domingo, 12 de febrero de 2023

Citas: Un gato callejero llamado Bob - James Bowen

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 "Según una famosa cita que leí en alguna parte, a todos se nos ofrecen segundas oportunidades cada día de nuestras vidas. Están ahí para que las tomemos, pero simplemente no lo hacemos.
He pasado una buena parte de mi vida confirmando esa cita. Se me dieron un montón de oportunidades, algunas veces a diario. Durante mucho tiempo no supe aprovecharlas, pero de pronto, a principios de la primavera de 2007, eso comenzó a cambiar. Fue justo entonces cuando me hice amigo de Bob. Al echar la vista atrás, algo me dice que también debía de ser su segunda oportunidad".


"—Pobrecillo, creo que es un gato perdido. No tiene collar y está muy delgado —declaré, alzando la vista hacia Belle, que esperaba paciente al pie de las escaleras.
Me conocía lo bastante como para saber que tengo debilidad por los gatos.
—No, James, no puedes quedártelo —indicó, moviendo la cabeza hacia la puerta del apartamento frente a la que estaba el gato—. No creo que estuviera simplemente merodeando por aquí y se apostara en este sitio. Debe de pertenecer a quien quiera que viva aquí. Probablemente está esperando a que regresen y le dejen pasar.
A mi pesar, tuve que darle la razón. No podía coger al gato por las buenas y llevármelo a casa, incluso aunque todo pareciera apuntar que estaba abandonado.
Hacía poco que acababa de mudarme a este lugar y todavía estaba intentando poner orden en mi apartamento. ¿Qué pasaría si de verdad perteneciera a las personas que vivían en ese piso? No creo que se tomaran demasiado bien que alguien se apropiara de su mascota, ¿verdad?
Además, lo último que necesitaba en ese momento era asumir la responsabilidad extra de un gato. Era un músico fracasado que intentaba recobrarse de su adicción a las drogas y que vivía precariamente en un piso tutelado. Ser responsable de mí mismo ya era lo suficientemente duro".

"Por simple curiosidad, solté al gato de la correa para ver si sabía hacia dónde dirigirse. Pero mientras caminábamos por las calles resultó evidente que no sabía dónde estaba. Se le veía totalmente perdido. Levantaba la vista hacia mí como diciendo: «No sé dónde estoy; quiero quedarme contigo»".

"Londres siempre ha tenido una gran población de gatos callejeros y asilvestrados que vagan por las calles y se alimentan de sobras y del cariño de extraños. Hace quinientos o seiscientos años lugares como la calle Gresham en la City, Clerkenwell Green y Drury Lane solían ser conocidos como «calles de gatos» y estaban abarrotados de ellos. Estos animales callejeros son los verdaderos desechos, los restos del naufragio de la ciudad, merodeando y peleando para sobrevivir a diario. Muchos de ellos eran como este gato anaranjado: criaturas ligeramente magulladas y rotas.
Tal vez éste había intuido en mí un alma gemela".

"A su favor debo decir que además se tomó la molestia de comprobar si el gato tenía insertado un chip. No había ninguno, lo que volvía a reforzar mi teoría de que era un gato callejero.
—Debería ponérselo cuando tenga oportunidad —dijo—. Y también creo que habría que esterilizarlo lo más pronto posible —añadió, tendiéndome un folleto con publicidad sobre la castración gratuita de gatos callejeros.
Dada la forma en la que el gato arañaba todo lo que había en casa y lo juguetón que estuvo conmigo, asentí en reconocimiento a su diagnóstico.
—Creo que es una buena idea —sonreí esperando que al menos me preguntara por qué.
Pero el veterinario no parecía estar interesado en saberlo. Solo le preocupaba redactar sus notas en el ordenador e imprimir la receta. Ambos formábamos parte de la cadena de producción que necesitaba seguir avanzando y dejar paso al siguiente paciente. No era culpa suya; así es el sistema".

"En los días siguientes, mientras le cuidaba para que se recuperara, llegué a conocerle un poco mejor. Para entonces ya le había puesto nombre: Bob. La idea surgió mientras veía en DVD una de mis viejas series de televisión favoritas, Twin Peaks.
En la serie aparecía un personaje llamado Bob, un espíritu maligno. De hecho era un esquizofrénico, una especie de Jekyll y Hyde. Parte del tiempo era una persona normal, sana y, al momento siguiente, se volvía totalmente loco y descontrolado. En cierto sentido, el gato se parecía un poco a él. Si estaba contento y feliz no se podía encontrar un gato más tranquilo y cariñoso, pero cuando le cambiaba el humor, podía ser un absoluto maníaco que arrasaba con todo lo que encontraba en el apartamento.
Una noche que estaba hablando con mi amiga Belle, se me ocurrió.
—Se comporta un poco como el maligno Bob de Twin Peaks —dije, ganándome una mirada vacía de ella.
Pero no me importó. Y se quedó con el nombre de Bob".

"Desde que di con mi vida en las calles, mucha gente se interesaba por mi pasado.
¿Cómo había acabado así?, me preguntaban. Algunos lo hacían desde un punto de vista profesional, claro. Hablé con docenas de trabajadores sociales, psicólogos e, incluso, agentes de la policía que me interrogaron sobre el motivo por el que acabé viviendo en las calles. Pero también me lo preguntó mucha gente corriente.
No sé por qué, pero a la gente parece fascinarle saber por qué algunos miembros de la sociedad acaban cayendo en el abismo. Creo que en parte es por la sensación de que eso puede sucederle a cualquiera. Pero también imagino que les hace sentir mejor respecto a sus propias vidas. Y les hace pensar: «Bueno, tal vez crea que mi vida es mala, pero podría ser peor, podría ser como la de ese pobre diablo»".

"Como era de prever, tras un período de esnifar pegamento, caí en las drogas, probablemente para escapar de la realidad. Sin embargo no me volví adicto. Solo lo probé un par de veces después de ver a otro chico hacerlo. Pero aquello no fue más que el principio del proceso. Después empecé a fumar chocolate y a esnifar tolueno,un disolvente industrial que se encuentra en la laca de uñas y en el pegamento. Todo estaba relacionado, todo era parte del mismo ciclo de comportamiento, una cosa llevaba a la otra, y a su vez a la siguiente, y así hasta el infinito. Me sentía furioso.
Me sentía como si nunca me hubieran ofrecido las oportunidades adecuadas.
Muéstrame a un chico de siete años y te mostraré al hombre, reza el dicho. No estoy muy seguro de que hubiera sido posible adivinar mi futuro cuando tenía siete años, pero, desde luego, podría predecirse lo que me esperaba cuando tenía diecisiete.
Estaba en el camino de la autodestrucción".

"Mientras estaba viviendo en la calle, conseguí encontrar un trabajo como pinche de cocina, pero me despidieron en cuanto descubrieron que era un sin techo, a pesar de no haber hecho nada mal en el trabajo. Cuando eres un indigente no tienes demasiadas oportunidades".

