"NACÍ EN EL hospital de Rotunda el 5 de junio de 1932. Pertenezco al grupo intermedio de mis hermanos, pues nueve de ellos nacieron antes que yo y otros doce después. De los veintidós que éramos, sobrevivieron diecisiete, ya que cuatro murieron siendo niños, pero quedaron todavía trece para dar cohesión a nuestra familia".
"Ella no quiso aceptar esta realidad, la realidad inevitable —al menos eso parecía entonces— de que no tenía ni cura ni, por supuesto, esperanza. Pero ella no podía ni quería creer que yo tuviera un retraso mental. No disponía de nada en qué basarse, ni siquiera la más mínima evidencia de que, aunque mi cuerpo estuviera paralizado, mi cerebro no lo estaba".
"Al darse cuenta de que los médicos no le hacían ningún bien diciéndole que ella no tenía nada que esperar de mí, o dicho de otro modo, que debía olvidarse de que yo era no un ser humano, sino una cosa a la que alimentar, lavar y cuidar constantemente, mamá decidió desde entonces arreglárselas por sí misma. Yo era SU hijo y, por tanto, un miembro de SU familia. No importaba todo lo torpe e inútil que fuera, porque ella tomó la determinación de tratarme exactamente igual que a mis demás hermanos, y nunca como la “cosa extraña” del cuarto trastero de la que nadie habla, y menos cuando hay visita".
"Todo daba la razón a los argumentos de mis familiares en el sentido de que yo era un retrasado mental al que nadie podía ayudar. Y otra vez empezaron a hablar de llevarme a un internado.
—¡Nunca! —decía mi madre de un modo casi violento cuando le decían algo—. Sé que mi hijo no es ningún retrasado mental. Es su cuerpo el que está enfermo, pero no su cerebro. Estoy segura.
¿Pero estaba segura? Para sus adentros ella le pedía a Dios que le diera alguna prueba de que estaba en lo cierto, porque sabía que una cosa es creer y otra completamente distinta tener pruebas".
"Tampoco Paddy pudo quedarse parado por más tiempo. Puso mi cochecito contra la tapia, y trepó de tal modo que solamente con su brazo podía tocar las manzanas y las peras.
—¡Ya está bien, no os lo llevéis todo! —gritó Paddy, mientras los demás se hacían con un buen puñado de fruta.
Bajaron, seleccionaron la fruta entre los cinco, y nos sentamos a un lado del camino para comérnosla.
—Nos arreglaremos con esto hasta que lleguemos a casa —dijo Peter, dándome de comer una pera.
—Tendremos que confesarnos de esto —replicó Paddy, adoptando algo así como una expresión devota.
—En realidad no es pecado —repuso Peter, sin dejar de masticar su pera—. Nadie las echará en falta.
—¡Alguien viene! —dijo nuestro amigo Bob, moviendo la cabeza hacia los lados, como si fuera un perro.
Peter nos guiñó un ojo y se arrastró muy despacio, para echar un vistazo rápido. Al poco regresó, casi sin aliento.
—¡Imbéciles! ¡Es un poli! —dijo, jadeando.
Paddy se puso muy pálido. Parecía incapaz de moverse:
—¿Qué os pasa? —dijo un tanto indeciso.
—¡Corre! —gritó Bob, pegando un salto.
—¡No podemos dejar a Christy aquí!
Peter se detuvo cuando los pasos se oían cada vez más cerca. Entonces tuvo una idea: ¡Rápido! —dijo, volviéndose hacia los demás—. Ponedlo todo debajo del cojín del coche de Christy".
"Mamá se dio cuenta del cambio que estaba experimentando, y estaba segura de conocer la causa, pero no me dijo nada. La verdad es que ella me entendía mejor que nadie. Yo no deseaba engañarla, porque siempre encontraba un modo u otro de averiguar si me sentía triste o contento.
Parecía tener los mismos sentimientos que yo. Había advertido que casi siempre estaba triste, con grandes cambios de humor y cada vez más encerrado en mímismo. Ni siquiera tenía ya ganas de arrastrarme por el suelo como antes, sino que me limitaba a tumbarme en el sillón más ancho que encontrara, con la mirada perdida en la chimenea o en la pared".
"Ya tenía diez años y medio y, sin embargo, cada vez me iba encerrando más en mí mismo. Mamá no dejaba de intentarlo, pero no había nada que pudiera levantarme el ánimo, nada que hiciera volver a la vida al niño feliz de tiempos pasados. Ese niño había muerto. Y, en su lugar, había surgido un infeliz de grandes ojos, siempre silencioso, y en continua tensión, con los nervios a flor de piel".
"—Inténtalo —me dijo.
Apreté los puños y refunfuñé algo, con lo que quería significar que yo no era lo bastante bueno como para presentarme.
—Eso es una tontería —replicó—. Tú no tienes por qué ser un genio, pero al menos inténtalo".
"Sabía que ya no era un niño, pero tampoco un adulto. Estaba a medio camino entre la feliz ignorancia de la niñez y el despertar de los dolores y frustraciones de la adolescencia".
"¿Qué es lo que era yo?, me preguntaba. ¿Acaso una broma pesada de Dios? Mi vida parecía no tener rumbo fijo ni valor. Estaba prisionero, tras unos muros que se habían cerrado sobre mí cuando me convertí en adulto.
Deseaba ardientemente ser libre; quería, con todas mis fuerzas, romper mis ligaduras y escapar".
"Recordaba Lourdes y a las personas que conocí junto a la gruta, y nuevamente intenté ser como ellos: pacientes, alegres, resignados con el sufrimiento, sabedores de la recompensa que les esperaba en la otra vida… Pero no me sirvió de nada. Estaba bastante apegado a lo puramente humano".
"—¿Qué te propones?
—Oh, me olvidé de decírtelo —respondió mi madre, con mucha tranquilidad, mientras ponía la mesa para la cena—. Voy a construir una casa para Christy en la parte de atrás del jardín.
—Dios mío —repuso papá, mirándola fijamente—. ¿Quieres que nos desahucien? ¿No te das cuenta de lo que estás haciendo? Las autoridades podrían…
—Sí, sí, ya lo sé —dijo mamá, con mucha calma—. Pero ahora tómate la cena, como un buen chico, o se te enfriará.
—Solo lo harás, pasando por encima de mi cadáver —replicó mi padre, con la boca repleta de estofado.
—Primero, te enterraría, por supuesto —dijo mamá, con su imperturbable tranquilidad".
"Desde allí pude ver a mamá, rodilla en tierra, con un cubo lleno de cemento a un lado y una vasija con agua al otro. Con la mano derecha empuñaba una paleta. ¡Se la veía muy satisfecha, contemplando la hilera de bloques que acababa de levantar!
