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lunes, 14 de marzo de 2022

Citas: Mendel el de los libros - Stefan Zweig

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"Me enfadé, como se enfada uno siempre que un fallo le hace ser consciente de la insuficiencia e imperfección de las fuerzas mentales, pero no perdí la esperanza de recuperar aquel recuerdo. Tenía claro que tan sólo necesitaba un minúsculo gancho al que poder aferrarme, pues mi memoria es de una índole particular, buena y mala al mismo tiempo. Por un lado, obstinada y tenaz, pero por otro también increíblemente fiel. Se traga lo más importante, tanto en lo que respecta a los acontecimientos como a los rostros, tanto lo leído como lo vivido, dejándolo con frecuencia en lo más hondo, en la oscuridad, y no devuelve nada de ese mundo subterráneo sin que uno ejerza presión, sólo porque así lo requiere la voluntad. Sin embargo, me basta el más fugaz asidero, una postal, los trazos de una caligrafía en el sobre de una carta, una hoja de periódico amarilla por el tiempo, y enseguida lo olvidado, como el pez en el anzuelo, resurge de un brinco de la fluida y oscura superficie, vivo y coleando".


"Así que cerré los ojos para poder reflexionar de modo más intenso, para dar forma a aquel anzuelo misterioso y asirlo. Pero, ¡nada! Otra vez, ¡nada! Estaba enterrado y olvidado".

"Y tanto me irrité por lo chapucero y caprichoso del aparato retentivo que tengo entre las sienes, que habría podido golpearme la frente con los puños, tal y como se sacude una máquina tragaperras estropeada que, desleal, retiene lo que le pedimos".

"Pues así como un niño cae en el sueño y se olvida del mundo por medio de ese rítmico vaivén hipnotizador, también el espíritu, en opinión de aquellos devotos, se sume de manera más fácil en la gracia de la abstracción gracias a ese oscilar y columpiarse del cuerpo ocioso. Y en efecto, Jakob Mendel no veía ni oía nada de lo que ocurría a su alrededor. Junto a él alborotaban y vociferaban los jugadores de billar, corrían los marcadores, repiqueteaba el teléfono. Barrían el suelo, encendían la estufa… Él no se enteraba de nada. En una ocasión, un carbón al rojo vivo cayó fuera de la estufa; y ya olía a chamuscado y humeaba el parqué a dos pasos de él, cuando, alertado por el tufo infernal, uno de los parroquianos se dio cuenta del peligro y a toda velocidad se abalanzó para extinguir la humareda. Pero él, Jakob Mendel, a tan sólo dos pulgadas de distancia y ya tiznado por el humo, no había notado nada, pues leía como otros rezan, como juegan los jugadores, tal y como los borrachos, aturdidos, se quedan con la mirada perdida en el vacío".

"Para disimular un poco mi asombro, le pregunté con timidez cuáles de entre todos aquellos libros podría conseguirme. «Pues veamos lo que se puede hacer», refunfuñó. «Vuelva por aquí mañana. Mendel entretanto le conseguirá algo. Y lo que no se encuentre, lo hallaré en otro sitio. Cuando uno tiene secreto también tiene suerte»".

"Le di las gracias con educación y, acto seguido, por pura amabilidad, cometí una enorme estupidez, pues le propuse apuntarle en una hoja los títulos de los libros que deseaba. En el mismo instante noté que mi amigo me daba un codazo de advertencia.
Pero era demasiado tarde. Mendel ya me había lanzado una mirada —¡qué mirada!— a un tiempo triunfal y ofendida, burlona y de superioridad, una mirada francamente regia, la mirada del Macbeth shakespeariano cuando Macduff pretende que el héroe invencible se entregue sin combatir".

"El dinero no tenía espacio alguno dentro de su mundo, pues nunca se le había visto más que con la misma chaqueta raída, por la mañana, por la tarde y por la noche, consumiendo su leche y sus dos panes, comiendo al mediodía algún bocado que le traían de la casa de huéspedes. No fumaba, no jugaba. Sí, se puede decir que no vivía, tan sólo aquellos dos ojos tras las gafas estaban vivos y alimentaban con palabras, títulos y nombres el cerebro de aquel ser enigmático. Y la masa blanda, fértil, absorbía con ansia aquella plétora, como una pradera las miles y miles de gotas de la lluvia".

