gilbert al llegar. Había dejado su coche en el camino.
—En la señorita Lavendar y en el señor Irving —respondió soñadoramente—. ¿No es hermoso cómo ha sucedido todo, cómo se han reunido después de todos estos años de separación e incomprensión?
—Sí, es hermoso —dijo Gilbert, mirando a Ana a la cara—, pero ¿no hubiese sido aún más hermoso si no hubiera habido separación e incomprensión, si hubieran recorrido de la mano todo el camino de la vida, sin otros recuerdos que los mutuos?
Por un instante, el corazón de Ana aceleró su ritmo y por vez primera no pudo sostener la mirada de Gilbert, mientras se teñían de rojo sus pálidas mejillas. Era como si se hubiera alzado un velo en su
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conciencia, revelándole sentimientos y realidades insospechados. Quizá, después de todo, el romance no llegaba con pompa y esplendor, como un caballero andante; quizá se deslizaba a nuestro lado calladamente como un viejo amigo; quizá se revelaba en prosa, hasta que una repentina iluminación que recorría sus páginas traicionaba el ritmo y la música; quizá el amor se desprendía naturalmente de una hermosa amistad, cual una rosa de corazón dorado de su tallo.
Entonces volvió a caer el velo; pero la Ana que recorriera el oscuro sendero no era la misma que llegara alegre la noche antes. Un dedo invisible había dado la vuelta a la hoja de la niñez, y ante ella estaba la página de la adolescencia, con todo su encanto y misterio; su dolor y alegría. Gilbert, sabiamente, no dijo nada más; pero en su silencio leyó la historia de los cuatro años siguientes. Cuatro años de trabajo feliz… y luego el galardón del útil conocimiento y de una novia ganada.
Tras ellos, la casita de piedra quedaba en las sombras. Estaba sola, mas no abandonada. Todavía no había terminado con los sueños, la risa y la alegría de vivir; había futuros veranos para la casita de piedra. Mientras tanto, podía esperar. Y sobre el río, en púrpuras prisiones, el eco esperaba su hora".






L. M. Montgomery 

lunes, 8 de agosto de 2022

Citas: Ana, la de Tejas Verdes - L. M. Montgomery

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 "—¡No me quieren! —gritó—. ¡No me quieren porque no soy un chico! Debí haberlo esperado. Nunca me quiso nadie. Debí haber comprendido que todo era demasiado hermoso para que durara. Debí haber comprendido que nadie me quiere en realidad. Oh, ¿qué puedo hacer? ¡Voy a echarme a llorar!
Y lo hizo. Sentándose en una silla junto a la mesa, puso los brazos sobre ésta y escondiendo la cara entre ellos, comenzó a llorar estrepitosamente. Marilla y Matthew se dirigieron sendas miradas de reproche. Ninguno de los dos sabía qué hacer o decir. Finalmente Marilla se decidió a actuar.
—Bueno, no hay necesidad de llorar así.
—¡Sí, hay necesidad! —La niña levantó rápidamente la cabeza, dejando ver su rostro lleno de lágrimas y sus labios temblorosos—. También usted lloraría si fuera una huérfana y hubiera venido a un sitio que creía iba a ser su hogar para encontrarse con que no la quieren porque no es un chico. ¡Oh, esto es lo más trágico que me ha sucedido!".

"—No comes nada —dijo Marilla toscamente, mirándola como si esto fuera una falta grave. Ana suspiró.
—No puedo. Me encuentro sepultada en los abismos de la desesperación. ¿Puede usted comer cuando se encuentra en los abismos de la desesperación?
—Nunca estuve en los abismos de la desesperación, de modo que no puedo decirlo —respondió Marilla.
—¿No? Bueno, ¿ha tratado alguna vez de imaginárselo?
—No.
—Entonces no creo que pueda comprender cómo es. Ciertamente, es una sensación muy desagradable. Cuando uno trata de comer, se forma un nudo en la garganta y no se puede tragar nada, ni siquiera un caramelo de chocolate".

