sábado, 13 de agosto de 2022

Citas: Poesía en umbría: Amor, horror, lujuria - Cristian Camilo Bolívar Arévalo

x

  
 "No todas mis poesías tienen la misma inspiración, pues unas muestran mi romanticismo, otras mi desesperación".


"No eres lo que todos ven, eres un ser que da vida. El suspiro que hace 
crecer los árboles en la colina".

(El ser)

"No sé si perderme en tu mirada, o beber el veneno de tu boca. No sé si 
conquistar tu ser, o conquistar el mundo".

(Una ilusión)

"El tiempo no existe, pero tú sí, tan solo eres humano inculto que solo 

vives de tu peor maldición".

(El miedo)

"Mira a tu alrededor, no puedes escapar de la desgracia de la democracia 
que a nadie le importa".

(La venida del señor)

"El cáncer ha acabado con los seres que dan vida. 
Los cementerios se llenan de belleza, estropeando cuerpos sin almas a 
causa de sus asquerosas pesadillas".

(La venida del señor)

"Engañado por los sentidos de la perversión, la muerte baila al ritmo de 
tu desquebrajado corazón, pero nunca se detiene. Un espejismo de viajar 
en el mar negro que alguna vez me tentó, a 
vivir fuera de mi propia realidad".

(El romanticismo de la Muerte)

"Un amor que se degrada en mis escritos.
Versos impronunciables que abre portales
a lo desconocido".

(El amor del poeta)

"Combatir el miedo de escapar de mi propia sombra, y luchar 
hasta que mi cuerpo dé el último aliento de vida.
El suspiro de un poeta que cae en un desierto de
soledad".

(El miedo de la sombra)

"No he encontrado más que mi propia rebeldía.
Jamás podrán verme pues ya dejé de existir, me
he convertido en la ilusión de aquella sonrisa que
alguna vez brilló".

(Pensamientos)

"Mi alma asusta a los más débiles, pues no soportan mi olor, no soportan
ver su propia realidad. Fui poeta, ahora soy la
sombra de la humanidad".

(El sufrimiento)

"Una bomba nuclear,
estalla en la barra de un bar.
La guerra sucia de la humanidad,
el asco de la bondad".

(Bomba nuclear)

"La cara oculta de la verdad,
el reflejo de su vanidad.
Los problemas te vencerán,
si no eres capaz de gritar".

(Bomba nuclear)

"Solo quedan los sucios versos, escritos en los
pensamientos de aquellos que se atreven leerlos".

(Solo queda)

"Un sello que todos ven, al ver el
reflejo en sus caras, pero no conocen su existencia.
Solo espero verme al frente de tan enorme mar,
con mi gran amor del mismo nombre".

(Mar)

"Un cambio de deseo que nunca será cumplido; no
queda más que la obscenidad en sus cuerpos. Por
eso ninguna mujer me ha logrado amar, porque ven
en mi mirada su verdad".

(La mirada)

"Pienso en un mar, pero no sé en cuál mar. Si es el 
que con sus mareas ahoga, o el que a un hombre 
enamora".

(El deseo de Mar)

"No dejaré
que la poesía muera en manos de los inútiles psicópatas,
que se enferman con mi nombre".

(Si los poetas mueren)

"Desaparecer en la constelación más brillante, y ser el recuerdo más 

infame. El final de un sufrimiento,
que a la luz del día solo se vuelve cenizas".

(Betelgeuse)

"¿La culpa, la culpa de quién? Si lo único que conozco,
es el amor que la ley estorba, y al rey estafa".

(¿La culpa de quién?)

"De nacer ante tan desquiciada presencia, me
presento en nombre de mi alma somnolienta".

"Camino lento y agotado
a causa de la soledad.
Siempre está,
me impide estar con alguien más,
es tan grande que no puedo ver más allá".

"Maldito poeta, que piensas solo en ella.
Poeta callejero que recuerda su olor a canela".

(Vuelve poeta)

"Para escapar de la maldita,
eres morfina que calma mi dolor.
Me volví adicto a tu sabor".

(Vuelve poeta)

"Olvídate de mí,
con la intención de un mundo mejor descubrir".

(Aléjate de mí)

"Es mi historia, léeme, léeme
hasta la muerte, léeme hasta que se acaben las
páginas en mí, léeme hasta donde quizá haya una
página en blanco para escribir el futuro o tan solo
haya una palabra que diga...
FIN".

(Escultura)







Cristian Camilo Bolívar Arévalo

Citas: Ana, la de Avonlea - L. M. Montgomery

x
"Una alta y delicada muchacha, de poco más de dieciséis años, con ojos grises y un cabello que sus amigos llamaban «castaño claro», se había sentado una hermosa tarde de agosto sobre la ancha escalera de caliza roja de una granja de la isla del Príncipe Eduardo, firmemente decidida a traducir unos versos de Virgilio.
Pero una tarde de agosto, con las brumas azules que ornaban las cuestas cultivadas, las brisas susurrantes como duendes entre los álamos y un danzarín esplendor de rojas amapolas que brillaban contra el oscuro seto de pinos jóvenes en un rincón del bosque de cerezos, se prestaba más a soñar que a las lenguas muertas".

"—El mundo es hermoso, después de todo, Marilla —concluyó Ana".

"—Marilla, ¿y si fracaso?
—No podrás fracasar por completo en un día y hay muchos más —respondió Marilla—. Lo que ocurre contigo es que esperas enseñarlo todo a esos niños y reformarles al instante y si no lo consigues, crees que has fracasado".

"Gilbert había decidido ya que sería médico.
—Es una profesión magnífica —dijo con entusiasmo—. Un hombre debe luchar por algo durante toda su vida. ¿No ha definido alguien al hombre como un animal de lucha? Y yo deseo luchar contra la enfermedad, el dolor y la ignorancia. Quiero hacer en el mundo mi parte de trabajo real y honesto, Ana; contribuir en algo a la suma de la inteligencia humana que han venido acumulando todos los hombres de bien desde el comienzo de los siglos. Los hombres que han vivido antes que yo han hecho tanto por mí, que quiero demostrar mi gratitud haciendo algo por los que vendrán después.
Me parece que es la única manera de cumplir con las obligaciones hacia la raza.
—A mí me gustaría contribuir a la vida con algo de belleza —dijo Ana soñadoramente—. No es mi deseo exacto hacer que la gente sepa más… aunque reconozco que ésa es la más noble de las ambiciones. Pero me gustaría hacer que los demás pudieran ser más felices y alegres gracias a mí; darles pequeñas alegrías que nunca hubieran disfrutado de no haber nacido yo.
—Creo que todos los días cumples tu ambición, Ana —dijo Gilbert con admiración.
Y tenía razón. Ana era una de esas criaturas que iluminaban por naturaleza.
Cuando hubo pasado junto a una vida con una sonrisa o una palabra, el poseedor de aquella vida la pudo ver, por lo menos durante ese instante, hermosa y llena de esperanzas".

"El método empleado por Davy era apoderarse de los rizos de Dora y darles un tirón. Dora lanzó un chillido y se puso a llorar.
—¿Cómo puedes ser tan malo cuando tu pobre madre acaba de ser enterrada? —dijo Marilla tristemente.
—Pero a ella le gustó morirse —dijo Davy confidencialmente—. Lo sé porque me lo dijo".

"—Ana, te tomas las cosas demasiado a pecho. Todos cometemos errores, pero la gente los olvida. Y los días terribles llegan para todos".

"«Cada mañana se empieza de nuevo, cada mañana el mundo es hecho otra vez», cantaba Ana mientras se vestía".