"La siguiente fase de mi vida está envuelta en una bruma de drogas, bebida, delitos menores y también desesperanza. No me ayudó demasiado el hecho de desarrollar una adicción por la heroína.
Al principio la tomaba como una ayuda para poder dormir por la noche en las calles. Era como un anestésico contra el frío y la soledad, que me transportaba a otro lugar. Desgraciadamente, también se llevaba consigo mi alma".

"Un año después de llegar a Londres y, aproximadamente nueve meses después de vivir en las calles, tuve la ocasión de vislumbrar el dolor que estaba causando.
Había establecido contacto con mi padre cuando llegué, pero llevaba meses sin hablar con él. Se acercaba la Navidad cuando decidí llamarle. Su mujer —mi madrastra— contestó al teléfono. Él se negó a ponerse y me tuvo esperando durante varios minutos por lo enfadado que estaba conmigo.
—¿Dónde c*** te has metido? Hemos estado muy preocupados por ti —dijo, cuando consiguió rehacerse lo suficiente para hablarme.
Inventé unas excusas lamentables, pero él continuó gritándome.
Me contó que mi madre se había puesto en contacto con él y que estaba desesperada por averiguar dónde estaba. Una señal evidente de lo preocupada que debía de estar, pues nunca hablaban entre ellos. Me estuvo gritando y regañando durante cinco minutos largos. Ahora comprendo que era una mezcla de rabia y alivio.
Probablemente hasta creyó que había muerto, lo que en cierta forma era cierto".

"Mientras esperaba en la acera, intentando encontrar un hueco por el que cruzar entre el denso tráfico hasta el autobús que ya se veía a lo lejos, a unos cien metros, sentí a alguien —o algo— frotarse contra mi pierna. Instintivamente, bajé la vista. Vi una silueta familiar a mi lado. Para mi horror, descubrí que Bob estaba, como yo, esperando su oportunidad para poder cruzar.
—¿Qué demonios estás haciendo aquí? —le pregunté.
Me miró despreocupadamente, como si acabara de hacerle una pregunta verdaderamente estúpida. Luego se concentró nuevamente en la calzada, colocándose en el extremo del bordillo como si se preparara para lanzarse al asfalto en cualquier momento.
No podía dejar que se arriesgara. Con toda seguridad aquello supondría un suicidio. Así que lo cogí en brazos y lo coloqué sobre mi hombro, donde sabía que le gustaba sentarse. Se acomodó ahí, acurrucándose a un lado de mi cabeza mientras, esquivando y abriéndome paso entre el tráfico, yo cruzaba la calle.
—Está bien, Bob, hasta aquí hemos llegado —le dije mientras volvía a ponerlo en el suelo y le hacía un gesto para que se marchara.
Se alejó calle abajo perdiéndose entre la multitud. «Tal vez esta sea la última vez que le vea», pensé. Ahora estaba muy lejos de casa.
Unos minutos después llegó el autobús. Era uno de esos viejos autobuses rojos de dos pisos a los que se puede subir de un salto a la plataforma de atrás. Fui a sentarme en el banco del fondo y estaba colocando mi guitarra en el compartimento cerca de donde se encontraba el cobrador, cuando, detrás de mí, vi un fugaz destello de pelo naranja. Antes de darme cuenta, Bob había saltado dejándose caer en el asiento al lado del mío.
Me quedé petrificado. Entonces finalmente comprendí que nunca me quitaría al gato de encima. Pero también algo más. Invité a Bob a que se sentara en mi regazo, lo que hizo sin pestañear. Unos segundos más tarde, el cobrador apareció. Era una alegre mujer india que sonrió a Bob y luego a mí.
—¿Es suyo? —preguntó, acariciándolo.
—Supongo que sí —contesté".

"Cuando el final de la tarde se convirtió en noche y la muchedumbre aumentó debido a la gente que volvía del trabajo a sus casas o que salía a dar una vuelta por el West End, más y más gente se paraba para admirar a Bob. Estaba claro que había algo en él que les fascinaba.
Cuando empezó oscurecer, una mujer de mediana edad se detuvo para charlar.
—¿Cuánto tiempo hace que lo tiene? —preguntó, agachándose para acariciar a Bob.
—Solo hace unas semanas —contesté—. De alguna forma nos encontramos el uno al otro.
—¿Encontrarse el uno al otro? Suena interesante".

"Las calles de Tottenham son muy diferentes a las de Covent Garden, pero al igual que el día anterior, la gente empezó a mirarnos casi inmediatamente. E igual que había ocurrido entonces, uno o dos me lanzaron miradas desaprobatorias. Saltaba a la vista que pensaban que estaba chiflado por llevar a un gato naranja sujeto con un trozo de cuerda.
—Si esto se va a convertir en costumbre, voy a tener que comprarte una correa en condiciones —le dije en voz baja a Bob, sintiéndome súbitamente cohibido.
Pero, por cada persona que me lanzaba una mirada reprobatoria, otra media docena me sonreía y me saludaba con un gesto de cabeza. Una señora india cargada con bolsas de la compra nos mostró una enorme y luminosa sonrisa.
—¡Pero qué bonita pareja hacen ustedes dos! —declaró.
En todos los meses que llevaba viviendo en mi apartamento, nadie de los alrededores se había molestado en darme conversación. Era extraño, pero también sorprendente. Era como si la capa invisible de Harry Potter se hubiera deslizado de mis hombros".

"Poco después de que me pusiera a tocar, una guardia de tráfico de expresión pétrea pasó por allí. Vi cómo bajaba la vista hacia Bob y su rostro se deshizo en una cálida sonrisa.
—Aah, pero ¿a quién tenemos aquí? —declaró, deteniéndose y agachándose para acariciar a Bob.
Apenas me dirigió una mirada, y tampoco dejó dinero en la funda de la guitarra.
Pero no importaba. Empezaba a admirar el modo en el que Bob parecía alegrar el día a todo el mundo.
Era una hermosa criatura, de eso no había duda. Pero no solo eso. Había algo más en Bob. Era su personalidad lo que atraía su atención. La gente percibía algo en él. Yo mismo podía sentirlo. Había algo especial en él".

"Allí, en la acera de James Street, el sonido de las monedas aterrizando en mi funda se había convertido en música para mis oídos; no podía negarlo. Pero sin Bob a mi lado no pude dejar de advertir que la frecuencia del tintineo disminuía significativamente. Mientras tocaba era consciente de que no estaba sacando ni remotamente la misma cantidad. Incluso necesité unas cuantas horas más para ganar la mitad de dinero que reunía con Bob en un buen día. Era como volver a los viejos tiempos antes de Bob, pero no importaba.
Fue mientras volvía a casa esa noche cuando empecé a entenderlo. No era solo por hacer dinero, porque nunca me moriría de hambre, pero mi vida era mucho más rica con Bob en ella".