"—Esta mañana tengo bastante hambre —anunció mientras se sentaba en la silla que le destinara Marilla—. El mundo no parece una cosa terrible como anoche. Estoy muy contenta de que sea una mañana de sol. Pero también me gustan las mañanas lluviosas. Toda clase de mañanas son interesantes, ¿no creen? No se sabe qué ocurrirá durante el día y hay un gran campo para la imaginación. Pero me alegro de que hoy no sea lluvioso porque será más fácil estar alegre y resistir la tristeza con un día de sol. Siento que tendré que resistir mucho. Es muy fácil eso de leer sobre dolores e imaginarse viviéndolos heroicamente, pero no es tan sencillo cuando son realidad, ¿no les parece?
—Cierra la boca, por el amor de Dios —dijo Marilla—; hablas demasiado para una niña".

"—Bueno, otra esperanza que se pierde. Mi vida es un perfecto cementerio de esperanzas muertas. Esta frase la leí una vez en un libro y me la repito siempre para consolarme cuando estoy desilusionada por algo.
—No veo dónde está el desconsuelo —dijo Marilla.
—Pues porque suena tan bello y romántico como si yo fuera la heroína de un libro. Me encantan las cosas románticas; y un cementerio lleno de esperanzas muertas es lo más romántico que uno pueda imaginarse, ¿no es cierto? Casi estoy contenta de que mi vida lo sea".

"—Me gustaría llamarla tía Marilla —dijo Ana, pensativa—; nunca he tenido una tía ni pariente alguno; ni siquiera una abuela. Me haría sentir como si realmente fuera de la familia. ¿Puedo llamarla tía Marilla?
—No, no soy tu tía y no me gusta dar a la gente nombres que no le pertenecen.
—Pero podríamos imaginar que lo es.
—Yo no podría —dijo Marilla, ceñuda.
—¿Nunca imagina usted cosas distintas de lo que son en realidad? —preguntó Ana con los ojos abiertos.
—No.
—¡Oh! —Ana aspiró profundamente—. ¡Oh, señorita… Marilla, no sabe lo que se pierde!".

"—Bueno, no te han elegido por tu apariencia; de eso no hay duda —fue el enfático comentario de la señora Rachel Lynde. La señora Rachel era una de esas deliciosas y populares personas que se jactan de decir siempre lo que piensan—. Es terriblemente flaca y fea, Marilla. Acércate, niña, y deja que te mire. ¡Por Dios!, ¿ha visto alguien pecas como éstas? ¡Y su cabello es tan rojo como la zanahoria!
Acércate, niña, he dicho.
Ana «se acercó», pero no exactamente como lo esperaba la señora Rachel. De un salto cruzó la cocina y se detuvo frente a la señora Lynde con el rostro enrojecido por la ira, los labios temblorosos y estremeciéndose de pies a cabeza.
—¡La odio! —gritó con voz sofocada, golpeando el suelo con el pie—. ¡La odio! ¿Cómo se atreve a llamarme pecosa y a decir que tengo el cabello rojo? ¿Cómo se atreve a decir que soy flaca y fea? ¡Es usted una mujer brusca, descortés y sin sentimientos!
—¡Ana! —exclamó Marilla, consternada.
Pero Ana continuaba frente a la señora Rachel con la cabeza levantada, los ojos centelleantes, los puños apretados, despidiendo indignación por todos los poros.
—¡Cómo se atreve a decir de mí tales cosas! —repitió vehementemente—. ¿Le gustaría que hablaran así de usted? ¿Le gustaría que dijeran que es gorda y desmañada y que probablemente no tiene una pizca de imaginación? ¡No me importa si lastimo sus sentimientos al hablar así! Tengo la esperanza de que así sea. ¡Usted ha herido los míos mucho más de lo que lo han sido jamás, ni aun por el marido borracho de la señora Thomas! Y nunca se lo perdonaré, ¡nunca, nunca!".