Aquella noche, tras servir la cena, se fue con toda tranquilidad a proseguir con su trabajo. Minutos después, papá, que había salido al patio a buscar no sé qué, la vio. Al principio se quedó parado, luego, poco a poco, se acercó a la pared en construcción. Y la tocó con el pie.
—¿Qué es esto? —preguntó—. ¿Qué te crees que estás haciendo?
Mamá alzó la vista.
—Estoy construyendo la casa de Chris —respondió, mientras agarraba otro bloque".
"En ese momento se acercaron mis hermanos albañiles. Mi padre se volvió hacia ellos, y les dijo:
—Mirad, chicos, vuestra madre está intentando hacer nuestro trabajo.
—Está horrible —dijo Paddy, moviendo la cabeza, con desaprobación, tras contemplar la hilera de bloques—. Ni siquiera los has puesto al mismo nivel, mamá.
—Las mujeres —añadió Peter— siempre están tratando de ser como los hombres. Vete a tu cocina, mamá.
—Pues, bueno, si es un trabajo de hombres, continuadlo vosotros —fue su contestación.
Después se puso en pie y se limpió las manos en el delantal. A continuación dio media vuelta y se marchó, pero al pasar cerca de mí me lanzó una sonrisa.
Los cinco albañiles se miraron unos a otros.
—¡Venga! —dijo papá, en cuanto ella se hubo metido en casa—. ¡Vamos a empezar!".
"De esta forma se construyó mi casa del jardín. La obra tuvo que superar muchas vicisitudes, y por momentos daba la impresión de no acabarse nunca.
La principal causa de los retrasos era la falta de dinero. Las veinte libras de mamá se acabaron enseguida, y hubo que paralizar la tarea.
Un día, mi padre me preguntó qué me parecían aquellas cuatro paredes y sus cimientos.
—Es como si fuera una sinfonía incompleta —le contesté".
"—¿Estás asustado? —me preguntó, señalando a una diminuta estatua de metal que estaba sobre la repisa de la chimenea.
Yo me limité a sacudir la cabeza.
—¿Sabes? —continuó sin dejar de mirarme—. Estás asustado, pero eres demasiado testarudo para reconocerlo. Eso está bien".
"—No hay nada que tú no puedas conseguir, Christy —me dijo, poniéndome la mano en el hombro—. Y recuerda que yo estoy aquí para ayudarte".
"—¿Qué quieres que te escriba? —me preguntó Eamonn espontáneamente y con la pluma en la mano.
Yo estaba mirando por la ventana las ramas de los árboles, que ondeaban bajo un luminoso cielo de primavera, y tras pensar un poco, me volví hacia mi hermanito, que me aguardaba impaciente.
—Mi biografía —respondí.
Mi pobre hermano dejó caer la pluma sobre la mesa, con gran estruendo.
—¿Tu… qué?".
"—Hay dos reglas principales, que son indispensables para escribir cualquier historia. Primera, debes tener una historia que contar, y segunda, debes contarla de tal modo que el lector tenga la sensación de estar viviéndola. Ahora, déjame darte unas indicaciones concretas: siempre que puedas utiliza frases cortas mejor que largas. Ya que has pintado cuadros con el pincel, tienes que hacer algo parecido con la pluma. Empieza a practicar".
"—Todo esto está muy bien, pero habrá que usar el diccionario para leerlo.
Hubiera querido entonces arrojarle la mesa, pero él se limitó a sentarse, con las manos posadas plácidamente en las solapas. Yo estaba enfadado, pero sabía que había algo de verdad en lo que acababa de decir".
"—Christy, he estado pensando en tu porvenir. Tienes talento y originalidad. Pero tu problema es cómo desarrollarlos. ¿Hasta dónde puedes llegar?
—Creo que no muy lejos —contesté.
—Lo sé —repuso el doctor—. La educación es algo que no tiene precio; pero en tu caso es totalmente esencial".
"Una tarde, me sentía muy solo y bastante envidioso de Peter y Paddy, que habían salido con sus amigos. Estaba cansado de leer. Por un momento, me senté un tanto malhumorado y sin ganas de hacer nada. En ese momento, llegó Francis para hacer el dictado. Tomó la pluma y esperó. Yo quería expresar algo, pero ignoraba la forma de hacerlo. No dejaba de pensar, mas era imposible, las palabras no me salían. Y, como de costumbre, no dejaba de contemplar mis manos totalmente inútiles. Entonces, me acordé de mi pie izquierdo.
—Lárgate de aquí, Francis —grité.
Mi hermano me miró con expresión lastimera
—Vete —le dije—. ¡Largo!
Se levantó y se deslizó fuera de la habitación, como un conejo asustado. Inmediatamente me arrojé sobre la cama, me quité el zapato y el calcetín izquierdo con el otro pie, y, tras colocar un lápiz entre mis dedos, empecé a escribir.
Escribí sin pausa y sin prestar atención a todo lo que me rodeaba durante horas y horas. Me sentía otra persona. Ya no me consideraba un desgraciado.
Ni tampoco me sentía frustrado. Era una persona libre, podía pensar, vivir, crear… De repente, la puerta se abrió y entró el doctor Collis. Me detuve, tratando de ocultar el pie, e intenté sonreír diciendo algo así como que hacía mucho frío aquella noche. Él no pareció inmutarse, y se sentó junto a la chimenea, poniéndose a hablar de nuestros temas habituales de conversación.
Pasado un rato, abordó el asunto del libro.
—¡Así que has tenido que pedir ayuda a tu viejo amigo, el pie izquierdo! —me dijo.
Algo tímidamente le enseñé el pie.
—Me pregunto cuánto tiempo podrás utilizarlo. ¿Acaso no te basta con el dictado? Lo entiendo, no le diremos nada a Eirene Collis. Pero no vuelvas a usarlo, si no es imprescindible.
Me sentí mucho más tranquilo. Sea como fuere, volvía a ser el mismo. Y aunque no llegara a conocer las alegrías de un baile, al menos podría disfrutar de la magia de los creadores".
Christy Brown
"Abajo, a una distancia más que imposible, como astros dispersados, había unas grandes manchas de luz, ciudades, sin duda, de la tierra. El Diablo las señaló.
—Son las grandes ciudades del mundo: aquella es Londres —y señaló una abajo, en la distancia—. Aquella es Berlín —y señaló otra—. Y aquella, allí, es París. Son manchas de luz en la y nosotros, en este puente, pasamos muy alto por encima de ellas, peregrinos del misterio y del conocimiento".
"—Pero, ¿cómo puede sustentarse algo por negarlo?