"La ayudante me pidió que rellenara un par de formularios de aspecto complicado.
Afortunadamente la información que necesitaba era muy sencilla.
—Está bien, necesitamos que rellene todos los apartados para poder guardarlos en la base de datos —explicó—. Debe darnos su nombre, dirección, edad, número de teléfono y esas cosas —sonrió.
No fue hasta que no vi como la ayudante rellenaba el formulario cuando caí en la cuenta. ¿Significaba esto que yo era el propietario oficial de Bob?
—Entonces, a efectos legales, ¿eso significa que ahora estoy registrado como su dueño? —le pregunté.
Ella levantó la vista de los papeles y sonrió.
—Sí, ¿le parece bien? —dijo.
—Claro, es genial —dije un tanto impresionado—. Realmente genial.
Para entonces Bob ya se había recuperado un poco. Le hice una caricia en la parte alta de la cabeza. Obviamente aún notaba la inyección, por lo que no quise tocarle el cuello, convencido de que me habría clavado la zarpa en la mano.
—¿Has oído eso, Bob? —le pregunté—. Por lo visto ya somos oficialmente una familia".

"Tener a Bob conmigo suponía una gran diferencia respecto a la forma en que llevaba mi vida. Él me había limpiado completamente en más de un sentido.
Además de proporcionarme una rutina y una sensación de responsabilidad, también me había obligado a mirarme a mí mismo, y debo confesar que no me gustó nada lo que vi.
No estaba orgulloso de ser un adicto en vías de rehabilitarse, ni mucho menos de tener que visitar una clínica cada quince días y recoger la medicación de la farmacia una y otra vez. De modo que me impuse la norma de que, salvo que fuera absolutamente necesario, no iba a llevar a Bob a esas salidas. Sé que puede sonar absurdo, pero no quería que él viera esa parte de mi pasado. Aquello era algo en lo que también me había ayudado; por fin lo veía como algo pasado. Y contemplaba mi futuro como una persona totalmente limpia, llevando una vida normal. Solo tenía que completar el largo viaje que llevaba hasta ese punto.
Aún había un montón de cosas que me recordaban ese pasado y el largo camino que aún me quedaba por recorrer. Unos días después de haberle insertado el microchip, estaba dando vueltas por casa buscando mi nuevo abono transporte —que acababa de recibir esa semana con el correo—, cuando empecé a vaciar el contenido de un cajón de mi dormitorio.
Allí, al fondo del todo, bajo una pila de viejos periódicos y ropa, encontré un recipiente de plástico. Lo reconocí de inmediato, aunque hacía tiempo que no lo veía.
Contenía toda la parafernalia que precisaba cuando me inyectaba heroína. Dentro había jeringuillas, agujas, todo lo necesario para mi vicio. Fue como contemplar un fantasma. Su visión me trajo un montón de malos recuerdos. Vi imágenes de mí mismo que hubiera deseado haber borrado de mi mente para siempre.
En ese momento decidí que no quería tener en casa aquella caja ni un minuto más. No quería que estuviera ahí para recordarme todo aquello y, tal vez, tentarme. Y definitivamente no quería que estuviera cerca de Bob, a pesar de que estaba oculta a su vista.
Bob, sentado junto al radiador como de costumbre, se levantó al ver que me ponía el abrigo y me disponía a bajar a la calle. Me siguió todo el camino hasta el cuarto de basuras, observándome con atención mientras tiraba la caja en el contenedor de reciclar residuos peligrosos.
—Ya está —dije volviéndome hacia él, que me miraba fijamente con ojos inquisidores—. Solo estaba haciendo algo que debería haber hecho hace mucho tiempo".

"La vida en la calle nunca es sencilla. Siempre debes esperar lo inesperado. Tuve que aprenderlo muy pronto. Los trabajadores sociales siempre utilizan la palabra «caótico» cuando se refieren a gente como yo. Consideran nuestras vidas caóticas porque no se ajustan a su idea de normalidad, aunque para nosotros sí lo sean".

"Bob aún seguía demostrando ser un auténtico imán para la gente, especialmente para los turistas. Cualquiera que fuera su país de origen, todos se detenían para hablar con él. A estas alturas, creía haber escuchado todas las lenguas existentes bajo el sol —desde las africanas hasta el galés—, y aprendido a decir gato en todas ellas. Sabía el nombre checo, kocka y el ruso, koshka; sabía la palabra en turco, kedo y mi favorita, en chino, mao. ¡Me sorprendió mucho cuando descubrí que su gran líder había sido un gato!
Pero daba igual en qué extraña o maravillosa lengua se pronunciara, porque el mensaje casi siempre era el mismo. Todo el mundo adoraba a Bob".

"Durante los primeros días y semanas después del dramático número de Piccadilly, Bob y yo nos aferramos el uno al otro como dos supervivientes agarrados a un bote salvavidas en el mar. Ambos habíamos quedado muy impactados por el incidente".

"Ver a Bob enfermo tuvo un profundo efecto en mí. Parecía ser un gato tan indestructible que nunca me lo hubiera imaginado enfermo. Y descubrir que era mortal me había impactado.
Aquello reafirmó los sentimientos que se estaban afianzando en mi interior desde hacía algún tiempo. Ya era hora de que me rehabilitara definitivamente.
Estaba harto de mi modo de vida. Estaba cansado de la rutina de tener que acudir al Centro de Drogodependencia cada quince días y a la farmacia cada día. Estaba cansado de sentirme como si pudiera recaer en la adicción en cualquier momento.
Así que la siguiente vez que fui a ver a mi consejero, le pregunté qué le parecía si dejaba la metadona y daba el último paso para quedar totalmente limpio. Ya lo habíamos hablado con anterioridad, pero no creo que entonces él me hubiera tomado en serio. En cambio hoy vio que lo decía de corazón.
—No va ser fácil, James —advirtió.
—Sí, lo sé.
—Tendrás que tomar un fármaco llamado Subutex. Entonces podremos ir reduciendo lentamente la dosis hasta que no necesites tomar nada —explicó.
—De acuerdo —declaré.
—La transición puede ser dura, y seguramente sufrirás un severo síndrome de abstinencia —anunció, inclinándose hacia delante.
—Ése es mi problema —aseguré—. Pero quiero hacerlo. Quiero hacerlo por mí y por Bob.
—Muy bien, de acuerdo, yo lo arreglaré todo para que podamos empezar con el proceso en unas semanas.
Por primera vez en años, sentía como si pudiera ver una pequeña luz al final de un túnel muy oscuro".

"—Mira, James —solía decir—, no creo que Bob deba estar aquí en las calles, creo que debería estar en una bonita y confortable casa viviendo una vida mejor.
Siempre terminaba la conversación con una pregunta del estilo de: «¿Así que cuánto quieres por él?».
Yo la rechazaba cada vez y entonces ella empezaba a soltarme cifras. Había comenzado con cien libras y llegado hasta más de quinientas.
Últimamente había venido a mí una tarde diciendo:
—Te doy mil libras por él.
Me limité a mirarla y contesté:
—¿Tiene usted hijos?
—Eh, sí, así es —contestó un poco sorprendida.
—Tiene hijos, de acuerdo. ¿Cuánto pide por su hijo más pequeño?
—¿De qué estás hablando?
—¿Cuánto pide por su hijo más pequeño?
—No creo que esto tenga nada que ver con…
La interrumpí.
—De hecho creo que tiene mucho que ver. Por lo que a mí respecta, Bob es mi hijo, es mi bebé. Y que usted me pregunte si lo vendo es exactamente lo mismo que si yo le pregunto por cuánto quiere vender a su hijo pequeño.
Se marchó indignada. Nunca más volví a verla".