"—Una vez leí que las almas eran como flores —dijo Priscilla.
—Entonces la tuya es como un dorado narciso —dijo Ana—, y la de Diana como una rosa muy roja. Y la de Jane como un capullo de manzano, rosa, edificante y dulce.
—Y la tuya una violeta blanca, con listas rojas en el corazón —concluyó Priscilla".

"—No hay duda de que la verdadera amistad es algo muy reconfortante —dijo la señora Alian—. Y debemos tener un alto ideal de ella y nunca mancharla con ninguna falta a la verdad o a la sinceridad. Me temo que el nombre de amistad a menudo se ha degradado por una especie de intimidad que no tiene nada de verdadera amistad.
—Sí… como la de Gertie Pye y Julia Bell. Tienen mucha intimidad y van juntas a todas partes, pero Gertie siempre está diciendo cosas desagradables de Julia a sus espaldas, y todos piensan que está celosa de ella porque se alegra cuando alguien la critica. Creo que es una profanación llamar a eso amistad. Si tenemos amigos debemos sólo buscar lo bueno que hay en ellos y darles lo mejor que tenemos, ¿no le parece? La amistad debe ser la cosa más hermosa del mundo.
—La amistad es muy hermosa —sonrió la señora Alian—; pero algún día…
Se detuvo repentinamente. En el delicado rostro de Ana, con sus cándidos ojos y movedizos rasgos, había aún más de niña que de mujer. El corazón de Ana hospedaba sólo sueños de amistad y ambición, y la señora Alian no deseaba barrer las flores de su dulce inconsciencia. De modo que dejó que los años del futuro terminaran su frase".

"Al anochecer, Ana fue hasta la Burbuja de la Dríada y vio a Gilbert Blythe que llegaba cruzando el Bosque Embrujado. Repentinamente se dio cuenta de que Gilbert ya no era un colegial y de lo varonil y apuesto que parecía; alto, de rostro franco, con claros ojos y anchas espaldas. Ana pensó que Gilbert era muy buen mozo, aun cuando no se parecía a su ideal de hombre. Hacía ya mucho que ella y Diana habían decidido qué clase de hombre admiraban y sus gustos eran exactamente iguales.
Debía ser muy alto y distinguido, de ojos melancólicos e inescrutables, y voz suave y simpática. No había nada de melancólico e inescrutable en la fisonomía de Gilbert, pero, por supuesto, eso no tenía importancia en cuestión de amistad.
Gilbert se destacó de entre los abetos y observó a Ana apreciativamente.
Si se le hubiera pedido a Gilbert que describiera su ideal de mujer, la respuesta hubiera correspondido punto por punto a Ana, incluyendo hasta las siete pecas que tanto la mortificaban. Gilbert era poco más que un muchacho, pero un muchacho tiene sus sueños como todos, y en los de Gilbert había siempre una joven de grandes y límpidos ojos grises y rostro tan fino y delicado como una flor. También había decidido que su futuro debía ser digno de sus virtudes".

"La juventud de White Sands era algo alocada y Gilbert se hacía popular en todas partes. Pero quería ser digno de la amistad de Ana y hasta, algún día, de su amor".

"—Pero usted no es una solterona —dijo Ana sonriendo—. Las solteronas nacen, no se hacen.
—Algunas nacen solteronas, otras ganan la soltería y otras la reciben a la fuerza".

"Mientras subían la escalera, Davy le rodeó el cuello con un brazo y le dio un caluroso abrazo y un pegajoso beso.
—Eres muy buena, Ana. Milty Boulter escribió hoy en su pizarra y se lo enseñó a Jennie Sloane:

La rosa es roja, la violeta, azul,
la miel es dulce, y también lo eres tú.

»Y eso expresa mis sentimientos hacia ti, Ana".

"—(...)Voy a hacerte una pregunta, una pregunta seria. No te enfades y contesta seriamente: ¿te interesa Gilbert?
—Mucho como amigo y nada en el sentido que tú piensas —respondió Ana con calma y sinceridad, pensando para sí que contestaba francamente.
Diana suspiró. Deseaba que Ana le hubiera contestado de otro modo.
—¿No piensas casarte nunca, Ana?
—Quizás… algún día… cuando encuentre la persona indicada —contestó la muchacha, sonriendo soñadoramente a la luz de la luna.
—Pero ¿cómo estarás segura?
—Oh, lo sabré… algo me lo dirá. Tú sabes cómo es mi ideal, Diana.
—Pero los ideales de la gente cambian algunas veces.
—El mío, no. Y no podría importarme un hombre que no lo llenara.
—¿Y si nunca lo encuentras?
—Entonces moriré solterona —fue la alegre respuesta—. Creo que no es la peor de las muertes".

"—Ya sabe usted que el tiempo no pasa en un lugar encantado —dijo Ana seriamente—. Las cosas comienzan a ocurrir sólo cuando llega el príncipe.
El señor Irving sonrió un poco tristemente a aquella cara llena de juventud y promesa.
—Algunas veces el príncipe llega demasiado tarde —dijo. Pero no le pidió a Ana que pusiera en prosa ese comentario. Como todas las almas gemelas, «comprendía».
—Oh, no, no si se trata del verdadero príncipe que llega para la verdadera princesa —dijo Ana, mientras abría la puerta. Cuando él hubo entrado, cerró y se volvió y vio a Charlotta IV, que era «toda sonrisas» en el salón".

"—No, eso puedo entenderlo —dijo ésta—. Una boda no es poesía. ¡Señorita Shirley, señora, está llorando! ¿Por qué?
—Oh, porque es todo tan hermoso… y tan novelesco… y romántico… y triste…
—dijo Ana, secándose las lágrimas—. Es todo muy hermoso… pero también triste.
—Desde luego que es un riesgo casarse con alguien —concedió Charlotta IV—; pero una vez que está hecho, hay muchas cosas peores que el marido".

"Entonces echó llave a la puerta y se sentó bajo el álamo plateado a esperar a Gilbert, sintiéndose muy cansada, pero sin dejar por eso de pensar.
—¿En qué piensas, Ana? —preguntó Gilbert al llegar. Había dejado su coche en el camino.
—En la señorita Lavendar y en el señor Irving —respondió soñadoramente—. ¿No es hermoso cómo ha sucedido todo, cómo se han reunido después de todos estos años de separación e incomprensión?
—Sí, es hermoso —dijo Gilbert, mirando a Ana a la cara—, pero ¿no hubiese sido aún más hermoso si no hubiera habido separación e incomprensión, si hubieran recorrido de la mano todo el camino de la vida, sin otros recuerdos que los mutuos?
Por un instante, el corazón de Ana aceleró su ritmo y por vez primera no pudo sostener la mirada de Gilbert, mientras se teñían de rojo sus pálidas mejillas. Era como si se hubiera alzado un velo en su
x
conciencia, revelándole sentimientos y realidades insospechados. Quizá, después de todo, el romance no llegaba con pompa y esplendor, como un caballero andante; quizá se deslizaba a nuestro lado calladamente como un viejo amigo; quizá se revelaba en prosa, hasta que una repentina iluminación que recorría sus páginas traicionaba el ritmo y la música; quizá el amor se desprendía naturalmente de una hermosa amistad, cual una rosa de corazón dorado de su tallo.
Entonces volvió a caer el velo; pero la Ana que recorriera el oscuro sendero no era la misma que llegara alegre la noche antes. Un dedo invisible había dado la vuelta a la hoja de la niñez, y ante ella estaba la página de la adolescencia, con todo su encanto y misterio; su dolor y alegría. Gilbert, sabiamente, no dijo nada más; pero en su silencio leyó la historia de los cuatro años siguientes. Cuatro años de trabajo feliz… y luego el galardón del útil conocimiento y de una novia ganada.
Tras ellos, la casita de piedra quedaba en las sombras. Estaba sola, mas no abandonada. Todavía no había terminado con los sueños, la risa y la alegría de vivir; había futuros veranos para la casita de piedra. Mientras tanto, podía esperar. Y sobre el río, en púrpuras prisiones, el eco esperaba su hora".