"Las personas no le interesaban, y de todas las pasiones humanas tal vez sólo conocía una, por cierto, la más humana de todas, la vanidad".

"Mientras que, por lo general, cuando se le presentaba un libro menor cerraba la cubierta con desprecio y sin más murmuraba «dos coronas», ante cualquier rareza o algo único se echaba hacia atrás lleno de consideración, poniendo debajo una hoja de papel, y uno podía ver cómo de pronto se avergonzaba de sus dedos sucios, cubiertos de tinta, y de sus uñas negras. 
Después, tierno, cuidadoso, hojeaba el raro ejemplar con un enorme respeto, página por página. Nadie podía molestarle en un instante como aquél, como tampoco a un verdadero creyente durante la oración. Y de hecho, aquella manera de mirar, de rozar, de olfatear y sopesar, cada una de aquellas acciones por separado, tenía algo del ceremonial, de la sucesión regulada por el culto en un acto religioso".

"La espalda encorvada se movía de acá para allá, al tiempo que él murmuraba y refunfuñaba, se rascaba la cabeza, soltaba extraños y primitivos sonidos vocálicos, unos prolongados, casi estremecidos «¡ah!» y «¡oh!» de absorta admiración, y después de nuevo un rápido y horrorizado «¡ay!» o un «¡ay va!», cuando faltaba una página o resultaba que una hoja se la había comido la carcoma. Por fin, respetuoso, acunaba el mamotreto sobre su mano, olisqueaba y husmeaba el tosco paralelepípedo con los ojos semi cerrados, no menos conmovido que una muchacha sentimentaloide frente a un nardo".

"Y además, llevado por un hondo presentimiento, el joven inexperto que fui había sentido un gran aprecio por Jakob Mendel. Gracias a él me había acercado por vez primera al enorme misterio de que todo lo que de extraordinario y más poderoso se produce en nuestra existencia se logra sólo a través de la concentración interior, a través de una monomanía sublime, sagradamente emparentada con la locura".

"Cuando se le indicó que siguiera a los dos soldados, se quedó parado sin saber qué hacer. 
No entendía qué era lo que querían de él, pero en realidad no sentía ninguna preocupación. Al fin y al cabo, ¿qué podía tramar contra él el hombre del cuello dorado y la voz ordinaria? En su mundo superior de los libros no había guerras, ni malentendidos,  tan sólo el eterno saber y querer saber aún más números y palabras, títulos y nombres. De modo que, apacible, marchó entre los dos soldados escaleras abajo. Sólo cuando le quitaron todos los libros que llevaba en los bolsillos del abrigo y le exigieron que entregara la cartera, en la que había metido cientos de notas y direcciones de clientes, sólo entonces, comenzó, furioso, a dar golpes a su alrededor. Tuvieron que sujetarle. Y, por desgracia, sus gafas cayeron al suelo. El mágico telescopio que le permitía contemplar el mundo del espíritu se rompió así en mil pedazos".

"Llevaba puesto un raído capote militar lleno de zurcidos, y en la cabeza algo que alguna vez debió de ser un sombrero, uno que habrían tirado.
No tenía cuello de camisa, y parecía la muerte, con el rostro y el pelo grises, y tan flaco que daba lástima. Pero entra, directo, como si nada hubiera ocurrido. No pregunta nada, no dice nada. Va hacia su mesa, allí, y se quita el abrigo, pero no como en otro tiempo, con agilidad y sin esfuerzo, sino respirando con dificultad.
Aquella vez no traía ningún libro. Se limita a sentarse y no dice nada. Tan sólo clava la vista ante él con los ojos vacíos por completo, resecos. Sólo poco a poco, cuando le llevamos todo el paquete con los escritos que habían llegado para él desde Alemania, se puso de nuevo a leer. Pero ya no era el mismo".

"Y en la memoria de Mendel, en aquel teclado único del conocimiento, las teclas, a su regreso, estaban atascadas. Cuando de vez en vez alguien venía a recabar información, él se quedaba sentado, inmóvil, agotado, y ya no comprendía con exactitud, no oía bien, y olvidaba lo que le habían dicho. Mendel ya no era Mendel, como el mundo no era ya el mundo".