—Es la ley de la vida, señora mía. El cuerpo vive porque se desintegra, sin desintegrarse del todo. Si no se desintegrara segundo a segundo, sería un mineral. El alma vive porque es tentada constantemente, aunque se resista. Todo vive porque se opone a algo. Pero, si yo no existiera, nada existiría, porque no habría a qué oponerse, como la paloma de mi discípulo Kant, que, al volar en el aire leve, pensaba que podría volar mejor en el vacío".
"—Pero, si el mundo es acción, ¿cómo puede ser que el sueño forme parte del mundo?
—Es que el sueño, señora mía, es una acción convertida en idea; y por ello conserva la fuerza del mundo y rechaza la materia, que es el estar en el espacio. ¿Acaso no es cierto que en nuestros sueños somos libres?
—Sí, pero despertarse es triste…
—El buen soñador no despierta. Yo nunca he despertado. Dudo incluso que el propio Dios no duerma. Ya me lo dijo una vez…".
"—Pero, al final, ¿quién es usted? ¿Por qué va disfrazado así?
—Contestaré con una sola respuesta a sus dos preguntas: no voy disfrazado.
—¿Cómo?
—Señora mía, yo soy el Diablo. Sí, soy el Diablo".
"El principio de la ciencia es saber que ignoramos. El mundo, que es el lugar donde estamos; la carne, que es lo que somos".
"—Corrompo, pero ilumino. Soy la Estrella Brillante y de la Mañana…, frase, por cierto, que ya ha sido aplicada dos veces, no sin criterio o conocimiento, a otro que no se parece a mí".
"—Contradecir es feo…
—Contradecir actos, sí… Contradecir ideas, no.
—¿Y por qué?
—Porque contradecir actos, por malos que sean, es estorbar lo que mueve el mundo, que es la acción. En cambio, contradecir ideas es dar pie a que nos abandonen, y caer en el desaliento y, de ahí, en el sueño, y, por tanto, pertenecer al mundo".
"—No hablo contigo, sino con tu hijo…
—No tengo ningún hijo… Es decir, voy a tenerlo dentro de seis meses, si Dios quiere…
—Con él es con quien hablo… ¿Dentro de seis meses? ¿Seis meses de qué?
—¡¿De qué?! Seis meses…
—¿Seis meses solares? Ah, sí".
"—No imagina cuánto me ha gustado conversar con usted. Nunca he oído a nadie hablar así.
Habían salido a la calle, bañada con la luz de la luna, cosa en que ella no reparó.
Se calló un momento.
—Pero, ¿sabe? (es curioso) ¿sabe realmente, y después de todo, lo que siento?
—¿Qué? —preguntó el Diablo.
Ella se volvió para mirarle con unos ojos repentinamente brillantes.
—¡Una gran pena por usted…!
Una expresión de angustia, como nadie creería que pudiera existir, pasó por el rostro y la mirada del hombre rojo. Dejó caer, de súbito, el brazo con el que enlazaba el de ella. Ella dio unos pasos, constreñida. Luego se volvió hacia atrás para decir cualquier cosa —no sabía qué, porque no había entendido nada— a fin de disculparse por el disgusto que había causado".
"Y se marchó, sonriendo, pero sin darle un beso, el de costumbre, que al darlo nadie sabe si es costumbre o es beso.
Ninguno de los dos se dio cuenta de que no se habían besado".
Fernando Pessoa
"—Diferencia, diferencia, hay. Evidentemente que hay diferencia. Pero no es la que ud. cree. ¿Ud. duda quizás de que mis teorías sociales no sean iguales a las de ellos?…
—¡Ah, ya me doy cuenta! Ud., en cuanto a las teorías, es anarquista; en cuanto a la práctica…
—En cuanto a la práctica soy tan anarquista como en cuanto a las teorías. Y en la práctica soy más, mucho más anarquista que esos tipos que ud. citó. Toda mi vida lo demuestra".
"—No entiendo nada.
—¿Pero ud. pone empeño en entender?
—Todo el empeño".
"—¡Caramba con tanta hipótesis!…
—Ah, hijo, el hombre lúcido tiene que examinar todas las objeciones posibles y refutarlas antes de poder considerarse seguro de su doctrina".
"¿Qué es ser anarquista? La libertad, la libertad para uno y para los otros, para la humanidad entera. Querer estar libre de la influencia o de la presión de las ficciones sociales, querer ser libre tal como se nació y apareció en el mundo, que es como en justicia debe ser, y querer esa libertad para uno y para todos los demás. No todos pueden ser iguales frente a la Naturaleza: unos nacen altos, otros bajos; unos fuertes, otros débiles; unos más inteligentes, otros menos… Pero todos pueden ser iguales de ahí en adelante; sólo las ficciones sociales lo impiden. Esas ficciones sociales son las que era necesario destruir".
Fernando Pessoa
"¿Cómo explicarte la vida, Cris, esa permanente agitación convulsa en la que participas tan de lleno y que sin embargo ignoras, ausente en una parte y presente en otra?".
"Escribo —y es justo decirlo— después de una cadena negra de desgarros, amortiguado el corazón, adormecido —que no muerto— mientras la razón intenta poner luz en los rincones más oscuros de nuestra breve historia".
"Me estoy haciendo viejo, hijo, y la vejez es muchas veces un territorio que se hace cada vez más inhóspito, en el que se van desmoronando los recuerdos hasta dejarte solo frente al presente, contra el presente que se deshilvana, que se va destruyendo pedazo a pedazo sin estrépito hasta que te aleja de todo aquello que has amado y que es lo único que al fin justifica una vida, hasta que levanta un muro atroz entre tú y el pasado y termina recluyéndote en ese gueto de soledad y silencio en el que solo se vive el instante que se vive, solo ese, solo ese sin más, sin nada más que ese segundo que te conecta con la realidad y te abandona en el segundo siguiente y el anterior ha dejado de existir".
"Los últimos meses de tu abuela los reduje en unos pocos versos que aún hoy se me revuelven:
Su tiempo final
fue solo un laberinto de cables y gusanos,
un pánico infantil,
una demencia oscura.
A veces la vejez
es una casa llena de horror y desamparo
una soledad que habitan los fantasmas.
(Descolgada
por detrás de sus ojos
estaba la locura)".
"El hombre regresa a su interior siempre lleno de respuestas que luego no sirven para nada. El camino que uno anda no va a ninguna parte y los paisajes son solo decorados que se montan y se queman y se vuelven a montar; cartón piedra y mentiras para justificar esta tarea incoherente que es vivir".
"El mundo que trato de explicarte no es ese que me estremece hasta la ira. Te hablo de nosotros, de este microcosmos que somos los tuyos y cuanto te rodea de una forma cercana y que se va apagando lentamente.
Los pulmones, tus pulmones cien veces heridos sin que tú hicieras nada y los míos machacados por la vida".