"—Bueno, no envidio la tarea de criar eso, Marilla —dijo la señora Rachel con atroz solemnidad.
Marilla abrió la boca para disculparse. Pero lo que dijo fue una sorpresa para ella misma, en ese momento y aun después.
—No debió haberla criticado por su apariencia, Rachel.
—Marilla Cuthbert, ¿no querrá decir que está defendiendo el terrible despliegue de mal carácter que acabamos de presenciar? —preguntó la indignada señora Rachel.
—No —dijo Marilla en voz baja—. No estoy tratando de disculparla. Se ha comportado muy mal y tendré que reprenderla. Pero tenemos que ser indulgentes con ella. Nunca le han enseñado cómo debe comportarse. Y usted ha sido muy dura con ella, Rachel.
Marilla no pudo evitar pronunciar esta última frase, aunque volvió a sorprenderse por lo que hacía. La señora Rachel se incorporó con aire de ofendida dignidad".

"—Espero que no tengas más motivos para pedir disculpas y que aprenderás a dominarte, Ana.
—Eso no sería tan difícil si la gente no me reprendiera por mi aspecto —dijo Ana suspirando—. Otras cosas no me molestan, pero estoy tan cansada de que me reprendan por mi cabello, que no puedo evitar saltar de indignación. ¿Cree usted que mi cabello se volverá castaño claro cuando crezca?
—Ana, no deberías preocuparte tanto por tu apariencia. Temo que eres una criatura muy presumida.
—¿Cómo puedo ser presumida cuando sé que soy fea? —protestó Ana—. Me gustan las cosas bellas y odio mirar al espejo y ver algo que no sea hermoso. Me hace sentir muy triste; igual que cuando veo algo horrible.
—Quien hace cosas hermosas es hermoso —dijo Marilla".

"—Ése es Gilbert Blythe, Ana. Es el que está sentado en tu misma dirección al otro lado del pasillo. Míralo y fíjate si no es guapo.
Ana le miró. Tenía una buena oportunidad para hacerlo, porque el tal Gilbert Blythe se encontraba absorto en la tarea de prender disimuladamente la larga trenza rubia de Ruby Gillis, que se sentaba delante de él, al respaldo del asiento. Era un muchacho alto, de rizados cabellos castaños, picarescos ojos de igual color y una sonrisa divertida. Repentinamente Ruby Gillis se puso de pie para enseñarle una suma al maestro; volvió a caer sobre su banco con un grito, creyendo que le arrancaban el cabello de raíz. Todos la miraron y el señor Phillips lo hizo con tanta severidad que Ruby comenzó a llorar. Gilbert había ocultado el alfiler rápidamente y estaba estudiando su lección de historia con la cara más juiciosa del mundo; pero cuando la conmoción se hubo calmado, miró a Ana y guiñó con indecible regodeo.
—Creo que tu Gilbert Blythe es buen mozo —le confió Ana a Diana—, pero es muy atrevido. No es de persona bien educada guiñar el ojo a una niña extraña".

"Gilbert Blythe no estaba acostumbrado a fracasar cuando se empeñaba en que una niña lo mirara. Ella debía mirarlo; esa Shirley de cabello rojo, pequeña barbilla puntiaguda y grandes ojos que no eran como los de las otras niñas de la escuela de Avonlea. Gilbert se inclinó a través del pasillo, alzó la punta de la larga trenza roja de Ana y dijo con un murmullo:
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—¡Zanahorias! ¡Zanahorias!
Entonces Ana le miró de hito en hito. E hizo más que mirarlo. Saltó sobre sus pies, convertidas en ruinas sus brillantes fantasías. Fulminó a Gilbert con una indignada mirada, cuyo relámpago fue
rápidamente apagado por coléricas lágrimas.
—¡Niñato mezquino y odioso! —exclamó apasionadamente—. ¡Cómo te atreves…!
Y luego, ¡paf! Ana había dado con su pizarra sobre la cabeza de Gilbert, partiendo la pizarra —no la cabeza— en dos pedazos".