"Un par de semanas más tarde, Bob y yo estábamos sentados fuera de la estación una tarde, cuando Davika apareció con una gran sonrisa en el rostro. Inmediatamente empecé a sospechar.
—¿Qué estás tramando? —pregunté.
—Nada, solo quería entregarle esto a Bob —sonrió. Entonces sacó un bono de transporte plastificado con la fotografía de Bob en él.
—¡Es fantástico! —exclamé.
—Saqué la foto de Internet —dijo dejándome totalmente sorprendido. ¿Qué diablos hacía Bob en Internet?
—¿Qué significa esto? —pregunté.
—Significa que puede viajar como pasajero gratis en el metro —se rió.
—Creía que los gatos no pagaban nunca —sonreí.
—Bueno, lo que realmente significa es que todos le hemos cogido mucho cariño.
Que pensamos en él como parte de la familia.
Tuve que recurrir a toda mi fuerza de voluntad para no echarme a llorar de la emoción".

"Todo el mundo necesita un respiro, todo el mundo merece esa segunda oportunidad. Bob y yo habíamos aprovechado la nuestra…".






James Bowen

sábado, 11 de febrero de 2023

Citas: El niño con el pijama de rayas - John Boyne

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 "—A nosotros no nos corresponde pensar —dijo Madre mientras abría una caja que contenía un juego de sesenta y cuatro vasitos que los abuelos le habían regalado cuando se casó con Padre—. Ciertas personas toman las decisiones por nosotros.
Como no sabía qué significaba aquello, Bruno fingió no haberla oído.
—Me parece que nos hemos equivocado—repitió—. Creo que lo mejor será olvidar todo esto y volver a casa. La experiencia es la madre de la ciencia —añadió, una frase que había aprendido hacía poco y que le gustaba utilizar siempre que era posible.
Madre sonrió y colocó los vasos con cuidado encima de la mesa.
—Te voy a enseñar otro refrán —dijo—: «Al mal tiempo, buena cara».
—Pues yo no veo que pongamos buena cara. Creo que deberías decirle a Padre que has cambiado de idea. Si no hay más remedio que pasar el resto del día aquí, y cenar y quedarnos a dormir esta noche porque todos estamos cansados, no importa, pero mañana tendríamos que levantarnos temprano si queremos llegar a Berlín antes de la hora de merendar.
Madre suspiró.
—Bruno, ¿por qué no subes y ayudas a María a deshacer las maletas? —dijo.
—¿Para qué voy a deshacer las maletas si sólo vamos a…?
—¡Sube, Bruno, por favor! —le espetó Madre, porque al parecer no había inconveniente en que ella lo interrumpiera a él, pero no funcionaba igual a la inversa—. Estamos aquí, hemos llegado, éste será nuestro hogar en el futuro inmediato y tenemos que poner al mal tiempo buena cara. ¿Me has entendido?
Bruno no sabía qué significaba «el futuro inmediato», y así lo dijo.
—Significa que ahora vivimos aquí —explicó Madre—. Y no se hable más.
Al niño le dio un retortijón; algo crecía en su interior, algo que cuando ascendiera de las profundidades de su ser y saliera al mundo exterior le haría gritar y chillar que todo aquello era una equivocación y una injusticia y un grave error por el que alguien pagaría tarde o temprano, o que sencillamente le haría prorrumpir en llanto. No entendía cómo habían podido llegar a aquella situación. Él estaba tan tranquilo, jugando en su casa, con sus tres mejores amigos para toda la vida, deslizándose por la barandilla de la escalera, intentando ponerse de puntillas para contemplar todo Berlín, y de pronto se encontraba atrapado allí, en aquella casa fría y horrible con tres criadas que hablaban en susurros y un camarero de aspecto desdichado y malhumorado, donde parecía que nadie podría estar alegre nunca".

"—Creo que no me cae bien. Parece demasiado serio.
—Tu padre también es muy serio —observó María.
—Sí, pero él es Padre. Los padres han de ser serios. Tanto da que sean verduleros, maestros, cocineros o comandantes —añadió, enumerando todos los trabajos que sabía que hacían los padres decentes y respetables y sobre cuyos títulos había meditado en numerosas ocasiones—. Y no me parece a mí que ése sea un padre.
Aunque se lo veía muy serio, eso sí.
—Bueno, es que tienen un trabajo muy serio —suspiró la criada—. O al menos eso creen ellos. Pero yo en tu lugar evitaría a los soldados".

"—Es que ya estamos en casa, Bruno —dijo al fin con voz dulce—. Auschwitz es nuestro nuevo hogar.
—Pero ¿cuándo volveremos a Berlín? —preguntó el niño, desanimado tras oír aquello—. Berlín es mucho más bonito.
—Vamos, vamos —dijo Padre, que no estaba para tonterías—. No me vengas con bobadas. Un hogar no es un edificio, ni una calle ni una ciudad; no tiene nada que ver con cosas tan materiales como los ladrillos y el cemento. Un hogar es donde está tu familia, ¿entiendes?
—Sí, pero…
—Y tu familia está aquí, Bruno. En Auschwitz. Ergo, éste es nuestro hogar".

"—No me gusta.
—Bruno… —repuso Padre con voz cansada.
—Karl no vive aquí, ni Daniel ni Martin, y no hay otras casas cerca ni puestos de fruta y verdura ni calles ni cafeterías con mesas fuera ni nadie que te empuje al caminar los sábados por la tarde.
—Bruno, en esta vida a veces hay que hacer cosas que no nos gustan —explicó
Padre, y el niño se dio cuenta de que se estaba cansando de aquella conversación—. Y me temo que ésta es una de ellas".

"—Padre… —empezó.
—Bruno, no pienso seguir con… —repuso él con fastidio.
—No; es otra cosa —se apresuró a aclarar Bruno—. Quiero hacerte una última pregunta.
Padre suspiró e hizo un gesto animándolo a formular la pregunta, al mismo tiempo que le advertía que se trataba de la última y que luego el tema quedaría zanjado.
Bruno se concentró, pues quería formularla bien para que no pareciera maleducada ni despectiva.
—¿Quiénes son todas esas personas que hay ahí fuera? —preguntó al fin.
Padre ladeó la cabeza, un poco desconcertado.
—Soldados, Bruno —respondió—. Y secretarias. Empleados. No es la primera vez que los ves.
—No, no me refiero a ellos, sino a las personas que veo desde mi ventana. En las cabañas, a lo lejos. Todos visten igual.
—Ah, ésos —dijo Padre, asintiendo con la cabeza y esbozando una sonrisa—. Esas personas… bueno, es que no son personas, Bruno.
El niño frunció el entrecejo.
—¿Ah, no? —dijo, sin entender.
—Al menos no son lo que nosotros entendemos por personas —explicó Padre—. Pero no debes preocuparte. No tienen nada que ver contigo. No tienes absolutamente nada en común con ellos".