"Tengo miedo y no sé ni por qué".
"Abrázame fuerte que por dentro me oigo muertes, viejas muertes".
"Moriré en Buenos Aires, será de madrugada, que es la hora en que mueren los que saben morir".
"Hoy necesito que me abraces fuerte, Cris, muy fuerte, porque yo también oigo viejas muertes por dentro, tantas muertes que me habitan, otoños que me crecen y me ahogan, las brasas que se apagan de un fuego ya extinguido".
"Te escribo todo esto, Cris, como si fueras a leerme una tarde llena de paz y de verano, como si de pronto un día nos fuéramos a despertar juntos de este sueño, no por cotidiano y dulce menos atroz, que dura, a día de hoy, treinta y tres años, siete meses y tres días; te preguntaría: «¿Cómo estás?», y te acariciaría el pelo, aunque sé que no ibas a dejarme que lo hiciera:
tu pelo y tu boca son dos templos sagrados casi inexpugnables.
Te preguntaría: «¿Cómo estás, hijo?». Y hasta ahí llego".
"Vivimos «como si» —esta es una idea que le leí a Pániker hace ya mucho tiempo—, porque es la única forma de vivir que hemos tenido, que nos ha sido dada. Vivimos como si realmente nos reconocieras, como si realmente reconocieses en nosotros, aunque solo fuera por algún instinto primario, que somos tuyos y que tú eres nuestro".
"Y cuando extiendes la mano con la vehemencia que lo haces, ¿nos estás pidiendo algo que existe y que tú ves y deseas o no es más que un acto reflejo? Esa ignorancia de tu voluntad —o de tu instinto—es el resumen de todo cuanto hoy me lleva a reflexionar sobre nosotros: la no comunicación, esa carencia que nadie puede llegar a imaginar lo que supone hasta que no se vive junto a los que quieres y tan solo alcanzas las fronteras de una piel que es la pantalla final de posibles emociones, porque más allá del tacto todo es silencio o grito, sonidos que se repiten soledad, soledad e ignorancia".
"El «como si» ha sido siempre nuestro escudo, nuestra absurda justificación teñida, disfrazada de esperanza, la respuesta fácil y profundamente humana que necesitábamos. Pero ya no quiero jugar a ese juego, ya no quiero razones en las que no creo o que al menos cuestiono, sino enfrentarme a los hechos, aunque la conclusión carezca de sentido".
"Nos iremos los dos, Cris, y si muero yo antes, no tendrás nada que llorar, no habrá sufrimiento en tu corazón ni luto en tu conciencia. Bendito seas".
"La consciencia en ocasiones es una trampa llena de culpas y de miedos".
"Cierto que sus raíces son como los lazos que te unen a la vida; pero el oficio de los hombres, Cris, es vivir, con todos sus peligros, sus riesgos, sus absurdos inesperados, pero vivir, vivir, no sobrevivir. Y tú, hijo, desde que llegaste al mundo has sido un sobreviviente, te has enfrentado a la muerte cara a cara tantas veces que vivir no ha sido en tu caso una costumbre, un oficio, ni siquiera una aventura apasionante, arriesgada, elegida: solo una lucha instintiva, irracional y permanente.
Vivir".
"¿Qué me quieres decir?
Una palabra tuya, tan solo una.
¿Acaso pido demasiado? Una palabra, Cris, tan solo una antes de separarnos.
No va a ocurrir".
"Tu mirada. Tus ojos. Hay tanta vida dentro de tus ojos y, sin embargo, muchas veces miras como desconfiando, frunces el ceño y te agazapas; es como si te escondieras detrás de tu mirada o de pronto cierras los ojos muy fuerte. ¿Por qué? ¿Qué mundo contemplas cuando aprietas los párpados como negándote? ¿Qué ves cuando nos miras serio y lejano, cuando te niegas a mirar?
También te ríes, también de pronto te ríes y en tus ojos entonces galopa la vida libremente y es hermoso".
"¿Pero qué ocurre cuando sucede todo lo contrario? Cuántas veces me acerco hasta tu silla, hasta tu cama y esas espadas tuyas de plumas y algodones que son tus brazos fuertes me detienen, me apartan de tu cara, de tu cuerpo. «Solo iba a darte un beso, Cris, solo era eso». Pero has cerrado de pronto las fronteras sin motivo —pienso que sin motivo— y rechazas tercamente mi presencia. Te vuelvo a hablar «como si», te digo en broma «vale, vale, hoy no quieres…». Y te ofrezco mi mano, la dejo así extendida, sin tocarte, en espera de la tuya, de que tú, al menos, acerques tu mano a la mía que te espera. Y hay veces que lo haces y nuestras manos se rozan sin tomarse, libres; tu mano tan caliente, tan suave, tu mano y la mía, palma con palma, reconociéndose. No quiero equivocarme ni forzarte, pero tras ese roce me inclino otra vez sobre tu frente y otra vez me paras con tu brazo, me paras, me separas.
Solo iba a darte un beso, Cris, solo era eso, pero, vale, vale, hoy no quieres".
"Los vacíos forman parte de la realidad, son la realidad no tangible, pero existen y nuestro mundo, Cris, está lleno e huecos, de vacíos".
"Tendría que explicarte qué es el dolor, diferenciar el dolor del sufrimiento porque aunque todo dolor —hablo del dolor físico— implica sufrimiento, no siempre el sufrimiento es consecuencia del dolor; este aguijón clavado de tenerte y no tenerte es otra cosa distinta al dolor, es el sufrimiento".
"En tus ojos se reflejaba una angustia animal y en el continuo agitar de todo tu cuerpo reclamabas el aire que te faltaba.
No pude más y te cogí en brazos muy fuerte y te agarraste a mí en el mayor de los abrazos como si yo pudiera poner fin a ese descalabro, a esa sinrazón que reinaba en tu cuerpo, en aquel cuarto, tu cuarto, que se había convertido de pronto en un infierno de silencios en espera de algo que no iba a suceder. Te cogí en brazos para nada, para que me sintieras cerca y para sentirte, para tenerte y que me tuvieras".
"«Ya, Cris, ya —te decía mientras te abrazaba fuerte—. Ya, mi vida, tranquilo, tranquilo».
Pero todas mis palabras, todo el amor y el miedo de mi abrazo no te daban el oxígeno que necesitabas.
«Ya, ya, tranquilo hijo, despacito, tranquilo…». Y te apretaba fuerte, fuerte y tu palidez lo llenaba todo, tu agitación.