L. M. Montgomery 

lunes, 8 de agosto de 2022

Citas: Ana, la de Tejas Verdes - L. M. Montgomery

x

 

 "—¡No me quieren! —gritó—. ¡No me quieren porque no soy un chico! Debí haberlo esperado. Nunca me quiso nadie. Debí haber comprendido que todo era demasiado hermoso para que durara. Debí haber comprendido que nadie me quiere en realidad. Oh, ¿qué puedo hacer? ¡Voy a echarme a llorar!
Y lo hizo. Sentándose en una silla junto a la mesa, puso los brazos sobre ésta y escondiendo la cara entre ellos, comenzó a llorar estrepitosamente. Marilla y Matthew se dirigieron sendas miradas de reproche. Ninguno de los dos sabía qué hacer o decir. Finalmente Marilla se decidió a actuar.
—Bueno, no hay necesidad de llorar así.
—¡Sí, hay necesidad! —La niña levantó rápidamente la cabeza, dejando ver su rostro lleno de lágrimas y sus labios temblorosos—. También usted lloraría si fuera una huérfana y hubiera venido a un sitio que creía iba a ser su hogar para encontrarse con que no la quieren porque no es un chico. ¡Oh, esto es lo más trágico que me ha sucedido!".

"—No comes nada —dijo Marilla toscamente, mirándola como si esto fuera una falta grave. Ana suspiró.
—No puedo. Me encuentro sepultada en los abismos de la desesperación. ¿Puede usted comer cuando se encuentra en los abismos de la desesperación?
—Nunca estuve en los abismos de la desesperación, de modo que no puedo decirlo —respondió Marilla.
—¿No? Bueno, ¿ha tratado alguna vez de imaginárselo?
—No.
—Entonces no creo que pueda comprender cómo es. Ciertamente, es una sensación muy desagradable. Cuando uno trata de comer, se forma un nudo en la garganta y no se puede tragar nada, ni siquiera un caramelo de chocolate".

"—Esta mañana tengo bastante hambre —anunció mientras se sentaba en la silla que le destinara Marilla—. El mundo no parece una cosa terrible como anoche. Estoy muy contenta de que sea una mañana de sol. Pero también me gustan las mañanas lluviosas. Toda clase de mañanas son interesantes, ¿no creen? No se sabe qué ocurrirá durante el día y hay un gran campo para la imaginación. Pero me alegro de que hoy no sea lluvioso porque será más fácil estar alegre y resistir la tristeza con un día de sol. Siento que tendré que resistir mucho. Es muy fácil eso de leer sobre dolores e imaginarse viviéndolos heroicamente, pero no es tan sencillo cuando son realidad, ¿no les parece?
—Cierra la boca, por el amor de Dios —dijo Marilla—; hablas demasiado para una niña".

"—Bueno, otra esperanza que se pierde. Mi vida es un perfecto cementerio de esperanzas muertas. Esta frase la leí una vez en un libro y me la repito siempre para consolarme cuando estoy desilusionada por algo.
—No veo dónde está el desconsuelo —dijo Marilla.
—Pues porque suena tan bello y romántico como si yo fuera la heroína de un libro. Me encantan las cosas románticas; y un cementerio lleno de esperanzas muertas es lo más romántico que uno pueda imaginarse, ¿no es cierto? Casi estoy contenta de que mi vida lo sea".

"—Me gustaría llamarla tía Marilla —dijo Ana, pensativa—; nunca he tenido una tía ni pariente alguno; ni siquiera una abuela. Me haría sentir como si realmente fuera de la familia. ¿Puedo llamarla tía Marilla?
—No, no soy tu tía y no me gusta dar a la gente nombres que no le pertenecen.
—Pero podríamos imaginar que lo es.
—Yo no podría —dijo Marilla, ceñuda.
—¿Nunca imagina usted cosas distintas de lo que son en realidad? —preguntó Ana con los ojos abiertos.
—No.
—¡Oh! —Ana aspiró profundamente—. ¡Oh, señorita… Marilla, no sabe lo que se pierde!".

"—Bueno, no te han elegido por tu apariencia; de eso no hay duda —fue el enfático comentario de la señora Rachel Lynde. La señora Rachel era una de esas deliciosas y populares personas que se jactan de decir siempre lo que piensan—. Es terriblemente flaca y fea, Marilla. Acércate, niña, y deja que te mire. ¡Por Dios!, ¿ha visto alguien pecas como éstas? ¡Y su cabello es tan rojo como la zanahoria!
Acércate, niña, he dicho.
Ana «se acercó», pero no exactamente como lo esperaba la señora Rachel. De un salto cruzó la cocina y se detuvo frente a la señora Lynde con el rostro enrojecido por la ira, los labios temblorosos y estremeciéndose de pies a cabeza.
—¡La odio! —gritó con voz sofocada, golpeando el suelo con el pie—. ¡La odio! ¿Cómo se atreve a llamarme pecosa y a decir que tengo el cabello rojo? ¿Cómo se atreve a decir que soy flaca y fea? ¡Es usted una mujer brusca, descortés y sin sentimientos!
—¡Ana! —exclamó Marilla, consternada.
Pero Ana continuaba frente a la señora Rachel con la cabeza levantada, los ojos centelleantes, los puños apretados, despidiendo indignación por todos los poros.
—¡Cómo se atreve a decir de mí tales cosas! —repitió vehementemente—. ¿Le gustaría que hablaran así de usted? ¿Le gustaría que dijeran que es gorda y desmañada y que probablemente no tiene una pizca de imaginación? ¡No me importa si lastimo sus sentimientos al hablar así! Tengo la esperanza de que así sea. ¡Usted ha herido los míos mucho más de lo que lo han sido jamás, ni aun por el marido borracho de la señora Thomas! Y nunca se lo perdonaré, ¡nunca, nunca!".

"—Bueno, no envidio la tarea de criar eso, Marilla —dijo la señora Rachel con atroz solemnidad.
Marilla abrió la boca para disculparse. Pero lo que dijo fue una sorpresa para ella misma, en ese momento y aun después.
—No debió haberla criticado por su apariencia, Rachel.
—Marilla Cuthbert, ¿no querrá decir que está defendiendo el terrible despliegue de mal carácter que acabamos de presenciar? —preguntó la indignada señora Rachel.
—No —dijo Marilla en voz baja—. No estoy tratando de disculparla. Se ha comportado muy mal y tendré que reprenderla. Pero tenemos que ser indulgentes con ella. Nunca le han enseñado cómo debe comportarse. Y usted ha sido muy dura con ella, Rachel.
Marilla no pudo evitar pronunciar esta última frase, aunque volvió a sorprenderse por lo que hacía. La señora Rachel se incorporó con aire de ofendida dignidad".