"Aún estuvimos bastante tiempo hablando de él, las dos últimas personas que habían conocido a aquel ser humano extraordinario. Yo, a quien, siendo joven, y a pesar de mi insignificante existencia de microbio, había concedido un primer atisbo de lo que es una vida por completo volcada en el espíritu".

"Después me marché y sentí vergüenza frente a aquella anciana y buena señora que, de una manera ingenua y sin embargo verdaderamente humana, había sido fiel a la memoria del difunto. Pues ella, aquella mujer sin estudios, al menos había conservado el libro para acordarse mejor de él. Yo, en cambio, me había olvidado de Mendel el de los libros durante años. Precisamente yo, que debía saber que los libros sólo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido".






Stefan Zweig 

martes, 25 de agosto de 2020

Citas: Clarissa - Stefan Zweig

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"Tras la muerte de la anciana, llevaron a Clarissa con la hermanastra mayor de su padre, mientras que la menor se hizo cargo de su hermano. En cada nueva casa cambiaban las caras, el aspecto de los criados alemanes, bohemios y polacos; nunca había tiempo para acostumbrarse, adaptarse, acomodarse, calentarse".

"Cualquier práctica que se repita incesantemente se convierte en costumbre, se petrifica súbitamente en rutina, y la rutina, a su vez, se solidifica y se transforma en una obligación y en una atadura".

"Era el único puesto de observación hacia el mundo que se abría al otro lado de los muros y que empezaba en las grandes puertas, y cada vez le despertaba el secreto deseo de ver más de aquellas calles y tiendas y casas; la ciudad, lo «otro» que no conocía y que, para ella, no era más que una ranura, una grieta; el aire olía diferente porque contenía muchos alientos extraños".

"Luego regresaban los días de clase, la semana escolar, el tiempo gris y descolorido, una pequeña ola en la que su vida confluía de forma imperceptible con los años y que, con su corriente constante y monótona, se llevó consigo su infancia antes de que pudiera darse cuenta".

"Debemos aprender a ser humildes, limitarnos a las pequeñas dimensiones, a pequeñas asociaciones y grupos. Es lo que permanecerá cuando el mundo se desmorone".

"Las semanas transcurrieron como si siempre hubieran estado juntos, como si se conocieran de toda la vida. Todo era distinto para ambos. Parecía más alegre, más luminoso. Clarissa hablaba con más facilidad. Sus pasos eran más ligeros. Se sentía más libre. Por primera vez, el mundo se había abierto ante ella".

"—¡Habríamos vivido seis días más! Ahora, vivimos a ritmo del tiempo.
Para nosotros es algo desconocido. Ya no estamos solos. Solo tú y yo, los dos juntos formábamos el mundo, que parecía más grande y generoso que nunca.
¡Ojalá hubiéramos tenido ocho días más de vida para nosotros, para vivir nuestra vida en vez de sufrirla!".

"Los días les parecían cada vez más oscuros. Pero las noches los sorprendían con amorosos abrazos. Ella se recostaba contra él. Era un alto en el camino. Un cuerpo estrechado contra el otro. Para ellos lo era todo, aquellos dos cuerpos significaban todo un mundo. La noche reinaba en el exterior, una noche llena de peligros. Había algo que querían arrancarse el uno al otro. Incluso su sueño era distinto".

"Regresó a la habitación. Él acudió inmediatamente a su encuentro, más bien se abalanzó sobre ella y la miró con inquietud.
—¿Dónde estabas?
—No me preguntes nada —le pidió ella. Estaba pálida. Él parecía asustado.
—Me he despertado y no estabas. Nunca en mi vida había pasado tanto miedo. Me he sentido abandonado. Me he dado cuenta de lo que representas para mí, ¡de lo que significaría separarme de ti! Lo he sabido en tan solo un minuto. Despertar y no verte a mi lado ha sido terrible".

"Clarissa notaba las manos del anciano envolviendo las suyas. Era una sensación reconfortante, y sus palabras acabaron venciendo su resistencia. Se sintió invadida por una oleada de calidez que la recorrió hasta su seno, donde reposaba el bebé. Su sangre llevó el calor hasta cada rincón de su cuerpo. Fijó la mirada en el vacío.
—Pero ¿cómo se llamará el niño? No tiene apellido. La gente preguntará por su apellido… ¿Y dónde voy a esconderlo? No puedo…, no quiero dejarlo con desconocidos…
—Tendrá que ser valiente".