Quiero creer que tras ese abrazo instintivo, animal, largo, tras esa conjunción física de tu angustia y mi impotencia, recobraste un poquito de calma y fue más fácil que aguantaras la mascarilla salvadora. Luego, la terrible ceremonia de siempre: la ambulancia, el ingreso por urgencias, las pruebas… Pero jamás olvidaré aquellos minutos en los que casi me abalancé sobre ti para cogerte en brazos y allí, cuerpo a cuerpo, agarrados muy fuerte tu angustia con mi miedo, fuimos uno en busca de una paz que no encontramos pero que logró calmar, aunque fuera un poquito, la espera atroz de la sirena de una ambulancia que te iba a llevar, otra vez, hacia el siempre incierto camino de la vida)".
"No es sencillo explicar cómo se puede añorar lo que para otros es un drama, pero con qué pasión gozosa esperaría una mirada tuya culpándome por ese abandono, por dejarte allí sin mí, sin nosotros. Pero tú te alejas sin reproches y es muy posible que ya ni existamos en tu memoria.
Una vez más, me digo que así es mejor porque no sufres, aunque realmente ignoro lo que sientes".
"Estabas tan presente pese a todo que el teléfono volvió a ser el cordón umbilical que nos unía a ti, que nos traía noticias tranquilizadoras de tu estado".
"Hasta que un día, después de muchos años, cuando los cuerpos empiezan a romperse y el tiempo te castiga la espalda y tal vez el corazón, cuando te faltan las fuerzas para vivir el día a día y has probado ya todo, entonces te planteas la gran decisión de la residencia, dejarte en aquel sitio que fuimos construyendo, junto a otros padres, para cuando llegara este momento.
Y es una de esas decisiones que te marcan para siempre".
"(Como también es el precio que después de tantos años aún me despierte angustiado de pronto alguna noche oyéndote en tu cama de casa que no ocupas. Te oigo con tanta claridad que al final me levanto y voy a tu cuarto vacío y sonrío pensándote dormido ajeno a mí en la residencia, ajeno a mi sobresalto, al no sonido que yo oigo. Sonrío porque me hace feliz saber que, pese a todo, la distancia no existe. Quiero no acostumbrarme a tu ausencia y sé que así será siempre también ese es el precio)".
"Pero Dios no tenía nada que decirme.
La única respuesta de Dios fue su silencio".
"»¿Qué puedes decirme Dios? ¿Qué le puedes decir a este hijo tuyo al que dicen que amas?
Pero Dios guardó silencio".
"Vamos a hacer una disección escrupulosa de este enjambre de sentimientos que no hemos compartido, tú, tan distante y tan siempre cercano a nosotros y nosotros intentando una y otra vez deshacer las distancias, vivir como si los vínculos que nos ataron desde el primer latido de tu corazón aún dentro del vientre de la madre hubieran seguido el curso pacífico de aquella vida que crecía en sus entrañas".
"Nos educan para tener hijos sanos, Cris, y es cierto que, aunque uno se pone en lo peor, nunca piensas que te va a tocar a ti, ni siquiera a nadie de tu entorno. Pero eso ya no importa. Tú fuiste la excepción a lo que normalmente ocurre y nadie sabía muy bien lo que pasaba".
"No te voy a contar —ya lo hice— cómo fue tu llegada al mundo, cómo atravesamos Madrid en una ambulancia los dos juntos, tú dentro de una incubadora y yo a tu lado mirándote sin entender nada, convenciéndome de que todo sería una falsa alarma o el problema de unos pocos días. Tu madre, aún medio dormida, solo llegó a escuchar lejanamente la sirena de la ambulancia en el patio y un reflejo de sus luces amarillas que se encendían y apagaban. Nevaba sobre Madrid y las calles estaban abarrotadas de gentes que nada sabían de la tragedia presentida que viajaba en aquella ambulancia: un niño apenas recién llegado a la vida y un hombre impotente y abrumado".
"Fue todo demasiado rápido, tan rápido que nunca terminaba. Pasillos, batas blancas, voces, manos que entraban y salían en aquella cápsula que era la incubadora para llegar a ti, para manipular tu cuerpito en peligro, para tocarte, para buscarte venas, colocarte ventosas, pincharte en la cabeza, ponerte boca abajo para que no te ahogaras con tu propia lengua que no se había terminado de fijar bajo un paladar abierto. Es bonita esa expresión: el cielo del paladar.
Pero a ti se te negó ese paraíso. No había cielo.
No había paladar".
"Era tan urgente huir, tan necesario y tan humano".
"Yo no estaba en tu mundo en blanco y negro, tu mundo de destellos y negruras. Pero no debí irme porque la cruz que tú llevabas era mi cruz, porque fuimos nosotros los que te trajimos, porque yo no era inocente de esa sangre tuya que llevaban urgente de un laboratorio a otro".
"Tendría que haberme quedado contigo, junto a ti, a tu lado, dijeran lo que dijeran las normas por si pasaba algo, por si no pasaba nada. Debí quedarme, hijo, debí quedarme. Pero me fui. Cobarde y solo. Recorrí los pasillos despacio, muy despacio en busca de la noche y de la nieve, del olvido imposible.
Y te dejé solo en aquella madrugada de cuchillos.
Necesitaba descansar.
Y te dejé solo".
"No es fácil, Cris, llenar de flores la desgracia, vestir con puntillas la desnudez del dolor, endulzar con bombones la amargura ni sonreír ante una madre que ni siquiera ha tenido tiempo de conocer al hijo. Nueve meses juntos y de un solo tajo la separación, el exilio, la soledad de los dos unida por el puente inútil de un hombre arrumbado por la ignorancia que intenta disimular con una pátina de tranquilidad lo que era ya una tragedia consumada".
"No, no hubo muchas visitas ni regalos tras tu llegada al mundo. En realidad, no sabemos qué hacer en estos casos, no sabemos si es mejor respetar el silencio y la angustia, no sabemos si nuestra visita va a calmar ese miedo o inevitablemente hay que preguntar sabiendo que cada pregunta es una nueva herida que se abre sobre la gran herida ya abierta".
"Hay tantas soledades que se podría hacer un catálogo, una guía, clasificarlas de mil formas. Las soledades nos llevan".
"Y ella
«Ella me preguntaba de cosas ignoradas y yo le respondía de cosas imposibles…».
Lo escribió Juan Ramón, pero no había de fondo ninguna dulce música de piano. Ella me preguntaba de cosas que yo ignoraba y yo de vez en cuando le medio mentía con respuestas imposibles".
"¿Cuál era tu verdad, Cris, cuál era realmente la verdad? Tu verdad solo podía ser el minuto siguiente, el instante apenas perceptible entre una respiración y otra. Tu verdad era que pasara ese minuto, y que luego pasara otro y otro y...".