"Abrió la puerta y entonces Padre lo llamó. Se levantó y enarcó una ceja, como si su hijo hubiera olvidado algo. Bruno lo recordó en cuanto él hizo el saludo. Lo imitó a la perfección: juntó los pies y levantó un brazo antes de entrechocar los talones y articular con voz fuerte y clara —lo más parecida a la de Padre— las palabras con que siempre se despedían los soldados:
—Heil, Hitler! —Lo cual, suponía él, significaba algo como «Hasta luego, que tengas un buen día»".

"—Entonces esto no te gusta, ¿verdad? —insistió Bruno—. ¿Lo encuentras tan horrible como yo?
María arrugó la frente.
—Eso no tiene importancia —dijo.
—¿Qué es lo que no tiene importancia?
—Lo que yo piense.
—Claro que tiene importancia —protestó Bruno, como si María se lo estuviera poniendo difícil a propósito—. Tú formas parte de la familia, ¿no?
—No creo que tu padre esté de acuerdo con eso —dijo ella, esbozando una sonrisa, pues las palabras del niño la habían conmovido".

"—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Gretel.
—Nada —dijo Bruno a la defensiva—. ¿Qué quieres? Vete.
—Vete tú —replicó ella, pese a que estaban en la habitación de él, y luego miró a María, entornando los ojos con recelo—. Prepárame la bañera —le ordenó.
—¿Por qué no te la preparas tú? —le espetó Bruno.
—Porque ella es la criada —replicó Gretel—. Para eso está aquí.
—No está aquí para eso —le gritó Bruno; se levantó de la cama y fue derecho hacia su hermana—. No está aquí para hacérnoslo todo, ¿sabes? Y menos aún las cosas que podemos hacer nosotros mismos.
Gretel se quedó mirándolo como si se hubiera vuelto loco, y luego miró a María, que sacudió la cabeza.
—Ahora mismo voy, señorita Gretel —dijo—. Acabo de ordenar la ropa de su hermano y me ocupo de usted.
—Pues no tardes —repuso la niña con brusquedad (a diferencia de Bruno, ella nunca se había parado a pensar que María era una persona con sentimientos igual que las demás), y se marchó a su habitación".

"Bruno frunció el entrecejo y se mordió el labio con nerviosismo mientras Pavel le limpiaba la sangre de la herida y luego le aplicaba otro paño y presionaba unos minutos. Cuando retiró el paño con cuidado, la herida había dejado de sangrar; entonces agarró una botellita con un líquido verde del botiquín y le dio unos toques en la herida, que a Bruno le escocieron bastante y le hicieron decir varios «ay».
—No duele tanto —dijo Pavel con voz suave y amable—. Si piensas que duele más de lo que en realidad duele, es peor".

"—¿Le contarás a Madre lo que ha pasado? —preguntó Bruno, que llevaba unos minutos cuestionándose si lo considerarían un héroe por haber sufrido un accidente o un granuja por haber construido un artilugio peligroso.
—Creo que lo verá ella misma —contestó Pavel; llevó las zanahorias a la mesa, se sentó frente a Bruno y se puso a pelarlas encima de un periódico viejo.
—Sí, supongo que sí. A lo mejor quiere llevarme al médico.
—No lo creo —dijo Pavel en voz baja.
—Eso nunca se sabe —repuso Bruno, que no quería que le quitaran importancia a su accidente. Al fin y al cabo, era lo más emocionante que le había pasado desde su llegada—. Podría ser peor de lo que parece.
—No lo es —repuso Pavel, que prestaba toda su atención a las zanahorias.
—¿Y usted cómo lo sabe? —se apresuró a preguntar Bruno, un poco molesto  pese a que aquel hombre lo había levantado del suelo, llevado a la casa y curado la herida —. Usted no es médico.
Pavel dejó de pelar zanahorias un momento y lo miró sin levantar la  cabeza, como si estuviera pensando qué replicar. Entonces suspiró y dijo:
—Sí, lo soy.
Bruno se quedó mirándolo, sorprendido. Aquello no tenía ninguna lógica.
—Pero si usted es camarero —dijo despacio—. Y pela las hortalizas para la cena.
¿Cómo puede ser también médico?
—Mira, joven —repuso Pavel, y Bruno agradeció que tuviera la delicadeza de llamarlo «joven» en lugar de «jovencito», como había hecho el teniente Kotler—, te aseguro que soy médico. Que uno contemple el cielo por la noche no lo convierte en astrónomo, ¿sabes?".

"—¿Se puede saber qué te ha pasado? —preguntó Madre cuando llegó a la cocina y se inclinó para examinar el apósito que cubría la herida de Bruno.
—He construido un columpio y me caí de él —explicó el niño—. Y entonces  el columpio me golpeó la cabeza y casi me desmayo, pero Pavel me trajo aquí, me curó y me puso un apósito. Aunque me escocía mucho, no he llorado. Ni una sola lágrima, ¿verdad que no, Pavel?
Pavel se volvió ligeramente hacia ellos, pero no levantó la cabeza.
—Le he limpiado la herida —dijo el anciano con voz queda, sin contestar a la pregunta del niño—. No hay nada que temer.
—Ve a tu habitación, Bruno —dijo Madre, que parecía muy turbada.
—Es que…
—No discutas. ¡Ve a tu habitación!
Bruno bajó de la silla y al cargar el peso sobre la que había decidido llamar su «pierna mala», le dolió un poco. A continuación salió de la cocina, pero mientras iba hacia la escalera oyó a Madre dar las gracias a Pavel, y se alegró porque parecía evidente que, de no ser por él, habría muerto desangrado.
Antes de subir al piso de arriba oyó otra cosa, y aquello fue lo último que Madre le dijo al camarero que afirmaba ser médico.
—Si el comandante pregunta algo, diremos que yo curé la herida de Bruno.
Al niño le pareció terriblemente egoísta que Madre se atribuyera el mérito de algo que no había hecho".

"—Quizá me equivoqué en eso, ¿no crees, Ralf? —le dijo—. Quizá las obras que te hacía interpretar cuando eras niño te condujeron a esto. A disfrazarte como una marioneta.
—Por favor, Madre —repuso Padre, comprensivo—. Sabes muy bien que no es el momento.
—Qué orgulloso estás de tu uniforme —continuó ella—, como si te convirtiera en algo especial. En realidad ni siquiera te importa lo que significa. Lo que representa".

"—¡Vergüenza! —gritó antes de marcharse—. ¡Que mi propio hijo sea…!
—¡Un patriota! —gritó Padre, que quizá no había aprendido la norma de que uno no debe interrumpir a su madre cuando habla".

"Bruno no había visto mucho a la Abuela desde aquel día, y ni siquiera había tenido ocasión de despedirse de ella antes de viajar a Auschwitz, pero la echaba tanto de menos que decidió escribirle una carta.
Un buen día tomó papel y pluma, se sentó y le contó lo desgraciado que se sentía allí y cuánto deseaba volver a su hogar de Berlín. Le habló de la casa y el jardín y el banco con la placa y la alta alambrada con los postes de madera y los rollos de alambre de espino y el árido terreno que había detrás y las cabañas y los pequeños edificios y las columnas de humo y los soldados, pero sobre todo le habló de la gente que vivía allí y de sus pijamas de rayas y sus gorras de rayas, y por último le dijo cuánto la echaba de menos y firmó así: «Tu nieto que te quiere, Bruno»".