"—Espero que no tengas más motivos para pedir disculpas y que aprenderás a dominarte, Ana.
—Eso no sería tan difícil si la gente no me reprendiera por mi aspecto —dijo Ana suspirando—. Otras cosas no me molestan, pero estoy tan cansada de que me reprendan por mi cabello, que no puedo evitar saltar de indignación. ¿Cree usted que mi cabello se volverá castaño claro cuando crezca?
—Ana, no deberías preocuparte tanto por tu apariencia. Temo que eres una criatura muy presumida.
—¿Cómo puedo ser presumida cuando sé que soy fea? —protestó Ana—. Me gustan las cosas bellas y odio mirar al espejo y ver algo que no sea hermoso. Me hace sentir muy triste; igual que cuando veo algo horrible.
—Quien hace cosas hermosas es hermoso —dijo Marilla".

"—Ése es Gilbert Blythe, Ana. Es el que está sentado en tu misma dirección al otro lado del pasillo. Míralo y fíjate si no es guapo.
Ana le miró. Tenía una buena oportunidad para hacerlo, porque el tal Gilbert Blythe se encontraba absorto en la tarea de prender disimuladamente la larga trenza rubia de Ruby Gillis, que se sentaba delante de él, al respaldo del asiento. Era un muchacho alto, de rizados cabellos castaños, picarescos ojos de igual color y una sonrisa divertida. Repentinamente Ruby Gillis se puso de pie para enseñarle una suma al maestro; volvió a caer sobre su banco con un grito, creyendo que le arrancaban el cabello de raíz. Todos la miraron y el señor Phillips lo hizo con tanta severidad que Ruby comenzó a llorar. Gilbert había ocultado el alfiler rápidamente y estaba estudiando su lección de historia con la cara más juiciosa del mundo; pero cuando la conmoción se hubo calmado, miró a Ana y guiñó con indecible regodeo.
—Creo que tu Gilbert Blythe es buen mozo —le confió Ana a Diana—, pero es muy atrevido. No es de persona bien educada guiñar el ojo a una niña extraña".

"Gilbert Blythe no estaba acostumbrado a fracasar cuando se empeñaba en que una niña lo mirara. Ella debía mirarlo; esa Shirley de cabello rojo, pequeña barbilla puntiaguda y grandes ojos que no eran como los de las otras niñas de la escuela de Avonlea. Gilbert se inclinó a través del pasillo, alzó la punta de la larga trenza roja de Ana y dijo con un murmullo:
x
—¡Zanahorias! ¡Zanahorias!
Entonces Ana le miró de hito en hito. E hizo más que mirarlo. Saltó sobre sus pies, convertidas en ruinas sus brillantes fantasías. Fulminó a Gilbert con una indignada mirada, cuyo relámpago fue
rápidamente apagado por coléricas lágrimas.
—¡Niñato mezquino y odioso! —exclamó apasionadamente—. ¡Cómo te atreves…!
Y luego, ¡paf! Ana había dado con su pizarra sobre la cabeza de Gilbert, partiendo la pizarra —no la cabeza— en dos pedazos".

"Gilbert cogió un pequeño corazón de caramelo con una leyenda dorada «eres dulce» y lo deslizó bajo la curva del brazo de Ana. De inmediato, la niña alzó la cabeza, tomó el caramelo cuidadosamente con la punta de los dedos, lo dejó caer al suelo, lo hizo polvo con el tacón y reasumió su posición, sin dignarse echar una mirada a Gilbert".

"—Pues tendrás que pasar sin ese honor. Vete a la cama, Ana, y que no vuelva a oírte decir una palabra más.
Cuando Ana hubo subido tristemente con la cara llena de lágrimas, Matthew, que en apariencia había estado profundamente dormido en el sofá durante todo el diálogo, abrió los ojos y dijo con decisión:
—Bueno, Marilla, creo que debías dejarla ir.
—No —respondió Marilla—. ¿Quién la está criando, Matthew, tú o yo?
—Bueno, tú —admitió Matthew.
—Entonces no intervengas.
—Bueno, no intervengo. No es intervenir el tener una opinión propia. Y mi opinión es que debes dejar ir a Ana".

"Los minutos parecían horas a la infortunada dama de los lirios. ¿Por qué no llegaba alguien? ¿Dónde habían ido las chicas? ¡Quizá se habían desmayado! ¿Y si no venía nadie? ¡Quizá comenzara a cansarse y no pudiera sostenerse más! Ana contempló las horribles profundidades, con sombras cambiantes, y tembló. Su imaginación comenzó a sugerir toda clase de horribles posibilidades.
¡Entonces, exactamente cuando sus manos no podían sostenerla más, Gilbert Blythe pasó remando bajo el puente!
Gilbert alzó los ojos y, ante su sorpresa, contempló una carita blanca y colérica mirándole con ojos temerosos y furiosos al mismo tiempo.
—¡Ana Shirley! ¿Cómo has podido llegar ahí? 
Sin esperar respuesta, se acercó al pilar y extendió su mano. No se podía hacer otra cosa; Ana tomó la mano de Gilbert, saltó al bote, donde se sentó, furiosa, envuelta por el chal goteante. ¡Por cierto que era muy difícil conservar la dignidad en tales circunstancias!
—¿Qué ocurrió, Ana? —preguntó Gilbert cogiendo los remos.
—Estábamos jugando a «Elaine» —explicó fríamente Ana, sin mirar siquiera a su salvador— y debía ir hasta Camelot en la balsa, quiero decir en la barca. Ésta comenzó a hacer agua y yo me subí al pilar. Las chicas han ido a buscar ayuda. ¿Será usted tan gentil como para llevarme hasta el embarcadero? Gilbert la llevó gentilmente hasta allí, y Ana, despreciando la ayuda, saltó limpiamente a la costa.
—Le estoy muy agradecida —dijo secamente mientras se retiraba. Pero Gilbert también saltó del bote y la detuvo.
—Ana —dijo rápidamente—, mira. ¿No podemos ser buenos amigos? Siento muchísimo haberme reído de tus cabellos aquella vez. No quería ofenderte. Además, ¡ha pasado ya tanto tiempo! Me parece que ahora tus cabellos son muy lindos; de verdad. Seamos amigos.
Ana dudó un instante. Tenía la extraña sensación bajo su airada dignidad de que la expresión mitad tímida, mitad ansiosa de los ojos de Gilbert era algo digno de contemplar. Su corazón empezó a latir extrañamente".

"—Oh, Ana —tartamudeó Diana, abrazándose a su cuello y llorando de alivio y alegría—. Oh, Ana… pensamos… que estabas… ahogada… y nos sentimos asesinas… porque te obligamos… a ser Elaine. Ruby está histérica. Oh, Ana, ¿cómo escapaste?
—Subí a uno de los pilares —explicó Ana tristemente—, y Gilbert Blythe llegó en un bote y me llevó a tierra.
—¡Ana, qué espléndido de su parte! ¡Es tan romántico! —dijo Jane encontrando por fin aire para hablar—. Claro que después de esto le hablarás.
—Claro que no —contestó Ana, con un retorno momentáneo a su antiguo espíritu
—. Y no quiero volver a escuchar jamás la palabra romántico, Jane Andrews. Siento terriblemente que os asustarais".

"Pero Matthew, que estuviera sentado en silencio en su rincón, puso su mano sobre el hombro de Ana cuando Marilla hubo salido.
—No abandones tu romanticismo, Ana —murmuró tímidamente—, un poquito es bueno; demasiado, no, desde luego. Pero guarda un poco, Ana, guarda un poco".

"—Todavía tiene mucho de niña.
—Pero también hay mucho de mujer —respondió Marilla, con un momentáneo retorno a su vieja hosquedad".