"Estabas saliendo ya de la anestesia y apenas medio abrías de vez en cuando unos ojos que ni siquiera podían verme, unos ojos durísimos, grises y azules, que no buscaban nada, que no tenían lágrimas, que no veían al hombre que al otro lado, vacío casi de emociones, apoyaba su frente contra el cristal, solos los dos en aquella sala grande y blanca, tú y yo, solos entre tanta gente, tú y yo tan lejos y tan cerca separados por la enorme cristalera, los dos allí, inútiles, al borde, cada uno, de su precipicio".
"A última hora, cuando los médicos de paliativos avisaron a los padres de David que ya era el final, le dijeron a la madre —generosos— que tal vez no era necesario que estuviera allí presente, que no tenía por qué pasar por ese trance. Y la respuesta de MJ. fue de una sencillez y de una rotundidad apabullante: «Si estuve cuando vino al mundo, cómo no voy a estar cuando se va»".
"Me cruzo con un millón de coches camino del tanatorio. Nadie sabe nada, en esta ciudad abarrotada, de David, de sus hermanos, de sus padres.
Nadie sabe nada de nosotros. Nadie sabe nada de ti, Cris, nadie en esta ciudad que se desangra. El semáforo en rojo. Vuelve a llover, y David, que es como si hoy no hubiera querido amanecer, como si se hubiera retirado ya de esta carrera inútil harto de tanta cosas, como si hubiera dicho: «No sigo, ha sido suficiente». Pero no es verdad. No dijo nada, ni quiso nada, ni deseó otra cosa que no fuera".
"Dónde están tus venas, hijo, por qué todo resulta siempre tan difícil, tan duro, tan doloroso.
Ya, Cris, ya. No podemos más, ya no más.
¿He escrito «no podemos»? ¿Qué inmoralidad es esta de escribir que ya no puedo más cuando eres tú la víctima inocente y yo solo el testigo?
Ni pediste nacer ni opinaste en aquel día atroz que volvimos a decidir tu destino entre nosotros. ¿Cómo me atrevo siquiera a teclear ya-no-puedo-más?".
"Solo era eso, Cris, llevarte de la mano hasta que tú solo hicieras tu camino, hablar contigo, sufrir contigo, alegrarnos de tus éxitos y compartir la frustración de tus fracasos.
Solo queríamos traer una nueva vida y que esa vida hiciera del mundo un lugar más hermoso.
Nada más.
Y ya ves.
Somos dos abismos que ni siquiera pueden conversar".
"Fue un tiempo duro, largo, un desconcierto lleno de charcos negros".
"Es estúpido, seguramente es estúpido, pero odio a las moscas que te buscan, las odio".
"Y Madrid era un océano escarlata al otro lado de la ventana mientras en la habitación solo había aparatos con suero, mascarillas, estetoscopios buscando silbidos y sonidos metálicos en tu cuerpo tan nuestro, tan amado".
"No sé cuánto tiempo pasó. Al fin la sonda llegó donde debía y todos respiraron con alivio. Entonces pude mirarte; iba a secarte el sudor de la frente con una toalla mojada.
Entonces me encontré con ellas y el corazón se partió.
Estaban allí, inmóviles aun en tus mejillas. Nunca antes la había visto.
Habías llorado, hijo, habías llorado.
Por primera vez, sin ruido, sin aviso, sin saber qué pasaba, y yo más preocupado de sujetarte para que la sonda no saliera por la boca o no rozara el pulmón y sin ver tus ojos.
Y tú lloraste en silencio y yo ni me di cuenta.
Aún tenías tres lágrimas en las mejillas cuando iba a refrescarte la frente con una toalla húmeda.
Allí estaban tus lágrimas mirándome, quietas, bajo tus párpados, inmóviles, esperándome, sin llegar a caer, quietas bajo tus párpados.
Y entonces me rompí".
"Pero la vieja pregunta sigue en pie: ¿dónde está la verdad? Y yo no tengo respuesta, pero me niego a retirarme sin más para lavarme las manos y declararme inocente de tu vida.
No lo soy.
Debe ser el otoño".
"El mundo no es hermoso, aunque tal vez se pueda aún vivir hermosamente sin necesidad de engañarse".
"Esto es parte del todo. No es el principio ni tampoco el final porque el final en realidad no existe. La vida continúa y nosotros en ella".
Andrés Aberasturi
Sauce ciego, mujer dormida:
"Era consciente de que debería ser un poco más amable con él, hablarle de esto y de lo otro. Intentar disipar el nerviosismo que sentía antes de llegar al hospital. Pero habían transcurrido cinco años desde que nos vimos por última vez.
Durante esos cinco años, mi primo había pasado de los nueve a los catorce años, y yo, de los veinte a los veinticinco. Y ese lapso de tiempo había levantado entre nosotros una barrera opaca imposible de atravesar".
"Conforme el autobús fue subiendo la cuesta de la montaña, las hileras de edificios se hicieron más escasas. El tupido ramaje de los árboles arrojaba una densa sombra sobre la calzada. Empezaron a aparecer casas de estilo extranjero, de paredes pintadas y vallas bajas. El aire era fresco. Cada vez que el autobús tomaba una curva, el mar aparecía bajo nuestros ojos para desaparecer a continuación. Mi primo y yo fuimos siguiendo con la mirada el paisaje hasta llegar al hospital".
"Mis recuerdos se detenían en este punto. Intenté recordar qué sucedió a continuación. Me tomé una Coca-Cola, contemplé los laureles, le vi el pecho y, ¿qué ocurrió después? Me removí sobre la silla de plástico y, con la mejilla apoyada en el cuenco de la mano, hurgué en los estratos más profundos de mi memoria.
Como si intentara extraer un tapón clavando la punta del cuchillo en el corcho".
"Regreso a mis recuerdos. Pienso en el pequeño bolígrafo dorado que la novia de mi amigo llevaba en el bolsillo del pecho.
… Sí. Con ese bolígrafo ella garabateó algo en una servilleta de papel. Hizo un dibujo. Pero el papel de la servilleta era demasiado blando y la punta del bolígrafo no se deslizaba bien por su superficie. Con todo, la novia de mi amigo dibujó una colina.
En la cima había una casita. Dentro de la casita había una mujer durmiendo.
Alrededor de la casa crecían los sauces ciegos. Y eran éstos los que le provocaban el sueño.
—¿Y qué diablos son los sauces ciegos? —preguntó mi amigo.
—Pues esos árboles de ahí.
—Jamás he oído hablar de ellos.
—Es que me los he inventado yo —sonrió ella—. Los sauces ciegos tienen un polen muy fuerte, y cuando unas pequeñas moscas portadoras de ese polen penetran en el oído de una mujer, ésta se queda dormida".
"Mi primo me agarró del brazo con fuerza.
—¿Estás bien? —preguntó.