"—La mayoría de la gente no hace preguntas, pero las casualidades existen".

"—Confía en mí. No tiene importancia. Me gusta que estés aquí. No me molestas.
—¿De veras?
Él le tomó las manos. Ella se sintió incómoda, porque era de noche y estaba en su habitación.
—Déjame.
Solo llevaba el camisón y la bata encima. Él la estrechó.
—¡No me rechaces!
—Déjame —repitió ella, con más firmeza.
—Vas a despertar al niño. Podría entrar en cualquier momento.
Ella se entregó. Él la tomó".





Stefan Zweig

domingo, 2 de diciembre de 2018

Citas: Sueños olvidados y otros relatos - Stefan Zweig


Sueños olvidados:

"Primero se encontraron sus ojos. Él recorrió con una rápida mirada la elegancia de la figura femenina,  cuya sonrisa levemente irónica se encendió también en sus ojos".

"—No por ello menos bienvenido, porque tampoco yo podía recordar, en un primer momento, su existencia, a pesar de que una vez fue bastante importante para mí.
Ahora ambos sonrieron. El dulce y leve perfume del primer amor de juventud semisecreto había renacido en ellos con toda su dulzura embriagadora, como un sueño, que al despertar nos
provoca una mueca de desdén, aunque desearíamos soñarlo o vivirlo una vez más. El bello sueño de la insinuación, que sólo desea y no se atreve a exigir, que sólo promete y no da".

"Reina un completo silencio.
Sólo allá abajo el canto rítmico y monótono de las relucientes olas, que se arrojan contra los peldaños de la terraza como contra un pecho amado".

La estrella sobre el bosque:

"La realidad, sin embargo, es más fuerte y sólida que todos los sueños".

"Los pensamientos saltaban confusos. Y de pronto uno que permaneció, clavado como una dolorosa flecha en su corazón: que él moría por ella y que ella nunca lo sabría. Que ni la más pequeña ola de su vida encrespada había tocado la de ella. Que ella nunca sabría que una vida ajena había venerado la suya y se había destrozado contra ella".

Historia en la penumbra:

"Me pides que te cuente algo. Muy bien. Pero no de mí, porque nuestra vida en estas ciudades interminables es pobre en experiencias, o así nos parece, porque aún no sabemos lo que verdaderamente nos pertenece".

"Y ahora se da cuenta, asustado, de que la desconocida no ha dicho nada, ni siquiera su nombre; que él no conoce más que sus suspiros desbordantes y el desafío, el sollozo contenido de la voluptuosidad; que conoce el perfume de su cabello revuelto, la presión cálida de sus pechos, el esmalte liso de su piel; sabe que su figura, su aliento, toda su palpitante sensibilidad le han pertenecido y que, sin embargo, ignora quién es esa mujer que le ha asaltado en la oscuridad con su amor".

"—¿Quién eres, dime, quién eres? —pregunta.
Pero la boca suave y húmeda sólo tiene besos, no palabras".

"La soledad se cierne dolorosa sobre el febril corazón".




Stefan Zweig

miércoles, 15 de agosto de 2018

Citas: Ardiente secreto - Stefan Zweig


"Sabía que necesitaba el roce con las personas para que todo su  talento, el calor y la alegría desbordante de su corazón cobraran vida, y que a solas se sentía frío e inútil, como una cerilla metida en la caja".

"Cuando uno con cierto desdén califica a estos hombres de «cazadores de mujeres», lo hace sin saber cuánta verdad, cuánta  capacidad de observación ha quedado plasmada en el término, pues, en efecto, todos los instintos apasionados de la caza, el rastreo, la excitación y la crueldad moral vibran en la vigilancia infatigable de semejantes individuos. Están permanentemente a la espera, siempre preparados y decididos a seguir una aventura hasta el borde del abismo.
Siempre cargados de pasión, aunque no se trata de la del enamorado, sino de la del jugador, frío, calculador y peligroso. Entre ellos los hay perseverantes, a los que más allá de la juventud, y gracias a esa expectación, la vida entera se les convierte en una incesante aventura, a los que un único día se les descompone en cientos de pequeñas experiencias sensuales: una mirada al pasar, una sonrisa fugaz, el roce de una rodilla cuando se sientan frente a alguien. Para ellos, la experiencia sensual es una fuente que fluye eternamente, alimentando y estimulando su vida".