"Gilbert cogió un pequeño corazón de caramelo con una leyenda dorada «eres dulce» y lo deslizó bajo la curva del brazo de Ana. De inmediato, la niña alzó la cabeza, tomó el caramelo cuidadosamente con la punta de los dedos, lo dejó caer al suelo, lo hizo polvo con el tacón y reasumió su posición, sin dignarse echar una mirada a Gilbert".

"—Pues tendrás que pasar sin ese honor. Vete a la cama, Ana, y que no vuelva a oírte decir una palabra más.
Cuando Ana hubo subido tristemente con la cara llena de lágrimas, Matthew, que en apariencia había estado profundamente dormido en el sofá durante todo el diálogo, abrió los ojos y dijo con decisión:
—Bueno, Marilla, creo que debías dejarla ir.
—No —respondió Marilla—. ¿Quién la está criando, Matthew, tú o yo?
—Bueno, tú —admitió Matthew.
—Entonces no intervengas.
—Bueno, no intervengo. No es intervenir el tener una opinión propia. Y mi opinión es que debes dejar ir a Ana".

"Los minutos parecían horas a la infortunada dama de los lirios. ¿Por qué no llegaba alguien? ¿Dónde habían ido las chicas? ¡Quizá se habían desmayado! ¿Y si no venía nadie? ¡Quizá comenzara a cansarse y no pudiera sostenerse más! Ana contempló las horribles profundidades, con sombras cambiantes, y tembló. Su imaginación comenzó a sugerir toda clase de horribles posibilidades.
¡Entonces, exactamente cuando sus manos no podían sostenerla más, Gilbert Blythe pasó remando bajo el puente!
Gilbert alzó los ojos y, ante su sorpresa, contempló una carita blanca y colérica mirándole con ojos temerosos y furiosos al mismo tiempo.
—¡Ana Shirley! ¿Cómo has podido llegar ahí? 
Sin esperar respuesta, se acercó al pilar y extendió su mano. No se podía hacer otra cosa; Ana tomó la mano de Gilbert, saltó al bote, donde se sentó, furiosa, envuelta por el chal goteante. ¡Por cierto que era muy difícil conservar la dignidad en tales circunstancias!
—¿Qué ocurrió, Ana? —preguntó Gilbert cogiendo los remos.
—Estábamos jugando a «Elaine» —explicó fríamente Ana, sin mirar siquiera a su salvador— y debía ir hasta Camelot en la balsa, quiero decir en la barca. Ésta comenzó a hacer agua y yo me subí al pilar. Las chicas han ido a buscar ayuda. ¿Será usted tan gentil como para llevarme hasta el embarcadero? Gilbert la llevó gentilmente hasta allí, y Ana, despreciando la ayuda, saltó limpiamente a la costa.
—Le estoy muy agradecida —dijo secamente mientras se retiraba. Pero Gilbert también saltó del bote y la detuvo.
—Ana —dijo rápidamente—, mira. ¿No podemos ser buenos amigos? Siento muchísimo haberme reído de tus cabellos aquella vez. No quería ofenderte. Además, ¡ha pasado ya tanto tiempo! Me parece que ahora tus cabellos son muy lindos; de verdad. Seamos amigos.
Ana dudó un instante. Tenía la extraña sensación bajo su airada dignidad de que la expresión mitad tímida, mitad ansiosa de los ojos de Gilbert era algo digno de contemplar. Su corazón empezó a latir extrañamente".