Volví en mí, me puse de pie. Esta vez pude levantarme sin dificultad.
Pude volver a sentir en la piel aquella preciosa brisa de mayo. Luego permanecí durante unos segundos en un extraño lugar envuelto en tinieblas. En un lugar donde no existía lo visible y sí existía lo invisible. Unos instantes después, el autobús 28 real se detenía ante nuestros ojos y abría sus puertas reales. Y nosotros pasábamos a su interior y nos dirigíamos a otra parte.
Apoyé una mano en el hombro de mi primo.
—Estoy bien —le dije".
La tragedia de la mina de carbón
de Nueva York:
"—Siento andar pidiéndotelo siempre —le dije—. Tendría que comprarme uno, pero nunca encuentro el momento. Al comprarte un traje de luto, no sé, parece que se te vaya a morir alguien.
—No te preocupes. Total, yo no lo necesito. Incluso es posible que el traje prefiera que lo lleve alguien a estar colgado de la percha como un inútil —dijo.
Él mismo, desde que lo había adquirido, tres años atrás, no se lo había puesto nunca.
—Mírame a mí. Desde que lo tengo, no se me ha muerto nadie —comentó.
—Sí, estas cosas pasan —dije yo.
—¡Y tanto que sí! —exclamó".
"Para mí, en cambio, aquél había sido un año de funerales. A mi alrededor, mis amigos y los que habían sido mis amigos se habían ido muriendo uno tras otro. Un cuadro parecido a un campo de maíz azotado por la sequía del verano.
Yo tenía veintiocho años. Mis amigos también contaban, más o menos, con la misma edad. Veintisiete, veintiocho, veintinueve años… Una edad poco adecuada para morir. Los poetas mueren a los veintiún años, los revolucionarios y las estrellas del rock, a los veinticuatro. Una vez superada esa edad parece que, de momento, estés a salvo".
"La muerte a una edad tan temprana como los veintiocho años es tan triste como la lluvia de invierno".
"Exceptuando al amigo que se suicidó, todos tuvieron una muerte repentina, ninguno fue consciente de que se acercaba su hora. Como si hubieran estado subiendo una escalera que conocían de memoria y, de repente, les hubiera fallado un peldaño y se hubiesen precipitado al vacío".
"Tomó el traje envuelto en plástico y lo guardó cuidadosamente dentro de la cómoda con ademán de estar devolviendo un osezno que acaba de hibernar a su osera.
—Espero que el traje no huela a entierro —dije.
—Qué más da. Está para eso. Lo que importa no es el traje, sino lo que hay dentro.
—Sí, claro —repuse".
"—Últimamente te veo un poco triste —dijo.
—¿Ah, sí? Es posible —dije.
—Seguro que por la noche le das demasiadas vueltas a las cosas —dijo—.
Yo, de noche, dejo de pensar.
—¿Y cómo lo logras?
—Cuando parece que voy a deprimirme, empiezo a hacer la limpieza sin pensar en nada. Aunque sean, por ejemplo, las dos o las tres de la madrugada, lavo todos los platos sin dejarme uno, limpio el horno, paso un paño por el suelo de la casa, blanqueo los trapos, ordeno los cajones, plancho todas las camisas del armario —me contaba removiendo el hielo del vaso con la punta de un dedo—. Y, una vez que estoy agotado, me tomo una copa, sólo una, y me duermo. Muy sencillo.
Por la mañana, cuando, al levantarme, me pongo los calcetines, ya lo he olvidado todo. Ni siquiera recuerdo en qué estaba pensando".
"—¿Sabes? Tengo una botella de champán —dijo él con expresión seria—. La traje de Francia de mi último viaje de negocios. No entiendo gran cosa de champán, pero éste tiene que valer mucho la pena. ¿Nos lo bebemos? Después de tantos entierros, te lo mereces.
—¿No lo tenías reservado para tomártelo con alguna chica en Nochebuena? —le pregunté.
Él trajo la botella de champán fría, dos copas limpias, lo depositó todo en silencio sobre la mesa. Esbozó una sonrisa terriblemente irónica.
—El champán no sirve para nada. Lo único que cuenta es el momento de descorchar la botella.
—¡Ah, ya! —dije admirado".
"—¿Sabes? Eres idéntico a alguien que conozco —dijo ella—. La fisonomía de la cara, la figura, tenéis un aire idéntico, la misma manera de hablar.
Es increíble lo mucho que os parecéis. Te he estado observando desde que has llegado.
—Si tan iguales somos, me gustaría conocerlo —dije. Eso es cuanto se me ocurrió decir.
—¿De veras?
—Pues, sí. Me gustaría saber qué se siente al conocer a alguien que es idéntico a ti.
Su sonrisa se acentuó por un instante y luego volvió a suavizarse.
—Ya no es posible —replicó ella—. Murió hace cinco años. A la misma edad que debes de tener tú ahora.
—¿Ah, sí? —dije.
—Lo maté yo".
"—¿Te gusta la música? —me preguntó ella.
—Si se trata de buena música en un mundo bueno, sí.
—En un mundo bueno no hay buena música —dijo ella como si me revelara un gran secreto—. En un mundo bueno, el aire no vibra.
—¡Ah, claro! —exclamé. No había otra respuesta posible".
Avión… o cómo hablaba él a solas
como si recitara un poema:
"—El corazón de las personas es como un pozo muy profundo. Nadie sabe lo que hay en el fondo. Sólo podemos imaginárnoslo mirando la forma de las cosas que, de vez en cuando, suben a la superficie".
"—Hablas a solas como si estuvieras recitando un poema".
El espejo:
"En las horas que me quedaban libres escuchaba discos en la sala de música, leía en la biblioteca o jugaba al baloncesto en el gimnasio. Allí solo, por la noche, se estaba muy bien. ¿Que si tenía miedo? No, no. ¡Qué va! A los dieciocho o diecinueve años se desconoce el miedo".
"Así que no vi ningún fantasma. Lo único que yo vi fue… a mí mismo.
Pero aún no he podido olvidar el terror que experimenté aquella noche. Y siempre pienso lo siguiente: «El hombre únicamente se teme a sí mismo». ¿Qué opináis vosotros?".
Un día perfecto para los canguros:
"—Es que, ¿sabes?, a mí me da la impresión de que si me pierdo esta oportunidad, ya no podré volver a ver jamás una cría de canguro.
—No, quizá no.
—Porque, ¿has visto tú alguna vez una cría de canguro?
—No, nunca.
—¿Y crees que volverás a ver otra en el futuro?
—Pues, ¡quién sabe! Ni idea.
—¿Ves? Por eso estoy preocupada".
Los gatos antropófagos:
"—¿Por qué no volvemos a casa y hacemos el amor? —propuso ella.