"Bruno aminoró el paso cuando vio al niño que antes era una figura que antes era un borrón que antes era una manchita que antes era un punto. Aunque los separaba una alambrada, él sabía que debía tener mucho cuidado con los desconocidos y que siempre era mejor abordarlos con cautela. Así que siguió andando; poco después se encontraban uno frente al otro.
—Hola —dijo Bruno.
—Hola —contestó el niño.
Era más bajo que Bruno y estaba sentado en el suelo con expresión de tristeza y desamparo. Llevaba el mismo pijama de rayas que vestían todos al otro lado de la alambrada, así como la gorra de tela. No calzaba zapatos ni calcetines y tenía los pies muy sucios. En el brazo llevaba un brazalete con una estrella.
Cuando Bruno empezó a acercarse al niño, éste estaba sentado con las piernas cruzadas y la cabeza gacha. Sin embargo, al cabo de un momento levantó la cabeza y pudo verle la cara. Tenía un rostro muy extraño. Su piel era casi gris, de una palidez que no se parecía a ninguna que Bruno hubiera visto hasta entonces. 
Tenía ojos muy grandes, de color caramelo y un blanco muy blanco. Cuando el niño lo miró, lo único que vio Bruno fueron unos ojos enormes y tristes que le devolvían la mirada".

"—Estoy explorando —dijo.
—¿Ah, sí? —replicó el niño.
—Sí. Desde hace casi dos horas.
Aquello no era estrictamente cierto. Bruno sólo llevaba una hora explorando, pero no le pareció muy grave exagerar un poco. No era lo mismo que mentir, y le hizo sentir más aventurero de lo que en realidad era.
—¿Has encontrado algo? —preguntó el niño.
—No gran cosa.
—¿Nada de nada?
—Bueno, te he encontrado a ti —dijo Bruno tras una pausa".

"—Vivo en la casa que hay a este lado de la alambrada —dijo.
—¿Ah, sí? Una vez vi la casa desde lejos, pero a ti no.
—Mi habitación está en el primer piso. Desde allí veo por encima de la alambrada. Por cierto, me llamo Bruno.
—Yo me llamo Shmuel —dijo el niño.
Bruno arrugó la nariz; no estaba seguro de haber oído bien.
—¿Cómo dices que te llamas?
—Shmuel —repitió el niño como si fuera lo más normal del mundo—. ¿Y tú cómo dices que te llamas?
—Bruno.
—Nunca había oído ese nombre —declaró Shmuel.
—Ni yo el tuyo —reconoció Bruno—. Shmuel. —Reflexionó un poco—. Shmuel —repitió—. Me gusta cómo suena. Shmuel. Suena como el viento.
—Bruno —dijo Shmuel asintiendo con la cabeza—. Sí, me parece que a mí también me gusta tu nombre. Suena como si alguien se frotara los brazos para entrar en calor.
—No conozco a nadie que se llame Shmuel.
—Pues en este lado de la alambrada hay montones de Shmuels. Cientos, seguramente. A mí me gustaría tener mi propio nombre.
—Pues yo no conozco a nadie que se llame Bruno. Aparte de mí, claro. Creo que soy el único.
—Entonces tienes suerte —dijo Shmuel".

"—¿Tienes muchos amigos? —preguntó, ladeando un poco la cabeza hacia el niño.
—Sí, claro —respondió Shmuel—. Bueno, más o menos.
Bruno frunció el entrecejo. Le habría gustado que Shmuel hubiera contestado que no, porque así habrían tenido otra cosa en común.
—¿Amigos íntimos? —preguntó.
—Bueno, muy íntimos no. Pero en este lado de la alambrada hay muchos niños de nuestra edad. Aunque nos peleamos mucho. Por eso he venido aquí. Para estar solo.
—No hay derecho —dijo Bruno—. No entiendo por qué yo tengo que estar aquí, en este lado de la alambrada, donde no hay nadie con quien hablar o jugar, mientras que tú tienes montones de amigos y seguramente pasas horas jugando con ellos todos los días".

"—Polonia —dijo Bruno, pensativo, sopesando aquella palabra con la lengua—. No es tan bonito como Alemania, ¿verdad?
Shmuel arrugó la frente.
—¿Por qué no? —preguntó.
—Bueno, porque Alemania es el mejor país del mundo —respondió Bruno, recordando lo que había oído decir a Padre y al Abuelo en muchas ocasiones—. Nosotros somos superiores".

"—¿Quién es el Furias? —preguntó Bruno.
—Lo pronuncias mal —dijo Padre, y lo pronunció correctamente.
—El Furias —volvió a decir Bruno, intentando pronunciar bien, aunque sin conseguirlo.
—No —dijo Padre—. El… ¡Bueno, es igual!
—Pero ¿quién es? —insistió Bruno.
Padre lo miró atónito y dijo:
—Sabes muy bien quién es el Furias.
—No —dijo Bruno.
—Dirige el país, idiota —terció Gretel con altanería, como suelen hacer las hermanas. (Eran cosas como aquélla las que la convertían en una tonta de remate)—. ¿Es que no lees el periódico?".

"—Sí, pero son diferentes, ¿no? —observó Shmuel.
—A mí nunca me han dado ningún brazalete —dijo Bruno.
—Pues a mí me lo dieron sin que yo lo pidiera.
—Ya. A mí me gustaría llevar uno. Aunque no sé cuál preferiría, si el tuyo o el de Padre".

"—Lo único que le interesa es que estudiemos Geografía e Historia —dijo Bruno—. Y estoy empezando a odiar la Historia y la Geografía.
—Por favor, Bruno, no digas «odiar» —lo reprendió Madre.
—¿Por qué odias la Historia? —preguntó Padre tras dejar un momento el tenedor, mirando a su hijo, que se encogió de hombros, una mala costumbre que tenía.
—Porque es aburrida —contestó al fin.
—¿Aburrida? —dijo Padre—. ¿Cómo se atreve un hijo mío a decir que la Historia es aburrida? Voy a explicarte una cosa, Bruno. —Se inclinó hacia delante y señaló a su hijo con el cuchillo—. Gracias a la Historia hoy estamos aquí. De no ser por la Historia, ninguno de nosotros estaría ahora sentado alrededor de esta mesa.
Estaríamos tan tranquilos sentados alrededor de la mesa de nuestra casa de Berlín. Lo que estamos haciendo aquí es corregir la Historia".

"—Hola, jovencito —dijo Kotler sonriéndole con sorna, como solía hacer.
—Hola —contestó Bruno arrugando la frente.
—¿Qué haces?
El niño se quedó mirándolo y empezó a pensar en siete razones más por las que el teniente no le caía bien.
—Voy a leer un rato —dijo señalando el salón.
Sin decir palabra, Kotler le arrebató el libro y se puso a hojearlo.
—La isla del tesoro —leyó—. ¿De qué trata?
—Pues hay una isla —respondió Bruno despacio, para asegurarse de que el soldado le seguía—. Y en la isla hay un tesoro".