"—Oh, Ana —tartamudeó Diana, abrazándose a su cuello y llorando de alivio y alegría—. Oh, Ana… pensamos… que estabas… ahogada… y nos sentimos asesinas… porque te obligamos… a ser Elaine. Ruby está histérica. Oh, Ana, ¿cómo escapaste?
—Subí a uno de los pilares —explicó Ana tristemente—, y Gilbert Blythe llegó en un bote y me llevó a tierra.
—¡Ana, qué espléndido de su parte! ¡Es tan romántico! —dijo Jane encontrando por fin aire para hablar—. Claro que después de esto le hablarás.
—Claro que no —contestó Ana, con un retorno momentáneo a su antiguo espíritu
—. Y no quiero volver a escuchar jamás la palabra romántico, Jane Andrews. Siento terriblemente que os asustarais".

"Pero Matthew, que estuviera sentado en silencio en su rincón, puso su mano sobre el hombro de Ana cuando Marilla hubo salido.
—No abandones tu romanticismo, Ana —murmuró tímidamente—, un poquito es bueno; demasiado, no, desde luego. Pero guarda un poco, Ana, guarda un poco".

"—Todavía tiene mucho de niña.
—Pero también hay mucho de mujer —respondió Marilla, con un momentáneo retorno a su vieja hosquedad".

"El occidente era una gloria de suaves tonos y la laguna los reflejaba en todas sus gamas.
La belleza hizo estremecer el corazón de Ana y, agradecida, le abrió las puertas de su alma.
—Mi mundo querido —murmuró—, eres muy hermoso y me alegra vivir en ti.
A mitad del camino en la colina, un muchacho alto salió silbando de la puerta de la casa de los Blythe. Era Gilbert, y el silbido murió en sus labios cuando reconoció a Ana. Se quitó cortésmente la gorra, pero hubiera cruzado en silencio si Ana no se hubiera detenido, alargándole la mano.
—Gilbert —dijo, con las mejillas rojas—, quiero agradecerle que me cediera el colegio. Ha sido un gran detalle de su parte y quiero que sepa cuánto lo agradezco.
Gilbert tomó ansiosamente la mano que le ofrecían.
—No fue nada particularmente bueno de mi parte, Ana. Me gustó prestar algún pequeño servicio. ¿Vamos a ser amigos después de esto? ¿Me has perdonado de verdad mi vieja culpa?
Ana rió y trató sin éxito de retirar su mano.
—Ya te perdoné aquel día en el embarcadero. Fui una estúpida cabezota. Desde entonces, debo confesarte, lo he sentido terriblemente.
—Seremos los mejores amigos —dijo Gilbert jubilosamente—. Hemos nacido para serlo, Ana. Has burlado al destino mucho tiempo".





L. M. Montgomery

lunes, 1 de agosto de 2022

Citas: Cuentos para Verónica - Poldy Bird

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 Bienvenida:


"Ahora tú eres la brújula que señala el norte. No hay nada más importante que tú".

"Yo te tenía preparado un nombre y una cuna. Hubiera querido tenerte preparado un mundo mucho mejor que este que te ofrezco... un mundo sin envidias, sin guerras, sin rencores; un redondo y luminoso mundo de paz y trabajo. Un mundo de cocuyos brillantes, de globos de colores, de barriletes y ositos de felpa.
Un mundo en el que nunca tuvieras que derramar una lágrima".

"Estas es mamá, Verónica. Mamá, que hasta ayer nomás jugaba un poco a vivir, jugaba un poco a ser mujer".


Carta:

"Por si no estoy cuando ya sepas leer con los ojos y con el corazón al mismo tiempo". 

"Cuando te miro, Verónica, tan chiquita, tan redonda, con tu pelito de seda, haciendo morisquetas frente al espejo, soy feliz... y tengo miedo.
Porque el miedo es un raro ingrediente de la felicidad, sobre todo de esta felicidad mía, tan pulida, tan dulce, tan nueva".

"Para entrar a ese mundo no uses cábalas, no cierres los ojos, pero tampoco los abras con la intención de ver todo lo malo, lo negativo, lo gris.
No cierres tu corazón con siete llaves...".