"El occidente era una gloria de suaves tonos y la laguna los reflejaba en todas sus gamas.
La belleza hizo estremecer el corazón de Ana y, agradecida, le abrió las puertas de su alma.
—Mi mundo querido —murmuró—, eres muy hermoso y me alegra vivir en ti.
A mitad del camino en la colina, un muchacho alto salió silbando de la puerta de la casa de los Blythe. Era Gilbert, y el silbido murió en sus labios cuando reconoció a Ana. Se quitó cortésmente la gorra, pero hubiera cruzado en silencio si Ana no se hubiera detenido, alargándole la mano.
—Gilbert —dijo, con las mejillas rojas—, quiero agradecerle que me cediera el colegio. Ha sido un gran detalle de su parte y quiero que sepa cuánto lo agradezco.
Gilbert tomó ansiosamente la mano que le ofrecían.
—No fue nada particularmente bueno de mi parte, Ana. Me gustó prestar algún pequeño servicio. ¿Vamos a ser amigos después de esto? ¿Me has perdonado de verdad mi vieja culpa?
Ana rió y trató sin éxito de retirar su mano.
—Ya te perdoné aquel día en el embarcadero. Fui una estúpida cabezota. Desde entonces, debo confesarte, lo he sentido terriblemente.
—Seremos los mejores amigos —dijo Gilbert jubilosamente—. Hemos nacido para serlo, Ana. Has burlado al destino mucho tiempo".





L. M. Montgomery

lunes, 1 de agosto de 2022

Citas: Cuentos para Verónica - Poldy Bird

x

 

 Bienvenida:


"Ahora tú eres la brújula que señala el norte. No hay nada más importante que tú".

"Yo te tenía preparado un nombre y una cuna. Hubiera querido tenerte preparado un mundo mucho mejor que este que te ofrezco... un mundo sin envidias, sin guerras, sin rencores; un redondo y luminoso mundo de paz y trabajo. Un mundo de cocuyos brillantes, de globos de colores, de barriletes y ositos de felpa.
Un mundo en el que nunca tuvieras que derramar una lágrima".

"Estas es mamá, Verónica. Mamá, que hasta ayer nomás jugaba un poco a vivir, jugaba un poco a ser mujer".


Carta:

"Por si no estoy cuando ya sepas leer con los ojos y con el corazón al mismo tiempo". 

"Cuando te miro, Verónica, tan chiquita, tan redonda, con tu pelito de seda, haciendo morisquetas frente al espejo, soy feliz... y tengo miedo.
Porque el miedo es un raro ingrediente de la felicidad, sobre todo de esta felicidad mía, tan pulida, tan dulce, tan nueva".

"Para entrar a ese mundo no uses cábalas, no cierres los ojos, pero tampoco los abras con la intención de ver todo lo malo, lo negativo, lo gris.
No cierres tu corazón con siete llaves...".

"Y lleva amor, mucho amor, para los que te amen y para los que te odien.
Porque alguien te va a odiar, no sé quién y no sé por qué... alguien te va a odiar sin motivos para odiarte y el que te odia, Verónica, no es malo... solamente está enfermo".

"Y, al fin, no quiero engañarte, decirte que te dejo en un mundo de  rosas, ruiseñores y todas cosas bellas... Pero tú puedes hacer que tu corazón las invente y cuando lo lastime una espina, sepa que detrás de la espina está el maravilloso milagro de una flor.


Tu mamá".


Canción:

"Y me miras y piensas cosas que no me dices y yo adivino a tientas.
No me iré de tu lado, si es lo que te preocupa. ¡Las mamás siempre están al lado de sus nenas! ¡Nunca las dejan solas, ni siquiera... cuando no están con ellas!".

"Despacito, despacito, para no despertarte, me hago un nido a tu lado, y cuando tu cuerpito está quieto y caliente, te doy un beso largo y moroso en la frente y te llevo a tu cama.
La luna se durmió en la ventana".


La fotografía:

"No. Era mentira. Estaban equivocados.
En cualquier momento ibas a aparecer en el vano de la puerta, riéndote, con el cabello rubio y corto, joven, jovencísima y linda, y dirías:
—"Vieron, aquí estoy. ¿Se asustaron mucho? Oh, tontitas... ¡una mamá nunca se va del lado de sus nenas!"
Pero pasaron muchos días y muchas noches y por más que infinidad de veces se me apuró el corazón cuando sonaba el timbre de la puerta de la calle, no volviste.
Y entonces supe que la muerte era una cosa para siempre y que de allí no regresa nadie".


La letra A:

"¿Por qué será que en esos momentos, en vez de ser feliz, de ponerte contenta u orgullosa, se me da por llorar?
—¿No te gustó mamita?
—Sí, me gustó. ¡Viva la nena gorda que escribió una A!
Pero no me gustó.
La "a" en el papel es la puerta redonda por donde comienza a escaparse la infancia.
Y po donde empieza a entrar mi miedo.
Ahora tú eres mi reloj, y las horas pasan muy rápidamente".

"Tú eres mi reloj, quédate quieta.
No, no dejes pasar los segundos porque ellos se devoran los minutos, las horas, los días, los meses...
Quiero que detengas el tiempo en esta hora, que sean hoy las dos y media de la tarde, 14 de mayo de 1967 para siempre.
Con este sol y la ventana abierta y esta paz de domingo. Y con este cansancio divertido de haber dado unas vueltas a la ronda los tres tomados de la mano: tú, papá y yo".

"Haber sufrido tanto... haber buscado tanto... haber aprendido tanto... para llegar a saber que cada uno tiene que lambrar su propia experiencia, que mis lágrimas no evitarán las tuyas, que mi dolor no servirá de barrera a los dolores que te aguardan y que, aunque yo te ame, aunque yo sepa cuál es el camino que debes elegir par ser dichosa y para realizarte... tengo que aprender a callar, a apartarme, a dejar que seas tú misma la que encuentres, aunque antes te equivoques y te golpees muchas veces".


Está aprendiendo:

"Y aunque yo quede aquí —yo y mi contorno material, la parte física de mí, mi parte de mujer— ella tendrá en su ser lo que hay en mí de madre, que es casi todo lo que hay en mí".


Me ha visto llorar:

"¿Ella creció de golpe, o yo me volví chiquita? Bueno, las dos cosas,
Lloré como una niñita que busca amparo y ella trató de ampararme.
Esas lágrimas mías borronearon un poco mi imagen de madre-dios, de todopoderosa. Esas lágrimas mías le han enseñado a mi hija que los héroes a veces tienen miedo, que los grandes no son siempre tan grandes y los pequeños pueden crecer de pronto.
Le dije:
—Gracias, Verónica... qué grande te has vuelto...
Y ella me respondió, riéndose y tocándose la cabeza:
—Pero si todavía no pasé la rayita que mascaste ayer en la pared de mi pieza...".


Un moño para Verónica:

"Y ahora ves, Verónica, como pueden ser terriblemente complicadas las cosas que parecen simples y superficiales".


Mamá es el sol:

"Una frase tan sólo:
MAMÁ ES EL SOL.
¿Se dan cuenta? Mamá es el sol.
Yo el sol. La fuente de la vida. El motor de las rosas, La pulpa de las frutas. ¡El sol!
Lo leía en su cuaderno de dibujos colorinches y letras que parecen cucarachas de distintos tamaños. Lo leí, y los ojos se me llenaron de lágrimas.
No era un dictado, ni una copia del pizarrón, sino su primer pensamiento en libertas vertido en un renglón blanquito y tieso".