"Estaba entusiasmado, enardecido, por encontrarse tan rápidamente sobre la pista, seguro de tener ya la pieza a tiro. Sus ojos brillaron, la sangre corrió ágil por sus venas, las palabras salieron de sus  labios a borbotones, sin que él supiera muy bien cómo".

"Ahora le gustaba contemplarle de cerca y dejó de temer su mirada. Si bien, poco a poco, en sus palabras se infiltró un atrevimiento que la turbó ligeramente. Era como si le tocara el cuerpo, un tentar para de nuevo dejarlo, algo desconcertantemente ávido que hacía que la sangre le acudiera a las mejillas".

"—Buenas noches, buenas noches. Hasta mañana —dijo con prisa, y quiso huir.
Huir no tanto de él, como del riesgo que suponía un momento como aquél y de una nueva y extraña indecisión que percibió en sí misma.
Pero el barón sostuvo con fuerza la mano que ella le tendió como despedida, la besó, y no sólo por educación, una única vez, sino cuatro o cinco, rozando con sus labios trémulos desde la punta de sus finos dedos hasta la muñeca, con lo que ella sintió el cosquilleo de su bigote áspero en el dorso de la mano y un ligero estremecimiento. Una cálida y embarazosa sensación atravesó todo su cuerpo. El miedo se disparó, hirviendo, martilleando amenazador en sus sienes. 
Su cabeza ardía.
El miedo, un miedo insensato, recorrió ahora todo su cuerpo, y ella al instante retiró la mano.
—Quédese —susurró el barón.
Pero ella ya se alejaba corriendo, con una torpeza que delataba su miedo y su turbación".

"Pero el barón era demasiado orgulloso para correr en pos de un instante propicio. Estaba demasiado seguro de su victoria para, como un ladrón, tomar a aquella mujer en un momento de debilidad, de embriaguez. Al contrario, al jugador que se atiene a las reglas sólo le atrae la lucha y la entrega plenamente conscientes. 
Ella no se le podía escapar. Por sus venas, lo sabía, corría ya el veneno de la pasión".

"—¡Traidor! —murmuró.
—¿Qué has dicho? —preguntó la madre.
—Nada —respondió él entre dientes.
Ahora también él tenía un secreto. El odio, un odio sin límites hacia aquellos dos".

"Edgar tenía ahora una mirada del todo serena, como la de un médico. En otro tiempo tal vez se hubiera enfadado, pero con el odio se aprende mucho y rápido. Ahora se calló. Callaría y callaría, hasta que ella empezara a gritar bajo la presión de aquel silencio".

"Ya no entendía nada de la vida, desde que viera que las palabras, tras las que había supuesto que se encontraba la realidad, no eran más que burbujas de colores que se hinchaban y reventaban sin dejar rastro".

"Quería estar solo. Pero tampoco al fondo, en la oscuridad repleta de sombras de los caminos sin iluminar, encontró paz".




Stefan Zweig

sábado, 7 de abril de 2018

Citas: Viaje al pasado - Stefan Zweig

"—¡Ahí estás!
Con los brazos extendidos, casi se podría decir que abiertos de par en par, salió a su encuentro.
—¡Ahí estás! —repitió de nuevo, y su voz recorrió esa escala que asciende cada vez más luminosa desde la sorpresa hasta la absoluta felicidad, mientras miraba la figura de la amada, rodeándola de ternura—".

"Pensé en telegrafiarte, pensé en ir a tu casa, y ahora, conforme el reloj avanzaba y aún no te veía venir, la idea de que pudiéramos perdernos el uno al otro una vez más me desgarraba por dentro".

"—Sí…, ahora ya estoy aquí —sonrió ella, y sus pupilas volvieron a brillar radiantes desde el profundo azul de sus ojos—. Ahora ya estoy aquí y estoy dispuesta. ¿Nos vamos?
—¡Sí, vámonos! —repitieron inconscientes sus labios, pero el cuerpo inmóvil no se movió ni un paso, su mirada la abrazaba tiernamente una y otra vez, sin poder creerse que su presencia fuera real".