"Y lleva amor, mucho amor, para los que te amen y para los que te odien.
Porque alguien te va a odiar, no sé quién y no sé por qué... alguien te va a odiar sin motivos para odiarte y el que te odia, Verónica, no es malo... solamente está enfermo".

"Y, al fin, no quiero engañarte, decirte que te dejo en un mundo de  rosas, ruiseñores y todas cosas bellas... Pero tú puedes hacer que tu corazón las invente y cuando lo lastime una espina, sepa que detrás de la espina está el maravilloso milagro de una flor.


Tu mamá".


Canción:

"Y me miras y piensas cosas que no me dices y yo adivino a tientas.
No me iré de tu lado, si es lo que te preocupa. ¡Las mamás siempre están al lado de sus nenas! ¡Nunca las dejan solas, ni siquiera... cuando no están con ellas!".

"Despacito, despacito, para no despertarte, me hago un nido a tu lado, y cuando tu cuerpito está quieto y caliente, te doy un beso largo y moroso en la frente y te llevo a tu cama.
La luna se durmió en la ventana".


La fotografía:

"No. Era mentira. Estaban equivocados.
En cualquier momento ibas a aparecer en el vano de la puerta, riéndote, con el cabello rubio y corto, joven, jovencísima y linda, y dirías:
—"Vieron, aquí estoy. ¿Se asustaron mucho? Oh, tontitas... ¡una mamá nunca se va del lado de sus nenas!"
Pero pasaron muchos días y muchas noches y por más que infinidad de veces se me apuró el corazón cuando sonaba el timbre de la puerta de la calle, no volviste.
Y entonces supe que la muerte era una cosa para siempre y que de allí no regresa nadie".


La letra A:

"¿Por qué será que en esos momentos, en vez de ser feliz, de ponerte contenta u orgullosa, se me da por llorar?
—¿No te gustó mamita?
—Sí, me gustó. ¡Viva la nena gorda que escribió una A!
Pero no me gustó.
La "a" en el papel es la puerta redonda por donde comienza a escaparse la infancia.
Y po donde empieza a entrar mi miedo.
Ahora tú eres mi reloj, y las horas pasan muy rápidamente".

"Tú eres mi reloj, quédate quieta.
No, no dejes pasar los segundos porque ellos se devoran los minutos, las horas, los días, los meses...
Quiero que detengas el tiempo en esta hora, que sean hoy las dos y media de la tarde, 14 de mayo de 1967 para siempre.
Con este sol y la ventana abierta y esta paz de domingo. Y con este cansancio divertido de haber dado unas vueltas a la ronda los tres tomados de la mano: tú, papá y yo".

"Haber sufrido tanto... haber buscado tanto... haber aprendido tanto... para llegar a saber que cada uno tiene que lambrar su propia experiencia, que mis lágrimas no evitarán las tuyas, que mi dolor no servirá de barrera a los dolores que te aguardan y que, aunque yo te ame, aunque yo sepa cuál es el camino que debes elegir par ser dichosa y para realizarte... tengo que aprender a callar, a apartarme, a dejar que seas tú misma la que encuentres, aunque antes te equivoques y te golpees muchas veces".


Está aprendiendo:

"Y aunque yo quede aquí —yo y mi contorno material, la parte física de mí, mi parte de mujer— ella tendrá en su ser lo que hay en mí de madre, que es casi todo lo que hay en mí".


Me ha visto llorar:

"¿Ella creció de golpe, o yo me volví chiquita? Bueno, las dos cosas,
Lloré como una niñita que busca amparo y ella trató de ampararme.
Esas lágrimas mías borronearon un poco mi imagen de madre-dios, de todopoderosa. Esas lágrimas mías le han enseñado a mi hija que los héroes a veces tienen miedo, que los grandes no son siempre tan grandes y los pequeños pueden crecer de pronto.
Le dije:
—Gracias, Verónica... qué grande te has vuelto...
Y ella me respondió, riéndose y tocándose la cabeza:
—Pero si todavía no pasé la rayita que mascaste ayer en la pared de mi pieza...".