"—¿Y nunca echáis de menos Berlín?
Los niños pensaron un momento y se miraron, preguntándose cuál de los dos iba a comprometerse primero a dar una respuesta.
—Bueno, yo lo añoro muchísimo —dijo Gretel al final—. No me importaría volver a tener amigas.
Bruno sonrió pensando en su secreto.
—Amigas —dijo Padre, asintiendo con la cabeza—. Sí, he pensado a menudo en eso. A veces debes de haberte sentido sola.
—Sí, muy sola —confirmó Gretel.
—¿Y tú, Bruno? ¿Echas de menos a tus amigos?
—Pues… sí —contestó él, sopesando con cuidado su respuesta—. Pero creo que allá donde fuese siempre echaría de menos a alguien. —Era una referencia indirecta a Shmuel, pero no quería ser más explícito".

"—¿Sabes a qué me recuerda esto? —preguntó Bruno.
—¿A qué?
—A la Abuela. ¿Recuerdas que te hablé de ella? La que murió…
Shmuel asintió; Bruno le había hablado mucho de ella todo aquel año y le había explicado cuánto la quería y cómo lamentaba no haber tenido tiempo para escribirle más cartas antes de su muerte.
—Me recuerda a las obras de teatro que preparaba con Gretel y conmigo —dijo Bruno, y desvió la mirada mientras rememoraba aquellos días en Berlín, que formaban parte de los pocos recuerdos que se resistían a difuminarse—. Siempre tenía un disfraz adecuado para mí. «Si llevas el atuendo adecuado, te sientes como la persona que finges ser», solía decirme. Supongo que eso es lo que estoy haciendo ahora, ¿no? Fingir que soy una persona del otro lado de la alambrada.
—Quieres decir un judío —precisó Shmuel.
—Sí —afirmó Bruno, un poco turbado—. Exacto".

"Miró hacia abajo e hizo algo poco propio de él: le tomó una diminuta mano y se la apretó con fuerza.
—Tú eres mi mejor amigo —dijo—. Mi mejor amigo para toda la vida.
Es posible que Shmuel abriera la boca para contestar, pero Bruno nunca escuchó lo que dijo porque en aquel momento se oyó una fuerte exclamación de asombro de todas las personas del pijama de rayas que habían entrado allí, y al mismo tiempo la puerta se cerró con un resonante sonido metálico.
Bruno arqueó una ceja; no entendía qué pasaba, pero dedujo que tenía que ver con protegerlos de la lluvia para que la gente no se resfriara.
Y entonces la larga habitación quedó a oscuras. Pese al caos que se produjo, de algún modo Bruno logró seguir sujetando la mano de Shmuel; no la habría soltado por nada del mundo".












John Boyne

viernes, 10 de febrero de 2023

Citas Ana, la de Alamos Ventosos - L. M. Montgomery

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 "«¿Dónde está?». Es la Calle del Fantasma… aunque no podría decirte por qué motivo. Ya se lo he preguntado a Rebecca Dew, pero lo único que sabe decirme es que siempre se ha llamado Calle del Fantasma y que se contaba una historia, hace años, acerca de que estaba embrujada. Pero ella nunca ha visto nada raro allí, salvo a sí misma".

"Es la hora del crepúsculo, querido mío. (A propósito, ¿no es preciosa la palabra «crepúsculo»? Me gusta más que atardecer. Suena tan aterciopelada, llena de sombras y… y… crepuscular). De día pertenezco al mundo… por la noche, al sueño y a la eternidad. Pero a la hora del crepúsculo, estoy libre de ambos y me pertenezco sólo a mí misma… y a ti".

"Amor mío, espero que cuando encontremos nuestra «casa de los sueños», haya vientos alrededor de ella. Me pregunto dónde estará esa casa desconocida. ¿Me gustará más a la luz de la luna o a la madrugada? Ese hogar del futuro donde tendremos amor, amistad y trabajo… y algunas aventuras graciosas para hacernos reír en la vejez.
¡La vejez! ¿Seremos viejos alguna vez, Gilbert? Me parece imposible".

"El viernes que viene voy a Avonlea, a pasar dos días maravillosos. Él único inconveniente es que todos los que vea me preguntarán si me gusta enseñar en Summerside.
Pero piensa en Tejas Verdes ahora, Gilbert… el Lago de las Aguas Refulgentes cubierto por una manta de bruma azul… los arces del otro lado del arroyo comenzando a ponerse rojos… los helechos dorados en el Bosque Encantado… y las sombras del atardecer en la Senda de los Enamorados, ese lugar adorable. Descubro en mi corazón que desearía estar allí ahora con… con… ¿adivinas con quién? ¿Sabes, Gilbert, que hay momentos en que sospecho que te amo?".

"Suena extraño decir que disfruté de mi paseo en el cementerio, pero es así. Las anécdotas de la señorita Courtaloe eran tan graciosas… La comedia y la tragedia se entremezclan en la vida, Gilbert. Lo único que me persigue todavía es la historia de los dos que vivieron juntos cincuenta años, odiándose. No puedo creer que haya sido así. Alguien ha dicho que «el odio es solamente el amor que no encontró el camino». Estoy segura de que debajo del odio, en realidad se amaban (como te amaba yo todos esos años en los que creí odiarte) y que la muerte se lo habrá demostrado".

"—Nadie es demasiado grande para soñar. Y los sueños nunca envejecen".

"—Camina como si fuera dueña de la Tierra —comentó la señora Gibson con sarcasmo.
—Y es así —respondió Ana, alegremente.
—Ah, es usted muy joven —pontificó la anciana.
—«No cierro mi corazón a ninguna alegría» —recitó Ana—. Lo dice la Biblia, señora Gibson.
—«El hombre nace para los problemas del mismo modo en que las chispas se elevan en el aire». Eso también está en la Biblia".

"Creo que la causa de la mayoría de los problemas del mundo son los malentendidos. Tú y yo, ahora, con tanto tiempo para nosotros…
Buenas noches, queridísimo. Tus sueños serán dulces, si ejercen alguna influencia los deseos de «tu amada».
Posdata: La última frase es cita textual de una carta de la abuela de la tía Chatty".

"Estoy sola en la torre. Afuera la noche está silenciosa y aterciopelada. Ni siquiera los álamos se mueven. Acabo de asomarme por la ventana y arrojar un beso en dirección a alguien que está a menos de ciento cincuenta kilómetros de Kingsport".

"Hoy fue un día salido de junio y caído en abril. La nieve ha desaparecido y los prados y las colinas doradas cantan la primavera. El Rey de las Tormentas estaba embanderado con una ligerísima bruma violeta. Hemos tenido mucha lluvia últimamente y disfruté mucho sentada en la torre durante las silenciosas horas mojadas de los atardeceres. Pero esta noche es una noche apresurada… hasta las nubes que corren por el cielo tienen prisa, y la luz de la luna que asoma entre ellas está apurada por inundar al mundo.
Supongamos, Gilbert, que esta noche estuviéramos caminando, tomados de la mano, por uno de los largos caminos de Avonlea…
Gilbert, me temo que estoy escandalosamente enamorada cíe ti. ¿No te parece irreverente, verdad? Pero, bueno, no eres un ministro de la Iglesia".