"Sobre ellos, a su derecha y a su izquierda, rechinaban las vías de la estación central de Fráncfort, el hierro y el cristal se estremecían, afilados silbidos cortaban el tumulto del hall lleno de humo, sobre veinte paneles destacaban los horarios de los trenes al minuto, mientras él, en medio de aquel torbellino de gente que pasaba a su lado en aluvión, no la veía más que a ella, como si fuese lo único que existiera, sustraído al tiempo, sustraído al espacio, en un curioso trance en el que la pasión embotaba sus sentidos".

"Sin querer, levantó la vista hacia ella para mirarla, y fue entonces cuando descubrió unos ojos cálidos, afectuosos, que esperaban confiados a los suyos".

"Y la magia que sintió en aquellos primeros minutos se convirtió en una gracia natural en las semanas y meses siguientes: con discreción y tacto, esa mujer le atraía poco a poco, sin que él la sintiese ejercer presión alguna, al círculo íntimo de la vida doméstica".

"Había amado a aquella mujer desde su primer encuentro, pero, a pesar de la irresistible pasión que dominaba sus sentimientos, filtrándose en sus sueños, le faltaba algo decisivo que conmoviera su ser: tomar conciencia de que, al margen de excusas, lo que se empeñaba en ocultarse a sí mismo bajo el nombre de admiración, respeto o afecto, hacía tiempo que se había convertido en puro amor, un amor obsesivo, desatado, ardiente".

"Confuso como un muchacho, pendía suspendido del aroma de su presencia, disfrutando cada movimiento como si fuera música, satisfecho de su confianza y con el constante temor de revelar el exacerbado sentimiento que le movía, sentimiento que todavía carecía de nombre, aunque ya hacía tiempo que se había consolidado y traspasaba con su fuego cualquier disfraz".

"Pero el amor sólo se confirma de verdad como tal cuando deja de revolverse dolorosamente en el interior de uno, oscuro como un embrión, y es nombrado con los labios y el aliento, cuando se atreve a confesar su existencia. Aunque el sentimiento se obstine en perseverar como crisálida, siempre llega el momento en que el vago capullo eclosiona de repente y se precipita con el doble de violencia desde la altura hasta lo más hondo del corazón sobresaltado".

"Y entonces, en aquel instante, atravesó de pronto por su mente, como si fuera un relámpago, un pensamiento completamente olvidado: que aceptar aquel puesto también significaba abandonar esa casa. ¡Dios mío, abandonarla a ella!".

"¿Cómo había podido pensar siquiera en separarse de ella, como si él todavía se perteneciera a sí mismo, como si no estuviera cautivo de su existencia con todas las ataduras y raíces del sentimiento?".

"Tuvo que apretar la mano contra el pecho, que le palpitaba con fuerza, aunque ya no servía de nada, ya no podía eludir por más tiempo la realidad que su instinto tímido y respetuoso había oscurecido hurtándola a la luz con todo tipo de cautelas: ya no podía vivir sin la presencia de ella".

"—Por amor de Dios, ¿qué es lo que le ha ocurrido? —balbuceó, y el tono de su voz, en el que giraba el temor, no dejó de complacer al joven.
—Nada, nada —dijo forzándose a recuperar la compostura a toda prisa—, me he quedado pensando y se me ha ido el santo al cielo. Todo este asunto ha venido demasiado rápido.
—¿A qué se refiere? ¿Qué asunto? Pero ¡venga, hable usted!
—¿Es que no sabe usted nada? ¿No se lo ha comunicado el señor secretario del consejo?
—¡No sé nada de nada! —le apremió ella impaciente, casi enloquecida por su mirada huidiza, febril, inquieta—. ¿Qué ha ocurrido? ¡Venga, dígamelo!
Entonces, él tensó todos sus músculos para contemplarla con serenidad y sin ruborizarse.
—El señor secretario del consejo ha tenido la bondad de encomendarme una tarea elevada y de responsabilidad, y yo la he aceptado. Dentro de diez días parto para México… por dos años.
—¡Dos años! ¡Por amor de Dios! —dijo con un terror que le salía de dentro, ardiente, como un tiro, más un grito que una palabra.
Y, sin darse cuenta, se cubrió con las manos.
Fue inútil que al instante siguiente se esforzara en negar el sentimiento que había exteriorizado; antes de que se diera cuenta de cómo había sucedido, él ya tenía sus manos, crispadas por un miedo cerval, entre las suyas, sus trémulos cuerpos estallaron en llamas y con un interminable beso bebieron hasta saciar la sed y el deseo inconfesado de incontables días y horas".