—Todavía es por la mañana —dije yo.
—¿Les pasa algo a las mañanas?
—Nada en especial —dije".
La luciérnaga:
"—Oye, si quieres…, si no te va mal…, si no fuese una molestia…, podríamos vernos otra vez. Ya sé que no tengo ningún derecho a proponértelo, pero… —me dijo en el momento de separarnos.
—¿Derecho? —me extrañé—. ¿A qué te refieres con «derecho»?
Ella enrojeció. Tal vez se hubiera dado cuenta de mi asombro.
—No sé explicarlo —comentó en tono de disculpa".
"«La muerte no existe en contraposición a la vida sino como parte de ella»".
"Los ojos de Naoko habían ganado en transparencia. Una transparencia que no iba a ninguna parte. A veces, sin razón aparente, clavaba sus ojos en los míos. Cada vez que ocurría, a mí me embargaba la tristeza".
En cualquier lugar
donde parezca que esto pueda hallarse:
"—Oye, ¿tienes perro?
—No. Pero sí tengo peces tropicales.
—¡Ah! —dijo la niña. Aunque no parecían entusiasmarle los peces tropicales.
—¿Te gustan los perros? —le pregunté a la niña.
Sin responder a mi pregunta, ella me hizo otra.
—¿Tienes niños?
—No, no tengo niños —le respondí.
La niña me clavó una mirada suspicaz.
—Mi madre dice que no hable con hombres que no tienen niños. Porque, según ella, entre éstos hay muchos marranos.
—No siempre es así. Pero es verdad que debes andarte con cuidado con los hombres que no conoces. Tal como te previene tu madre.
—Pero yo no creo que tú seas un marrano —dijo la niña.
—Yo diría que no.
—Y tú no me enseñarás de repente el pito, ¿verdad?
—No.
—Y tú no coleccionas bragas de niñas pequeñas, ¿verdad?
—No".
Haruki Murakami
"Steventon, sábado 9 de enero
En primer lugar espero que vivas veintitrés años más. Ayer fue el cumpleaños del señor Tom Lefroy, así que tenéis casi la misma edad".
"Me regañas tan duramente en la larga y agradable carta que acabo de recibir, que casi tengo miedo de decirte cómo nos comportamos mi amigo irlandés y yo. Imagina las cosas más libertinas y escandalosas en la manera de bailar y de sentarnos uno junto al otro".
"Me muero de impaciencia por ir, pues confío en recibir una propuesta de mi amigo durante el transcurso de la velada. Lo rechazaré, sin embargo, a menos que prometa deshacerse de su abrigo blanco".
"Viernes.
Finalmente ha llegado el día en el que coquetearé por última vez con Tom Lefroy y, cuando recibas esta carta, todo habrá terminado. Me brotan las lágrimas mientras escribo ante tan melancólico pensamiento".
"Pasamos por Bifrons y pude contemplar, con melancólico placer, la residencia de aquel a quien durante algún tiempo adoré tiernamente".
"(...)y no te costará creerme cuando te diga que no habló en absoluto de su sobrino, y muy poco de su amigo. No mencionó ni una sola vez el nombre del primero ante mí, y yo fui demasiado orgullosa para hacer preguntas; pero cuando mi padre le preguntó —luego— dónde estaba, me enteré de que había regresado a Londres de camino a Irlanda, donde obtuvo su titulación y piensa establecerse como abogado. Me enseñó una carta que había recibido de su amigo hace algunas semanas —como respuesta a la carta escrita por ella, para recomendar a un sobrino de la señora Russell, a su atención en Cambridge— y, hacia el final, había una frase en este sentido: «Siento mucho la enfermedad de la señora Austen. Me causaría un placer especial tener la oportunidad de profundizar mi relación con esta familia, con la esperanza de crear un interés similar hacia mí. Pero, de momento, no puedo permitirme ninguna expectativa sobre ello». Es bastante racional, hay menos amor y más sentido común en él del que había mostrado anteriormente, y estoy muy satisfecha. Todo seguirá adelante extremadamente bien, y desaparecerá de una manera muy razonable. No parece probable que venga a Hampshire esta Navidad y, por consiguiente, es muy posible que nuestra indiferencia pronto sea mutua, a menos que su interés —que pareciese provenir de no saber nada de mí en un principio— se vea fortalecido no viéndome nunca más".
"No me extraña tu deseo de volver a leer First Impressions, rara vez lo has hecho y de eso hace ya mucho tiempo".
"Cassandra Austen, de Bath a Kintbury
Jueves 21 - viernes 22 de muyo de 1801
Paragon, jueves 21 de mayo
Mi querida Cassandra,
Tener que escribir frases largas sobre temas desagradables es muy odioso, de modo que me desharé tan pronto como me sea posible del que domina ahora mis pensamientos".
"Un placer viene detrás de otro rápidamente".
"¡Eres tan rara!… ¡y, al mismo tiempo, tan perfectamente natural, tan original y, sin embargo, tan similar al resto!".
"Dulce Fanny, no tengas esa idea de ti misma. No propagues en el recinto de tu imaginación una calumnia tan maligna sobre tu intelecto. No hables mal de tu buen juicio solo para satisfacción de tus fantasías. El tuyo es un sentido común que merece un tratamiento más honorable. No estás enamorada de él. Jamás has estado realmente enamorada de él.
Afectuosamente tuya,
J. Austen".
"En resumen, si llego a vieja, desearé haber muerto ahora, bendecida por la ternura de una familia como la mía, antes que sobrevivir a cada uno de ellos o a su afecto".
"Desde el martes por la tarde, cuando el mal reapareció, se produjo un visible cambio, dormía más y con más sosiego; de hecho, durante las últimas cuarenta y ocho horas estuvo más tiempo dormida que despierta. Su aspecto cambió, se estaba apagando, pero no percibí la más mínima disminución de sus fuerzas y, aunque en aquel momento ya no albergaba esperanza alguna de recuperación, no sospechaba que se estaba acercando tan rápidamente mi pérdida".
"He perdido un tesoro, una hermana como ella, una amiga que jamás podrá ser igualada. Era la luz de mi vida, volvía preciosa hasta la más insignificante alegría, aliviaba cualquier pena, jamás le he ocultado ni uno solo de mis pensamientos, y me siento como si hubiera perdido una parte de mí misma".
"Sintió que se moría aproximadamente media hora antes de serenarse y de perder aparentemente la consciencia. En aquella media hora luchó su última batalla, ¡mi pobre alma! Decía que no podía expresar su sufrimiento, aunque no se lamentaba de un dolor específico. Cuando le pregunté si deseaba alguna cosa, su respuesta fue que no deseaba nada más que la muerte".
Jane Austen