L. M. Montgomery

jueves, 9 de febrero de 2023

Citas: La paciente silenciosa - Alex Michaelides

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 "Me gusta mirar a Gabriel mientras se mueve por la cocina. Es un cocinero gentil: elegante, grácil, ordenado. Al contrario que yo, que solo organizo desastres".


"Me llamo Theo Faber. Tengo cuarenta y dos años y me hice psicoterapeuta porque yo mismo estaba jodido. Esa es la verdad, aunque no fue lo que dije durante la entrevista de trabajo, cuando me plantearon la pregunta.
«¿Qué cree que lo llevó a la psicoterapia?», preguntó Indira Sharma, escudriñándome por encima de la montura de sus gafas de intelectual.
(...)
«Quería ayudar a la gente, supongo —dije, y me encogí de hombros—. Sí, eso era.»
Y una mierda".

"Nacemos con un cerebro a medio formar, más parecido a un trozo de arcilla fangosa que a un dios del Olimpo. En palabras del psicoanalista Donald Winnicott: «No existe eso que llamamos “bebé”». El desarrollo de nuestra personalidad no tiene lugar de forma aislada, sino en relación con otras personas; somos formados y completados por fuerzas que ni se ven ni se recuerdan".

"Esa noche cayó una fuerte tormenta de nieve. Mi madre se acostó y yo fingí que dormía, pero luego salí a hurtadillas al jardín y me quedé de pie bajo la nevada. Levanté las manos extendidas para atrapar los copos de nieve y vi cómo se derretían en la yema de mis dedos. Era una sensación de dicha y
frustración simultáneas, y hablaba de una suerte de verdad que yo no era capaz de expresar. Mi vocabulario era demasiado limitado; mis palabras, una red demasiado holgada para capturarla. Intentar atrapar copos de nieve que desaparecen es de alguna manera como intentar atrapar la felicidad: un acto de posesión que al instante deja paso a la nada".

"Me costó un esfuerzo inmenso tomarme todas las pastillas, pero me obligué a tragarlas una tras otra. Después me arrastré hasta mi cama, incómoda y estrecha, cerré los ojos y esperé la muerte.
Solo que la muerte no acudió.
En lugar de eso, un dolor punzante y desgarrador tiró de mis entrañas. Me doblé por la mitad y devolví, me vomité encima bilis y pastillas a medio digerir. Tumbado a oscuras, sentí que me ardía un fuego en el estómago durante lo que me pareció una eternidad. Y entonces, poco a poco, todavía en la oscuridad, me di cuenta de algo.
No quería morir. Todavía no; no cuando aún no había vivido".

"Marqué el siguiente número del expediente: el de la tía de Alicia, Lydia Rose. Esta vez contestaron tras un solo tono.
—¿Sí? ¿Qué pasa? —una voz de mujer mayor que sonaba sofocada y bastante molesta.
—¿La señora Rose?
—¿Quién es usted?
—La llamo en relación con su sobrina, Alicia Berenson. Soy un psicoterapeuta que trabaja en…
—Váyase a la mierda —dijo, y me colgó.
Arrugué la frente.
No era un buen comienzo".

"Mi padre me recibió con la hostilidad de siempre.
—Estás hecho un asco, Theo. Demasiado delgado. Y llevas el pelo demasiado corto. Pareces un presidiario.
—Gracias, papá. Yo también me alegro de verte".

"Mientras subía la cuesta se me han saltado las lágrimas. No lloraba por mi madre, ni por mí, ni siquiera por ese pobre indigente. Lloraba por todos nosotros. Hay demasiado dolor en todas partes, solo que cerramos los ojos para no verlo. La verdad es que todos tenemos miedo. Nos aterrorizan los demás".

"Pensé en Ruth, que solía decir: «Para ser buen terapeuta, debes recibir los sentimientos de tus pacientes…, pero no te aferres a ellos, no son tuyos, no te pertenecen»".

"Christian se rio.
—¿A eso lo llamas comunicación?
—En efecto. La ira es una poderosa vía de comunicación. Las demás pacientes, esas zombis que están ahí sentadas sin más, ausentes, vacías, se han rendido. Alicia no. Su ataque nos dice algo que no es capaz de articular de manera directa: sobre su dolor, su desesperación, su angustia. Me estaba diciendo que no me rinda con ella. Todavía no.
Christian puso los ojos en blanco.
—Una interpretación menos poética podría ser que le falta medicación y está como una cabra".

"—¿Sabe que parece más un inspector de policía que un psiquiatra?
—Soy psicoterapeuta.
—¿Hay alguna diferencia?
—Solo intento entender el estado mental de Alicia".

"—Es una idea interesante… Me ha ayudado usted mucho. Gracias, señor Martin.
—Llámeme Jean-Felix. Y cuando vea a Alicia, dígale que la quiero.
Sonrió, y de nuevo sentí cierta repulsión; Jean-Felix tenía algo que me resultaba difícil de digerir. Veía con claridad que había estado muy cerca de Alicia; hacía muchísimo que se conocían y era evidente que él se sentía atraído por ella. ¿Estaría enamorado? No estaba del todo seguro. Pensé en la cara de Jean-Felix mientras miraba el Alcestis. Sí, en sus ojos había amor, pero amor por el cuadro, no necesariamente por la pintora. Lo que Jean-Felix codiciaba era el arte. Si no, habría ido a ver a Alicia a The Grove. Se habría mantenido a su lado. De eso no me cabía ninguna duda. Un hombre nunca abandona así a una mujer.
No si la ama".

"Encontré a Diomedes en su despacho. Estaba sentado en un taburete, frente a su arpa, que tenía un gran marco de madera ornamentada y una lluvia de cuerdas doradas.
—Un bello objeto —comenté.
Diomedes asintió.
—Y muy difícil de tocar —hizo una demostración pasando los dedos amorosamente por todas las cuerdas. Una escala resonó como una cascada por la habitación—. ¿Te gustaría intentarlo?
Sonreí… y negué con la cabeza. Él se echó a reír.
—Seguiré preguntando, ¿sabes?, con la esperanza de que cambies de opinión. Si algo soy, es persistente.
—No tengo talento para la música. Ya me lo dijo bien claro mi profesora de música en el colegio.
—Al igual que la terapia, la música es en realidad una relación, y depende por completo del profesor que se elija.
—En eso le doy toda la razón".

"Me estremecí… y sentí la mirada de unos ojos en la nuca.
Di media vuelta, pero allí no había nadie. Estaba solo. La calle estaba vacía, llena de sombras, y en silencio".

"—. La verdad es que no creo…
El profesor se encogió de hombros.
—Mi opinión personal es que Alicia siempre ha tenido una fuerte tendencia suicida. Como sabemos, cuando alguien quiere morir, a pesar de todos los esfuerzos que hagamos por protegerlo, muchas veces es imposible impedírselo.
—¿No es ese nuestro trabajo? —soltó Stephanie—. ¿Impedírselo?
—No —Diomedes sacudió la cabeza—. Nuestro trabajo es ayudarlos a sanar, pero no somos Dios. No tenemos poder sobre la vida y la muerte".








Alex Michaelides