"Ni él la había atraído a sí, ni ella a él; habían ido uno al otro, como arrebatados por una tempestad, uno con otro, uno en otro, precipitándose inconscientes en un abismo insondable, sintiendo al hacerlo una dulce y ardiente impotencia… Aquel sentimiento tanto tiempo contenido se descargó en un solo segundo, inducido por el imán de la casualidad. Y muy lentamente, sólo cuando las grapas que aseguraban sus labios se soltaron, dudando todavía si aquello era verdad, la miró a los ojos, iluminados con una luz extraña en la tierna oscuridad".

"Como animales, calientes y ávidos, caían uno sobre otro cuando se encontraban en un pasillo oscuro, detrás de una puerta, en un rincón, entre dos minutos robados; la mano quería sentir a la mano, el labio al labio, la sangre inquieta sentir a su hermana, todo buscaba febrilmente a todo, cada nervio ardía por gozar la sensualidad de un pie, de una mano, de un vestido, de cualquier parte viva de sus cuerpos anhelantes".

"Así volvieron a estar uno frente a otro sin intercambiar señas ni palabras; sólo sus miradas se besaban".

"Así le sucedió también a ese joven apasionado, antes de que él mismo se diera cuenta, cuando durante semanas, meses y, al final, un año y luego otro más no le llegó ni una sola noticia de ella, ni siquiera unas palabras escritas; su amada no volvió a dar señales de vida, entonces su imagen comenzó a oscurecerse poco a poco hasta caer en un crepúsculo".

"Y de su pasado, de aquel encendido ardor de su juventud que había consumido sus noches y sus días haciéndole sufrir, ya sólo quedaba un luminoso resplandor, la luz de una amistad serena, cordial, sin exigencias ni riesgos".

"Mientras hablaba, él iba escuchando sus razonamientos, pero en cuanto se calló, viéndola reflexionar arrobada, al bajar pensativa los párpados que hicieron invisibles sus ojos, una pregunta se deslizó rápida como una sombra de pies ligeros a través de él: «¿No son ésos los labios que besaba?».
Y cuando lo dejó solo en la habitación un instante para atender una llamada de teléfono, el pasado surgió espontáneamente de todas partes, oprimiéndolo".

"—Quédate a comer, Ludwig —dijo con alegre naturalidad.
Y el se quedó, se quedó el día entero a su lado, y juntos volvieron la vista atrás, hablando de los años pasados, que sólo entonces, al contarlos aquí, le parecieron verdaderamente reales. Y cuando por fin se despidió besando su mano dulce, maternal, y la puerta se cerró detrás de él, tuvo la impresión de que jamás se había marchado".

"Cuando uno se hace mayor, busca su propia juventud y se alegra tontamente al revivir pequeños recuerdos".

"—(...) ¡Déjame a mí ese pequeño privilegio! ¡Y qué olvido por mi parte no haberte acompañado inmediatamente a tu habitación! Porque es así, sigue siendo tu habitación. No encontrarás nada cambiado: en esta casa no cambia nada.
—Espero que tú tampoco —dijo él intentando bromear, pero al ver la mirada de ella, la suya se volvió sin querer tierna y cálida. Ella se sonrojaba con facilidad.
—Uno envejece, pero sigue siendo el mismo".

"—¿No es cierto que todo está exactamente igual que antes? —empezó a decir con la firme voluntad de hablar de algo indiferente, ingenuo (aunque su voz temblase como si estuviera empañada), pero él no recogió el complaciente tono de la conversación, al contrario, apretó los dientes.
—¡Todo es como antes salvo nosotros, nosotros no!
Al oír aquello fue como si le soltaran un mordisco. Se dio la vuelta asustada.
—¿Cómo dices eso, Ludwig?
Pero ella no encontró su mirada, pues sus ojos no recogían ya los suyos, sino que miraban absortos, mudos y ardientes a la vez, a sus labios, a los labios que no había tocado desde hacía años y años y que, sin embargo, en otro tiempo ardían sobre su carne, esos labios que había sentido retraídos y húmedos como una fruta".