Tan parecida a vos:

"—Dicen los chicos —te referís a tus primos— que el abuelo está en un cajón, en una casita, en el cementerio. Entonces no está en el cielo...
—El cuerpo del abuelo está ahí donde dicen los chicos. Pero el alma está con Dios.
—¿Qué es el alma?
—El alma no se ve... es... lo que nos hace tener sentimientos, amar...
—¿Y cómo no se ve?
—El aliento tampoco se ve, pero existe. El alma es como el aliento. Mirá —y exhalé una bocanada de aire.
—¡Cuidado, mamá! —gritaste, carita de miedo—. A ver si se te va el alma al cielo y te quedas como el abuelo.
—No, sonsa —te besé la punta de la nariz y los mofletes".


El loco que dice buen día:

"Cuando el hombre se alejó, vos me preguntaste:
—¿Por qué le dicen loco, mamá?
—Porque... porque no lo comprenden.
—A mí me parece más loco aquel señor que va con sombrero y traje negro en un día tan lindo.
—A mí también, Verónica".

"Tenés razón. Claro que tenés razón.
¿Cómo va a ser un loco un hombre que regala flores y saluda por las calles, cómo va a ser loco un hombre que ama a los viejos, a los jóvenes, a los niños, a los perros, a los gatos, suelta los pájaros de  las jaulas y sonríe porque el sol es redondo y amarillo?
Locos... somos los otros: los que miramos con angustia los relojes, los que estrechamos las manos de quienes no nos muestra su documento de identidad y no tienen bien lustrados los zapatos, los que ponemos un vidrio de distancia entre nosotros y los demás... con la excusa de protegernos. Bah, por temor a darnos, a amar, a que nos llamen locos".


Un modo de quedarme:
x


"Porque morir, ¡Dios mío!, morir del todo y para siempre, es una carga  enorme que vengo soportando desde que supe que la muerte es la estación final de los caminos.
Siempre con este miedo garabateándome el alma".

"Soy un manantial y un caramelo.
Soy una primavera constante que florece cada mañana, cuando ella abre los ojos y busca mi pecho para estrechar sus "buenos días, mamá".
Soy la vida que generó la vida.
Soy su vida y mi vida abrazadas en una sonrisa.
Y soy un miedo lejano, tan lejano... que es casi el recuerdo viejo, ajado, solitario, perdido en un país desconocido.
Ya no me importa pronunciar la palabra que quiere decir FIN. Porque soy el principio, el PRINCIPIO de la eternidad".


El corazón del mundo:

"¡Qué si me acuerdo de vos cuando trabajo!
Verónica: el corazón de los hijos puede latir sin que la mano de mamá le dé cuerda.
Pero el corazón de las mamás no puede latir si no le da cuerda el amor de los hijos. Y sí vos me extrañas, si vos pensás en mí cuando estás en la escuela, mi corazón crece, crece, se hace de magia y canto, y es más que todo: el corazón del mundo".





Poldy Bird

sábado, 30 de julio de 2022

Citas: El castillo de San Severino - Martín Iguarán

 

"La escalera mecánica estaba fuera de servicio. Las personas se apiñaban y subían con aire cansino. Al final de la escalera una vieja de piel apergaminada y pelo gris pedía lastimosamente limosna a los gritos. La miré por un breve instante y me sonrió con aire ladino.

¡Vos! ¡Vos! ¡Vos! —gritó con su boca desdentada– ¡Corré que te va a agarrar! ¡Te va a agarrar!
Me sobresaltó y retiré la mano con el billete que iba a darle.
Las carcajadas desagradables de la vieja me persiguieron mientras enfilaba para la salida".

"Solté una carcajada.
—Se ve que los Castro somos algo así como los parientes pobres. Aunque en realidad no significa nada.
—¿Cómo, que no? ¡El muerto tiene el mismo apellido que el fundador del pueblo!".

"—Siempre pensás en lo peor —replicó ella.
—Si uno piensa y se prepara para lo peor, entonces no pasa. Es la Ley de Murphy".

"—¿Querés parar?
—Sí, creo que sí. Tengo que largar un meo.
—¡Fran!
—¿Qué?
—¡No seas tan vulgar! Podrías decir: «tengo que hacer mis necesidades» o algo parecido. ¿Qué es eso de «largar un meo»?
—Boluda, sos muy porteña. Sorry, gor —dije imitando un tono nasal de cheto de Palermo16—. Tengo que hacer mis necesidades".

"Estaba a punto de bajar el cierre del pantalón cuando una exclamación ahogada de Marisa me llamó la atención.
Me torné a mirar y vi lo que la había sorprendido.
Encaramado sobre una tranquera, a menos de dos metros, me escrutaba un pajarraco gigantesco, envarado.
No me alarmé. ¿Qué motivo tenía para asustarme? Era solo un pájaro.
El carancho17 tenía un pico blanquecino, patas naranjas y una corona negruzca. Sostenía una rata en el pico. Abrió las alas pero no emprendió el vuelo. Se quedó allí, mirándome, y en el momento menos esperado la rata soltó un espasmo, chilló, y el carancho le desgarró el cuello.
Me estremecí involuntariamente y trepamos nuevamente al auto".

"Llegamos a una especie de manzana con aires coloniales. Había sido construida sobre una elevación de terreno que difícilmente podía ser natural. Ahí, las casas estaban pegadas la una a la otra, las ventanas tenían vidrios intactos, y de hecho, estaban enrejadas, con acero forjado hacía al menos sesenta años. Una pequeña vereda de adoquines conectaba toda la cuadra, en la cual los árboles, aunque retorcidos y de ramas largas y concéntricas, crecían a intervalos regulares. Algunas construcciones parecían de hecho habitadas.
Nos acercamos a la más entera, una pintada de naranja claro, acaso para contrastar con el aspecto depresivo del resto del pueblo, y leí en voz alta una placa atornillada junto a la puerta.
—«Museo Histórico y Social de San Severino» —rezaba el cartel.
—¿Esto es un museo? Naaah —exclamó Marisa con incredulidad.
—Eso dice".

"—¿Qué hacemos?
—¿Seguís sin señal?
Marisa revisó su teléfono, y yo hice lo mismo con el mío. Estábamos sin cobertura. Esos aparatos se habían convertido en cacharros inútiles, salvo para jugar al Candy Crash.
—¡La puta madre! —exclamé, pero no sabía a quién dirigía el insulto: si a Alberto Aliaga Morejón, por haberse muerto, a mi madre, por haberme metido en ese atolladero, o a mí mismo, por haber sido tan tonto de acceder".

"Fruncí el ceño.
—¿La viste correr?
Marisa sacudió la cabeza.
—No… se habrá metido en los pastizales.
—Sí, supongo, pero… ¿Por qué?
—Se asustó. No deben tener muchos visitantes por acá.
—A mí no me pareció que estuviera asustada.
Marisa levantó las palmas, como exclamando «No me pidas respuestas que no tengo». Me mordí el labio".

"—Venimos por un tema algo deprimente —expliqué—. Hace unos días falleció Alberto Aliaga Morejón. Era pariente lejano mío y tengo que encargarme de los trámites de la sucesión. ¿Usted lo conocía?
Al mencionar el nombre de Morejón, la expresión de Bernardo experimentó el cambio más inesperado. Su calidez afable se enfrió en una fracción de segundo, las comisuras de sus labios se doblaron hacia abajo, y el brillo en sus ojos se apagó como si alguien hubiera tendido un manto invisible sobre ellos. El cambio operó de forma completa, física y emocionalmente. Se envaró en el asiento y noté —en ese momento lo atribuí al cansancio del viaje— una cierta frialdad.
—Sí —respondió en tono monocorde—. Todos lo conocíamos".