Un moño para Verónica:

"Y ahora ves, Verónica, como pueden ser terriblemente complicadas las cosas que parecen simples y superficiales".


Mamá es el sol:

"Una frase tan sólo:
MAMÁ ES EL SOL.
¿Se dan cuenta? Mamá es el sol.
Yo el sol. La fuente de la vida. El motor de las rosas, La pulpa de las frutas. ¡El sol!
Lo leía en su cuaderno de dibujos colorinches y letras que parecen cucarachas de distintos tamaños. Lo leí, y los ojos se me llenaron de lágrimas.
No era un dictado, ni una copia del pizarrón, sino su primer pensamiento en libertas vertido en un renglón blanquito y tieso".


Tan parecida a vos:

"—Dicen los chicos —te referís a tus primos— que el abuelo está en un cajón, en una casita, en el cementerio. Entonces no está en el cielo...
—El cuerpo del abuelo está ahí donde dicen los chicos. Pero el alma está con Dios.
—¿Qué es el alma?
—El alma no se ve... es... lo que nos hace tener sentimientos, amar...
—¿Y cómo no se ve?
—El aliento tampoco se ve, pero existe. El alma es como el aliento. Mirá —y exhalé una bocanada de aire.
—¡Cuidado, mamá! —gritaste, carita de miedo—. A ver si se te va el alma al cielo y te quedas como el abuelo.
—No, sonsa —te besé la punta de la nariz y los mofletes".


El loco que dice buen día:

"Cuando el hombre se alejó, vos me preguntaste:
—¿Por qué le dicen loco, mamá?
—Porque... porque no lo comprenden.
—A mí me parece más loco aquel señor que va con sombrero y traje negro en un día tan lindo.
—A mí también, Verónica".

"Tenés razón. Claro que tenés razón.
¿Cómo va a ser un loco un hombre que regala flores y saluda por las calles, cómo va a ser loco un hombre que ama a los viejos, a los jóvenes, a los niños, a los perros, a los gatos, suelta los pájaros de  las jaulas y sonríe porque el sol es redondo y amarillo?
Locos... somos los otros: los que miramos con angustia los relojes, los que estrechamos las manos de quienes no nos muestra su documento de identidad y no tienen bien lustrados los zapatos, los que ponemos un vidrio de distancia entre nosotros y los demás... con la excusa de protegernos. Bah, por temor a darnos, a amar, a que nos llamen locos".


Un modo de quedarme:
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"Porque morir, ¡Dios mío!, morir del todo y para siempre, es una carga  enorme que vengo soportando desde que supe que la muerte es la estación final de los caminos.
Siempre con este miedo garabateándome el alma".

"Soy un manantial y un caramelo.
Soy una primavera constante que florece cada mañana, cuando ella abre los ojos y busca mi pecho para estrechar sus "buenos días, mamá".
Soy la vida que generó la vida.
Soy su vida y mi vida abrazadas en una sonrisa.
Y soy un miedo lejano, tan lejano... que es casi el recuerdo viejo, ajado, solitario, perdido en un país desconocido.
Ya no me importa pronunciar la palabra que quiere decir FIN. Porque soy el principio, el PRINCIPIO de la eternidad".


El corazón del mundo:

"¡Qué si me acuerdo de vos cuando trabajo!
Verónica: el corazón de los hijos puede latir sin que la mano de mamá le dé cuerda.
Pero el corazón de las mamás no puede latir si no le da cuerda el amor de los hijos. Y sí vos me extrañas, si vos pensás en mí cuando estás en la escuela, mi corazón crece, crece, se hace de magia y canto, y es más que todo: el corazón del mundo".





Poldy Bird