"—Deja eso, Ludwig… Eso son cosas antiguas, no las toquemos. ¿Dónde han quedado esos tiempos?
—Esos tiempos han quedado dentro de nosotros —respondió firmemente—, en nuestra voluntad. He esperado nueve años mordiéndome los labios. Pero no he olvidado nada".

"—¿Y quieres…? —tuvo que tomar aliento para que la frase no desfalleciera —, ¿quieres consumarlo?
El rubor saltó de nuevo a su rostro flotando hasta la raíz de sus cabellos.
Ella se acercó a él para apaciguarlo:
—¡Ludwig, recapacita! Decías que no has olvidado nada, pero no olvides que ya casi soy una anciana. Con el cabello gris uno ya no puede pedir nada más, porque tampoco tiene nada que dar. Te lo suplico, lo pasado pasado está, déjalo así".

"—Estás evitándome —dijo apremiándola—, pero he esperado demasiado tiempo; te pregunto: ¿te acuerdas de tu promesa?
La voz de ella temblaba a cada palabra.
—¿Por qué me lo preguntas si ya no tiene ningún sentido lo que te diga ahora que es demasiado tarde? Pero ya que me lo pides, te responderé. Jamás habría podido negarte nada, siempre te he pertenecido, desde el día en que te conocí".

"—Deberíamos llegar enseguida —comentó ella como si lo dijera para sí misma.
—Sí —suspiró él profundamente—, ya está durando mucho.
Ni él mismo sabía si estas palabras lanzadas al aire con ansiedad se referían al viaje o a los largos años que habían pasado hasta llegar a este punto, a esta hora: una total confusión entre sueño y realidad atravesaba sus sentimientos".

"—¡Qué locura! —balbució sorprendido sintiendo vértigo—. ¡Qué locura! ¿Qué quieren? ¿Otra guerra, otra guerra?
¿Otra guerra como la que había hecho pedazos su vida entera?".

"Sólo quería marcharse, estar a solas con ella, con ella únicamente, cubierto por una bóveda de oscuridad, por un tejado, sentir su aliento por primera vez en diez años sin ser vigilado, mirar sus ojos sin ser molestado, disfrutar hasta el final de ese encuentro a solas que se había prometido en incontables sueños y que había estado a punto de llevarse consigo esa ola humana que giraba en remolino, atropellándose una y otra vez entre gritos y pasos".

"—¿Te acuerdas? Era un domingo —dijo sin querer en voz alta y ella, que evidentemente daba vueltas en su interior al mismo recuerdo, respondió en voz baja:
—No he olvidado nada de lo que hice contigo".

"En el viejo parque gélido y
nevado,
dos sombras buscan su
pasado".

"¿Acaso no eran ellos mismos esas sombras que buscaban su pasado dirigiendo absurdas preguntas a un entonces que ya no era real? Sombras, sombras que querían convertirse en algo vivo y que no lo lograban".




Stefan Zweig

martes, 14 de junio de 2016

Citas: Vienticuatro horas en la vida de una mujer - Stefan Zweig

"El tiempo, sin embargo, posee una fuerza profunda y la vejez un poder singular para quitar intensidad a los sentimientos".

"No hay cosa más insoportable que pasar toda una vida obsesionada por un solo punto, por un solo día de existencia".

"La vejez no implica más que cesar de sufrir por el pasado".




Stefan Zweig

domingo, 2 de noviembre de 2014

Citas: Carta de una desconocida - Stefan Zweig

"Mi hijo ha muerto ayer y ahora no me queda en todo el mundo nadie más que tú; tú, que no sabes nada de mí; tú, que entretanto te distraes con tus asuntos o con otros hombres. Sólo te tengo a ti, que nunca me conociste, a quien siempre he querido".

"—Lo que es bueno no se olvida nunca; yo nunca me olvidaré de ti".



Stefan Zweig