"—Cuando mi mamá me llamó y me contó, me sorprendí mucho —expliqué—. Me sorprende más que no tuviera mujer o hijos.
—Yyyyy, no, él no era de esos.
Fruncí el ceño.
—Disculpe, ¿Quiere decir que era gay?
La señora Torres alzó sus gruesas cejas y sacudió la cabeza con una sonrisa.
—No, nada de eso. Quise decir que no era hombre de familia. Y hay quienes creen en el pueblo que eso era para bien.
Marisa me pasó el mate y mientras yo ingería a fondo —no hay nada mejor que un buen mate de campo, no la versión light de los porteños— inquirió:
—¿A qué se refiere con eso?
—Le daba fuerte a la bebida —respondió la señora Torres sin el menor rubor—. Whisky, aguardiente, todo lo que fuera fuerte y quemara. De toda la vida. Desde que era chico.
«Así que alcohólico. Maravilloso. Un encanto mi pariente». Eso pensé mientras mordía una galletita".

"—Normalmente no se cierra —explicó—. Pero la policía pidió que cerrara, después que se lo llevaron.
Noté que omitía mencionar el cadáver.
—¿No precintaron también?
Ella dudó brevemente y dijo:
—Ah, sí, esa cosa… se debe haber volado con el viento.
La puerta era maciza: tuvo que empujarla con el hombro para entrar.
La seguimos de inmediato y de esa manera, nos zambullimos en la oscuridad del Castillo de San Severino".

"La señora Torres iba encendiendo las lámparas a gas, que al parecer, eran ubicuas en ese sitio. Sin iluminación artificial, dependíamos de los tenues rayos que penetraban por las ventanas, lo que combinado con las lámparas a gas, creaba islas de luz en medio de un mar oscuro y taciturno".

"Un grito agudo y elevado me erizó los pelos de la nuca. Me volví, alarmado, al igual que la señora Torres, para identificar el origen de ese chillido, y me sorprendí al ver a Marisa, sonriendo de lado a lado, excitadísima, frente a una fotografía en blanco y negro.
Fruncí el ceño enojado.
—¿Te volviste loca?
Me miró, revolucionada, y no acusó recibo de mi recriminación.
—¿Sabés lo que es esto?
Dirigí la mirada hacia la fotografía que señalaba. El marco estaba recamado de oro (¿Será oro de verdad?, me pregunté) y la imagen consistía en dos caballeros, uno sentado y otro de pie a su lado, con un trasfondo negro. Los dos usaban bastón. Portaban bigotes prolijamente recortados, corte raya al costado y miraban con seriedad contenida a cámara. El que estaba sentado tenía las piernas cruzadas, enfundadas en un pantalón gris perla. El otro tenía botas negras, cubiertas con polainas blancas. La cadena, seguramente de un reloj, surgía del pecho del que estaba sentado y cruzaba su costado hacia el bolsillo del saco.
—¡Es un daguerrotipo! —exclamó entusiasmada.
Los dos la miramos con expresiones monocordes.
—Fue el primer proceso fotográfico disponible para el público en general —explicó—. Lo inventaron en 1839, en Francia. La técnica consistía en pulir una plancha de plata o cobre plateado; se creaba una imagen usando el calor, que se convertía en fija al sumergir la plancha en una solución de hiposulfito de sodio. Durante más de veinte años fue el método más popular para sacar fotografías; después fue reemplazado a partir de 1860 por la impresión en álbum, un método que también fue inventado en Francia y funcionaba a través de los negativos. Muy pocos fotógrafos siguieron usando daguerrotipos hasta finales del siglo XIX. Los que subsisten son incunables; están todos en museos y son patrimonio histórico.
—Ah, mirá vos.
El entusiasmo fanático en el rostro de Marisa se enfrió considerablemente ante lo que consideraba una falta imperdonable de interés en su anécdota.
—Mi amor, te creo que es una maravilla —aclaré, a modo de disculpa—. Pero no vamos a tener a la pobre de Carmen esperando. Después vemos eso.
Para demostrar que no la hería en lo más mínimo mi aburrimiento ante unas fotos viejas, asintió vigorosamente y se adelantó para caminar lado a lado con la señora Torres.
—Los hombres son así, ¿No, Carmencita? No prestan atención a las cosas lindas".

"Pasando la biblioteca, al final del pasillo, había una puerta, la penúltima del piso, que conducía a un cuarto sorprendentemente bien preservado. Era muy austero, apenas una cama y algunos artículos personales, pero no nos molestaba. La cama era individual y su antiguo propietario debía ser un gigante, porque medía más de dos metros.
Nos instalamos allí.
Marisa contemplaba la cama de pie.
—Pobrecito Fran. Encontraste la única cama en condiciones de la casa y es individual. Te vas a tener que apretar conmigo toda la noche.
—Las cosas que hago por la familia —suspiré—. Este tipo de cosas me recuerda que tengo una vida de mierda.
Nos miramos y reímos.
—Aunque posta, si querés vamos a la cama de Alberto.
—¿Dormir en la cama del muerto? ¡Claro que no!
—Yo solo decía…
—Jaja".

"Marisa, sin resuello, estaba parada en el vestíbulo de la entrada, la puerta abierta detrás de ella, transpirada, las mejillas arreboladas, el pelo desordenado y algunas magulladuras y cortes.
—¿Qué te pasó? —exclamé.
No me respondió enseguida. Estaba congelada. La envolví en una manta, le ofrecí café, que aceptó gustosa, e hice lo posible para que entrara en calor.
—Me perdí en el bosque —dijo al fin en un tono hosco.
La miré con incredulidad.
—¿En el bosque de afuera?
—Sí.
—Pero…
—Por favor, no lo digas.
—Pero Marisa…
—No. Lo. Digas.
Me callé y la observé, desconcertado, mientras bebía el café y se frotaba las manos. Poco a poco, fueron recuperando su color habitual.
Finalmente, levantó la cabeza y sus ojos brillantes me encararon con dureza.
Hay algo mal en esta casa".

"—¿Quieren que los lleve a cabalgar?
—Uy, te pido disculpas. Se nos hizo un poco tarde. Ya nos tenemos que ir… mañana será.
La chica nos miró con afabilidad.
—¿Dónde se están quedando?
El vino me había soltado la lengua.
—En la casa de Alberto Morejón. La llaman el Castillo.
El cambio en el ambiente fue tan notable como inmediato. Las charlas superpuestas cesaron y brotó un silencio embarazoso. Los comensales nos escudriñaban con desconfianza y la chica estaba demudada. Había palidecido de repente.
—¿En… en el Castillo? —balbuceó.
—Sí… —empecé a decir, inquieto por la reacción—. El señor Morejón falleció y vinimos a hacernos cargo de la sucesión.
—¿Ustedes son familiares de él? —exclamó ella, casi gritando.
Marisa y yo intercambiamos una mirada, alarmados.
—No —me apresuré a decir—. Solo soy el abogado de la sucesión...
—Ah —dijo la chica, algo más aliviada.
Se marchó rápidamente a la cocina, y no la volvimos a ver. El resto de los comensales volvieron lentamente a sus mesas, pero advertimos miradas de soslayo, como si hubieran aprendido que éramos portadores de un nuevo y contagioso virus.
Azorados, Marisa y yo nos miramos sobre los platillos con restos de flan.
Ella fue quien rompió el silencio y dijo:
—Supongo que el paseo a caballo se cancela, ¿No?".

"Debemos haber parecido ridículos: arrimados el uno al otro, aferrándonos a palos de limpieza, mirando en todas direcciones en alerta…
Llegamos a la planta baja y nos asomamos para escudriñar los pasillos, tan vacíos como siempre. Fuimos hacia la cocina. Estaba tal y como la habíamos dejado. Continuamos revisando puertas y ventanas, y todo estaba en orden. Nuestro desconcierto crecía.
Volvimos al punto de inicio, el vestíbulo de entrada, y allí vimos algo que nos paralizó:
La puerta principal estaba abierta de par en par.
Esa puerta estaba cerrada cuando bajamos. Por lo tanto, no podía ser la fuente del ruido que escuchamos.
Marisa me dirigió una mirada intranquila y caminó con reluctancia hacia allá. Salimos al exterior. Estaba desolado y desértico; nada de qué sorprenderse ahí.
Caminé hacia las puertas y las cerré. Esperé por unos segundos, a ver si algún declive en los goznes las hacía abrirse solas, pero permanecieron tercamente cerradas, casi burlándose de mí.
—Fran…
—Yo tampoco le encuentro explicación me adelanté. No me gusta.
—No es eso.
Me di vuelta. Marisa señalaba detrás de mí, hacia el bosque de jacarandás. Seguí con la mirada lo que apuntaba y me estremecí.
En un nítido contraste con los árboles resecos, desnudos como víctimas de algún terrible crimen, se paraba una chica. Entrecerré los párpados y agucé la vista.
Era la misma chica alta, de expresión abúlica y desconectada, que nos encontramos cuando llegamos a San Severino. Estaba muy rígida, contemplando el Castillo, y no parecía haber advertido nuestra presencia. Seguía usando el mismo atuendo que la primera vez que la vimos".

"—No me gusta esto, Fran. Me quiero ir.
—No nos precipitemos.
Marisa abrió los ojos como platos.
—¿No nos precipitemos? ¿Te escuchás a vos mismo?
—A ver, ¿Qué ha pasado, en concreto? Vimos a una chica rara. Nada más. Carmen mencionó que una chica traía víveres. A lo mejor es ella.
Marisa me escudriñó con escepticismo.
—¿Y esa chica aparece y desaparece de la nada, no siente frío, el viento no la afecta? ¿Algo más?
—Marisa…
—No me hagas decirlo.
Ya intuía lo que venía a continuación, y era renuente a siquiera abordar el tema.
—No puedo ser la única que pensó en la palabra con efe.
Como guardé silencio, incómodo, ella prosiguió.
—Bien, veo que ya lo pensaste pero no lo vas a decir. ¿De qué tenés miedo? ¿De que te tilde de loco? Entones estamos locos los dos.
—Vos sabés que yo no creo en esas cosas —dije con un carraspeo agrio.
—Hay que reevaluar lo que creemos o no. Yo creo que esa chica es un fantasma".

"Se tendió un manto de silencio. No sabía cómo reconducir la charla después de revelaciones tan aciagas. Lencina nos contemplaba con ojo analítico.
—Sé que vinieron por la muerte del viejo Morejón —nos dijo, y dimos un respingo—. Todos en el pueblo los conocen, y saben que están viviendo en el Castillo. No les gusta eso. Para nada".

"—La gente había acumulado mucha bronca contra él, pero el asunto se resolvió por su cuenta. En el 84, un chico llamado Carlos Raúl Domínguez lo fue a buscar y lo encontró mientras reparaba unas alambradas. Sin decirle nada, le descerrajó un escopetazo en el pecho.
Lencina le asestó una chupada al mate, mientras nosotros lo observábamos demudados. Yo tenía la mente en blanco. No sé en qué pensaría Marisa".

"—A veces olvido que sos abogado —dijo Marisa—. Acabas de hablar con tu madre y con otra persona de confianza y les mentiste a ambos.
—En mi defensa, decirles «la casa está embrujada» no hubiera funcionado.
—¿Qué hacemos ahora?
—Hay que pagar la llamada.
—¿Y después?
—Volvemos a la casa embrujada".

"—Quizás es el viento.
—Yo creo…
Marisa no llegó a completar la oración. Uno de los daguerrotipos colgados en el pasillo se soltó de sus soportes, cayó en el piso con un estampido seco, y se hizo añicos.
—¿Lo viste? ¡¿Viste eso?! ¡Se cayó solo! ¡No lo tocamos!
No fue el único: ante nuestros ojos atónitos, los daguerrotipos caían, uno por uno, y el piso se poblaba de los incunables hechos trizas.
Uno de ellos aterrizó especialmente cerca de Marisa, y esta dio un respingo y pegó un gritito.
Los rasguños se hacían más fuertes y se desplazaban escaleras abajo".

"Tras unos segundos, la normalidad se impuso y volvió a ser la Marisa de siempre. El aura la abandonó, sus músculos se relajaron. Di un paso hacia atrás. Me sentía mal por la manera en que la sacudí. Nunca había hecho algo parecido antes.
—¿Fran?
Su voz sonaba vacua, hueca.
—Me preocupaste. Parecía que estabas en la luna.
Más tarde, pensé que era más similar a una fase de autismo: algo la había absorbido y el entorno perdió significado.
—Sí… no sé… tuve una sensación muy rara.
Reculó y se apoyó contra la pared.
El rasgado detrás de las paredes había cesado. Las lámparas volvieron a funcionar con normalidad. Una incipiente experiencia nos indicó que el episodio había terminado.
—No es la primera vez —observé—. ¿Qué sentiste?
—Frío —contestó—. Muchísimo frío. Como si me enterraran viva.
Regresamos a nuestro cuarto. Marisa estaba conmocionada por su experiencia, y aunque la interrogué en profundidad, fue incapaz de describir qué había visto. Solo recordaba las sensaciones que había adquirido. El frío gélido en el cuerpo. Dolor en las muñecas. Una presión insoportable en el cuello. Profanación. Angustia, pánico.
Memoria emocional. La amnesia me preocupaba, por supuesto, pero no podía adivinar las ramificaciones que ese evento depararía para nuestro futuro".

"Vimos a Bernardo llegar a caballo. Nos bajamos del auto, y observamos cómo su sonrisa se desvanecía lentamente mientras contemplaba nuestras caras. No teníamos intención de fingir afabilidad y se notaba a la legua que algo nos había pasado.
Para mi sorpresa, no tuve que dar rienda suelta a la introducción que había preparado en mi cabeza.
Se acercó a nosotros con renuencia y dijo:
—La vieron.
No era una pregunta".

"—Perdón, pero, ¿Cómo iba a «ganarle al fantasma»? Los fantasmas son inmortales… y él no.
Bernardo se rascó la nuca.
—Las apariciones se repitieron con los años, pero son cada vez menos frecuentes. Hubo un pico a mediados de los ochenta, con un promedio de una por mes. Luego otro entre 1991 y 1992, y un tercero en los 2000. Luego descendieron en número e intensidad. Solo hubo tres en los últimos quince años. Cada pico de apariciones coincidió con una de las catástrofes que golpeó al pueblo. Hay quienes creen que el fantasma está perdiendo fuerza. Es como si…
—… se desprendiera poco a poco de este mundo —dijo Marisa.
Bernardo la miró sorprendido".

"Durante mucho tiempo creí saber, y en realidad, era un ciego. Marisa sí sabía y podía ver. Pero hay que recordar que todo tiene dos caras: aquel que atisba el abismo debe estar preparado para que el abismo le devuelva la mirada…".










Martín Iguarán